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El martes más raro de mi vida

Lo conocí un jueves en un bar al que fui sola por primera vez en mi vida adulta.
Se llamaba Iván. Treinta y ocho años, manos grandes, una manera de escuchar que me hizo hablar más de la cuenta.
—¿Hace cuánto que no salís sola? —me preguntó.
—Desde antes de que nacieras, casi.
Se rió. Bien. Sin condescendencia.
—¿Y cómo se siente?
Lo pensé en serio antes de responder.
—Como ponerse ropa que era mía y que olvidé que tenía.
Me miró de una manera que tardé en reconocer porque hacía años que nadie me miraba así. Como si yo fuera algo que valía la pena ver. No la madre, no la ex, no la responsable. Yo.
Cuando me preguntó si quería seguir hablando en otro lado, dije que sí antes de que el miedo pudiera opinar.

Su departamento tenía una lámpara de luz baja y amarilla que hacía todo más lento. Me gustó eso.
Me besó despacio, como preguntando. Yo respondí con más urgencia de la que esperaba encontrar en mí misma, y eso me sorprendió tanto que me reí contra su boca.
—¿Qué? —dijo él.
—Nada. Que me alegra estar acá.
Me sacó la blusa y se quedó mirándome. Resistí el reflejo viejo de cubrirme. Lo dejé mirar. Aprendí, en ese momento, lo que es ser vista sin apuro.
Sus manos en mi pecho no tenían costumbre ni distracción. Me tocaban como si importara cada centímetro, y esa atención fue casi insoportable de tan buena.
Cuando su boca bajó por mi cuello, mi clavícula, mi panza, seguí bajando los ojos con ella hasta que los cerré y puse una mano en su pelo sin saber si era para guiarlo o para no perderme. Cuando llegó adonde iba y su lengua encontró exactamente lo que yo tenía guardado hace años, arqueé la espalda y solté un sonido que no reconocí como mío hasta que ya estaba en el aire.
Vinieron el placer, y después otro, y perdí la cuenta.
Cuando Iván subió y me miró desde arriba, lo busqué con la cadera antes de que se moviera. Esa impaciencia, directa y sin rodeos, también fue mía. También fue nueva.
Entró despacio y yo sentí cada cosa con una conciencia que bordeaba lo extraño, como si mi cuerpo estuviera tomando registro de todo después de tanto tiempo sin habitarse. Después el ritmo creció y la conciencia se fue, que es exactamente para eso que existe el cuerpo cuando finalmente lo dejás hacer lo suyo.
Me aferré a sus hombros. Dije su nombre. Llegué con los ojos abiertos mirando un techo que no era el mío, en un cuarto que no era mi historia, y fue justo eso lo que hizo que todo fuera completamente mío.

Después estuvimos quietos. Su mano sobre mi cadera, sin peso. La respiración volviendo.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Sorprendida —dije, honesta.
—¿Bien sorprendida?
—Muy bien sorprendida.
Silencio. Bueno.
Miré el techo ajeno y pensé que mi cuerpo había sobrevivido dieciséis años de otra vida y todavía era capaz de esto. De querer. De llenarse y vaciarse con una intensidad que no había muerto, que había esperado.
Cuarenta y tres años. Un martes gris.
Buen momento para empezar.

Intercambiamos números sin hacer promesas. Antes de salir, en la puerta, me dijo algo que no esperaba:
—La próxima vez quiero que me digas qué querés. Todo.
Bajé al ascensor con esa frase pegada en algún lugar entre el pecho y el estómago.
La próxima vez.
Todavía no sabía bien qué quería. Pero por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas de averiguarlo.​​​​​​​​​​​​​​​​
El martes más raro de mi vida
amateur
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