
Hola, quiero iniciar con pequeños fragmentos, y confesiones de cosas que pasaron y nos gustaría que pasara
No puedo quitarme de la cabeza esa tarde en que mi novia me confesó, casi con una sonrisita culpable, que estaba a punto de reprobar la materia de inglés. “No te preocupes, amor, ya encontré la forma de pasar”, me dijo, y yo, idiota, pensé que había negociado con el profesor alguna tarea extra o un examen de recuperación.
Pero no. Lo que hizo fue mucho más efectivo… y mucho más doloroso para mí.
La vi llegar esa noche oliendo a sexo y a colonia cara de hombre. Se fue a acostar por qué estaba "muy cansada" derrepente llegó un mensaje de su profesor -me gusto lo de hoy, aprobaste la materia-. Y justo después llegó el vídeo ... Ahí estaba ella, mi flaquita de piel suave y cuerpo delicado, esa que yo abrazaba con cuidado para no lastimarla, ahora desnuda sobre el sofá del viejo. El profesor, un tipo de unos 50 o 60, camisa abierta, corbata roja floja, pantalones bajados, acostado como rey mientras ella lo montaba.
Su vergota era desproporcionada, gruesa, venosa, imposible para su cuerpecito estrecho. La vi luchar, con esa carita de concentración y placer mezclado, usando sus propios dedos para abrirse los labios del coño, estirándose al máximo para que cupiera solo la cabeza. Gemía bajito, como si le doliera y le encantara al mismo tiempo. “Más… más adentro”, le rogaba al viejo, mientras su vagina se abría como nunca la había visto abrirse conmigo.
Yo siempre había adorado sus piecitos pequeños, perfectos, con las uñas pintadas de colores lindos que me volvían loco. Esos mismos pies que yo besaba con devoción ahora se anclaban con fuerza en el sofá, los deditos encogidos, los talones levantados, usándolos como palanca para bajar más duro, para tragarse centímetro a centímetro esa polla que yo jamás podría igualar. Cada embestida hacía que su ano quedara expuesto al aire, rosadito y virgencito, temblando de la excitación, como si también quisiera ser parte del festín.
Ella nunca había sido tan lasciva conmigo. Conmigo era tierna, contenida, casi tímida. Pero con él… se transformaba. Su cuerpo delgado se arqueaba, los músculos de sus muslos se tensaban, sus tetitas pequeñas subían y bajaban con cada movimiento desesperado por meterlo todo. El viejo solo sonreía, agarrándole las caderas con esas manos grandes y ásperas, guiándola como si fuera su muñeca personal.
Y lo peor… lo que me destroza cada vez que cierro los ojos y recuerdo la escena: ella miró directo a la cámara (directo a mí, aunque yo no estuviera ahí) y susurró entre gemidos: “Esto es lo que necesito para aprobar… lo que tú nunca pudiste darme”.
Ahora cada vez que veo sus piecitos descalzos en casa, o cuando se pone de puntitas para alcanzar algo, no puedo evitar imaginarlos tensos, apoyados, impulsándola hacia abajo sobre esa vergota que la llenaba por completo. Mi novia ya no es solo mía. Pasó la materia… y yo perdí lo poco que creía tener.
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