Me desperté en mi cama, no en el sofá del salón donde me había quedado frito la noche anterior. No recordaba haber subido las escaleras. Solo flashes: el orgasmo intenso, la boca de Marta cerrándose alrededor, los dedos presionando justo donde más lo necesitaba, el tragar sin apartarse, el beso suave en la mejilla y sus pasos subiendo. Después, nada. Supongo que me quedé tan relajado que subí dormido, o ella me ayudó sin que me enterara.
El caso es que estaba en mi habitación, tumbado boca arriba, con la sábana enredada en las piernas y una erección de campeonato que me apuntaba al techo como si tuviera vida propia. Me quedé mirando el techo un rato, sorprendido. Hacía… ¿cuánto? ¿dos años? ¿tres? que no me pasaba algo así por las mañanas. La disfunción eréctil se había instalado como un invitado permanente después de los años de cristal y coca, y aunque estaba limpio (más o menos) desde la última recaída en el spa, el cuerpo no terminaba de recuperar el ritmo. Y de repente, ahí estaba: dura, venosa, palpitante, sin que yo hubiera hecho nada para provocarla. Solo despertarme.
Pensé: “Joder, el cuerpo es una máquina cojonuda cuando le das tregua”. Había leído en algún libro de recuperación que el organismo se regenera, que las neuronas se reconectan, que la testosterona vuelve a niveles normales si dejas de envenenarlo todo. Pero leerlo es una cosa; sentirlo es otra. Me dio una especie de alegría triste, de esas que vienen con culpa detrás. Alegría porque quizás no estaba tan roto como pensaba. Triste porque para llegar aquí había arrastrado a todo el mundo conmigo: padres, Marta, yo mismo.
Miré el móvil en la mesilla: 9:03. Domingo. El sol entraba a chorros por la persiana medio rota, y ya se notaba el bochorno. Junio en el campo es así: a las nueve ya parece mediodía. Oí ruido abajo, en el viejo almacén que habíamos convertido en gimnasio improvisado. Pesas chocando contra el suelo, respiración fuerte controlada. Marta machacándose. Seguro que estaba haciendo hip thrusts o puentes de glúteos con la barra que papá había soldado hace años. Siempre decía que los glúteos eran la base de todo: fuerza, estabilidad, defensa personal. Y vaya si los tenía en su sitio.
Decidí levantarme. Necesitaba una ducha urgente. Olía a sudor rancio, a vino de ayer, a marihuana vieja y a… algo más. A sexo, supongo. A lo del sábado. Me puse un bañador viejo que colgaba detrás de la puerta, cogí una toalla raída y bajé descalzo. El patio trasero estaba ya caliente. La ducha de camping que habíamos montado con una manguera y un bidón elevado colgaba inútil: ni gota.
Marta salió del almacén justo cuando yo llegaba. Sudada, brillante, con leggings negros pegados al cuerpo y un top deportivo que se le transparentaba por el sudor. Se le marcaba todo: el camello en la entrepierna, los piercings en los pezones apuntando bajo la tela mojada. Me miró y sonrió de lado.
—No hay agua —dijo antes de que preguntara—. El sistema pierde por algún lado. Habrá que buscar la fuga y arreglarlo.
Me quedé mirándola un segundo de más. La polla, que ya venía medio tiesa de la cama, reaccionó sola. Se puso morcillona bajo el bañador, sin permiso. Intenté disimular cruzándome de brazos.
—Pues me meto en el baño de los papás —dije.
—Ni se te ocurra. Sabes lo paranoicos que se han vuelto contigo. Si entras ahí lo sabrán: huellas en el suelo, olor raro, y si sospechan te hacen análisis de orina en dos días. Y con lo de ayer… no te la juegues.
Tenía razón. La última vez que pillaron rastro de algo me lo dejaron clarísimo: “Una más y te vas a la puta calle. No hay negociación”. Y después de la coca, la USB, la mamada… no podía arriesgar. Nos quedamos mirándonos. Ella con las manos en las caderas, el sudor resbalándole por el cuello. Yo intentando que no se notara la erección.
—Ven a correr un rato conmigo —dijo al fin—. Y conseguiré que te laves.
—¿Vamos corriendo hasta el pueblo? No me jodas, prefiero quedarme pringado.
—Apestas a químico.
Me olí el sobaco. Joder, era verdad. Sudor ácido, restos de coca en los poros, alcohol fermentado. Olía a resaca dura.
—¿Y cómo volvemos? —pregunté.
—Caminando. No está tan lejos.
Pensé un segundo. A trote suave, poco más de una hora hasta el pueblo. Ducharnos en las piscinas municipales, y volver caminando o liar a alguien para que nos trajera. Además, en el pueblo los domingos por la mañana la gente se toma un vinito en el bar antes de comer. Para abrir el apetito. Era lo normal por aquí. Me vendría bien un tinto fresco.
—Vale —dije—. Me pongo la ropa para correr en cinco minutos y vamos.
—Aquí te espero.
Subí, me cambié rápido: shorts deportivos viejos, camiseta sin mangas, zapatillas gastadas. Bajé y la encontré ya cambiada: misma línea de ropa ajustada (leggings grises nuevos, top deportivo gris), pero limpia, sin sudor. Estaba calentando: estiramientos de cuádriceps, brazos en círculos, trote suave en el sitio. Hice lo mismo: unos cuantos saltos, rotaciones de tobillos, estiramientos de isquios. Nada intenso, solo para despertar el cuerpo.
—Sígueme —dijo ella.
Y arrancó. Suave al principio, casi como si siguiera calentando. Yo detrás. No llevábamos ni doscientos metros por el camino de tierra y ya estaba sudando otra vez. El sol pegaba de frente, el aire caliente entraba en los pulmones como aire que sale de un horno. Menos mal que en los últimos meses había vuelto a ponerme en forma: caminatas largas para despejar la cabeza, algo de pesas en el almacén, flexiones en la habitación. Si no, me habría parado a los cien metros. Marta no sudaba apenas. Corría con ese ritmo constante, el culo moviéndose firme bajo los leggings, las piernas marcadas. Cada vez iba un poquito más rápido. Yo apretaba los dientes, no quería parecer débil. Para motivarme, fijé la vista en su culo. Era hipnótico: fuerte, redondo, perfecto. Pensé: “Joder, qué máquina”. Y la polla, que había estado tranquila, empezó a reaccionar otra vez. Se puso medio dura dentro de los shorts. Intenté concentrarme en la respiración, en el camino, en cualquier cosa que no fuera su cuerpo delante de mí.
De repente se salió del camino principal y tomó un caminejo agrícola estrecho, entre olivos y tierra seca. Pensé: “Será un atajo hasta el pueblo”. Sabía que a Marta le encantaba explorar cuando salía a correr. Antes hacía carreras de orientación: mapas, brújula, puntos de control en el monte. Le salía natural desviarse, probar senderos nuevos. Yo la seguí sin preguntar, aunque ya me costaba mantener el ritmo. Llegamos a un claro sombreado bajo unas encinas grandes. Ella se paró. Yo llegué jadeando, doblado. Y entonces empezó a desnudarse. Camiseta por la cabeza, sujetador deportivo en la mano, leggings y bragas aún en su sitio. Quedó casi desnuda, tatuajes brillando al sol filtrado, piercings reluciendo.
—¿Pero qué haces? —pregunté, con la voz entrecortada.
—Desnudarme. No me voy a bañar vestida.
—Explícate, por favor. No entiendo nada.
Se paró con la camiseta aún en la mano, tetas al aire.
—En mis exploraciones descubrí que aquí hay una poza. No sé de dónde sale el agua, pero está limpia y fresca. Alguien hace años la habilitó: limpió el fondo, puso piedras para sentarse, clavos en los árboles para colgar la ropa. Ven al agua conmigo.
Miré. Había una poza pequeña, profunda, agua cristalina. Asiento de piedra natural bajo la superficie. Dos clavos en un árbol.
Tenía dos problemas: la polla estaba dura otra vez, sin remedio. Y la ropa: si la dejaba en el suelo se pondría perdida de tierra.
—¿Dónde dejo la puta ropa? —pregunté, resignado.
—En los clavos.
Colgó su mochilita y toda su ropa. Yo hice lo mismo con camiseta y shorts. Pero no cabía todo. Marta se agachó, cogió un clavo viejo del suelo y lo clavó en la corteza con los dedos. Un empuje progresivo. Quedó perfecto. Me quedé mirando. Eso daba miedo. Solo se lo había visto hacer a ella… y a papá. Fuerza bruta heredada. Yo no tenía ni para empezar.
Nos metimos en el agua. Fresca, casi fría. Ella sacó de la mochila dos pequeñas toallas de microfibra, botella de agua, dos porros y un mechero. Nos sentamos en el asiento de piedra bajo el agua, casi todo el cuerpo sumergido. Bebimos de la botella, turnándonos. Encendió un porro, dio caladas profundas y me lo pasó.
—Menos mal que a los viejos no les importa que fumemos maría —dije, soltando humo.
—Pues menos mal. Eso disimulará más tu olor a químico.
No respondí. Pensé: “Ahora mismo me está ayudando, porque el terror a que me echen de casa me libra de la tentación de otras sustancias… o no del todo”. El miedo era el freno. Pero no del todo.
El agua fresca, la marihuana suave, el sol entre las hojas… nos relajamos. Al principio separados. Luego, sin decir nada, más juntos. Un roce de pierna. Un hombro contra hombro. Una mano que quedaba sobre el muslo bajo el agua. La erección no se iba. Estaba dura, tibia bajo el agua. Cada roce me ponía más. Marta no parecía incómoda. Seguíamos fumando, bebiendo, hablando poco. Pero los toques se hicieron más frecuentes. Y yo, cada vez más cachondo.
El agua fresca nos envolvía como una manta ligera, quitándonos el calor del cuerpo y el sudor de la carrera. Estábamos sentados en esa piedra plana que alguien había colocado hace quién sabe cuántos años, casi todo el cuerpo sumergido, solo cabeza y hombros fuera. El porro seguía pasando de mano en mano, el humo subiendo despacio y mezclándose con el olor a tierra húmeda y hojas secas. Bebíamos de la botella de agua a sorbos largos, turnándonos, sin prisa.
La marihuana ayudaba: todo parecía suave, lento, sin urgencia. El miedo a que me echaran de casa seguía ahí, en el fondo, pero la fresca del agua y el colocón lo mantenían lejos, como un ruido sordo. Marta dio una calada profunda, soltó el humo hacia arriba y me pasó el porro. Nuestros dedos se rozaron más tiempo del necesario. Ella sonrió de lado, esa sonrisa que siempre ha tenido cuando sabe que está ganando terreno sin esfuerzo.
—Estás muy callado, caco —dijo bajito, con voz ronca por el humo.
—Estoy pensando —respondí, dando una calada corta—. En que esto no debería estar pasando.
—¿El qué? ¿Fumar un porro en una poza? ¿O que estemos aquí desnudos?
—No seas tonta. Sabes de qué hablo.
Se encogió de hombros, el movimiento hizo que el agua se moviera alrededor de sus tetas. Los piercings brillaron un segundo bajo el sol filtrado.
—Relájate. Nadie nos ve. Nadie sabe. Solo estamos refrescándonos después de correr.
Asentí, aunque por dentro seguía dando vueltas. La polla, que había estado medio dura desde que la vi desnudarse, ahora estaba completamente tiesa bajo el agua. No dolía, pero se notaba: pesada, caliente, apuntando hacia arriba como si tuviera voluntad propia. Intenté ignorarla, concentrarme en el porro, en el agua fresca, en el sonido de los pájaros entre las encinas. Pero cuanto más intentaba no pensar, peor. Marta se movió un poco más cerca. Su muslo rozó el mío, firme, cálido bajo el agua. No se apartó. Yo tampoco. El roce se hizo más intencionado: su rodilla contra la mía, su mano que subía despacio por mi muslo y se quedaba allí, abierta, sin apretar. Y entonces, sin previo aviso, su mano bajó más. Los dedos encontraron mi polla bajo el agua, la agarraron con suavidad pero firme. No fue un roce accidental. Fue deliberado. Me quedé helado un segundo.
—¿Qué haces? —pregunté, con la voz más ronca de lo que quería.
Marta no soltó. Al contrario: cerró los dedos un poco más, recorrió el tronco despacio, como si estuviera midiendo.
—Joder… qué dura está —murmuró, casi para sí misma—. Te estás recuperando de verdad. Soltó una risa baja, sin maldad.—He leído por ahí que la recuperación no es progresiva. Que va por golpes. Y vaya golpe que vas a pegar con esto que tienes aquí.
No supe qué contestar. La mano seguía moviéndose, lenta, explorando. El agua fresca contrastaba con el calor de sus dedos. El porro seguía humeando entre mis dedos, olvidado. Y yo, sin pensarlo demasiado, bajé mi mano libre y le agarré la entrepierna. No metí dedos, solo la palma abierta contra su coño depilado, sintiendo el calor que salía de ella incluso bajo el agua. Marta se rio, sorprendida pero no molesta.
—¿Pero qué haces tú ahora?
—Tú me tocas, yo te toco —dije, intentando sonar tranquilo—. Es lo justo.
Ella asintió, todavía riendo bajito.—Es justo.
Y empezó a masturbarme con más ritmo, la mano subiendo y bajando bajo el agua, el pulgar rozando el glande cada vez que llegaba arriba. Yo respondí: palma abierta contra su clítoris, moviéndome en círculos suaves, sintiendo cómo se hinchaba bajo mis dedos. El agua fresca, el porro, los roces… todo se mezclaba en una nube densa y agradable. Pensé: “No se puede estar mejor que esto”. Y por un momento, la culpa se quedó callada.
Pero las cosas mejoraron (o no). El porro que era ya el segundo se nos estaba acabando.
-Pasa ese porro.
Se lo fui a dar pero quedaba tan poco que se nos cayó al agua. Así que me acerqué para soltarle en la cara el humo que me quedaba. Ella también se acercó. Y llegamos a estar labio contra labio. Ese encuentro se convirtió en un beso. Un casto beso al principio pero pronto entraron en juego las lenguas y aquello se convirtió en una lucha de lenguas. Un auténtico morreo con mucha saliva y lengua. Nos pusimos de pie en el agua. Y seguimos besándonos. Ahora si metí dos dedos en su coño y el pulgar al clítoris. Ella una mano a mi pija y la otra a meterme un par de dedos por el culo. Luego me empujó al asiento y de una se empaló y empezó a cabalgar. Yo llevé mis manos a sus tetas y empecé a apretarlas y a retorcer sus pezones, cuanto más duro lo hacía más le gustaba. Ya no nos besábamos, nos mordíamos como salvajes. Marta me agarró del cuello y apretó. Me faltaba el aire pero me lancé a morderle las tetas y a meterle un par de dedos por el culo. Los dos votábamos en el agua, si hubiéramos estado en una cama la rompíamos. Y por fin nos corrimos casi al mismo tiempo. De repente se me vino todo encima.
-¿Qué hemos hecho?
-Lo que tantas veces. Respondió Marta, mirándome con extrañeza.
El caso es que estaba en mi habitación, tumbado boca arriba, con la sábana enredada en las piernas y una erección de campeonato que me apuntaba al techo como si tuviera vida propia. Me quedé mirando el techo un rato, sorprendido. Hacía… ¿cuánto? ¿dos años? ¿tres? que no me pasaba algo así por las mañanas. La disfunción eréctil se había instalado como un invitado permanente después de los años de cristal y coca, y aunque estaba limpio (más o menos) desde la última recaída en el spa, el cuerpo no terminaba de recuperar el ritmo. Y de repente, ahí estaba: dura, venosa, palpitante, sin que yo hubiera hecho nada para provocarla. Solo despertarme.
Pensé: “Joder, el cuerpo es una máquina cojonuda cuando le das tregua”. Había leído en algún libro de recuperación que el organismo se regenera, que las neuronas se reconectan, que la testosterona vuelve a niveles normales si dejas de envenenarlo todo. Pero leerlo es una cosa; sentirlo es otra. Me dio una especie de alegría triste, de esas que vienen con culpa detrás. Alegría porque quizás no estaba tan roto como pensaba. Triste porque para llegar aquí había arrastrado a todo el mundo conmigo: padres, Marta, yo mismo.
Miré el móvil en la mesilla: 9:03. Domingo. El sol entraba a chorros por la persiana medio rota, y ya se notaba el bochorno. Junio en el campo es así: a las nueve ya parece mediodía. Oí ruido abajo, en el viejo almacén que habíamos convertido en gimnasio improvisado. Pesas chocando contra el suelo, respiración fuerte controlada. Marta machacándose. Seguro que estaba haciendo hip thrusts o puentes de glúteos con la barra que papá había soldado hace años. Siempre decía que los glúteos eran la base de todo: fuerza, estabilidad, defensa personal. Y vaya si los tenía en su sitio.
Decidí levantarme. Necesitaba una ducha urgente. Olía a sudor rancio, a vino de ayer, a marihuana vieja y a… algo más. A sexo, supongo. A lo del sábado. Me puse un bañador viejo que colgaba detrás de la puerta, cogí una toalla raída y bajé descalzo. El patio trasero estaba ya caliente. La ducha de camping que habíamos montado con una manguera y un bidón elevado colgaba inútil: ni gota.
Marta salió del almacén justo cuando yo llegaba. Sudada, brillante, con leggings negros pegados al cuerpo y un top deportivo que se le transparentaba por el sudor. Se le marcaba todo: el camello en la entrepierna, los piercings en los pezones apuntando bajo la tela mojada. Me miró y sonrió de lado.
—No hay agua —dijo antes de que preguntara—. El sistema pierde por algún lado. Habrá que buscar la fuga y arreglarlo.
Me quedé mirándola un segundo de más. La polla, que ya venía medio tiesa de la cama, reaccionó sola. Se puso morcillona bajo el bañador, sin permiso. Intenté disimular cruzándome de brazos.
—Pues me meto en el baño de los papás —dije.
—Ni se te ocurra. Sabes lo paranoicos que se han vuelto contigo. Si entras ahí lo sabrán: huellas en el suelo, olor raro, y si sospechan te hacen análisis de orina en dos días. Y con lo de ayer… no te la juegues.
Tenía razón. La última vez que pillaron rastro de algo me lo dejaron clarísimo: “Una más y te vas a la puta calle. No hay negociación”. Y después de la coca, la USB, la mamada… no podía arriesgar. Nos quedamos mirándonos. Ella con las manos en las caderas, el sudor resbalándole por el cuello. Yo intentando que no se notara la erección.
—Ven a correr un rato conmigo —dijo al fin—. Y conseguiré que te laves.
—¿Vamos corriendo hasta el pueblo? No me jodas, prefiero quedarme pringado.
—Apestas a químico.
Me olí el sobaco. Joder, era verdad. Sudor ácido, restos de coca en los poros, alcohol fermentado. Olía a resaca dura.
—¿Y cómo volvemos? —pregunté.
—Caminando. No está tan lejos.
Pensé un segundo. A trote suave, poco más de una hora hasta el pueblo. Ducharnos en las piscinas municipales, y volver caminando o liar a alguien para que nos trajera. Además, en el pueblo los domingos por la mañana la gente se toma un vinito en el bar antes de comer. Para abrir el apetito. Era lo normal por aquí. Me vendría bien un tinto fresco.
—Vale —dije—. Me pongo la ropa para correr en cinco minutos y vamos.
—Aquí te espero.
Subí, me cambié rápido: shorts deportivos viejos, camiseta sin mangas, zapatillas gastadas. Bajé y la encontré ya cambiada: misma línea de ropa ajustada (leggings grises nuevos, top deportivo gris), pero limpia, sin sudor. Estaba calentando: estiramientos de cuádriceps, brazos en círculos, trote suave en el sitio. Hice lo mismo: unos cuantos saltos, rotaciones de tobillos, estiramientos de isquios. Nada intenso, solo para despertar el cuerpo.
—Sígueme —dijo ella.
Y arrancó. Suave al principio, casi como si siguiera calentando. Yo detrás. No llevábamos ni doscientos metros por el camino de tierra y ya estaba sudando otra vez. El sol pegaba de frente, el aire caliente entraba en los pulmones como aire que sale de un horno. Menos mal que en los últimos meses había vuelto a ponerme en forma: caminatas largas para despejar la cabeza, algo de pesas en el almacén, flexiones en la habitación. Si no, me habría parado a los cien metros. Marta no sudaba apenas. Corría con ese ritmo constante, el culo moviéndose firme bajo los leggings, las piernas marcadas. Cada vez iba un poquito más rápido. Yo apretaba los dientes, no quería parecer débil. Para motivarme, fijé la vista en su culo. Era hipnótico: fuerte, redondo, perfecto. Pensé: “Joder, qué máquina”. Y la polla, que había estado tranquila, empezó a reaccionar otra vez. Se puso medio dura dentro de los shorts. Intenté concentrarme en la respiración, en el camino, en cualquier cosa que no fuera su cuerpo delante de mí.
De repente se salió del camino principal y tomó un caminejo agrícola estrecho, entre olivos y tierra seca. Pensé: “Será un atajo hasta el pueblo”. Sabía que a Marta le encantaba explorar cuando salía a correr. Antes hacía carreras de orientación: mapas, brújula, puntos de control en el monte. Le salía natural desviarse, probar senderos nuevos. Yo la seguí sin preguntar, aunque ya me costaba mantener el ritmo. Llegamos a un claro sombreado bajo unas encinas grandes. Ella se paró. Yo llegué jadeando, doblado. Y entonces empezó a desnudarse. Camiseta por la cabeza, sujetador deportivo en la mano, leggings y bragas aún en su sitio. Quedó casi desnuda, tatuajes brillando al sol filtrado, piercings reluciendo.
—¿Pero qué haces? —pregunté, con la voz entrecortada.
—Desnudarme. No me voy a bañar vestida.
—Explícate, por favor. No entiendo nada.
Se paró con la camiseta aún en la mano, tetas al aire.
—En mis exploraciones descubrí que aquí hay una poza. No sé de dónde sale el agua, pero está limpia y fresca. Alguien hace años la habilitó: limpió el fondo, puso piedras para sentarse, clavos en los árboles para colgar la ropa. Ven al agua conmigo.
Miré. Había una poza pequeña, profunda, agua cristalina. Asiento de piedra natural bajo la superficie. Dos clavos en un árbol.
Tenía dos problemas: la polla estaba dura otra vez, sin remedio. Y la ropa: si la dejaba en el suelo se pondría perdida de tierra.
—¿Dónde dejo la puta ropa? —pregunté, resignado.
—En los clavos.
Colgó su mochilita y toda su ropa. Yo hice lo mismo con camiseta y shorts. Pero no cabía todo. Marta se agachó, cogió un clavo viejo del suelo y lo clavó en la corteza con los dedos. Un empuje progresivo. Quedó perfecto. Me quedé mirando. Eso daba miedo. Solo se lo había visto hacer a ella… y a papá. Fuerza bruta heredada. Yo no tenía ni para empezar.
Nos metimos en el agua. Fresca, casi fría. Ella sacó de la mochila dos pequeñas toallas de microfibra, botella de agua, dos porros y un mechero. Nos sentamos en el asiento de piedra bajo el agua, casi todo el cuerpo sumergido. Bebimos de la botella, turnándonos. Encendió un porro, dio caladas profundas y me lo pasó.
—Menos mal que a los viejos no les importa que fumemos maría —dije, soltando humo.
—Pues menos mal. Eso disimulará más tu olor a químico.
No respondí. Pensé: “Ahora mismo me está ayudando, porque el terror a que me echen de casa me libra de la tentación de otras sustancias… o no del todo”. El miedo era el freno. Pero no del todo.
El agua fresca, la marihuana suave, el sol entre las hojas… nos relajamos. Al principio separados. Luego, sin decir nada, más juntos. Un roce de pierna. Un hombro contra hombro. Una mano que quedaba sobre el muslo bajo el agua. La erección no se iba. Estaba dura, tibia bajo el agua. Cada roce me ponía más. Marta no parecía incómoda. Seguíamos fumando, bebiendo, hablando poco. Pero los toques se hicieron más frecuentes. Y yo, cada vez más cachondo.
El agua fresca nos envolvía como una manta ligera, quitándonos el calor del cuerpo y el sudor de la carrera. Estábamos sentados en esa piedra plana que alguien había colocado hace quién sabe cuántos años, casi todo el cuerpo sumergido, solo cabeza y hombros fuera. El porro seguía pasando de mano en mano, el humo subiendo despacio y mezclándose con el olor a tierra húmeda y hojas secas. Bebíamos de la botella de agua a sorbos largos, turnándonos, sin prisa.
La marihuana ayudaba: todo parecía suave, lento, sin urgencia. El miedo a que me echaran de casa seguía ahí, en el fondo, pero la fresca del agua y el colocón lo mantenían lejos, como un ruido sordo. Marta dio una calada profunda, soltó el humo hacia arriba y me pasó el porro. Nuestros dedos se rozaron más tiempo del necesario. Ella sonrió de lado, esa sonrisa que siempre ha tenido cuando sabe que está ganando terreno sin esfuerzo.
—Estás muy callado, caco —dijo bajito, con voz ronca por el humo.
—Estoy pensando —respondí, dando una calada corta—. En que esto no debería estar pasando.
—¿El qué? ¿Fumar un porro en una poza? ¿O que estemos aquí desnudos?
—No seas tonta. Sabes de qué hablo.
Se encogió de hombros, el movimiento hizo que el agua se moviera alrededor de sus tetas. Los piercings brillaron un segundo bajo el sol filtrado.
—Relájate. Nadie nos ve. Nadie sabe. Solo estamos refrescándonos después de correr.
Asentí, aunque por dentro seguía dando vueltas. La polla, que había estado medio dura desde que la vi desnudarse, ahora estaba completamente tiesa bajo el agua. No dolía, pero se notaba: pesada, caliente, apuntando hacia arriba como si tuviera voluntad propia. Intenté ignorarla, concentrarme en el porro, en el agua fresca, en el sonido de los pájaros entre las encinas. Pero cuanto más intentaba no pensar, peor. Marta se movió un poco más cerca. Su muslo rozó el mío, firme, cálido bajo el agua. No se apartó. Yo tampoco. El roce se hizo más intencionado: su rodilla contra la mía, su mano que subía despacio por mi muslo y se quedaba allí, abierta, sin apretar. Y entonces, sin previo aviso, su mano bajó más. Los dedos encontraron mi polla bajo el agua, la agarraron con suavidad pero firme. No fue un roce accidental. Fue deliberado. Me quedé helado un segundo.
—¿Qué haces? —pregunté, con la voz más ronca de lo que quería.
Marta no soltó. Al contrario: cerró los dedos un poco más, recorrió el tronco despacio, como si estuviera midiendo.
—Joder… qué dura está —murmuró, casi para sí misma—. Te estás recuperando de verdad. Soltó una risa baja, sin maldad.—He leído por ahí que la recuperación no es progresiva. Que va por golpes. Y vaya golpe que vas a pegar con esto que tienes aquí.
No supe qué contestar. La mano seguía moviéndose, lenta, explorando. El agua fresca contrastaba con el calor de sus dedos. El porro seguía humeando entre mis dedos, olvidado. Y yo, sin pensarlo demasiado, bajé mi mano libre y le agarré la entrepierna. No metí dedos, solo la palma abierta contra su coño depilado, sintiendo el calor que salía de ella incluso bajo el agua. Marta se rio, sorprendida pero no molesta.
—¿Pero qué haces tú ahora?
—Tú me tocas, yo te toco —dije, intentando sonar tranquilo—. Es lo justo.
Ella asintió, todavía riendo bajito.—Es justo.
Y empezó a masturbarme con más ritmo, la mano subiendo y bajando bajo el agua, el pulgar rozando el glande cada vez que llegaba arriba. Yo respondí: palma abierta contra su clítoris, moviéndome en círculos suaves, sintiendo cómo se hinchaba bajo mis dedos. El agua fresca, el porro, los roces… todo se mezclaba en una nube densa y agradable. Pensé: “No se puede estar mejor que esto”. Y por un momento, la culpa se quedó callada.
Pero las cosas mejoraron (o no). El porro que era ya el segundo se nos estaba acabando.
-Pasa ese porro.
Se lo fui a dar pero quedaba tan poco que se nos cayó al agua. Así que me acerqué para soltarle en la cara el humo que me quedaba. Ella también se acercó. Y llegamos a estar labio contra labio. Ese encuentro se convirtió en un beso. Un casto beso al principio pero pronto entraron en juego las lenguas y aquello se convirtió en una lucha de lenguas. Un auténtico morreo con mucha saliva y lengua. Nos pusimos de pie en el agua. Y seguimos besándonos. Ahora si metí dos dedos en su coño y el pulgar al clítoris. Ella una mano a mi pija y la otra a meterme un par de dedos por el culo. Luego me empujó al asiento y de una se empaló y empezó a cabalgar. Yo llevé mis manos a sus tetas y empecé a apretarlas y a retorcer sus pezones, cuanto más duro lo hacía más le gustaba. Ya no nos besábamos, nos mordíamos como salvajes. Marta me agarró del cuello y apretó. Me faltaba el aire pero me lancé a morderle las tetas y a meterle un par de dedos por el culo. Los dos votábamos en el agua, si hubiéramos estado en una cama la rompíamos. Y por fin nos corrimos casi al mismo tiempo. De repente se me vino todo encima.
-¿Qué hemos hecho?
-Lo que tantas veces. Respondió Marta, mirándome con extrañeza.
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