
Ellos son una pareja constituida desde hace tiempo, sin embargo, luego de varios años de matrimonio, él se comenzó a dar cuenta que siempre había anhelado verla con otro. Todo se inició con un juego, una vez que cogían, le dijo, pajeándola con un consolador: “imagináte que te está cogiendo otro...”, fue una explosión y ella acabó como hace mucho tiempo no lo hacía. Eso le dio una pista, él lentamente la fue llevando para cumplir sus fantasías. Con el tiempo la fue animando a sentirse más sensual en la cama y en la calle, lo que provocaba miradas y piropos. Eso impactó tanto en ella que cambió su vestimenta, sin abandonar la formalidad se vistió más sexi y provocativa.
Él la siguió cogiendo, pero notaba que ya no era suficiente, inclusive con culpa ella le dijo que estaba muy caliente y que se masturbaba. Una vez, él le preguntó sí se imaginaba que era él quien la cogía mientras se masturbaba, ella respondió con un “si”, no muy convincente. Allí tuvo la certeza de que pensaba en otros. También notó como en la cama ella se había puesto mas dominante. Hasta ese momento la dinámica de macho dominante, hembra dominada, funcionaba, pero las cosas notoriamente estaban cambiando. Todo se transformó lentamente, no fue de un momento a otro, pasaron meses, incluyendo: charlas mientras cogían, juguetes, salidas con amigas y hasta sueños de él viendo a su mujer cogída por otros. Lentamente el carácter del hombre se transformó en dominado y la mujer en dominante, allí hubo un click que hizo extrañamente feliz a la pareja. El cornudismo comenzó a fluir con naturalidad y ellos iniciaron una nueva forma de vida.

Todo esto es necesario contarlo porque da contexto a los hechos narrados en este relato. También para derribar prejuicios, mostrar que cada pareja es un mundo, saber que el cornudismo es un camino al que se arriba con el tiempo y con valentía de ambos y, sobre todo, por respeto a ellos y al estilo de vida que han elegido. Mi intervención es parte de la fantasía de ellos, que compartimos los tres, cada uno en su rol.
Luego de muchas experiencias de ella que incluyeron: cogídas con el ex marido, un pendejo, salida con amigas y cogída en un coche con un desconocido. Inesperadamente aparecí yo. Nos conocimos por esta página y comenzamos a fantasear; lo hice con él y con ella. Comenzamos a intimar, conocer cosas de nuestras vidas, entrando en confianza hasta que un día me dicen que vendrían al Taragüí, que ella tendría un congreso y que él la acompañaría. Acordamos conocernos, solo eso.
Era inicio del verano y los primeros calores se hacían sentir en el norte argentino, todo invitaba a estar al aire libre en la costanera. Allí no sentamos los tres a tomar un aperitivo y charlamos. Eran agradables y se notaba que ella llevaba las riendas de la pareja. Ella con más de45 años se mantenía muy bien y se vestía muy sexi, pero no vulgar. Alta, rubia, pechos hermosos, que marcaban sus pezones, piernas largas, que terminaban en un sobresaliente culo, pero lo que más llamaba la atención era su actitud, sin proponérselo destilaba sensualidad y llamaba la atención. A su lado un hombre alto, grande, pero disminuido en su hombría sexual frente a su mujer, con algo de panza y los hombros caídos, daba la sensación de ser el acompañante, era evidente la sumisión de él.
Era el atardecer, tomamos algo en un bar de la playa junto al río Paraná, mientras veíamos como se ocultaba el sol sobre el puente, charlamos, nos reímos, hablamos con doble intención. Ella lo trataba de cornudo sin problemas, él lo aceptaba, yo me sorprendía. Era necesario que nos conociéramos personalmente, después el tiempo diría si haríamos otra cosa. Debían irse había una cena final del congreso. Ella me adelantó: “termina el congreso y nos quedamos unos días… quiero disfrutar” me dijo mirándome a los ojos con cara de: vine acá para que me cojas. Sin quitarle la mirada, la tomé de la muñeca se la apreté levemente y respondí: “quedáte tranquila que vas a disfrutar mucho…”.Ella se impactó por la rápida respuesta, clavé mi mirada en la suya, ella no quitó la mano, pasamos unos instantes mirándonos, luego ella rió nerviosa y dijo mirando al marido: “vamos que hay que ir al hotel a cambiarnos…”. Antes de irse acordamos ir a la playa al día siguiente y pasar la mañana tomando sol, sobre todo ella, nos dimos dos besos y los vi irse.
La mañana es ideal en las playas del Taragüí, buen sol, poca gente, temperatura agradable, el agua transparente, peces nadando a tu alrededor, una belleza. Los pasé a buscar en el auto por el hotel, yo solo llevé mi silleta, una sombrilla y el equipo de mate. Esperé unos instantes y salió ella: impresionante. Vestida sin su atuendo de abogada, deslumbraba. Sandalias y un vestido de red hecho de hilos que dejaba ver la malla estilo tanga brasilera, anteojos oscuros, cabello suelto, sombrero ala ancha y celular en la mano; caminaba con seguridad como si fuera dueña del mundo: altiva y soberbia. La miré y pensé: “si me la cojo voy a tener que domar a esta yegua o si no me pasa por arriba”. Completando el cuadro y resaltando la actitud de ella, estaba el cornudo: que llevaba el bolso, la esterilla para la arena, vestía malla tipo bermuda, remera que resaltaba la panza, una gorrita de boca y tenía actitud de sumiso. Se acercaron al auto, desde adentro abrí la puerta y ella subió adelante, el marido detrás.

Dos besos en la mejilla a ella, un choque de puños a él y partimos. Fuimos a una de las playas del Taragüí, a la vera del puente. El día era hermoso, sol pleno y calor que invitaba a tirarse en la arena y disfrutar del río. Bajamos, buscamos un lugar en uno de los extremos dela playa, había gente, pero no mucha, era temprano. El marido muy gentilmente armó todo, silleta, sombrilla y esterilla para que ella se tire a tomar sol; ella y yo quedamos en malla y nos metimos al agua, él observaba. El momento enque quedó en bikini fue de lo más sensual: se paró con las piernas semi abiertas, llevó las manos a los hombros, corrió los breteles del vestido y lentamente la prenda cayó, su cuerpo se fue descubriendo, la tela se trabó en sus pechos y luego terminó a la arena. Una hembra esplendorosa quedó a la vista de todos. La malla fucsia con detalles blancos en los bordes sobresalía de su cuerpo tostado, inmediatamente atrajo las miradas de hombres y la envidia de las mujeres.
Ambos caminamos hacia el río, la arena nos quemó la planta de los pies, apuramos el paso, llegamos al agua que como siempre parece estar fría cuando uno ingresa por primera vez. “Hay esta fría” dijo ella, respondí: “dejá que tu cuerpo se acostumbre, vamos, seguí avanzando por lo menos hasta que el agua te llegue a la cintura”. Me hizo caso y sintió el placer, se sumergió hasta el cuello y se levantó, su cuerpo mojado dejaba ver dos picos que traspasaban la malla, sus pezones estaban durísimos.
Su cuerpo mojado al sol brillaba y mi verga se despertaba. Charlamos largo rato, nos refrescamos, nos observamos con detenimiento como escaneando nuestros cuerpos. Yo miré sus ojos, su bello rostro, sus pechos parados, sus piernas largas y torneadas, y su culo del tamaño exacto. Ella observó mis hombros, la espalda y luego no dudó, me miró la verga que se notaba aun más con la malla mojada. Luego de un rato salimos del agua, la dejé ir adelante, no podía dejar de mirarle el culo, ella lo intuyó y movió de más la cintura. Se estrujó el cabello, se puso los anteojos y se tiró boca abajo en la esterilla y dijo: “¿me ponés bronceador?”, creí que se lo decía al marido, pero ella insistió y mirándome aseveró: “vos, no él”. El sumiso marido me dio la crema y se sentó al lado nuestro bajo la sombrilla.

Comencé lentamente desde sus tobillos, luego detrás de las rodillas, subiendo por esas gambas hermosas haciendo una leve presión casi como un masaje, cuando llegué a la zona del culo adrede lo pasé por alto y fui a los costados de sus caderas y cintura, ella se contorneó por las cosquillas y lanzó una leve sonrisa y quejido. A nuestro lado el marido miraba, sus ojos estaban abiertos asombrado, aparentemente disfrutaba que yo este manoseando a su esposa frente a él. Después pasé a los hombros, bajé por los brazos, hasta la palma de sus manos. “Hay como me gusta” dijo ella con un tono de gatita en celo. La situación se estaba poniendo caliente, mi verga se estaba despertando, no tenía idea hasta donde se animaría a llegar. Tiré un poco de aceite bronceador en su espalda, sin pedir permiso desabroché la tira de el bikini, ella tomó sus tetas de costado, apoyó sus codos y se levantó un poquito. Comencé a distribuir el líquido aceitoso por su espalda: inicié por los costados tocando el inicio de sus pechos y en círculos hacia el centro, luego hacia abajo por su columna hasta el borde de la malla. Mi calentura había subido y a partir de ese momento cambié la actitud, dejé de ser amable, me la quería coger allí mismo sobre la arena en la playa frente a todos. Decidí arañar su espalda suavemente, bajé hasta su culo, luego le di una pequeña nalgada. Ella estremeció, me miró sorprendida, clavé mi mirada en la suya como diciéndole: “acá el que mando soy yo”, bajó la vista y sonrió.
A nuestro lado el marido, miraba y trataba de ponerse en medio de la visual del resto de la playa, para que no se den cuenta que su esposa se estaba excitando y emputeciendo. Ella miraba hacia todos lados, pensaba: "me miran", "se dan cuenta", "me conocen”, “pensarán que soy una puta, pero soy una abogada". Eso la calentaba aún más, y su concha hervía y comenzaba a mojarse. La brisa del rio Paraná sobre la espalda le dio escalofríos, se le puso la “piel de gallina”, pero la calentura le hacía parar los pezones que rozaban la arena tibia, en cada movimiento los sentía y se estremecía.

Allí estábamos los tres, ella tirada boca abajo, con la parte superior del bikini desprendido y su cuerpo brilloso por el aceite al sol. Con los pechos a punto de explotar, los pezones duros y la concha húmeda. Yo sentado en la arena junto a ella untando su cuerpo, rozando su piel, excitándola en cada toque, con la pija semi parada y la cabeza de mi verga gomosa. Al lado el marido sentado en la silleta bajo la sombrilla tratando de tapar la visión del resto del balneario, callado, abanicándose con su gorra y tomando agua nervioso.
Con mi mano sobre su nalga apretándola levemente, me incliné sobre ella, la rocé sutilmente con mi pecho en la espalda, me acerqué a su oído y le pregunté: "¿querés que siga?", ella se dio vuelta, corrió sus cabellos y segura dice: "si ... hacélo. Quiero que él (su marido) nos vea”. La miré y le dije “me encanta lo puta que sos”.
Debí cambiar de posición, ella seguía boca abajo, me arrodillé sobre su cuerpo, puse una pierna entre las suyas -obligándola a abrirlas-, así podría “trabajar” mejor sobre esa hembra tirada a mi disposición sobre la arena. Subí desde los glúteos por el costado de su cuerpo con ambas manos provocándole cosquillas, avancé hasta el nacimiento de sus pechos y llegué a sus duros pezones, con la yema del dedo mayor di un giro sobre ellos y luego los apreté. Ella gimió, se quejó, pero su reacción fue abrir más las piernas y levantar levemente el culo, dejándome una vista perfecta de su entrepierna. Como si estuviera hipnotizado sentí su aroma, juro que de su concha brotaba un perfume que me atraía.

Abandoné sus tetas, tomé el aceite bronceador y lo arrojé en abundancia sobre sus nalgas, con maldad levanté un poco la malla e hice que el líquido fuera hacia a la raja de su culo. Observé como se deslizaba bajando hasta su ano y siguiendo hasta su concha. Masajeé su culo, pero, mis dedos ya rozaban sus labios vaginales. Sentí que se desesperaba. Levantó la cabeza y miró que nadie la observe, lo miró al marido, le regaló una sonrisa y le dijo: "te gusta cómo me están calentando, me hace sentir una puta”, allí había un juego entre los dos que daba placer a ambos. Él estaba desesperado, trataba de tapar con la silleta la visual del resto de los asistentes de la playa, miró para todos lados, su verga estaba parada.
Su concha estaba empapada, lo supe porque vi el manchón en su malla fucsia y porque mis dedos pulgares que rozan y abren sus labios vaginales se deslizan con facilidad. Está muy caliente, lo sienten mis manos en su cuerpo. Tiene el morbo de ser la hembra alfa de su pareja y, a la vez, está siendo dominada por un macho en un lugar público, ese hombre le está faltando el respeto, está jugando con ella, quiere resistirse, pero no puede, se entrega.
Yo la quiero hacer gozar, ser atrevido, faltarle el respeto, no me importa el lugar, ni la gente, es más, me enciende aún más eso. En su entrepierna mis dedos en “V” van desde arriba hacia abajo, llego hasta cerca de su clítoris y los cierro apretándolo produciéndole placer y escalofríos. Luego, por debajo de la malla, cuelo uno y con el dorso juego con su clítoris. Ella esta empapada, la malla fucsia tiene el manchón de sus jugos, su concha es un río, sus pezones se clavan en la arena, sus piernas se tensan, su culo se levanta, transpira, se acelera su respiración. Está entregada a mi, en ese estado y sin previo aviso meto un dedo en su caliente concha. Se estremece, baja la cabeza y la hunde en la esterilla. Siente como mi dedo avanza hasta el fondo y luego sale lentamente. Vuelve a entrar, pero esta vez son dos, otra vez hasta el fondo, entra y sale: 1, 2 y 3 veces, vuelven a entrar. Giro mi mano quedando el dorso hacia abajo. La yema de mis dedos encuentra su rugoso punto “G” y lo empiezo a rasguñar, ella hunde la cabeza en la arena y ahoga gemidos. Goza, trata de no contornearse, se aguanta. Tiene la sensación de que el lugar ahora parece estar lleno de gente.
De pronto se sienten voces, una pareja se acerca. Él, distraído, ella nos mira y la mira a ella con ojos grandes, observa todo el cuadro: es notorio como están pajeando a esa mujer. Avergonzada, pero con cierta envidia le regala a ella una leve sonrisa cómplice y sigue su camino. Ella mira a su marido, más cornudo que nunca toma agua y transpira, mira para todos lados nerviosa y piensa: aquí está la abogada, la que aspira a un cargo en la justicia, la mujer que roba la mirada de todos en tribunales, la hembra alfa; siendo dominada por los dedos de un macho que la calentó virtualmente y que la llevó a entregarse en una playa pública de Corrientes. Excitada, mojada y emputecida a punto de tener un orgasmo.

Siento que está por explotar, apoyo mi mano al costado de su cara, me reclino sobre su espalda, la rozo con mi pecho, le hago sentir la respiración en la nuca y mi verga dura en su entrepierna; no dejo de pajearla-es más además de meterle los dedos medio y anular, ahora con el pulgar froto su clítoris- le susurro al oído: "me encanta que te guste ser así de putita, que seas mi puta en público... aprovechá y gozá, que acá nadie te conoce", hago un silencio, ella asiente con un “ajaaa” y continúo: “ahora sos mi hembra, mi putita, mi putilla, ¿entendiste?”, ella no responde y con firmeza insisto: “¿entendiste?”, y acelero la paja, “Siii…lo soy” dice ella en una mezcla de respuesta y gozo, mientras ahoga un gemido de placer, se agarra de mi brazo -que está junto a su rostro-, tiembla, tensa las piernas, estira los dedos de sus pies, endurece el abdomen, contrae los músculos de su concha, frunce sus glúteos y me toma de la muñeca de la mano que tengo enterrada en su concha caliente y mojada, trata de quitarla de allí. No la dejo. “Gozá putilla, gozá…” le digo, en el preciso momento en que un squirt empapa mi mano.
Sin sacar los dedos de su concha siento como se va relajando lentamente, rozo su cuerpo caliente con el mío transpirado, y voy sacando lentamente la mano, mientras subo por su raja y rozo el agujero de su culo. Me acerco al oído y con voz perversa le digo: “esto no terminó, aún falta la cola”.
CONTINUARÁ…
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1 comentarios - La abogada hotwife, el cornudo y yo, en la playa