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Soy el hijo del pastor. Crecí entre paredes blancas y Biblias que chorreaban una pureza de cartón, pero mi verdadera religión nació en la habitación de al lado. Yo era un pendejo cuando entendí que la fe se termina donde empieza el jadeo. Escuchar a mi ejemplo de vida en la pieza contigua, entregada, gimiendo con ese hambre que solo un macho rudo le podía despertar, me cambió la sangre para siempre. Ahí supe que la verga no tiene respeto por el cielo; es el único dios que te hace gritar la verdad mientras te desgarra.
Anoche volvió a pasar, pero esta vez los ruidos venían de lo de mi vecina. No fue una garchada más; fue una carnicería. La pared vibraba y yo, pegado al ladrillo, sentía cada estocada en mi propia piel. El ruido era seco, un “tac, tac, tac” rítmico del cuerpo del macho golpeando contra el somier y la carne de ella. De repente, el llanto de la nena: “¡Mamá, mamá!”, gritaba la pendejita, asustada por la violencia del placer que traspasaba la puerta.
Cualquier madre pararía, ¿no? Pero esta no. Esta estaba poseída por el demonio del sexo. Escuché cómo el tipo le daba más fuerte, un cachetazo seco en la cola que sonó como un latigazo, un "quedate quieta, puta" silencioso pero rotundo. Ella soltó un gemido que era puro odio y calentura deformada por la verga que seguramente tenía hundida hasta el vientre. “¡Ya voy, carajo! ¡Quedate ahí!”, le gritó a la hija con la voz ronca, quebrada.
Cuando pararon un segundo, la madre salió y le gritó a la nena: “¡No entres! ¿Qué carajo querés? Es tarde”. La nena, llorando, le decía que tenía miedo y que no podía ponerse bien la remera. La vecina, con el hambre de verga todavía en los ojos, forcejeó con la nena: “¡Quedate quieta y ponete la remera, no me jodas, parecés boluda! Moviéndote así no entra, ¡aprendé a quedarte quieta!”. Yo del otro lado me estremecí: le estaba enseñando la primera regla de una puta... cuando la verga entra, tenés que ponerte en pose y quedarte quieta para que el macho te destroce a gusto.
“Esperame que voy al baño”, tiró para zafar. Pero todos sabíamos. El portazo, la cerradura y de vuelta el “plaf, plaf, plaf”. El choque de caderas contra esa culona de edificio. El macho la encerró ahí para seguir dándole hasta que los gritos taparan el llanto de la hija. Esa mujer es una adicta; prefiere que el mundo se caiga antes que perderse un centímetro de esos 18 cm que la estaban demoliendo.
Mientras ella gritaba, yo me convertía en su reflejo. En mi cama, arqueaba la cintura hasta que me dolía, sintiendo que mi culito de patito vibraba con cada golpe que ella recibía en la pared. Me puse en cuatro, sacando la lengua y cruzando los ojos, entregado a la imagen de un negro rudo entrando a mi cuarto por error, confundiéndome con otra de esas perras.
Si ellas, que son madres y señoras, se pierden así, ¿qué queda para mí? Yo también tengo derecho a ser una puta. Tengo derecho a que me agarren del pelo corto y me obliguen a adorar hasta que los ojos se me den vuelta. Me miré al espejo con mi pollera negra con frunce bien tirante, marcando cada curva de pendeja delgadita. Soy la sissy pecadora que el pastor no pudo salvar. Me tocaba la cola asociando cada latido con el deseo de ser usada, humillada y llenada hasta el tope.
No quiero amor. Quiero ese olor a macho rancio, a transpiración y a testosterona que te invade los sentidos. Quiero que me den contra la ventana, que el barrio vea cómo el hijo del pastor se convirtió en la puta de Belcebú. La naturaleza no se equivoca: hay machos que nacieron para mandar y sissys como yo que nacimos para ser su alfombra de placer.
Si tenés más de 18 cm, si sos rudo y no tenés piedad, acá tenés a tu pendeja de 15 cm lista para el servicio. Mi boca está húmeda, mi cintura está arqueada y mi alma ya está condenada... Quién viene a cobrar su parte?
Soy el hijo del pastor. Crecí entre paredes blancas y Biblias que chorreaban una pureza de cartón, pero mi verdadera religión nació en la habitación de al lado. Yo era un pendejo cuando entendí que la fe se termina donde empieza el jadeo. Escuchar a mi ejemplo de vida en la pieza contigua, entregada, gimiendo con ese hambre que solo un macho rudo le podía despertar, me cambió la sangre para siempre. Ahí supe que la verga no tiene respeto por el cielo; es el único dios que te hace gritar la verdad mientras te desgarra.
Anoche volvió a pasar, pero esta vez los ruidos venían de lo de mi vecina. No fue una garchada más; fue una carnicería. La pared vibraba y yo, pegado al ladrillo, sentía cada estocada en mi propia piel. El ruido era seco, un “tac, tac, tac” rítmico del cuerpo del macho golpeando contra el somier y la carne de ella. De repente, el llanto de la nena: “¡Mamá, mamá!”, gritaba la pendejita, asustada por la violencia del placer que traspasaba la puerta.
Cualquier madre pararía, ¿no? Pero esta no. Esta estaba poseída por el demonio del sexo. Escuché cómo el tipo le daba más fuerte, un cachetazo seco en la cola que sonó como un latigazo, un "quedate quieta, puta" silencioso pero rotundo. Ella soltó un gemido que era puro odio y calentura deformada por la verga que seguramente tenía hundida hasta el vientre. “¡Ya voy, carajo! ¡Quedate ahí!”, le gritó a la hija con la voz ronca, quebrada.
Cuando pararon un segundo, la madre salió y le gritó a la nena: “¡No entres! ¿Qué carajo querés? Es tarde”. La nena, llorando, le decía que tenía miedo y que no podía ponerse bien la remera. La vecina, con el hambre de verga todavía en los ojos, forcejeó con la nena: “¡Quedate quieta y ponete la remera, no me jodas, parecés boluda! Moviéndote así no entra, ¡aprendé a quedarte quieta!”. Yo del otro lado me estremecí: le estaba enseñando la primera regla de una puta... cuando la verga entra, tenés que ponerte en pose y quedarte quieta para que el macho te destroce a gusto.
“Esperame que voy al baño”, tiró para zafar. Pero todos sabíamos. El portazo, la cerradura y de vuelta el “plaf, plaf, plaf”. El choque de caderas contra esa culona de edificio. El macho la encerró ahí para seguir dándole hasta que los gritos taparan el llanto de la hija. Esa mujer es una adicta; prefiere que el mundo se caiga antes que perderse un centímetro de esos 18 cm que la estaban demoliendo.
Mientras ella gritaba, yo me convertía en su reflejo. En mi cama, arqueaba la cintura hasta que me dolía, sintiendo que mi culito de patito vibraba con cada golpe que ella recibía en la pared. Me puse en cuatro, sacando la lengua y cruzando los ojos, entregado a la imagen de un negro rudo entrando a mi cuarto por error, confundiéndome con otra de esas perras.
Si ellas, que son madres y señoras, se pierden así, ¿qué queda para mí? Yo también tengo derecho a ser una puta. Tengo derecho a que me agarren del pelo corto y me obliguen a adorar hasta que los ojos se me den vuelta. Me miré al espejo con mi pollera negra con frunce bien tirante, marcando cada curva de pendeja delgadita. Soy la sissy pecadora que el pastor no pudo salvar. Me tocaba la cola asociando cada latido con el deseo de ser usada, humillada y llenada hasta el tope.
No quiero amor. Quiero ese olor a macho rancio, a transpiración y a testosterona que te invade los sentidos. Quiero que me den contra la ventana, que el barrio vea cómo el hijo del pastor se convirtió en la puta de Belcebú. La naturaleza no se equivoca: hay machos que nacieron para mandar y sissys como yo que nacimos para ser su alfombra de placer.
Si tenés más de 18 cm, si sos rudo y no tenés piedad, acá tenés a tu pendeja de 15 cm lista para el servicio. Mi boca está húmeda, mi cintura está arqueada y mi alma ya está condenada... Quién viene a cobrar su parte?
1 comentarios - De hijo de pastor a Sissy de belzebu