Me llamo Alex, o al menos eso era antes. Tenía veinticuatro años, vivía con mis padres y mi hermana mayor Laura en una casa tranquila de las afueras. Tenía un grupo grande de amigos, salía casi todos los fines de semana y tenía novia desde hacía dos años: Sofía, una chica delgada, de curvas suaves, pelo largo castaño y una sonrisa que me volvía loco. Mi vida era completamente normal.


Todo cambió un martes por la tarde. Trabajaba como ayudante en un pequeño laboratorio químico. Hubo un accidente: un contenedor con un compuesto experimental se rompió y el líquido me cayó encima. Me lavaron de inmediato, pero al día siguiente empezaron los cambios.
Primero fue un calor intenso en las caderas y la entrepierna. Sentí cómo mis huesos se ensanchaban lentamente, la piel se estiraba y mis caderas se volvían más anchas y redondeadas. Lo peor vino después: mi pene comenzó a encogerse. Dolía, pero era un dolor extraño, mezclado con placer. Se fue retirando hacia dentro hasta que desapareció por completo, y en su lugar se formó una abertura húmeda y sensible: una vagina. Me quedé horas mirándome en el espejo, tocándome con miedo y fascinación.



Mis jeans de hombre ya no me quedaban. Mamá y Laura se dieron cuenta rápido. Me llevaron a mi habitación y me dieron ropa de ella: unos jeans de mujer ajustados de tiro bajo, bragas normales y, al final, unas tangas negras de encaje. Al principio me sentía ridículo y avergonzado, pero cuando me los puse… era otra cosa. La tela se ajustaba perfectamente a mis nuevas caderas y mi culo se veía redondo, firme y levantado. Me miré al espejo y vi cómo el pantalón marcaba cada curva. Era incómodo al principio, pero después de moverme un rato me di cuenta de lo cómodo que era. El roce de la tanga entre mis nalgas me provocaba un cosquilleo constante.
Al principio lo mantuvimos en secreto. Pero una noche Sofía vino a casa y lo notó. Me bajó los pantalones y se quedó paralizada al ver mi vagina y mi culo mucho más grande y redondo que el suyo. “¿Qué te pasó?”, preguntó. Le conté todo. Empezó a tocarme con curiosidad, pero pronto apareció un brillo de celos en sus ojos. “Tu culo es más grande que el mío ahora”, murmuró, apretándolo con fuerza.




Mis amigos lo supieron semanas después. Al principio murmuraban y se reían a escondidas, pero como eran mis amigos de siempre, terminaron aceptándolo. Me protegían cuando salíamos: muchos hombres me miraban el culo en la calle, pensando que era una mujer. Me silbaban, me seguían con la mirada. A veces, cuando íbamos juntos, algunos tipos se burlaban: “Mira esa puta con culo de estrella porno”, decían riendo. Me ponía rojo, pero mis amigos me rodeaban y los alejaban.
Mi cuerpo estaba mitad hombre, mitad mujer. La voz aún era masculina, el pecho plano, pero de la cintura para abajo era completamente femenino. Me estaba adaptando poco a poco.




Papá empezó a cambiar. Me miraba diferente cuando usaba tangas y pantalones de lycra ajustados que hacían que mi culo se contorneara y rebotara al caminar. Lo veía en sus ojos: deseo. Una tarde, en el pasillo de la casa, pasó a mi lado y me dio una fuerte nalgada en el culo. El sonido resonó y sentí un calor inmediato entre las piernas. No dije nada. Solo me quedé quieto, respirando agitado.
Días después, mientras lavaba los platos en la cocina, él entró. Sin decir una palabra, me empujó suavemente hacia adelante, me puso en cuatro sobre la encimera, me bajó los jeans y la tanga hasta las rodillas y me penetró de una sola vez con su enorme pene. Grité de sorpresa y placer. Era la primera vez que sentía lo que es ser mujer: esa invasión profunda, el estiramiento, el calor llenándome por completo. Me cogió fuerte, agarrándome de las caderas, mientras yo gemía sin control.
Cuando terminó dentro de mí, estaba caliente y temblando. Lo tomé de la mano, lo llevé a mi habitación, me quité toda la ropa, me acosté en la cama y le abrí las piernas mostrándole mi panocha hinchada y mojada. “Sigue”, le dije. Me cogió toda la tarde, en diferentes posiciones. Lo que más me gustó fue sentir su pene enorme palpitar dentro de mí, cada vena gruesa rozando mis paredes, pulsando con fuerza. Y lo mejor de todo: despertarme por la mañana todavía con su semen dentro, sintiéndome llena, el útero caliente y pesado.



Mi relación con Sofía se enfrió. Ya no podía penetrarla como antes y ella lo notaba. Una noche salimos a un bar. Todo iba normal hasta que dos hombres se acercaron: altos, musculosos. Coquetearon con Sofía y ella cayó rápido. Nos llevaron a un after cercano. Allí vi cómo se cogían a mi novia: uno la tenía contra la pared mientras el otro la besaba. Ella gemía de placer. Luego se dieron cuenta de mí. Me bajaron los pantalones, descubrieron mi vagina y mi culo, y me cogieron también. Uno me penetró por detrás mientras el otro me metía los dedos. Sofía me miraba y sonreía. Al final yo también lo disfruté mucho. Me sentí completamente mujer, deseada, usada.
Meses después, una mañana desperté con los pechos hinchados y sensibles. Habían crecido mucho por las hormonas que se activaron después de acostarme tantas veces con papá. Estaban grandes, pesados y empezaron a lactar un poco cuando los tocaba. Laura me prestó sus brasieres más grandes. Empecé a usar ropa completamente de mujer: tops ajustados, faldas, blusas escotadas. En la calle ahora los hombres ya no solo miraban mi culo… miraban mis enormes tetas, que rebotaban con cada paso. Me sentía expuesta, deseada, y cada vez más cómoda en mi nuevo cuerpo.



Una tarde vinieron a casa mis amigos cuando mis padres no estaban. Yo llevaba una blusa blanca semitransparente y falda corta. Mis tetas rebosaban, con los pezones marcados y goteando un poco de leche.
—Hostia, Alex… esas tetas son una locura —dijo Diego, acercándose primero.
Marcos me levantó la blusa y me sacó una teta. Empezó a chupar con hambre, tragándose la leche dulce que salía. Raúl hizo lo mismo con la otra. Yo gemía, agarrándoles la cabeza. Diego me bajó la falda y la tanga, me puso sobre el sofá y me penetró mientras los otros dos seguían mamando mis tetas. Me follaban por turnos: uno en mi coño, otro en mi boca, otro chupándome las tetas. Me corrí varias veces, contrayéndome alrededor de sus vergas, sintiendo cómo se corrían dentro de mí, llenándome el útero y la boca. Me sentí completamente mujer, deseada por mis tres mejores amigos al mismo tiempo.





Ahora salgo con tops ajustados y mis enormes tetas rebotando. En la calle los hombres me miran las tetas y el culo, pero mis amigos me siguen protegiendo… y aprovechando cada oportunidad para tocarme, besarme y follarme cuando estamos solos. Mi cuerpo ya es completamente femenino, y me encanta ser el centro de su deseo.


Todo cambió un martes por la tarde. Trabajaba como ayudante en un pequeño laboratorio químico. Hubo un accidente: un contenedor con un compuesto experimental se rompió y el líquido me cayó encima. Me lavaron de inmediato, pero al día siguiente empezaron los cambios.
Primero fue un calor intenso en las caderas y la entrepierna. Sentí cómo mis huesos se ensanchaban lentamente, la piel se estiraba y mis caderas se volvían más anchas y redondeadas. Lo peor vino después: mi pene comenzó a encogerse. Dolía, pero era un dolor extraño, mezclado con placer. Se fue retirando hacia dentro hasta que desapareció por completo, y en su lugar se formó una abertura húmeda y sensible: una vagina. Me quedé horas mirándome en el espejo, tocándome con miedo y fascinación.



Mis jeans de hombre ya no me quedaban. Mamá y Laura se dieron cuenta rápido. Me llevaron a mi habitación y me dieron ropa de ella: unos jeans de mujer ajustados de tiro bajo, bragas normales y, al final, unas tangas negras de encaje. Al principio me sentía ridículo y avergonzado, pero cuando me los puse… era otra cosa. La tela se ajustaba perfectamente a mis nuevas caderas y mi culo se veía redondo, firme y levantado. Me miré al espejo y vi cómo el pantalón marcaba cada curva. Era incómodo al principio, pero después de moverme un rato me di cuenta de lo cómodo que era. El roce de la tanga entre mis nalgas me provocaba un cosquilleo constante.
Al principio lo mantuvimos en secreto. Pero una noche Sofía vino a casa y lo notó. Me bajó los pantalones y se quedó paralizada al ver mi vagina y mi culo mucho más grande y redondo que el suyo. “¿Qué te pasó?”, preguntó. Le conté todo. Empezó a tocarme con curiosidad, pero pronto apareció un brillo de celos en sus ojos. “Tu culo es más grande que el mío ahora”, murmuró, apretándolo con fuerza.




Mis amigos lo supieron semanas después. Al principio murmuraban y se reían a escondidas, pero como eran mis amigos de siempre, terminaron aceptándolo. Me protegían cuando salíamos: muchos hombres me miraban el culo en la calle, pensando que era una mujer. Me silbaban, me seguían con la mirada. A veces, cuando íbamos juntos, algunos tipos se burlaban: “Mira esa puta con culo de estrella porno”, decían riendo. Me ponía rojo, pero mis amigos me rodeaban y los alejaban.
Mi cuerpo estaba mitad hombre, mitad mujer. La voz aún era masculina, el pecho plano, pero de la cintura para abajo era completamente femenino. Me estaba adaptando poco a poco.




Papá empezó a cambiar. Me miraba diferente cuando usaba tangas y pantalones de lycra ajustados que hacían que mi culo se contorneara y rebotara al caminar. Lo veía en sus ojos: deseo. Una tarde, en el pasillo de la casa, pasó a mi lado y me dio una fuerte nalgada en el culo. El sonido resonó y sentí un calor inmediato entre las piernas. No dije nada. Solo me quedé quieto, respirando agitado.
Días después, mientras lavaba los platos en la cocina, él entró. Sin decir una palabra, me empujó suavemente hacia adelante, me puso en cuatro sobre la encimera, me bajó los jeans y la tanga hasta las rodillas y me penetró de una sola vez con su enorme pene. Grité de sorpresa y placer. Era la primera vez que sentía lo que es ser mujer: esa invasión profunda, el estiramiento, el calor llenándome por completo. Me cogió fuerte, agarrándome de las caderas, mientras yo gemía sin control.
Cuando terminó dentro de mí, estaba caliente y temblando. Lo tomé de la mano, lo llevé a mi habitación, me quité toda la ropa, me acosté en la cama y le abrí las piernas mostrándole mi panocha hinchada y mojada. “Sigue”, le dije. Me cogió toda la tarde, en diferentes posiciones. Lo que más me gustó fue sentir su pene enorme palpitar dentro de mí, cada vena gruesa rozando mis paredes, pulsando con fuerza. Y lo mejor de todo: despertarme por la mañana todavía con su semen dentro, sintiéndome llena, el útero caliente y pesado.



Mi relación con Sofía se enfrió. Ya no podía penetrarla como antes y ella lo notaba. Una noche salimos a un bar. Todo iba normal hasta que dos hombres se acercaron: altos, musculosos. Coquetearon con Sofía y ella cayó rápido. Nos llevaron a un after cercano. Allí vi cómo se cogían a mi novia: uno la tenía contra la pared mientras el otro la besaba. Ella gemía de placer. Luego se dieron cuenta de mí. Me bajaron los pantalones, descubrieron mi vagina y mi culo, y me cogieron también. Uno me penetró por detrás mientras el otro me metía los dedos. Sofía me miraba y sonreía. Al final yo también lo disfruté mucho. Me sentí completamente mujer, deseada, usada.
Meses después, una mañana desperté con los pechos hinchados y sensibles. Habían crecido mucho por las hormonas que se activaron después de acostarme tantas veces con papá. Estaban grandes, pesados y empezaron a lactar un poco cuando los tocaba. Laura me prestó sus brasieres más grandes. Empecé a usar ropa completamente de mujer: tops ajustados, faldas, blusas escotadas. En la calle ahora los hombres ya no solo miraban mi culo… miraban mis enormes tetas, que rebotaban con cada paso. Me sentía expuesta, deseada, y cada vez más cómoda en mi nuevo cuerpo.



Una tarde vinieron a casa mis amigos cuando mis padres no estaban. Yo llevaba una blusa blanca semitransparente y falda corta. Mis tetas rebosaban, con los pezones marcados y goteando un poco de leche.
—Hostia, Alex… esas tetas son una locura —dijo Diego, acercándose primero.
Marcos me levantó la blusa y me sacó una teta. Empezó a chupar con hambre, tragándose la leche dulce que salía. Raúl hizo lo mismo con la otra. Yo gemía, agarrándoles la cabeza. Diego me bajó la falda y la tanga, me puso sobre el sofá y me penetró mientras los otros dos seguían mamando mis tetas. Me follaban por turnos: uno en mi coño, otro en mi boca, otro chupándome las tetas. Me corrí varias veces, contrayéndome alrededor de sus vergas, sintiendo cómo se corrían dentro de mí, llenándome el útero y la boca. Me sentí completamente mujer, deseada por mis tres mejores amigos al mismo tiempo.





Ahora salgo con tops ajustados y mis enormes tetas rebotando. En la calle los hombres me miran las tetas y el culo, pero mis amigos me siguen protegiendo… y aprovechando cada oportunidad para tocarme, besarme y follarme cuando estamos solos. Mi cuerpo ya es completamente femenino, y me encanta ser el centro de su deseo.
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