
Nos costó 15 minutos llegar al restorán desde la cabaña. Es un restaurante de piedra y madera, con luces cálidas que se ven desde la calle y música jazz suave que se escapa por la puerta cuando Marcus la abre para mí.
Al entrar, varias miradas se dirigen hacia nosotros de inmediato. Noto cómo los hombres que están en las mesas cercanas desvían su atención de sus comidas o de sus acompañantes para fijarse en mí. Llevo un vestido negro ajustado a cada curva de mi cuerpo, mis grandes senos que sobre salen del escote y los tacones altos hacen que camine con una cadencia más segura. Siento un cosquilleo de orgullo recorrer mi espalda —es bueno saber que aún puedo causar ese efecto en los demás— pero mi mirada no se aleja de Marcus ni por un instante. Él abre la silla para que me siente y luego se coloca frente a mí, su postura recta y atenta.
Camarero: Buenas noches, ¿les gustaría ver el menú o tienen ya en mente algo?
Marcus: Déjanos unos minutos, por favor.
El camarero se retira y Marcus baja la mirada al mantel blanco, pasando sus dedos por el borde de la copa de agua. Es el primer momento en que se queda pensativo: sus cejas se fruncen ligeramente y su mandíbula se tensa como si estuviera revisando algo en su mente.
Yo: El lugar es precioso. No sabía que existía algo así tan cerca de la cabaña.
Levanta la vista hacia mí, y por un instante veo cómo la tensión desaparece de su rostro.
Marcus: Lo encontré buscando opciones hace unos días. Sabía que te gustarían los detalles de la decoración —mira esas lámparas de cristal colgantes.
Yo: Sí, son hermosas. Recuerdo que cuando éramos novios siempre buscábamos lugares así para cenar.
Marcus: También recuerdo que siempre pedías el plato de pasta con salsa de champiñones.
Sonríe levemente y noto cómo se afloja el ambiente entre nosotros. Pedimos nuestras comidas —él el filete y yo la pasta que mencionó— y mientras esperamos, la conversación fluye con más naturalidad de lo que esperaba. Hablamos del bosque cerca de la cabaña, de cómo han crecido los árboles desde la última vez que vinimos juntos, de planes para arreglar algunos detalles de nuestra casa en la ciudad.
Mientras comemos, el segundo momento de ensimismamiento llega: está a punto de llevar el tenedor a su boca cuando se detiene, mirando hacia la esquina del restaurante como si oyera algo que yo no percibo. Su expresión se vuelve seria de nuevo y se queda así por varios segundos antes de volver a concentrarse en su comida.
Yo: ¿Todo bien?
Marcus: Sí, claro. Solo estaba. No es nada importante.
Terminamos la cena y la música en el salón se vuelve un poco más animada. Veo que hay un pequeño espacio libre en un rincón donde algunas parejas están bailando. Me levanto de mi silla y me acerco a su lado, extendiéndole la mano.
Yo: ¿Me acompañas?
Él mira mi mano luego hacia el espacio de baile, dudando por un instante, pero finalmente toma mi mano y se pone de pie.
Nos colocamos en el espacio libre y él pone una de sus manos en mi cintura mientras la otra sostiene mi mano derecha. Comenzamos a bailar al compás de un tema lento y sensual. Muevo mis caderas con el ritmo, acercando mi cuerpo cada vez más al suyo hasta que nuestras piernas están entrelazadas y mi pecho rozando su pecho.
Siento cómo mi cuerpo responde al contacto: mi piel se calienta y una sensación de excitación comienza a extenderse por mi vientre. Muevo mis manos por su espalda, luego por sus hombros, descendiendo hasta sus manos que están sobre mi cintura. Cada vez que mi cadera se frota contra la suya, noto cómo la entrepierna de Marcus está caliente y endurecida, presionandose contra mí. Eso me hace sentir aún más deseada, más segura de que lo que estoy haciendo.
Le acerco mi rostro cerca del suyo, moviendo mi cabeza al compás de la música mientras mis dedos juegan con los botones de su camisa. Él cierra los ojos por un instante, y siento cómo su mano aprieta mi cintura con más fuerza. Continuo bailando pegada a él, trazando círculos con mis caderas, sintiendo cada vez más el calor que emana de su cuerpo. Cuando la canción llega a su fin, ambos estamos respirando un poco más rápido de lo normal.
Marcus: Vamos... deberíamos regresar a la cabaña.
Su voz está un poco más grave de lo habitual, y eso me hace sonreír por dentro.
El viaje de regreso transcurre en un silencio cargado de tensión, pero no es de incomodidad: es un silencio lleno de expectativa, de deseos compartidos que flotan en el aire. Marcus conduce con atención, pero noto cómo sus manos se aprietan levemente en el volante cada vez que mi pierna rozá la suya.
Cuando llegamos a la cabaña, él apaga el motor y se baja primero para abrirme la puerta. Yo tomo su mano y lo guío sin decir nada hacia la entrada, luego por el pasillo hasta el dormitorio principal. La luz de la luna entra por la ventana, iluminando el cuarto con un resplandor suave.
Cierro la puerta con cuidado detrás de nosotros y miro a los ojos a Marcus, sintiendo cómo el deseo recorre cada parte de mi cuerpo.
En ese instante, sin previo aviso, él extiende su brazo y atrae mi cuerpo hacia él de un movimiento brusco y decidido. Su mano se aposenta con fuerza en mi cintura, aprisionándome contra su pecho de tal manera que no puedo moverme ni un milímetro. El calor de su cuerpo invade el mío de golpe, y un escalofrío de sorpresa y expectativa recorre mi columna vertebral.
Antes de que pueda decir nada, sus labios se estrellan contra los míos en un beso que me quita el aliento de inmediato. No es suave ni tierno como solían ser los nuestros en el pasado; es brusco, exigente, con sus labios presionándose con fuerza contra los míos y su lengua buscando entrada sin permiso. Mis manos se agarran instintivamente a su pecho, entre el placer de sentirlo tan cerca y la sorpresa por la rudeza del gesto. Siento cómo mi corazón late a mil por hora, y aunque la intensidad me deja atónita, hay algo en esa crudeza que despierta en mí una mezcla de excitación y sumisión que no puedo explicar. El beso parece durar una eternidad y un instante a la vez, hasta que de repente él se aleja, soltando mi cintura como si me hubiera quemado.
Me quedo allí, los labios temblando y tratando de recuperar el aliento, inspirando con rapidez mientras mis pulmones luchan por llenarse de aire. Mis ojos están medio cerrados, todavía perdida en la intensidad del momento, cuando siento un sonido seco y un dolor ardiente que cruza mi mejilla derecha. Una bofetada fuerte, tan inesperada que me hace dar un paso atrás sin poder evitarlo. Mis manos vuelan instintivamente a la piel que ahora arde como si estuviera en llamas, y siento cómo las lágrimas comienzan a nublar mi vista, asomándose en el rincón de mis ojos. Mi mente está en completo shock: no puedo procesar lo que acaba de pasar, cómo de la pasión más intensa hemos pasado a esto en un abrir y cerrar de ojos.
—Marcus... ¿qué...? —comienzo a preguntar, mi voz quebrada y temblorosa, buscando en sus ojos alguna explicación, algún destello de la ternura que conocí alguna vez. Pero antes de que pueda terminar la frase, otra bofetada —esta vez en la mejilla izquierda— me corta en seco. El impacto es tan fuerte que mi cabeza gira con el movimiento, y las lágrimas que retenía descienden por mis mejillas calientes y doloridas. Mi cuerpo tiembla, ya no por el deseo que me invadía hace instantes, sino por la mezcla de dolor, confusión y miedo que ahora se apodera de mí.
Mi cabeza aún está girando del impacto de la segunda bofetada, las lágrimas ruedan por mis mejillas y el sabor salado llena mi boca. De repente, siento cómo su brazo vuelve a rodear mi cintura con fuerza, atraéndome de nuevo hacia él hasta que nuestro cuerpos están pegados de nuevo, el calor de su piel contrasta con el ardor de mis mejillas doloridas. No tengo fuerzas para resistirme, me quedo inmóvil, temblando ligeramente mientras mis manos agarran débilmente la tela de su camisa.
Con su mano libre, me agarra del cabello —sus dedos se enreden en mis mechones rubios con una firmeza que hace que mi cuello se estire hacia arriba— y tira suavemente pero decididamente hacia abajo, obligándome a levantar la cabeza hasta que mi rostro quede justo a la altura del suyo. El tirón me hace abrir la boca de un suspiro mezclado con un pequeño gemido de sorpresa, y en ese instante sus labios se abalanzan sobre los míos de nuevo.
No es un beso como el anterior, ahora se dedica a besar y chupar mis labios uno por uno, pasando su lengua por el contorno de mi boca abierta. Cada vez que intento cerrarla un poco, él tira ligeramente de mi cabello para mantenerla abierta, jugando con mi lengua con la suya, succionándola y besándome con una urgencia que mezcla placer y dolor. Mis sentidos están enloquecidos: el dolor en mi cuello y mejillas, el calor de su cuerpo contra el mío, la forma en que sus labios dominan los míos... siento una confusión abrumadora, entre el miedo que aún me retuerce el estómago y una respuesta física que no puedo controlar.
Después de lo que parece una eternidad, él se separa un paso, soltando mi cabello y dejándome inclinar la cabeza hacia adelante mientras intento recuperar el aliento, jadeando suavemente. Mis piernas tiemblan y me apoyo levemente en su pecho, buscando en sus ojos algo que pueda entender.
—Marcus... —susurro, mi voz rota y entrecortada— ¿Qué está pasando? ¿Por qué haces esto? Pensé que estábamos aquí para intentarlo de nuevo...
Él sonríe, pero en su mirada no hay ternura: solo ironía y sarcasmo. Se acerca un poco más, hasta que su aliento toca mi rostro.
Marcus: ¿De verdad creías que sería tan fácil, amor mío? ¿Que con un vestido bonito y unos bailes sensuales iba a olvidar todo lo que hiciste? ¿A olvidar cómo me humillaste, cómo me hiciste sentir menos que nada mientras tú te dejabas llevar por otro?
Sus palabras son como latigazos que golpean mi corazón, y las lágrimas vuelven a inundar mis ojos.
Marcus: Esta noche no vamos a simplemente "reconstruir" nada. Esta noche aprenderás las consecuencias de lo que hiciste. Te castigaré toda la noche, hasta que esté satisfecho... tanto emocionalmente como sexualmente. No tendrás más opciones que aceptarlo, como aceptaste nuestro acuerdo.
Antes de que pueda responder, su lengua se desliza por mi mejilla, desde la barbilla hasta la sien, limpiando una de mis lágrimas. Luego, sus labios se estrellan de nuevo contra los míos en un beso brusco y fugaz, tanto que apenas logro sentirlo —al final, tira ligeramente de mi labio inferior con sus dientes, pero lo suelta antes de que el dolor se haga presente, dejándome con la boca abierta y un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo.
Me quedo inmóvil frente a él, los ojos abiertos de par en par mientras sus palabras me alcanzan. Mis mejillas se calientan de vergüenza, aunque no estoy segura si es por el reproche en su voz o por la crudeza de sus preguntas.
Marcus: ¿Cómo te ocurrió que después de serle infiel, era buena idea ponerte un vestido tan provocador, que casi no deja nada a la imaginación? ¿Ir y exhibirte así ante otros hombres como si no tuvieras dueño?
No encuentro palabras para responderle. Quiero decirle que lo hice solo para él, para recordarle por qué me deseaba, pero mi voz se atasca en la garganta. De repente, veo cómo su mano se mueve con rapidez hacia mi pecho: agarra el escote de mi vestido negro de seda con fuerza y lo arranca violentamente hacia arriba, oyendo el crujido de la tela al romperse en dos. El vestido cae en pedazos a mis pies, dejándome apenas cubierta por mis bragas y sostén.
Un escalofrío de sorpresa y vergüenza recorre mi cuerpo; mi primera reacción es intentarme cubrir con las manos, pero él me impide moviéndome más cerca. Acerca su rostro al mío hasta que su boca queda justo al lado de mi oreja, y siento cómo su aliento caliente hace temblar mis músculos. Empieza a jugar con ella: lamiendo suavemente el lóbulo, luego chupándolo con una firmeza que me hace estremecer. Mis manos se agarran involuntariamente a sus hombros, entre el deseo que comienza a despertar en mí y la confusión que aún me consume.
Mientras sigue jugando con mi oreja, su voz baja y ronca cala hondo en mi piel:
Marcus: A mí no me molesta que quieras ser una puta, cariño... mientras tengas MUY claro de quién eres la puta. Solo mía. Nadie más tendrá derecho a mirarte, a tocarte, a tenerte como yo te voy a tener ahora.
Sus palabras son crudas, hirientes, pero al mismo tiempo llenas de una posesión que hace que mi cuerpo responda de manera involuntaria. Siento cómo el calor se concentra en mi entrepierna, a pesar del miedo y la vergüenza que aún me retuercen el corazón.
Se separa de mi rostro y se pone frente a mí, mirándome de arriba abajo con una sonrisa maliciosa en los labios. Sus ojos brillan con una mezcla de deseo y determinación que no he visto en mucho tiempo.
Marcus: Me alegro de saber que mi amada esposa es una puta... porque a partir de ahora, ese es el trato que te voy a dar. Ese es el lugar que te corresponde: ser mía, completamente mía, para hacer con ti lo que me plazca.
Antes de que pueda procesar sus palabras, sus labios se estrellan contra los míos de nuevo, pero esta vez el beso es más apasionado, más profundo. Siento cómo sus manos descienden hasta mi trasero, apretándolo con fuerza, palpando cada curva con una urgencia que se transmite a mi cuerpo entero. Mis brazos se enroscan alrededor de su cuello por sí solos, mientras mis sentidos se desvanecen en el calor de su tacto y el sabor de sus labios.
Mientras sus manos siguen palpando mi trasero, siento cómo agarra mis piernas con fuerza y las sube hasta su cintura. Mi cuerpo se eleva del suelo, y de instinto enrosco mis piernas alrededor de su cadera para sostenerme, mis brazos aún apretados a su cuello. Siento el movimiento de sus pasos mientras camina hacia la cama, el roce de nuestro cuerpo uno contra el otro hace que mi respiración se acelere, pero ahora mezclada con un miedo creciente que se apodera de mi pecho. Todavía estoy aturdida por la crudeza de sus palabras y la violencia de sus gestos anteriores.
De repente, deja de besarme, separando su rostro del mío con un movimiento brusco. No tengo tiempo de preguntarle qué pasa ni de prepararme, cuando me lanza con fuerza sobre la cama. El impacto hace que mi cuerpo rebote ligeramente sobre las sábanas, el aire se me queda en la garganta por la sorpresa y el golpe. Mis manos buscan apoyo en el colchón tratando de incorporarme, pero antes de que pueda moverme un centímetro, él se abalanza sobre mí.
Lo siento encima de mí, girando mi cuerpo con fuerza hasta que quede boca abajo. Su peso presiona el mío contra la cama, haciendo que no pueda moverme ni un poco. Una de sus manos se coloca sobre mi cabeza, presionándola suavemente pero con firmeza contra la almohada, impidiéndome levantarla. El olor de las sábanas y de su piel llena mis pulmones, mientras mi corazón late tan fuerte que siento que va a salir de mi pecho. Hay una mezcla extraña en mí: parte de mí todavía siente el deseo que despertó su tacto, pero ahora es dominado por la angustia y el miedo a lo que va a pasar.
Acerca nuevamente su rostro a mi oído, su aliento caliente contrasta con el escalofrío que recorre mi espalda. Con su mano libre, empieza a palpar mis nalgas con firmeza, apretándolas de vez en cuando. Su voz suena baja y burlona, como si estuviera disfrutando con cada instante.
Marcus: Bueno, mi querida puta... ya es hora de empezar tu castigo. La verdad es que estoy emocionado de poder torturarte sexualmente como te mereces. Y déjame decirte algo: entre más me pidas que me detenga, más te suplicues que pare, más caliente me pondré. Eso solo hará que siga por más tiempo.
Sus palabras son como un cubo de agua fría sobre mi cuerpo. Intenté moverme, pero su peso me mantiene completamente inmovilizada. Siento cómo su cuerpo se ajusta sobre el mío, y luego escucho el sonido de su cinto al desabrocharse. Mi mente empieza a trabajar a toda velocidad, tratando de encontrar una manera de escapar, de pedirle que se detenga, pero la única cosa que sale de mi boca es un susurro tembloroso: "Marcus... por favor... no..."
Pero él no hace caso. Empieza a forcejear conmigo, sujetando mis brazos libres detrás de mi espalda con una mano mientras con la otra intenta envolver el cinto alrededor de ellos. Mis músculos se tensan, intento resistirme, pero su fuerza es mucho mayor que la mía. Siento cómo el cuero del cinto se aprieta alrededor de mis muñecas, apretándolas hasta que empiezo a sentir un hormigueo en las puntas de los dedos. Mi respiración se hace entrecortada, las lágrimas vuelven a rodar por mis mejillas y se filtran en las sábanas debajo de mí. No entiendo cómo llegamos hasta aquí, cómo el deseo de recuperar lo nuestro se ha convertido en esto.
Mientras el cuero del cinto se aprieta cada vez más alrededor de mis muñecas, mi voz se quebra con cada súplica que sale de mi boca, mezclada con las lágrimas que mojan la almohada.
—Marcus, por favor... hablemos, no hace falta que hagas esto —digo entre jadeos—. Ya te pedí perdón mil veces, lo siento de verdad, lo siento... no tienes que hacer esto para perdonarme.
Él sigue con su tarea sin decir palabra, y siento cómo su cuerpo se ha sentado encima de mi culo. Mientras termina de asegurar el nudo del cinto, no deja de mover su pelvis suavemente, frotando su entrepierna contra mis nalgas. Puedo sentir claramente su erección, caliente y dura, presionándose contra mí con cada movimiento. Mi mente lucha entre el pánico que me hace temblar y una respuesta física que no consigo controlar, un calor que comienza a extenderse por mi vientre a pesar de todo lo que siento.
Una vez que termina de atar mis brazos, sus manos se apoyan en mis caderas mientras sigo suplicando que se detenga.
Marcus: ¿O tal vez esto te está excitando, verdad? ¿No es así, cariño?
—No... no, Marcus, no es eso —respondo con la voz entrecortada, moviendo la cabeza de lado a lado contra la almohada. Pero en ese instante, él ríe baja y burlona.
Marcus: Entonces, ¿por qué te mueves las caderas así, frotándome las nalgas contra mi entrepierna? ¿No te gusta sentir cómo estoy duro por ti? A ver, admítelo... eres una puta depravada que se calienta cuando la trato con rudeza.
Mi rostro se quema de vergüenza porque tiene razón: sin darme cuenta, mis caderas se han estado moviendo de forma involuntaria, buscando el roce de su cuerpo contra el mío. A pesar del miedo y la confusión que me consumen, el calor en mi entrepierna es cada vez más intensa, y siento cómo mi cuerpo responde a su tacto a pesar de mi voluntad.
—No es eso... —susurro con voz agitada, cerrando los ojos con vergüenza—. Es que... después de que me ha estado estimulando así, es normal que mi cuerpo reaccione... aunque por dentro no quiero esto...
Pero él no me deja terminar. Se mueve a un costado, levantando ligeramente mi cadera con una mano mientras la otra baja hasta mi entrepierna. Siento sus dedos rozar mi piel húmeda, y una oleada de vergüenza y excitación me recorre el cuerpo. Luego, se acerca su mano a mi rostro, llevándomela hasta la nariz y luego a los labios.
Marcus: ¿Ah, sí? Entonces explícame qué es esto que estoy oliendo y saboreando... ¿no es el jugo de puta de tu entrepierna? Lo sientes, ¿no? Tu cuerpo dice algo completamente distinto a lo que dices con tu boca.
Yo me quedo callada, sin saber qué responder. Puedo sentir el sabor salado y cálido en mis labios, y la vergüenza me hace cerrar los ojos con fuerza mientras las lágrimas vuelven a desbordar. Mi cuerpo tiembla entre el deseo que no consigo reprimir y el miedo a lo que vendrá después.
Siento que me levanta con cuidado pero con firmeza, acomodándome sobre la cama mientras mis manos atadas detrás de la espalda me impiden moverme como quisiera. El miedo me hace temblar de pies a cabeza, y mi voz sale entrecortada:
—Marcus... ¿qué vas a hacer? ¿Qué es lo que planeas?
Él no responde de inmediato, solo alcanza una por una todas las almohadas de la cama y las junta frente a mí. Su movimiento es metódico, como si estuviera preparando algo con mucho cuidado, lo que solo aumenta mi angustia. No entiendo qué está haciendo, pero cada gesto suyo me llena de más pánico.
Luego, levanta ligeramente mi torso y mis caderas, empezando a colocar las almohadas debajo de mi panza y mi entrepierna. Con cada almohada que coloca, mi trasero se eleva más y más, hasta quedar completamente levantado y expuesto. La posición me hace sentir vulnerable y avergonzada, mientras mi respiración se hace más rápida y agitada. Siento cómo la tensión se acumula en mi cuerpo, mezclada con una sensación de impotencia que me hace querer llorar.
Una vez que termina de acomodarlas, comprueba con la mano que están bien colocadas, ajustándolas un poco hasta que queden como él quiere. Después, se coloca al costado de mí, y sus manos comienzan a deslizarse por mi trasero y mis muslos, acariciándolos con suavidad antes de apretarlos con firmeza. El contacto de sus manos calientes en mi piel hace que un escalofrío recorra mi espalda, entre el miedo y una respuesta física que no logro controlar.
—Marcus, por favor... dime qué vas a hacer —pregunto desesperadamente, moviendo la cabeza de lado a lado en un intento de verlo—. No hagas nada más, por favor...
Él se acerca su rostro a mi oído, y siento su sonrisa maliciosa antes de escuchar su voz:
Marcus: Te voy a azotar, mi amor. 200 nalgadas... una por cada día de esos dos meses en los que fuiste infiel, en los que elegiste a otro hombre antes que a mí. Ese tiempo fue suficiente para que olvidaras a quién perteneces.
La noticia me hace sentir como si el aire se me quedara en la garganta. Mi voz se llena de pánico y empiezo a ruegar con todas mis fuerzas:
—No, por favor Marcus, no lo hagas... no puedo aguantar eso, te lo ruego... lo siento tanto, lo siento...
Él ríe baja y burlona, y siento cómo sus manos se preparan en mi trasero:
Marcus: Bueno, mi amada puta... es hora de dejar bien claro a quién pertenece ese cuerpo de puta que tienes. Vas a aprender a no olvidarlo nunca más.
Su expresión cambia, llenándose de excitación y malicia. Luego, su mano cae sobre mi trasero con una fuerza que hace que mi cuerpo se estire hacia adelante. Cada nalgada es más fuerte que la anterior, aumentando la intensidad con cada golpe. El dolor se propaga por todo mi cuerpo, mezclándose con una sensación de confusión absoluta: parte de mí sufre con cada impacto, mientras otra parte responde de manera involuntaria al contacto, generando una tormenta de emociones que no logro entender ni controlar. Las lágrimas descienden sin cesar por mis mejillas, y mi voz se pierde en súplicas y gemidos que se mezclan en la oscuridad de la habitación.
Después de lo que parecen cinco minutos interminables, el dolor se hace tan intenso que no puedo aguantarlo más y grito con todas mis fuerzas:
—¡Marcus, por favor, detente! ¡No puedo más! —Susurro entre jadeos, mientras mis súplicas se vuelven más desesperadas—. Te prometo que nunca más volveré a hacerlo, te lo juro... haré todo lo que quieras, solo por favor, detente...
Pero él ni se inmuta. Deja de azotarme, pero su mano sigue apoyada en mi trasero, apretando la piel entre sus dedos con firmeza, haciendo que el dolor siga latiendo en cada centímetro de mi cuerpo. Mi respiración es entrecortada, y las lágrimas han empapado completamente la almohada debajo de mi rostro.
Entre sollozos, empiezo a pedir disculpas por todo, por absolutamente todo:
—Lo siento... lo siento tanto por mi infidelidad... por haber roto nuestra confianza... también lo siento por el vestido anoche... por haber sido tan tonta... por todas las cosas malas que he hecho en nuestro matrimonio... nunca debí hacer nada de esto... te fallé... te fallé tanto...
Él se queda en silencio por un momento, recuperando el aliento, mientras su mano sigue apretando mi trasero. Luego, sin previo aviso, vuelve a empezar con las nalgadas, esta vez con una potencia aún mayor que antes. Cada golpe hace que mi cuerpo se arquee hacia adelante, y salgo gritos fuertes que se pierden en la habitación. El dolor es tan agudo que siento como se nubla mi mente, y solo puedo pensar en cada impacto que cae sobre mí.
—¡Por favor... ten piedad... ten compasión de mí! —digo desesperadamente, mi voz rota y entrecortada por los gemidos.
Él se detiene por un instante, y siento su sonrisa maliciosa antes de escuchar su voz:
Marcus: ¿Crees que es un castigo justo por lo que hiciste? ¿O pensabas que sería un esposo cruel por castigar a una puta infiel como tú? ¿No crees que te lo mereces?
No puedo responderle; de mi boca solo salen gemidos y gritos entrecortados, mientras mi cuerpo tiembla con cada latido de mi corazón. En ese momento, él me toma del cabello con fuerza y da unos tirones que hacen que mi cabeza se levante de la almohada.
Con la desesperación de alguien que busca cualquier manera de detener el dolor, empiezo a gritar las palabras que sé que él quiere escuchar:
—¡Sí... soy una puta! ¡Olvidé mi lugar como tu puta! ¡Lo siento! ¡Lo reconozco!
Él sigue apretando mi cabello mientras vuelve a empezar con las nalgadas, gritando a mi oído:
Marcus: ¡Entonces ¡reconoce que serás mi esclava sexual exclusiva! ¡Que serás una dama en la calle, una excelente esposa en el matrimonio y una puta en la cama! ¡Dilo! ¡Dilo en voz alta!
Mis gritos se mezclan con las palabras que salen desesperadamente de mi boca, con cada fibra de mi ser pidiéndole que detenga el castigo mientras prometo lo que sea necesario:
—¡Sí, Marcus! ¡Prometo ser todo lo que me pidas y más! Seré tu dama en la calle, tu esposa dedicada en el matrimonio y tu puta en la cama... ¡seré tu recipiente de semen personal! ¡Exprimiendo hasta la última gota con mi boca y mi vagina! ¡Lo prometo! ¡Nunca más volveré a hacer nada que te haga daño!
Después de lo que parece una eternidad —25 minutos interminables de dolor y confusión—, él se detiene por completo. Siento cómo retira su mano de mi cuerpo y se aleja un poco, respirando con dificultad, tomando grandes bocanadas de aire. Mi propio cuerpo tiembla, el ardor en mis nalgas es intenso, pero al mismo tiempo siento un alivio abrumador al saber que ha terminado... por ahora.
Marcus: [con una sonrisa que parece divertida, aunque sus ojos aún muestran intensidad] Fue realmente emocionante... y excitante. No esperaba que el castigo me llenara tanto así.
Me quedo quieta, respirando con dificultad, sintiendo el ardor en mi trasero mientras mi mente lucha por procesar todo lo que pasó. Por más doloroso que haya sido, hay un extraño sentimiento de alivio en mi interior —como si una carga que llevaba encima desde hace meses finalmente se hubiera soltado un poco. Y aunque no quiera admitirlo, mi cuerpo respondió en formas que no entendía: durante esos minutos de azote, sentí cómo la excitación se mezclaba con el dolor, y tuve dos momentos en los que mi cuerpo se tensó y liberó una oleada de placer a pesar de todo.
Marcus se acerca y me levanta con cuidado, colocándome boca arriba en la cama, ajustando las almohadas debajo de mi cabeza para que esté cómoda. Luego se acuesta a mi lado, su cuerpo aún caliente y su respiración un poco agitada.
Marcus: La verdad es que esta experiencia fue... muy emocionante. No sabía cómo se sentiría castigarte así, pero fue más intensa de lo que esperaba. Y ya te lo digo: en el futuro lejano, lo volveremos a hacer. Necesitaremos recordar de quién eres propiedad.
Siento su mano rozando mi brazo suavemente, y cierro los ojos por un instante, tratando de calmar mi corazón que aún late a mil por hora. Estoy exhausta, cada músculo de mi cuerpo duele, pero hay algo en su voz ahora —un matiz de calidez que no había escuchado en horas— que me hace sentir un poco más tranquila.
Después de un rato, él se sienta en la cama y luego se mueve hacia el costado, tomándome del hombro y arrastrándome suavemente hacia el borde de la cama. Mis manos aún están atadas, pero su agarre es cuidadoso esta vez, como si quisiera asegurarme que estoy cerca sin hacerme daño. Mi cuerpo sigue temblando un poco, pero ahora es más por el agotamiento que por el miedo o la excitación pasada. Solo quiero descansar, solo quiero que todo esto haya valido la pena para recuperar lo que tuvimos alguna vez.
Siento cómo Marcus mueve mi cuerpo con cuidado pero con firmeza, acomodándome hasta el borde de la cama hasta que mi cabeza queda justo en el límite, casi a punto de caer. Mi cuerpo aún está cansado, mis músculos duelen y solo puedo observar lo que sucede, sin fuerzas para oponerme activamente en ese momento.
Después, lo veo arrodillarse frente a mí, sus ojos brillando con una intensidad que no había visto en mucho tiempo. Acerca su rostro al mío y me da un beso apasionado, pero invertido por la posición en la que estoy. El beso comienza suave, pero poco a poco se vuelve más lasivo, con sus labios moviéndose sobre los míos de manera lenta y insistente. Cuando se aparta, quedan hilos de baba entre nosotros, y la sensación me deja aturdida.
Se pone de pie y se deshace de su pantalón y boxer en un solo movimiento, tirándolos al suelo. Mi mirada se centra en su erección —grande, firme y prominente— y siento cómo el jugo pegajoso que chorrea de ella cae sobre mi rostro, cubriéndome en calidez y provocando una oleada de excitación que lucha con el agotamiento que aún siento en mi cuerpo.
Marcus: “Ya no aguanto más esta calentura… voy a usar tu boca de puta para aliviarme.”
Sus manos agarran mi cabeza con fuerza mientras apunta su miembro hacia mi boca. Pero en ese instante, cierro los labios con firmeza, haciendo que su erección choque contra ellos en lugar de entrar. Marcus empieza a frotar desesperadamente su miembro por toda mi cara —sus mejillas, mi frente, mi barbilla— antes de apartarlo bruscamente.
De repente, una de sus manos se mueve hasta mi nariz, tapando mis aberturas con sus dedos. En mi mente, sé lo que vendrá: la falta de aire me obligará a abrir la boca, y él introducirá su pene caliente y grande en ella. Ya me imagino cómo mi lengua se moverá por cada centímetro de él, lamiendo, chupando y succionando lo que siento como su néctar.
Y como lo había imaginado, no pasa mucho tiempo antes de que la necesidad de aire se haga insoportable. Con una leve sonrisa que espero que no note, abro la boca —una mezcla de ansiedad y una emoción que no logro contener se apodera de mí, a pesar de todo lo que he pasado.
En un instante, su barra de carne cae dentro de mi boca con fuerza, haciendo que sus bolas choquen violentamente contra mi nariz. Marcus mueve la mano que tenía tapándome la nariz hasta el costado de mi cabellera, sujetándome con firmeza mientras empieza a mover sus caderas en un ritmo rápido y decidido.
Muevo mi lengua por todo el largo y el ancho de su pene, sellando mis labios alrededor del tronco para sentirlo completamente. Aspiro con fuerza, intentando exprimir cada gota de lo que imagino será su leche, sintiendo cómo mi cuerpo responde con una excitación que parece borrar por momentos el dolor y la confusión anteriores.
De repente, sin previo aviso, una bofetada golpea mi rostro con fuerza.
Marcus: [con voz gruesa y firme] “Tranquila, puta… aún no. Hoy me correré, pero no será en este agujero.”
Saca su erección de mi boca de un jalón brusco y me suelta otra bofetada. Esta vez, el impacto no me duele como antes —al contrario, una oleada de calor recorre mi cuerpo y me excita aún más. Ya no me importa que me abofeteé; en este momento, cada gesto suyo parece encender algo en mí.
Lo sigo con la mirada mientras se aleja hasta una de sus maletas, agachándose y buscando algo dentro. Después de unos segundos, se levanta y gira hacia mí, y en su mano veo un frasco de lubricante.
Se acerca lentamente, con una sonrisa maliciosa en los labios, y su voz suena cargada de intensidad:
Marcus: “Sabes, mi amada puta… hace mucho tiempo que quiero metértelo por el culo. Y esta noche voy a vaciar mis bolas en tu ano.”
Mis ojos se abren un poco más de lo normal, y siento cómo un escalofrío de anticipación y nerviosismo recorre mi espalda. No sé qué esperar, pero mi cuerpo ya está respondiendo, sintiendo una mezcla de miedo y excitación que no puedo desentrañar.
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