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Deseos de sierra III

Después del primer contacto, el silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra. Quedaron abrazados en la cama estrecha,sudorosos, con la respiración aún entrecortada. Javier tenía la cara hundida en el cuello de Karina, oliendo su piel salada, mientras ella miraba fijamente el techo agrietado, con lágrimas silenciosas rodando por las sienes hacia la almohada.

Karina sentía el semen de su hijo todavía cálido dentro de ella, una sensación física que la anclaba a lo que acababa de pasar, y al mismo tiempo la llenaba de un horror profundo. “¿Qué acabo de hacer?”, pensó, con el pecho apretado como si una mano invisible lo estrujara. Recordó el día en que Javier nació, cuando ella apenas tenía 16 años cumplidos: el dolor del parto en la casita de adobe, Ramiro sosteniéndole la mano, el llanto del bebé que llenó la habitación de vida.

Ese mismo niño —ahora hombre— acababa de entrar en ella,de llenarla, de hacerla gemir como nunca lo había hecho con su esposo. La culpa la golpeó como un latigazo: “Soy su madre. Lo parí. Lo crié con mis pechos. Y ahora… esto”. Cerró los ojos con fuerza, pero las imágenes seguían: sus piernas abiertas para él, sus uñas clavadas en su espalda, el placer que la había hecho olvidar todo por unos minutos.
Se sentía sucia, rota, indigna. “Ramiro está allá rompiéndose el lomo por nosotros. José nos manda dinero pensando que somos una familia unida. ¿Qué diría si supiera que su hermano y yo…?”. Imaginó la cara de Ramiro si alguna vez se enterara: los ojos tristes, la decepción muda, quizás hasta la violencia contenida que nunca había mostrado. Pensó en el pueblo, en las lenguas afiladas, en cómo la señalarían como la mujer que corrompió a su propio hijo. “Maldita”, la llamarían. “Puta”. Y lo peor: una parte de ella no podía negar que lo había disfrutado.

El orgasmo había sido intenso, casi doloroso de tan fuerte, y su cuerpo aún temblaba con los ecos del placer, y si salía embarazada, no se cuidaron, la posibilidad estaba ahí, y si ya estaba,solo rezaba para que no fuera así, pero lo que la aterrorizaba más que nada:que su cuerpo hubiera respondido con tanta avidez al pecado.

Javier, por su parte, sentía una mezcla parecida pero distinta. Tenía el brazo alrededor de la cintura de Karina, sintiendo cómo su respiración se entrecortaba en sollozos mudos. “La hice llorar”, pensó, y el remordimiento le quemó el estómago. La había deseado tanto tiempo que cuando por fin la tuvo, el alivio fue inmenso… pero duró solo segundos. Ahora, al verla así —vulnerable, temblando—, se odiaba. “La forcé. No con fuerza, pero la convencí con miradas, con roces, con palabras. Ella dijo ‘no deberíamos’ y yo seguí”. Recordó su propia voz rogando “no pares, mamá”, y sintió náuseas. Era su madre. La mujer que lo había cargado en brazos cuando era pequeño, que le había dado de comer cuando no había nada más, que había llorado de felicidad cuando él y José mandaban los primeros pesos desde San Luis. Y él la había convertido en esto: en una amante prohibida, en un secreto que podía destruirlos a todos.

Se apartó un poco, solo lo suficiente para mirarla a los ojos en la penumbra. Karina tenía la cara mojada, los labios hinchados por los besos, los ojos rojos. Javier sintió un nudo en la garganta.

—Perdóname, mamá… —susurró, con la voz quebrada—. No debí…yo te obligué…
Karina negó con la cabeza despacio, sin mirarlo.

—No, mijo. Yo… yo también quise. Eso es lo que duele más.—Su voz era un hilo—. Yo te dejé. Te respondí. Y ahora… ahora no sé cómo mirarte sin sentir que me muero por dentro.

Se cubrió la cara con las manos, sollozando bajito. Javier la abrazó de nuevo, pero esta vez era consuelo, no deseo. Sintió cómo ella se tensaba al principio, luego se dejaba caer contra su pecho, llorando con más fuerza.

—No podemos seguir —dijo ella entre hipos—. Esto tiene que parar. Mañana… mañana duermo en el sofá. O tú en el sofá. No podemos compartir esta cama nunca más.

Javier asintió, aunque el solo pensarlo le dolía físicamente. Su miembro, aún sensible, se contrajo al imaginar no volver a tocarla. Pero el miedo era más grande.

—¿Y si papá se entera? —preguntó en voz baja, aterrado—. ¿Y si José lo descubre?

Karina se estremeció.

Deseos de sierra III

—No se va a enterar. Nadie se va a enterar. Pero nosotros…nosotros vamos a cargar esto para siempre. Cada vez que miremos a Ramiro por teléfono, cada vez que José pregunte cómo estamos… vamos a saber que mentimos.Que traicionamos.

Se quedaron en silencio un rato largo. Javier acarició su cabello con ternura, como cuando era niño y ella lo consolaba después de una pesadilla. Pero ahora la pesadilla era real, y era suya.

—Te quiero, mamá —dijo al fin, con lágrimas en los ojos—. No como hijo… o sí como hijo, pero también… de otra forma. Y eso me está matando.

Karina levantó la cara, lo miró con una mezcla de amor y dolor infinito.

—Yo también te quiero, Javier. Demasiado. Por eso duele tanto. Porque no es solo deseo. Es amor torcido, amor que se salió de su camino.

Se besaron una última vez esa noche: un beso suave, triste,de despedida a lo que acababa de nacer y ya estaba muriendo. Luego se separaron en la cama, cada uno en su lado, mirando el techo en la oscuridad, con el peso de la culpa aplastándolos como nunca antes.

Al día siguiente, la casa sería la misma: tortillas en la estufa, ropa tendida en el patio, llamadas de Monterrey. Pero ellos ya no serían los mismos. El placer había sido breve; el conflicto emocional, eterno.

Al día siguiente, la casa amaneció con una tensión que se podía cortar con cuchillo. Karina se levantó primero, como siempre, y preparó el café con movimientos mecánicos, sin mirar a Javier cuando él entró a la cocina. Llevaba una blusa holgada y una falda larga, como si quisiera cubrirse más de lo habitual, esconder el cuerpo que la noche anterior había sido expuesto y deseado.

—No vamos a hablar de lo de anoche —dijo ella sin voltear,removiendo el café con fuerza—. Fue un error. Un error grande. Hoy duermo en el sofá. Tú te quedas con la cama.

madura

Javier asintió, con la boca seca. Se sirvió café y se sentó a la mesa, pero no pudo evitar mirarla: la curva de su cuello cuando inclinaba la cabeza, el modo en que sus manos temblaban ligeramente al verter el azúcar.Quería decir algo, disculparse de nuevo, pero las palabras se le atoraban.Terminaron desayunando en silencio, cada uno en su lado de la mesa, como extraños.

Esa tarde, Karina compró un colchón delgado en el mercado de segunda mano y lo puso en el sofá del cuarto principal. Javier la ayudó a cargarlo, y en un momento sus manos se rozaron al acomodarlo. Los dos se congelaron. Ella retiró el mano rápido, como si quemara.

—No me toques más —susurró, con la voz quebrada—. Por favor.

Javier retrocedió, sintiendo un vacío en el pecho.

La primera noche fue un infierno para ambos. Karina se acostó en el sofá, envuelta en una cobija vieja, mirando el techo. El colchón era duro, el respaldo del sofá le clavaba en la espalda, pero lo peor era el silencio del cuarto vacío. Extrañaba el calor del cuerpo de Javier a su lado,el sonido de su respiración. Se giraba una y otra vez, apretando los muslos para calmar el cosquilleo que volvía sin permiso. “No pienses en él”, se repetía. Pero las imágenes regresaban: su boca en sus pechos, sus dedos dentro de ella, el momento en que él entró y la llenó. Se tocó una vez, casi sin querer, deslizando la mano bajo la falda, pero se detuvo al instante, llorando de vergüenza. “No. No voy a caer otra vez”.

madre

En el cuarto, Javier tampoco dormía. Se masturbó dos veces esa noche, pensando en ella: en cómo gemía su nombre, en cómo sus caderas se movían contra las suyas. Se corrió con culpa, limpiando todo con rabia, y luego se quedó mirando la puerta cerrada, deseando abrirla y arrastrarla de vuelta ala cama. Pero no lo hizo. Se quedó ahí, solo, con el miembro aún sensible y el corazón hecho pedazos.

Al tercer día, el intento falló por primera vez. Javier llegó temprano del trabajo y encontró a Karina en la cocina, preparando mole.El olor llenaba la casa, y ella estaba inclinada sobre la olla, con el rebozo caído de los hombros, dejando ver la piel morena del escote. Él se acercó por detrás “para ver si necesitaba ayuda”, y sin pensarlo, puso las manos en su cintura. Karina se tensó, pero no se apartó de inmediato.

—Javier… no —dijo, pero su voz temblaba.

Él no retiró las manos. En cambio, las subió despacio por sus costados, rozando el borde de sus pechos. Karina cerró los ojos, respirando agitada.

—Solo un momento —susurró él—. Solo… déjame sentirte.

Ella giró la cabeza, y sus labios se encontraron. El beso empezó suave, casi de disculpa, pero en segundos se volvió hambriento. Karina apagó la estufa con mano temblorosa y se giró por completo.

Sus manos subieron al cuello de él, jalándolo más cerca. Se besaron contra la encimera, con urgencia, como si el tiempo se les acabara. Javier levantó su falda, metió la mano entre sus muslos y encontró que ya estaba mojada. Karina gimió contra su boca cuando sus dedos entraron en ella.
Lo hicieron ahí mismo, de pie: él la levantó un poco,apoyándola en la encimera, y entró de un empujón profundo. Fue rápido,desesperado, sin palabras.

Karina: No Javier, no hijo, no lo hagas adentro no esta vez,afuera te lo ruego, así fue Javier respeto lo que Karina le pedía.

Karina se deslizó al suelo, llorando.

—Otra vez… lo hicimos otra vez —sollozó—. ¿Por qué no puedo parar?

Javier se arrodilló frente a ella, abrazándola.

—Porque nos queremos. Porque no podemos evitarlo.

Pero la culpa regresó más fuerte. Esa noche, Karina insistió en dormir en el sofá de nuevo. Javier la dejó, pero a las tres de la mañana, no aguantó más. Se levantó en silencio y fue al cuarto principal. La encontró acurrucada, temblando de frío o de nervios. Sin decir nada, la levantó en brazos y la llevó de vuelta a la cama. Karina no protestó; solo se acurrucó contra su pecho, llorando bajito.

—No sé cómo parar esto —murmuró ella.

—No sé si quiero parar —respondió él.

madre e hijo

Los días siguientes fueron un ciclo de intentos fallidos:promesas de separación por la mañana, roces inevitables durante el día, sexo urgente y silencioso por las noches. Cada vez que terminaban, se abrazaban con más fuerza, como si el placer físico fuera lo único que los mantenía a flote en medio de la tormenta emocional. La culpa no desaparecía; solo se hacía más profunda, más permanente. Sabían que estaban construyendo una mentira que algún día explotaría, pero mientras tanto, no podían —o no querían— soltarse.

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