Mi pequeña adicta
Mi nombre es Caín, y ver cómo mihermanita se volvía adicta a mi semen era como presenciar un ritual lento ydelicioso, uno que invadía todos mis sentidos y los de ella, aunque ella aún nolo supiera…
Al principio era sutil, pero conel paso de los días noté cómo su cuerpo y su mente respondían a ese"suplemento" secreto que le daba dos o tres veces al día. Su adiccióncrecía como una llama alimentada por gotas de fuego, y yo era el que controlabael flujo, observándolo todo con una excitación que me hacía palpitar.
El despertar del gusto: Eranlas siete de la mañana cuando bajó a la cocina, todavía con el pelo revuelto yesos shorts diminutos que dejaban ver la curva perfecta de sus nalgas. Sucamiseta vieja, tan corta, mostraba la piel suave de su vientre.
-Buenos días, hermanito -dijo convoz soñolienta, frotándose los ojos.
-Buenos días, preciosa. ¿Lechecaliente, como siempre?
-Sí, porfa. Con un poquito deazúcar.
Me giré hacia la encimera, dondehabía preparado todo con antelación. En el vaso de vidrio, la leche humeaba. Mebajé los pantalones apenas lo suficiente, sintiendo el aire fresco en la piel,y me masturbé rápidamente con movimientos precisos. Mi polla, ya dura por laanticipación, latía en mi mano. En segundos, chorros espesos de semen calientecayeron en la leche -blanco sobre blanco-, y removí con la cuchara hasta que seintegró perfectamente. El aroma almizclado se mezcló con el vapor lácteo.
Se lo serví con una sonrisa.
-Toma, hermanita.
Ella sopló suavemente antes delprimer sorbo, sus labios rosados tocando el borde del vaso. Cerró los ojos alprobarlo, y vi cómo una pequeña arruga de confusión aparecía en su frente,seguida de algo más profundo. Su lengua asomó para lamer el labio superior.
-Mmm... -suspiró-. Oye, ¿estaleche sabe diferente?
Me senté frente a ella,disimulando la erección que me apretaba los pantalones. -¿Diferente? ¿A qué?
-No sé -dijo, dando otro sorbo,más largo esta vez-. Es como... más rica. Como si tuviera un sabor extra. ¿Lepusiste algo?
-Solo un poco de cariño,hermanita -respondí, y ella se rió, sin entender la verdad.
Bebió todo el vaso, y al finalpasó la lengua por el borde, atrapando las últimas gotas. Ese gesto, taninocente y tan obsceno a la vez, hizo que mi polla diera un latido violentobajo la mesa.
-¿Quieres más? -pregunté.
-No, ya está bien -dijo, pero sumirada se quedó en el vaso vacío un segundo extra.
Tres días después, noté loscambios.
Estaba en su cuarto, haciendo nosé qué, cuando pasé por el baño y vi su selfie en el espejo, recién subido asus redes. Su lengua rosada asomaba juguetona, los ojos entrecerrados, el pelomojado después de la ducha. Me llevé el teléfono a la habitación y me masturbéviéndola, imaginando que esa lengua lamía mi verga en lugar de provocar a susseguidores.
Esa tarde, preparé su batido defresas con especial dedicación. Fresas maduras, plátano, hielo, y mi semenrecién extraído, vertido en chorros calientes directamente en la licuadora. Elolor se fundió con el dulzor frutal mientras giraba.
-¡Batido! -llamé desde la cocina.
Ella bajó corriendo, comosiempre. Tomó el vaso y aspiró profundo antes de beber, sus fosas nasalesdilatándose ligeramente. Vi cómo su pecho subía y bajaba más rápido, suspezones endureciéndose bajo la camiseta.
-Huele tan... intenso hoy -murmuró,y sus ojos se entrecerraron con placer al beber.
-¿A qué huele?
-No sé. Como a... ¿vainilla? Peromás fuerte. Me gusta.
Bebió la mitad de un tirón, yluego se lamió los labios con esa lengua que había visto en la foto. Unescalofrío recorrió mi espalda.
-¿Puedo terminar el tuyo si noquieres más? -pregunté, señalando el vaso que aún tenía en la mano para mí.
-¡No! -respondió rápido, casidemasiado rápido-. O sea... si no te importa, quiero terminarlo yo.
-Claro, hermanita. Todo para ti.
Sonreí por dentro. La adicciónestaba echando raíces.
Una semana después, ya nonecesitaba esforzarme tanto. Ella misma buscaba las comidas que yo preparaba.
-Hermano, ¿qué hay de cenar? -preguntóuna noche, asomando la cabeza por la puerta de la cocina.
-Sopa de verduras. Con un toqueespecial -dije, y ella sonrió sin saber por qué.
Mientras la sopa hervía, memasturbé detrás de la puerta, el semen cayendo espeso en el cucharón que iba ausar para servirla. Revolví bien, viendo cómo se disolvía en el caldo caliente,espesándolo ligeramente.
Ella se sentó a la mesa conansiedad apenas contenida. Tomó la primera cucharada y sus ojos se cerraronautomáticamente. Su lengua jugueteó con el líquido caliente, y un gemido bajitoescapó de sus labios.
-Mmm... está buenísima -dijo, ycomió con una velocidad inusual.
-Con calma, te va a caer mal.
-No puedo evitarlo -respondió conla boca llena-. Es que... no sé qué le pones, pero todo sabe mejor desde haceunas semanas.
-Quizás es mi toque secreto -dije,y ella se rió.
Pero esa noche, después de cenar,noté algo más. Estaba viendo la tele en el sofá, y ella se sentó a mi lado, máscerca de lo habitual. Su pierna rozaba la mía, y su mano, distraídamente,jugaba con el borde de su short.
-¿Te pasa algo? -pregunté.
-No, ¿por qué?
-No sé. Te noto... inquieta.
Se mordió el labio. -Es raro.Desde hace unos días, cuando como, siento como... calor. Como si la comida mecalentara por dentro. ¿Te pasa a ti?
Mi polla se endurecióinmediatamente. -¿Calor? ¿Dónde?
-En todo el cuerpo -dijo, y susmejillas se tiñeron de rosa-. Pero especialmente... bueno, da igual.
-No, dime.
Negó con la cabeza y se levantó. -Mevoy a dormir. Buenas noches.
Pero esa noche, desde mihabitación, la oí moverse en la cama. Roce de sábanas, un suspiro ahogado, elchirrido del colchón. Me masturbé escuchándola, imaginando que eran sus dedoslos que se movían entre sus piernas, buscando alivio para ese calor que yohabía sembrado en su vientre.
Una tarde de sábado, con mispadres fuera todo el fin de semana, decidí intensificar las cosas.
-Vamos a hacer galletas -lepropuse.
-¿Galletas? ¡Sí! -Ella saltóemocionada, tan niña aún en algunas cosas.
En la cocina, mientrasmezclábamos la masa, me coloqué estratégicamente detrás de ella para alcanzarla harina. Mi cuerpo rozó el suyo, y sentí cómo se tensaba por un segundo.
-Perdón -dije, sin apartarme deltodo.
-No pasa nada -respondió, pero suvoz sonó más baja.
Cuando la masa estuvo lista, meexcusé un momento. -Voy al baño. No le añadas nada todavía.
En el baño, me masturbé conurgencia, imaginándola lamiendo la cuchara de la masa. El semen brotó calientey espeso en mi mano. Volví a la cocina y, mientras ella miraba otra cosa, lomezclé en la masa con movimientos circulares.
-Listo -dije-. Ahora al horno.
Las galletas salieron perfectas,doradas y crujientes. Ella cogió una todavía caliente y la mordió.
-¡Uy, quema! -dijo, pero no lasoltó. Dio otro bocado, más pequeño, y esta vez sus ojos se abrieron.
-Están... diferentes -dijo-. Másricas que otras veces.
-Será la receta secreta -respondí,mordiendo una yo también, saboreando mi propio sabor mezclado con la masadulce.
Comió seis galletas seguidas.Seis. Cuando se dio cuenta, se rió avergonzada.
-No sé qué me pasa, pero no puedoparar.
-No te preocupes -dije,acariciando su pelo-. Para eso estoy yo, para darte todo lo que necesitas.
Ella me miró un segundo, sus ojosbrillantes, y luego apartó la mirada rápidamente. Pero yo había visto algo enesos ojos. Algo que empezaba a despertar.
Tres semanas después, el cambioera innegable.
Su cuerpo respondía a mi"suplemento" como una planta al sol. Su piel lucía radiante, suslabios más rosados, sus ojos más brillantes. Pero también su comportamiento. Lasorprendía mirándome fijamente a veces, y cuando nuestros ojos se encontraban,se sonrojaba y apartaba la vista. Era como si mi organismo la llamara con magiao hechicería…
Una noche, sobre las dos de lamadrugada, oí pasos en el pasillo. Luego, un golpecito suave en mi puerta.
-¿Hermano? ¿Estás despierto?
-Sí, pasa.
Entró con su pijama corto, el queapenas le cubría las nalgas. Su pelo estaba revuelto, y sus ojos tenían esebrillo húmedo de quien no puede dormir.
-No puedo dormir -dijo,sentándose en el borde de mi cama.
-¿Por qué?
Se encogió de hombros. -No sé.Tengo calor. Y hambre.
-¿Hambre? ¿A estas horas?
-Sí. Pero no de cualquier cosa.De... no sé cómo explicarlo. De esas galletas que hiciste el otro día. O de losbatidos. De todo lo que haces tú.
Se mordió el labio, y yo sentí mipolla endurecerse bajo las sábanas.
-Tengo una idea -dije con vozcalmada-. ¿Recuerdas que te pregunté si notabas algo diferente en la comida?
Ella asintió.
-Y te dije que era mi toqueespecial, ¿verdad?
Otro asentimiento, más lentoahora.
-Bueno, hermanita -dije,sentándome a su lado-, creo que es hora de que sepas la verdad.
La miré fijamente. Su respiraciónse aceleró.
-Ese toque especial -continué-soy yo. Es mí semen. Te lo he estado dando en la leche, en los batidos, en lasopa, en las galletas. Durante semanas.
El silencio cayó como un manto.Sus ojos se abrieron enormes, el shock pintado en su rostro.
-¿Qué? -susurró-. No... no puedeser.
-Sí puede. Y lo has disfrutado.¿Recuerdas cómo lamías el vaso? ¿Cómo pedías más? ¿Cómo tu cuerpo respondía concalor y humedad?
-¡Para! -Se levantó de un salto,las manos temblorosas-. Eso es asqueroso. ¡Eres mi hermano! ¿Cómo pudiste?
-Y tú eres mi adicta -respondícon calma-. Mírate. Son las dos de la madrugada y estás aquí, en mi habitación,porque tu cuerpo pide lo que solo yo puedo darte.
-No es cierto -dijo, pero su voztemblaba.
-¿Segura? Bájate las bragas ydime si no estás mojada.
Su rostro se encendió. -¡Claroque no! -Pero su mano fue inconscientemente a su cadera, como protegiéndose.
Di un paso hacia ella. Solo uno.
-Tu cuerpo no miente, hermanita.Te he observado. Cómo te mueves en la cama por las noches. Cómo te tocas sinquerer. Cómo tus pezones se endurecen cuando pruebas mi semen. Ya eres mía. Tucuerpo se ha moldeado y vuelto adicto a mi semen… está listo para pertenecerme,pero que lo haga mío, solamente mío… Solo que aún no lo aceptas.
-¡Mentira! -Pero sus ojos sehumedecieron, y no era solo de rabia.
-Si es mentira, vete. Vuelve a tucama. Pero dime luego si puedes dormir. Dime luego si el antojo te deja en paz.
Esperé. El reloj marcaba lossegundos en la pared. Ella no se movió.
-¿Qué quieres de mí? -preguntófinalmente, la voz quebrada.
-Nada que no quieras tú misma.Solo quiero que dejes de luchar. Que aceptes lo que eres ahora. Mi pequeñaadicta.
Una lágrima rodó por su mejilla.Pero no se fue.
-¿Y si... y si no quiero?
-Entonces te irás. Y mañanaprepararé tu desayuno sin nada especial. Y pasado. Y al otro. Y veremos cuántoaguantas antes de volver arrastrándote.
El miedo cruzó sus ojos. Miedoreal. Porque en el fondo, las dos sabíamos que era verdad.
-Por favor -susurré, dando otropaso-. No luches. Solo pruébalo directamente. Una vez. Y si no te gusta, novuelvo a dártelo.
Mentira, claro. Pero ellanecesitaba esa mentira para rendirse.
-¿Directamente? -preguntó con vozpequeña.
-Sí. De la fuente.
Bajé mis pantalones lentamente,dejando al descubierto mi polla dura, palpitante, la punta brillante depre-semen. Ella miró, y en sus ojos vi asco, miedo, y algo más. Algo que habíaestado creciendo en las sombras de su adicción.
-No voy a obligarte -dije-. Perosi te arrodillas ahora, todo será más fácil. Te prometo que te va a gustar. Másque las galletas. Más que los batidos.
Sus piernas temblaban. Surespiración era entrecortada. Dio un paso hacia mí. Luego otro. Y cayó derodillas.
-No sé hacerlo -susurró.
-Solo lame. Como hacías con lacuchara.
Su lengua rosada asomó,vacilante. Tocó la punta, y un escalofrío la recorrió. Lamió otra vez, y estavez emitió un sonido, un gemido bajito que reconoció. El mismo gemido queescapaba cuando probaba mi "toque especial".
-Sí -susurré-. Así. Prueba. ¿Aqué sabe?
-Sabe… A... a ti -dijo, y susojos se cerraron.
Tomó más en su boca, y el calorde su lengua, la humedad de su saliva, me hicieron estremecer. Empezó asuccionar, torpe al principio, luego más segura. El sonido húmedo, succionante,llenaba la habitación.
-Trágatelo todo -ordené-. Cuandotermine.
Ella asintió sin soltarme, y yoempecé a moverme en su boca, lento al principio, luego más rápido. Su manoencontró mi muslo, aferrándose, y sentí cómo su garganta se adaptaba a mí.
-Voy a... -advertí.
Pero ella no se apartó. Alcontrario, succionó con más fuerza cuando el primer chorro caliente llenó suboca. Tragó. Otro chorro. Tragó. Otro. Hasta que terminé, temblando, y ella mesoltó con un último lamido.
Me miró desde el suelo, sus ojosbrillantes, su boca húmeda, y en su rostro vi algo que me hizo sonreír. No eraasco. No era arrepentimiento.
Era hambre.
-¿Y bien? -pregunté.
Se limpió la boca con el dorso dela mano, lentamente. -Me encanta… quiero y necesito más…
Mi sonrisa se ensanchó.
-Eso, hermanita, se puedearreglar.
A partir de esa noche, las cosascambiaron.
Ella ya no esperaba a que yo"enriqueciera" su comida. Ahora venía directamente a mí.
-Hermano -decía, asomando lacabeza por mi puerta por la mañana-. ¿Puedo?
-Claro, preciosa. Pasa.
Se arrodillaba sin que se lopidiera, con una naturalidad que helaba la sangre. Abría la boca y yo se lallenaba. Y luego se iba a desayunar, con una sonrisa de satisfacción en loslabios.
-¿Qué quieres para comer hoy? -preguntabayo.
-Lo que tú hagas -respondía-.Pero con más... ya sabes.
-¿Con mi toque especial?
Asentía, sonriendo, y yo sentíael poder correr por mis venas.
Sus sentidos se volvieronhipersensibles. Podía identificar mi semen en cualquier preparación, por muchoque lo disimulara.
-Esto tiene menos que lo de ayer -decía,frunciendo el ceño con un plato de pasta.
-¿Estás segura?
-Sí. El sabor es más suave. Y elolor... casi no se nota.
Increíble. Su adicción la habíaconvertido en una experta catadora de mi propia esencia.
Una tarde, decidí ponerla aprueba.
Pasé dos días sin darle nada.Preparé sus comidas con esmero, pero sin mi "ingrediente secreto". Elprimer día lo soportó bien, aunque la noté más callada. El segundo día, empezóa mostrar signos.
-Hermano -dijo durante la cena-,¿estás seguro de que esto lleva lo de siempre?
-Lleva lo mismo de siempre.Verduras, pollo, caldo.
-No. Me refiero a... ya sabes.
Fingí confusión. -¿A qué terefieres?
Sus mejillas se encendieron. -A...tu cosa. El... suplemento.
-Ah, ¿mi semen? No. Esta semanapensé que debíamos darnos un descanso.
El plato casi se le cae de lasmanos. -¿Un descanso? ¿Por qué?
-Porque quiero ver si puedesvivir sin él. Quiero asegurarme de que no te hago daño.
-¡No me haces daño! -Lavehemencia de su respuesta la sorprendió a ella misma. Bajó la voz-. Quierodecir... no me duele. Me gusta. Me hace sentir bien.
-¿Estás segura?
-Sí. Por favor, hermano. No me loquites.
Suplicaba. Mi propia hermanita,suplicándome que la llenara de mi semen.
-Veremos -dije, y seguí comiendo.
Esa noche, la oí llorar en suhabitación. Pero no fui a consolarla. La adicción tenía que arraigarse másprofundo.
Al tercer día, ya no podía más.
Llegó a la cocina cuandopreparaba el desayuno. Sin decir nada, se arrodilló a mis pies y levantó lamirada. Sus ojos estaban rojos, hinchados. Su rostro, demacrado.
-Por favor -susurró-. No puedomás. No duermo, no como bien, todo me sabe a nada. Por favor, hermano. Dame.
-¿Darte qué?
-Tu semen -dijo, y las lágrimasrodaron-. Necesito tu semen. Por favor.
-¿Lo necesitas o lo quieres?
-Lo necesito. Mi cuerpo lonecesita. Yo lo necesito.
Me bajé los pantalones y ellaabrió la boca sin dudar. Mientras la llenaba, vi cómo sus hombros se relajaban,cómo su tensión se disolvía en cada trago. Cuando terminé, se quedó un momentode rodillas, los ojos cerrados, saboreando.
-Gracias -susurró.
-De nada, hermanita. Para esoestoy.
Con el tiempo, su adicción seprofundizó de formas que ni yo había imaginado.
Una noche, mientras veíamos unapelícula en el sofá, se recostó contra mí.
-Hueles bien -murmuró, hundiendola nariz en mi cuello.
-¿Sí?
-Sí. Hueles a... a lo de siempre.Pero más fuerte. Me gusta.
Su mano encontró la mía, y empezóa jugar con mis dedos distraídamente. Pero luego, sin previo aviso, se llevóuno a la boca y lo chupó.
-¿Qué haces? -pregunté, aunque mipolla ya latía.
-Quería ver si también sabes aeso. En los dedos.
-¿Y?
-Sí -dijo, con los ojosbrillantes-. Sabes. Un poquito. Pero sabes.
Empezó a chupar mis dedos uno poruno, con una lentitud deliberada, su lengua enrollándose alrededor de ellos.Luego, sin soltar mi mano, me miró.
-¿Puedo probar otra cosa?
-¿El qué?
-Tu piel. Quiero saber si todosabe igual.
No tuve que responder. Ya estabadesabrochándome los pantalones.
Lamió mi vientre primero, la pieljusto encima de mi polla. Luego mis muslos. Luego, finalmente, la base. Y luegosubió, lenta, hasta la punta.
-Sí -susurró contra la piel-.Sabes. En todas partes sabes.
-¿A qué?
-A hogar -respondió, y tomó mipolla entera en su boca.
Pasaron los meses. Mi hermanitaya no era la misma. Y yo tampoco.
Ella dependía de mí por completo.No solo para su "dosis", sino para todo. Su estado de ánimo, suenergía, su apetito, su sueño. Todo dependía de cuándo y cuánto le daba.
-Hoy estás rara -le dije unamañana.
-Es que ayer solo me diste unavez -respondió, con el ceño fruncido-. Y fue pequeña.
-¿Estás segura? Te juro que fuenormal.
-No. Fue menos. Lo noto. Lohuelo. Lo saboreo.
Increíble. Su cuerpo se habíaconvertido en un instrumento calibrado para medir mi semen.
Aprendí a usar eso.
Si quería que estuviera cariñosa,le daba más. Si quería que estuviera sumisa, le daba menos. Si queríacastigarla por algo, se lo negaba un día. El efecto era inmediato y devastador.
-Lo siento -lloraba, abrazada amis piernas-. Lo que hice estuvo mal. No volverá a pasar. Por favor, dame. Tenecesito.
Y yo se lo daba. Por supuesto.Pero solo después de asegurarme de que la lección había calado hondo.
Una noche, después de una dosisespecialmente generosa, se quedó acurrucada a mi lado en la cama.
-Hermano -dijo en voz baja-.¿Crees que soy rara?
-¿Por qué lo preguntas?
-Porque... necesito esto. Tenecesito a ti de esta manera. ¿Es normal?
-Normal es una palabra muyaburrida -respondí, acariciando su pelo-. Tú no eres aburrida. Eres especial.Eres mía.
-¿Y no te parece mal? Lo quehacemos, quiero decir.
-¿A ti te parece mal?
Se quedó en silencio un momento. -No-dijo al fin-. No me parece mal. Me parece... correcto. Como si esto fuera loque siempre debió ser.
-Entonces no hay problema.
-Pero la gente...
-La gente no existe. Soloexistimos tú y yo. Y esto que tenemos. Esto que compartimos. Nadie más importa.
Me miró con esos ojos grandes,brillantes, y sonrió. -Te quiero, hermano.
-Yo también te quiero, hermanita.Más de lo que imaginas.
Se durmió en mis brazos, y yo mequedé despierto, sintiendo su calor, su respiración acompasada, su dependenciaabsoluta. Mi obra maestra. Mi adicta perfecta.
Ahora, cuando preparo sudesayuno, ya no tengo que esconderme. Ella viene a la cocina conmigo, searrodilla, y recibe su dosis directamente antes de sentarse a la mesa. Luegobebe su leche, saboreando el residuo que queda en su lengua.
-Hoy tengo mucha hambre -dice aveces.
-Pues hoy hay mucho para ti -respondo.
Y es cierto. Porque cada díaproduzco más, excitado por verla, por olerla, por saber que lo que crece dentrode mí termina dentro de ella.
A veces, cuando estamos enpúblico, la veo mirarme con esos ojos hambrientos. Sé lo que está pensando.Sabe lo que yo sé: que en cualquier momento, en cualquier lugar, si ella lonecesita, yo se lo daré. Porque para eso estoy.
Para mantener a mi adictasatisfecha.
Para ser su única fuente.
Su hermano.
Su proveedor.
Su todo.
Pero esto no podía quedarse así.Verla de rodillas, satisfecha con mi semen en su boca, era solo el principio.Su cuerpo había aprendido a anhelar mi sabor, pero su interior... su interioraún era territorio virgen, esperando ser reclamado. Necesitaba que mi adicciónse extendiera más profundo, que su carne necesitara la mía no solo paraprobarla, sino para sentirla latir dentro.
La noche que decidí completar sutransformación, la luna entraba tamizada por la cortina de su habitación. Fui aella sin llamar, como siempre hacía ahora. Estaba en su cama, acostada bocaarriba, su corto camisón de seda rosa arremolinado alrededor de sus muslos. Nodormía. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo, pero cuando entré, segiraron hacia mí. En la penumbra, pude ver el brillo húmedo de su mirada.Hambre. Pura y simple hambre.
-¿No puedes dormir, hermanita? -susurré,sentándome al borde de su cama.
Negó con la cabeza, mordiéndoseel labio inferior. Su cuerpo ya no le pertenecía del todo. Lo sabía. Surespiración se aceleraba con mi cercanía, su piel buscaba mi calor.
-¿Qué necesitas? -pregunté,aunque conocía la respuesta.
-No lo sé -mintió, con voztemblorosa-. Algo. Algo más.
Deslicé mi mano por su pierna,sintiendo el calor de su piel a través de la seda. Ella no se apartó. Alcontrario, un pequeño suspiro escapó de sus labios cuando mi mano subió,empujando el borde del camisón hacia arriba, descubriendo poco a poco sus muslos.
-Creo que sí lo sabes -dije, convoz grave-. Tu cuerpo lo sabe. Lleva semanas pidiéndolo. Lo sientes aquí,¿verdad?
Mi mano encontró el calor húmedoentre sus piernas, a través de la fina tela de sus braguitas. Ella arqueó laespalda, un gemido ahogado atrapado en su garganta.
-Hermano... -jadeó, pero no erauna súplica para que parara. Era todo lo contrario.
-Dime lo que quieres -ordené,presionando suavemente contra su sexo, sintiendo cómo la humedad empapaba latela.
-No puedo... -lloriqueó,aferrándose a mis muñecas.
-Sí puedes. Dímelo. Dime lo quetu cuerpo necesita desde hace tanto tiempo.
Sus ojos se cerraron con fuerza,y una lágrima escapó por el rabillo, pero su cadera se movió contra mi mano,buscando más presión.
-A ti -susurró, finalmente-. Tenecesito a ti. Dentro.
La victoria supo más dulce quecualquier cosa. Con cuidado, retiré mi mano y bajé mis pantalones. Mi pollaestaba dura, palpitante, la punta brillante con la promesa de lo que estaba apunto de ocurrir. Deslicé sus braguitas hacia abajo, apartándolas de suspiernas temblorosas. Ella no opuso resistencia. Sus ojos estaban abiertos denuevo, fijos en mí, una mezcla de miedo, deseo y adoración absoluta.
-Mira -le dije, guiando su manohacia mi verga-. Esto es lo que te va a llenar. Esto es lo que va a calmar esefuego que llevas dentro. ¿Lo quieres?
Asintió, con la boca seca.
-Quiero oírlo.
-Sí -susurró-. Lo quiero.
Posicioné la punta en la entradade su sexo. Estaba caliente, húmeda, y temblaba ligeramente con cada latido desu corazón. Miré sus ojos una última vez, buscando cualquier señal de duda. Nola había. Solo ese hambre voraz que yo mismo había creado.
-Va a doler un poco -advertí-.Pero luego... luego será lo mejor que hayas sentido nunca. Te lo prometo.
Y empujé.
Un grito agudo rasgó el silenciode la habitación. Sus uñas se clavaron en mis brazos, su cuerpo se tensó comoun arco, y sentí la pequeña resistencia ceder bajo mi embate. Pero no seapartó. Al contrario, sus piernas se enredaron en mi cintura, atrayéndome más,buscando más de esa sensación abrumadora.
-Duele... -jadeó, con lágrimascorriendo por sus mejillas-. Duele mucho.
-Lo sé, lo sé -susurré contra suoído, deteniéndome, dándole tiempo para adaptarse-. Pero pasa. Respira. Déjamellenarte.
Poco a poco, su tensión fuedisminuyendo. Su respiración, entrecortada, empezó a acompasarse con la mía. Yentonces, en un momento de magia oscura, su cuerpo se abrió completamente paramí. La resistencia desapareció, reemplazada por un calor húmedo y apretado queme envolvía por completo.
-¿Ves? -murmuré-. Ya está. Yaeres mía. Ahora sí, del todo.
Empecé a moverme, lentamente alprincipio, sintiendo cada centímetro de su interior, cada latido de su carnevirgen adaptándose a mi forma. Sus gemidos de dolor se transformaron,volviéndose más profundos, más guturales. Sus ojos, todavía húmedos, me mirabancon una mezcla de asombro y entrega absoluta.
-Es... es increíble -jadeó,aferrándose a mí-. Te siento... tan dentro...
Aceleré el ritmo, mis embates másprofundos, más firmes. El sonido húmedo de nuestros cuerpos unidos llenaba lahabitación, mezclándose con sus gemidos y mis gruñidos. Cada embestida lallevaba más cerca del borde, y a mí también.
-Voy a llenarte -anuncié,sintiendo la presión acumularse en la base de mi espina-. Quiero que lo sientasdentro. Quiero que mi semen te queme ahí, en el fondo.
-Sí -suplicó ella-. Dame. Porfavor, dame todo.
Con un último empujón, enterré miverga hasta el fondo y exploté. El semen brotó en oleadas calientes y espesas,directamente contra su útero. Sentí cómo su interior se contraía a mialrededor, succionando cada gota, absorbiéndolo todo. Un grito ronco escapó desu garganta, no de dolor, sino de pura y absoluta satisfacción.
Me quedé dentro, sintiendo cómosu cuerpo temblaba en espasmos alrededor del mío, cómo nuestros fluidos semezclaban en lo más profundo de su ser. Cuando finalmente me retiré, un hilo desemen espeso escapó de su abertura, manchando las sábanas. Pero ella, con unalentitud que me heló la sangre, metió la mano entre sus piernas y recogió elresto, llevándoselo a los labios.
-No quiero perder ni una gota -susurró,con una sonrisa lánguida, antes de chupar sus dedos uno por uno.
Esa fue la primera vez. Pero nola última.
A partir de esa noche, laadicción de mi hermanita alcanzó un nuevo nivel. Ya no se arrodillaba solo paraprobar. Ahora se abría para recibir.
-Dentro -suplicaba cada vez-.Quiero que sea dentro.
Y yo se lo daba. Una, dos, tresveces al día. La llenaba una y otra vez, viendo cómo su cuerpo se volvía unreceptáculo para mi deseo. Su vientre, antes plano, ahora parecía siempreligeramente hinchado, lleno de mí.
Pronto, no podía dormir sinsentirme dentro. Las noches que intentaba descansar en mi propia cama, aparecíaen mi habitación, desnuda, con los ojos brillantes de necesidad.
-No puedo -decía, con voztemblorosa-. No puedo dormir si no te tengo dentro.
-Pues ven aquí -respondía,abriendo las sábanas-. Ven a tu sitio.
Se acurrucaba contra mí, pero nobastaba con abrazarme. Tenía que estar dentro. Montada sobre mí, o boca abajomientras yo la penetraba por detrás, o simplemente conmigo dentro, quieto,sintiendo cómo su interior me succionaba incluso dormida. Su cuerpo se habíavuelto tan adicto a mi presencia que, si me retiraba durante la noche, sedespertaba sobresaltada, buscándome con desesperación.
-¿Dónde estás? -lloraba-. Te hasido. Te has ido de dentro.
-Tranquila -la calmaba, volviendoa penetrarla-. Estoy aquí. No me voy. Nunca me voy.
Su vagina se convirtió en uninstrumento calibrado para mí. Aprendió a apretarme, a succionarme, amasajearme con sus paredes internas de formas que me volvían loco. Podíaidentificar cuándo estaba a punto de correrme solo por cómo cambiaba su ritmo,y se movía de manera que prolongaba mi placer, solo para tener más tiempoconmigo dentro.
-¿Cuánto hace que no me sacas? -mepreguntó una mañana, desperezándose a mi lado.
Miré el reloj. -Unas siete horas.Te saqué cuando me fui a trabajar.
-Demasiado -dijo, y se montósobre mí antes de que pudiera responder.
Su adicción se volvió tan intensaque empecé a temer por ella. Pero era un temor dulce, empapado de deseo. Supiel, siempre radiante, brillaba más que nunca. Sus ojos tenían un fulgorconstante, húmedo, que solo se apagaba cuando yo estaba dentro.
-¿Crees que esto es sano? -mepreguntó una vez, después de una sesión especialmente intensa.
-¿A ti te parece sano? -respondí,acariciando su vientre hinchado.
-No -admitió, con una sonrisa-.Pero es lo único que quiero.
Y así seguimos. Días y nochesfundidos en uno. Su cuerpo, mi cuerpo; su deseo, mi deseo. Ella, mi adictaperfecta, incapaz de vivir sin mi semen en su boca y mi verga en su interior.Yo, su proveedor, su hermano, su todo, alimentando su adicción con cada gota,con cada embestida, con cada noche que pasaba profundamente enterrado en suinterior.
A veces, cuando estábamos enpúblico, la veía mirarme con esos ojos. Sabía lo que estaba pensando. Sabíaque, bajo su ropa, su sexo palpitaba vacío, esperando. Y sabía que, en cuantollegáramos a casa, se abriría para mí, ansiosa por llenar ese vacío con laúnica cosa que podía calmar su hambre.
Yo.
Solo yo.
Mi nombre es Caín, y ver cómo mihermanita se volvía adicta a mi semen era como presenciar un ritual lento ydelicioso, uno que invadía todos mis sentidos y los de ella, aunque ella aún nolo supiera…
Al principio era sutil, pero conel paso de los días noté cómo su cuerpo y su mente respondían a ese"suplemento" secreto que le daba dos o tres veces al día. Su adiccióncrecía como una llama alimentada por gotas de fuego, y yo era el que controlabael flujo, observándolo todo con una excitación que me hacía palpitar.
El despertar del gusto: Eranlas siete de la mañana cuando bajó a la cocina, todavía con el pelo revuelto yesos shorts diminutos que dejaban ver la curva perfecta de sus nalgas. Sucamiseta vieja, tan corta, mostraba la piel suave de su vientre.
-Buenos días, hermanito -dijo convoz soñolienta, frotándose los ojos.
-Buenos días, preciosa. ¿Lechecaliente, como siempre?
-Sí, porfa. Con un poquito deazúcar.
Me giré hacia la encimera, dondehabía preparado todo con antelación. En el vaso de vidrio, la leche humeaba. Mebajé los pantalones apenas lo suficiente, sintiendo el aire fresco en la piel,y me masturbé rápidamente con movimientos precisos. Mi polla, ya dura por laanticipación, latía en mi mano. En segundos, chorros espesos de semen calientecayeron en la leche -blanco sobre blanco-, y removí con la cuchara hasta que seintegró perfectamente. El aroma almizclado se mezcló con el vapor lácteo.
Se lo serví con una sonrisa.
-Toma, hermanita.
Ella sopló suavemente antes delprimer sorbo, sus labios rosados tocando el borde del vaso. Cerró los ojos alprobarlo, y vi cómo una pequeña arruga de confusión aparecía en su frente,seguida de algo más profundo. Su lengua asomó para lamer el labio superior.
-Mmm... -suspiró-. Oye, ¿estaleche sabe diferente?
Me senté frente a ella,disimulando la erección que me apretaba los pantalones. -¿Diferente? ¿A qué?
-No sé -dijo, dando otro sorbo,más largo esta vez-. Es como... más rica. Como si tuviera un sabor extra. ¿Lepusiste algo?
-Solo un poco de cariño,hermanita -respondí, y ella se rió, sin entender la verdad.
Bebió todo el vaso, y al finalpasó la lengua por el borde, atrapando las últimas gotas. Ese gesto, taninocente y tan obsceno a la vez, hizo que mi polla diera un latido violentobajo la mesa.
-¿Quieres más? -pregunté.
-No, ya está bien -dijo, pero sumirada se quedó en el vaso vacío un segundo extra.
Tres días después, noté loscambios.
Estaba en su cuarto, haciendo nosé qué, cuando pasé por el baño y vi su selfie en el espejo, recién subido asus redes. Su lengua rosada asomaba juguetona, los ojos entrecerrados, el pelomojado después de la ducha. Me llevé el teléfono a la habitación y me masturbéviéndola, imaginando que esa lengua lamía mi verga en lugar de provocar a susseguidores.
Esa tarde, preparé su batido defresas con especial dedicación. Fresas maduras, plátano, hielo, y mi semenrecién extraído, vertido en chorros calientes directamente en la licuadora. Elolor se fundió con el dulzor frutal mientras giraba.
-¡Batido! -llamé desde la cocina.
Ella bajó corriendo, comosiempre. Tomó el vaso y aspiró profundo antes de beber, sus fosas nasalesdilatándose ligeramente. Vi cómo su pecho subía y bajaba más rápido, suspezones endureciéndose bajo la camiseta.
-Huele tan... intenso hoy -murmuró,y sus ojos se entrecerraron con placer al beber.
-¿A qué huele?
-No sé. Como a... ¿vainilla? Peromás fuerte. Me gusta.
Bebió la mitad de un tirón, yluego se lamió los labios con esa lengua que había visto en la foto. Unescalofrío recorrió mi espalda.
-¿Puedo terminar el tuyo si noquieres más? -pregunté, señalando el vaso que aún tenía en la mano para mí.
-¡No! -respondió rápido, casidemasiado rápido-. O sea... si no te importa, quiero terminarlo yo.
-Claro, hermanita. Todo para ti.
Sonreí por dentro. La adicciónestaba echando raíces.
Una semana después, ya nonecesitaba esforzarme tanto. Ella misma buscaba las comidas que yo preparaba.
-Hermano, ¿qué hay de cenar? -preguntóuna noche, asomando la cabeza por la puerta de la cocina.
-Sopa de verduras. Con un toqueespecial -dije, y ella sonrió sin saber por qué.
Mientras la sopa hervía, memasturbé detrás de la puerta, el semen cayendo espeso en el cucharón que iba ausar para servirla. Revolví bien, viendo cómo se disolvía en el caldo caliente,espesándolo ligeramente.
Ella se sentó a la mesa conansiedad apenas contenida. Tomó la primera cucharada y sus ojos se cerraronautomáticamente. Su lengua jugueteó con el líquido caliente, y un gemido bajitoescapó de sus labios.
-Mmm... está buenísima -dijo, ycomió con una velocidad inusual.
-Con calma, te va a caer mal.
-No puedo evitarlo -respondió conla boca llena-. Es que... no sé qué le pones, pero todo sabe mejor desde haceunas semanas.
-Quizás es mi toque secreto -dije,y ella se rió.
Pero esa noche, después de cenar,noté algo más. Estaba viendo la tele en el sofá, y ella se sentó a mi lado, máscerca de lo habitual. Su pierna rozaba la mía, y su mano, distraídamente,jugaba con el borde de su short.
-¿Te pasa algo? -pregunté.
-No, ¿por qué?
-No sé. Te noto... inquieta.
Se mordió el labio. -Es raro.Desde hace unos días, cuando como, siento como... calor. Como si la comida mecalentara por dentro. ¿Te pasa a ti?
Mi polla se endurecióinmediatamente. -¿Calor? ¿Dónde?
-En todo el cuerpo -dijo, y susmejillas se tiñeron de rosa-. Pero especialmente... bueno, da igual.
-No, dime.
Negó con la cabeza y se levantó. -Mevoy a dormir. Buenas noches.
Pero esa noche, desde mihabitación, la oí moverse en la cama. Roce de sábanas, un suspiro ahogado, elchirrido del colchón. Me masturbé escuchándola, imaginando que eran sus dedoslos que se movían entre sus piernas, buscando alivio para ese calor que yohabía sembrado en su vientre.
Una tarde de sábado, con mispadres fuera todo el fin de semana, decidí intensificar las cosas.
-Vamos a hacer galletas -lepropuse.
-¿Galletas? ¡Sí! -Ella saltóemocionada, tan niña aún en algunas cosas.
En la cocina, mientrasmezclábamos la masa, me coloqué estratégicamente detrás de ella para alcanzarla harina. Mi cuerpo rozó el suyo, y sentí cómo se tensaba por un segundo.
-Perdón -dije, sin apartarme deltodo.
-No pasa nada -respondió, pero suvoz sonó más baja.
Cuando la masa estuvo lista, meexcusé un momento. -Voy al baño. No le añadas nada todavía.
En el baño, me masturbé conurgencia, imaginándola lamiendo la cuchara de la masa. El semen brotó calientey espeso en mi mano. Volví a la cocina y, mientras ella miraba otra cosa, lomezclé en la masa con movimientos circulares.
-Listo -dije-. Ahora al horno.
Las galletas salieron perfectas,doradas y crujientes. Ella cogió una todavía caliente y la mordió.
-¡Uy, quema! -dijo, pero no lasoltó. Dio otro bocado, más pequeño, y esta vez sus ojos se abrieron.
-Están... diferentes -dijo-. Másricas que otras veces.
-Será la receta secreta -respondí,mordiendo una yo también, saboreando mi propio sabor mezclado con la masadulce.
Comió seis galletas seguidas.Seis. Cuando se dio cuenta, se rió avergonzada.
-No sé qué me pasa, pero no puedoparar.
-No te preocupes -dije,acariciando su pelo-. Para eso estoy yo, para darte todo lo que necesitas.
Ella me miró un segundo, sus ojosbrillantes, y luego apartó la mirada rápidamente. Pero yo había visto algo enesos ojos. Algo que empezaba a despertar.
Tres semanas después, el cambioera innegable.
Su cuerpo respondía a mi"suplemento" como una planta al sol. Su piel lucía radiante, suslabios más rosados, sus ojos más brillantes. Pero también su comportamiento. Lasorprendía mirándome fijamente a veces, y cuando nuestros ojos se encontraban,se sonrojaba y apartaba la vista. Era como si mi organismo la llamara con magiao hechicería…
Una noche, sobre las dos de lamadrugada, oí pasos en el pasillo. Luego, un golpecito suave en mi puerta.
-¿Hermano? ¿Estás despierto?
-Sí, pasa.
Entró con su pijama corto, el queapenas le cubría las nalgas. Su pelo estaba revuelto, y sus ojos tenían esebrillo húmedo de quien no puede dormir.
-No puedo dormir -dijo,sentándose en el borde de mi cama.
-¿Por qué?
Se encogió de hombros. -No sé.Tengo calor. Y hambre.
-¿Hambre? ¿A estas horas?
-Sí. Pero no de cualquier cosa.De... no sé cómo explicarlo. De esas galletas que hiciste el otro día. O de losbatidos. De todo lo que haces tú.
Se mordió el labio, y yo sentí mipolla endurecerse bajo las sábanas.
-Tengo una idea -dije con vozcalmada-. ¿Recuerdas que te pregunté si notabas algo diferente en la comida?
Ella asintió.
-Y te dije que era mi toqueespecial, ¿verdad?
Otro asentimiento, más lentoahora.
-Bueno, hermanita -dije,sentándome a su lado-, creo que es hora de que sepas la verdad.
La miré fijamente. Su respiraciónse aceleró.
-Ese toque especial -continué-soy yo. Es mí semen. Te lo he estado dando en la leche, en los batidos, en lasopa, en las galletas. Durante semanas.
El silencio cayó como un manto.Sus ojos se abrieron enormes, el shock pintado en su rostro.
-¿Qué? -susurró-. No... no puedeser.
-Sí puede. Y lo has disfrutado.¿Recuerdas cómo lamías el vaso? ¿Cómo pedías más? ¿Cómo tu cuerpo respondía concalor y humedad?
-¡Para! -Se levantó de un salto,las manos temblorosas-. Eso es asqueroso. ¡Eres mi hermano! ¿Cómo pudiste?
-Y tú eres mi adicta -respondícon calma-. Mírate. Son las dos de la madrugada y estás aquí, en mi habitación,porque tu cuerpo pide lo que solo yo puedo darte.
-No es cierto -dijo, pero su voztemblaba.
-¿Segura? Bájate las bragas ydime si no estás mojada.
Su rostro se encendió. -¡Claroque no! -Pero su mano fue inconscientemente a su cadera, como protegiéndose.
Di un paso hacia ella. Solo uno.
-Tu cuerpo no miente, hermanita.Te he observado. Cómo te mueves en la cama por las noches. Cómo te tocas sinquerer. Cómo tus pezones se endurecen cuando pruebas mi semen. Ya eres mía. Tucuerpo se ha moldeado y vuelto adicto a mi semen… está listo para pertenecerme,pero que lo haga mío, solamente mío… Solo que aún no lo aceptas.
-¡Mentira! -Pero sus ojos sehumedecieron, y no era solo de rabia.
-Si es mentira, vete. Vuelve a tucama. Pero dime luego si puedes dormir. Dime luego si el antojo te deja en paz.
Esperé. El reloj marcaba lossegundos en la pared. Ella no se movió.
-¿Qué quieres de mí? -preguntófinalmente, la voz quebrada.
-Nada que no quieras tú misma.Solo quiero que dejes de luchar. Que aceptes lo que eres ahora. Mi pequeñaadicta.
Una lágrima rodó por su mejilla.Pero no se fue.
-¿Y si... y si no quiero?
-Entonces te irás. Y mañanaprepararé tu desayuno sin nada especial. Y pasado. Y al otro. Y veremos cuántoaguantas antes de volver arrastrándote.
El miedo cruzó sus ojos. Miedoreal. Porque en el fondo, las dos sabíamos que era verdad.
-Por favor -susurré, dando otropaso-. No luches. Solo pruébalo directamente. Una vez. Y si no te gusta, novuelvo a dártelo.
Mentira, claro. Pero ellanecesitaba esa mentira para rendirse.
-¿Directamente? -preguntó con vozpequeña.
-Sí. De la fuente.
Bajé mis pantalones lentamente,dejando al descubierto mi polla dura, palpitante, la punta brillante depre-semen. Ella miró, y en sus ojos vi asco, miedo, y algo más. Algo que habíaestado creciendo en las sombras de su adicción.
-No voy a obligarte -dije-. Perosi te arrodillas ahora, todo será más fácil. Te prometo que te va a gustar. Másque las galletas. Más que los batidos.
Sus piernas temblaban. Surespiración era entrecortada. Dio un paso hacia mí. Luego otro. Y cayó derodillas.
-No sé hacerlo -susurró.
-Solo lame. Como hacías con lacuchara.
Su lengua rosada asomó,vacilante. Tocó la punta, y un escalofrío la recorrió. Lamió otra vez, y estavez emitió un sonido, un gemido bajito que reconoció. El mismo gemido queescapaba cuando probaba mi "toque especial".
-Sí -susurré-. Así. Prueba. ¿Aqué sabe?
-Sabe… A... a ti -dijo, y susojos se cerraron.
Tomó más en su boca, y el calorde su lengua, la humedad de su saliva, me hicieron estremecer. Empezó asuccionar, torpe al principio, luego más segura. El sonido húmedo, succionante,llenaba la habitación.
-Trágatelo todo -ordené-. Cuandotermine.
Ella asintió sin soltarme, y yoempecé a moverme en su boca, lento al principio, luego más rápido. Su manoencontró mi muslo, aferrándose, y sentí cómo su garganta se adaptaba a mí.
-Voy a... -advertí.
Pero ella no se apartó. Alcontrario, succionó con más fuerza cuando el primer chorro caliente llenó suboca. Tragó. Otro chorro. Tragó. Otro. Hasta que terminé, temblando, y ella mesoltó con un último lamido.
Me miró desde el suelo, sus ojosbrillantes, su boca húmeda, y en su rostro vi algo que me hizo sonreír. No eraasco. No era arrepentimiento.
Era hambre.
-¿Y bien? -pregunté.
Se limpió la boca con el dorso dela mano, lentamente. -Me encanta… quiero y necesito más…
Mi sonrisa se ensanchó.
-Eso, hermanita, se puedearreglar.
A partir de esa noche, las cosascambiaron.
Ella ya no esperaba a que yo"enriqueciera" su comida. Ahora venía directamente a mí.
-Hermano -decía, asomando lacabeza por mi puerta por la mañana-. ¿Puedo?
-Claro, preciosa. Pasa.
Se arrodillaba sin que se lopidiera, con una naturalidad que helaba la sangre. Abría la boca y yo se lallenaba. Y luego se iba a desayunar, con una sonrisa de satisfacción en loslabios.
-¿Qué quieres para comer hoy? -preguntabayo.
-Lo que tú hagas -respondía-.Pero con más... ya sabes.
-¿Con mi toque especial?
Asentía, sonriendo, y yo sentíael poder correr por mis venas.
Sus sentidos se volvieronhipersensibles. Podía identificar mi semen en cualquier preparación, por muchoque lo disimulara.
-Esto tiene menos que lo de ayer -decía,frunciendo el ceño con un plato de pasta.
-¿Estás segura?
-Sí. El sabor es más suave. Y elolor... casi no se nota.
Increíble. Su adicción la habíaconvertido en una experta catadora de mi propia esencia.
Una tarde, decidí ponerla aprueba.
Pasé dos días sin darle nada.Preparé sus comidas con esmero, pero sin mi "ingrediente secreto". Elprimer día lo soportó bien, aunque la noté más callada. El segundo día, empezóa mostrar signos.
-Hermano -dijo durante la cena-,¿estás seguro de que esto lleva lo de siempre?
-Lleva lo mismo de siempre.Verduras, pollo, caldo.
-No. Me refiero a... ya sabes.
Fingí confusión. -¿A qué terefieres?
Sus mejillas se encendieron. -A...tu cosa. El... suplemento.
-Ah, ¿mi semen? No. Esta semanapensé que debíamos darnos un descanso.
El plato casi se le cae de lasmanos. -¿Un descanso? ¿Por qué?
-Porque quiero ver si puedesvivir sin él. Quiero asegurarme de que no te hago daño.
-¡No me haces daño! -Lavehemencia de su respuesta la sorprendió a ella misma. Bajó la voz-. Quierodecir... no me duele. Me gusta. Me hace sentir bien.
-¿Estás segura?
-Sí. Por favor, hermano. No me loquites.
Suplicaba. Mi propia hermanita,suplicándome que la llenara de mi semen.
-Veremos -dije, y seguí comiendo.
Esa noche, la oí llorar en suhabitación. Pero no fui a consolarla. La adicción tenía que arraigarse másprofundo.
Al tercer día, ya no podía más.
Llegó a la cocina cuandopreparaba el desayuno. Sin decir nada, se arrodilló a mis pies y levantó lamirada. Sus ojos estaban rojos, hinchados. Su rostro, demacrado.
-Por favor -susurró-. No puedomás. No duermo, no como bien, todo me sabe a nada. Por favor, hermano. Dame.
-¿Darte qué?
-Tu semen -dijo, y las lágrimasrodaron-. Necesito tu semen. Por favor.
-¿Lo necesitas o lo quieres?
-Lo necesito. Mi cuerpo lonecesita. Yo lo necesito.
Me bajé los pantalones y ellaabrió la boca sin dudar. Mientras la llenaba, vi cómo sus hombros se relajaban,cómo su tensión se disolvía en cada trago. Cuando terminé, se quedó un momentode rodillas, los ojos cerrados, saboreando.
-Gracias -susurró.
-De nada, hermanita. Para esoestoy.
Con el tiempo, su adicción seprofundizó de formas que ni yo había imaginado.
Una noche, mientras veíamos unapelícula en el sofá, se recostó contra mí.
-Hueles bien -murmuró, hundiendola nariz en mi cuello.
-¿Sí?
-Sí. Hueles a... a lo de siempre.Pero más fuerte. Me gusta.
Su mano encontró la mía, y empezóa jugar con mis dedos distraídamente. Pero luego, sin previo aviso, se llevóuno a la boca y lo chupó.
-¿Qué haces? -pregunté, aunque mipolla ya latía.
-Quería ver si también sabes aeso. En los dedos.
-¿Y?
-Sí -dijo, con los ojosbrillantes-. Sabes. Un poquito. Pero sabes.
Empezó a chupar mis dedos uno poruno, con una lentitud deliberada, su lengua enrollándose alrededor de ellos.Luego, sin soltar mi mano, me miró.
-¿Puedo probar otra cosa?
-¿El qué?
-Tu piel. Quiero saber si todosabe igual.
No tuve que responder. Ya estabadesabrochándome los pantalones.
Lamió mi vientre primero, la pieljusto encima de mi polla. Luego mis muslos. Luego, finalmente, la base. Y luegosubió, lenta, hasta la punta.
-Sí -susurró contra la piel-.Sabes. En todas partes sabes.
-¿A qué?
-A hogar -respondió, y tomó mipolla entera en su boca.
Pasaron los meses. Mi hermanitaya no era la misma. Y yo tampoco.
Ella dependía de mí por completo.No solo para su "dosis", sino para todo. Su estado de ánimo, suenergía, su apetito, su sueño. Todo dependía de cuándo y cuánto le daba.
-Hoy estás rara -le dije unamañana.
-Es que ayer solo me diste unavez -respondió, con el ceño fruncido-. Y fue pequeña.
-¿Estás segura? Te juro que fuenormal.
-No. Fue menos. Lo noto. Lohuelo. Lo saboreo.
Increíble. Su cuerpo se habíaconvertido en un instrumento calibrado para medir mi semen.
Aprendí a usar eso.
Si quería que estuviera cariñosa,le daba más. Si quería que estuviera sumisa, le daba menos. Si queríacastigarla por algo, se lo negaba un día. El efecto era inmediato y devastador.
-Lo siento -lloraba, abrazada amis piernas-. Lo que hice estuvo mal. No volverá a pasar. Por favor, dame. Tenecesito.
Y yo se lo daba. Por supuesto.Pero solo después de asegurarme de que la lección había calado hondo.
Una noche, después de una dosisespecialmente generosa, se quedó acurrucada a mi lado en la cama.
-Hermano -dijo en voz baja-.¿Crees que soy rara?
-¿Por qué lo preguntas?
-Porque... necesito esto. Tenecesito a ti de esta manera. ¿Es normal?
-Normal es una palabra muyaburrida -respondí, acariciando su pelo-. Tú no eres aburrida. Eres especial.Eres mía.
-¿Y no te parece mal? Lo quehacemos, quiero decir.
-¿A ti te parece mal?
Se quedó en silencio un momento. -No-dijo al fin-. No me parece mal. Me parece... correcto. Como si esto fuera loque siempre debió ser.
-Entonces no hay problema.
-Pero la gente...
-La gente no existe. Soloexistimos tú y yo. Y esto que tenemos. Esto que compartimos. Nadie más importa.
Me miró con esos ojos grandes,brillantes, y sonrió. -Te quiero, hermano.
-Yo también te quiero, hermanita.Más de lo que imaginas.
Se durmió en mis brazos, y yo mequedé despierto, sintiendo su calor, su respiración acompasada, su dependenciaabsoluta. Mi obra maestra. Mi adicta perfecta.
Ahora, cuando preparo sudesayuno, ya no tengo que esconderme. Ella viene a la cocina conmigo, searrodilla, y recibe su dosis directamente antes de sentarse a la mesa. Luegobebe su leche, saboreando el residuo que queda en su lengua.
-Hoy tengo mucha hambre -dice aveces.
-Pues hoy hay mucho para ti -respondo.
Y es cierto. Porque cada díaproduzco más, excitado por verla, por olerla, por saber que lo que crece dentrode mí termina dentro de ella.
A veces, cuando estamos enpúblico, la veo mirarme con esos ojos hambrientos. Sé lo que está pensando.Sabe lo que yo sé: que en cualquier momento, en cualquier lugar, si ella lonecesita, yo se lo daré. Porque para eso estoy.
Para mantener a mi adictasatisfecha.
Para ser su única fuente.
Su hermano.
Su proveedor.
Su todo.
Pero esto no podía quedarse así.Verla de rodillas, satisfecha con mi semen en su boca, era solo el principio.Su cuerpo había aprendido a anhelar mi sabor, pero su interior... su interioraún era territorio virgen, esperando ser reclamado. Necesitaba que mi adicciónse extendiera más profundo, que su carne necesitara la mía no solo paraprobarla, sino para sentirla latir dentro.
La noche que decidí completar sutransformación, la luna entraba tamizada por la cortina de su habitación. Fui aella sin llamar, como siempre hacía ahora. Estaba en su cama, acostada bocaarriba, su corto camisón de seda rosa arremolinado alrededor de sus muslos. Nodormía. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo, pero cuando entré, segiraron hacia mí. En la penumbra, pude ver el brillo húmedo de su mirada.Hambre. Pura y simple hambre.
-¿No puedes dormir, hermanita? -susurré,sentándome al borde de su cama.
Negó con la cabeza, mordiéndoseel labio inferior. Su cuerpo ya no le pertenecía del todo. Lo sabía. Surespiración se aceleraba con mi cercanía, su piel buscaba mi calor.
-¿Qué necesitas? -pregunté,aunque conocía la respuesta.
-No lo sé -mintió, con voztemblorosa-. Algo. Algo más.
Deslicé mi mano por su pierna,sintiendo el calor de su piel a través de la seda. Ella no se apartó. Alcontrario, un pequeño suspiro escapó de sus labios cuando mi mano subió,empujando el borde del camisón hacia arriba, descubriendo poco a poco sus muslos.
-Creo que sí lo sabes -dije, convoz grave-. Tu cuerpo lo sabe. Lleva semanas pidiéndolo. Lo sientes aquí,¿verdad?
Mi mano encontró el calor húmedoentre sus piernas, a través de la fina tela de sus braguitas. Ella arqueó laespalda, un gemido ahogado atrapado en su garganta.
-Hermano... -jadeó, pero no erauna súplica para que parara. Era todo lo contrario.
-Dime lo que quieres -ordené,presionando suavemente contra su sexo, sintiendo cómo la humedad empapaba latela.
-No puedo... -lloriqueó,aferrándose a mis muñecas.
-Sí puedes. Dímelo. Dime lo quetu cuerpo necesita desde hace tanto tiempo.
Sus ojos se cerraron con fuerza,y una lágrima escapó por el rabillo, pero su cadera se movió contra mi mano,buscando más presión.
-A ti -susurró, finalmente-. Tenecesito a ti. Dentro.
La victoria supo más dulce quecualquier cosa. Con cuidado, retiré mi mano y bajé mis pantalones. Mi pollaestaba dura, palpitante, la punta brillante con la promesa de lo que estaba apunto de ocurrir. Deslicé sus braguitas hacia abajo, apartándolas de suspiernas temblorosas. Ella no opuso resistencia. Sus ojos estaban abiertos denuevo, fijos en mí, una mezcla de miedo, deseo y adoración absoluta.
-Mira -le dije, guiando su manohacia mi verga-. Esto es lo que te va a llenar. Esto es lo que va a calmar esefuego que llevas dentro. ¿Lo quieres?
Asintió, con la boca seca.
-Quiero oírlo.
-Sí -susurró-. Lo quiero.
Posicioné la punta en la entradade su sexo. Estaba caliente, húmeda, y temblaba ligeramente con cada latido desu corazón. Miré sus ojos una última vez, buscando cualquier señal de duda. Nola había. Solo ese hambre voraz que yo mismo había creado.
-Va a doler un poco -advertí-.Pero luego... luego será lo mejor que hayas sentido nunca. Te lo prometo.
Y empujé.
Un grito agudo rasgó el silenciode la habitación. Sus uñas se clavaron en mis brazos, su cuerpo se tensó comoun arco, y sentí la pequeña resistencia ceder bajo mi embate. Pero no seapartó. Al contrario, sus piernas se enredaron en mi cintura, atrayéndome más,buscando más de esa sensación abrumadora.
-Duele... -jadeó, con lágrimascorriendo por sus mejillas-. Duele mucho.
-Lo sé, lo sé -susurré contra suoído, deteniéndome, dándole tiempo para adaptarse-. Pero pasa. Respira. Déjamellenarte.
Poco a poco, su tensión fuedisminuyendo. Su respiración, entrecortada, empezó a acompasarse con la mía. Yentonces, en un momento de magia oscura, su cuerpo se abrió completamente paramí. La resistencia desapareció, reemplazada por un calor húmedo y apretado queme envolvía por completo.
-¿Ves? -murmuré-. Ya está. Yaeres mía. Ahora sí, del todo.
Empecé a moverme, lentamente alprincipio, sintiendo cada centímetro de su interior, cada latido de su carnevirgen adaptándose a mi forma. Sus gemidos de dolor se transformaron,volviéndose más profundos, más guturales. Sus ojos, todavía húmedos, me mirabancon una mezcla de asombro y entrega absoluta.
-Es... es increíble -jadeó,aferrándose a mí-. Te siento... tan dentro...
Aceleré el ritmo, mis embates másprofundos, más firmes. El sonido húmedo de nuestros cuerpos unidos llenaba lahabitación, mezclándose con sus gemidos y mis gruñidos. Cada embestida lallevaba más cerca del borde, y a mí también.
-Voy a llenarte -anuncié,sintiendo la presión acumularse en la base de mi espina-. Quiero que lo sientasdentro. Quiero que mi semen te queme ahí, en el fondo.
-Sí -suplicó ella-. Dame. Porfavor, dame todo.
Con un último empujón, enterré miverga hasta el fondo y exploté. El semen brotó en oleadas calientes y espesas,directamente contra su útero. Sentí cómo su interior se contraía a mialrededor, succionando cada gota, absorbiéndolo todo. Un grito ronco escapó desu garganta, no de dolor, sino de pura y absoluta satisfacción.
Me quedé dentro, sintiendo cómosu cuerpo temblaba en espasmos alrededor del mío, cómo nuestros fluidos semezclaban en lo más profundo de su ser. Cuando finalmente me retiré, un hilo desemen espeso escapó de su abertura, manchando las sábanas. Pero ella, con unalentitud que me heló la sangre, metió la mano entre sus piernas y recogió elresto, llevándoselo a los labios.
-No quiero perder ni una gota -susurró,con una sonrisa lánguida, antes de chupar sus dedos uno por uno.
Esa fue la primera vez. Pero nola última.
A partir de esa noche, laadicción de mi hermanita alcanzó un nuevo nivel. Ya no se arrodillaba solo paraprobar. Ahora se abría para recibir.
-Dentro -suplicaba cada vez-.Quiero que sea dentro.
Y yo se lo daba. Una, dos, tresveces al día. La llenaba una y otra vez, viendo cómo su cuerpo se volvía unreceptáculo para mi deseo. Su vientre, antes plano, ahora parecía siempreligeramente hinchado, lleno de mí.
Pronto, no podía dormir sinsentirme dentro. Las noches que intentaba descansar en mi propia cama, aparecíaen mi habitación, desnuda, con los ojos brillantes de necesidad.
-No puedo -decía, con voztemblorosa-. No puedo dormir si no te tengo dentro.
-Pues ven aquí -respondía,abriendo las sábanas-. Ven a tu sitio.
Se acurrucaba contra mí, pero nobastaba con abrazarme. Tenía que estar dentro. Montada sobre mí, o boca abajomientras yo la penetraba por detrás, o simplemente conmigo dentro, quieto,sintiendo cómo su interior me succionaba incluso dormida. Su cuerpo se habíavuelto tan adicto a mi presencia que, si me retiraba durante la noche, sedespertaba sobresaltada, buscándome con desesperación.
-¿Dónde estás? -lloraba-. Te hasido. Te has ido de dentro.
-Tranquila -la calmaba, volviendoa penetrarla-. Estoy aquí. No me voy. Nunca me voy.
Su vagina se convirtió en uninstrumento calibrado para mí. Aprendió a apretarme, a succionarme, amasajearme con sus paredes internas de formas que me volvían loco. Podíaidentificar cuándo estaba a punto de correrme solo por cómo cambiaba su ritmo,y se movía de manera que prolongaba mi placer, solo para tener más tiempoconmigo dentro.
-¿Cuánto hace que no me sacas? -mepreguntó una mañana, desperezándose a mi lado.
Miré el reloj. -Unas siete horas.Te saqué cuando me fui a trabajar.
-Demasiado -dijo, y se montósobre mí antes de que pudiera responder.
Su adicción se volvió tan intensaque empecé a temer por ella. Pero era un temor dulce, empapado de deseo. Supiel, siempre radiante, brillaba más que nunca. Sus ojos tenían un fulgorconstante, húmedo, que solo se apagaba cuando yo estaba dentro.
-¿Crees que esto es sano? -mepreguntó una vez, después de una sesión especialmente intensa.
-¿A ti te parece sano? -respondí,acariciando su vientre hinchado.
-No -admitió, con una sonrisa-.Pero es lo único que quiero.
Y así seguimos. Días y nochesfundidos en uno. Su cuerpo, mi cuerpo; su deseo, mi deseo. Ella, mi adictaperfecta, incapaz de vivir sin mi semen en su boca y mi verga en su interior.Yo, su proveedor, su hermano, su todo, alimentando su adicción con cada gota,con cada embestida, con cada noche que pasaba profundamente enterrado en suinterior.
A veces, cuando estábamos enpúblico, la veía mirarme con esos ojos. Sabía lo que estaba pensando. Sabíaque, bajo su ropa, su sexo palpitaba vacío, esperando. Y sabía que, en cuantollegáramos a casa, se abriría para mí, ansiosa por llenar ese vacío con laúnica cosa que podía calmar su hambre.
Yo.
Solo yo.
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