Llegamos a casa pasadas las dos de la mañana. El silencio del departamento contrastaba brutalmente con el ruido que aún retumbaba en mis oídos: los gemidos de mi novia, los golpes de mi pelvis contra su culo, los jadeos de aquella colegiala siendo destrozada por el viejo… y ahora, esa maldita nota arrugada en el bolsillo trasero de mis jeans.
Mi novia —a quien seguiré llamando M por costumbre— se quitó los zapatos de un tirón y se dejó caer en el sofá sin siquiera encender la luz. La falda seguía subida hasta la mitad de sus muslos, el plug ya no estaba (lo había guardado en su bolso como trofeo), y entre sus piernas aún se veía el brillo pegajoso de lo que habíamos dejado dentro de ella. Olía a sexo, a sudor y a esa mezcla inconfundible de semen y fluidos que se enfría lentamente.
Se recostó, abrió un poco las piernas y me miró con esa sonrisa pícara que me volvía loco desde la adolescencia.
M: ¿Vas a quedarte ahí parado o vas a venir a ver lo que te tengo preparado?
Saqué la nota del bolsillo y la puse sobre la mesa de centro. El número estaba escrito con tinta negra, letra apresurada pero firme. Diez dígitos que de repente pesaban como plomo.
Y: Explícame otra vez para qué carajos quieres eso.
M: Curiosidad, papi… —dijo mientras se mordía el labio inferior—. ¿No te dio morbo verlo correrse dentro de ella? ¿No te imaginaste por un segundo que eras tú el que la estaba llenando? Yo sí. Y cuando la vi caminar tambaleante por el andén… supe que quería saber más.
Se incorporó un poco, apoyando los codos en el respaldo del sofá. Sus tetas seguían casi fuera del top, los pezones todavía duros por el frío y la excitación residual.
M: Además… ¿y si no era la primera vez que lo hacía con ella? ¿Y si ese viejo tiene un método? ¿Un lugar? ¿Un grupo?
Y: ¿Un grupo? —repetí, sintiendo cómo mi verga daba un respingo traicionero dentro del pantalón.
M: Ajá. —Se lamió los labios lentamente—. Imagínate… una pareja como nosotros, pero más experimentada. Gente que sabe exactamente en qué vagón subirse, a qué hora, cómo moverse para que nadie los joda… o para que alguien los vea y se una.
Se levantó del sofá y caminó hacia mí con ese balanceo deliberado de caderas que me hacía perder el control. Me quitó el celular de la mano sin pedir permiso, abrió la app de contactos y empezó a teclear el número.
Y: ¿Qué haces?
M: Guardarlo como “El Viejo del Metro”. —Sonrió mientras pulsaba “guardar”—. Por si acaso.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se pegó a mí. Sus manos bajaron directo a mi bragueta, desabrochándola con dedos hábiles.
M: Pero antes de decidir si le escribo o no… necesito que me recuerdes por qué soy tu putita favorita.
Me empujó suavemente hasta que mi espalda chocó contra la pared. Se arrodilló sin dejar de mirarme a los ojos, bajó mis pantalones junto con el bóxer y mi verga saltó libre, todavía sensible por todo lo que había pasado esa noche. La tomó con una mano, la lamió desde la base hasta la punta y murmuró contra la piel húmeda:
M: Dime, papi… ¿te gustaría verme con él? ¿Que me agarrara como agarró a esa colegiala? ¿Que me abriera en medio del vagón mientras tú miras… o mientras tú me ayudas a recibirlo?
Sentí un escalofrío recorrer toda mi columna. Mi mano se enredó en su cabello por instinto.
Y: Eres una maldita zorra…
M: Tu maldita zorra. —Abrió la boca y me tragó entero de un solo movimiento, hasta que sus labios tocaron mi pelvis.
Gruñí. La imagen de ella a cuatro patas en el metro, con el viejo detrás y yo al frente, me golpeó como un tren. Literalmente.
Saqué el celular de la mesa con la mano libre, lo desbloqueé y abrí la conversación nueva con “El Viejo del Metro”. Mis dedos temblaban mientras escribía el primer mensaje:
“La chica del último vagón nos dio tu número. Dice que quizás nos interese conocerte. ¿Te animas a repetir… pero en cuatro?”
Envié.
Mi novia levantó la vista sin sacar mi verga de su boca, con ojos brillantes de pura lujuria. Sabía exactamente lo que acababa de hacer.
El celular vibró sobre la mesa de centro apenas unos minutos después. M seguía con mi verga en la boca, moviendo la lengua en círculos lentos alrededor de la cabeza, pero cuando oyó el sonido levantó la cabeza de golpe, con un hilo de saliva todavía conectando sus labios con mi glande.
M: ¿Ya contestó?
Asentí, respirando pesado. Tomé el teléfono con la mano temblorosa y abrí el chat.
**El Viejo del Metro:**
Jajaja, qué rápidos son los jóvenes de ahora. La colegiala les habló bien de mí, ¿eh? Me gusta que vayan directo al grano.
Cuatro, dices… Me parece perfecto. Pero no en cualquier vagón. Último del tren que sale de ********* a las 00:45 los viernes. Ese siempre va medio vacío después de las 1:00.
Lleguen limpios, sin perfume fuerte, ropa fácil de mover. Ella con falda o vestido, nada de pantalón. Tú con pantalón deportivo o algo que baje rápido.
Y no uso condones. Es mi condición.
Nos vemos ahí. No me fallen.
M leyó el mensaje por encima de mi hombro y soltó una risita nerviosa mientras se limpiaba la comisura de la boca.
M: ¿Ves? Tiene método. Sabe exactamente qué tren, qué hora… —Se mordió el labio—. Me estoy mojando otra vez solo de leerlo.
Y: ¿Vamos a ir de verdad?
M: ¿Tú qué crees, papi? —Me agarró la verga con fuerza y empezó a pajearme lento—. Ya le dijiste que sí en cuatro. No hay marcha atrás.
Pasaron los días como una cuenta regresiva enfermiza. Hablábamos de eso todo el tiempo: en el desayuno, en el tráfico, mientras veíamos Netflix. Cada vez que salía el tema, terminábamos follando como animales. Pero también había momentos de silencio incómodo, de miradas que decían “¿y si nos arrepentimos?” o “¿y si no sabemos cómo manejarlo?”.
El viernes llegó.
Llegamos con diez minutos de sobra. El andén estaba casi desierto. M llevaba un vestido negro corto, sin sostén, las tetas marcadas contra la tela fina. Yo traía pantalón de deporte gris y sudadera. Los dos sudábamos frío, pero también calor. Ella no paraba de apretar y soltar mis dedos con los suyos.

Subimos al último vagón. Estaba vacío, salvo por una señora mayor que se bajó en la siguiente estación. Las luces parpadeaban un poco, el tren traqueteaba más fuerte ahí atrás. Nos sentamos en los asientos del fondo, uno al lado del otro. M cruzó las piernas, pero enseguida las abrió un poco, dejando que el vestido se subiera.
M: (susurrando) ¿Y si no viene? ¿O si viene y nos da pena?
Y: No sé… —Le puse la mano en el muslo, subiendo despacio—. Pero ya estamos aquí. Si quieres parar, decimos y nos bajamos en la siguiente.
M negó con la cabeza. Se inclinó y me besó, metiendo la lengua profundo, como si quisiera comerme la duda. Mi mano llegó hasta su coño: ya estaba empapada, sin calzones. Empecé a frotarla despacio por encima del clítoris, ella gimió bajito contra mi boca.
De repente, el tren frenó en una estación. Subió un hombre. Alto, canoso, unos 60 bien llevados. Chaqueta de cuero vieja, jeans oscuros, botas. Nos miró directo, sin disimulo. Caminó lento hacia nosotros y se sentó enfrente, a dos asientos de distancia. Sacó el celular, fingió revisar algo, pero sus ojos no se apartaban de las piernas abiertas de M.
El tren arrancó de nuevo. Silencio pesado, solo el ruido de las ruedas.
M me apretó la mano con fuerza. Yo sentía la verga dura como piedra dentro del pantalón.
El hombre guardó el celular, se levantó y se acercó sin prisa. Se paró justo frente a nosotros.
Viejo: (voz grave, calmada) Así que ustedes son los del mensaje. —Miró a M de arriba abajo—. Bonita elección de vestido, preciosa. Abre más las piernas. Quiero ver si ya estás lista.
M dudó un segundo. Miró hacia mí, buscando permiso o valor. Yo asentí apenas. Ella abrió las piernas del todo, el vestido se arrugó en la cintura. El coño le brillaba bajo la luz tenue del vagón.
Viejo: Buenas chicas… —Se lamió los labios—. Ahora quítate el vestido por completo. Despacio. Que tu novio lo vea bien.
M tragó saliva. Se levantó un poco, se sacó el vestido por la cabeza. Quedó desnuda salvo por los tenis. Las tetas firmes, pezones duros como piedritas. El viejo sonrió.
Viejo: Siéntate en el regazo de él, de espaldas. Que te vea la cara mientras te preparo.
M obedeció, temblando un poco. Se sentó sobre mí, mi verga todavía dentro del pantalón presionando contra su culo. El viejo se arrodilló frente a ella, le abrió las piernas con las manos grandes y ásperas.
Viejo: (mirándome a los ojos) Tú, quítate el pantalón. Pero no te la saques todavía. Solo bájatelo hasta las rodillas. Quiero que sientas cómo se moja más cuando yo la toque.
Hice caso. El pantalón y el bóxer bajaron. Mi verga quedó libre, rozando la raja húmeda de M desde atrás.
El viejo metió dos dedos dentro de ella sin aviso. M soltó un gemido ahogado y se arqueó contra mí.
Viejo: Así, tranquila… Respira. —Los movía lento, profundo, haciendo ruido de lo mojada que estaba—. Mira cómo se abre para mí. Tu novia tiene un coño agradecido, ¿eh?
Y: (voz ronca) Sí…
Viejo: Ahora tócate tú. Pero despacio. Sincroniza con mis dedos. Cuando yo entre, tú entras. Cuando yo salga, tú sales. Vamos a follarla al mismo ritmo hasta que no sepa quién la está cogiendo.
M gimió más fuerte. El viejo sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó.
Viejo: Dulce… —Se bajó el cierre del pantalón. Sacó una verga gruesa, venosa, ya completamente dura. La frotó contra el clítoris de M un par de veces—. ¿Lista, preciosa?
M: (jadeando) Sí… por favor…
Viejo: Entonces mírame a los ojos mientras te la meto. Y tú —me miró—, agárrale las tetas. Apriétalas fuerte. Que sienta que los dos la estamos reclamando.
Metió la punta despacio. M se tensó, soltó un gritito. Yo le agarré las tetas desde atrás, pellizcando los pezones.
Viejo: Respira… así… muy bien… —Empujó más profundo—. ¿Ves cómo entra? Mira cómo se la traga toda tu putita.
Empezó a moverse lento, profundo. Yo seguí el ritmo que él marcaba, metiendo mi verga entre sus nalgas, rozando su culo, sintiendo cómo el viejo la abría desde el frente.
M empezó a temblar, a gemir sin control. El viejo le tapó la boca con la mano libre.
Viejo: Shhh… no tan fuerte todavía. Que nadie baje a curiosear… aún.
Y siguió empujando, cada vez más seguro, más dominante, guiándonos a los dos como si fuéramos sus marionetas.
La noche en el vagón apenas empezaba a calentarse de verdad.
El tren seguía traqueteando en la oscuridad, cada sacudida hacía que el cuerpo de M se moviera contra el mío y contra el viejo al mismo tiempo. Ella estaba empalada entre los dos, temblando, con la respiración entrecortada y los ojos vidriosos. El viejo no había acelerado todavía; seguía moviéndose con esa lentitud deliberada, casi cruel, como si supiera exactamente cuánto podía estirar la cuerda antes de que se rompiera.
Viejo: (voz baja, ronca, casi un gruñido) Mírenme los dos. No cierren los ojos. Quiero que vean quién los está manejando esta noche.
Levantó la mano que tenía libre y la puso en la nuca de M, agarrándola con firmeza pero sin lastimarla. La obligó a arquear la cabeza hacia atrás hasta que su nuca quedó apoyada en mi hombro. Desde esa posición, M tenía que mirarlo directo a los ojos mientras él la penetraba. Yo sentía cada embestida suya a través del cuerpo de ella: cómo su pelvis chocaba contra el culo de M, cómo su verga gruesa la abría más y más con cada centímetro que entraba.
Viejo: (mirándome fijo) Tú, apriétale las tetas más fuerte. Quiero ver marcas rojas en esa piel blanca cuando termine la noche. Y pellizca los pezones… lento… hasta que ella se retuerza y suplique.
Obedecí sin pensarlo. Mis dedos se cerraron alrededor de sus pezones duros, girándolos despacio, tirando un poco. M soltó un gemido largo, ahogado, que vibró contra mi pecho. Sus caderas empezaron a moverse por instinto, buscando más, pero el viejo la detuvo con un golpe seco de cadera que la hizo jadear.
Viejo: No. Tú no decides el ritmo, preciosa. Yo decido cuándo te corres, cuándo te mueves, cuándo respiras más rápido. —Le dio una nalgada fuerte en el muslo, el sonido rebotó en el vagón vacío—. Abre más las piernas. Quiero que tu novio vea cómo te traga mi verga hasta el fondo.
M obedeció temblando. Separó las piernas todo lo que pudo, apoyando los pies en el asiento de enfrente. Desde mi posición, podía ver perfectamente cómo la polla del viejo entraba y salía de ella: brillante de fluidos, venosa, estirándola de una forma que yo nunca había logrado solo. Cada vez que salía casi por completo, el coño de M se contraía como si no quisiera dejarlo ir, y cuando volvía a entrar, ella soltaba un gritito corto y desesperado.
Viejo: (sonriendo con malicia) ¿Ves eso, muchacho? Mira cómo se le pone el clítoris hinchado solo porque la estoy follando despacio. Tócate tú ahora. Pero no te corras. Solo tócate al mismo ritmo que yo la cojo. Si te corres antes que ella, te voy a hacer lamer lo que deje dentro.
Mi mano bajó sola a mi verga, todavía pegada entre las nalgas de M. Empecé a pajearme siguiendo el vaivén del viejo: lento, profundo, torturante. Sentía el calor de su cuerpo, el roce de su verga a través de la pared delgada que nos separaba, y cada vez que él empujaba más fuerte, M se apretaba contra mí y gemía más alto.
M: (voz rota, casi llorando de placer) Papi… por favor… no puedo… está muy adentro… me va a romper…
Viejo: (riendo bajito) No te va a romper, preciosa. Te va a abrir. Te va a hacer más puta de lo que ya eres. —Le metió tres dedos en la boca sin aviso—. Chúpalos. Como si fueran dos vergas. Y no dejes de mirarme.
M obedeció, succionando los dedos con desesperación, la saliva corriéndole por la barbilla. El viejo los sacó empapados y los bajó directo a su clítoris. Empezó a frotarlo en círculos lentos, presionando justo lo suficiente para hacerla temblar violentamente, pero sin dejarla llegar al orgasmo.
Viejo: Dime, puta… ¿quién manda aquí?
M: (gimiendo contra los dedos que todavía le rozaban los labios) Tú… tú mandas…
Viejo: Más fuerte. Que tu novio lo oiga claro.
M: (casi gritando) ¡Tú mandas! ¡Por favor… déjame correrme…!
Viejo: Todavía no. —Se inclinó hacia adelante y le mordió un pezón con fuerza, tirando de él con los dientes hasta que M soltó un alarido ahogado—. Primero vas a pedirle permiso a él. Dile que quieres que te folle más fuerte mientras yo te abro el culo con los dedos.
M giró la cabeza como pudo, mirándome con los ojos llenos de lágrimas de placer.
M: Papi… por favor… dile que me folle el culo… quiero sentirlos a los dos dentro… al mismo tiempo… por favor…
El viejo sonrió satisfecho. Sacó la verga de golpe, dejando a M jadeando y vacío. Se levantó un segundo, se bajó los pantalones hasta los tobillos y volvió a arrodillarse.
Viejo: Date la vuelta, preciosa. Ponte a cuatro patas sobre tu novio. Que él te sostenga mientras yo te preparo el culo.
M se movió torpe, excitada, colocándose a cuatro patas encima de mí. Yo me recosté en el asiento, la verga apuntando al cielo. Ella se sentó despacio sobre mí, dejándome entrar en su coño empapado de un solo movimiento. Gemimos los dos al mismo tiempo.
El viejo se colocó detrás, escupió en su mano y empezó a frotar el ano de M con el dedo índice, presionando suave pero firme.
Viejo: Relájate… respira… así… muy bien… —Metió el dedo hasta el nudillo—. Mira cómo se abre para mí. Tu novia tiene un culo virgen apretado… pero no por mucho tiempo.
Empezó a mover el dedo dentro y fuera, añadiendo un segundo, luego un tercero. M se retorcía encima de mí, gimiendo sin control, moviendo las caderas en círculos desesperados.
Viejo: (mirándome otra vez) Ahora tú, muévete despacio. Fóllala el coño mientras yo le abro el culo. Y no pares hasta que yo diga.
Empecé a empujar hacia arriba, sintiendo cómo los dedos del viejo rozaban mi verga a través de la pared delgada. M estaba al borde del llanto de placer, el cuerpo temblando entero.
Viejo: (voz autoritaria) Pide permiso para correrte, puta. Pídelo a los dos.
M: (sollozando de excitación) Por favor… papi… señor… déjenme correrme… no aguanto más… por favor…
El viejo miró mi cara, esperando mi respuesta. Yo estaba al límite también, la verga latiendo dentro de ella, el culo apretado alrededor de sus dedos.
Viejo: (sonriendo) ¿Qué dices, muchacho? ¿La dejamos explotar… o la hacemos sufrir un poco más?
La decisión colgaba en el aire, mientras el tren seguía avanzando en la noche y M se retorcía entre nosotros, suplicando con cada jadeo.
El viejo no aflojó ni un segundo. Seguía clavado hasta el fondo en el culo de M, moviéndose con esa lentitud torturadora que hacía que cada centímetro pareciera una eternidad. M todavía temblaba del orgasmo que acababa de tener, el cuerpo flojo y sudoroso encima de mí, pero él no la dejó descansar. Le agarró el cabello con una mano, tirando la cabeza hacia atrás hasta que su cuello quedó expuesto y arqueado, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.
Viejo: (voz baja, cargada de desprecio placentero) Mira cómo estás, puta. Acabas de correrte como una perra en celo solo porque te metí mi verga en el culo. Y tu noviecito aquí... —me miró de reojo, sonriendo con sorna— ni siquiera te ha hecho gritar así nunca, ¿verdad?
M intentó negar con la cabeza, pero el agarre en su pelo no la dejó. Solo pudo gemir, un sonido roto y patético.
Viejo: Responde, zorra. Di la verdad. Di que mi verga es mejor que la de él. Di que te estoy follando como él nunca podrá.
M: (voz entrecortada, casi llorando de vergüenza y placer) Sí... tu verga es mejor... mucho mejor... me estás rompiendo... papi nunca... papi nunca me había hecho sentir así...
Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de rabia, celos y una excitación tan jodida que mi verga latió más fuerte dentro de su coño. El viejo lo notó. Se rio bajito, satisfecho.
Viejo: ¿Ves, muchacho? Escucha bien lo que dice tu novia mientras la tengo empalada por detrás. —Empujó fuerte una vez, haciendo que M gritara y se apretara alrededor de los dos—. Ella está admitiendo que eres un cornudo de mierda. Que tu polla es solo un relleno para que yo pueda follarla como se merece.
Me miró fijo, desafiante.
Viejo: Ahora repítelo tú. Dile a tu puta que estás de acuerdo. Que te gusta verla así: abierta, usada, suplicando por una verga de verdad.
Tragué saliva. La verga me dolía de lo dura que estaba. M me miró por encima del hombro, los ojos vidriosos, esperando.
Y: (voz ronca, casi ahogada) Sí... me gusta... me gusta verte así... siendo su puta...
Viejo: Más fuerte. Y mírame a mí cuando lo digas.
Y: (más alto, humillado) ¡Me gusta verte siendo su puta! ¡Me gusta que te folle mejor que yo!
El viejo soltó una carcajada grave que resonó en el vagón vacío.
Viejo: Buen chico. Ahora, bésale el cuello a tu novia mientras yo sigo abriéndole el culo. Muéstrale cuánto la quieres... aunque sepas que ya no te pertenece del todo esta noche.
Me incliné y besé el cuello de M, lamiendo el sudor salado, mordiendo suave. Ella gimió, pero el viejo no me dejó disfrutar el momento. Metió la mano entre sus piernas, agarró mi verga que seguía dentro de ella y la apretó con fuerza contra su propia polla a través de la pared interna.
Viejo: Siente eso, preciosa. Siente cómo mi verga te llena más que la de él. Cómo te estira de verdad. —Movió las caderas en círculos lentos, haciendo que su grosor rozara la mía de forma obscena—. Dile a tu novio que mi verga es más grande. Que la tuya parece un juguete comparada con la mía.
M: (sollozando de placer y vergüenza) Tu verga es más grande... mucho más grande... papi... lo siento... pero es verdad... me está llenando tanto...
Viejo: (mirándome con victoria absoluta) ¿Oíste eso? Tu novia se está disculpando porque mi polla la hace sentir más puta que la tuya. Ahora tócate. Sácatela del coño de ella y pajeate viéndome follarle el culo. Quiero que te corras mirando cómo la marco como mía.
Saqué la verga despacio, sintiendo el vacío frío cuando salí de ella. M gimió de pérdida, pero el viejo la calmó metiendo dos dedos en su coño empapado mientras seguía bombeando su culo con embestidas profundas y controladas.
Viejo: Mira, preciosa. Tu novio se está pajeando porque no puede hacer nada más. Porque sabe que esta noche eres mía. —Le dio una nalgada fuerte que dejó una marca roja—. Di gracias por dejar que te use así.
M: Gracias... gracias por follarme mejor... gracias por humillarlo...
Empecé a pajearme rápido, la mano temblando, el morbo y la humillación quemándome por dentro. El viejo aceleró un poco, follando su culo con más fuerza, haciendo que sus tetas rebotaran contra mi pecho cada vez que empujaba.
Viejo: (gruñendo) Voy a correrme dentro de su culo, muchacho. Y tú vas a verte cómo lo lleno. Después vas a lamer lo que sobre... para que aprendas tu lugar.
M empezó a gemir más alto otra vez, al borde de otro orgasmo solo con la idea.
Viejo: Pide permiso para correrte de nuevo, puta. Pero esta vez pídeselo a mí. No a él. Él ya no decide nada.
M: (desesperada) Por favor... señor... déjame correrme... por favor... quiero correrme con tu verga en mi culo...
Viejo: Córrete entonces. Córrete pensando en cómo tu novio está pajeándose como un perdedor mientras yo te marco por dentro.
M explotó otra vez, el cuerpo convulsionando, gritando su nombre —o lo que fuera que le salió en ese momento— mientras su culo se apretaba alrededor de la verga del viejo. Él gruñó, empujó profundo una última vez y se corrió dentro de ella con un gemido animal, llenándola hasta que sentí el calor de su semen filtrándose por dentro.
Cuando terminó, sacó la verga despacio, dejando que un hilo blanco espeso goteara de su culo abierto. Me miró.
Viejo: Arrodíllate, muchacho. Limpia a tu novia. Con la lengua. Y no dejes ni una gota.
M se quedó temblando encima de mí, el culo expuesto, goteando. Yo dudé un segundo... pero el viejo solo levantó una ceja.
Viejo: ¿O prefieres que le diga a todos en el próximo tren que su novio no sirve ni para limpiar lo que otros dejan?
Bajé la cabeza, humillado hasta el fondo, y acerqué la lengua al culo de M mientras el viejo observaba, satisfecho, con la verga todavía semidura goteando.
El tren seguía avanzando en la oscuridad, y la noche no había terminado de humillarnos.
El viejo se quedó ahí parado, con la verga todavía semidura goteando los últimos restos de su corrida, mirándome como si yo fuera un insecto que acababa de pisar. M seguía temblando encima de mí, el culo abierto y rojo, un hilo espeso de semen blanco deslizándose lento por su entrepierna y cayendo sobre mi regazo. El olor a sexo crudo llenaba el vagón: sudor, semen, coño mojado y esa vergüenza que se pega a la piel.
Viejo: (voz calmada, casi paternal) Vamos, cornudito. No me hagas repetirlo. Arrodíllate y limpia lo que dejé en el culo de tu novia. Con la lengua. Quiero verte lamer cada gota que salió de mí. Y no te atrevas a escupir. Trágatelo todo. Es lo único que vas a probar de una verga de verdad esta noche.
Me quedé congelado un segundo. M giró la cabeza apenas, mirándome con una mezcla de lástima, excitación y algo que parecía desprecio nuevo. Sus labios temblaban.
M: (susurrando, rota) Hazlo, papi… por favor… hazlo por mí…
Bajé del asiento como un autómata. Me arrodillé entre sus piernas abiertas. El culo de M estaba justo frente a mi cara: hinchado, rojo, el agujero todavía palpitando, dilatado por la verga del viejo. El semen goteaba lento, espeso, mezclándose con sus propios fluidos. Acerqué la lengua y lamí la primera gota que caía. Salado, caliente, amargo. El sabor me golpeó como una bofetada.
Viejo: (riendo bajito) Más adentro. Mete la lengua dentro. Quiero que succiones lo que quedó atrapado. Que limpies el desastre que hice en tu novia mientras ella me mira a mí.
Metí la lengua. El interior estaba caliente, viscoso, lleno de él. Succione despacio, tragando cada gota que salía. M gimió bajito, moviendo las caderas hacia atrás para que entrara más profundo.
M: (jadeando) Así… papi… lame lo que él dejó… lame cómo me marcó…
Viejo: (agarrándome del pelo con fuerza, empujándome contra su culo) Escucha a tu puta. Ella te está diciendo que te gusta limpiar semen ajeno. Dilo tú también. Di que te excita ser mi perrito de limpieza.
Tragué otra vez, la lengua todavía dentro de ella.
Y: (voz ahogada contra su piel) Me excita… me excita limpiar tu semen de su culo…
Viejo: Más fuerte. Que el tren entero lo oiga si quiere.
Y: (gritando casi) ¡Me excita limpiar tu semen de su culo! ¡Soy tu cornudo!
El viejo soltó una carcajada que resonó en el vagón. Me soltó el pelo y se sentó en el asiento de enfrente, abriendo las piernas. Su verga colgaba pesada, todavía brillante de fluidos.
Viejo: Ahora ven aquí. Arrodíllate entre mis piernas. Limpia mi verga también. Con la boca. Quiero que pruebes cómo sabe tu novia mezclada conmigo.
Miré a M. Ella asintió despacio, mordiéndose el labio, los ojos brillando de una lujuria oscura.
M: Hazlo… papi… muéstrale cuánto me quieres… cuánto estás dispuesto a humillarte por mí…
Me arrastré hasta él. Me arrodillé entre sus muslos abiertos. La verga del viejo estaba justo frente a mi cara: gruesa, venosa, con restos de semen y los jugos de M pegados en la piel. Abrí la boca y la tomé. El sabor era abrumador: salado, almizclado, con ese toque ácido de su corrida. Chupé despacio, lamiendo desde la base hasta la punta, tragando todo.
Viejo: (acariciándome la cabeza como a un perro) Buen chico… así… succiona bien. Mira cómo tu novia se toca viéndote. Se está masturbando porque le encanta verte convertido en mi putita limpiadora.
Miré de reojo. M tenía los dedos en el clítoris, frotándose rápido, gimiendo bajito mientras me veía chupar la verga del viejo.
M: (voz temblorosa) Dios… papi… verte así… lamiendo su verga… me pone tan caliente…
Viejo: (mirándola a ella) Ven aquí, preciosa. Siéntate en mi regazo. Quiero que te corras una última vez mientras tu novio me la chupa.
M se levantó tambaleante y se sentó a horcajadas sobre él, de espaldas a mí. El viejo la agarró por las caderas y la bajó despacio sobre su verga, que ya volvía a endurecerse. Entró en su coño de un solo empujón. M soltó un gemido largo.
Viejo: (a mí, sin dejar de follarla) Sigue chupando. Lame mis bolas mientras la cojo. Quiero que sientas cómo sube y baja mi verga dentro de ella.
Me incliné más. Mi lengua llegó a sus bolas, pesadas y calientes, lamiéndolas mientras él la embestía. M gemía sin control, moviendo las caderas, follándose a sí misma sobre él.
Viejo: (gruñendo) Dime, puta… ¿quién es tu dueño ahora?
M: Tú… tú eres mi dueño… él solo… él solo limpia…
Viejo: (mirándome fijo) Y tú, cornudo… ¿qué eres?
Y: (con la boca llena de sus bolas) Soy… soy tu limpiador… tu cornudo…
El viejo aceleró, follando a M con fuerza brutal. Ella se corrió otra vez, gritando, el cuerpo convulsionando sobre él. Él se corrió dentro de su coño segundos después, gruñendo como animal, llenándola hasta rebosar.
Cuando terminó, sacó la verga y me miró.
Viejo: Última orden de la noche. Limpia su coño ahora. Con la lengua. Trágate mi segunda corrida mientras ella te mira y se ríe de ti.
M se levantó, se sentó en el borde del asiento y abrió las piernas. El semen del viejo goteaba espeso de su coño hinchado. Me acerqué, arrodillado, y metí la lengua dentro. Lamí, succioné, tragué todo mientras ella me acariciaba el pelo con una mano y se reía bajito, entre jadeos.
M: (susurrando) Buen chico… mi cornudito… lame bien… así… traga todo lo que él dejó en mí…
El viejo se subió los pantalones, se puso de pie y miró su reloj.
Viejo: La próxima estación es la mía. Pero esto no termina aquí. Mañana a la misma hora, mismo vagón. Traigan a una amiga si quieren… o vengan solos. Pero vendrán. Porque ya saben cuál es su lugar.
Me dio una palmada en la nuca, como a un perro obediente, y se bajó en la siguiente estación sin mirar atrás.
M y yo nos quedamos solos en el vagón, yo todavía de rodillas, con la boca llena de su sabor y el suyo. Ella me miró, sonrió con malicia y extendió la mano para ayudarme a levantarme.
M: (susurrando al oído) Vamos a casa, papi… quiero que me folles… pero solo después de que me digas cuánto te gustó ser su cornudo esta noche.
El tren siguió avanzando, y yo supe que ya no había vuelta atrás. La humillación se había metido en nuestra sangre, y el viejo acababa de abrir una puerta que ninguno de los dos quería cerrar.
Mi novia —a quien seguiré llamando M por costumbre— se quitó los zapatos de un tirón y se dejó caer en el sofá sin siquiera encender la luz. La falda seguía subida hasta la mitad de sus muslos, el plug ya no estaba (lo había guardado en su bolso como trofeo), y entre sus piernas aún se veía el brillo pegajoso de lo que habíamos dejado dentro de ella. Olía a sexo, a sudor y a esa mezcla inconfundible de semen y fluidos que se enfría lentamente.
Se recostó, abrió un poco las piernas y me miró con esa sonrisa pícara que me volvía loco desde la adolescencia.
M: ¿Vas a quedarte ahí parado o vas a venir a ver lo que te tengo preparado?
Saqué la nota del bolsillo y la puse sobre la mesa de centro. El número estaba escrito con tinta negra, letra apresurada pero firme. Diez dígitos que de repente pesaban como plomo.
Y: Explícame otra vez para qué carajos quieres eso.
M: Curiosidad, papi… —dijo mientras se mordía el labio inferior—. ¿No te dio morbo verlo correrse dentro de ella? ¿No te imaginaste por un segundo que eras tú el que la estaba llenando? Yo sí. Y cuando la vi caminar tambaleante por el andén… supe que quería saber más.
Se incorporó un poco, apoyando los codos en el respaldo del sofá. Sus tetas seguían casi fuera del top, los pezones todavía duros por el frío y la excitación residual.
M: Además… ¿y si no era la primera vez que lo hacía con ella? ¿Y si ese viejo tiene un método? ¿Un lugar? ¿Un grupo?
Y: ¿Un grupo? —repetí, sintiendo cómo mi verga daba un respingo traicionero dentro del pantalón.
M: Ajá. —Se lamió los labios lentamente—. Imagínate… una pareja como nosotros, pero más experimentada. Gente que sabe exactamente en qué vagón subirse, a qué hora, cómo moverse para que nadie los joda… o para que alguien los vea y se una.
Se levantó del sofá y caminó hacia mí con ese balanceo deliberado de caderas que me hacía perder el control. Me quitó el celular de la mano sin pedir permiso, abrió la app de contactos y empezó a teclear el número.
Y: ¿Qué haces?
M: Guardarlo como “El Viejo del Metro”. —Sonrió mientras pulsaba “guardar”—. Por si acaso.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se pegó a mí. Sus manos bajaron directo a mi bragueta, desabrochándola con dedos hábiles.
M: Pero antes de decidir si le escribo o no… necesito que me recuerdes por qué soy tu putita favorita.
Me empujó suavemente hasta que mi espalda chocó contra la pared. Se arrodilló sin dejar de mirarme a los ojos, bajó mis pantalones junto con el bóxer y mi verga saltó libre, todavía sensible por todo lo que había pasado esa noche. La tomó con una mano, la lamió desde la base hasta la punta y murmuró contra la piel húmeda:
M: Dime, papi… ¿te gustaría verme con él? ¿Que me agarrara como agarró a esa colegiala? ¿Que me abriera en medio del vagón mientras tú miras… o mientras tú me ayudas a recibirlo?
Sentí un escalofrío recorrer toda mi columna. Mi mano se enredó en su cabello por instinto.
Y: Eres una maldita zorra…
M: Tu maldita zorra. —Abrió la boca y me tragó entero de un solo movimiento, hasta que sus labios tocaron mi pelvis.
Gruñí. La imagen de ella a cuatro patas en el metro, con el viejo detrás y yo al frente, me golpeó como un tren. Literalmente.
Saqué el celular de la mesa con la mano libre, lo desbloqueé y abrí la conversación nueva con “El Viejo del Metro”. Mis dedos temblaban mientras escribía el primer mensaje:
“La chica del último vagón nos dio tu número. Dice que quizás nos interese conocerte. ¿Te animas a repetir… pero en cuatro?”
Envié.
Mi novia levantó la vista sin sacar mi verga de su boca, con ojos brillantes de pura lujuria. Sabía exactamente lo que acababa de hacer.
El celular vibró sobre la mesa de centro apenas unos minutos después. M seguía con mi verga en la boca, moviendo la lengua en círculos lentos alrededor de la cabeza, pero cuando oyó el sonido levantó la cabeza de golpe, con un hilo de saliva todavía conectando sus labios con mi glande.
M: ¿Ya contestó?
Asentí, respirando pesado. Tomé el teléfono con la mano temblorosa y abrí el chat.
**El Viejo del Metro:**
Jajaja, qué rápidos son los jóvenes de ahora. La colegiala les habló bien de mí, ¿eh? Me gusta que vayan directo al grano.
Cuatro, dices… Me parece perfecto. Pero no en cualquier vagón. Último del tren que sale de ********* a las 00:45 los viernes. Ese siempre va medio vacío después de las 1:00.
Lleguen limpios, sin perfume fuerte, ropa fácil de mover. Ella con falda o vestido, nada de pantalón. Tú con pantalón deportivo o algo que baje rápido.
Y no uso condones. Es mi condición.
Nos vemos ahí. No me fallen.
M leyó el mensaje por encima de mi hombro y soltó una risita nerviosa mientras se limpiaba la comisura de la boca.
M: ¿Ves? Tiene método. Sabe exactamente qué tren, qué hora… —Se mordió el labio—. Me estoy mojando otra vez solo de leerlo.
Y: ¿Vamos a ir de verdad?
M: ¿Tú qué crees, papi? —Me agarró la verga con fuerza y empezó a pajearme lento—. Ya le dijiste que sí en cuatro. No hay marcha atrás.
Pasaron los días como una cuenta regresiva enfermiza. Hablábamos de eso todo el tiempo: en el desayuno, en el tráfico, mientras veíamos Netflix. Cada vez que salía el tema, terminábamos follando como animales. Pero también había momentos de silencio incómodo, de miradas que decían “¿y si nos arrepentimos?” o “¿y si no sabemos cómo manejarlo?”.
El viernes llegó.
Llegamos con diez minutos de sobra. El andén estaba casi desierto. M llevaba un vestido negro corto, sin sostén, las tetas marcadas contra la tela fina. Yo traía pantalón de deporte gris y sudadera. Los dos sudábamos frío, pero también calor. Ella no paraba de apretar y soltar mis dedos con los suyos.

Subimos al último vagón. Estaba vacío, salvo por una señora mayor que se bajó en la siguiente estación. Las luces parpadeaban un poco, el tren traqueteaba más fuerte ahí atrás. Nos sentamos en los asientos del fondo, uno al lado del otro. M cruzó las piernas, pero enseguida las abrió un poco, dejando que el vestido se subiera.
M: (susurrando) ¿Y si no viene? ¿O si viene y nos da pena?
Y: No sé… —Le puse la mano en el muslo, subiendo despacio—. Pero ya estamos aquí. Si quieres parar, decimos y nos bajamos en la siguiente.
M negó con la cabeza. Se inclinó y me besó, metiendo la lengua profundo, como si quisiera comerme la duda. Mi mano llegó hasta su coño: ya estaba empapada, sin calzones. Empecé a frotarla despacio por encima del clítoris, ella gimió bajito contra mi boca.
De repente, el tren frenó en una estación. Subió un hombre. Alto, canoso, unos 60 bien llevados. Chaqueta de cuero vieja, jeans oscuros, botas. Nos miró directo, sin disimulo. Caminó lento hacia nosotros y se sentó enfrente, a dos asientos de distancia. Sacó el celular, fingió revisar algo, pero sus ojos no se apartaban de las piernas abiertas de M.
El tren arrancó de nuevo. Silencio pesado, solo el ruido de las ruedas.
M me apretó la mano con fuerza. Yo sentía la verga dura como piedra dentro del pantalón.
El hombre guardó el celular, se levantó y se acercó sin prisa. Se paró justo frente a nosotros.
Viejo: (voz grave, calmada) Así que ustedes son los del mensaje. —Miró a M de arriba abajo—. Bonita elección de vestido, preciosa. Abre más las piernas. Quiero ver si ya estás lista.
M dudó un segundo. Miró hacia mí, buscando permiso o valor. Yo asentí apenas. Ella abrió las piernas del todo, el vestido se arrugó en la cintura. El coño le brillaba bajo la luz tenue del vagón.
Viejo: Buenas chicas… —Se lamió los labios—. Ahora quítate el vestido por completo. Despacio. Que tu novio lo vea bien.
M tragó saliva. Se levantó un poco, se sacó el vestido por la cabeza. Quedó desnuda salvo por los tenis. Las tetas firmes, pezones duros como piedritas. El viejo sonrió.
Viejo: Siéntate en el regazo de él, de espaldas. Que te vea la cara mientras te preparo.
M obedeció, temblando un poco. Se sentó sobre mí, mi verga todavía dentro del pantalón presionando contra su culo. El viejo se arrodilló frente a ella, le abrió las piernas con las manos grandes y ásperas.
Viejo: (mirándome a los ojos) Tú, quítate el pantalón. Pero no te la saques todavía. Solo bájatelo hasta las rodillas. Quiero que sientas cómo se moja más cuando yo la toque.
Hice caso. El pantalón y el bóxer bajaron. Mi verga quedó libre, rozando la raja húmeda de M desde atrás.
El viejo metió dos dedos dentro de ella sin aviso. M soltó un gemido ahogado y se arqueó contra mí.
Viejo: Así, tranquila… Respira. —Los movía lento, profundo, haciendo ruido de lo mojada que estaba—. Mira cómo se abre para mí. Tu novia tiene un coño agradecido, ¿eh?
Y: (voz ronca) Sí…
Viejo: Ahora tócate tú. Pero despacio. Sincroniza con mis dedos. Cuando yo entre, tú entras. Cuando yo salga, tú sales. Vamos a follarla al mismo ritmo hasta que no sepa quién la está cogiendo.
M gimió más fuerte. El viejo sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó.
Viejo: Dulce… —Se bajó el cierre del pantalón. Sacó una verga gruesa, venosa, ya completamente dura. La frotó contra el clítoris de M un par de veces—. ¿Lista, preciosa?
M: (jadeando) Sí… por favor…
Viejo: Entonces mírame a los ojos mientras te la meto. Y tú —me miró—, agárrale las tetas. Apriétalas fuerte. Que sienta que los dos la estamos reclamando.
Metió la punta despacio. M se tensó, soltó un gritito. Yo le agarré las tetas desde atrás, pellizcando los pezones.
Viejo: Respira… así… muy bien… —Empujó más profundo—. ¿Ves cómo entra? Mira cómo se la traga toda tu putita.
Empezó a moverse lento, profundo. Yo seguí el ritmo que él marcaba, metiendo mi verga entre sus nalgas, rozando su culo, sintiendo cómo el viejo la abría desde el frente.
M empezó a temblar, a gemir sin control. El viejo le tapó la boca con la mano libre.
Viejo: Shhh… no tan fuerte todavía. Que nadie baje a curiosear… aún.
Y siguió empujando, cada vez más seguro, más dominante, guiándonos a los dos como si fuéramos sus marionetas.
La noche en el vagón apenas empezaba a calentarse de verdad.
El tren seguía traqueteando en la oscuridad, cada sacudida hacía que el cuerpo de M se moviera contra el mío y contra el viejo al mismo tiempo. Ella estaba empalada entre los dos, temblando, con la respiración entrecortada y los ojos vidriosos. El viejo no había acelerado todavía; seguía moviéndose con esa lentitud deliberada, casi cruel, como si supiera exactamente cuánto podía estirar la cuerda antes de que se rompiera.
Viejo: (voz baja, ronca, casi un gruñido) Mírenme los dos. No cierren los ojos. Quiero que vean quién los está manejando esta noche.
Levantó la mano que tenía libre y la puso en la nuca de M, agarrándola con firmeza pero sin lastimarla. La obligó a arquear la cabeza hacia atrás hasta que su nuca quedó apoyada en mi hombro. Desde esa posición, M tenía que mirarlo directo a los ojos mientras él la penetraba. Yo sentía cada embestida suya a través del cuerpo de ella: cómo su pelvis chocaba contra el culo de M, cómo su verga gruesa la abría más y más con cada centímetro que entraba.
Viejo: (mirándome fijo) Tú, apriétale las tetas más fuerte. Quiero ver marcas rojas en esa piel blanca cuando termine la noche. Y pellizca los pezones… lento… hasta que ella se retuerza y suplique.
Obedecí sin pensarlo. Mis dedos se cerraron alrededor de sus pezones duros, girándolos despacio, tirando un poco. M soltó un gemido largo, ahogado, que vibró contra mi pecho. Sus caderas empezaron a moverse por instinto, buscando más, pero el viejo la detuvo con un golpe seco de cadera que la hizo jadear.
Viejo: No. Tú no decides el ritmo, preciosa. Yo decido cuándo te corres, cuándo te mueves, cuándo respiras más rápido. —Le dio una nalgada fuerte en el muslo, el sonido rebotó en el vagón vacío—. Abre más las piernas. Quiero que tu novio vea cómo te traga mi verga hasta el fondo.
M obedeció temblando. Separó las piernas todo lo que pudo, apoyando los pies en el asiento de enfrente. Desde mi posición, podía ver perfectamente cómo la polla del viejo entraba y salía de ella: brillante de fluidos, venosa, estirándola de una forma que yo nunca había logrado solo. Cada vez que salía casi por completo, el coño de M se contraía como si no quisiera dejarlo ir, y cuando volvía a entrar, ella soltaba un gritito corto y desesperado.
Viejo: (sonriendo con malicia) ¿Ves eso, muchacho? Mira cómo se le pone el clítoris hinchado solo porque la estoy follando despacio. Tócate tú ahora. Pero no te corras. Solo tócate al mismo ritmo que yo la cojo. Si te corres antes que ella, te voy a hacer lamer lo que deje dentro.
Mi mano bajó sola a mi verga, todavía pegada entre las nalgas de M. Empecé a pajearme siguiendo el vaivén del viejo: lento, profundo, torturante. Sentía el calor de su cuerpo, el roce de su verga a través de la pared delgada que nos separaba, y cada vez que él empujaba más fuerte, M se apretaba contra mí y gemía más alto.
M: (voz rota, casi llorando de placer) Papi… por favor… no puedo… está muy adentro… me va a romper…
Viejo: (riendo bajito) No te va a romper, preciosa. Te va a abrir. Te va a hacer más puta de lo que ya eres. —Le metió tres dedos en la boca sin aviso—. Chúpalos. Como si fueran dos vergas. Y no dejes de mirarme.
M obedeció, succionando los dedos con desesperación, la saliva corriéndole por la barbilla. El viejo los sacó empapados y los bajó directo a su clítoris. Empezó a frotarlo en círculos lentos, presionando justo lo suficiente para hacerla temblar violentamente, pero sin dejarla llegar al orgasmo.
Viejo: Dime, puta… ¿quién manda aquí?
M: (gimiendo contra los dedos que todavía le rozaban los labios) Tú… tú mandas…
Viejo: Más fuerte. Que tu novio lo oiga claro.
M: (casi gritando) ¡Tú mandas! ¡Por favor… déjame correrme…!
Viejo: Todavía no. —Se inclinó hacia adelante y le mordió un pezón con fuerza, tirando de él con los dientes hasta que M soltó un alarido ahogado—. Primero vas a pedirle permiso a él. Dile que quieres que te folle más fuerte mientras yo te abro el culo con los dedos.
M giró la cabeza como pudo, mirándome con los ojos llenos de lágrimas de placer.
M: Papi… por favor… dile que me folle el culo… quiero sentirlos a los dos dentro… al mismo tiempo… por favor…
El viejo sonrió satisfecho. Sacó la verga de golpe, dejando a M jadeando y vacío. Se levantó un segundo, se bajó los pantalones hasta los tobillos y volvió a arrodillarse.
Viejo: Date la vuelta, preciosa. Ponte a cuatro patas sobre tu novio. Que él te sostenga mientras yo te preparo el culo.
M se movió torpe, excitada, colocándose a cuatro patas encima de mí. Yo me recosté en el asiento, la verga apuntando al cielo. Ella se sentó despacio sobre mí, dejándome entrar en su coño empapado de un solo movimiento. Gemimos los dos al mismo tiempo.
El viejo se colocó detrás, escupió en su mano y empezó a frotar el ano de M con el dedo índice, presionando suave pero firme.
Viejo: Relájate… respira… así… muy bien… —Metió el dedo hasta el nudillo—. Mira cómo se abre para mí. Tu novia tiene un culo virgen apretado… pero no por mucho tiempo.
Empezó a mover el dedo dentro y fuera, añadiendo un segundo, luego un tercero. M se retorcía encima de mí, gimiendo sin control, moviendo las caderas en círculos desesperados.
Viejo: (mirándome otra vez) Ahora tú, muévete despacio. Fóllala el coño mientras yo le abro el culo. Y no pares hasta que yo diga.
Empecé a empujar hacia arriba, sintiendo cómo los dedos del viejo rozaban mi verga a través de la pared delgada. M estaba al borde del llanto de placer, el cuerpo temblando entero.
Viejo: (voz autoritaria) Pide permiso para correrte, puta. Pídelo a los dos.
M: (sollozando de excitación) Por favor… papi… señor… déjenme correrme… no aguanto más… por favor…
El viejo miró mi cara, esperando mi respuesta. Yo estaba al límite también, la verga latiendo dentro de ella, el culo apretado alrededor de sus dedos.
Viejo: (sonriendo) ¿Qué dices, muchacho? ¿La dejamos explotar… o la hacemos sufrir un poco más?
La decisión colgaba en el aire, mientras el tren seguía avanzando en la noche y M se retorcía entre nosotros, suplicando con cada jadeo.
El viejo no aflojó ni un segundo. Seguía clavado hasta el fondo en el culo de M, moviéndose con esa lentitud torturadora que hacía que cada centímetro pareciera una eternidad. M todavía temblaba del orgasmo que acababa de tener, el cuerpo flojo y sudoroso encima de mí, pero él no la dejó descansar. Le agarró el cabello con una mano, tirando la cabeza hacia atrás hasta que su cuello quedó expuesto y arqueado, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.
Viejo: (voz baja, cargada de desprecio placentero) Mira cómo estás, puta. Acabas de correrte como una perra en celo solo porque te metí mi verga en el culo. Y tu noviecito aquí... —me miró de reojo, sonriendo con sorna— ni siquiera te ha hecho gritar así nunca, ¿verdad?
M intentó negar con la cabeza, pero el agarre en su pelo no la dejó. Solo pudo gemir, un sonido roto y patético.
Viejo: Responde, zorra. Di la verdad. Di que mi verga es mejor que la de él. Di que te estoy follando como él nunca podrá.
M: (voz entrecortada, casi llorando de vergüenza y placer) Sí... tu verga es mejor... mucho mejor... me estás rompiendo... papi nunca... papi nunca me había hecho sentir así...
Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de rabia, celos y una excitación tan jodida que mi verga latió más fuerte dentro de su coño. El viejo lo notó. Se rio bajito, satisfecho.
Viejo: ¿Ves, muchacho? Escucha bien lo que dice tu novia mientras la tengo empalada por detrás. —Empujó fuerte una vez, haciendo que M gritara y se apretara alrededor de los dos—. Ella está admitiendo que eres un cornudo de mierda. Que tu polla es solo un relleno para que yo pueda follarla como se merece.
Me miró fijo, desafiante.
Viejo: Ahora repítelo tú. Dile a tu puta que estás de acuerdo. Que te gusta verla así: abierta, usada, suplicando por una verga de verdad.
Tragué saliva. La verga me dolía de lo dura que estaba. M me miró por encima del hombro, los ojos vidriosos, esperando.
Y: (voz ronca, casi ahogada) Sí... me gusta... me gusta verte así... siendo su puta...
Viejo: Más fuerte. Y mírame a mí cuando lo digas.
Y: (más alto, humillado) ¡Me gusta verte siendo su puta! ¡Me gusta que te folle mejor que yo!
El viejo soltó una carcajada grave que resonó en el vagón vacío.
Viejo: Buen chico. Ahora, bésale el cuello a tu novia mientras yo sigo abriéndole el culo. Muéstrale cuánto la quieres... aunque sepas que ya no te pertenece del todo esta noche.
Me incliné y besé el cuello de M, lamiendo el sudor salado, mordiendo suave. Ella gimió, pero el viejo no me dejó disfrutar el momento. Metió la mano entre sus piernas, agarró mi verga que seguía dentro de ella y la apretó con fuerza contra su propia polla a través de la pared interna.
Viejo: Siente eso, preciosa. Siente cómo mi verga te llena más que la de él. Cómo te estira de verdad. —Movió las caderas en círculos lentos, haciendo que su grosor rozara la mía de forma obscena—. Dile a tu novio que mi verga es más grande. Que la tuya parece un juguete comparada con la mía.
M: (sollozando de placer y vergüenza) Tu verga es más grande... mucho más grande... papi... lo siento... pero es verdad... me está llenando tanto...
Viejo: (mirándome con victoria absoluta) ¿Oíste eso? Tu novia se está disculpando porque mi polla la hace sentir más puta que la tuya. Ahora tócate. Sácatela del coño de ella y pajeate viéndome follarle el culo. Quiero que te corras mirando cómo la marco como mía.
Saqué la verga despacio, sintiendo el vacío frío cuando salí de ella. M gimió de pérdida, pero el viejo la calmó metiendo dos dedos en su coño empapado mientras seguía bombeando su culo con embestidas profundas y controladas.
Viejo: Mira, preciosa. Tu novio se está pajeando porque no puede hacer nada más. Porque sabe que esta noche eres mía. —Le dio una nalgada fuerte que dejó una marca roja—. Di gracias por dejar que te use así.
M: Gracias... gracias por follarme mejor... gracias por humillarlo...
Empecé a pajearme rápido, la mano temblando, el morbo y la humillación quemándome por dentro. El viejo aceleró un poco, follando su culo con más fuerza, haciendo que sus tetas rebotaran contra mi pecho cada vez que empujaba.
Viejo: (gruñendo) Voy a correrme dentro de su culo, muchacho. Y tú vas a verte cómo lo lleno. Después vas a lamer lo que sobre... para que aprendas tu lugar.
M empezó a gemir más alto otra vez, al borde de otro orgasmo solo con la idea.
Viejo: Pide permiso para correrte de nuevo, puta. Pero esta vez pídeselo a mí. No a él. Él ya no decide nada.
M: (desesperada) Por favor... señor... déjame correrme... por favor... quiero correrme con tu verga en mi culo...
Viejo: Córrete entonces. Córrete pensando en cómo tu novio está pajeándose como un perdedor mientras yo te marco por dentro.
M explotó otra vez, el cuerpo convulsionando, gritando su nombre —o lo que fuera que le salió en ese momento— mientras su culo se apretaba alrededor de la verga del viejo. Él gruñó, empujó profundo una última vez y se corrió dentro de ella con un gemido animal, llenándola hasta que sentí el calor de su semen filtrándose por dentro.
Cuando terminó, sacó la verga despacio, dejando que un hilo blanco espeso goteara de su culo abierto. Me miró.
Viejo: Arrodíllate, muchacho. Limpia a tu novia. Con la lengua. Y no dejes ni una gota.
M se quedó temblando encima de mí, el culo expuesto, goteando. Yo dudé un segundo... pero el viejo solo levantó una ceja.
Viejo: ¿O prefieres que le diga a todos en el próximo tren que su novio no sirve ni para limpiar lo que otros dejan?
Bajé la cabeza, humillado hasta el fondo, y acerqué la lengua al culo de M mientras el viejo observaba, satisfecho, con la verga todavía semidura goteando.
El tren seguía avanzando en la oscuridad, y la noche no había terminado de humillarnos.
El viejo se quedó ahí parado, con la verga todavía semidura goteando los últimos restos de su corrida, mirándome como si yo fuera un insecto que acababa de pisar. M seguía temblando encima de mí, el culo abierto y rojo, un hilo espeso de semen blanco deslizándose lento por su entrepierna y cayendo sobre mi regazo. El olor a sexo crudo llenaba el vagón: sudor, semen, coño mojado y esa vergüenza que se pega a la piel.
Viejo: (voz calmada, casi paternal) Vamos, cornudito. No me hagas repetirlo. Arrodíllate y limpia lo que dejé en el culo de tu novia. Con la lengua. Quiero verte lamer cada gota que salió de mí. Y no te atrevas a escupir. Trágatelo todo. Es lo único que vas a probar de una verga de verdad esta noche.
Me quedé congelado un segundo. M giró la cabeza apenas, mirándome con una mezcla de lástima, excitación y algo que parecía desprecio nuevo. Sus labios temblaban.
M: (susurrando, rota) Hazlo, papi… por favor… hazlo por mí…
Bajé del asiento como un autómata. Me arrodillé entre sus piernas abiertas. El culo de M estaba justo frente a mi cara: hinchado, rojo, el agujero todavía palpitando, dilatado por la verga del viejo. El semen goteaba lento, espeso, mezclándose con sus propios fluidos. Acerqué la lengua y lamí la primera gota que caía. Salado, caliente, amargo. El sabor me golpeó como una bofetada.
Viejo: (riendo bajito) Más adentro. Mete la lengua dentro. Quiero que succiones lo que quedó atrapado. Que limpies el desastre que hice en tu novia mientras ella me mira a mí.
Metí la lengua. El interior estaba caliente, viscoso, lleno de él. Succione despacio, tragando cada gota que salía. M gimió bajito, moviendo las caderas hacia atrás para que entrara más profundo.
M: (jadeando) Así… papi… lame lo que él dejó… lame cómo me marcó…
Viejo: (agarrándome del pelo con fuerza, empujándome contra su culo) Escucha a tu puta. Ella te está diciendo que te gusta limpiar semen ajeno. Dilo tú también. Di que te excita ser mi perrito de limpieza.
Tragué otra vez, la lengua todavía dentro de ella.
Y: (voz ahogada contra su piel) Me excita… me excita limpiar tu semen de su culo…
Viejo: Más fuerte. Que el tren entero lo oiga si quiere.
Y: (gritando casi) ¡Me excita limpiar tu semen de su culo! ¡Soy tu cornudo!
El viejo soltó una carcajada que resonó en el vagón. Me soltó el pelo y se sentó en el asiento de enfrente, abriendo las piernas. Su verga colgaba pesada, todavía brillante de fluidos.
Viejo: Ahora ven aquí. Arrodíllate entre mis piernas. Limpia mi verga también. Con la boca. Quiero que pruebes cómo sabe tu novia mezclada conmigo.
Miré a M. Ella asintió despacio, mordiéndose el labio, los ojos brillando de una lujuria oscura.
M: Hazlo… papi… muéstrale cuánto me quieres… cuánto estás dispuesto a humillarte por mí…
Me arrastré hasta él. Me arrodillé entre sus muslos abiertos. La verga del viejo estaba justo frente a mi cara: gruesa, venosa, con restos de semen y los jugos de M pegados en la piel. Abrí la boca y la tomé. El sabor era abrumador: salado, almizclado, con ese toque ácido de su corrida. Chupé despacio, lamiendo desde la base hasta la punta, tragando todo.
Viejo: (acariciándome la cabeza como a un perro) Buen chico… así… succiona bien. Mira cómo tu novia se toca viéndote. Se está masturbando porque le encanta verte convertido en mi putita limpiadora.
Miré de reojo. M tenía los dedos en el clítoris, frotándose rápido, gimiendo bajito mientras me veía chupar la verga del viejo.
M: (voz temblorosa) Dios… papi… verte así… lamiendo su verga… me pone tan caliente…
Viejo: (mirándola a ella) Ven aquí, preciosa. Siéntate en mi regazo. Quiero que te corras una última vez mientras tu novio me la chupa.
M se levantó tambaleante y se sentó a horcajadas sobre él, de espaldas a mí. El viejo la agarró por las caderas y la bajó despacio sobre su verga, que ya volvía a endurecerse. Entró en su coño de un solo empujón. M soltó un gemido largo.
Viejo: (a mí, sin dejar de follarla) Sigue chupando. Lame mis bolas mientras la cojo. Quiero que sientas cómo sube y baja mi verga dentro de ella.
Me incliné más. Mi lengua llegó a sus bolas, pesadas y calientes, lamiéndolas mientras él la embestía. M gemía sin control, moviendo las caderas, follándose a sí misma sobre él.
Viejo: (gruñendo) Dime, puta… ¿quién es tu dueño ahora?
M: Tú… tú eres mi dueño… él solo… él solo limpia…
Viejo: (mirándome fijo) Y tú, cornudo… ¿qué eres?
Y: (con la boca llena de sus bolas) Soy… soy tu limpiador… tu cornudo…
El viejo aceleró, follando a M con fuerza brutal. Ella se corrió otra vez, gritando, el cuerpo convulsionando sobre él. Él se corrió dentro de su coño segundos después, gruñendo como animal, llenándola hasta rebosar.
Cuando terminó, sacó la verga y me miró.
Viejo: Última orden de la noche. Limpia su coño ahora. Con la lengua. Trágate mi segunda corrida mientras ella te mira y se ríe de ti.
M se levantó, se sentó en el borde del asiento y abrió las piernas. El semen del viejo goteaba espeso de su coño hinchado. Me acerqué, arrodillado, y metí la lengua dentro. Lamí, succioné, tragué todo mientras ella me acariciaba el pelo con una mano y se reía bajito, entre jadeos.
M: (susurrando) Buen chico… mi cornudito… lame bien… así… traga todo lo que él dejó en mí…
El viejo se subió los pantalones, se puso de pie y miró su reloj.
Viejo: La próxima estación es la mía. Pero esto no termina aquí. Mañana a la misma hora, mismo vagón. Traigan a una amiga si quieren… o vengan solos. Pero vendrán. Porque ya saben cuál es su lugar.
Me dio una palmada en la nuca, como a un perro obediente, y se bajó en la siguiente estación sin mirar atrás.
M y yo nos quedamos solos en el vagón, yo todavía de rodillas, con la boca llena de su sabor y el suyo. Ella me miró, sonrió con malicia y extendió la mano para ayudarme a levantarme.
M: (susurrando al oído) Vamos a casa, papi… quiero que me folles… pero solo después de que me digas cuánto te gustó ser su cornudo esta noche.
El tren siguió avanzando, y yo supe que ya no había vuelta atrás. La humillación se había metido en nuestra sangre, y el viejo acababa de abrir una puerta que ninguno de los dos quería cerrar.
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