
Siete días exactos habían transcurrido desde la noche del lunes en que Eduardo cerró la puerta principal con ese clic suave y definitivo, dejando tras de sí un silencio que se instaló en la casa como una niebla cálida y espesa. Siete días en los que Alfredo y Mariana no volvieron a mencionar ni una sola vez la palabra “cuckold”, ni a Rodrigo, ni a Eduardo, ni a ningún otro hombre. No hubo reglas nuevas, no hubo juegos, no hubo humillaciones verbales ni miradas cargadas de morbo. Solo ellos dos, como pareja, redescubriendo el placer simple y profundo de estar juntos sin terceros, sin el peso de fantasías ajenas.
El sexo entre ellos había cambiado de forma casi imperceptible al principio, pero innegable después. Alfredo lo sentía en cada encuentro: la forma en que Mariana se entregaba ahora sin reservas, cómo sus gemidos eran más largos y roncos, cómo sus uñas se clavaban en su espalda con una mezcla de ternura y hambre que no recordaba desde los primeros meses de novios. Hacían el amor todas las noches, a veces con la luz tenue del atardecer filtrándose por las cortinas entreabiertas, otras en la oscuridad absoluta de la medianoche cuando uno despertaba al otro con un beso en el cuello o una mano deslizándose despacio por debajo de la sábana. No era solo el acto físico; había una conexión renovada en las miradas que se sostenían durante largos minutos, en los besos que empezaban suaves y se volvían profundos y desesperados, en los abrazos posteriores donde ella se acurrucaba contra su pecho, su aliento cálido rozando su piel, susurrando “te amo” con una sinceridad que hacía que Alfredo sintiera el tacto de su corazón latiendo en perfecta sincronía con el suyo.
Pero en medio de esa intimidad renovada, Alfredo no podía evitar los recuerdos. Cada vez que entraba en ella despacio, sintiendo el calor húmedo y apretado de su coño envolviéndolo como un guante de terciopelo caliente, los flashes llegaban sin permiso: el sonido suave de los gemidos de Mariana con Eduardo, el tacto imaginado del semen ajeno resbalando por sus muslos pálidos y firmes, la vista de su ano rosado abriéndose por primera vez para otro hombre. El gusto de sus labios era el mismo, dulce y ligeramente salado, pero su mente lo traicionaba, preguntándose si ella estaba pensando en aquellos momentos mientras apretaba sus paredes internas alrededor de su verga. El olor de su cabello, ese aroma a vainilla y algo floral que siempre lo calmaba, ahora se mezclaba con recuerdos de sudor ajeno, haciendo que cada embestida tierna fuera un contraste doloroso entre el presente y el pasado.
Mariana parecía notar esos instantes de distracción en él, pero no decía nada. En cambio, lo atraía más cerca, le besaba el cuello con labios suaves y húmedos, le pasaba las uñas por la espalda dejando rastros rojos que ardían al tacto, y lo hacía llegar al orgasmo con una intensidad que lo dejaba temblando. “Estás aquí conmigo”, le susurraba a veces, su voz ronca por el placer, y Alfredo asentía, pero en su mente el morbo latía como un pulso oculto que no desaparecía.
Fue al final del séptimo día, una tarde de miércoles, cuando Mariana decidió romper el silencio. Alfredo llegó del trabajo con el tacto del volante aún impreso en sus palmas sudorosas, el sonido del tráfico de la ciudad zumbando en sus oídos, el gusto amargo de un café de máquina en la boca. La encontró en la cocina, con un short gris ajustado que marcaba cada curva de sus nalgas redondas y firmes, y una camiseta blanca que dejaba ver el contorno de sus tetas sin brassier. El sol de la tarde entraba por la ventana, haciendo brillar su piel bronceada como si estuviera cubierta de un velo de luz dorada.
—Amor, ven aquí —dijo ella, girándose hacia él con una sonrisa tranquila pero con ese brillo en los ojos verdes que Alfredo conocía bien: el que anunciaba algo nuevo, algo que me sorprendería.
Se acercó, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarla. Ella lo abrazó, sus tetas presionando contra su pecho a través de la tela fina, los pezones endurecidos rozando como puntos calientes. El olor de su perfume, vainilla dulce con un toque floral, lo envolvió.
—He estado pensando —susurró ella, sus labios rozando su oreja, el tacto húmedo de su aliento enviando un escalofrío por su espina—. En cómo mantener vivo esto que tenemos. El fuego que se encendió con Rodrigo y Eduardo. Pero sin apresurarnos. Con reglas. Con azar.
Sacó de un cajón un dado negro mate con números dorados grabados. Lo puso en la palma de Alfredo, el tacto frío del metal contrastando con el calor de su piel.
—Dado del Destino —explicó, su voz baja y ronca, como si estuviera contando un secreto—. Lo lanzas tú, cuando quieras. Cada número corresponde a un reto que yo tengo escrito en una lista privada. Si lo lanzas, se cumple. Sin excusas, sin arrepentimientos. Puedes no lanzarlo nunca, si no quieres. Pero si lo lanzas… el destino decide.
Alfredo sintió el peso del dado en su mano, el dorado de los números brillando bajo la luz. El sonido de su propia respiración se hizo más fuerte en sus oídos.
—¿Y qué hay en la lista? —preguntó, la voz temblorosa, ya sintiendo la excitación crecer, el tacto de su verga endureciéndose contra el pantalón.
Mariana sonrió, esa sonrisa lenta y juguetona.
—Te doy ejemplos. El nivel dos: cita con un desconocido. Salgo a un bar, coqueteo, cena, besos si sale bien. Nada más. Nivel tres: mamada a un amigo. En privado, solo oral, sin penetración. —Sus ojos se clavaron en los de él—. Pero si sale un número alto… eso es extremo. Y se cumple igual.
El silencio se extendió. Alfredo sintió el gusto metálico en la boca, la bilis subiendo. El tacto del dado ahora le quemaba la palma.
—¿Lanzo ahora? —preguntó, el corazón latiéndole en el pecho como un tambor sordo.
—No si no quieres —dijo ella, pero su voz tenía ese tono de desafío—. Tú decides, amor. Siempre tú decides.
Alfredo dejó el dado en la mesa. El sonido del impacto fue seco, definitivo.
—Dos días —dijo—. Lo pienso dos días.
Mariana sonrió, se acercó y lo besó, sus labios suaves y húmedos contra los suyos, el gusto dulce de su saliva mezclándose con el amargo de su ansiedad.
—Bien. Dos días.
Los siguientes dos días fueron una tortura sensorial constante. Alfredo llevaba el dado en el bolsillo del pantalón al trabajo, sintiendo el tacto frío y áspero contra su muslo cada vez que se movía. El sonido de las notificaciones del teléfono era ahora un latido extra en su pecho: mensajes de Mariana que llegaban en momentos inesperados. “¿Ya lo lanzaste, amor?” “Piensa en lo que podría salir…”. “Estoy mojada solo de imaginarlo”. El gusto del café de la máquina era más amargo que nunca, el olor a oficina viciado se mezclaba con el recuerdo de su perfume. Por las noches, el sexo con Mariana era intenso, pero ahora con un matiz nuevo: mientras la penetraba, sintiendo el tacto resbaladizo y caliente de su coño apretándolo, se imaginaba lo que podría venir. El sonido de sus gemidos era el mismo, pero su mente lo transformaba en algo guarro. Se corría con violencia.
Al final del segundo día, una noche de viernes, Alfredo no aguantó más. La cena había sido simple: pasta con salsa, el sonido del tenedor raspando el plato, el gusto salado de los tomates. Mariana lo miró desde el otro lado de la mesa, sus ojos verdes brillando bajo la luz de la cocina.
—Lánzalo —dijo ella, la voz baja.
Alfredo tomó el dado. Lo apretó en la palma hasta que el dorado de los números se le clavó en la piel.
Lo lanzó.
El dado rodó por la mesa, golpeando contra un vaso, girando tres veces antes de detenerse. Cinco.
Mariana se mordió el labio inferior. Sus ojos brillaron.
—Extremo —dijo—. Cumplir la fantasía sexual de un amigo en común. Él elige. Yo obedezco. Sin límites. Sin arrepentimientos.
Alfredo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El tacto del dado todavía caliente en su mano. El sonido de su propio corazón latiendo en los oídos.
—¿Cuándo? —preguntó, la voz ronca.
—No lo sé todavía —respondió ella—. El dado solo dijo el qué. El cuándo lo decide el destino. O nosotros. O él. Pero será pronto. Muy pronto.
Alfredo tragó saliva. El tacto del papel cuando Mariana le mostró la lista privada (solo el número 5, sin detalles). El sonido del papel crujiendo en el silencio de la cocina.
—No digas nada a nadie —susurró ella—. Nadie sabe. Nadie puede saber. Solo tú y yo.
El fin de semana llegó con un calor asfixiante que hacía que la ropa se pegara a la piel. El club estaba lleno desde las nueve: luces estroboscópicas azules y rojas parpadeando, bajo electrónico golpeando en el pecho como un segundo corazón, olor a sudor, alcohol y perfume barato mezclado con el humo de cigarrillos electrónicos. Alfredo y Mariana llegaron con los cuatro amigos. Pablo, siempre amable, abrazó a Mariana con un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Víctor, el guapo, le dio un abrazo fuerte, sus manos bajando peligrosamente cerca del borde del short blanco que apenas cubría sus nalgas redondas y firmes. Martín saludó con un gesto tímido. Óscar llegó último, con esa sonrisa babosa que Alfredo odiaba, los ojos clavados inmediatamente en el culo de Mariana que se movía al caminar.
—Qué buena pinta traes hoy, Mari —dijo Óscar, la voz pastosa por el primer trago—. Ese culo parece pedir guerra.
Mariana rió, se giró un poco para que viera mejor el short ajustado marcando cada curva, y miró a Alfredo con complicidad.
—Gracias, Óscar.
Se sentaron en una mesa alta cerca de la barra. El sonido de la música era ensordecedor, el bajo golpeando en el pecho de Alfredo como un martillo. Pidieron tragos. Mariana se sentó, cruzando las piernas de forma que el short se subiera un poco más, dejando ver el borde de la tanga negra. Víctor y Pablo charlaban con Martín, pero los ojos de todos volvían una y otra vez a ella.
Después del segundo trago, Óscar se inclinó hacia Mariana.
—¿Bailamos? —preguntó.
Mariana siempre se había negado. La fama de Óscar como pervertido era conocida: manos largas, miradas babosas, comentarios subidos de tono. Pero esa noche miró a Alfredo un segundo, sonrió apenas, y se puso de pie.
—Claro —dijo—. Vamos.
Alfredo los vio alejarse hacia la pista. El sonido de la música se volvió más intenso, el bajo vibrando en su pecho. Mariana se movía con gracia, el short ajustado marcando cada movimiento de sus caderas, las nalgas redondas y firmes rebotando ligeramente con el ritmo. Óscar se pegó a ella, sus manos en la cintura, bajando despacio hasta rozar el borde del culo. Ella no se apartó. En cambio, se giró, le puso las manos en el cuello, y se pegó más, sus tetas presionando contra su pecho.
Alfredo sintió el tacto de su propia mano apretando el vaso hasta que los nudillos se pusieron blancos. El gusto amargo del trago en la boca. El sonido de la música ahogando su respiración acelerada.
El baile duró varias canciones. Óscar se atrevió a más: sus manos en las caderas, roces en el culo, un beso en el cuello que hizo que Mariana cerrara los ojos un segundo. Ella miró a Alfredo desde la pista, una sonrisa pequeña y cruel en los labios.
Cuando regresaron a la mesa, Mariana se sentó al lado de Alfredo, su pierna rozando la suya. El olor de su perfume mezclado con el sudor del baile y algo más: el aroma masculino de Óscar.
—Hace calor aquí —dijo ella, la voz baja—. ¿Nos vamos a casa? Óscar viene con nosotros.
Alfredo sintió el mundo detenerse. El tacto de su mano en la pierna de ella era tembloroso.
—¿Qué? —preguntó, la voz apenas audible por encima de la música.
Mariana se inclinó hacia él, sus labios rozando su oreja.
—El destino decidió, amor. Óscar es el elegido. Vamos.
Óscar sonrió desde el otro lado de la mesa.
—No traje coche —dijo, encogiéndose de hombros—. Alfredo, ¿nos llevas? Tú manejas.
Alfredo asintió sin pensar. El tacto del volante del coche de Óscar era desconocido, áspero, caliente. Mariana se sentó en el asiento trasero con Óscar. Alfredo los vio por el retrovisor: las manos de Óscar en los muslos de ella, besos en el cuello, sus dedos deslizándose bajo el short. El sonido de gemidos, el tacto del volante resbaladizo por el sudor de sus palmas.
Llegaron. Entraron a la casa, Alfredo por delante camino a la habitacion.
—Tú te quedas aquí Alfredo—dijo Oscar, con una voz autoritaria y señalando la puerta de la habitación.
Óscar la miró con hambre.
—Mi fantasía —dijo, la voz temblorosa de excitación—. Quiero que seas una puta sucia. Quiero follarte el culo sin lubricante. Seguiras mis ordenes puta.
Mariana tragó saliva. El gusto amargo de la anticipación en su boca.
—Hazlo —susurró.
Óscar la giró de golpe, la puso contra la pared, le abrió las nalgas con ambas manos. Descubriendo su ano rosado, apretado. Escupió directamente en él. El sonido húmedo resonó en el cuarto. Ella jadeó.
—Di que eres mi puta barata —ordenó.
—Soy tu puta barata —gritó ella.
Óscar empujó. La punta entró con resistencia. Mariana soltó un gemido largo, doloroso. El tacto ardiente del estiramiento, el dolor quemante que subía por su columna. Óscar empujó más, gruñendo.
—Más fuerte —dijo ella, entre dientes—. Hazme sufrir.
Él empujó hasta el fondo. El ano de Mariana se abrió alrededor de la verga gruesa, con la piel rosada estirada al límite. El sonido de carne contra carne húmeda llenó el cuarto. Plaf. Plaf. Plaf. Cada embestida hacía rebotar las nalgas de Mariana, la piel blanca enrojeciendo con cada impacto.
—Repite: soy una zorra sucia que se deja follar el culo por un pervertido mientras su cornudo mira.
—Soy una zorra sucia… que se deja follar el culo por un pervertido… mientras mi cornudo mira —repitió ella, la voz entrecortada por los gemidos.
Alfredo, veía todo por la puerta abierta. Con la verga dura en su pantalón. El sonido de los gemidos de Mariana llegando hasta él. Sintiendo placer, celos y dolor por verla degradada, humillada, sucia.
Óscar la giró, la puso de rodillas en el suelo sucio del cuarto. El tacto frío y pegajoso bajo sus rodillas.
—Abre la boca, perra —Ordenó.
Óscar escupió en su boca abierta. El sabor salado y caliente. Ella tragó, gimiendo. Le metió la verga, follándole la garganta. Soltaba arcadas ruidosas. Saliva goteando por la barbilla, cayendo sobre sus tetas. El sonido húmedo de la garganta luchando.
—Limpia mi verga con la boca, puta —gruñó.
Mariana lamió y tragó, el gusto amargo y salado llenándole la boca.
Óscar la levantó, la puso contra la cama. Le abrió las piernas. Vio su coño rosado, húmedo, palpitante. Entró de golpe en el coño, embistiendo fuerte. El sonido de piel contra piel chocando. Las tetas rebotando, los pezones duros rozando la sábana áspera.
—Siempre supe que eras una puta —dijo sonriendo.
—Si lo soy, ahora soy tu puta —dijo ella, gimiendo.
Óscar se corrió dentro de su coño, eyaculando profundo. El semen caliente llenándola. Luego salió, la giró y eyaculó el resto en su cara. Semen espeso, blanco, escurriendo por mejillas, labios, barbilla, cayendo sobre tetas. El gusto salado en sus labios. El tacto pegajoso en la piel.
—Limpia con la lengua —ordenó.
Mariana lamió sus propios dedos, el semen ajeno, el sabor amargo y espeso.
Óscar sacó el celular, tomó fotos. Vista de Mariana arrodillada, la cara y las tetas cubiertas de semen, el culo rojo, el coño abierto goteando.
—Para mi colección personal —dijo—. Y para recordarte que eres una puta.
Mariana se levantó, temblando. El tacto de semen escurriendo por sus muslos. El sonido de su respiración agitada. El olor a sexo crudo en el cuarto.
Salió . Alfredo la esperaba. La abrazó en silencio. sin hablar.
En el sofa, Alfredo la limpió con ternura. El tacto de la toalla suave en su piel pegajosa. El sabor de sus besos, todavía con restos de semen ajeno. La penetró despacio, sintiendo el coño caliente y lleno. Se corrieron juntos, abrazados.
—Te amo —susurró ella.
—Te amo —respondió él.
El dado seguía en la mesita. Esperando el próximo lanzamiento.
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