

En un rincón de la ciudad, donde las luces iluminaban las calles, vivía una mujer llamada Valentina. Hermosa y desenvuelta, Valentina tenía todo lo que una chica podía desear: un novio que la consentía, la cuidaba y se esmeraba en cada detalle. Sin embargo, a pesar de su amor por él, Valentina no tenía ningún remordimiento en buscar placer en otros brazos cuando se le presentaba la oportunidad.
Una noche, su novio, Carlos, planeó una cena romántica en un lujoso restaurante. Las velas titilaban en la mesa, y el ambiente era perfecto para una velada especial. Mientras la cena transcurría, Valentina se excusó para ir al baño, pero en realidad, tenía otros planes. Al salir del baño, se encontró con el mesero, un hombre de aspecto seductor y ojos penetrantes.
—Espero que todo esté a su gusto, señora —dijo el mesero con una sonrisa pícara.
—Todo está perfecto —respondió Valentina, lanzándole una mirada invitadora.
El mesero la tomó de la mano y la llevó a un pequeño cuartito de almacenamiento. Allí, lejos de miradas indiscretas, la besó con pasión, explorando cada rincón de su boca. Valentina, excitada, se arrodilló y comenzó a desabrocharle el pantalón. El mesero observaba con deseo mientras ella le sacaba su pija y lo metía en la boca, chupándolo y saboreándolo con avidez.

Luego, el mesero la puso de pie y la llevó frente a un espejo. Con una mano firme, le levantó el vestido, dejando al descubierto sus nalgas y su concha húmeda.— Ya estabas sin bombacha? Que buena puta —. Sin perder tiempo, le metió la pija en la concha, con fuerza, sujetándola contra el espejo. Valentina gemía de placer, sintiendo cada embestida profunda y vigorosa.
—Qué rica puta tiene ese cornudo — le decía, mientras la miraba en el reflejo del espejó.
El mesero continuó cogiendola, moviéndose en su interior, aumentando el ritmo hasta que finalmente, con un gemido intenso, se derramó su semen sobre sus nalgas. Valentina se limpió con cuidado, acomodándose el vestido para que nada delatara lo ocurrido. Con una sonrisa satisfecha regresó a la mesa donde Carlos la esperaba, ajena a su traición.
—Amor, ¿todo bien? —preguntó Carlos con una sonrisa cariñosa.
—Sí, mi vida, todo perfecto —respondió Valentina, besándolo suavemente en los labios, ocultando su secreto con maestría.

La semana siguiente, Carlos, siempre atento a los detalles, contrató a un guitarrista talentoso llamado Juan para darle una serenata a Valentina. Mientras caminaban hacia la casa, Carlos le dijo a Juan:
—Tiene que ayudarme, Juan. Valentina es una chica ejemplar, pero quiero que afloje para mí. Hágase el interesante, muéstrele su talento, y ella caerá rendida a mis pies.
Juan asintió con una sonrisa pícara, dispuesto a seguir las instrucciones de Carlos. Al llegar a la casa, comenzó a tocar su guitarra, cantar y Valentina, encantada y emocionada con la melodía, los invitó a pasar.
—Amor, ¿podrías ir a buscar una botella de vino especial para brindar? —preguntó Valentina con una sonrisa.
Carlos asintió y salió, dejando a Valentina y Juan solos. En cuanto Carlos salió, Valentina se acercó a Juan con una mirada seductora.
—Y esas manos, ¿saben tocar otra cosa? —preguntó, pasando un dedo por su pecho.
Juan, sin dudarlo, la atrajo hacia sí y la besó con pasión. Sus manos recorrieron su cuerpo, deslizándose bajo su vestido hasta encontrar su tanga. Con un movimiento hábil, se la bajó dejando al descubierto su vagina húmeda. Valentina gimió mientras él acariciaba su concha con sus dedos, explorando cada rincón de su deseo.
Valentina, excitada, le bajó el pantalón a Juan y tomó su pene en su boca, chupando y succionando con intensidad, disfrutando de su sabor y su dureza. Juan, incapaz de contenerse más , la levantó y la colocó sobre él, clavándo su pija en su concha y haciendo que lo cabalgara con movimientos rítmicos y sensuales.

Luego, la colocó en cuatro y la penetró con fuerza embistiendo su concha con cada movimiento. Valentina gemía de placer, sintiendo cada centímetro de su pija dentro de ella. Juan continuó moviéndose, aumentando el ritmo hasta que finalmente, con un gemido brutal, eyaculo sobre sus tetas.
Valentina escuchó a Carlos regresar rápidamente se levantó, corriendo al baño para limpiarse. Regresó a la sala con una sonrisa, como si nada hubiera ocurrido, y brindaron con el vino. Luego, se despidieron, y Juan, con una sonrisa cómplice, le dijo a Carlos:
— Tu novia ya aflojo. Llámame cuando gustes.
Carlos, ajeno a lo ocurrido, sonrió satisfecho, creyendo que su plan había funcionado a la perfección.

Durante una comida familiar, una de las primas de Carlos, llamada Sofía, no pudo evitar admirar la belleza de Valentina. Con una sonrisa traviesa, Sofía se inclinó hacia ella y le susurró:
—Eres muy bonita, Valentina. Si fuera hombre, le pelearía a mi primo por ti.
Valentina, con una mirada pícara, respondió:
—No es necesario, Sofía. Yo también gusto de mujeres.
Sofía, sorprendida y excitada, asintió con una sonrisa cómplice. Poco después, se excusaron y se dirigieron a la habitación de Sofía. Allí, sin perder tiempo, se besaron con pasión, explorando cada rincón de sus bocas. Sus manos recorrieron sus cuerpos, acariciándose las tetas, nalgas con deseo.
Se quitaron la ropa lentamente, disfrutando de cada movimiento, hasta quedar completamente desnudas. Sofía, con una sonrisa traviesa, se colocó entre las piernas de Valentina y comenzó a lamer su concha con movimientos lentos y sensuales. Valentina, excitada hizo lo mismo, tomando el clítoris de Sofía en su boca y succionando con avidez.
Ambas se movían en sincronía, gimiendo de placer mientras se daban masturbaban mutuamente, disfrutando de cada sensación. La habitación se llenó de gemidos y jadeos, creando una melodía de deseo y pasión.

Después de un rato, Sofía se colocó sobre Valentina, y comenzaron a frotar sus conchas húmedas en un movimiento rítmico y sensual, practicando la tijera. Sus cuerpos en perfecta sincronía, aumentando el ritmo hasta que finalmente, con un grito de placer, llegaron al orgasmo juntas.
Sudadas y satisfechas, se abrazaron con una sonrisa. Sofía, acariciando el cabello de Valentina, le dijo:
—Mi primo es afortunado de tenerte, Valentina.
Valentina, con una mirada pensativa, respondió:
—Sí, debería portarme mejor con él.
Ambas rieron, sabiendo que su secreto estaba a salvo, y regresaron a la mesa familiar, como si nada hubiera ocurrido.

Por fin, Valentina decidió darle a Carlos lo que tanto deseaba. Una noche, mientras se besaban apasionadamente, Valentina notó su erección y, con una sonrisa pícara, le acarició el bulto y le preguntó:
—¿Quieres metértela, mi vida?
Carlos, con los ojos llenos de deseo, asintió:
—Sí, por favor, es lo que más deseo amor.
Valentina, sin dudarlo, se arrodilló frente a él y comenzó a besar su pija, chupándolo y babeándolo. Carlos gemía placer, disfrutando de cada movimiento de su lengua. Después de un rato, Valentina se subió sobre él, cabalgándolo con movimientos rítmicos e intensos, sintiendo cada centímetro de su pija dentro de su concha, mientras él le chupaba las tetas.

Luego, se colocó en cuatro pidiéndole a Carlos la cogiera por detrás. Él la penetró con fuerza, embistiendo su concha, con cada movimiento aumentando el ritmo , haciéndola gemir.
Carlos la colocó de costado, cogiendola con intensidad, mientras le apretaba las tetas y la besaba, sacó su pija para terminar sobre su vientre. Valentina, con una sonrisa satisfecha, lo abrazó mientras él le decía:
—Gracias, amor. Te amo.

Valentina, en silencio, solo lo besó, pensando en lo que el futuro le depararía. Tal vez podría serle fiel a Carlos, o quizás no. Solo el tiempo lo diría. Pero por ahora, se sentía contenta y satisfecha, saboreando el momento.


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