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Mi esposa y dos depredadores

Era nuestro aniversario número doce y, como siempre, Claudia había decidido convertir la noche en algo inolvidable.

La sala estaba casi a oscuras, solo el resplandor ámbar de esa lámpara de pie en la esquina nos envolvía. Ella estaba pegada a mí, su cuerpo ardiente contra el mío, besándome con esa hambre lenta que siempre me volvía loco. Claudia, mi Claudia, seguía siendo un espectáculo a los treinta y ocho años. Tez morena profunda. Curvas generosas que desafiaban la gravedad: tetas grandes y pesadas que se movían con cada paso, cintura marcada y caderas anchas que se balanceaban. Su cabello negro azabache caía en ondas desordenadas por la espalda.

Todo el vecindario lo sabía. Claudia era la milf que volvía locos a los hombres —y a más de una mujer— cada vez que salía a tirar la basura con una faldita vaquera que apenas le cubría el culo o con esos vestidos cortísimos de tirantes finos y escotes que parecían imposibles, casi indecentes. Se inclinaba “sin querer” para recoger algo, dejaba que el viento le levantara la tela, se reía con esa risa ronca cuando sentía las miradas clavadas en ella. Le encantaba. Le encantaba saber que dejaba a medio barrio con la verga dura y la cara roja. Decía que era su pequeño poder. Yo lo permitía porque, al final del día, era a mí a quien traía esa energía a casa.

Pero esta noche… esta noche algo en el aire se sentía diferente.

—Siéntate, mi amor —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo—. Quiero jugar contigo.

Obedecí sin pensarlo. Me senté en la silla del comedor que ella misma había arrastrado hasta el centro de la sala. Sacó unas bufandas de seda del cajón del aparador —las mismas que usábamos en noches como esta— y empezó a atarme las muñecas a los brazos de la silla, luego los tobillos a las patas. No era la primera vez, pero siempre me ponía como loco verla concentrada, con esa sonrisa traviesa mientras apretaba los nudos.

—Estás tan guapo así… indefenso —dijo mientras se subía a horcajadas sobre mí.

Se frotó despacio contra mi erección, el calor de su coño traspasando la tela fina de su vestido. Gemí contra su boca cuando me besó de nuevo, profundo, con lengua. Luego se deslizó hacia abajo, se arrodilló entre mis piernas abiertas y me bajó el cierre con los dientes.

—Mírate… ya estás goteando para mí, cabrón —susurró mientras sacaba mi polla dura y la lamía desde la base hasta la punta—. ¿Sabes cuántos hombres matarían por tener esto en la boca? Y solo tú lo tienes… por ahora.

Me metió entero, lento, profundo, mirándome a los ojos mientras hablaba sucia entre chupadas.

—Te gusta cuando me pongo cachonda pensando en cómo me miran los vecinos, ¿verdad? Cómo se la jalan imaginando que soy yo la que se la chupa… pero al final siempre termino tragándome la tuya, Lario. Siempre.

Gemí fuerte contra la mordaza que acababa de ponerme —una de sus bragas negras empapadas que olían a ella—. Estaba al borde, temblando, cuando de pronto se apartó.

—Todavía no, mi amor. Espérame aquí. Voy a ponerme algo especial para ti.

Se levantó, me dio un último beso en la frente y caminó hacia el pasillo con ese contoneo que me volvía idiota. La vi desaparecer rumbo a la habitación.

Y entonces lo escuché.

Ruido en la cocina.

Vidrio rompiéndose. Cajones abriéndose y cerrándose con violencia. Voces bajas, masculinas, impacientes.

—Apúrate, cabrón, ya sabes dónde está la puta esa.

—Va a gritar cuando nos vea… pero le va a gustar, te lo juro.

Dos pares de botas pesadas. Se movían con confianza, como si supieran exactamente dónde estaban y qué buscaban.

Mi corazón se disparó. Intenté forcejear, pero las ataduras eran perfectas —Claudia siempre había sido buena con los nudos—. La mordaza ahogaba cualquier grito. Solo podía respirar fuerte por la nariz, el pecho subiendo y bajando como loco.

Las pisadas se acercaron.

La luz de la cocina se derramó un poco hacia la sala cuando la puerta se abrió del todo.

Dos hombres. Capuchas negras, guantes, uno con una pistola en la mano. El otro llevaba una bolsa de tela oscura.

Me vieron.

Y sonrieron.

—Mira nomás… el marido ya está listo para el espectáculo —dijo el de la pistola, acercándose despacio—. No te muevas, Lario. Esto no es contigo.

El otro se rió bajito.

—Hoy la cuenta la va a pagar ella. Todas esas falditas, todos esos escotes… se acabó el juego, mami.

Se giraron hacia el pasillo.

Y yo solo pude escuchar cómo se acercaban a la habitación donde Claudia estaba cambiándose.

Donde todavía no sabía que esta noche no iba a ser solo nuestra.

Escuché sus tacones altos resonando en el pasillo antes de verla aparecer. Claudia salió de la habitación con esa confianza que siempre me volvía loco, pero esta vez el aire se sentía más pesado, como si el mundo contuviera la respiración.

Llevaba el atuendo de mucama que habíamos comprado: un vestidito negro diminuto de encaje y satén, con delantal blanco ridículamente corto que apenas le cubría la mitad de los muslos. El escote era tan pronunciado que sus tetas morenas y abundantes se desbordaban por encima, empujadas hacia arriba por el corpiño ajustado. Medias de red hasta medio muslo, liguero negro visible, y esos tacones de aguja rojos que hacían que sus caderas se movieran como si estuviera bailando aunque solo caminara. El cabello suelto, los labios todavía rojos, y una sonrisa pícara que decía “prepárate, Lario, porque esta noche te voy a destrozar”.
Mi esposa y dos depredadores

cornudo


Se acercó despacio, contoneándose, los ojos fijos en mí. Se lamió los labios.

—¿Te gusta lo que ves, mi amor? —susurró mientras se ponía de rodillas frente a mí otra vez—. Porque esto es solo el principio. Voy a hacer que te corras tan fuerte que vas a olvidar tu propio nombre.

Se inclinó hacia adelante, rozando sus tetas contra mis piernas atadas, y empezó a frotar su cara contra mi entrepierna todavía expuesta. Mi polla, que había empezado a bajar un poco por la espera, se endureció de inmediato bajo su aliento caliente. Me miró desde abajo, traviesa.

—Pobrecito… todo atado y con ganas. ¿Quieres que te la chupe otra vez? ¿O prefieres que me suba encima y te cabalgue hasta que me llenes?

Justo cuando iba a bajar la cabeza para tomarme en la boca de nuevo, se congeló.

Sus ojos se abrieron de golpe. La sonrisa se le borró de la cara como si alguien hubiera apagado un interruptor.

Detrás de ella, las sombras se movieron.

Los dos hombres ya estaban en la sala. Uno a cada lado. El de la pistola se había quitado la capucha lo suficiente para que viera su cara: barba descuidada, ojos fríos, una sonrisa torcida. El otro era más alto, más fornido, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda.

Claudia intentó levantarse, pero el grandote la agarró por los brazos desde atrás en un movimiento rápido y brutal. El de la pistola dio un paso al frente y le puso la mano libre en la garganta, no apretando todavía, solo recordándole quién mandaba.

—No grites, mamacita —dijo el de la pistola con voz baja y calmada—. No queremos que los vecinos se enteren… todavía.

Claudia forcejeó, pataleando con esos tacones, intentando zafarse. Su cuerpo voluptuoso se retorcía entre los dos, el vestidito subiéndose por los muslos, dejando al descubierto las tangas de encaje negro y el liguero tenso. Pero ellos eran más fuertes. El grandote la inmovilizó los brazos detrás de la espalda, doblándoselos con saña, mientras el otro la empujaba hacia adelante hasta que su cara quedó a centímetros de la mía.

—Lario… —susurró ella, la voz temblorosa por primera vez en años—. Lario, por favor…

Intentó girar la cabeza hacia mí, pero el de la pistola le agarró la mandíbula con fuerza y la obligó a mirarlo a él.

—Mírame a mí, puta. Tú y yo vamos a platicar bonito.

Claudia respiraba agitada, el pecho subiendo y bajando rápido, haciendo que sus tetas se movieran contra el corpiño. Lágrimas empezaron a brillar en sus ojos, pero todavía intentaba resistir.

—Suéltenme… por favor… no sé qué quieren, pero no tenemos nada de valor… —dijo con voz quebrada.

El de la pistola se rió bajito y le pasó el cañón de la pistola por la mejilla, despacio, como si la estuviera acariciando.

—Ay, mami… no venimos por dinero. Venimos por ti. Por todas esas veces que te paseaste por el barrio con esas falditas enseñando culo y teta, dejando a todos con la verga parada y la rabia acumulada. ¿Creías que nadie iba a cobrarte la factura?

Claudia negó con la cabeza, desesperada.

—No… no fue así… yo solo…

El grandote le jaló el cabello hacia atrás con violencia, exponiendo su cuello moreno.

—Cállate —gruñó—. Ya basta de jueguitos.

Entonces el de la pistola giró la cabeza hacia mí. Me miró directo a los ojos mientras hablaba.

—Mira a tu hombre, Claudia. Está bien atadito, como te gusta. Pero si no te portas bien… si sigues resistiéndote… le voy a meter un tiro en la rodilla. Y luego en la otra. Y después… bueno, ya verás lo que le hacemos.

Claudia soltó un sollozo ahogado. Sus ojos se clavaron en los míos, llenos de terror puro.

—Lario… lo siento… lo siento tanto… —susurró entre lágrimas—. Por favor… no les hagas nada… haré lo que quieran… pero no le hagan nada a él…

Se le quebró la voz por completo. El cuerpo que siempre había sido tan seguro, tan dominante, ahora temblaba entre los brazos de esos dos desconocidos. Las lágrimas le corrían por las mejillas, arruinando el maquillaje, dejando surcos negros.

—Haré lo que sea… —repitió, casi sin aliento—. Por favor… no le hagan daño…

El de la pistola sonrió más ancho, satisfecho.

—Esa es mi niña buena.

Y entonces, sin soltarla, empezaron a arrastrarla hacia el sofá, sus tacones raspando el piso mientras ella ya no forcejeaba… solo suplicaba en voz baja, rota.

—Lario… perdóname… por favor… perdóname…

Los dos hombres la soltaron solo lo suficiente para que pudiera ponerse de pie entre ellos, pero no la dejaron escapar. El de la pistola —al que ahora veía más claro bajo la luz ámbar, con esa barba rala y ojos que parecían devorarla— se colocó frente a ella, mientras el grandote con la cicatriz se pegó a su espalda, inmovilizándola con el pecho ancho contra su espalda. Claudia estaba atrapada en el centro, el vestidito de mucama arrugado y subido hasta la cintura, las medias rasgadas en un muslo por el forcejeo anterior, el delantal blanco colgando inútilmente.

El de la pistola empezó primero. Pasó los dedos ásperos por el borde del escote, metiéndolos despacio hasta rozar la piel morena y caliente de sus tetas. Las apretó con fuerza, haciendo que se desbordaran más por encima del corpiño.

—Mira nomás estas chichotas… —murmuró, pellizcándole un pezón hasta que Claudia soltó un gemido corto, involuntario—. Toda la colonia babeando por ellas y tú paseándotelas como si fueran de exhibición. ¿Te gustaba sentir las miradas, verdad, puta? ¿Te ponías mojada sabiendo que todos querían meterte mano?

Claudia negó con la cabeza, los ojos vidriosos, pero su respiración era rápida, entrecortada. Intentó cerrar las piernas, pero el grandote le metió una rodilla entre los muslos y la obligó a abrirlos un poco más.

—No mientas, mami —gruñó él desde atrás, deslizando una mano grande por su vientre hasta meterla bajo el vestidito. Sus dedos encontraron la tanga empapada y la apartaron sin delicadeza—. Estás chorreando. Mira cómo te traiciona este coñito caliente.

Claudia se retorció, avergonzada, el rostro ardiendo. Un jadeo escapó de su garganta cuando él rozó su clítoris hinchado con el pulgar. Intentó morderse el labio para no gemir más fuerte, pero no pudo evitarlo: un sonido ahogado, casi un sollozo de placer mezclado con repudio.

Yo forcejeaba en la silla, las cuerdas cortándome las muñecas, la polla dura y goteando contra mi abdomen a pesar de todo. Quería gritar, quería matarlos, pero solo podía emitir gruñidos ahogados contra la mordaza. Verla así —mi Claudia, la mujer que siempre había sido dueña de su cuerpo, ahora temblando entre dos desconocidos— me quemaba por dentro. Y lo peor: mi erección no cedía. Al contrario, palpitaba más fuerte cada vez que ella jadeaba.

El de la pistola se bajó el cierre con calma, sacando su polla gruesa y venosa. No era solo grande; era obscena. Larga, pesada, con la cabeza ya brillante de precum. La agitó frente a la cara de Claudia.

—Mírala bien, reina del barrio. Esta sí que te va a llenar como se debe.

El grandote hizo lo mismo desde atrás, rodeándola con los brazos para que no pudiera apartar la vista. Su miembro salió libre: aún más grueso, casi grotesco, con venas marcadas que latían visiblemente.

Claudia abrió los ojos de golpe. Su mirada pasó de uno a otro, luego bajó inevitablemente hacia mí. La comparación fue instantánea, cruel, imposible de ignorar. Mi polla, dura y erecta como nunca, de pronto parecía… pequeña. Insuficiente. Ella lo vio. Lo supo. Y algo en su expresión se rompió: vergüenza pura, mezclada con un deseo traicionero que no podía esconder.

—No… por favor… —susurró, pero su voz salió débil, temblorosa.

El de la pistola le agarró el cabello y tiró su cabeza hacia atrás, obligándola a mirarlo.

—Arrodíllate, Claudia. Ya sabes qué hacer.

Ella negó, intentando resistir, pero el grandote le presionó los hombros hacia abajo con fuerza. Cayó de rodillas entre los dos, los tacones raspando el piso, las medias rasgadas dejando ver la piel morena de sus muslos. Las dos pollas enormes quedaron a centímetros de su rostro, palpitando, goteando.

Claudia respiraba agitada, los pechos subiendo y bajando con violencia. Lágrimas frescas le rodaban por las mejillas, pero entre sus piernas, donde nadie podía verla más que yo desde mi ángulo, su coño brillaba, hinchado, empapado. Traicionero.

—Míralas bien —dijo el de la pistola, golpeándole suavemente la mejilla con su verga—. Compara. ¿Ves la diferencia? Tu maridito ahí sentado… pobrecito. Toda la vida pensando que te llenaba, ¿verdad? Pero mírate ahora… mojada como perra en celo solo de verlas.

Claudia cerró los ojos con fuerza, negando con la cabeza, pero un gemido bajo escapó de su garganta cuando el grandote le rozó los labios con la punta de su polla.

—No… no puedo… Lario… perdóname… —susurró, la voz rota.

Pero su boca se entreabrió apenas, casi por instinto, y el de la pistola aprovechó para empujar la cabeza hacia adelante.

—Ábrela, puta. Vas a probar lo que te has estado perdiendo todos estos años.

Yo tiré de las cuerdas hasta que sentí la piel abrirse, sangre caliente corriendo por mis muñecas. Mi polla latía dolorosamente, traicionándome igual que la de ella. Verla arrodillada, rodeada, humillada… y excitada… me estaba destrozando.

Y sin embargo, no podía apartar la mirada.

Las dos pollas enormes colgaban frente a su rostro como amenazas vivas, pesadas, calientes. El de la pistola —llamémoslo Marco, porque así lo oí gruñir cuando el otro le pasó algo— la golpeó suavemente en la mejilla con la suya, un plaf húmedo y caliente que dejó un rastro brillante de precum en su piel morena. Claudia cerró los ojos con fuerza, el cuerpo temblando, pero no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda hasta la nuca. Vergüenza pura le quemaba las mejillas, pero entre las piernas sentía un calor traicionero, un pulso insistente que hacía que su coño se contrajera vacío, mojado, desesperado.

El grandote —el de la cicatriz, al que llamaron Toro— le rozó la otra mejilla con la punta gruesa de su verga, empujando apenas, dejando que el glande resbalara por sus labios cerrados. Claudia apretó la mandíbula, negando con la cabeza en pequeños movimientos frenéticos.

—No… por favor… no puedo… Lario… —susurró, la voz rota, mirando de reojo hacia mí.

Yo tiré de las cuerdas hasta que la silla crujió. Mi polla palpitaba dolorosamente contra mi abdomen, goteando sin control. Verla así, arrodillada, rodeada, con esas dos bestias rozándole la cara… me estaba matando. Y sin embargo, no podía dejar de mirar. No podía dejar de endurecerme más.

Marco se rió bajito, agarrándole el mentón con fuerza.

—Abre la boca, puta. No te lo voy a pedir otra vez.

Claudia negó de nuevo, lágrimas frescas rodándole por las mejillas, arruinando más el maquillaje. Sus labios temblaban, entreabiertos por la respiración agitada, pero se resistía con lo último que le quedaba de orgullo.

Toro gruñó desde atrás, impaciente, y le dio una cachetada seca en la mejilla derecha. No muy fuerte, pero el sonido resonó en la sala como un trueno. Claudia soltó un gemido corto, sorprendido, y por instinto abrió la boca para jadear.

Marco no esperó. Empujó la cabeza hacia adelante y metió la polla entre sus labios, llenándole la boca de golpe. Claudia gorgoteó, los ojos muy abiertos, las manos subiendo por reflejo para empujar sus muslos, pero Toro le atrapó las muñecas y las llevó detrás de su espalda, sujetándoselas con una sola mano enorme.

—Así, mamacita… —susurró Marco, empezando a mover las caderas despacio, follando su boca con calma cruel—. Chúpala bien. Muéstrale a tu maridito cómo se hace de verdad.

Claudia intentó resistir al principio: cerró los labios alrededor de la cabeza, pero no succionaba, no lamía. Solo dejaba que entrara y saliera, los ojos cerrados con fuerza, lágrimas cayendo. Pero el calor en su coño era insoportable. Sentía cómo se mojaba más con cada embestida, cómo su clítoris latía al ritmo de las humillaciones.

Toro soltó una de sus manos solo para guiarla hacia su propia polla. Claudia la tomó por instinto, los dedos temblorosos rodeando esa verga gruesa que apenas podía abarcar. Empezó a masturbarlo despacio, casi sin querer, mientras Marco seguía follándole la boca.

—Puta barata… —dijo Toro, inclinándose para hablarle al oído—. Toda la vida pavoneándote con esas tetas y ese culo, haciendo que los hombres nos la jaláramos pensando en ti. Y ahora mírate: de rodillas, chupando verga ajena mientras tu pobre marido mira con la polla chiquita parada.

Claudia gimió alrededor de la polla de Marco, un sonido ahogado que vibró en su garganta. Intentó hablar, escupir palabras de resistencia, pero solo salió un balbuceo mojado.

—No… no es… justo… —consiguió articular cuando Marco la sacó un segundo para que respirara—. Lario… yo te amo… no quería… esto…

Marco se rió y le metió la polla de nuevo, más profundo esta vez, hasta que la nariz de Claudia rozó su pubis.

—Cállate y chupa, zorra. Dile a tu hombre lo que se siente tener una verga de verdad en la boca. Dile que la tuya nunca te llenó así.

Claudia sollozó, pero sus manos no pararon. Una seguía masturbando a Toro con movimientos cada vez más firmes, el pulgar rozando la cabeza goteante; la otra subió por inercia a las bolas pesadas de Marco, masajeándolas mientras su lengua, traicionera, empezaba a lamer la parte inferior de su verga cada vez que salía.

—Miren cómo le gusta… —dijo Toro, apretándole una teta por encima del corpiño hasta que el pezón se marcó duro contra la tela—. Se hace la santa, pero este coñito está chorreando. Apuesto a que si le meto los dedos ahora mismo, se corre en dos segundos.

Claudia negó con la cabeza, pero su cadera se movió apenas, un movimiento instintivo buscando fricción que no existía. Jadeaba por la nariz, los gemidos ahogados convirtiéndose en sonidos húmedos y obscenos cada vez que Marco empujaba hasta el fondo.

Yo forcejeaba sin parar, la silla tambaleándose, gruñidos saliendo de mi garganta. Mi polla goteaba un hilo continuo de precum que caía al piso. La humillación me quemaba, pero el morbo era más fuerte. Ver a mi Claudia —mi mujer orgullosa, mi reina del barrio— convertida en esto… chupando, masturbando, gimiendo alrededor de esas pollas que la hacían verse tan pequeña, tan usada… me tenía al borde sin que nadie me tocara.

Marco salió de su boca con un pop húmedo, dejando un hilo de saliva colgando de sus labios hinchados.

—Dile, puta. Dile a Lario que te encanta.

Claudia tosió, jadeando, la cara empapada de lágrimas y saliva. Miró hacia mí, los ojos rojos, rotos.

—Lario… lo siento… es que… son tan grandes… me están… me están volviendo loca… perdóname…

Y antes de que pudiera decir más, Toro le metió su polla en la boca, ahogando sus palabras en un gemido profundo y resignado.

La noche apenas empezaba.

Marco y Toro se turnaron sin prisa, follando la boca de Claudia como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Primero Marco, empujando hasta que sus bolas golpeaban la barbilla de ella, obligándola a tragar saliva y precum en cada embestida profunda. Luego Toro, más brutal, agarrándola del cabello con ambas manos para usarla como un juguete, metiéndosela hasta el fondo hasta que Claudia gorgoteaba y tosía, lágrimas y baba corriendo por su cuello moreno y goteando sobre sus tetas que se desbordaban del corpiño.

Cada vez que uno salía, el otro entraba de inmediato. No le daban respiro. Claudia ya no hablaba; solo gemía ahogada, los ojos vidriosos, el maquillaje corrido en surcos negros. Sus manos seguían moviéndose por inercia: una masturbando la polla que no estaba en su boca, la otra apretando el muslo del que la usaba, como si no supiera si empujar o jalar.

Yo veía todo desde la silla. La polla me dolía de tan dura, goteando un charco en el piso. Cada gemido de Claudia, cada sonido húmedo de su garganta, me hacía tirar de las cuerdas hasta que la sangre me corría por los antebrazos. Quería matarlos. Quería abrazarla. Quería correrme solo de mirarla así, rota y hermosa.

De pronto Toro gruñó, cansado de la boca.

—Basta de preliminares —dijo, y sin esfuerzo la levantó del suelo como si no pesara nada.

Claudia soltó un grito corto cuando la cargó en brazos, las piernas abiertas colgando, el vestidito de mucama subido hasta la cintura. Toro la giró y la tiró de lado en el sofá, boca arriba para mí, las tetas rebotando con el impacto. Ella intentó cerrarse de piernas por instinto, pero él le abrió los muslos con rudeza, arrodillándose entre ellos.

Con un tirón seco arrancó la tanga de encaje negro, el sonido de la tela rasgándose resonando en la sala. Claudia jadeó, cubriéndose el coño con una mano temblorosa.

—No… por favor… va a doler… es demasiado grande… —susurró, la voz quebrada de miedo real.

Toro se rió bajito, agarrándole la muñeca y apartándola sin piedad. Su polla gruesa, venosa, palpitaba justo en la entrada de ella. La frotó despacio contra los labios hinchados y empapados de Claudia, cubriéndose de sus jugos.

—Mira cómo chorreas, puta. Tu coñito ya sabe lo que quiere.

Marco se acercó al rostro de Claudia desde el otro lado del sofá, arrodillándose junto a su cabeza. Le metió la polla en la boca de nuevo, ahogando sus protestas.

—Chupa mientras te abren, mami. No queremos que grites… todavía.

Claudia gimió alrededor de la verga de Marco, los ojos muy abiertos, mirando hacia mí con una mezcla de terror y vergüenza. Intentó empujar a Toro con los talones, pero él le sujetó las caderas y empujó.

La cabeza gruesa entró de golpe.

Claudia se arqueó en el sofá, un grito ahogado vibrando contra la polla en su boca. Sus ojos se pusieron en blanco por un segundo. No hubo resistencia real; su coño, traicionero y lubricado hasta el exceso por toda la humillación anterior, se abrió fácilmente alrededor de esa verga monstruosa. Toro empujó más, centímetro a centímetro, hasta que sus bolas quedaron pegadas contra el culo de ella.

—Joder… qué apretada estás… —gruñó Toro, empezando a moverse despacio, saliendo casi por completo para volver a entrar de un solo empujón profundo.

Claudia soltó la polla de Marco un segundo para jadear, la voz ronca y entrecortada.

—Dios… es… es demasiado grande… me está partiendo… Lario… lo siento… lo siento tanto… —sollozó, pero sus caderas se movieron apenas hacia arriba, buscando más.

Marco le metió la polla de nuevo en la boca, follándosela con calma mientras Toro aceleraba el ritmo. El sofá crujía con cada embestida. Los sonidos eran obscenos: el chapoteo húmedo de su coño siendo estirado, los gemidos ahogados de Claudia, el slap-slap de las caderas de Toro contra sus muslos morenos.

—Dile a tu marido lo que sientes, zorra —ordenó Marco, sacándola para que hablara.

Claudia jadeó, el pecho subiendo y bajando violentamente, las tetas casi saliéndose del corpiño.

—Lario… es… es enorme… me llena tanto… nunca… nunca había sentido algo así… perdóname… me está volviendo loca… —susurró entre sollozos y gemidos, las lágrimas cayendo mientras su coño se contraía visiblemente alrededor de la verga que la penetraba sin piedad.

Toro se inclinó más, apoyando una mano en el respaldo del sofá para follarla más profundo, más rápido. Claudia empezó a gemir sin control, los ojos cerrados, la boca abierta alrededor de la polla de Marco, el cuerpo temblando al borde del orgasmo que no quería admitir.

Yo solo podía mirar, atado, impotente, con la polla latiendo al ritmo de cada embestida que le daban a mi mujer. La humillación me quemaba el pecho, pero el morbo me tenía al límite.

Y Claudia… Claudia ya no se resistía. Solo gemía, se retorcía, y dejaba que la usaran.

Toro no aflojaba el ritmo. Cada embestida era profunda, brutal, haciendo que el cuerpo voluptuoso de Claudia rebotara contra el sofá. Sus gemidos ya no eran de resistencia; se habían convertido en sonidos guturales, desesperados, que salían de su garganta cada vez que la polla gruesa la llenaba hasta el fondo.

Marco, aún arrodillado junto a su cabeza, le sacó la verga de la boca un momento para agarrar el corpiño del vestidito de mucama. Con un tirón fuerte rasgó la tela por delante, los botones saltando al piso. Las tetas grandes y pesadas de Claudia se desbordaron libres, morenas, con pezones oscuros ya duros como piedras por la excitación y el roce constante.

—Joder, mira estas chichotas… —gruñó Marco, inclinándose para atrapar uno de los pezones entre los dientes.

Lo chupó con fuerza, tirando, mientras su mano amasaba la otra teta, apretándola hasta que la carne se desbordaba entre sus dedos. Claudia arqueó la espalda, un gemido largo y ronco escapando de su boca abierta.

—Ahhh… sí… chúpamelas… más fuerte… —se le escapó sin querer, la voz temblorosa pero cargada de un placer que ya no podía negar.

Toro aceleró, clavándose en ella con golpes secos que hacían chapotear su coño empapado. El sonido era obsceno, húmedo, resonando en toda la sala. Claudia empezó a temblar violentamente, las piernas abriéndose más por instinto, los talones clavándose en el sofá.

—Dios… me estás partiendo… pero… pero no pares… —jadeó, mirando de reojo hacia mí con los ojos vidriosos—. Lario… perdóname… pero me está gustando… me está gustando tanto esta verga gorda… me llena como nunca… ahhh, cabrón…

Marco soltó el pezón con un pop húmedo y lo pellizcó fuerte, haciendo que ella gritara de placer.

—Dilo más alto, puta. Dile a tu marido que te estás corriendo con polla ajena.

Claudia negó con la cabeza al principio, pero el orgasmo ya la tenía al borde. Toro empujó una vez más, profundo, y rozó ese punto dentro de ella que la hizo explotar.

— ¡Sí! ¡Me vengo! ¡Me vengo en tu verga, Toro! ¡Me estás haciendo correrme como puta barata! —gritó, la voz quebrada por el éxtasis.

Su cuerpo se convulsionó. Un chorro caliente salió de su coño, empapando la polla de Toro, salpicando su abdomen y goteando sobre el sofá. Mojó todo: sus muslos, el cojín, incluso parte del piso. Claudia temblaba sin control, las tetas rebotando con cada espasmo, los ojos en blanco, la boca abierta en un grito silencioso que terminó en gemidos bajos y sucios.

—Más… dame más… no pares… me encanta… me encanta cómo me abres… —murmuraba entre jadeos, las caderas moviéndose hacia atrás para buscar más aunque ya estuviera exhausta.

Toro gruñó profundo, las venas de su cuello marcándose. Salió de ella de golpe con un sonido húmedo y obsceno, su polla brillante de jugos y palpitando furiosamente. Se masturbó dos, tres veces rápidas y fuertes, apuntando directo al cuerpo de Claudia.

El semen salió en chorros gruesos y calientes: primero sobre sus tetas morenas, cubriendo los pezones y goteando por el valle entre ellas; luego sobre su vientre, salpicando el encaje rasgado del vestidito; y finalmente un último chorro que le cayó en la cara, cruzándole la mejilla y los labios entreabiertos. Claudia jadeó, lamiendo instintivamente lo que le cayó cerca de la boca, los ojos cerrados en una mezcla de vergüenza y placer residual.

—Joder… qué rico te ves marcada… —dijo Toro, respirando pesado, limpiándose la polla en uno de sus muslos.

Claudia quedó allí, jadeando, el cuerpo tembloroso y cubierto de semen fresco, el coño todavía contrayéndose en espasmos post-orgásmicos, goteando sus propios jugos mezclados con el de él.

Yo ya estaba rendido. Las cuerdas me habían cortado la piel, la sangre tibia corría por mis muñecas, pero no forcejeaba más. Solo miraba. Mi polla seguía dura, latiendo dolorosamente, goteando sin parar sobre mi regazo, pero no podía hacer nada. Solo observar cómo mi mujer, mi Claudia, se convertía en esto frente a mí: una hembra usada, marcada, satisfecha de una forma que yo nunca le había dado.

Unos segundos de silencio pesado, solo su respiración agitada y mis gruñidos ahogados contra la mordaza que ya no intentaba romper.

Marco se levantó, impaciente, la polla larga y venosa todavía dura como piedra.

—Mi turno, zorra. Date la vuelta.

La agarró por las caderas y la giró sin delicadeza, poniéndola a cuatro patas de lado en el sofá, el culo moreno y redondo hacia él, las tetas colgando pesadas y brillantes de semen. Claudia obedeció casi sin resistencia, todavía temblando por el orgasmo anterior, el cuerpo sensible y ansioso, el semen de Toro goteando lentamente por su piel.

Toro se colocó frente a su rostro, agarrándole el cabello para guiar su boca hacia su polla empapada de los jugos de ella y todavía goteante de su propia corrida.

—Límpiala, mami. Prueba cómo sabe tu coño mezclado con mi leche.

Claudia abrió la boca sin dudar esta vez, chupando con avidez, lamiendo cada centímetro mientras gemía alrededor de la carne gruesa. El sabor salado y almizclado la hizo estremecerse de nuevo, las caderas moviéndose apenas en el aire.

Marco se posicionó detrás, frotando su polla contra la entrada todavía abierta, hinchada y sensible de Claudia. Empujó de una sola vez, entrando hasta el fondo sin preámbulos.

Claudia soltó un gemido largo y vibrante contra la verga de Toro.

—Ahhh… sí… métemela toda… fóllame como puta… —susurró entre chupadas, la voz ronca y sucia—. Lario… mírame… mírame cómo me usan… cómo me llenan… nunca había sentido esto…

Marco empezó a bombear con fuerza, las manos clavadas en sus caderas anchas, haciendo que sus tetas se balancearan con violencia, el semen de Toro salpicando con cada movimiento. Cada embestida la empujaba hacia adelante, metiendo más la polla de Toro en su garganta.

—Te gusta, ¿verdad? —gruñó Marco—. Te gusta que te follen mientras tu marido mira con la verga chiquita parada y llena de semen ajeno.

Claudia solo pudo asentir, gimiendo, chupando con más ganas, las lágrimas de placer rodándole por las mejillas mientras su cuerpo volvía a tensarse, listo para otro clímax que ya se acercaba.

Yo seguía atado, mirando, la polla latiendo sin remedio, al borde de correrme solo con la vista de mi mujer convertida en esto: una hembra en celo, gimiendo sucio, pidiendo más, marcada y usada sin piedad.

Y ella… ella ya no pedía perdón. Solo gemía. Y disfrutaba.

Toro la sacó de su boca con un pop húmedo y miró hacia abajo, furioso.

—¿Qué chingados, Marco? Le llenaste el coño… ese era mío para el gran final. Acordamos que yo la abría por delante al final, cabrón.

Marco se encogió de hombros, todavía jadeando, limpiándose la polla en una de las nalgas redondas de Claudia como si nada.

—Se me fue, wey. La zorra esta habla demasiado sucio, me puso al límite. No aguanté. ¿Qué quieres que haga? Ya está lleno de leche.

Toro soltó un gruñido bajo, apretando el cabello de Claudia con más fuerza hasta que ella soltó un gemido corto de dolor mezclado con placer residual.

—Entonces ahora es justo que yo me quede con el culo. Tú ya te desahogaste por delante. El acuerdo era que el coño fuera mío para cerrar… pero como lo jodiste, el culo me lo debes.

Claudia, todavía a cuatro patas, el semen goteando lentamente de su coño hinchado, levantó la cabeza ligeramente confundida. Sus ojos vidriosos pasaron de uno a otro, el pecho subiendo y bajando rápido, las tetas colgando pesadas y brillantes. No entendía del todo la discusión, pero el tono posesivo de ambos la hizo estremecerse de nuevo, un escalofrío recorriéndole la espalda.

Yo… yo ya estaba agotado. Las cuerdas me habían cortado hasta el hueso, la sangre seca en mis muñecas, la polla todavía dura pero latiendo con un dolor sordo. Solo podía observar, la mente nublada, el pecho apretado. No forcejeaba más. Solo miraba cómo mi mujer, mi Claudia, se convertía en el centro de una discusión entre dos extraños que la trataban como un trofeo que habían ganado.

Marco bufó con fastidio, pero al final asintió.

—Está bien, cabrón. Tú el culo. Pero no te quejes si se rompe la puta esta.

Sin más, Marco se sentó en el sofá, las piernas abiertas, su polla larga y venosa todavía medio dura, brillante de semen y jugos. Agarró a Claudia por las caderas y la levantó como si fuera una muñeca.

—Sube, mami. Vamos a seguir jugando.

Claudia obedeció casi por instinto, gateando sobre él, las rodillas a cada lado de sus muslos. Marco la guió hacia abajo de un tirón firme, clavándola en su verga de una sola embestida profunda. El semen que ya había dentro de ella hizo un sonido húmedo y obsceno al ser desplazado.

Claudia soltó un gemido largo, echando la cabeza hacia atrás, las tetas rebotando contra el pecho de Marco.

—Ahhh… sí, papi Marco… métemela toda otra vez… me encanta sentirte tan adentro… lleno de tu leche caliente… soy tu puta… fóllame más…

Movía las caderas en círculos lentos al principio, luego más rápidos, montándolo con avidez, las manos apoyadas en sus hombros para impulsarse. El semen de Marco salía por los lados con cada movimiento, goteando por sus muslos morenos.

Marco le agarró las tetas con ambas manos, amasándolas con rudeza, pellizcando los pezones.

—Así, zorra… cabalga como la perra del barrio que eres. Muéstrale a tu marido cómo te gusta que te llenen.

Claudia jadeó, los ojos entrecerrados de placer.

—Lario… mírame… mírame cómo me monto esta verga… cómo me abren… nunca había estado tan llena… ahhh, papi… más duro…

De pronto, Toro se movió detrás de ella. Claudia no lo vio venir hasta que sintió el peso de su cuerpo inclinándose sobre su espalda. Escupió directamente en su ano, un chorro caliente y espeso que resbaló por la grieta entre sus nalgas.

Claudia se tensó de golpe, los ojos abriéndose de terror puro. Empujó el estómago de Marco con ambas manos, intentando apartarse, el cuerpo temblando.

—No… no, por favor… Toro… no por ahí… es demasiado… me va a romper… suplico… no…

Pero Toro no escuchó. Agarró sus caderas con fuerza, inmovilizándola contra Marco, y apoyó la cabeza gruesa de su polla contra el anillo apretado. Empujó despacio al principio, abriéndola centímetro a centímetro, el escupitajo y los jugos que goteaban de su coño sirviendo de lubricante improvisado.

Claudia gritó, un sonido agudo y roto, el cuerpo arqueándose en un intento inútil de escapar.

— ¡No! ¡Duele! ¡Por favor, papi… no cabe… me estás partiendo el culo! ¡Lario… ayúdame…!

Pero no había escape. Toro empujó más, entrando hasta la mitad con un gruñido animal. Claudia se retorció entre los dos, atrapada en una doble penetración brutal: Marco abajo, clavado en su coño lleno de semen; Toro atrás, forzando su ano virgen a abrirse alrededor de su grosor obsceno.

Los dos empezaron a moverse, alternando al principio, luego sincronizándose en un ritmo salvaje que hacía que Claudia se convulsionara sin control. Sus gritos se convirtieron en gemidos entrecortados, dolor y placer mezclándose hasta que ya no se distinguían.

—Ahhh… dios… los dos… me están llenando… me están rompiendo… papi Toro… papi Marco… sí… rómpanme… soy su puta… su puta de los dos…

Yo me retorcí en la silla por primera vez en minutos, un gemido ahogado escapando de mi garganta contra la mordaza. Verla así —mi mujer, mi Claudia— empalada por dos pollas enormes al mismo tiempo, retorciéndose, gimiendo sucio mientras lágrimas de placer y dolor le rodaban por las mejillas… fue demasiado.

Mi polla latió una vez más, fuerte, y sin que nadie me tocara, me corrí en silencio, chorros calientes salpicando mi abdomen y el piso debajo de mí. El clímax fue vacío, humillante, pero inevitable.

Claudia ni siquiera se dio cuenta. Seguía gimiendo, moviéndose entre ellos, perdida en el placer abrumador de ser usada por completo.

La noche ya no tenía vuelta atrás.

Marco y Toro no se detuvieron. La doble penetración era un castigo y un premio al mismo tiempo: Marco clavado en su coño lleno de semen, Toro forzando su culo apretado con empujones lentos pero implacables que la abrían más y más con cada centímetro. Claudia estaba atrapada entre los dos cuerpos sudorosos, su piel morena brillando bajo la luz ámbar de la lámpara, las tetas rebotando violentamente con cada movimiento sincronizado.

Al principio sus gemidos eran de dolor puro, pero pronto el placer la invadió como una ola. Empezó a mover las caderas por instinto, primero en círculos pequeños, luego empujando hacia atrás para recibir más de ambos, como si su cuerpo hubiera decidido que quería ser destruido por completo.

—Ahhh… sí, papis… métanmelas más profundo… rómpanme el coño y el culo al mismo tiempo… —jadeaba, la voz ronca y entrecortada—. Soy su puta… su puta sucia del barrio… me encanta sentirlos a los dos dentro… estirándome… llenándome… ahhh, cabrones…

Marco le agarró las tetas desde abajo, amasándolas con rudeza, pellizcando los pezones hasta que Claudia gritó de placer.

—Muévete más, zorra… cabalga las dos vergas como la perra que eres.

Toro le dio una nalgada fuerte en una nalga, dejando una marca roja en la piel morena.

—Así, mami… sacude ese culo gordo… dile a tu marido lo que quieres que hagamos contigo.

Claudia miró de reojo hacia mí —o hacia donde yo estaba atado—, los ojos vidriosos, las pupilas dilatadas.

—Lario… mírame… quiero que me destruyan entera… que me follen el culo hasta que no pueda sentarme… que me chupen y muerdan las tetas hasta dejarlas moradas… que me nalgueen mientras me llenan… quiero que me usen como su juguete… como la puta barata que siempre he sido en secreto… ahhh… sí, papis… más fuerte… rómpanme…

Cada palabra era un latigazo para mí. Sus caderas se movían con más frenesí, empujando hacia Toro para que entrara más profundo en su culo, luego hacia Marco para que la llenara por delante. Los sonidos eran obscenos: el chapoteo húmedo de su coño, el slap-slap de las nalgadas, los gemidos guturales de los tres.

Marco le mordió un pezón con fuerza, tirando de él con los dientes. Toro le dio otra nalgada, luego metió una mano entre sus piernas para frotarle el clítoris hinchado mientras seguían bombeando.

—Papi Toro… Marquito… destrúyanme… llévenme al límite… quiero correrme otra vez con sus vergas dentro… quiero que me dejen marcada por todos lados…

Yo ya no aguantaba más. El esfuerzo de forcejear, la adrenalina que me había mantenido despierto, el morbo y la humillación acumulados… todo me golpeó de golpe. Mi visión se nubló. La polla todavía dura, goteando, latiendo sin control. Sentí un vértigo repentino, el pecho apretado, y entonces… oscuridad.

Me desmayé en la silla, la cabeza cayendo hacia adelante, el cuerpo inerte contra las cuerdas que me mantenían erguido.

No sé cuánto tiempo pasó. Minutos. Horas. El tiempo se había vuelto borroso.

Cuando abrí los ojos, la sala estaba en silencio. La lámpara seguía encendida, pero más tenue, como si alguien hubiera bajado la intensidad. El sofá estaba vacío, solo un revoltijo de ropa: el vestidito de mucama rasgado, las medias rotas, la tanga hecha jirones, manchas oscuras de semen y jugos en los cojines. El aire olía pesado a sexo: sudor, semen, coño mojado, un olor almizclado que impregnaba todo.

Pero no estaban allí.

Entonces lo escuché.

Gemidos. Bajos al principio, pero claros. Venían de la habitación. Nuestra habitación. La puerta entreabierta dejaba escapar sonidos que no dejaban lugar a dudas.

La voz de Claudia, ronca, quebrada por el placer, hablando sucio como nunca la había oído.

—Ahhh… sí, Toro… métemela más adentro en el culo… rómpeme el ojete mientras Marco me folla la boca… soy su puta esclava… la esposa de Lario que se deja usar por vergas más grandes… miren cómo me trago todo… cómo me abren el orto…

Un gemido masculino. Luego otro.

—Dilo, mami… dile a tu marido dormido lo que eres ahora.

—Soy… soy la puta del barrio… la milf que siempre provocó a todos… y ahora solo quiero vergas grandes… quiero que me llenen de leche mientras Lario duerme atado… ahhh… sí… córrete dentro… lléname el culo de semen caliente… haz que gotee para que mi marido lo vea mañana…

Más nalgadas. Más gemidos. El sonido inconfundible de carne chocando, de una garganta siendo follada, de un culo siendo abierto sin piedad.

Me quedé allí, atado todavía, la cabeza pesada, el cuerpo entumecido. No podía moverme. No quería moverme. Solo escuchaba.

Escuchaba cómo mi mujer, en nuestra cama, seguía entregándose. Seguía hablando sucio, vulgar, tabú. Seguía pidiendo más. Seguía disfrutando.

Y yo… yo solo podía quedarme despierto en la oscuridad de la sala, oyendo cada palabra, cada gemido, cada promesa obscena que ya no era para mí.

La noche no había terminado.

Solo había cambiado de habitación.

Los gemidos desde la habitación se volvieron más intensos, más salvajes. La voz de Claudia ya no tenía rastro de la mujer que yo conocía; era pura entrega, pura puta en celo, hablando el mismo idioma sucio que los dos cabrones usaban para degradarla.

— ¡Sí, papi Toro! ¡Empálame el culo con esa verga gorda hasta que me duela! —gritaba ella, la voz entrecortada por cada embestida—. ¡Y tú, métemela hasta la garganta, haz que me ahogue con tu leche mientras me rompen el ojete! ¡Soy su puta.
Marco se reía entre gruñidos, el sonido de sus caderas chocando contra la cara de Claudia resonando por el pasillo.

—Así, zorra… trágatela toda, perra del barrio. Dile a tu maridito dormido que ya no le sirve tu coñito… que solo sirve para que lo llenemos de corrida ajena.

Toro, más brutal, le daba nalgadas que se escuchaban como latigazos.

—Este culo gordo es mío ahora, mami. Mueve ese rabo como la puta barata que eres… aprieta mi verga con ese ojete apretado… ¡joder, cómo aprietas, cabrona!

Claudia respondía entre arcadas y gemidos, las palabras saliendo ahogadas pero claras.

— ¡Sí, papis! ¡Destrúyanme entera! ¡Llenen mi culo de leche, mi boca de semen, mis tetas de baba y mordidas! ¡Quiero que me dejen marcada como su propiedad… que Lario despierte oliendo a verga ajena en toda mi piel! ¡Más fuerte… rómpanme… me vengo otra vez… ahhh, cabrones… me vengo con sus pollas dentro!

Los sonidos se aceleraron: carne contra carne, saliva goteando, gemidos guturales de los tres. El colchón crujía como si lo fueran a romper. Claudia empezó a gritar sin control.

— ¡Me corro! ¡Me corro en sus vergas, papis! ¡Llenenme… llévenme al límite… quiero sentirlos explotar dentro de mí!

Marco gruñó como bestia.

Toro rugió al mismo tiempo.

Un clímax triple estalló en la habitación. Los tres gritaron al unísono: Claudia en un alarido largo y roto, Marco y Toro en gruñidos animales. El sonido de semen saliendo a chorros, de cuerpos convulsionándose, de Claudia tragando y contrayéndose alrededor de ellos… todo se mezcló en un caos obsceno que duró segundos eternos.

Luego… silencio.

Un silencio pesado, eterno. Solo se oía la respiración agitada de tres cuerpos exhaustos. Nadie hablaba. Nadie se movía.

Minutos después —o tal vez horas, ya no sabía medir el tiempo— escuché pasos pesados saliendo de la habitación. Marco y Toro aparecieron en la sala, completamente desnudos, las pollas todavía semierectas y brillantes de semen, saliva y jugos. Sus cuerpos sudorosos, tatuajes y cicatrices a la vista bajo la luz tenue. Caminaron directo al sofá, recogiendo su ropa tirada sin prisa, como si supieran que yo no podía hacer nada.

Toro se acercó a mí primero. Me miró con una sonrisa torcida.

—Tranquilo, Lario. Ya terminamos con tu mujercita. Solo te soltamos las manos para que no te mueras atado como un perro. El resto… tú te las arreglas.

Con un movimiento rápido cortó las bufandas que me ataban las muñecas —no las de los tobillos, solo las manos—. Me dejó allí, semiinconsciente, las piernas todavía sujetas. Antes de que pudiera reaccionar, los dos ya estaban vistiéndose a toda prisa.

Marco se rió bajito mientras se ponía la playera.

—Dile a tu puta que fue un placer. Y que si quiere repetir… ya sabe dónde encontrarnos.

Salieron por la puerta principal sin mirar atrás. La puerta se cerró con un clic suave. El silencio volvió, más pesado que antes.

Me quedé allí unos segundos, las manos libres temblando, el cuerpo entumecido. Luego, con esfuerzo, me solté los tobillos —las cuerdas flojas ahora que podía usar las manos—. Me puse de pie tambaleante, las piernas como gelatina, la polla todavía medio dura y pegajosa por mi propia corrida anterior.

Caminé hacia el dormitorio con el corazón en la garganta. Cada paso era horror puro. Empujé la puerta entreabierta.

Allí estaba Claudia.

En nuestra cama, casi desmayada. Boca arriba, las piernas abiertas en un ángulo imposible, el cuerpo moreno cubierto de un desastre de semen espeso y blanco. Chorros gruesos le cruzaban las tetas grandes y pesadas, goteando por los pezones hinchados y mordidos hasta quedar morados. Su coño abierto y rojo, semen saliendo en hilos lentos por los labios hinchados. El ano dilatado, todavía palpitando, con más semen blanco desbordándose y manchando las sábanas. La cara… la cara era lo peor: semen en las mejillas, en los labios entreabiertos, en el cabello pegado a la frente. Los ojos cerrados, la respiración lenta y entrecortada, como si estuviera al borde del desmayo total.

No se movía. Solo respiraba. Y en el aire flotaba el olor intenso a sexo, a semen ajeno, a sudor y a ella.

Me quedé en la puerta, mirando. Incapaz de acercarme. Incapaz de tocarla. Incapaz de procesar lo que acababa de pasar.

El aniversario había terminado.

Y nada volvería a ser igual.

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