“Motherfucker, suck my pussy” me ordenó mientras con ambas manos abrió su concha y apuntó su clítoris erecto hacia mi boca. Corría el año 1997 y esta perra vulgar no era otra que C.J. Parker, en otras palabras: Pamela Anderson.
A mis 17 años, como todo adolescente, era un pelucón soñador. Cuando llegó momento de elegir carrera revelé “Seré pintor”, mi padre con un sopapo me respondió “¡No mantendré drogadictos de mierda! Serás ingeniero como yo”. Curada mi rebeldía, en un mes estaba ingresando a la facultad de ingeniería química.

Me llamó “hijo de puta”. De ser otro le hubiera roto la jeta, pero esta era Pamela Anderson tirada -para mí- en una cama de “The Stardust” en Las Vegas. Sus piernas abiertas a 180 grados empujaban hacia afuera su pussy celestial. La mata rubia de su concha, con corte mohicano, trazaba camino hasta su clítoris colorado. La entrada de su vagina se abría como una boca hambrienta. Debo decirlo, aunque sus nalgas eran portentosas, el ano lo tenía algo maltrecho.
Todos mis años de universitario llevé el estigma de mi padre al calificarme de futuro artista “drogadicto”. Así que, un poco como venganza, consagré mis conocimientos científicos para perfeccionar y diversificar la preparación de la harina blanca.

Las tetas de Pam son duras, pesadas y sus pezones dos semillas redondas. Cuando se las chupas y muerdes, ella hace muecas de tigresa “grrrr”. Yo estaba entretenido como en Disneylandia con sus tetas cuando ella, como ya dije, me ordenó furiosa “Motherfucker, suck my pussy”. Me acerqué, su coño estaba mojado y un fuerte olor a merluza envuelto en papel invadió la habitación.
Tras titularme, en mi país sudamericano, no fue difícil enrolarme a los tantos laboratorios dedicados al procesamiento de la coca. Mi fama creció rápidamente gracias al rigor científico y técnico con el que trabaja. Incluso sinteticé sustancias de mi propia autoría: “El Everest”, “El sueño de Morfeo”, “Eterno verano”. Mi fama trascendió fronteras y pronto fui requerido en hoteles prestigiosos de Miami y Las Vegas. Era como un barman privado para clientes especiales.

Aquel día de 1997, mientras empacaba mis buretas, pipetas y demás cacharros, el gerente del hotel me dijo que cierto cliente quedó especialmente satisfecho con mi receta “Orgasmo de Cleopatra” y deseaba agradecerme personalmente. Creí que recibiría un fajo de dólares, como a veces pasaba, pero grande fue mi sorpresa al encontrar desnuda en la cama a Pamela Anderson.
La decisión no fue difícil: si te ofrecen el coño hay que chuparlo. La concha de Pam estaba inusualmente mojada, no me importó si cinco minutos antes hubiera estado ahí la verga de David Hasselhoff, se la chupé. Mientras ella no dejaba de gritar “¡Motherfucker!” y me jalaba el cabello.

¿A qué sabe la concha de Pamela Anderson? Introduje la lengua todo lo que pude dentro de su vagina, sentía la rugosidad de sus paredes y sus jugos escurriendo espesos. Su sabor se me quedó inconfundible en el paladar: maní salado con unos toques de vinagre de manzana. Por supuesto que desde entonces estos dos ingredientes son infaltables en mi dieta.
¿Qué tanto aprieta la conchita dorada de Pamela Anderson? Estimados lectores, eso será tema de una siguiente disertación.

A mis 17 años, como todo adolescente, era un pelucón soñador. Cuando llegó momento de elegir carrera revelé “Seré pintor”, mi padre con un sopapo me respondió “¡No mantendré drogadictos de mierda! Serás ingeniero como yo”. Curada mi rebeldía, en un mes estaba ingresando a la facultad de ingeniería química.

Me llamó “hijo de puta”. De ser otro le hubiera roto la jeta, pero esta era Pamela Anderson tirada -para mí- en una cama de “The Stardust” en Las Vegas. Sus piernas abiertas a 180 grados empujaban hacia afuera su pussy celestial. La mata rubia de su concha, con corte mohicano, trazaba camino hasta su clítoris colorado. La entrada de su vagina se abría como una boca hambrienta. Debo decirlo, aunque sus nalgas eran portentosas, el ano lo tenía algo maltrecho.
Todos mis años de universitario llevé el estigma de mi padre al calificarme de futuro artista “drogadicto”. Así que, un poco como venganza, consagré mis conocimientos científicos para perfeccionar y diversificar la preparación de la harina blanca.

Las tetas de Pam son duras, pesadas y sus pezones dos semillas redondas. Cuando se las chupas y muerdes, ella hace muecas de tigresa “grrrr”. Yo estaba entretenido como en Disneylandia con sus tetas cuando ella, como ya dije, me ordenó furiosa “Motherfucker, suck my pussy”. Me acerqué, su coño estaba mojado y un fuerte olor a merluza envuelto en papel invadió la habitación.
Tras titularme, en mi país sudamericano, no fue difícil enrolarme a los tantos laboratorios dedicados al procesamiento de la coca. Mi fama creció rápidamente gracias al rigor científico y técnico con el que trabaja. Incluso sinteticé sustancias de mi propia autoría: “El Everest”, “El sueño de Morfeo”, “Eterno verano”. Mi fama trascendió fronteras y pronto fui requerido en hoteles prestigiosos de Miami y Las Vegas. Era como un barman privado para clientes especiales.

Aquel día de 1997, mientras empacaba mis buretas, pipetas y demás cacharros, el gerente del hotel me dijo que cierto cliente quedó especialmente satisfecho con mi receta “Orgasmo de Cleopatra” y deseaba agradecerme personalmente. Creí que recibiría un fajo de dólares, como a veces pasaba, pero grande fue mi sorpresa al encontrar desnuda en la cama a Pamela Anderson.
La decisión no fue difícil: si te ofrecen el coño hay que chuparlo. La concha de Pam estaba inusualmente mojada, no me importó si cinco minutos antes hubiera estado ahí la verga de David Hasselhoff, se la chupé. Mientras ella no dejaba de gritar “¡Motherfucker!” y me jalaba el cabello.

¿A qué sabe la concha de Pamela Anderson? Introduje la lengua todo lo que pude dentro de su vagina, sentía la rugosidad de sus paredes y sus jugos escurriendo espesos. Su sabor se me quedó inconfundible en el paladar: maní salado con unos toques de vinagre de manzana. Por supuesto que desde entonces estos dos ingredientes son infaltables en mi dieta.
¿Qué tanto aprieta la conchita dorada de Pamela Anderson? Estimados lectores, eso será tema de una siguiente disertación.

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