PRÓLOGO
Mi cuerpo siempre fue lo primero que noté de mí misma.
No porque me encantara, sino porque aprendí pronto a ser consciente de él. De cómo ocupaba espacio. De cómo mis muslos se tocaban al sentarme. De la suavidad de mi vientre cuando respiraba hondo. De mis brazos redondos, de mi pecho demasiado evidente incluso bajo camisetas anchas. Crecí escuchando comentarios que no siempre eran crueles, pero sí suficientes para hacerme mirarme con lupa.
Con el tiempo aprendí a moverme de cierta forma, a sentarme de cierta manera, a elegir ropa que no llamara demasiado la atención. Aprendí a no sorprenderme de las miradas ajenas. A anticiparlas.
Excepto cuando estaba con Marcos.
Con él nunca pensé en esconder nada.
Marcos era alto, no exageradamente, pero lo suficiente para que pareciera que siempre iba un paso delante de mí. Tenía un cuerpo joven, firme, todavía despreocupado. Manos grandes, torpes a veces, manos que me habían levantado del suelo cuando me caía, que habían sostenido mi bicicleta, que habían chocado con las mías en gestos cotidianos durante años.
Nos conocíamos desde los cuatro años. Eso lo decía todo… y a la vez no explicaba nada.
Porque nadie te prepara para lo que pasa cuando alguien ha estado en tu vida tanto tiempo que tu cuerpo lo reconoce antes que tu cabeza. Cuando sabes cómo respira, cómo se mueve, cómo suena su risa incluso antes de escucharla. Cuando no recuerdas un solo momento importante sin esa persona cerca.
Nunca pensé en Marcos como “un chico”.
Era Marcos.
Y yo era Clara.
Hasta que, sin aviso, mi cuerpo empezó a notarlo distinto.
DÍA UNO
Ese día me desperté con la sensación incómoda de que algo estaba a punto de pasar. No sabía qué, no tenía ningún motivo concreto, pero el cuerpo parecía más despierto de lo normal, más sensible al calor, al roce de las sábanas, a mi propia respiración.
Me vestí sin pensar demasiado. Short suave, camiseta larga. Ropa de estar en casa. Ropa de siempre. Nunca necesitaba arreglarme para ver a Marcos.
Llegó por la tarde. Escuché la puerta antes de verlo y algo en mí se tensó. Cuando entró, sonrió como siempre, esa sonrisa que conocía desde niña, y me abrazó sin dudar.
El abrazo duró un segundo más de lo habitual.
Mi cara quedó cerca de su cuello y sentí su olor con claridad. Jabón, piel, algo que siempre había estado ahí y que ahora se sentía distinto. Noté cómo mi cuerpo encajaba contra el suyo con una naturalidad que me sorprendió. Cuando nos separamos, el vacío fue inmediato.
Nos instalamos en el living como tantas otras veces. Hablamos de cosas sin importancia. De la universidad, de gente que apenas conocíamos. Yo me senté en el suelo, apoyada contra el sofá. Marcos se dejó caer detrás de mí, estirando las piernas a ambos lados de mi cuerpo. No me tocaba, pero estaba lo suficientemente cerca como para sentirlo.
Al acomodarse, su rodilla rozó mi espalda baja. Fue un contacto leve, casi accidental. Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Me enderecé un poco, consciente del movimiento de mis caderas.
—¿Estás incómoda? —preguntó.
—No —respondí rápido—. Para nada.
Y era verdad. Estaba demasiado cómoda.
Más tarde nos sentamos en el sofá. Esta vez uno al lado del otro. Nuestros muslos se tocaban sin esfuerzo. Ninguno se apartó. Podía sentir el calor que desprendía, la firmeza de su pierna contra la suavidad de la mía. Pensé en ello sin querer. En cómo se sentían nuestros cuerpos juntos.
Cuando me incliné para agarrar el control remoto, sentí su atención. No una mirada descarada, sino algo más sutil. Su respiración cambió apenas. Lo suficiente como para que yo lo notara.
El silencio que siguió fue distinto. No incómodo. Cargado.
—Clara… —dijo.
Giré la cabeza. Estábamos muy cerca. Podía ver los detalles de su cara, sentir su calor. Sus ojos bajaron un segundo y luego volvieron a los míos.
—¿Qué? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Nada.
Me levanté para ir a la cocina, necesitaba moverme. Al abrir la heladera me agaché y sentí la tela del short tensarse en los muslos. Cuando me giré, choqué con él. Brazo contra brazo. Piel con piel.
—Perdón —murmuré.
—No pasa nada.
No se apartó de inmediato. Yo tampoco. El roce se sostuvo un segundo más de lo necesario.
Volvimos al living. El calor era insoportable.
—Me voy a cambiar —dije, con naturalidad.
Entré a mi habitación y dejé la puerta entreabierta, por costumbre. Me saqué la camiseta y la dejé caer sobre la cama. El aire me erizó la piel. Fui hasta el cajón a buscar otra y entonces lo escuché detenerse en el pasillo.
Una pausa mínima.
—Clara… —dijo—. No sabía que…
No me giré enseguida. Cuando lo hice, él estaba mirando al suelo, rígido.
—No pasa nada —dije, sin pensar demasiado.
Me puse la camiseta despacio, consciente de mi cuerpo, de cómo la tela se acomodaba. Sabía que había visto. Y él sabía que yo lo sabía.
Más tarde, el calor seguía ahí.
—Voy a ducharme rápido —avisé.
Entré al baño sin cerrar la puerta. Otra costumbre. Me desvestí sin pensar… hasta que escuché un paso.
—Perdón —dijo Marcos, desde el pasillo—. Ya salgo.
Me giré. Él seguía sin mirarme. El silencio fue espeso, cargado de una conciencia nueva. Me di la vuelta y cerré la cortina de la ducha. El agua cayó, pero no se llevó la sensación.
Salí envuelta en una toalla. Marcos estaba en el sofá, mirando el teléfono sin verlo. Caminé hasta mi habitación, me vestí con ropa limpia y ligera, y regresé.
Cuando levantó la vista, sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal.
Nos sentamos otra vez. Esta vez fue él quien se acercó un poco más. Su hombro rozó el mío. Se quedó ahí. Yo no me moví.
Ninguno dijo nada.
Cuando finalmente se fue, me quedé sola, con el cuerpo despierto, repasando cada roce, cada silencio, cada gesto que ya no podía llamar casualidad.
El primer día había terminado.
Y algo entre nosotros también había cambiado.
Mi cuerpo siempre fue lo primero que noté de mí misma.
No porque me encantara, sino porque aprendí pronto a ser consciente de él. De cómo ocupaba espacio. De cómo mis muslos se tocaban al sentarme. De la suavidad de mi vientre cuando respiraba hondo. De mis brazos redondos, de mi pecho demasiado evidente incluso bajo camisetas anchas. Crecí escuchando comentarios que no siempre eran crueles, pero sí suficientes para hacerme mirarme con lupa.
Con el tiempo aprendí a moverme de cierta forma, a sentarme de cierta manera, a elegir ropa que no llamara demasiado la atención. Aprendí a no sorprenderme de las miradas ajenas. A anticiparlas.
Excepto cuando estaba con Marcos.
Con él nunca pensé en esconder nada.
Marcos era alto, no exageradamente, pero lo suficiente para que pareciera que siempre iba un paso delante de mí. Tenía un cuerpo joven, firme, todavía despreocupado. Manos grandes, torpes a veces, manos que me habían levantado del suelo cuando me caía, que habían sostenido mi bicicleta, que habían chocado con las mías en gestos cotidianos durante años.
Nos conocíamos desde los cuatro años. Eso lo decía todo… y a la vez no explicaba nada.
Porque nadie te prepara para lo que pasa cuando alguien ha estado en tu vida tanto tiempo que tu cuerpo lo reconoce antes que tu cabeza. Cuando sabes cómo respira, cómo se mueve, cómo suena su risa incluso antes de escucharla. Cuando no recuerdas un solo momento importante sin esa persona cerca.
Nunca pensé en Marcos como “un chico”.
Era Marcos.
Y yo era Clara.
Hasta que, sin aviso, mi cuerpo empezó a notarlo distinto.
DÍA UNO
Ese día me desperté con la sensación incómoda de que algo estaba a punto de pasar. No sabía qué, no tenía ningún motivo concreto, pero el cuerpo parecía más despierto de lo normal, más sensible al calor, al roce de las sábanas, a mi propia respiración.
Me vestí sin pensar demasiado. Short suave, camiseta larga. Ropa de estar en casa. Ropa de siempre. Nunca necesitaba arreglarme para ver a Marcos.
Llegó por la tarde. Escuché la puerta antes de verlo y algo en mí se tensó. Cuando entró, sonrió como siempre, esa sonrisa que conocía desde niña, y me abrazó sin dudar.
El abrazo duró un segundo más de lo habitual.
Mi cara quedó cerca de su cuello y sentí su olor con claridad. Jabón, piel, algo que siempre había estado ahí y que ahora se sentía distinto. Noté cómo mi cuerpo encajaba contra el suyo con una naturalidad que me sorprendió. Cuando nos separamos, el vacío fue inmediato.
Nos instalamos en el living como tantas otras veces. Hablamos de cosas sin importancia. De la universidad, de gente que apenas conocíamos. Yo me senté en el suelo, apoyada contra el sofá. Marcos se dejó caer detrás de mí, estirando las piernas a ambos lados de mi cuerpo. No me tocaba, pero estaba lo suficientemente cerca como para sentirlo.
Al acomodarse, su rodilla rozó mi espalda baja. Fue un contacto leve, casi accidental. Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Me enderecé un poco, consciente del movimiento de mis caderas.
—¿Estás incómoda? —preguntó.
—No —respondí rápido—. Para nada.
Y era verdad. Estaba demasiado cómoda.
Más tarde nos sentamos en el sofá. Esta vez uno al lado del otro. Nuestros muslos se tocaban sin esfuerzo. Ninguno se apartó. Podía sentir el calor que desprendía, la firmeza de su pierna contra la suavidad de la mía. Pensé en ello sin querer. En cómo se sentían nuestros cuerpos juntos.
Cuando me incliné para agarrar el control remoto, sentí su atención. No una mirada descarada, sino algo más sutil. Su respiración cambió apenas. Lo suficiente como para que yo lo notara.
El silencio que siguió fue distinto. No incómodo. Cargado.
—Clara… —dijo.
Giré la cabeza. Estábamos muy cerca. Podía ver los detalles de su cara, sentir su calor. Sus ojos bajaron un segundo y luego volvieron a los míos.
—¿Qué? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Nada.
Me levanté para ir a la cocina, necesitaba moverme. Al abrir la heladera me agaché y sentí la tela del short tensarse en los muslos. Cuando me giré, choqué con él. Brazo contra brazo. Piel con piel.
—Perdón —murmuré.
—No pasa nada.
No se apartó de inmediato. Yo tampoco. El roce se sostuvo un segundo más de lo necesario.
Volvimos al living. El calor era insoportable.
—Me voy a cambiar —dije, con naturalidad.
Entré a mi habitación y dejé la puerta entreabierta, por costumbre. Me saqué la camiseta y la dejé caer sobre la cama. El aire me erizó la piel. Fui hasta el cajón a buscar otra y entonces lo escuché detenerse en el pasillo.
Una pausa mínima.
—Clara… —dijo—. No sabía que…
No me giré enseguida. Cuando lo hice, él estaba mirando al suelo, rígido.
—No pasa nada —dije, sin pensar demasiado.
Me puse la camiseta despacio, consciente de mi cuerpo, de cómo la tela se acomodaba. Sabía que había visto. Y él sabía que yo lo sabía.
Más tarde, el calor seguía ahí.
—Voy a ducharme rápido —avisé.
Entré al baño sin cerrar la puerta. Otra costumbre. Me desvestí sin pensar… hasta que escuché un paso.
—Perdón —dijo Marcos, desde el pasillo—. Ya salgo.
Me giré. Él seguía sin mirarme. El silencio fue espeso, cargado de una conciencia nueva. Me di la vuelta y cerré la cortina de la ducha. El agua cayó, pero no se llevó la sensación.
Salí envuelta en una toalla. Marcos estaba en el sofá, mirando el teléfono sin verlo. Caminé hasta mi habitación, me vestí con ropa limpia y ligera, y regresé.
Cuando levantó la vista, sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal.
Nos sentamos otra vez. Esta vez fue él quien se acercó un poco más. Su hombro rozó el mío. Se quedó ahí. Yo no me moví.
Ninguno dijo nada.
Cuando finalmente se fue, me quedé sola, con el cuerpo despierto, repasando cada roce, cada silencio, cada gesto que ya no podía llamar casualidad.
El primer día había terminado.
Y algo entre nosotros también había cambiado.
0 comentarios - La intimidad de toda una vida