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Lección final: Macho Alfa (Parte III)




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Compendio III


LECCIÓN FINAL: MACHO ALFA (Parte III)


Las cejas de Clarissa se arquearon, sus dedos deteniéndose en mi muslo. El agarre de Kat se tensó reflejamente alrededor de mi verga, como si temiera que desaparecería si la soltaba. Me encogí de hombros, sonriendo mientras balanceaba las piernas al borde de la cama.

Lección final: Macho Alfa (Parte III)

- ¡Sí!... Quiero una vez más en la ducha, antes de irme.

El agua borrará la evidencia, pero no el hambre. Puedo verlo en el modo en que la garganta de Kat se mueve al tragar, en cómo los muslos de Clarissa se aprietan.

- ¡No te preocupes, Clarissa! —añado, agarrando su muñeca para atraerla. - ¡Mañana será tu turno!

Sus ojos se encuentran sobre mis hombros, una pregunta silenciosa pasando entre ellas: ¿Quién es realmente la afortunada? Los labios de Kat se estremecen primero, sus dedos deslizándose posesivamente por mi brazo al levantarse.

• ¡Mejor hazlo rápido! – casi susurra, pero no hay prisa en su tacto mientras me deja guiarla hacia el baño.

Detrás, Clarissa exhala bruscamente aliviada, la cama crujiendo al estirarse, su mirada pegada a las caderas oscilantes de su hija.

En la ducha, la aplasté contra la pared, mi pose favorita: su espalda arqueándose contra los azulejos resbaladizos, el vapor enroscándose alrededor mientras el agua caliente escurría por su piel enrojecida. Kat jadeó cuando mis manos descendieron por su cintura, aferrando sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas, su respiración cortándose al notar mi verga insistiendo entre sus muslos.

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• ¡Estás… *mierda*… todavía tan duro! - gimió, sus dedos aferrándose a mis hombros mientras la levantaba sin esfuerzo, sus piernas envolviéndome como una bufanda.

El agua caía sobre nosotros, mezclándose con el sudor y el semen aún pegados a nuestros cuerpos, el aroma a sexo elevándose con el vapor en oleadas embriagadoras.

Marisol y las demás siempre se derretían cuando las tomaba en la ducha: la forma en que sus piernas se cerraban alrededor de mi cintura, sus cuerpos suspendidos solo por el empuje implacable de mi verga, las hacía gemir como vírgenes cada vez. ¿Pero Kat? La magia de Kat estaba en esos pechos copa C mullidos rebotando con cada embestida, sus pezones endureciéndose bajo mis dientes mientras los chupaba hasta enrojecerlos. La ducha amplificaba todo: el chapoteo de piel húmeda, el vapor espesándose con sus gemidos, sus uñas arañando mi espalda mientras la clavaba contra los azulejos, su sexo palpitando alrededor de mí como un latido.

Se vino más rápido aquí, su espalda arqueándose bruscamente mientras el agua corría entre nosotros, sus muslos temblando donde se enganchaban a mis caderas.

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• ¡Ay!... ¡Dios!… ¡Ahí mismo! - jadeó, su voz quebrándose al morderle el pezón, su cuerpo estremeciéndose alrededor mío en un clímax violento que la dejó flácida contra la pared.

Sus piernas cayeron sin fuerza, pero la atrapé, levantándola sin esfuerzo mientras la follaba a través del éxtasis, el agua oscureciendo su pelo rubio al pegarse a su piel enrojecida. Su sonrisa era perezosa, aturdida, sus ojos verdes semicerrados mientras jadeaba:

• ¡Mierda!... Me vas a matar...

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Cuando finalmente me retiré, Kat parecía agotada. El agua tibia de la ducha alivia un poco el dolor de mi verga (aún hinchada y semirrígida) pero cada pulso late por el uso excesivo. Sus dedos tiemblan al alcanzarla, trazando las venas con algo entre reverencia e incredulidad.

• ¡Jesús!... - exclamó, su voz ronca.

Es la misma verga que chupó seca cuando llegué. La misma que la folló sin piedad en su cama, dejando sus sábanas empapadas y sus muslos pegajosos. La misma que partió el culo de su madre, transformando los gemidos tímidos de Clarissa en gruñidos hambrientos. Su pulgar roza la punta, esparciendo semen residual y agua, y ella estremece: no por el frío, sino por el recuerdo de lo hondo que estuvo dentro de ella.

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Kat comenzó a apretarla lentamente, no tanto para hacerme una paja, sino por curiosidad. Duele y alivia a la vez: por un lado, su tacto tímido bajo el agua caliente se siente increíble; por otro, su presión hace que mi piel sensible arda como agujas. No puedo detenerla. Es la primera vez que un hombre le da acceso total a su verga, pero Kat nota mis muecas, la tensión en mis hombros y mi sonrisa nerviosa y tensa.

• Yo... ¡Lo siento! —se disculpó, mirándome como una niña tímida.

Entonces me doy cuenta: su piercing y su postura feminista son solo una fachada. Kat anhela cercanía, solo que no sabe pedirla. Le beso una vez más bajo la ducha. No se resiste. Siente mi verga entre sus piernas, pero ya no queda excitación en mí. Le agarro el culo mientras la envuelvo por la cintura, acercándola. Dejándole claro que la quiero a ella y a sus labios.

- ¡Lo sé! - logro responder después del beso, sus ojos verdes suplicando un poco más. - ¡Ojalá pudiera follarte un poco más, pero tú y tu madre me vaciaron los testículos!

Ella ríe ante mi comentario, pero aún me mira con un sentimiento. Una necesidad de querer.

Nos vestimos… o más bien, yo me vestí, mientras Kat solo se envolvió en una toalla, la tela pegándose a sus curvas húmedas mientras se secaba las piernas. Su toalla olía a sexo y champú: el aroma del pecado lavado a la carrera. Ese culo, esas tetas… mi cerebro gritaba por una última ronda, como atiborrarse de postre cuando ya estás lleno. Mi verga, sin embargo, sentía como si la hubieran lijado: entumecida y protestando por cada movimiento. Aun así, la atraje, aferrando su culo a través de la toalla, sus pezones endureciéndose contra mi pecho mientras nuestros labios chocaban. Su respiración se cortó, su lengua rozando la mía en una súplica silenciosa.

- ¿Así que ahora sacarás a Titán a pasear? - pregunté contra su boca, recordando la excusa oficial de mis visitas.

Ella rió (un sonido satisfecho y juguetón) y guiñó un ojo.

• ¡Sí!... Y no te preocupes... -Sus dedos descendieron por mi estómago, deteniéndose cerca de mi verga agotada. - ¡Él no vendrá a olfatear entre mis piernas por tu culpa!

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Mi pene se estremeció patéticamente ante la imagen: la suerte de ese husky enterrando su nariz bajo su falda, probando lo que dejé atrás. Debía irme antes de que mi cuerpo me traicionara otra vez...

Pasamos por el cuarto de Clarissa. Un último beso con Kat para despedirme: su boca aún sabía a mí, a nosotros, a la obscenidad en la que nos habíamos sumergido toda la mañana. Se aferró un poco más de lo necesario, sus dedos clavándose en mis hombros como si memorizara mi forma.

• ¡No lo olvides! - susurró contra mis labios. - ¡Prometiste entrenamiento extra para Titán mañana!

La mentira era frágil, apenas velando el hambre real bajo ella. Sonreí, mordisqueando su labio inferior antes de separarme.

- ¡No me lo perdería!

El ritmo callado de enero se desarrolló en momentos robados: el cuarto de Kat primero, siempre primero, sus dedos desabrochando mi cinturón con urgencia mientras los gemidos de Titán resonaban desde el patio. La puerta apenas se cerraba antes de que se arrodillara, su lengua trazando el contorno de mi verga a través del pantalón como si estuviera cartografiando una reliquia. Para la tercera visita, dejó de fingir que esto era sobre el entrenamiento del husky; la correa colgaba sin usar en el gancho, cómplice silencioso.

Luego, pasábamos al cuarto de Clarissa, para compartir un trío con su madre. Ambas se turnaban montándome mientras mi boca satisfacía a la otra, una experiencia que me malcrió. Me cuesta creer que Ethan no notara los constantes cambios de sábanas, ya que su habitación apestaba a sexo después. Pero claro, es un imbécil arrogante que no se da cuenta.

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Cuando estábamos satisfechos, pasábamos a la ducha, donde tomaba a una de ellas otra vez (a veces Kat, a veces Clarissa) contra los azulejos, sus gemidos ahogados por el vapor y el agua. Sorprendentemente, a Clarissa le encantaba el sexo anal bajo la ducha, aunque Kat seguía siendo virgen allí, ya que mi verga hinchada la asustaba. Y por supuesto, mi esposa me remataba por las tardes.

Pero todo terminó con la llegada de febrero, ya que Ethan se tomaría sus vacaciones.

En casa, Marisol me dio una gran sorpresa: nuestra pequeña Alicia había aprendido japonés fluido viendo anime y conversando con mi esposa, claro, así que decidí llevar a toda la familia a Japón durante casi todo febrero, para explorar varios lugares, probar la gastronomía y, por supuesto, comprar muchos, muchos mangas…

Y si se preguntan por Titán... bueno, digamos que el husky se convirtió en la mascota favorita de madre e hija. Durante el día, lo dejaban entrar en la casa: no porque se hubiera vuelto obediente, sino porque desarrolló un instinto para saber exactamente cuándo Kat o Clarissa lo necesitaban. Su lengua y hocico húmedo no tenían rival (rápidos, ansiosos, implacables) y sacudía la cola con furia cada vez que alguna de ellas se recostaba en el sofá, separando las piernas lo justo para que él captara el aroma. Kat reía, enterrando los dedos en su pelaje grueso mientras él lamía, mientras que Clarissa (que antes lo regañaba por morder zapatos) ahora gemía contra los cojines, arqueándose contra su hocico.

Lección final: Macho Alfa (Parte III)

Era un secreto entre ellas, algo que nunca mencionaban a Ethan… aunque a veces, cuando él llegaba del trabajo, Titán le gruñía, como si lo considerara un intruso.

Sin embargo, Titán seguía cachondo, especialmente por las noches, montando todo lo que se moviera: almohadas, piernas, la maceta ocasional. Ethan sugirió castrarlo, pero ambas se negaron, pensando que merecía divertirse con su propia perra (y también temiendo que perdiera interés en sus vaginas necesitadas). Su energía inquieta resonaba por la casa como estática, marcada por el golpeteo rítmico de su cola contra el piso cada vez que Kat o Clarissa pasaban. Pero una noche, tenían otros planes. Venganza, fría y calculada.

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Ambas mujeres asignaron a Ethan darle de comer a Titán por la noche, vendiéndolo como una “oportunidad para conectarse”: el marido despistado y el husky perpetuamente excitado. Ni Kat ni Clarissa se molestaron en decirle que la hora de comer coincidía con el pico de frenesí del perro: sus instintos afilados por el crepúsculo, su energía inquieta convirtiéndose en montadas descaradas. Ethan salió al patio con el tazón de comida, refunfuñando, sin saber que el verdadero espectáculo comenzaba. El jardín, oscuro y desigual porque Ethan nunca instaló luces ni sabía hacer mejoras para el hogar, tragó sus pasos mientras los gemidos excitados de Titán rebotaban en la cerca. No por hambre, sino por anticipación.

No le costó a Titán derribar a Ethan de espaldas al agacharse a llenar el tazón: sus patas golpeando la cintura de Ethan con la misma urgencia que reservaba para el cojín favorito de Kat. Lo que siguió fue menos una montada y más un asalto total: las caderas musculosas del perro embistiendo los pantalones caros de Ethan mientras su cola giraba frenéticamente como un metrónomo roto. Clarissa ahogó su risa junto a su hija mientras el pene rosado de Titán embadurnaba su corrida en los pantalones de Ethan. Esto se convirtió en su “entretenimiento nocturno” ... hasta que una noche, todo cambió.

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Ethan no mencionó las montadas de Titán por vergüenza de haber sido dominado por la mascota cara que él mismo compró. Pero Titán no distinguía entre la cara y el culo de Ethan, y una noche, el husky lo montó “al revés” ...

Según me contaría Katherine, el grito ahogado de Ethan se perdió entre los gruñidos ansiosos de Titán, sus patas delanteras inmovilizando los hombros de Ethan contra el césped húmedo. Los dedos de Clarissa apretaron su copa de vino, nudillos blanqueándose cuando las caderas del perro embistieron: no contra el muslo esta vez, sino directamente contra la mandíbula apretada de Ethan. La polla rosada del husky dejó un rastro brillante en su pómulo antes de insistir contra sus labios. Kat mordió su labio inferior para contener la risa, pero sus hombros temblaron igual.

• ¡Dios mío! - susurró. - ¡Ni siquiera se resiste!

Ambas vieron cómo la polla bulbosa del perro embestía el rostro de Ethan una y otra vez, apuntando a su boca, y cuando Ethan tuvo la mala suerte de respirar con la boca abierta, todo cambió para siempre. Titán penetró la boca de Ethan con su polla, satisfecho con su nueva “perra” mientras se lo follaba con entusiasmo. Kat y Clarissa intercambiaron miradas: un mensaje mudo pasó entre ellas, un reconocimiento silencioso de que la jerarquía había cambiado irreversiblemente. Las patas de Titán se clavaron en los hombros de Ethan, su cola azotando el aire en frenesí mientras sus caderas empujaban con precisión primal. Los suspiros ahogados de Ethan se perdieron entre los sonidos húmedos de las embestidas de Titán, sus manos agitándose inútilmente contra el flanco musculoso del perro antes de quedarse (patéticamente) flácidas. Y cuando los suspiros de Ethan comenzaron a sonar más como gemidos de placer, todo estaba perdido.

El perro eyaculó con un gemido suave, ambas mujeres mirando con horror cómo la boca de Ethan escupía el semen de Titán. Intentó limpiarse lo mejor que pudo, llenó el tazón del perro y entró a la casa. Adentro, Kat y Clarissa estaban tensas frente al televisor, aún impactadas por lo que vieron. Irónicamente, la pantalla mostraba un documental mudo sobre leones montando presas. Ethan inventó una excusa tonta sobre necesitar ducharse y subió escaleras con paso rígido… ya fuera por humillación o incomodidad persistente, a ninguna le importó adivinar. Cuando la puerta del baño se cerró de golpe, Kat estalló en risas silenciosas, sus dedos clavándose en el muslo de Clarissa.

• ¿Viste...? —jadeó, pero la expresión de Clarissa la detuvo.

Su madre tenía los labios apretados, la mirada fija en la copa de vino intacta.

o ¡Ni siquiera lo empujó! - murmuró Clarissa, más para sí misma que para Kat.

A partir de esa noche, las cosas cambiaron en la casa de Ethan. Él nunca lo notó porque siempre estuvo demasiado ocupado ajustando su Rolex o presumiendo de su último hándicap de golf para ver cómo los labios de Kat se torcían de asco cuando él hablaba, o cómo Clarissa ahora se estremecía cuando sus dedos rozaban los de ella. Pero Titán sí lo notó. Los ojos albos del husky seguían a Ethan con la paciencia de un depredador, su cola golpeando el suelo cada vez que el hombre pasaba: no por emoción, sino por anticipación. Como si supiera exactamente lo que Ethan era ahora...

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