El ascensor se detuvo en el piso 12 con un sonido suave, pero para Santi el sonido fue como un disparo de largada. Nico ya lo tenía agarrado de la nuca desde el pasillo, los dedos clavados con esa presión justa que dice “sos mío esta noche”. Cuando cruzaron la puerta del departamento, Nico la cerró de un golpe seco con el pie, sin soltarle el cuello.—No te voy a dar tiempo a pensarlo demasiado —murmuró contra su oreja, la voz grave, ronca de ganas acumuladas—. Santi asintió rápido, el corazón latiéndole en la garganta. Tenía la boca seca, las piernas flojas. Nico lo empujó contra la pared del living, no con violencia, pero sí con decisión. Le levantó la remera con una mano mientras con la otra le bajaba el cierre del jean. Los besos ya no eran suaves: eran mordidas en el labio inferior, lengua invadiendo, succionando hasta dejarle la boca hinchada y roja.—Sacate todo. Ya —ordenó.Santi se desvistió torpemente, temblando. Quedó en boxers, la pija dura marcándose contra la tela gris, una mancha húmeda ya visible en la punta. Nico se sacó la camisa con un solo movimiento, los músculos del pecho y los brazos tensándose bajo la luz tenue. Cuando se bajó los jeans y los boxers juntos, Santi dejó escapar un “la concha de la madre” entre dientes.Era gigante.
Largo, grueso como la muñeca de Santi, venas marcadas que latían visibles, la cabeza morada y brillante, goteando un hilo transparente que caía despacio hacia el piso. Pesaba tanto que apenas se movía cuando Nico se tocaba. Santi sintió un nudo en el estómago: mezcla de terror y deseo.Nico se acercó hasta que la pija le rozó el abdomen desnudo de Santi, dejando un rastro húmedo y caliente.—¿Te da miedo? —preguntó, agarrándosela con la mano y dándole dos palmadas suaves pero firmes contra la piel de Santi.—Mucho… —admitió Santi, la voz quebrada—. Pero quiero… quiero sentirla toda.Nico sonrió con los dientes, esa sonrisa de depredador. Lo giró de golpe, lo pegó de pecho contra la pared y le bajó los boxers de un tirón. Le separó las nalgas con las dos manos, exponiéndolo completamente. Santi sintió el aire fresco en el agujero y se le escapó un gemido avergonzado.—Mirá qué lindo culo virgen —murmuró Nico, pasando el pulgar por el borde arrugado—. Hoy se va a abrir como nunca.Lo llevó al dormitorio casi a rastras. Lo tiró boca abajo en la cama , le puso dos almohadas gruesas bajo la pelvis para levantarle la cadera. Santi quedó con el culo arriba, las piernas abiertas, temblando. Escuchó el clic del frasco de lubricante, el sonido húmedo cuando Nico se untó los dedos y después su propia pija.El primer dedo entró sin aviso. Santi se tensó, soltó un grito ahogado. Nico no paró: lo movió despacio, girándolo, buscando la próstata con precisión. Cuando la encontró, Santi arqueó la espalda y soltó un “¡ahhh, mierda!” largo y desesperado.—Acá está —dijo Nico, presionando fuerte—. Vas a aprender a correrte solo con esto.Metió el segundo dedo. Los estiró, los giró, los abrió como tijera. Santi ya no sabía si lloraba o gemía. El tercer dedo llegó con más lubricante, acompañado de besos y mordidas en la espalda, en la nuca, en los hombros. Nico le hablaba al oído, sucio, sin filtro:—Te voy a partir en dos, pendejo. Vas a sentir cada centímetro entrando y saliendo. Vas a pedir más aunque te duela. Y te vas a correr sin tocarte, te lo juro.Cuando sacó los dedos, Santi sintió el vacío como un castigo. Pero enseguida vino la presión: la cabeza gruesa, caliente, empujando contra el anillo cerrado. Nico no entró de golpe. Empujó despacio, constante. Santi clavó las uñas en las sábanas, mordió la almohada, soltó un grito largo cuando la cabeza pasó el ano con un “pop”.—Respirá… respirá, carajo —gruñó Nico, quedándose quieto un segundo para que se acostumbrara.Pero Santi no podía. Sentía que lo abrían con un fierro caliente. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Y sin embargo, su pija seguía dura como piedra, goteando contra la sábana.—Seguí… por favor… no pares —suplicó con voz rota.Nico avanzó. Centímetro a centímetro. Hasta que estuvo la mitad adentro. Ahí empezó a moverse: embestidas cortas, profundas, saliendo apenas para volver a entrar. Cada vez que golpeaba la próstata, Santi gritaba, el cuerpo convulsionando. Nico le agarró las caderas con fuerza, los dedos dejando marcas rojas.—Mirá cómo te traga —dijo, mirando hacia abajo—. Ya estás tomando más de la mitad. Sos un putito valiente.Aceleró.
El sonido era obsceno: carne húmeda chocando, el lubricante chasqueando, los gemidos de Santi convirtiéndose en alaridos. Nico cambió de ángulo, embistió más abajo, más fuerte. La cama golpeaba contra la pared con violencia. Santi ya no articulaba palabras, solo sonidos animales.De repente Nico se salió casi por completo y volvió a entrar de un solo empujón hasta los huevos. Santi gritó tan fuerte que se le quebró la voz. Sintió cómo la pija le llegaba al fondo del estómago, cómo lo llenaba hasta el límite. Nico se quedó ahí, moviéndose en círculos, frotando la próstata sin piedad.—Te voy a hacer acabar así —gruñó—. Sin manos. Solo con mi verga rompiéndote el culo.Embestía sin parar, profundo, rápido, brutal. Santi sintió que algo se rompía adentro (no físicamente, pero sí en su cabeza). El orgasmo le llegó como un tren: se arqueó, tembló entero, gritó con la garganta rota mientras chorros gruesos salían de su pija sin que nadie la tocara, salpicando la sábana, su abdomen, hasta el pecho. El agujero se contrajo con espasmos violentos alrededor de Nico, ordeñándolo.Eso fue demasiado.
Nico soltó un rugido, se hundió hasta el fondo y se corrió con fuerza, chorro tras chorro caliente llenándolo por dentro. Santi sintió cada pulsación, cada latido dentro de él, el semen caliente inundándolo. Nico se quedó ahí, temblando, respirando como si hubiera corrido una maratón.Cuando por fin salió, un hilo espeso de semen blanco se escapó del agujero abierto y rojo de Santi, bajando por sus muslos. Nico lo giró con cuidado, lo abrazó desde atrás, le besó la nuca empapada en sudor.—¿Estás vivo, pendejo? —preguntó con voz ronca, todavía agitado.Santi tardó varios segundos en poder hablar. Tenía la cara mojada de lágrimas y sudor. Pero sonrió, una sonrisa débil, exhausta, feliz.—Nunca… nunca sentí nada igual —susurró—. Quiero… quiero que me rompas así todas las noches.Nico se rio bajito, le mordió el hombro con cariño.—Te voy a romper hasta que no puedas caminar derecho. Pero primero… descansá. Porque en una hora te voy a poner boca arriba y te voy a culear mirándote a los ojos hasta que llores de nuevo.Santi cerró los ojos, todavía sintiendo el semen caliente dentro, el agujero palpitando, el cuerpo dolorido y satisfecho.Y pensó, con una sonrisa idiota:“La puta madre… quiero repetir.”
1 comentarios - La noche que lo cambió todo