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Compendio III
06: ARRODILLATE Y RUEGA
Tras volver a casa y luego de compartir con el resto de mi familia, mi esposa Marisol me pidió una vez más que la cogiera en cuatro una vez que nos retiramos al dormitorio.
- ¿Otra vez? —me reí, secándome el sudor de la frente mientras me apoyaba en el marco de la puerta.

El aroma de su modesto perfume a jabón se mezclaba con el almizcle de nuestro dormitorio: un perfume que reconocería en cualquier parte. Ella ya estaba a cuatro patas, la curva de su espalda hundiéndose hacia abajo, las sábanas arrugadas bajo sus rodillas.
- Hoy estás insaciable.
Aunque le gusta el anal, saber que me había follado a Clarissa y que casi lo hago con Katherine la excitó más, no que me quejara. Con su camisón blanco y sedoso, mi esposa parecía tan irresistible como el pecado.

Intentó mantener sus gemidos bajos, sin querer despertar a nuestro pequeño Jacinto (que dormía a pocos pasos de nosotros), pero sus jadeos escapaban entre dientes apretados mientras la empujaba más adentro. Cada vez que me retiraba, ella se arqueaba contra mí, los dedos aferrándose a las sábanas como si temiera que me detuviera. Aun así, la sostuve por la cintura, deleitándome con cómo su cuerpo cedía bajo el mío, su piel resbaladiza de sudor a pesar del aire fresco de la noche que entraba por la ventana abierta.
+ ¡Sí!... ¡Más fuerte!... ¡Más fuerte! - rogó Marisol mientras le daba todo desde atrás.
Su voz era un susurro quebrado, de esos que se deshilachan en los bordes con cada embestida, su respiración jadeante cuando mis dedos se hundían en la carne suave de sus pechos. Se desbordaban entre mis palmas, cálidos y dóciles, los pezones endureciéndose bajo mis pellizcos. Ella se arqueó ante mi contacto como un gato estirándose al sol, su espalda curvándose mientras el placer la recorría en ondas. El camisón se había enrollado, apretado alrededor de su cintura, y la visión de su redondo trasero rebotando contra mis caderas envió un calor primal directo a mi centro.

+ ¡Aprieta mis pechos! ¡Muéstrame cómo la deseabas a ella!
Lo hice. Mis dedos se hundieron en la carne suave de Marisol, el calor de su piel irradiando a través de la delgada tela del camisón. Sus pechos eran como fruta madura en mis palmas: pesados, sumisos, con pezones que se endurecían al instante bajo mi toque. Los rodé entre pulgar e índice, sintiendo cómo ella se estremecía contra mí, sus caderas empujando con más fuerza como si intentara ensartarse más hondo. Un gemido escapó de sus labios mordidos, apenas audible sobre el ritmo de piel contra piel.
Quería que lo admitiera: cuánto había deseado a Clarissa tendida bajo mí en aquella blusa de seda, cómo los labios carnosos de Katherine habían temblado alrededor de mi verga como si temiera decepcionarme. Solo el pensamiento hizo que Marisol se apretara alrededor de mí, sus paredes palpitan en pulsos ajustados que arrancaron un gruñido de mi garganta.
- ¡Te encanta! -le gruñí al oído, retorciendo su pezón bruscamente solo para sentirla estremecerse. - Te encanta saber que se arrodillarían por mí en cuanto chasquee los dedos.
Y a mí también me encantaba. Aunque Ethan y yo no nos llevamos bien en la junta directiva de nuestra empresa minera, dejar a una esposa trofeo como Clarissa sin atención parecía un crimen. Y Katherine… ¡Rayos! Esa chica me había estado lanzando miradas con esos ojos verdes durante semanas, sus labios envolviendo mi verga como si hubiera sido una mamona innata. Solo el pensamiento hizo que el sexo de Marisol se cerrara alrededor de mí como un torno, sus gemidos ahogados contra la almohada.
+ ¡Dímelo! —jadeó, su voz espesa de lujuria, su cuerpo temblando bajo mí. - ¡Dime cuánto te desean!
Quería hablar más en detalle, pero no podía pensar mientras el sexo de mi esposa me apretaba así. Así que empujé con fuerza y la llené. Ella chilló, estirada, sintiendo mis cuatro descargas dentro de ella. Colapsamos en la cama agotados, pero amándonos más intensamente que nunca.
+ Entonces... ¿El perro estaba caliente por el sexo de Kat? —preguntó Marisol con una risita suave.
- ¡Sí! —me reí.
Le conté cómo ese día, Kat estaba vestida entre prostituta y feminista. Que después de unos besos, se mojó y, al parecer, su aroma enloqueció a Titán, frotando su nariz húmeda contra su entrepierna sin parar.
Sorprendentemente, esto excitó de nuevo a mi esposa.
- ¿Puedes... enseñarme? —preguntó en un tono dulce, tierno, vulnerable.

Ya estaba acostumbrado a mi propio sabor, pero el sexo de Marisol era un banquete por sí solo.
Sus piernas se abrieron antes de que pudiera responder, el aroma de su excitación espeso en el aire: almizclado, dulce, inconfundiblemente suyo. Pasé mi lengua por su muslo interno, saboreando cómo su respiración se cortaba cuando mis labios rozaban el encaje húmedo de sus bragas. Ella se arqueó en la cama con un jadeo mientras enganchaba mis dedos bajo la tela y la apartaba, exponiendo sus pliegues hinchados y brillantes. Su sabor inundó mi boca, intenso y adictivo, y gemí contra su piel, lamiéndola como un hambriento. Sus caderas se sacudieron, sus dedos enredándose en mi pelo mientras chupaba su clítoris entre mis labios, jugueteando con ese botón hasta que sus muslos temblaron.

Después de venirse en mi boca tres veces, Marisol me pidió que parara, su voz ronca. Nos besamos (lento y profundo), su lengua trazando mis labios como si probara su propio sabor en mí. Al separarse, sus ojos verdes brillaban en la penumbra, pupilas dilatadas de satisfacción y algo más oscuro. Curiosidad. Hambre.
+ ¿Y luego, te comiste a su mamá? ¿En el cuarto de Ethan? - preguntó, las yemas de sus dedos deslizándose por mi pecho, uñas arañando ligeramente la piel.
Le conté que la usé como un muñeco de trapo. Que tuvo que ser rápido, violento. Ella quiso repetirlo. No pude negarme a mi esposa.
Mientras la embestía desde atrás de nuevo, le confesé que me volví sádico. Se rió cuando le dije que Clarissa esperaba que la despertara con mi verga en su boca, pero en vez de eso, primero me la froté entre sus tetas.
+ ¡Ay! ¡No hiciste eso conmigo! – Marisol protestó, haciendo un puchero mientras comenzaba a moverme dentro de ella.
Clarissa gimió cuando entré en ella, dándose cuenta de que no me detendría cuando jadeó:

o ¡Ohhh! ¡Hace semanas que no me follan!
No fingía. Su estrechez era prueba suficiente, apretándome como si muriera si la sacaba. Su almohada estaba húmeda donde la había mordido, igual que Marisol mordía la suya. Sus uñas arañaron mi espalda mientras inmovilizaba sus muñecas contra el cabecero, su pelo platino esparcido sobre las sábanas de seda de Ethan.
Para Marisol, era impensable pasar semanas sin sexo. Me confesó que cuando trabajaba en la mina, cada noche tenía que masturbarse para dormir. Que extrañaba tanto mi verga. Comencé a empujar con más ganas, imaginando lo cachonda que debía verse Marisol en la cama.
Entonces, le conté que compartí con Clarissa mis intenciones a largo plazo: quería convertirla a ella y a su hija en mis putas.
Su respiración se cortó cuando lo confesé: cómo los ojos de Clarissa se habían abierto, pupilas dilatadas mientras mis dedos se apretaban en su pelo platino.
+ ¿Se lo dijiste así? —jadeó Marisol, sus muslos apretándose alrededor de mis caderas como si intentara mantenerme dentro.
Las sábanas estaban húmedas bajo nosotros, el aroma del sexo pegado al aire como una segunda piel. Asentí, disfrutando cómo sus uñas se clavaban en mis hombros.
- ¡Justo antes de hundirle la cara en el colchón! - gruñí, empujando más fuerte, viendo cómo sus labios se abrían en un gemido silencioso. - Le dije que las arruinaría a las dos: primero a ella, luego a Kat… hasta que olvidaran el nombre de Ethan.
Le conté a Marisol que Clarissa estaba tan extasiada mientras la follaba que no se quejó. Ni una sola protesta cuando le inmovilicé las muñecas sobre su cabeza, ni un gemido cuando le mordí la clavícula lo suficiente para dejar marca. Sus gemidos habían sido rotos, desesperados, como una mujer que llevaba meses hambrienta de buen y salvaje sexo.
- Se arqueaba con cada embestida. - susurré contra el oído de Marisol, mis dedos recorriendo la curva sudorosa de su espalda. - Como si su cuerpo estuviera hecho para el mío.
La forma en que los muslos de Clarissa temblaron cuando al final me corrí dentro, cómo gritó mi nombre como una plegaria. No era solo sumisión. Era adoración.
Marisol repitió los gemidos de Clarissa al instante. Me sobresalté al notar que la cuna de Jacinto se movió, pensando que por fin nos habían pillado. Pero por suerte, seguía profundamente dormido.
Le conté entonces a Marisol que quizás Clarissa también se excitaba con la idea de que me follara a ella y a su hija Kat en la cama de Ethan. La respiración de Marisol se cortó contra mi cuello, sus dedos apretándose alrededor de mis bíceps mientras pintaba la imagen: Clarissa, tendida sobre las sábanas de seda de Ethan, sus muslos todavía temblando por mi corrida, mientras Katherine se quedaba en la puerta con los labios mordidos y los ojos hambrientos.
- Ni siquiera se inmutó cuando mencioné el nombre de Kat. - confesé, arrastrando mis dientes por el hombro de Marisol mientras ella temblaba bajo mí. - Solo gemía más fuerte, como si la idea de que su hija mirara (o se uniera) fuera la fantasía más sucia que no se había atrevido a confesar.
Marisol gimió, sus caderas moviéndose contra las mías en círculos lentos, su sexo apretándose rítmicamente como si intentara extraer la confesión directamente de mi verga.
Y que después de correrme dentro de Clarissa, la dejé tirada en su cama. Fue en ese momento que elegí venirme dentro de mi esposa una vez más. Mientras descansábamos juntos, me reí mientras le contaba a Marisol cómo me limpié.

Le dije que me limpié en su baño y sequé mi verga con una de sus toallas de mano, la idea de que Ethan se limpiara la cara después me hizo reír. Luego, al salir, encontré a Katherine, la besé al despedirme y ella dijo que después de hacerme una mamada, tenía más curiosidad por saber cómo se sentiría tener mi semen dentro. Marisol estaba exaltada.
Eso fue suficiente para nosotros. Nos acurrucamos juntos, nos besamos y nos dormimos.
El amanecer llegó con el arrastre lento y meloso de la lengua de Marisol por mi verga, sus labios envolviendo el glande con una facilidad practicada. Gemí, parpadeando para despejarme el sueño mientras la encontraba arrodillada entre mis muslos, ojos verdes clavados en los míos mientras me mamaba con una devoción rayaba en la adoración. Su lengua giraba perezosamente alrededor de la punta, recogiendo el leve rastro salado del semen de la noche anterior que aún permanecía en mi piel. Cuando notó que estaba despierto, no se detuvo: simplemente ahuecó sus mejillas y me tomó más profundo, su garganta flexionándose mientras tragaba alrededor de mí.

+ Entonces... ¿Cuáles son tus planes para hoy? - preguntó, las palabras vibrando contra mi eje antes de que sus labios se sellaran nuevamente.
Sus dedos acariciaban cariñosamente mis muslos internos, uñas arañando levemente. Burlona, posesiva. Exhalé por la nariz, mis caderas levantándose instintivamente hacia el calor húmedo de su boca.
- ¡No lo sé! - admití, enredando mis dedos en sus ondas castaño miel. – Improvisaré en la marcha.
La sonrisa de Marisol fue malvada contra mi piel, su lengua asomando para atrapar una gota de líquido preseminal antes de tragarme entero de nuevo, moviéndose con un hambre renovada.
Tuve que sostener su cabeza. Marisol no protestó: se inclinó contra la presión de mi palma en su cuero cabelludo, sus labios estirándose más alrededor de mi pene como si hubiera estado esperando este momento exacto. Sus párpados se cerraron mientras guiaba su ritmo, su garganta convulsionando alrededor de mí con facilidad practicada, el calor húmedo de su boca atrayéndome más profundo con cada movimiento de su cabeza. Cuando me corrí, tragó sin dudar, sus dedos clavándose en mis muslos mientras mi semen golpeaba la parte posterior de su garganta.
- ¡Ahí! ¡Listo para Kat ahora! -cantó después victoriosa, pasando su lengua por sus labios hinchados con una sonrisa casi arrogante.
La besé, saboreándome en su lengua, aún asombrado por cómo ella disfrutaba las consecuencias de mi infidelidad.
Me duché y conduje mi camioneta a la casa de Kat, ese barrio elegante que me empezaba a gustar. En cada semáforo, mis dedos tamborileaban el volante, el dolor en mi verga agudizándose con cada kilómetro. El aroma de mi jabón se pegaba a mi piel, mezclándose con el almizcle de la anticipación espeso en la cabina. Cuando llegué a su entrada, estaba tan duro que el pantalón me apretaba, la tela áspera contra mi piel. Kat ya esperaba en el porche, recostada en la barandilla con los brazos cruzados: una imagen de casualidad forzada arruinada por cómo sus leggins se pegaban a cada curva de su culo. La camiseta holgada no ocultaba el volumen de sus pechos, el contorno de sus pezones presionando la tela fina. No se movió cuando me acerqué, solo se quedó allí, tensa y ruborizada, desviando la mirada cuando extendí la mano hacia ella.

Mis manos encontraron su cintura, apretándola contra mí antes de que pudiera pensarlo dos veces. Sus labios se abrieron al instante bajo los míos, suaves y dóciles, sus brazos rodeando mi cuello como si hubiera ensayado este momento cien veces en su cabeza. Le agarré el culo a través del spandex, apretando lo suficiente para arrancarle un jadeo contra mi boca.
- ¿Así que elegiste verte deportiva hoy? - pregunté, arrastrando mis dientes por su labio inferior.
Ella se estremeció, su respiración cortándose cuando deslicé una mano entre sus muslos, mis dedos presionando el calor húmedo que ya empapaba la tela.
• Para disuadir a Titán de olfatearme… - logró decir, voz temblorosa pero su sonrisa segura.
Reí oscuramente, amasando su sexo a través de los leggins hasta que sus piernas temblaron.
- Él todavía huele a una perra en celo, ¿Sabes? - le amenacé, viendo cómo sus pupilas se dilataban mientras mis dedos se hundían con más fuerza.
La dejé ahí, colgando, deseando más, mordiéndose el labio. Fui al corral de Titán.
- ¿Listo para tu paseo, grandulón? - pregunté.
Él sacó la lengua, sus ojos fijos en Kat, y se arrodilló.
- ¡Hey, buen chico! - le animé, entusiasmado por la puerta del corral. Él gimió y me miró fijamente. - ¿Qué? ¿Quieres que abra la puerta?
Titán ladró y se arrodilló otra vez. Me reí de él mientras se lamía los labios.
- ¡Quieres a Kat! ¡Quieres a Kat! ¿Verdad, chico?
Se arrodilló, ladró y suplicó de nuevo. Abrí la puerta y fui a ponerle el arnés. Pero Titán salió disparado a mi lado y fue directo hacia Kat. La empujó, la lamió y luego se puso a trabajar en su entrepierna mientras Kat se retorcía en el suelo.

• ¡Tiiitaan!... ¡Basta! - protestó, casi gimiendo.
El gemido de Titán cortó el momento, enterrando su hocico entre los muslos de Kat antes de que ella pudiera reaccionar. Su grito de sorpresa se disolvió en un gemido cuando su lengua presionó con insistencia contra su entrepierna, la tela subiéndose bajo sus lamidos ansiosos. Ella se arqueó lejos de la barandilla, los dedos aferrándose a mis hombros buscando equilibrio, su respiración agitada.
• ¡Mierda! ¡Marco, él está...!
Su protesta murió en su garganta cuando deslicé mi mano dentro de sus pantalones, rozando sus pliegues húmedos.
- ¡Dime que lo detenga! – la desafié, introduciendo dos dedos en ella sin aviso.
Ella sollozó, sus caderas empujando contra mi mano mientras la nariz fría de Titán insistía contra su clítoris a través del spandex.

- ¡Vaya, estás empapada! - gruñí, flexionando los dedos para sentirla retorcerse. - Lo planeaste, ¿Verdad? ¿Usaste estos leggins ajustados sabiendo que enloquecería?
• ¡No...! ¡No lo hice! —juró vehementemente jadeando, sintiendo un placer inesperado de su antigua mascota indómita.
Pero la lengua caliente de Titán presionó implacable a través de la tela húmeda, sus patas clavándose en sus muslos con fervor posesivo. Los dedos de Kat arañaron la grava bajo ella buscando apoyo mientras su espalda se arqueaba involuntariamente: su respiración se cortó, los dedos de los pies crisparse en sus zapatillas cuando su lengua áspera encontró el punto exacto que le hizo perder la visión.
Aproveché para colocar el arnés sobre la cabeza de Titán mientras él estaba distraído, su cuerpo musculoso temblando de excitación mientras los gemidos de Kat crecían más fuertes, menos coherentes. Sus protestas se disolvieron en suspiros temblorosos, sus caderas levantándose instintivamente hacia el hocico del husky mientras sus muslos temblaban.
• ¡Marco!... ¡Dios!... ¡No puedo!...

Sus palabras se quebraron en un jadeo lujurioso cuando tiré de Titán por el collar. El perro gruñó, mostrando colmillos afilados aún brillantes con la humedad de Kat. No me inmuté. Solo levanté el puño en advertencia, viendo cómo el reconocimiento brillaba en sus ojos albinos helados.

- ¿Quieres repetir esa pelea? ¡Inténtalo! —le espeté, voz baja y letal.
Su cola se escondió al instante entre las patas, orejas aplastadas mientras retrocedía gimiendo. Levanté a Kat, su cuerpo débil y tembloroso, los leggins empapados en la entrepierna. Se apoyó contra mí, jadeando, pupilas tan dilatadas que sus iris verdes casi desaparecían.
- ¡Ella es mía! - informé a Titán, frotando la tela húmeda entre sus muslos. - ¡No tuya!
El husky gimió, lamiéndose el hocico como si aún pudiera saborearla.
Al ayudar a Kat a ponerse de pie, sus piernas temblaban como las de un cervatillo. Una mancha oscura brillaba entre sus muslos, el spandex pegándose obscenamente a sus pliegues. Su respiración se agitó cuando mi pulgar rozó la tela húmeda, sus mejillas enrojeciendo.
- ¡Estás... mejor que bien! - exclamé, viendo cómo sus pezones se endurecían bajo la camiseta ajustada.

Ella me golpeó el pecho, su voz un chillido jadeante.
• ¡Cállate!
La forma en que sus caderas se estremecieron cuando Titán gimió a nuestro lado lo decía todo: se había corrido al menos dos veces bajo esa lengua implacable.
• ¿Esto... va a pasar siempre?
Los dedos de Kat temblaban donde se aferraban a mi antebrazo, su mirada saltando entre mí y el husky jadeante a sus pies. Solté una carcajada, ajustando la correa de Titán mientras él tiraba hacia adelante, fosas nasales ensanchándose.
- ¡No si no lo permites!
Su boca se abrió en falsa indignación, pero el modo en que apretó los muslos la delató.
• ¡Pero intenté detenerlo! —protestó débilmente, estremeciéndose cuando tracé la costura de sus leggins con los nudillos.
- ¡Gatita, gemiste más fuerte de lo que luchaste! - me burlé, atrayéndola hasta que nuestras caderas chocaron. - Eso no es "detener"... eso es una "invitación declarada".
Mientras caminábamos hacia el parque para perros, las caderas de Kat se balanceaban con una exagerada inocencia, como si no siguiera empapada en sus leggins, con la nariz de Titán moviéndose hambrienta tras sus talones.
- Solo es sensible a tu olor. - repetí, viéndola morderse el labio. - Si estuvieras "normal", ni siquiera te miraría.
Ella resopló ante mis comillas fingidas, golpeándome el brazo cuando sonreí.
• ¡Por favor! – protestó débilmente, pero su respiración se cortó cuando Titán se abalanzó de pronto, su nariz fría presionando el muslo interno trasero de ella.
Ella chilló, saltando hacia mí, el costado de su culo chocando contra mi verga.

- ¿Ves? - gruñí, agarrando su cintura. -Prácticamente se lo estás agitando en la cara.
• ¡Pero tú dijiste que las perras levantan el trasero y se frotan contra los perros cuando están en celo! - protestó riendo, para luego mirarme directamente a los ojos. - ¡Y encontré al perro que quiero!
Nos quedamos en el parque un rato. Algunos dueños ya se acostumbraron a nosotros, viéndonos como pareja. Aun así, la mayoría de los hombres seguían mirando a Kat... y no los culpo. Pero ella nunca se alejaba más de un brazo de mí.

• ¿Sabes? ¡Cambiaste mi vida! - confesó mientras nos sentábamos tan cerca que casi nos abrazábamos. - Antes le tenía tanto miedo a Titán... y ahora es un amor. Y todo gracias a ti.
Robó un beso de mis labios.
Titán corría ahora sin correa, cruzando el césped en un torbellino de pelaje blanco y lenguas colgando, mezclado con una manada de otros huskies. Kat se inclinó contra mí, sus dedos acariciando mi muslo, posesivos, provocadores. El sol de la mañana atrapaba los mechones platino de su cabello, volviéndolos oro fundido. A nuestro alrededor, los dueños de perros fingían no mirar, aunque noté cómo la mandíbula de un tipo se tensó cuando Kat mordisqueó mi lóbulo.
- Cambió tu vida, ¿Eh? - repetí, rozando el hueco de su garganta. - ¡Qué gracioso! Recuerdo a una chica que se estremecía si Titán apenas la olfateaba.
Ella se retorció incómoda.
• ¡Mi padre casi no lo alimentaba! - confesó Kat, voz bajísima. - Y cada vez que yo lo intentaba, Titán me ladraba y me enseñaba los dientes. ¡Le tenía tanto miedo!
La admisión quedó entre nosotros, cruda. Podía imaginarlo: Ethan tirando sobras al corral de Titán con la misma indiferencia que me reservaba para las juntas directivas, mientras Kat se quedaba al margen, manos temblorosas sosteniendo el plato de comida.
- ¡Y ahora, el aroma entre tus piernas lo atrae como a un oso la miel! - sonreí, rozando su rodilla con la mía. La tensión se quebró cuando el rostro de Kat se sonrojó intensamente. - ¡Y a ti te encantó!
Su palma golpeó mi bíceps, débil, sus uñas arañando la piel de un modo que envió calor directo a mi verga.
• ¡Cállate! - siseó, pero sus muslos se apretaron, el spandex húmedo de sus leggins pegándose obscenamente.
Me incliné, mi aliento caliente contra su oído.
- Si quieres… - susurré, observando a Titán correr hacia un terrier. - una vez que lleguemos a casa y lo encerremos en su corral... (Mis dedos trazaron la costura interior de sus leggins, sintiendo su estremecimiento.) podría investigar qué lo enloquece entre tus piernas… (La respiración de Kat se cortó.) mientras tú… (Añadí, mordisqueando su lóbulo) puedes explorar lo que hay entre las mías.
Ella retrocedió, ojos verdes dilatados.
• ¿Hablas... en serio?
Titán eligió ese momento para chocar contra sus rodillas, su hocico brillante de saliva mientras gemía, patas arañando sus muslos. El chillido de Kat se disolvió en risas al empujarlo. Demasiado tarde. Su nariz ya había encontrado su objetivo, clavándose entre sus piernas con obstinación.

- ¡Rayos! - gruñí, tirando de él por el arnés.
Su lengua colgaba, jadeando como si hubiera corrido un maratón en lugar de solo saborearla a través del spandex.
- ¿Necesitamos repetir la misma conversación? - levanté el puño frente a Titán, nudillos blancos de tensión.
Sus ojos saltaron entre mi rostro y los muslos temblorosos de Kat antes de tragar audiblemente, retrocediendo con la cola entre las patas. Pero el daño estaba hecho: la respiración de Kat era excitada, sus dedos clavándose en mi antebrazo mientras sus caderas se sacudían involuntariamente. La entrepierna de sus leggins se oscureció aún más, el aroma de su excitación tan denso que casi podía saborearlo.
• ¡Mierda! - susurró, sus pupilas devorando por completo sus iris verdes.
- ¡Te dije que ella es mía! - Titán tragó saliva y retrocedió, orejas pegadas al cráneo mientras su cola desaparecía entre las patas.

Pero Kat ya estaba más allá de las palabras: sus muslos temblaban donde estaba sentada, los dedos arañando la banca bajo ella mientras la retirada de Titán la dejaba vacía, dolorosamente necesitada. La mancha húmeda en sus leggins se había extendido, el sol de la tarde brillando sobre la tela tensa entre sus muslos. Alrededor, una docena de correas se tensaron cuando otros perros captaron su aroma, sus dueños frunciendo el ceño ante la repentina agitación.
No estaba seguro si Kat estaba excitada por mí, por las lamidas de Titán, por ambas o porque el resto de los perros parecían tan curiosos como él. El caso es que el camino a su casa fue más rápido. Aun así, Titán olió su deseo y, apenas lo encerré en su corral, intentó abalanzarse de nuevo. Bastó una mirada mía para disuadirlo. Otra vez, nos dirigimos a ese rincón del jardín de Kat cubierto por setos. Ella vacilaba, entre nerviosa y caliente, haciendo que Titán aullara y ella cruzara las piernas.
• ¿Estás... seguro de querer hacer esto? - preguntó, dubitativa.
- ¡Sí, llevo tiempo curioso por ti también! - respondí, bajándole los leggins.
La vista era sublime: sus piernas largas y firmes eran majestuosas, sus muslos musculosos y su sexo escondido bajo la tanga más perfecta, un triángulo de encaje cubriendo su honor. El aroma se intensificó diez veces. Los aullidos de Titán sonaron como el de un lobo, y al retirar la tela, me recibió un sexo rosado, brillante, con vello rubio.

• ¡Ahhhh! - Kat lanzó un gemido ronco cuando pasé mi lengua por su raja, un sonido que se repitió mientras lamía y bebía sus jugos.
Poco a poco, se acostumbró, sus ojos entrecerrándose y mejillas enrojeciendo al verme devorarla.
- ¡Bien, Kat! ¿Me ayudas también? —pregunté, desabrochándome el pantalón.
Mi verga estaba dura, gruesa y larga como un cañón. Ella no lo dudó y se arrodilló junto a mí, uniéndose en un delicioso 69.
Kat me chupó con dedicación, sorbiendo con hambre. Solo vaciló cuando le introduje los dedos en el sexo y la estiré. Como esperaba, estaba apretada: mis dedos tenían problemas para moverse incluso con dos, y tres eran casi imposibles, lo que puso mi verga aún más dura al comprobar que ese era mi grosor. Sin embargo, sus pechos sobre mi estómago eran intrigantes: cálidos, blandos, esparciéndose sobre mi cintura como malvaviscos gigantes. La lengua de Kat se movía con la misma ansia que Titán antes, lamiendo y sorbiendo con desesperación mientras sus caderas se sacudían contra mis dedos. Cada vez que los curvaba dentro de ella, gemía alrededor de mi verga: un sonido ahogado y húmedo que vibraba hasta mis huevos.
Sus dedos se clavaron en mis muslos al añadir un tercer dedo, su sexo apretándose tanto que juré sentir su latido. Kat gimió, sus labios despegándose de mí con un 'pop'.
- ¿Demasiado? —bromeé, retorciendo los dedos solo para ver su espalda arquearse del césped.
Sus ojos verdes se clavaron en los míos, nublados por el deseo, su lengua limpiando una gota de fluido de mi punta.
• ¡No! —jadeó, voz quebrada—. Solo... ¡Mierda, tus dedos son enormes!
Me tragó de nuevo, su garganta contrayéndose al tomarme más hondo. Como si intentara demostrar que podía soportar más.
Doblé los dedos dentro de ella, presionando sin piedad ese punto esponjoso que hacía temblar sus muslos. El gemido de Kat vibró alrededor de mi verga, su nariz enterrada en mi vello púbico mientras arqueaba levemente antes de retroceder con un sonido húmedo. Su saliva brillaba en mi vara, mezclándose con la humedad que goteaba por su barbilla. Los aullidos de Titán se volvieron frenéticos tras los setos, sus garras arañando la valla del corral de forma descontrolada e iracunda. Kat lo ignoró, concentrada en el ritmo de su lengua girando bajo mi corona mientras sus caderas se frotaban contra mi muñeca.
Pero sus pechos sobre mi estómago eran fascinantes: cálidos y mullidos, extendiéndose sobre mi cintura como malvaviscos gigantes. Cada vez que se inclinaba para tragarme más hondo, se aplastaban contra mis abdominales con un peso blando que hacía que mi verga palpitara contra su lengua. Sentía su latido a través de ellos, rápido y frenético, sincronizado con el ritmo de sus gemidos ahogados mientras mis dedos la abrían. El contraste era embriagador: su boca ajustada y húmeda alrededor de mi vara mientras su sexo resistía mis dedos con una desesperación aterciopelada.
Quería follarla ahí mismo: voltear a Kat sobre sus rodillas y empujarme en ese sexo apretado y chorreante hasta que sus gritos ahogaran los ladridos frenéticos de Titán. Pero la forma en que sus labios se estiraban alrededor de mi verga, el aleteo desesperado de su garganta al tragarme más hondo me mantuvo inmóvil. Estaba perdida en ello: pestañas temblorosas, gemidos vibrando contra mi vara como una oración. Así que la dejé ser, aunque mis dedos se retorcieron dentro de ella con propósito renovado, estirándola obscenamente alrededor de tres dedos mientras mi pulgar jugueteaba con el estrecho anillo de su culo. Se sacudió violentamente al presionar, sus caderas levantándose del césped con un grito ahogado.
• ¡Ay! ... ¡Mierda!
Las palabras se quebraron cuando su sexo se cerró, palpitan en oleadas tan intensas que las sentí en mi muñeca. Su orgasmo la golpeó como un rayo (espalda arqueada, muslos temblorosos) antes de desplomarse hacia adelante, llevándome hasta el fondo mientras mi propia liberación subía por mi espina.
Los ladridos de Titán alcanzaron un aullido frenético, sus patas arañando la malla del corral con locura. Lo sabía: podía oler el dulce-salado del placer de Kat saturando el aire. Pero ella era mía, su garganta contrayéndose alrededor de mi verga mientras me vaciaba dentro, chorros espesos y calientes contra su lengua. Tragó ávidamente, sus dedos clavándose en mis caderas para mantenerme enterrado, extrayendo cada última gota hasta que no quedó nada. Cuando finalmente se separó, jadeando, sus labios brillaban con saliva y semen, su pecho alzándose bajo el top arruinado. Sus pezones se tensaban contra la tela húmeda, rosados y erectos, sus ojos verdes vidriosos de satisfacción.
Pasé mi pulgar por su labio inferior, esparciendo mi semen en su barbilla. La lengua de Kat salió instintivamente, lamiendo el desastre con una sonrisa adormilada y satisfecha.
• ¡Mierda! -susurró, su voz ronca por el abuso.
- ¡Tengo que limpiarme! - señalé, mientras ella yacía en el césped, su mirada perdida en el cielo azul.
Sus piernas se abrieron sin fuerza sobre la hierba, los muslos aun temblando por las secuelas. Encima de nosotros, el cielo ardía en azul, indiferente al destrozo mutuo. Titán gimió lastimeramente, sus garras desgarrando la valla. Le lancé una mirada de advertencia.
- ¡Quieto! – Le gruñí, y su cola se pegó al instante, aunque sus ojos ardían de frustración.
Entré a la casa, donde una caliente Clarissa también me esperaba en su habitación. Ya estaba a cuatro patas, sus nalgas expuestas como un tributo. Su cama estaba revuelta, el olor acre de alguien que se había masturbado minutos antes con anticipación. Al verme, Clarissa suspiró en silencio, sin decir palabra. Mi rostro aún brillaba con los jugos de su hija, pero mi verga estaba dura y hambrienta como un animal. No perdí tiempo: la agarré por la cintura. Ella dejó escapar un gemido creciente y aliviado cuando mi verga se abrió paso en su sexo apretado, húmedo y caliente. Clarissa era más mía que la esposa de Ethan, su vagina contorsionándose en espasmos mientras la estiraba.

Mis movimientos comenzaron frenéticos, sin amor, tal como ella lo necesitaba. La tomé como una muñeca sexual, la esposa trofeo descuidada de mi rival incompetente en la junta. Cada embestida era un signo de puntuación, clavando los fracasos de Ethan como esposo, como hombre y como padre. Los gemidos ahogados de Clarissa llenaban la habitación, sus dedos retorciendo las sábanas mientras tiraba de sus pezones con fuerza suficiente para arquear su espalda.
o ¡Carajos! ¡Sí! – jadeó excitada, su voz quebrándose al azotarle el culo, dejando una marca roja en esa piel de porcelana.
Su trasero perfecto temblaba con cada impacto brutal, las vibraciones subiendo por mi verga mientras ella empujaba con avidez, sincronizándose conmigo. Esto no era hacer el amor. Era crudo. Animal. Una conquista.

Clarissa no era mi amante. Era mi válvula de escape. Cada sacudida de mis caderas contra su carne dócil era un dedo medio al engreimiento de Ethan en la sala de juntas, cada gemido arrancado de su garganta una confesión de su ineptitud. Sus uñas perfectas se clavaban en el colchón como si pudiera atraer el placer más adentro. La cama crujió bajo nuestro ritmo, la cabecera golpeando la pared al compás de los sonidos húmedos de piel contra piel.
Entonces, mi dedo corazón rozó su anillo anal. Ella se tensó sorprendida, a pesar de que mi verga seguía martilleando su sexo.
- ¿Te ha follado el culo alguna vez? -pregunté al oído mientras mi dedo ya se deslizaba dentro.
Virgen ahí, sin duda. Pese a su arrogancia, alguien como Ethan jamás soñaría con follarse el culo de su esposa. Otras mujeres, quizá. Pero el de Clarissa, era impensable. Suerte para mí, porque Clarissa no era mi mujer.
o ¡N-no!... - suspiró.
Un suspiro cargado de trepidación, miedo y deseo, todos luchando dentro de ella por un hombre que su marido consideraba apenas un conocido... o una plaga.

- ¡Bien! - gruñí, agarrándole las caderas para enterrarme hasta los huevos. - Porque voy a follarme el tuyo... y el de tu hija.
Clarissa jadeó (un sonido cortante, como si le hubieran arrancado el aire) cuando mi verga presionó contra su matriz, un territorio inexplorado que su esposo nunca osó recorrer. Su cuerpo se tensó, luego se derritió como cera bajo mi embestida, sus paredes internas palpitan frenéticas como si intentaran comprender la intrusión. No me detuve. No podía. La forma en que su cuello uterino cedió, coronando la cabeza de mi verga como un trono reacio, envió una oleada primordial de posesión por mis venas.
o ¡Dios!... ¡Estás tan adentro! - su voz quebró entre horror y éxtasis, sus dedos arañando inútilmente las sábanas.
Sus movimientos se volvieron frenéticos, sus caderas empujando contra las mías con un ritmo desesperado y animal. La cama crujió bajo nosotros, las sábanas empapadas de su excitación y enredadas en sus piernas agitadas. Su búsqueda del placer se desbordaba: jugos amorosos goteando por sus muslos, acumulándose en las sábanas bajo nosotros, el aroma del sexo tan denso que casi asfixiaba. Sus orgasmos llegaban como olas (uno alcanzando su clímax antes de que el anterior terminara), arrancados de su cuerpo tembloroso con gritos guturales.
o ¡Mierda!… ¡Dios!... ¡Otra vez!... - lloriqueó, sus dedos arañando la cabecera mientras todo su cuerpo se sacudía bajo mí, su espalda arqueándose tan violentamente que pensé que su columna se rompería.
Ethan podría haber entrado en ese momento. Kat también. La puerta no estaba cerrada; los sonidos resonaban por la casa sin sutileza. A Clarissa no le importaba: su mundo se había reducido a las embestidas brutales que la abrían, el nombre de su esposo reducido a una sílaba arrastrada entre gemidos. La estaba destrozando, reescribiéndola con cada movimiento de mis caderas. Su sexo palpitaba salvajemente, apretándose alrededor de mí en espasmos que rayaban en lo doloroso.
- ¿Sientes eso? —gruñí, clavándome más hondo, frotándome contra su cuello uterino hinchado hasta que su grito alcanzó un tono que nunca antes le había oído. - ¡Eso es lo que te has estado perdiendo!

Era exactamente lo que ella quería: una verga enorme que la rompiera y diera sentido a su vida aburrida y material. Su sexo empezó a apretarse. Me sentí abrumado. No dudé ni un segundo y me corrí dentro de ella. Ella lloriqueó cada una de mis tres descargas. Luego, como pasa con mi esposa, colapsamos juntos, nuestros cuerpos pegados mientras mi verga se hinchaba dentro. Jadeaba exhausta. Clarissa nunca había tenido sexo tan brutal. Ahora entendía por qué mi esposa eligió abrir nuestro matrimonio: follarme a Marisol así cada noche la dejaría hecha polvo.
Al rato la saqué, dejando un desastre. Más semen rezumó de su sexo sobre la cama, un rastro brillante de mi posesión empapando las sábanas. ¿Me importaba si la dejaba embarazada? Ni un poco. Sería problema de Ethan: otro fracaso más para su colección. Ella quedó ahí, flácida y jadeando, su pelo rubio enmarañado sobre su rostro enrojecido, su cuerpo brillante de sudor y agotamiento. No me molesté en limpiarla. Me subí el pantalón, abrí la puerta y la dejé abierta como una puta barata y usada: piernas aún temblorosas, sexo aún palpita alrededor de la nada.
En el baño, limpié mi verga con su toalla de mano, las iniciales bordadas 'C & E' manchadas con sus jugos y mi semen. La idea de que Clarissa y Kat percibieran mi aroma más tarde (inhalándolo profundamente, sus dedos deslizándose entre sus piernas) me divertía. ¿Reconocería Kat el aroma de su madre mezclado con el mío? ¿El aliento de Clarissa se cortaría al presionar la toalla contra su nariz, recordando cómo la había arruinado? Sonreí, arrojando la tela húmeda al lavabo con descuido deliberado.
Al salir de la casa, mi verga aun palpitando por el agarre apretado de Clarissa, Kat tropezó en el vestíbulo como una sonámbula. Sus piernas temblaban bajo ella, muslos brillantes por los restos de su orgasmo anterior (saliva de Titán, mis dedos, su propia excitación), todos mezclados en un cóctel embriagador que se aferraba a su piel. Parpadeó hacia mí, ojos verdes vidriosos, labios entreabiertos como si hubiera olvidado cómo hablar. No le di la oportunidad. Mi palma rodeó su nuca, arrastrándola hacia un beso que sabía a sal y sumisión. Su boca cedió al instante, un gemido suave vibrando contra mi lengua mientras mi otra mano se deslizaba bajo su cintura.
Su sexo estaba hinchado, ardiente. Tan sensible que dos dedos deslizándose entre sus pliegues arrancarían un sollozo ronco de su garganta. Kat se sacude, sus rodillas ceden, pero la sostuve erguida, mi antebrazo apoyado en la pared tras ella.
- ¡Shh! - susurré contra sus labios, curvando los dedos justo lo necesario para hacer que sus dedos de sus pies se encojan. - ¡Solo déjalo pasar!
Sus caderas titubearon, persiguiendo la presión mientras mi pulgar encuentra su clítoris, frotando círculos lentos que la deshacen en segundos. Su orgasmo llegó como un temblor (violento, involuntario), su cuerpo crispándose alrededor de mis dedos mientras ahogó un grito contra mi hombro.
- ¡Hasta mañana, gatita! - me despedí sonriendo al dejarla hecha trizas.
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