
No todo era físico; el pico emocional llegó una noche, después de un encuentro lento en la cama que había empezado con besos suaves y prolongados, bocas que se rozaban apenas al inicio, labios carnosos de Karla presionando los finos de David en un intercambio tierno que sabía a saliva cálida y a la sal sutil de sus pieles. Habían explorado cuerpos con caricias prolongadas y reverentes: David bajando la boca por su cuello, trazando la curva de su clavícula con la lengua antes de llegar a la panza suave y ondulante, lamiendo la piel pálida y tibia que temblaba bajo su aliento, hundiendo la punta de la lengua en el ombligo profundo y redondo, saboreando el leve sabor salado que se acumulaba allí por el sudor de la anticipación, mientras sus manos recorrían los costados de ella, dedos deslizándose por la carne blanda que cedía con cada presión. Karla, por su parte, acariciaba su pene delgado con manos temblorosas y cálidas, envolviéndolo en una palma que subía y bajaba con lentitud deliberada, sintiendo cada vena palpitar contra su piel, la cabeza hinchada goteando líquido preseminal en hilos transparentes que lubricaban su agarre, mientras besaba su pecho plano y pálido, labios rozando los pezones apenas marcados, lengua trazando círculos suaves que lo hacían jadear bajito contra su cabello oscuro.
Se unieron despacio, él encima, posicionándose con cuidado entre sus muslos abiertos, el pene rozando primero los pliegues húmedos y calientes antes de entrar con una lentitud que los hizo gemir al unísono. Embistió con movimientos profundos y pausados, sintiendo cómo su coño lo envolvía en un calor apretado y resbaladizo, las paredes internas contrayéndose alrededor de su tallo en pulsos suaves que lo succionaban con cada retirada y cada avance, el clítoris hinchado rozando su pubis en un contacto constante que enviaba chispas por sus cuerpos. Se miraban a los ojos en la penumbra, pupilas dilatadas capturando el brillo mutuo, lágrimas asomando en los ojos oscuros de Karla mientras el placer la inundaba, un nudo en la garganta que hacía que su voz se quebrara.
—Eres el único que me entiende… y ahora también lo único que me hace sentir viva —confesó Karla, voz quebrada por el placer que la recorría en oleadas, lágrimas cálidas deslizándose por sus mejillas pálidas y cayendo sobre su pecho, dejando rastros húmedos que se mezclaban con el sudor compartido.
David la besó con ternura y hambre al mismo tiempo, labios presionando los de ella en un beso profundo mientras embestía más profundo, sintiendo cómo su coño se contraía con más fuerza alrededor de él, el calor interno apretándolo en un agarre que lo llevaba al borde.
—Y tú para mí… te necesito en todo, no solo en esto. Eres mi mundo —susurró contra su boca, voz ronca y entrecortada, mientras sus manos subían para acariciar sus tetas pesadas, apretándolas con devoción, los pezones rozando sus palmas en un contacto que los hacía endurecer aún más.
Las palabras desataron algo en ellos; el sexo se volvió más intenso, un torrente de carne y calor que ya no admitía contención. David aceleró las embestidas con una fuerza que le nacía del fondo del pecho, sus caderas delgadas golpeando contra las de ella con un ritmo feroz y preciso, cada penetración profunda frotando las paredes internas de su coño en un roce abrasador que hacía que el placer se extendiera como corriente eléctrica por sus venas. Karla envolvió sus piernas gruesas y fuertes alrededor de su cintura, los muslos carnosos apretándose con fuerza para tirar de él hacia adentro, obligándolo a entrar hasta el fondo en cada movimiento, el pene hundiéndose completamente en el calor resbaladizo y apretado que lo succionaba con avidez, los pliegues hinchados abriéndose y cerrándose alrededor de su tallo en contracciones involuntarias que lo llevaban al límite.
—Siente cómo te aprieto… eres mío ahora —dijo ella, arañando su espalda delgada con uñas que dejaban surcos rojos y ardientes sobre la piel pálida, el dolor mezclándose con el placer en una sensación que lo hacía jadear contra su cuello.
David respondió con embestidas fuertes y profundas, cada una acompañada de un gruñido bajo que salía de su garganta, las manos subiendo para capturar sus tetas pesadas, apretándolas con fuerza mientras sus dedos pellizcaban los pezones rosados y endurecidos, rodándolos entre el pulgar y el índice con una presión que los hacía hincharse aún más, enviando descargas directas al clítoris que rozaba su pubis en cada impacto. El sudor resbalaba por sus cuerpos en riachuelos calientes que se mezclaban en el punto de unión, goteando por los muslos de ella y por la espalda de él en hilos pegajosos que brillaban bajo la luz tenue, el aroma almizclado de su sexo inundando la habitación como una niebla densa y adictiva, un olor crudo a piel caliente, semen y esencia femenina que se pegaba a sus fosas nasales y los envolvía por completo.
—Tu coño es tan caliente… me vuelves loco, tía —gruñó él, voz ronca y entrecortada, mientras aceleraba aún más, el pene deslizándose dentro y fuera con una fricción intensa que hacía que cada roce pareciera una explosión de placer, el clítoris hinchado presionando contra su pelvis en cada embestida, enviando chispas que la hacían arquear la espalda y gemir su nombre en un susurro quebrado.
Se corrieron juntos en un clímax simultáneo y devastador, temblando en un abrazo que duró minutos enteros, cuerpos pegados y sudorosos convulsionando al unísono. David se derramó dentro de ella con chorros calientes y espesos que brotaban en pulsos abundantes, llenándola por completo hasta que la esencia cremosa desbordaba por los pliegues hinchados y resbalaba por sus muslos en hilos viscosos que marcaban la sábana debajo. Karla se contrajo alrededor de su pene en espasmos profundos y rítmicos, su coño apretando y soltando en oleadas que succionaban cada gota que él dejaba dentro, un orgasmo que la sacudió de pies a cabeza, muslos temblando alrededor de su cintura, panza suave contrayéndose en pliegues que se ondulaban bajo sus manos, un gemido largo y gutural escapando de su garganta mientras lágrimas de placer se deslizaban por sus sienes, el clítoris palpitando contra su pubis en pulsos que prolongaban el éxtasis hasta dejarla sin aliento.
Se quedaron abrazados en silencio, respiraciones agitadas mezclándose en jadeos irregulares que llenaban la habitación con un sonido crudo y primal, el sudor enfriándose lentamente sobre sus pieles, el pene aún dentro de ella ablandándose poco a poco mientras los restos de semen y flujo goteaban por sus muslos en hilos lentos y pegajosos. Confesiones susurradas salieron en la oscuridad, palabras entrecortadas que se escapaban entre besos suaves en el cuello y la frente.
—Esto es nuestro… nadie más lo entendería —murmuró Karla, voz quebrada por el placer residual y por algo más profundo, lágrimas cálidas cayendo sobre el pecho de él mientras lo abrazaba con más fuerza.
—Y yo no quiero que nadie lo entienda —respondió David, besando su sien húmeda, sus manos recorriendo su espalda ancha en caricias lentas—. Solo quiero esto… solo a ti… siempre.
Se quedaron así, entrelazados en un abrazo que no quería romperse, sintiendo los latidos del otro contra su piel, el calor residual de sus cuerpos unidos, el aroma persistente de su placer compartido flotando en el aire como una promesa silenciosa. El amor prohibido, la dependencia mutua, la aceptación absoluta de que esto era su realidad se asentaban entre ellos como una verdad innegable, un lazo que ya no se rompería nunca.
El clímax final llegó una noche de tormenta similar a la que había iniciado todo. El trueno retumbaba fuera con furia, sacudiendo las ventanas y haciendo vibrar los cristales, mientras relámpagos iluminaban brevemente la sala en destellos blancos que delineaban sus cuerpos entrelazados. Dentro, la pantalla de la televisión reproducía Akira en loop, las explosiones de Neo-Tokio proyectando luces azuladas y rojas sobre su piel sudorosa, el sonido amortiguado de la película mezclándose con sus jadeos y gemidos como un fondo caótico que amplificaba la intensidad de su unión. Se entregaron sin reservas, sin palabras innecesarias, solo con la urgencia cruda de cuerpos que ya se conocían por completo y aun así se buscaban con hambre renovada.
Empezaron en el sofá: Karla encima, sus rodillas hundiéndose en los cojines a cada lado de las caderas estrechas de David, el peso voluptuoso de su cuerpo presionando contra él en un abrazo total. Movía las caderas con fuerza, subiendo y bajando en un ritmo profundo y salvaje que hacía que su coño apretado lo envolviera hasta la base en cada descenso, las paredes internas contrayéndose alrededor de su pene en pulsos calientes que lo succionaban con avidez. Sus tetas rebotaban salvajes frente a su cara, pesadas y ondulantes, la carne suave golpeando su pecho y su rostro con cada movimiento, pezones rosados endurecidos trazando líneas húmedas de sudor sobre su piel. David las atrapó con la boca abierta, chupando con avidez uno tras otro, succionando los picos sensibles con labios que los envolvían en calor húmedo, lengua girando alrededor de ellos en círculos insistentes que los hacían hincharse aún más, el sabor salado y ligeramente dulce de su piel llenándole la boca mientras ella gemía con cada lamida.
—Lámelas más… siente cómo se endurecen para ti —pidió ella, voz ronca y entrecortada por el placer, acelerando el ritmo de sus caderas con un vaivén feroz que hacía que su coño lo apretara con contracciones profundas, el clítoris hinchado rozando su pubis en cada impacto, enviando descargas que la hacían temblar.
David la volteó con un movimiento fluido pero firme, poniéndola de rodillas sobre el sofá, el culo enorme y redondo elevado ante él como una ofrenda, la carne pálida temblando ligeramente bajo la luz parpadeante de la pantalla. Entró por detrás con embestidas profundas y precisas, el pene deslizándose en el calor resbaladizo de su coño hasta el fondo en cada empujón, sintiendo cómo las paredes internas lo succionaban con fuerza, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando resonando en la sala junto al estruendo de la tormenta. Sus manos se hundieron en el culo generoso, dedos abriéndose para apretar la carne suave que cedía bajo su agarre, azotando ligeramente las nalgas con palmadas abiertas que hacían que la piel se enrojeciera y temblara, el impacto enviando ondas que llegaban hasta su coño y lo apretaban aún más alrededor de él.
—Tu culo tiembla tan bien… entra más hondo —gimió ella, empujando hacia atrás con fuerza para encontrarse con cada embestida, su voz quebrándose en un gemido largo y gutural mientras arqueaba la espalda, elevando las caderas para recibirlo más profundo, el sudor resbalando por su columna y acumulándose en la curva de su culo.
David obedeció, embistiendo con mayor intensidad, el pene hundiéndose hasta la base en cada movimiento, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de él en oleadas que lo llevaban al borde, el clítoris rozando el saco con cada impacto profundo. El sudor de ambos se mezclaba en riachuelos que goteaban por sus cuerpos, el aroma almizclado y salado de su unión inundando la sala como una niebla caliente, el sonido de carne contra carne mezclándose con los truenos lejanos y los gemidos que ya no podían contenerse. Karla empujaba hacia atrás con cada embestida, su culo temblando bajo las manos de él, la carne suave ondulando con cada choque, mientras sus tetas colgaban pesadas y se balanceaban con violencia, rozando el sofá en un movimiento que endurecía aún más sus pezones.
Cambiaron al piso, el suelo fresco contrastando con el calor abrasador de sus cuerpos sudorosos. Karla se tendió boca arriba sobre la alfombra áspera de la sala, las piernas abiertas y elevadas, colocándolas con cuidado sobre los hombros delgados de David. La posición la dejaba completamente expuesta, su coño rosado y empapado brillando bajo la luz parpadeante de la televisión, los pliegues hinchados abiertos como una flor húmeda que palpitaba con cada latido acelerado de su corazón. Él se arrodilló entre sus muslos, el pene aún duro y resbaladizo por sus fluidos previos rozando los labios mayores antes de entrar de nuevo. La penetración fue profunda desde el primer empujón, su coño apretado envolviéndolo hasta la base, las paredes internas contrayéndose con fuerza alrededor de su tallo venoso mientras la posición permitía que la cabeza hinchada presionara directamente contra el punto más sensible de su interior. Karla soltó un grito ronco y prolongado, el placer golpeándola como una ola violenta, sus tetas pesadas temblando con cada embestida, pezones endurecidos apuntando al techo mientras su espalda se arqueaba sobre el suelo.
—Así… lléname por completo —suplicó, voz quebrada y entrecortada, contrayéndose alrededor de su pene en espasmos voluntarios que lo succionaban con avidez, el calor viscoso de su coño apretándolo en oleadas que lo hacían jadear contra su cuello.
David embestía con urgencia animal, sus caderas delgadas chocando contra las de ella en un ritmo frenético y profundo, cada penetración acompañada de un sonido húmedo y obsceno que resonaba en la sala junto al estruendo lejano de la tormenta. El sudor resbalaba por sus cuerpos en riachuelos calientes: por la espalda ancha de Karla, acumulándose en la curva de su culo que se elevaba con cada movimiento; por el abdomen delgado de David, goteando sobre la panza suave de ella que ondulaba bajo el impacto. El aire estaba saturado de su olor a sexo: almizclado, salado, intenso, un perfume crudo que se pegaba a sus pieles y llenaba sus pulmones con cada respiración agitada. Sus gemidos se mezclaban en un coro desordenado: los de ella graves y guturales, subiendo de tono hasta convertirse en gritos agudos cuando él empujaba hasta el fondo; los de él roncos y entrecortados, escapando contra su cuello mientras lamía el sudor que perlaba su clavícula.
La tomó contra la pared con una fuerza sorprendente para su delgadez, levantándola ligeramente del suelo; sus manos fuertes bajo las nalgas generosas que temblaban en su agarre. Karla envolvió sus piernas alrededor de su cintura, los muslos gruesos apretándose contra sus costados mientras él embestía hacia arriba, el pene hundiéndose en su coño empapado con impactos profundos que la hacían chocar contra la pared con cada empujón. Sus tetas se aplastaban contra su pecho delgado, la carne pesada y sudorosa rozando su piel en un contacto resbaladizo y caliente, pezones endurecidos trazando líneas de fuego sobre su torso mientras sus uñas se clavaban en sus hombros, dejando surcos rojos que ardían como marcas de posesión.
—No pares… hazme correr una y otra vez —dijo ella, besándolo con labios hinchados y febriles, la lengua invadiendo su boca en un beso hambriento y húmedo que sabía a saliva y a la sal de su sudor compartido.
El orgasmo final fue prolongado y devastador: David se corrió dentro de ella en chorros interminables, su pene palpitando con violencia mientras pulsos calientes y espesos inundaban su coño, la esencia cremosa desbordando por los pliegues hinchados y resbalando por sus muslos en hilos viscosos que goteaban hasta el piso. Karla tembló en ondas intensas y profundas, su coño contrayéndose alrededor de él en espasmos rítmicos que lo succionaban con fuerza, un clímax que la sacudió de pies a cabeza, muslos temblando alrededor de su cintura, panza suave contrayéndose en pliegues que se ondulaban bajo sus manos, un grito largo y descontrolado escapando de su garganta mientras gritaba su nombre sin control, lágrimas de placer deslizándose por sus sienes y mezclándose con el sudor que cubría su rostro. Sus cuerpos colapsaron en un enredo sudoroso en el piso, piernas entrelazadas, brazos aferrándose con desesperación, respiraciones agitadas y entrecortadas mezclándose en jadeos irregulares que llenaban la sala con un sonido crudo y primal. El semen y el flujo goteaban por sus muslos en hilos lentos y pegajosos, el aroma de su unión saturando el aire como una niebla caliente y adictiva, mientras la tormenta seguía rugiendo fuera y la televisión continuaba reproduciendo Akira en loop, un fondo caótico que ya no importaba.
Se quedaron allí, abrazados en el suelo de la sala, respiraciones calmándose lentamente hasta convertirse en suspiros largos y profundos que se mezclaban con el rumor lejano de la tormenta que aún retumbaba fuera. Sus cuerpos permanecían pegados, sudorosos y temblorosos, la piel de Karla cálida y pegajosa contra la de David, el semen y la esencia de ella goteando aún por sus muslos en hilos lentos que se enfriaban sobre la alfombra. El pene de él, ablandándose dentro de su coño, seguía latiendo débilmente, como un eco del placer que acababa de consumirlos, mientras sus tetas pesadas se aplastaban contra su pecho delgado, pezones sensibles rozando su piel con cada inhalación. El aroma almizclado y salado de su unión saturaba el aire, mezclado con el leve perfume floral que aún se aferraba a su cuello, un olor crudo y adictivo que los envolvía como una manta invisible.
—Esto es lo que somos ahora… y no quiero que cambie —murmuró Karla, acariciando su rostro juvenil con dedos temblorosos, trazando la línea de su mandíbula, sintiendo el leve vello que empezaba a brotar en sus mejillas, mientras lágrimas secas de placer aún brillaban en sus pestañas.
David sonrió, una curva suave y exhausta en sus labios, y bajó la cabeza para besar su panza suave, labios rozando la piel cálida y ondulante, hundiendo la lengua brevemente en el ombligo profundo que aún temblaba con los restos del orgasmo, probando el sabor salado del sudor que se acumulaba allí.
—Para siempre, entonces —susurró contra su abdomen, voz ronca y baja, mientras sus manos recorrían sus costados en caricias lentas, sintiendo cómo la carne cedía bajo sus palmas, cálida y viva.
La resolución llegó en la cotidianidad, en los detalles simples que ahora se cargaban de una intimidad constante y silenciosa. Una mañana soleada, con la luz entrando a raudales por las ventanas de la cocina y bañando todo en un brillo dorado, Karla estaba preparando café, sus shorts azules diminutos tensos contra el culo enorme y redondo, la tela elástica hundiéndose en la división profunda entre sus nalgas y marcando cada curva con precisión obscena. La blusa rosa, corta y fina, dejaba expuesta su panza erótica que brillaba con la luz matutina, la piel pálida y suave ondulando ligeramente con cada movimiento al remover el café, el ombligo profundo acumulando un leve brillo de sudor residual de la noche anterior. David entró sin hacer ruido, descalzo sobre el piso fresco, y la abrazó por detrás con una naturalidad que ya era costumbre, sus manos delgadas subiendo directamente bajo la blusa para acariciar sus tetas pesadas, envolviéndolas con las palmas abiertas, sintiendo la carne blanda ceder y desbordarse entre sus dedos, los pezones endureciéndose al instante bajo su tacto mientras los pellizcaba con delicadeza. Su erección, ya dura por el simple aroma de su piel y el roce de su culo contra su entrepierna, presionaba con firmeza entre sus nalgas, el pene palpitante rozando la tela fina de los shorts en un contacto caliente y prometedor.
—Otra maratón de anime esta noche… y todo lo que venga después —susurró él contra su cuello, besando la piel húmeda donde el cabello oscuro se pegaba por el calor matutino, lengua rozando el lóbulo de su oreja.
Karla se giró en sus brazos con una lentitud sensual, el café olvidado humeando en la cafetera, y lo besó profundamente, labios carnosos presionando los de él con hambre contenida, lengua explorando su boca en un beso que sabía a café y a la sal de sus pieles compartidas. Sonrió con complicidad, ojos oscuros brillando bajo las pestañas húmedas, mientras sus manos bajaban para apretar su erección a través de los pantalones, sintiendo cómo latía contra su palma.
—Siempre, contigo —respondió, voz baja y ronca, mientras sus tetas se aplastaban contra su pecho, pezones endurecidos rozando su camiseta en un contacto que los hacía jadear al unísono.
En esa casa de soledad transformada, su conexión era total: deseo crudo que se manifestaba en cada mirada, en cada roce casual que terminaba en jadeos ahogados; amor prohibido que se asentaba en confesiones susurradas en la oscuridad y en abrazos que duraban hasta que el sol entraba por las ventanas; una nueva normalidad que nadie más entendería, pero que para ellos era tan natural como respirar. La casa seguía siendo la misma: pósters de anime descoloridos, estanterías con mangas amarillentos, figuras de mechas acumulando polvo, pero ahora cada rincón guardaba el eco de sus cuerpos unidos, el aroma persistente de su placer, el calor que se encendía con solo un vistazo. Y en esa cotidianidad cargada de intimidad, seguían adelante, día tras día, noche tras noche, entregados por completo a lo que habían construido juntos: un mundo secreto, intenso y absolutamente suyo.
0 comentarios - La Tetona Tía Otaku PT 3