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Relato morboso con mi hermana

Buenas,. Me decidí a contar esto porque si no exploto. Esto no es una película de afuera, pasó acá nomás, en el living de casa, mientras afuera llovía y mis viejos se habían ido a lo de unos tíos.

La Previa: El fetiche a flor de piel
Estábamos los dos solos. Ella tirada en el sillón con el celular, de esas calzas negras que le marcan hasta el alma y descalza. Yo estaba sentado en la otra punta, mirándole los pies. Siempre tuve una debilidad con sus pies, esos dedos chiquitos con las uñas pintadas de rojo me vuelven loco.
—'¿Qué mirás, pajero? Me estás poniendo re nerviosa', me dice ella sin sacar la vista del cel, pero moviendo los dedos de los pies como provocándome.
—'Miro que tenés unos pies de puta, nena. Se nota que te encanta que te los ande mirando', le tiré, así, de una.
Se hizo un silencio pesado. Me acerqué, le agarré un tobillo y le subí el pie a mi falda. Ella no me lo sacó. Empecé a pasarle la lengua por el arco, sintiendo ese gustito a piel, un poco de humedad del día... el morbo de que sea mi sangre me puso la pija como un fierro ahí mismo.
—'Sos un enfermo, boludo... pará que si nos ven nos matan', decía ella, pero ya estaba tirando la cabeza para atrás y gimiendo finito.
—'Nadie nos ve, quedate tranquila. Chupame el dedo ahora, dale', le ordené metiéndole su propio dedo gordo en la boca. Lo empezó a succionar con unas ganas que me volaron la cabeza.

El morbo total
Le bajé las calzas de un tirón. Tenía una bombachita de encaje que estaba empapada, se le pegaba toda a la conchita.
—'Mirá cómo estás, sos una sucia... ¿tanto te calienta tu hermano?', le dije al oído mientras le apretaba el cuello.
—'Me enferma lo que me hacés sentir... hacé lo que quieras pero no me dejes así', me contestó con la voz quebrada.
Le saqué la bombacha y le di la orden final: 'Tocáte para mí. Quiero ver cómo se moja la nena de la casa'.
Ella se empezó a dar con los dedos, bien fuerte, mientras yo le agarraba las piernas y le abría bien los labios para no perderme nada. El ruido de sus dedos entrando y saliendo, ese 'chape-chape' húmedo, era música para mis oídos. Cuando estaba por acabar, toda roja y temblando, le saqué la mano.
El Final: El sabor del pecado
Tenía los dedos brillantes, chorreando ese jugo transparente. Se los metí en la boca a ella: 'Chupá, sentí tu gusto mezclado con mi baba'. Después me los metí yo. Gustaba a lo prohibido, a familia, a algo que no tiene vuelta atrás.
Nos empezamos a comer la boca con una furia animal. Fue un choque de lenguas asqueroso, salivoso, de esos donde sentís que te fundís con el otro.
—'Ponete en cuatro ahora y no digas ni una palabra', le dije.
La agarré de los pelos y se la mandé de una. Estaba tan mojada que entró hasta el fondo. Cada vez que le daba, le decía cosas re sucias al oído, recordándole que a partir de hoy, cada vez que nos crucemos en la mesa, ella va a saber que es mi perra. Acabé adentro, sintiendo cómo me apretaba las paredes mientras yo la llenaba todo.
Nos quedamos ahí, en el piso, pegoteados y sin decir nada. Mañana seguro tomamos unos mates con los viejos y ella me va a mirar con esa carita de santa, sabiendo que tiene toda mi leche adentro.

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