Alex, un joven de 20 años, acompañaba a sus padres y a su madre Elena en una visita a la Catedral de Notre Dame en París, Alex, curioso por las leyendas antiguas, se escabulló en la bodega de la catedral curiosamente y logró evadir la seguridad y al estar dentro de la bodega vio muchas cosas viejas y entre todas ellas tocó accidentalmente un antiguo relicario oculto en una capilla olvidada en la misma bodega. Sin saberlo, liberó e invocó a un demonio travieso, una entidad antigua que se divertía con los mortales. El demonio, invisible, decidió jugar con ellos por puro capricho.

Días después, de regreso en su casa en México, Alex despertó en su cama, pero algo estaba terriblemente mal. Sintió un peso extraño en su pecho: dos enormes pechos que se movían con cada respiración. Su mano bajó instintivamente, tocando una suavidad desconocida entre sus piernas. El pánico lo invadió.
Se levantó tambaleante, notando cómo su centro de gravedad había cambiado; sus caderas eran más anchas, sus piernas más suaves. Corrió al espejo del baño y vio el reflejo de su madre Elena: cabello largo, labios carnosos, y esos pechos voluptuosos que ahora eran suyos. Experimentó nuevas sensaciones: un hormigueo en los pezones, una calidez en el vientre que nunca había sentido. Gritó, pero la voz que salió fue la de Elena, suave y femenina.

En la habitación de Alex, Elena despertó en el cuerpo de su hijo. Miró sus manos delgadas, su pecho plano, y abajo... un pene que se endurecía con el miedo. Se desesperó, corrió al baño y se encontró con su propio cuerpo mirándola. Al principio, discutieron acaloradamente: "¿Qué pasó? ¡Esto es una pesadilla!" gritó Elena en la voz de Alex. Pero pronto, Elena, siempre responsable, tomó el control. "Tenemos que mantenerlo en secreto hasta que lo revertamos. Nadie puede sospechar." Decidió enseñarle a Alex cómo ser una mujer: le mostró su armario lleno de blusas ajustadas, faldas, sostenes y tangas. "Tienes que actuar como yo: femenina, coqueta con tu... esposo." Y agregó: "Ahora harás las tareas domésticas. Limpia, cocina, y trata bien a tu padre. No dormirás en tu habitación; dormirás con él, como siempre."

El padre, Ignacio, no notó nada. Solo vio a su esposa más torpe al principio, pero sexy como siempre. Mientras Alex (en el cuerpo de Elena) hacía el aseo, Ignacio le daba nalgadas juguetonas en ese enorme culo redondo, riendo: "¡Qué rico trasero tienes, amor!" Alex se sonrojaba, sintiendo un cosquilleo involuntario, pero no podía decir nada. Elena, en el cuerpo de Alex, le susurró: "Adáptate a tu nueva vida. Por obvias razones, dormirás con tu esposo. Usa mis baby dolls para dormir; a él le encanta verme así."

El abuelo, padre de Ignacio, un hombre machista de 70 años que en su juventud había sido un mujeriego empedernido, visitaba a menudo. Su debilidad eran las mujeres de pechos grandes, y sentía una atracción prohibida por su nuera Elena. Ahora, con Alex en ese cuerpo, el abuelo la miraba con lujuria disimulada, comentando: "Qué guapa estás hoy, Elena."

Los fines de semana, los tíos y tías venían de visita. Notaron el cambio repentino: "Elena" parecía más tímida, "Alex" más serio. Pero lo ignoraron, achacándolo al estrés. Los primos varones estaban obsesionados con Elena, robando miradas a sus curvas. Las primas, con la misma genética curvilínea de la familia materna —pechos grandes, caderas anchas—, charlaban de moda y chismes.
Un día, Alex tuvo que pasar la tarde con las primas y tías. Se sentía incómodo, no acostumbrado a temas de maquillaje, dietas y romances. "¡Elena, cuéntanos de tu vida sexual con Ignacio!" bromeaban, y Alex balbuceaba respuestas, sintiendo sus pechos rebotar al reír nerviosamente.

Mientras, Elena en el cuerpo de Alex investigaba el hechizo sin éxito. Decidió regresar a Francia con la excusa de visitar a la abuela. Alex suplicó: "¡No me dejes solo!" Pero ella se fue. En su ausencia, el abuelo aprovechó. Mientras Alex se bañaba en el cuerpo de Elena, el viejo entró sigiloso. "¡Abuelo, salga!" gritó Alex, cubriéndose los pechos.



Pero el abuelo, con su experiencia mujeriega, la sedujo: "Tranquila, nuera... solo quiero ayudar." Se acercó, chupando esos enormes pechos con avidez. Alex se asustó e indignó al principio, pero el placer fue abrumador: los pezones endurecidos, oleadas de calor en su entrepierna. Estuvieron un largo rato ahí, gimiendo en secreto. Era una infidelidad, pero no dijeron nada.


Alex soportó durante semanas los tocamientos de Ignacio: besos apasionados, manos en las nalgas en el supermercado, tomados de la mano en eventos familiares. No podía negarse. Hasta que un día, Ignacio llegó estresado del trabajo. Vio a "Elena" y la besó ferozmente, arrastrándola a la habitación. "¡No, espera!" suplicó Alex, pero su cuerpo traicionero reaccionó: los pezones erectos, la vagina humedeciéndose. Ignacio la penetró con intensidad, embistiendo profundo.






Alex gritó de placer, sintiéndose mujer por primera vez: orgasmos múltiples, el clítoris palpitando. "¡Soy tu hijo! ¡Soy tu hijo!" gemía, pero Ignacio lo tomó como juego sexual: "¡Sí, mi hijo travieso! ¡Eso me excita más!" La cogida fue brutal, placentera; Alex se adaptaba poco a poco a su nueva vida.

Entonces, un día tocaron a la puerta. Era el demonio, un ser alto y oscuro con ojos rojos y cuernos curvados. Entró, su presencia todopoderosa haciendo que todos obedecieran inconscientemente. Alex, en forma de mujer, le sirvió café servicialmente, moviéndose con gracia sumisa. Todos estaban asustados. El demonio se burló de Ignacio: "Tu 'esposa' es en realidad tu hijo Alex." Ignacio se avergonzó, mirando a "Elena" con horror y disculpándose. Pero el demonio intervino en sus mentes: "Digan lo que sienten." Ignacio confesó: "Me encanta chupar tus tetas enormes." Alex: "Me gusta chupar tu verga gruesa." Confesaron suciedades: fantasías de tríos, dominación.

Elena regresó justo entonces. Rogaron al demonio revertir el hechizo, pero él rio y transformó a Elena (en cuerpo de Alex) en una copia idéntica de la original: dos Elenas perfectas, con pechos masivos y curvas idénticas. Ambas mujeres, susceptibles a sus poderes, se arrojaron al demonio, besándolo, tocándolo, deseando reproducirse con él inconscientemente.

Ignacio estaba atónito. El abuelo entró, viendo la escena. El demonio rio: "Quédense en la sala, mortales." Se llevó a las dos Elenas a la habitación, eliminando sus ropas con un chasquido; andaban desnudas, pechos rebotando. Dentro, las cogió salvajemente: penetrándolas en turnos, haciendo que gritaran de placer. La cama resonaba fuerte, gemidos ecoando: "¡Más, demonio! ¡Lléname!" Luego, flotaron en el aire, en posiciones imposibles: una cabalgando, la otra de espaldas, orgasmos infinitos.

No complacido, el demonio manipuló a los hombres: entraron. Él se sentó en una silla, fumando, viendo satisfecho. Ignacio se cogió brutalmente a una Elena (la original, con Alex dentro), embistiendo con furia animal. El abuelo, cumpliendo su deseo prohibido, se cogió intensamente a la otra Elena (la transformada madre), chupando sus tetas mientras la penetraba. "Les saco sus verdaderos deseos", dijo el demonio. "Abuelo, sé que anhelabas a tu nuera; te lo concedí." Horas de gemidos, gritos: "¡Fóllame más fuerte, papá!" El demonio se aburrió, rio y se fue.



Despertaron del trance horas después, avergonzados: cuerpos sudorosos, semen por todas partes. Se bañaron en silencio, nada volvería a ser igual. Días después, apenas hablaban, la pena reinaba.
Hasta que las dos Elenas sintieron náuseas: embarazadas. Pensaron en Ignacio o el abuelo, pero el demonio reapareció: "Engendrarán a mis hijos." Las mujeres, hipnotizadas, sonrieron, tocando sus vientres. La familia, corrompida por el deseo demoníaco, enfrentaba un futuro incierto, lleno de secretos y placeres prohibidos.

Un año después....
La casa que una vez había sido un santuario familiar ahora resonaba con ecos de placeres prohibidos y secretos enterrados en lo más profundo de la carne. Los gemelos demoníacos habían nacido en una noche de tormenta infernal, nueve meses exactos después de aquella orgía caótica orquestada por el demonio. El parto fue un torbellino de dolor y éxtasis: las dos Elenas, con vientres hinchados como lunas llenas, gritando en sincronía mientras sus cuerpos se abrían para dar paso a criaturas con ojos rojos y piel escamosa que brillaba bajo la luz de la luna.



Los pechos de ambas mujeres, ya masivos, se habían vuelto aún más pesados, goteando leche espesa y caliente que olía a azufre dulce. Alex, en su forma femenina, sintió cada contracción como una ola de fuego que se extendía desde su útero hasta los pezones erectos, un placer masoquista que la hacía arquear la espalda y gemir nombres prohibidos. La otra Elena, la madre original, jadeaba al lado, sus manos entrelazadas con las de Alex, compartiendo el sudor y los fluidos que empapaban las sábanas.
El demonio reapareció en el momento del nacimiento, su figura imponente llenando la habitación con un calor asfixiante. Tomó a los infantes en sus brazos musculosos, riendo con una voz que vibraba en los huesos. "Mis herederos", murmuró, besando sus frentes diminutas. Las mujeres, exhaustas y aún palpitando de posparto, suplicaron con lágrimas en los ojos: "Por favor, déjanos quedárnoslos". Pero él negó con la cabeza, su pene semierecto rozando accidentalmente contra el muslo de una de ellas, enviando un escalofrío de deseo residual. "No son para este mundo mortal. Crecerán en mis dominios, donde aprenderán a corromper como yo". Con un chasquido de dedos, desapareció junto con los bebés, dejando solo un aroma a humo y sexo en el aire. La familia quedó destrozada, pero el vacío se llenó pronto con un hambre insaciable que el demonio había implantado en sus almas.
Alex, atrapada para siempre en el cuerpo voluptuoso de su madre, encontró consuelo en los brazos de Ignacio, su padre —ahora su esposo en todos los sentidos. Al principio, la vergüenza persistía como una sombra, pero el paso de los meses la erosionó, reemplazada por una intimidad ardiente que consumía cada momento. Vivían bien, en una rutina de lujuria disfrazada de normalidad doméstica. Alex se había adaptado por completo a su feminidad: caminaba con un balanceo hipnótico de caderas, sus pechos rebotando suavemente bajo blusas ajustadas que Ignacio le compraba en tallas cada vez más provocativas. Cada mañana, al despertar, sentía el peso de esos senos contra el colchón, los pezones rozando la tela áspera de las sábanas, enviando pequeñas descargas a su clítoris aún sensible del sexo nocturno. Ignacio, liberado de la culpa por el influjo demoníaco, la trataba como a una diosa: besos en el cuello que dejaban marcas moradas, manos que amasaban sus nalgas redondas mientras cocinaba el desayuno.





Cogían cada vez que podían, como animales en celo perpetuo. En la cocina, por las mañanas, Ignacio la levantaba sobre la encimera, separando sus piernas bronceadas y enterrando la cara entre sus muslos. Alex jadeaba, sus dedos enredados en el cabello grisáceo de él, sintiendo la lengua áspera lamiendo los labios vaginales hinchados, chupando el clítoris con succiones rítmicas que la hacían arquear la espalda hasta que sus pechos se elevaban como montañas temblorosas. El sabor de ella en su boca era dulce y salado, un néctar que lo volvía loco. "Eres mía, Elena... mi putita perfecta", gruñía él, penetrándola luego con embestidas rápidas que hacían chocar sus testículos contra el culo húmedo de ella. Alex gritaba, sus paredes vaginales contrayéndose alrededor de su verga gruesa, ordeñándola hasta que el semen caliente la llenaba, goteando por sus muslos mientras se corrían juntos en un clímax que sacudía los gabinetes.
Por las tardes, en el sofá de la sala, se entregaban a sesiones más lentas y sensoriales. Alex se sentaba a horcajadas sobre él, el baby doll de encaje rojo subido hasta la cintura, guiando su pene erecto dentro de su vagina resbaladiza. Bajaba despacio, sintiendo cada centímetro estirándola, el glande rozando contra su punto G con precisión torturadora. Sus pechos pendían como frutos maduros; Ignacio los tomaba en sus manos grandes, pellizcando los pezones hasta que gotas de leche residual —aún presentes del embarazo— salían, lubricando sus dedos. Chupaba uno, luego el otro, el sabor cremoso y ligeramente amargo excitándolo más. Alex cabalgaba con furia, sus caderas girando en círculos, el sudor resbalando por su espalda curvada, el olor a sexo impregnando el aire. "Fóllame más fuerte, papi... hazme gritar", suplicaba ella, su voz ronca y femenina ecoando en la habitación vacía. Él obedecía, levantándola y bajándola con fuerza, hasta que ambos explotaban en orgasmos simultáneos, cuerpos temblando, fluidos mezclándose en un charco pegajoso bajo ellos.
Incluso en público, el deseo no cesaba.
En el supermercado, Ignacio la apretaba contra los estantes, una mano disimulada bajo su falda, dedos frotando su tanga empapada mientras fingían elegir frutas. Alex mordía su labio para no gemir, sintiendo el pulgar presionando su clítoris en círculos lentos, el riesgo de ser descubiertos intensificando el placer hasta que un miniorgasmo la hacía tambalear. Por las noches, en su cama compartida, el sexo era maratónico: posiciones variadas, desde misionero donde él la aplastaba con su peso, pechos aplastados contra su torso peludo, hasta perrito donde azotaba su culo rojo y tembloroso mientras la penetraba profundo, haciendo que sus gritos ahogados llenaran la oscuridad. Vivían bien, sí: una vida de placer ininterrumpido, donde el amor se había torcido en adicción, y cada toque era un recordatorio de su corrupción compartida.






Mientras tanto, la otra Elena —la madre original, ahora una réplica perfecta de sí misma— había elegido un camino diferente. El influjo del demonio había avivado su deseo por don Roberto, el abuelo machista que siempre la había codiciado en secreto. Se mudó con él a una casa apartada en las afueras, un nido de vicio donde el viejo mujeriego finalmente obtuvo lo que quería: una mujer de pechos enormes y curvas infinitas, dispuesta a satisfacer sus caprichos más oscuros. Elena se entregó por completo, su cuerpo aún marcado por el parto: estrías plateadas en los senos que el abuelo lamía con devoción, un vientre ligeramente blando que él masajeaba con aceites aromáticos antes de penetrarla.
Cogían constantemente, como si el tiempo se hubiera detenido en una orgía eterna. Por las mañanas, en la cama antigua que crujía bajo su peso combinado, Elena se despertaba con la boca del abuelo succionando sus tetas masivas. Sentía los labios arrugados tirando de los pezones, la lengua girando en espirales lentas, extrayendo gotas de leche que él tragaba con gemidos guturales. "Siempre quise esto, nuera... tus tetas son mi debilidad", murmuraba él, su pene viejo pero vigoroso endureciéndose contra su muslo. Ella lo montaba entonces, sus caderas anchas balanceándose, vagina apretada envolviendo su miembro venoso. El abuelo la agarraba por las nalgas, dedos hundiéndose en la carne blanda, guiándola en un ritmo frenético que hacía rebotar sus pechos contra su pecho arrugado. Elena gritaba de placer, sintiendo cada vena pulsando dentro de ella, el clímax construyéndose como una tormenta hasta que se corría con contracciones violentas, ordeñando su semen caliente.



Por las tardes, en el jardín trasero, bajo el sol ardiente, se entregaban a juegos más salvajes. Elena se arrodillaba desnuda, sus rodillas en la hierba húmeda, chupando la verga del abuelo con maestría demoníaca: lengua lamiendo el glande, labios succionando hasta la base, garganta profunda que lo hacía jadear como un joven. Él eyaculaba en su boca, el sabor salado y espeso bajando por su garganta mientras ella tragaba ávidamente. Luego, la volteaba contra un árbol, penetrándola por detrás con embestidas brutales que hacían temblar sus nalgas. "Eres mi puta personal... siempre lo supe", gruñía él, azotándola hasta dejar marcas rojas, sus manos explorando cada curva que había deseado en silencio durante años. Elena respondía con gemidos sucios: "Sí, abuelo... cógeme como a una de tus conquistas de juventud... lléname".
Las noches eran de exploración sensorial: aceites calientes untados en sus cuerpos, velas encendidas que iluminaban sus formas entrelazadas. Elena lo cabalgaba reversa, su culo redondo rebotando contra sus caderas huesudas, mientras él insertaba dedos en su ano apretado, intensificando el placer hasta que ambos colapsaban en un enredo de miembros sudorosos. El abuelo, con su experiencia de mujeriego, la hacía llegar a orgasmos múltiples: uno vaginal, profundo y resonante; otro clitoridiano, agudo como un rayo; y uno anal, prohibido y adictivo. Vivían en un idilio corrupto, donde el deseo era el único lazo, y cada cogida era una victoria para el viejo que finalmente había reclamado su trofeo.

Un año después, la familia dispersa no se reunía más. Alex e Ignacio en su hogar de placeres diarios, Elena y don Roberto en su refugio de vicio eterno. El demonio, en algún lugar, observaba satisfecho, sabiendo que sus semillas de corrupción habían germinado no solo en los gemelos que criaba, sino en las almas mortales que había torcido para siempre. El aire aún olía a sexo y azufre, un recordatorio eterno de que nada volvería a ser inocente.

Días después, de regreso en su casa en México, Alex despertó en su cama, pero algo estaba terriblemente mal. Sintió un peso extraño en su pecho: dos enormes pechos que se movían con cada respiración. Su mano bajó instintivamente, tocando una suavidad desconocida entre sus piernas. El pánico lo invadió.
Se levantó tambaleante, notando cómo su centro de gravedad había cambiado; sus caderas eran más anchas, sus piernas más suaves. Corrió al espejo del baño y vio el reflejo de su madre Elena: cabello largo, labios carnosos, y esos pechos voluptuosos que ahora eran suyos. Experimentó nuevas sensaciones: un hormigueo en los pezones, una calidez en el vientre que nunca había sentido. Gritó, pero la voz que salió fue la de Elena, suave y femenina.

En la habitación de Alex, Elena despertó en el cuerpo de su hijo. Miró sus manos delgadas, su pecho plano, y abajo... un pene que se endurecía con el miedo. Se desesperó, corrió al baño y se encontró con su propio cuerpo mirándola. Al principio, discutieron acaloradamente: "¿Qué pasó? ¡Esto es una pesadilla!" gritó Elena en la voz de Alex. Pero pronto, Elena, siempre responsable, tomó el control. "Tenemos que mantenerlo en secreto hasta que lo revertamos. Nadie puede sospechar." Decidió enseñarle a Alex cómo ser una mujer: le mostró su armario lleno de blusas ajustadas, faldas, sostenes y tangas. "Tienes que actuar como yo: femenina, coqueta con tu... esposo." Y agregó: "Ahora harás las tareas domésticas. Limpia, cocina, y trata bien a tu padre. No dormirás en tu habitación; dormirás con él, como siempre."

El padre, Ignacio, no notó nada. Solo vio a su esposa más torpe al principio, pero sexy como siempre. Mientras Alex (en el cuerpo de Elena) hacía el aseo, Ignacio le daba nalgadas juguetonas en ese enorme culo redondo, riendo: "¡Qué rico trasero tienes, amor!" Alex se sonrojaba, sintiendo un cosquilleo involuntario, pero no podía decir nada. Elena, en el cuerpo de Alex, le susurró: "Adáptate a tu nueva vida. Por obvias razones, dormirás con tu esposo. Usa mis baby dolls para dormir; a él le encanta verme así."

El abuelo, padre de Ignacio, un hombre machista de 70 años que en su juventud había sido un mujeriego empedernido, visitaba a menudo. Su debilidad eran las mujeres de pechos grandes, y sentía una atracción prohibida por su nuera Elena. Ahora, con Alex en ese cuerpo, el abuelo la miraba con lujuria disimulada, comentando: "Qué guapa estás hoy, Elena."

Los fines de semana, los tíos y tías venían de visita. Notaron el cambio repentino: "Elena" parecía más tímida, "Alex" más serio. Pero lo ignoraron, achacándolo al estrés. Los primos varones estaban obsesionados con Elena, robando miradas a sus curvas. Las primas, con la misma genética curvilínea de la familia materna —pechos grandes, caderas anchas—, charlaban de moda y chismes.
Un día, Alex tuvo que pasar la tarde con las primas y tías. Se sentía incómodo, no acostumbrado a temas de maquillaje, dietas y romances. "¡Elena, cuéntanos de tu vida sexual con Ignacio!" bromeaban, y Alex balbuceaba respuestas, sintiendo sus pechos rebotar al reír nerviosamente.

Mientras, Elena en el cuerpo de Alex investigaba el hechizo sin éxito. Decidió regresar a Francia con la excusa de visitar a la abuela. Alex suplicó: "¡No me dejes solo!" Pero ella se fue. En su ausencia, el abuelo aprovechó. Mientras Alex se bañaba en el cuerpo de Elena, el viejo entró sigiloso. "¡Abuelo, salga!" gritó Alex, cubriéndose los pechos.



Pero el abuelo, con su experiencia mujeriega, la sedujo: "Tranquila, nuera... solo quiero ayudar." Se acercó, chupando esos enormes pechos con avidez. Alex se asustó e indignó al principio, pero el placer fue abrumador: los pezones endurecidos, oleadas de calor en su entrepierna. Estuvieron un largo rato ahí, gimiendo en secreto. Era una infidelidad, pero no dijeron nada.


Alex soportó durante semanas los tocamientos de Ignacio: besos apasionados, manos en las nalgas en el supermercado, tomados de la mano en eventos familiares. No podía negarse. Hasta que un día, Ignacio llegó estresado del trabajo. Vio a "Elena" y la besó ferozmente, arrastrándola a la habitación. "¡No, espera!" suplicó Alex, pero su cuerpo traicionero reaccionó: los pezones erectos, la vagina humedeciéndose. Ignacio la penetró con intensidad, embistiendo profundo.






Alex gritó de placer, sintiéndose mujer por primera vez: orgasmos múltiples, el clítoris palpitando. "¡Soy tu hijo! ¡Soy tu hijo!" gemía, pero Ignacio lo tomó como juego sexual: "¡Sí, mi hijo travieso! ¡Eso me excita más!" La cogida fue brutal, placentera; Alex se adaptaba poco a poco a su nueva vida.

Entonces, un día tocaron a la puerta. Era el demonio, un ser alto y oscuro con ojos rojos y cuernos curvados. Entró, su presencia todopoderosa haciendo que todos obedecieran inconscientemente. Alex, en forma de mujer, le sirvió café servicialmente, moviéndose con gracia sumisa. Todos estaban asustados. El demonio se burló de Ignacio: "Tu 'esposa' es en realidad tu hijo Alex." Ignacio se avergonzó, mirando a "Elena" con horror y disculpándose. Pero el demonio intervino en sus mentes: "Digan lo que sienten." Ignacio confesó: "Me encanta chupar tus tetas enormes." Alex: "Me gusta chupar tu verga gruesa." Confesaron suciedades: fantasías de tríos, dominación.

Elena regresó justo entonces. Rogaron al demonio revertir el hechizo, pero él rio y transformó a Elena (en cuerpo de Alex) en una copia idéntica de la original: dos Elenas perfectas, con pechos masivos y curvas idénticas. Ambas mujeres, susceptibles a sus poderes, se arrojaron al demonio, besándolo, tocándolo, deseando reproducirse con él inconscientemente.

Ignacio estaba atónito. El abuelo entró, viendo la escena. El demonio rio: "Quédense en la sala, mortales." Se llevó a las dos Elenas a la habitación, eliminando sus ropas con un chasquido; andaban desnudas, pechos rebotando. Dentro, las cogió salvajemente: penetrándolas en turnos, haciendo que gritaran de placer. La cama resonaba fuerte, gemidos ecoando: "¡Más, demonio! ¡Lléname!" Luego, flotaron en el aire, en posiciones imposibles: una cabalgando, la otra de espaldas, orgasmos infinitos.

No complacido, el demonio manipuló a los hombres: entraron. Él se sentó en una silla, fumando, viendo satisfecho. Ignacio se cogió brutalmente a una Elena (la original, con Alex dentro), embistiendo con furia animal. El abuelo, cumpliendo su deseo prohibido, se cogió intensamente a la otra Elena (la transformada madre), chupando sus tetas mientras la penetraba. "Les saco sus verdaderos deseos", dijo el demonio. "Abuelo, sé que anhelabas a tu nuera; te lo concedí." Horas de gemidos, gritos: "¡Fóllame más fuerte, papá!" El demonio se aburrió, rio y se fue.



Despertaron del trance horas después, avergonzados: cuerpos sudorosos, semen por todas partes. Se bañaron en silencio, nada volvería a ser igual. Días después, apenas hablaban, la pena reinaba.
Hasta que las dos Elenas sintieron náuseas: embarazadas. Pensaron en Ignacio o el abuelo, pero el demonio reapareció: "Engendrarán a mis hijos." Las mujeres, hipnotizadas, sonrieron, tocando sus vientres. La familia, corrompida por el deseo demoníaco, enfrentaba un futuro incierto, lleno de secretos y placeres prohibidos.

Un año después....
La casa que una vez había sido un santuario familiar ahora resonaba con ecos de placeres prohibidos y secretos enterrados en lo más profundo de la carne. Los gemelos demoníacos habían nacido en una noche de tormenta infernal, nueve meses exactos después de aquella orgía caótica orquestada por el demonio. El parto fue un torbellino de dolor y éxtasis: las dos Elenas, con vientres hinchados como lunas llenas, gritando en sincronía mientras sus cuerpos se abrían para dar paso a criaturas con ojos rojos y piel escamosa que brillaba bajo la luz de la luna.



Los pechos de ambas mujeres, ya masivos, se habían vuelto aún más pesados, goteando leche espesa y caliente que olía a azufre dulce. Alex, en su forma femenina, sintió cada contracción como una ola de fuego que se extendía desde su útero hasta los pezones erectos, un placer masoquista que la hacía arquear la espalda y gemir nombres prohibidos. La otra Elena, la madre original, jadeaba al lado, sus manos entrelazadas con las de Alex, compartiendo el sudor y los fluidos que empapaban las sábanas.
El demonio reapareció en el momento del nacimiento, su figura imponente llenando la habitación con un calor asfixiante. Tomó a los infantes en sus brazos musculosos, riendo con una voz que vibraba en los huesos. "Mis herederos", murmuró, besando sus frentes diminutas. Las mujeres, exhaustas y aún palpitando de posparto, suplicaron con lágrimas en los ojos: "Por favor, déjanos quedárnoslos". Pero él negó con la cabeza, su pene semierecto rozando accidentalmente contra el muslo de una de ellas, enviando un escalofrío de deseo residual. "No son para este mundo mortal. Crecerán en mis dominios, donde aprenderán a corromper como yo". Con un chasquido de dedos, desapareció junto con los bebés, dejando solo un aroma a humo y sexo en el aire. La familia quedó destrozada, pero el vacío se llenó pronto con un hambre insaciable que el demonio había implantado en sus almas.
Alex, atrapada para siempre en el cuerpo voluptuoso de su madre, encontró consuelo en los brazos de Ignacio, su padre —ahora su esposo en todos los sentidos. Al principio, la vergüenza persistía como una sombra, pero el paso de los meses la erosionó, reemplazada por una intimidad ardiente que consumía cada momento. Vivían bien, en una rutina de lujuria disfrazada de normalidad doméstica. Alex se había adaptado por completo a su feminidad: caminaba con un balanceo hipnótico de caderas, sus pechos rebotando suavemente bajo blusas ajustadas que Ignacio le compraba en tallas cada vez más provocativas. Cada mañana, al despertar, sentía el peso de esos senos contra el colchón, los pezones rozando la tela áspera de las sábanas, enviando pequeñas descargas a su clítoris aún sensible del sexo nocturno. Ignacio, liberado de la culpa por el influjo demoníaco, la trataba como a una diosa: besos en el cuello que dejaban marcas moradas, manos que amasaban sus nalgas redondas mientras cocinaba el desayuno.





Cogían cada vez que podían, como animales en celo perpetuo. En la cocina, por las mañanas, Ignacio la levantaba sobre la encimera, separando sus piernas bronceadas y enterrando la cara entre sus muslos. Alex jadeaba, sus dedos enredados en el cabello grisáceo de él, sintiendo la lengua áspera lamiendo los labios vaginales hinchados, chupando el clítoris con succiones rítmicas que la hacían arquear la espalda hasta que sus pechos se elevaban como montañas temblorosas. El sabor de ella en su boca era dulce y salado, un néctar que lo volvía loco. "Eres mía, Elena... mi putita perfecta", gruñía él, penetrándola luego con embestidas rápidas que hacían chocar sus testículos contra el culo húmedo de ella. Alex gritaba, sus paredes vaginales contrayéndose alrededor de su verga gruesa, ordeñándola hasta que el semen caliente la llenaba, goteando por sus muslos mientras se corrían juntos en un clímax que sacudía los gabinetes.
Por las tardes, en el sofá de la sala, se entregaban a sesiones más lentas y sensoriales. Alex se sentaba a horcajadas sobre él, el baby doll de encaje rojo subido hasta la cintura, guiando su pene erecto dentro de su vagina resbaladiza. Bajaba despacio, sintiendo cada centímetro estirándola, el glande rozando contra su punto G con precisión torturadora. Sus pechos pendían como frutos maduros; Ignacio los tomaba en sus manos grandes, pellizcando los pezones hasta que gotas de leche residual —aún presentes del embarazo— salían, lubricando sus dedos. Chupaba uno, luego el otro, el sabor cremoso y ligeramente amargo excitándolo más. Alex cabalgaba con furia, sus caderas girando en círculos, el sudor resbalando por su espalda curvada, el olor a sexo impregnando el aire. "Fóllame más fuerte, papi... hazme gritar", suplicaba ella, su voz ronca y femenina ecoando en la habitación vacía. Él obedecía, levantándola y bajándola con fuerza, hasta que ambos explotaban en orgasmos simultáneos, cuerpos temblando, fluidos mezclándose en un charco pegajoso bajo ellos.
Incluso en público, el deseo no cesaba.
En el supermercado, Ignacio la apretaba contra los estantes, una mano disimulada bajo su falda, dedos frotando su tanga empapada mientras fingían elegir frutas. Alex mordía su labio para no gemir, sintiendo el pulgar presionando su clítoris en círculos lentos, el riesgo de ser descubiertos intensificando el placer hasta que un miniorgasmo la hacía tambalear. Por las noches, en su cama compartida, el sexo era maratónico: posiciones variadas, desde misionero donde él la aplastaba con su peso, pechos aplastados contra su torso peludo, hasta perrito donde azotaba su culo rojo y tembloroso mientras la penetraba profundo, haciendo que sus gritos ahogados llenaran la oscuridad. Vivían bien, sí: una vida de placer ininterrumpido, donde el amor se había torcido en adicción, y cada toque era un recordatorio de su corrupción compartida.






Mientras tanto, la otra Elena —la madre original, ahora una réplica perfecta de sí misma— había elegido un camino diferente. El influjo del demonio había avivado su deseo por don Roberto, el abuelo machista que siempre la había codiciado en secreto. Se mudó con él a una casa apartada en las afueras, un nido de vicio donde el viejo mujeriego finalmente obtuvo lo que quería: una mujer de pechos enormes y curvas infinitas, dispuesta a satisfacer sus caprichos más oscuros. Elena se entregó por completo, su cuerpo aún marcado por el parto: estrías plateadas en los senos que el abuelo lamía con devoción, un vientre ligeramente blando que él masajeaba con aceites aromáticos antes de penetrarla.
Cogían constantemente, como si el tiempo se hubiera detenido en una orgía eterna. Por las mañanas, en la cama antigua que crujía bajo su peso combinado, Elena se despertaba con la boca del abuelo succionando sus tetas masivas. Sentía los labios arrugados tirando de los pezones, la lengua girando en espirales lentas, extrayendo gotas de leche que él tragaba con gemidos guturales. "Siempre quise esto, nuera... tus tetas son mi debilidad", murmuraba él, su pene viejo pero vigoroso endureciéndose contra su muslo. Ella lo montaba entonces, sus caderas anchas balanceándose, vagina apretada envolviendo su miembro venoso. El abuelo la agarraba por las nalgas, dedos hundiéndose en la carne blanda, guiándola en un ritmo frenético que hacía rebotar sus pechos contra su pecho arrugado. Elena gritaba de placer, sintiendo cada vena pulsando dentro de ella, el clímax construyéndose como una tormenta hasta que se corría con contracciones violentas, ordeñando su semen caliente.



Por las tardes, en el jardín trasero, bajo el sol ardiente, se entregaban a juegos más salvajes. Elena se arrodillaba desnuda, sus rodillas en la hierba húmeda, chupando la verga del abuelo con maestría demoníaca: lengua lamiendo el glande, labios succionando hasta la base, garganta profunda que lo hacía jadear como un joven. Él eyaculaba en su boca, el sabor salado y espeso bajando por su garganta mientras ella tragaba ávidamente. Luego, la volteaba contra un árbol, penetrándola por detrás con embestidas brutales que hacían temblar sus nalgas. "Eres mi puta personal... siempre lo supe", gruñía él, azotándola hasta dejar marcas rojas, sus manos explorando cada curva que había deseado en silencio durante años. Elena respondía con gemidos sucios: "Sí, abuelo... cógeme como a una de tus conquistas de juventud... lléname".
Las noches eran de exploración sensorial: aceites calientes untados en sus cuerpos, velas encendidas que iluminaban sus formas entrelazadas. Elena lo cabalgaba reversa, su culo redondo rebotando contra sus caderas huesudas, mientras él insertaba dedos en su ano apretado, intensificando el placer hasta que ambos colapsaban en un enredo de miembros sudorosos. El abuelo, con su experiencia de mujeriego, la hacía llegar a orgasmos múltiples: uno vaginal, profundo y resonante; otro clitoridiano, agudo como un rayo; y uno anal, prohibido y adictivo. Vivían en un idilio corrupto, donde el deseo era el único lazo, y cada cogida era una victoria para el viejo que finalmente había reclamado su trofeo.

Un año después, la familia dispersa no se reunía más. Alex e Ignacio en su hogar de placeres diarios, Elena y don Roberto en su refugio de vicio eterno. El demonio, en algún lugar, observaba satisfecho, sabiendo que sus semillas de corrupción habían germinado no solo en los gemelos que criaba, sino en las almas mortales que había torcido para siempre. El aire aún olía a sexo y azufre, un recordatorio eterno de que nada volvería a ser inocente.
0 comentarios - Un demonio me cogio🍒🍑