
Los días siguientes fueron de exploración progresiva, como si cada encuentro desbloqueara una capa nueva de intimidad, un velo sutil que se disipaba con roces cada vez más audaces, dejando al descubierto un deseo crudo que palpitaba en el silencio de la casa. Una noche, después de cenar, Karla se quejó de dolor en la espalda con una voz suave que ocultaba un anhelo más profundo, un pretexto para invitarlo a tocarla de nuevo. David ofreció un masaje sin dudar, y ella se tendió boca abajo en la cama de su habitación, quitándose la blusa rosa con movimientos lentos que revelaban la piel pálida y cálida de su espalda, el brasier blanco desabrochado cayendo a un lado para dejar sus tetas enormes aplastadas contra el colchón, desbordándose por los costados en curvas suaves y temblorosas que brillaban con un leve sudor bajo la luz tenue de la lámpara. Su espalda era ancha y generosa, con pliegues suaves donde la panza se unía a los costados, una carne ondulante que cedía bajo la presión y exudaba un calor interno que lo atraía como un imán prohibido. David se sentó a horcajadas sobre sus muslos gruesos, sintiendo la carne firme y cálida envolviendo sus piernas delgadas, el contacto enviando un cosquilleo directo a su entrepierna donde su pene empezaba a endurecerse, presionando contra la tela de sus pantalones. Untó las manos en loción, el aroma floral y cremoso impregnando el aire, y comenzó presionando los hombros anchos de ella, dedos hundidos en la piel suave que se tensaba y relajaba bajo su tacto, bajando por la espina dorsal en movimientos circulares que hacían resbalar la loción en trazos brillantes.
Sus dedos resbalaban con facilidad, rozando los costados de sus tetas aplastadas contra el colchón, la carne pesada y cálida cediendo bajo el toque accidental que endurecía sus pezones rosados contra la sábana, un calor que irradiaba desde allí hasta el pulso acelerado entre sus muslos. Karla suspiró de placer con un sonido ronco que vibró en su pecho, moviendo las caderas sutilmente en ondas lentas que presionaban su culo enorme contra la erección creciente de él, la tela de los shorts azules tensándose contra las nalgas redondas y prominentes, delineando la división profunda que temblaba con cada flexión. David sintió su erección presionando con más fuerza contra el culo de ella, enorme y suave bajo los shorts, un contacto que lo hacía palpitar con urgencia, el precúm goteando en la tela de sus pantalones mientras imaginaba hundirse en esa carne generosa. Bajó las manos con osadía creciente, masajeando las nalgas con palmas abiertas, hundiendo los dedos en la carne generosa y cálida que cedía como masa blanda, resbaladiza por la loción que se extendía en capas brillantes, sintiendo el calor interno ascender hasta el centro húmedo que se ocultaba entre ellas.
—Sigue… más abajo —pidió ella, voz ahogada contra la almohada, un susurro entrecortado que revelaba el fuego que la consumía por dentro.
David bajó los shorts con manos temblorosas, apartando la tela azul que se adhería a su piel cálida por el sudor, exponiendo el coño rosado y húmedo que brillaba con un lustre natural en la luz tenue de la habitación, los pliegues hinchados y relucientes invitando a un toque que lo hacía contener la respiración. Lo tocó con reverencia, deslizando un dedo por los labios mayores suaves y resbaladizos antes de meterlo con cuidado en el interior apretado, sintiendo el calor viscoso y pulsante envolviéndolo por completo, las paredes internas contrayéndose ligeramente alrededor de su intrusión como si lo succionaran con avidez virgen. Karla gimió suavemente, un sonido ronco que escapó de su garganta mientras arqueaba la espalda con un movimiento fluido, elevando las caderas para darle mejor acceso, su panza suave ondulando con el esfuerzo y exponiendo más de esa carne temblorosa que irradiaba un calor profundo. Él exploró con mayor profundidad, añadiendo un segundo dedo que se hundió en la humedad abundante, moviéndolos torpe al inicio pero con creciente confianza, curvándolos para rozar puntos sensibles que la hacían jadear, el fluido cálido brotando en hilos que empapaban su mano y goteaban por su muñeca.
Ella se giró de repente, quedando boca arriba con un movimiento brusco que hizo sus tetas enormes rebotar con peso hipnótico, los pezones rosados endurecidos trazando arcos en el aire antes de asentarse sobre su pecho agitado. Lo atrajo hacia sí con manos ansiosas, besándolo con urgencia febril, sus labios carnosos presionando contra los de él en un beso húmedo y profundo que sabía a sal y deseo compartido, mientras sus dedos bajaban sus pantalones con impaciencia, liberando el pene erecto que palpitaba al aire libre. Tomó su pene en la mano con una caricia firme, envolviéndolo en su palma cálida y ligeramente sudorosa, acariciándolo con movimientos lentos y deliberados que subían desde la base venosa hasta la cabeza hinchada, sintiendo el líquido preseminal goteando en hilos transparentes que lubricaban su agarre.
—Quiero probarte —susurró, su voz ronca y entrecortada por el anhelo, arrodillándose entre sus piernas delgadas con una gracia voluptuosa que hacía temblar sus curvas abundantes.
David jadeó con un sonido ronco que escapó de su garganta, el aliento entrecortado mientras sentía por primera vez el calor húmedo y envolvente de la boca de Karla cerrándose alrededor de su pene, una sensación abrumadora que lo hacía arquear las caderas instintivamente hacia ella, el pulso de su miembro latiendo contra la lengua suave y curiosa que lo exploraba. Era torpe en su inexperiencia: succionaba la punta hinchada y rosada con labios carnosos que se contraían alrededor de ella, lamiendo el tallo venoso con trazos lentos y vacilantes que dejaban rastros de saliva brillante, probando el sabor salado del líquido preseminal que goteaba en hilos transparentes desde la cabeza, mientras sus tetas enormes y pesadas rozaban los muslos delgados de él con cada movimiento, la carne cálida y temblorosa presionando contra su piel pálida en un contacto que enviaba ondas de placer por todo su cuerpo. Él agarró su cabello oscuro y desordenado con dedos temblorosos, enredándolos en los mechones suaves para guiarla suavemente, sintiendo el calor de su cuero cabelludo irradiar bajo sus palmas mientras la dirigía con delicadeza, el aroma almizclado de su excitación femenina elevándose desde entre sus muslos abiertos y mezclándose con el olor salado de su propia piel.
—Así… con la lengua alrededor de la base, rodándola despacio —indicó él, voz entrecortada por el placer que lo consumía, un susurro jadeante que revelaba su urgencia creciente.
Karla aprendió rápido, ajustando su ritmo con una devoción instintiva que la hacía inclinar la cabeza con mayor confianza, chupando más profundo hasta que el pene se hundió en el calor apretado y resbaladizo de su garganta, un túnel cálido y pulsante que lo envolvía con una presión suave pero insistente, succionando con mayor intensidad mientras su lengua trazaba círculos amplios y deliberados alrededor del tallo venoso, sintiendo cada vena prominente palpitar con fuerza contra su paladar sensible, el sabor intenso y salado de la piel caliente inundándola por completo, mezclado con el regusto ligeramente amargo del líquido preseminal que se extendía en su boca como un elixir cálido y viscoso, resbalando por su lengua en hilos pegajosos que la obligaban a tragar con anticipación, el aroma almizclado de su excitación masculina elevándose en el aire bochornoso y llenando sus fosas nasales con una esencia primal que la hacía jadear entre succiones. David se corrió con un gemido prolongado que reverberó en su pecho delgado como un eco gutural, su cuerpo convulsionando en espasmos incontrolables que lo hacían arquear las caderas hacia ella con urgencia desesperada, mientras pulsos calientes y espesos de semen brotaban en chorros abundantes y rítmicos dentro de su boca, llenándola con una esencia cremosa y tibia que se acumulaba en su paladar antes de deslizarse por su garganta en tragos apresurados y convulsos, un leve ahogo que escapó de sus labios hinchados y enrojecidos por la fricción, haciendo que tosera un poco con un sonido ronco y entrecortado, pero que dio paso a una sonrisa satisfecha y tímida, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de curiosidad voraz y placer inesperado al sentir el residuo cálido y espeso aún adherido a su lengua, un sabor persistente que la dejaba con un cosquilleo en la boca mientras lamía los restos con lentitud deliberada.
Luego fue su turno. David se colocó entre sus muslos gruesos y suaves, separándolos con manos temblorosas que hundían los dedos en la carne cálida y temblorosa, sintiendo el calor irradiar desde su piel pálida, un aroma almizclado y femenino elevándose en el aire bochornoso de la habitación mientras sus piernas se abrían con lentitud, revelando el centro de su deseo. Vio el coño de cerca por primera vez, fascinado por los pliegues rosados e hinchados que brillaban con humedad abundante, resbaladizos y abiertos ligeramente por la excitación, el clítoris endurecido y prominente palpitando como un botón sensible que anhelaba el toque, rodeado de un vello suave y oscuro que se pegaba a la piel por el flujo viscoso que brotaba de su interior. Lo lamió tentativamente con la lengua plana, probando el sabor salado y dulce de su esencia, un néctar cálido y espeso que se extendía por su paladar como un elixir prohibido, mientras el calor de su coño lo envolvía en una ola de intimidad cruda que lo hacía jadear. Karla se arqueó con un movimiento profundo, su espalda curvándose en un arco tenso que hacía rebotar sus tetas pesadas sobre su pecho, agarrando las sábanas con puños apretados, los nudillos blanqueándose por la fuerza mientras el placer la recorría en ondas intensas.
—Más… usa la lengua plana aquí —guio, presionando su cabeza con manos firmes, hundiendo los dedos en su cabello oscuro para dirigir el movimiento, su voz ronca y entrecortada revelando el fuego que la consumía.
Él obedeció, lamiendo con devoción creciente, extendiendo la lengua ancha sobre los pliegues resbaladizos en trazos largos y deliberados que cubrían cada centímetro de esa carne hinchada y cálida, sintiendo la textura suave y arrugada de los labios mayores ceder bajo la presión húmeda, mientras el sabor salado y ligeramente ácido de su esencia se extendía por su paladar como un elixir denso que lo embriagaba. Succionaba el clítoris con labios suaves que lo envolvían en un agarre húmedo y pulsante, rodándolo con la punta de la lengua en círculos precisos que lo hacían palpitar con más intensidad, el botón endurecido hinchándose aún más bajo su boca ávida, absorbiendo el calor que irradiaba desde el interior de su coño, un calor que se mezclaba con el aroma almizclado y profundo que ascendía en oleadas, impregnando el aire de la habitación con un olor primitivo y adictivo. El flujo caliente brotaba en mayor abundancia, un néctar viscoso y transparente que resbalaba por sus comisuras y empapaba su barbilla en gotas gruesas que descendían por su cuello, dejando rastros pegajosos sobre su piel pálida, mientras sus manos aferraban los muslos gruesos de ella, hundiendo los dedos en la carne temblorosa que vibraba con cada lamida. Karla tembló en un orgasmo violento que la sacudió de pies a cabeza, su coño contrayéndose en espasmos rítmicos y profundos que expulsaban esencia cálida y viscosa en chorros intermitentes, un baño abundante y salado que salpicaba su rostro por completo, cubriéndolo en una capa resbaladiza que goteaba por sus mejillas y mentón, dejándolo marcado con su placer crudo y desbordante, mientras su cuerpo voluptuoso se convulsionaba en ondas que hacían rebotar sus tetas pesadas contra el colchón, un éxtasis que la dejaba jadeante y con las extremidades débiles por la liberación absoluta.
Se abrazaron después, cuerpos desnudos pegados por primera vez por completo, la piel sudorosa de Karla adhiriéndose a la de David en un contacto cálido y resbaladizo que hacía resaltar el contraste entre su figura voluptuosa y la delgadez de él. David sentía la suavidad de su panza contra su abdomen delgado, esa curva ondulante cediendo con una calidez que irradiaba hasta su entrepierna aún sensible, mientras sus tetas enormes se aplastaban contra su pecho, pesadas y suaves, los pezones rosados rozando su piel pálida en un roce que enviaba ecos de placer por su espina dorsal. Hablaron en susurros, confesiones saliendo en la oscuridad de la habitación, donde el aire aún olía a su esencia compartida, un aroma almizclado y salado que envolvía el espacio como un velo íntimo.
—A veces pienso que esto es lo que siempre he querido, pero no lo sabía —admitió Karla, trazando círculos lentos en su espalda con las yemas de los dedos, un toque que erizaba la piel de él.
David besó su cuello con labios suaves, probando el sabor salado del sudor que perlaba allí.
—Contigo se siente natural… como si fuéramos los únicos que nos entendemos.
La tensión por la penetración crecía con cada encuentro, un deseo que se acumulaba en capas cada vez más densas, un pulso constante que hacía que sus cuerpos se buscaran con mayor urgencia en cada roce, en cada mirada prolongada, en cada gemido ahogado que escapaba en la oscuridad. Sabían que era el siguiente paso, el que rompería su virginidad mutua de forma irrevocable, un umbral que los aterrorizaba y los excitaba al mismo tiempo, el momento en que sus cuerpos se unirían por completo, sin barreras, sin vuelta atrás.
Una noche, después de una maratón de Evangelion —donde los temas de conexión física y emocional los habían dejado agitados, con el pecho apretado y la entrepierna palpitante, como si las imágenes en pantalla hubieran sido un espejo cruel de su propia necesidad—, se tumbaron en la cama de Karla. La habitación estaba iluminada solo por la luz tenue de una lámpara en la mesita, que proyectaba sombras largas sobre las sábanas revueltas y los pósters descoloridos de mechas en las paredes. Se desnudaron con lentitud deliberada, quitándose la ropa pieza por pieza como si cada prenda que caía al piso fuera una capa más de su antigua inocencia. La blusa rosa de Karla se deslizó por sus hombros, liberando sus tetas pesadas que se balancearon con peso hipnótico antes de asentarse sobre su pecho agitado, los pezones rosados ya endurecidos por la anticipación. Los shorts azules bajaron por sus muslos gruesos, revelando el coño húmedo y rosado que brillaba con un lustre de deseo acumulado, el vello suave pegado a la piel por la humedad que goteaba en hilos lentos. David se quitó la camiseta y los pantalones con manos temblorosas, su pene erecto liberándose al aire, delgado y venoso, la cabeza hinchada goteando líquido preseminal en gotas transparentes que caían sobre la sábana.
Se besaron con pasión creciente, bocas abiertas y hambrientas, lenguas entrelazadas en un beso profundo y resbaladizo que sabía a saliva caliente y a la sal de sus pieles sudorosas. Sus manos exploraban cuerpos ya familiares, pero aún nuevos en esta desnudez total: David hundía los dedos en la carne suave de su panza, sintiendo cómo ondulaba bajo su palma, mientras Karla recorría su espalda delgada con uñas que arañaban ligeramente, bajando hasta apretar sus nalgas estrechas. Sus cuerpos se pegaban, el pene duro de él presionando contra la panza suave de ella, rozando la piel cálida y temblorosa, mientras sus tetas se aplastaban contra su pecho plano, los pezones rozando su piel en un contacto que enviaba chispas de placer por ambos.
—Quiero sentirte dentro —dijo Karla, voz ronca y entrecortada por el deseo que la consumía, guiando la mano de él hacia su coño, presionando sus dedos contra los pliegues hinchados y resbaladizos que se abrieron al instante bajo el contacto, empapando sus yemas con un flujo caliente y abundante.
David asintió, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho delgado mientras se posicionaba encima de ella, sus rodillas hundiéndose en el colchón a ambos lados de sus caderas anchas. El peso de su cuerpo frágil sobre el de Karla hacía que sus tetas pesadas se aplastaran ligeramente contra su torso, la carne suave y cálida cediendo bajo la presión, pezones rosados rozando su piel en un contacto que enviaba chispas de placer por su espina dorsal. Su pene, delgado y venoso, rozó los pliegues húmedos de su coño con una lentitud que los hizo temblar a ambos: la cabeza hinchada y caliente se deslizó por los labios mayores resbaladizos, recogiendo su esencia viscosa en un brillo que lo lubricaba, el calor de su interior irradiando hacia él como una promesa ardiente que lo hacía palpitar con urgencia.
Empujó lento, la punta abriéndose paso entre los pliegues que se separaban con una suavidad apretada, encontrando resistencia al inicio, un anillo de carne virgen que cedía con reticencia, apretando alrededor de la cabeza en un agarre caliente y pulsante que lo obligaba a contener la respiración. Karla gimió de dolor mezclado con placer, un sonido ronco y profundo que vibró en su garganta mientras sus uñas se clavaban ligeramente en la espalda delgada de él, dejando marcas rojas sutiles. Envolvió sus piernas gruesas alrededor de sus caderas estrechas, los muslos carnosos apretándose contra sus costados para guiarlo, atrayéndolo más hacia su interior con una presión que hacía que su coño se abriera poco a poco, los pliegues resbaladizos envolviéndolo en un calor húmedo y viscoso que lo succionaba con avidez.
—Despacio… sí, entra más —susurró ella, voz ronca y entrecortada, los ojos oscuros brillando en la penumbra mientras sentía cada centímetro de su pene deslizarse en su interior virgen, estirándola con una mezcla de ardor y placer que la hacía arquear la espalda, elevando las caderas para recibirlo mejor.
David avanzó con una lentitud que lo hacía temblar, sintiendo el calor apretado y resbaladizo de su coño envolviéndolo por completo, las paredes internas contrayéndose alrededor de su pene en un agarre caliente y viscoso que lo succionaba con avidez virgen, cada centímetro que se hundía enviando ondas de placer crudo que lo recorrían desde la base hasta la punta hinchada. Era virgen, como ella; el placer era abrumador, casi doloroso en su intensidad, un fuego que lo quemaba desde dentro mientras sentía la resistencia final ceder, su pubis presionando contra el vello suave y húmedo de ella, el clítoris hinchado rozando su piel en un contacto eléctrico que lo obligaba a contener un gemido ronco. Se quedó quieto un momento, enterrado hasta la base, dejando que ella se acostumbrara al grosor que la llenaba por completo, el pulso de su pene latiendo contra las paredes internas que se adaptaban a él con pulsaciones rítmicas, un calor húmedo y profundo que lo envolvía como si su coño lo reclamara entero.
Karla gimió suavemente, un sonido gutural que vibró en su pecho mientras sus manos se aferraban a la espalda delgada de él, uñas clavándose con delicadeza en la piel pálida, dejando marcas rojas sutiles. Movió las caderas para encontrarse con él, elevándolas en un arco lento que hacía que su coño se apretara aún más alrededor de su tallo, tetas pesadas rebotando con cada movimiento, balanceándose con peso hipnótico contra su torso, los pezones rosados rozando su pecho en trazos calientes que endurecían su propia excitación. El sudor resbalaba por su panza suave y ondulante, acumulándose en los pliegues eróticos que temblaban con cada embestida, mientras el aroma almizclado de su unión se elevaba en el aire cargado de la habitación.
—Siente cómo te aprieto… más profundo —susurró ella, voz ronca y entrecortada por el placer que la invadía, contrayendo los músculos internos en un apretón deliberado que lo hizo jadear, el coño succionándolo con fuerza mientras empujaba sus caderas hacia arriba, guiándolo para que entrara hasta el fondo en cada movimiento.
David obedeció, empezando a moverse con embestidas cortas y torpes al inicio, pero profundas, retirándose apenas unos centímetros para volver a hundirse con fuerza controlada, sintiendo cada vez cómo los pliegues resbaladizos lo envolvían de nuevo, el calor apretado frotando cada vena de su pene en un roce que lo llevaba al borde. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenaba la habitación, un chapoteo suave y rítmico mezclado con sus respiraciones agitadas y los gemidos bajos que escapaban de los labios de Karla. Sus tetas rebotaban con mayor intensidad contra su pecho, la carne suave aplastándose y liberándose en cada embestida, pezones endurecidos trazando líneas de fuego sobre su piel, mientras ella envolvía más fuerte sus piernas alrededor de sus caderas delgadas, atrayéndolo con cada movimiento para que no hubiera espacio entre ellos, solo unión profunda y cruda.
Él aceleró el ritmo con una urgencia que ya no podía contener, sus caderas delgadas moviéndose con embestidas más rápidas y profundas, cada entrada y salida frotando las paredes internas de su coño con una fricción intensa y resbaladiza que hacía que el calor se extendiera como fuego líquido por ambos cuerpos, un ardor que ascendía desde la base de su pene hasta el vientre y se propagaba por las venas de Karla, haciendo que sus muslos gruesos se contrajeran alrededor de él en espasmos involuntarios que lo apretaban con más fuerza. Sus manos se hundieron en la panza suave y ondulante de Karla, dedos abriéndose con fuerza para apretar la carne cálida y temblorosa, sintiendo cómo se doblaba bajo su agarre, los pliegues eróticos cediendo con cada presión mientras el sudor resbalaba por sus costados en riachuelos brillantes que se acumulaban en el ombligo profundo y redondo, un charco pequeño y cálido que brillaba bajo la luz tenue y se movía con cada embestida como si su abdomen entero respirara al ritmo de su unión. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenaba la habitación, un roce resbaladizo y constante, el chapoteo suave y rítmico de la humedad que los cubría, mezclado con los gemidos bajos de ella que subían de tono en cada penetración y los jadeos entrecortados de él que escapaban con cada retirada, el pene deslizándose dentro y fuera con mayor facilidad a medida que la humedad abundante de Karla lo lubricaba por completo, el clítoris hinchado y sensible rozando contra su pubis en cada embestida profunda, enviando descargas de placer que la hacían apretar los músculos internos alrededor de su tallo en contracciones rítmicas que lo succionaban con avidez. El pene de David entraba y salía con un ritmo cada vez más frenético, la cabeza hinchada rozando puntos sensibles dentro de ella que la hacían arquear la espalda y elevar las caderas para recibirlo más adentro, sus tetas pesadas balanceándose con violencia contra su pecho delgado, pezones endurecidos trazando líneas de fuego sobre su piel sudorosa cada vez que se aplastaban y liberaban en el vaivén. El sudor de ambos se mezclaba en el punto de unión, resbalando por sus cuerpos en riachuelos que goteaban sobre las sábanas ya empapadas, el aroma almizclado de su sexo inundando la habitación como una niebla densa, un olor crudo y adictivo que se pegaba a sus pieles y los envolvía en una nube de deseo animal. Karla gemía con la boca abierta, labios hinchados y entreabiertos, dejando escapar sonidos roncos y profundos que se convertían en jadeos agudos cuando él empujaba hasta el fondo, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de él en oleadas que lo apretaban con fuerza, como si quisiera retenerlo dentro para siempre. David gruñía bajito contra su cuello, el aliento caliente rozando su piel mientras sus manos apretaban con más fuerza la carne de su panza, hundiendo los dedos en los pliegues suaves que temblaban bajo su agarre, sintiendo cómo su vientre se tensaba y relajaba con cada embestida, un movimiento que lo llevaba al límite de su control.
Se corrió dentro de ella primero, incapaz de aguantar más, un orgasmo que lo sacudió con violencia: su pene palpitó con fuerza en el interior apretado, chorros calientes y espesos brotando en pulsos abundantes que llenaban su coño virgen, la esencia cremosa inundándola hasta desbordar ligeramente, resbalando por los pliegues y goteando sobre las sábanas en hilos viscosos y tibios. Karla gimió con un sonido ronco y prolongado, sintiendo cada chorro caliente golpear sus paredes internas, el calor extendiéndose por su vientre como una ola que la hacía arquear la espalda y apretar las piernas alrededor de sus caderas delgadas, sus tetas rebotando con violencia contra su pecho mientras el placer la invadía por completo.
Karla lo siguió casi de inmediato, su coño contrayéndose con fuerza alrededor de su pene aún enterrado, un orgasmo que la recorrió en ondas violentas y profundas, las paredes internas apretando y soltando en espasmos rítmicos que succionaban cada resto de semen que él había dejado dentro. Tembló de pies a cabeza, muslos gruesos temblando alrededor de él, panza suave contrayéndose en pliegues que se ondulaban bajo sus manos, un gemido largo y gutural escapando de su garganta mientras el placer la dejaba sin aliento, el clítoris palpitando contra su pubis en pulsos que prolongaban el éxtasis, un flujo final de esencia cálida brotando alrededor de su pene y empapando sus cuerpos unidos en un baño resbaladizo y abundante.
Se derrumbaron juntos, sudorosos y exhaustos, cuerpos pegajosos entrelazados en un nudo de carne caliente y temblorosa, respiraciones agitadas mezclándose en jadeos irregulares que llenaban la habitación con un sonido crudo y primal. David sentía aún el calor de su coño alrededor de su pene que se ablandaba lentamente dentro de ella, el semen y la esencia mezclados goteando por sus muslos en hilos lentos y pegajosos. Karla tenía las piernas abiertas alrededor de él, tetas aplastadas contra su pecho delgado, pezones sensibles rozando su piel con cada respiración profunda. Se miraron en silencio bajo la luz tenue, ojos brillando con una mezcla de asombro y vulnerabilidad, sabiendo que ya no eran vírgenes; se habían entregado el uno al otro por completo, sus cuerpos marcados por el sudor compartido y los fluidos que aún los unían en esa unión íntima y prohibida.
El miedo surgió en sus ojos —al rechazo que podría venir después, al secreto que tendrían que guardar con cada mirada cómplice en la casa, a lo prohibido que acababa de suceder entre tía y sobrino—, un nudo frío en el estómago que contrastaba con el calor residual que aún latía entre sus piernas. Pero también una adicción inmediata y voraz se instaló en ellos: querían más, querían repetir esa sensación de plenitud absoluta, explorar cada rincón de sus cuerpos sin límites, probar cada roce, cada orgasmo hasta que el deseo se convirtiera en algo tan natural como respirar. Se quedaron así, abrazados en silencio, sintiendo los latidos del otro contra su piel, mientras la habitación se llenaba del aroma persistente de su unión: sudor, semen, esencia femenina y el leve perfume floral que aún se aferraba a la piel de Karla. Ninguno dijo nada más; no hacía falta. Lo que acababa de pasar era solo el comienzo.
Después de esa primera penetración, el mundo dentro de la casa se transformó en un santuario de deseo desatado, donde la virginidad perdida se convirtió en una liberación que los consumía por completo, un fuego constante que ardía en cada mirada robada y en cada roce accidental, haciendo que el aire pareciera más denso con el aroma persistente de sus cuerpos unidos. David y Karla ya no eran inexpertos; cada toque, cada roce, cada embestida se volvía más fluida, más instintiva, como si sus cuerpos hubieran estado esperando este momento durante años de aislamiento compartido, un ritmo natural que fluía sin esfuerzo, guiado por el pulso acelerado de sus venas y el calor que se acumulaba en sus entrañas. La culpa inicial se disipaba en oleadas de placer, reemplazada por una adicción que los unía más allá de lo físico, un lazo invisible que los atraía en cada momento de soledad, haciendo que sus pieles anhelaran el contacto constante, el sudor mezclado y los fluidos que aún marcaban sus recuerdos.
Los días siguientes fueron un torbellino de exploración sin reservas, un flujo continuo de encuentros que escalaban en intensidad, donde el silencio de la casa se rompía solo por jadeos ahogados y el roce de carne contra carne. Una tarde, después de que David terminara sus clases virtuales, encontró a Karla en la sala, sentada en el sofá con las piernas abiertas ligeramente, la blusa color rojo subida hasta el borde de sus tetas enormes, que se elevaban con cada respiración profunda y temblorosa, la tela fina adhiriéndose a la piel pálida por el sudor que perlaba su escote, delineando los pezones oscuros que se endurecían con el aire cálido de la habitación. Ella lo miró con ojos oscuros, ajustando sus lentes que resbalaban por el sudor sutil en su nariz, un gesto que hacía que su cabello oscuro se pegara a su cuello en mechones húmedos y desordenados. David se acercó sin hablar, arrodillándose entre sus muslos gruesos y carnosos, sintiendo el calor irradiar desde su piel suave que rozaba sus rodillas, un aroma almizclado elevándose desde su entrepierna que lo hacía tragar saliva con dificultad. Bajó sus shorts de licra morados con manos firmes, la tela elástica deslizándose por sus caderas anchas y revelando el coño ya empapado, los pliegues hinchados y rosados brillando con un lustre viscoso que goteaba en hilos transparentes por sus muslos internos.
Él lamió con devoción, succionando el clítoris endurecido entre labios suaves que lo envolvían en un agarre cálido y pulsante, sintiendo cómo se hinchaba aún más bajo su boca mientras sus dedos se hundían en la carne suave de sus caderas anchas, apretando con fuerza para mantenerla quieta ante los temblores que la recorrían. Karla arqueó la espalda con un movimiento fluido, agarrando su cabello oscuro y desordenado con puños apretados, guiándolo con movimientos de cadera que lo presionaban más profundo, sus tetas rebotando con cada sacudida, los pezones rozando la tela roja que apenas las contenía.
—Siente cómo me mojas… lame más fuerte ahí —susurró ella, voz ronca y entrecortada, mientras un flujo cálido brotaba en mayor abundancia, empapando su lengua en un sabor salado y profundo que lo volvía loco.
David obedeció, su lengua plana presionando contra los pliegues resbaladizos en trazos amplios que cubrían cada centímetro, succionando con mayor intensidad hasta que ella se corrió con un gemido prolongado y gutural, contrayéndose alrededor de su boca en espasmos que expulsaban esencia caliente y viscosa, mojando su rostro por completo en un baño abundante que goteaba por su barbilla y cuello, dejando su piel marcada con el placer de ella. Luego, lo atrajo hacia arriba con manos ansiosas, besándolo con urgencia febril, saboreándose a sí misma en sus labios hinchados, la lengua explorando su boca con un hambre que mezclaba su saliva con el residuo salado de su coño. Lo desvistió rápido, tirando de su camiseta para revelar su pecho plano y pálido, bajando los pantalones para liberar el pene erecto que palpitaba contra su panza suave, la cabeza hinchada rozando su piel en un contacto que lo hacía jadear. Karla lo empujó al sofá con una fuerza suave pero decidida, subiéndose encima de él, sus rodillas hundiéndose en los cojines a cada lado de sus caderas estrechas, el peso de su cuerpo voluptuoso presionando contra su abdomen delgado, sus tetas colgando pesadas frente a su rostro, rozando sus labios con los pezones endurecidos. Guiando su pene con la mano, lo posicionó contra su entrada resbaladiza, se bajó despacio con un movimiento lento que lo hacía sentir cada centímetro de su calor apretado envolviéndolo en pulsos rítmicos, el coño succionándolo con avidez mientras descendía hasta que sus caderas se unieron por completo, una unión profunda que los dejó temblando en oleadas de placer compartido.
Movió las caderas en círculos amplios y deliberados, un movimiento fluido que hacía que su coño apretado se contrajera alrededor de su pene con cada rotación, sintiendo cómo el tallo venoso rozaba sus paredes internas en un roce constante y profundo que enviaba ondas de placer por su vientre ondulante. Sus tetas pesadas balanceándose frente a su cara con un peso hipnótico, rozando sus labios entreabiertos en toques suaves y cálidos que dejaban un rastro de sudor salado sobre su boca, el aroma almizclado de su piel elevándose en el aire bochornoso de la sala. David las atrapó con las manos ansiosas, apretándolas con fuerza controlada, hundiendo los dedos en la carne blanda y temblorosa que cedía bajo su agarre, sintiendo el calor irradiar desde los pezones rosados que lamía con devoción, succionando uno tras otro con la lengua plana y húmeda, probando el sabor ligeramente dulce y salado que lo hacía jadear mientras ella subía y bajaba con ritmo creciente, el pene deslizándose dentro y fuera en un vaivén resbaladizo que aceleraba sus pulsos compartidos.
—Tus tetas son tan pesadas… me encantan así, rebotando contra mí —dijo él, voz entrecortada por el placer que lo invadía, hundiendo los dedos en la carne suave con mayor presión, sintiendo cómo se moldeaba bajo sus palmas como arcilla cálida y viva.
Karla aceleró el movimiento, inclinándose hacia adelante con un arco que hacía que sus tetas lo envolvieran casi por completo, presionándolas contra su rostro en un abrazo asfixiante y delicioso, el peso abrumador aplastando sus labios mientras respiraba el aroma de su escote sudoroso, su panza rozando el abdomen delgado de él con cada descenso, la curva erótica ondulando contra su piel tensa en un contacto pegajoso que mezclaba sus sudores. El placer la hacía gemir más alto, un sonido ronco y prolongado que rebotaba en las paredes cubiertas de pósters descoloridos de Evangelion y Gundam, vibrando en el aire cargado como un eco de su unión cruda.
—Empuja más… quiero sentirte hasta el fondo —pidió ella, moviéndose con más fuerza, elevando y bajando las caderas en un vaivén salvaje que hacía que su coño lo succionara con contracciones profundas, el sudor resbalando por su espalda ancha en riachuelos que descendían hasta la curva de sus nalgas, dejando trazos brillantes sobre su piel pálida mientras el calor entre ellos se intensificaba en un fuego incontrolable.
David embistió desde abajo con una fuerza creciente, sincronizándose con las caderas ondulantes de ella en un ritmo que hacía que su pene se hundiera más profundo en el calor apretado y resbaladizo de su coño, cada movimiento enviando ondas de placer que reverberaban por sus cuerpos sudorosos, el sudor resbalando por su abdomen delgado y mezclándose con el flujo cálido que brotaba de su unión. Sintió el pulso de su miembro hincharse hasta el límite, las venas prominentes frotando las paredes internas que se contraían con avidez, un fuego que lo consumía desde la base hasta la punta hinchada, hasta que se corrió dentro de ella con un gemido ronco, chorros calientes y espesos llenándola por completo, inundando su interior virgen con una esencia cremosa que desbordaba ligeramente por los pliegues hinchados, resbalando por sus muslos gruesos en hilos viscosos y tibios que marcaban la sábana debajo. Karla temblaba en su propio orgasmo simultáneo, contrayéndose alrededor de su pene en ondas intensas y profundas que lo succionaban con fuerza, su coño apretando y soltando en espasmos rítmicos que prolongaban el éxtasis, un flujo abundante de esencia caliente brotando para empapar sus cuerpos unidos, dejando un charco pegajoso entre ellos.
Se derrumbaron juntos en un enredo de miembros exhaustos y sudorosos, respiraciones agitadas mezclándose en el aire cargado de la sala, un vapor denso que olía a su placer compartido, salado y almizclado, con el eco distante de la película aún reproduciéndose en la televisión olvidada. Karla se recostó sobre su pecho delgado, su peso voluptuoso presionando contra él en un abrazo cálido y pegajoso, tetas pesadas aplastadas contra su piel pálida, pezones aún sensibles rozando su torso con cada inhalación profunda, mientras trazaba círculos lentos en su espalda con un dedo, sintiendo el sudor resbalar por las curvas de su espina dorsal.
—Cada vez se siente mejor… como si mi coño te hubiera dado a luz y ahora te reclamara —murmuró ella, besando su cuello con labios hinchados, probando el sabor salado de su piel mientras su aliento cálido enviaba un cosquilleo por su nuca.
David la abrazó con más fuerza, sintiendo el peso delicioso de sus curvas contra su fragilidad, la panza suave ondulando contra su abdomen, un contacto que aún lo hacía palpitar con los restos del placer.
—Incluso si fueras mi madre, mi necesidad de entrar en ti no se detendría nunca.
Esa noche, en la cama de Karla —rodeados de estanterías con figuras de mechas y mangas antiguos, donde la luz tenue de la lámpara proyectaba sombras alargadas sobre los volúmenes polvorientos y las siluetas plásticas de robots gigantes—, experimentaron con más lentitud, prolongando el placer en un ritual de toques pausados que hacía que cada roce se sintiera como una eternidad de fuego contenido, el aire cargado con el aroma almizclado de su piel calentada por el deseo, mezclado con el olor sutil a papel viejo de los libros cercanos. Ella se tendió boca abajo sobre las sábanas arrugadas, elevando las caderas ligeramente con un movimiento deliberado que arqueaba su espalda en una curva suave y temblorosa, su culo enorme y redondo invitando a la exploración, la carne pálida y generosa separándose en pliegues cálidos que brillaban con un leve sudor, exponiendo el calor rosado de su coño que palpitaba con anticipación, gotas de humedad resbalando por los muslos internos como un preludio viscoso al contacto inminente. David se posicionó detrás de ella, arrodillado entre sus piernas abiertas, manos hundidas en las nalgas suaves y abundantes, separándolas con dedos que se clavaban en la carne temblorosa, sintiendo cómo cedía bajo su agarre con una calidez que irradiaba hasta sus palmas, el tacto pegajoso del sudor facilitando el deslizamiento mientras entraba despacio, la cabeza de su pene rozando los pliegues hinchados antes de hundirse en el interior apretado y resbaladizo, un calor que lo envolvía por completo en pulsos rítmicos que lo hacían jadear con la intensidad de la unión. El coño de ella lo envolvió en un calor apretado y profundo, las paredes internas contrayéndose con avidez alrededor de su tallo venoso, un roce viscoso que enviaba ondas de placer por su espina dorsal mientras embestía con movimientos profundos y medidos, sintiendo cómo su panza se movía con cada impacto contra el colchón, ondulando en pliegues eróticos que temblaban con el vaivén, el sudor acumulándose en los huecos suaves de su abdomen y resbalando por sus costados en riachuelos calientes.
—Así… entra todo lo que puedas —dijo Karla, voz ahogada contra la almohada, agarrando las sábanas con fuerza hasta que sus nudillos palidecían, su aliento entrecortado escapando en jadeos que vibraban contra la tela, mientras su coño se apretaba con mayor intensidad alrededor de él.
David aceleró ligeramente, una mano bajando para rozar su clítoris hinchado con el pulgar en círculos firmes y resbaladizos, sintiendo cómo palpitaba bajo su toque como un botón vivo y sensible, el otro brazo rodeando su cintura para apretar su panza erótica con más fuerza, hundiendo los dedos en la carne cálida que cedía y se contraía bajo su palma, el sudor facilitando el deslizamiento mientras el placer la hacía arquear más la espalda. Las tetas de ella se aplastaban contra la cama con cada embestida, rebotando con un movimiento pesado y ondulante que enviaba temblores por su torso, los pezones rosados frotando la sábana en un roce que endurecía aún más su excitación, el calor de su piel irradiando hacia él en oleadas que lo envolvían por completo.
—Tu culo se siente tan suave… no puedo parar de tocarlo —confesó él, hundiendo los dedos en la carne generosa con mayor profundidad, sintiendo cómo temblaba bajo su agarre, el tacto pegajoso y cálido que lo hacía palpitar dentro de ella.
Karla giró la cabeza con esfuerzo, mirándolo con ojos entrecerrados por el placer que la invadía, las pupilas dilatadas en la penumbra, un rubor extendiéndose por sus mejillas pálidas mientras su coño se contraía en respuesta a sus palabras.
—Sigue… hazme temblar con eso —pidió, su voz un susurro ronco que escapaba entre jadeos, mientras elevaba las caderas para recibirlo más adentro, el movimiento haciendo que su panza se ondulara contra el colchón en pliegues suaves y eróticos.
El ritmo se volvió más intenso, un vaivén desesperado y salvaje que hacía temblar la cama entera, cada embestida profunda y rápida chocando contra la carne suave de Karla con un sonido húmedo y rítmico que llenaba la habitación como un latido amplificado. El sudor resbalaba por sus cuerpos en riachuelos calientes y brillantes: por la espalda ancha de ella en cascadas que se acumulaban en la curva de su culo, por el abdomen delgado de él en líneas que descendían hasta el punto donde sus cuerpos se unían, mezclándose con los fluidos que brotaban de su coño empapado y goteaban por sus muslos gruesos en hilos pegajosos y tibios. David sentía el calor abrasador de su interior apretándolo con fuerza, las paredes internas contrayéndose en oleadas que lo succionaban más adentro, cada roce de su pene contra esa carne resbaladiza enviando descargas de placer que le nublaban la visión y le aceleraban el pulso hasta hacerlo rugir en su pecho.
El aire estaba espeso, cargado de un olor almizclado y salado que se pegaba a sus fosas nasales, el aroma crudo de sudor mezclado con esencia femenina y semen, un perfume denso que los envolvía como una niebla caliente. El tacto de su piel contra la de ella era resbaladizo y pegajoso, el sudor facilitando cada movimiento, haciendo que sus cuerpos se deslizaran uno contra el otro con una fricción húmeda que intensificaba cada sensación. El sonido de sus respiraciones se volvía más pesado: jadeos cortos y roncos de David que se entrecortaban con cada embestida, gemidos graves y prolongados de Karla que subían de tono cuando él empujaba hasta el fondo, el chapoteo suave y constante de la humedad que los cubría, el leve crujido del colchón bajo su peso combinado.
David sentía cada contracción de su coño como un latido vivo alrededor de su pene, las paredes internas calientes y resbaladizas apretándolo en espasmos que lo llevaban al borde, el clítoris hinchado rozando su pubis en cada impacto, enviando chispas de placer que le hacían apretar los dientes. Karla sentía cada centímetro de él llenándola, la cabeza hinchada presionando contra puntos sensibles dentro de ella que la hacían arquear la espalda y elevar las caderas, sus tetas pesadas balanceándose con violencia contra su pecho, pezones endurecidos frotando su piel sudorosa en trazos calientes que prolongaban el fuego. El sabor salado del sudor en su cuello cuando él besaba allí, el aliento caliente y entrecortado rozando su oreja, el leve temblor de sus muslos gruesos apretándose alrededor de sus caderas delgadas.
Se corrió profundo dentro de ella con un gruñido gutural que salió desde lo más hondo de su garganta, su pene palpitando con violencia mientras chorros calientes y espesos brotaban en pulsos abundantes, inundando su coño virgen con una esencia cremosa que desbordaba por los pliegues hinchados, resbalando por sus muslos en hilos viscosos y tibios que marcaban la sábana debajo. Karla sintió cada chorro caliente golpear sus paredes internas, el calor extendiéndose por su vientre como una ola que la hacía arquear la espalda y apretar las piernas alrededor de sus caderas delgadas, sus tetas rebotando con violencia contra su pecho mientras el placer la invadía por completo.
Karla lo siguió casi de inmediato, su coño contrayéndose con fuerza alrededor de su pene aún enterrado, un orgasmo que la recorrió en ondas violentas y profundas, las paredes internas apretando y soltando en espasmos rítmicos que succionaban cada resto de semen que él había dejado dentro. Tembló de pies a cabeza, muslos gruesos temblando alrededor de él, panza suave contrayéndose en pliegues que se ondulaban bajo sus manos, un gemido largo y gutural escapando de su garganta mientras el placer la dejaba sin aliento, el clítoris palpitando contra su pubis en pulsos que prolongaban el éxtasis, un flujo final de esencia cálida brotando alrededor de su pene y empapando sus cuerpos unidos en un baño resbaladizo y abundante.
Se derrumbaron juntos, sudorosos y exhaustos, cuerpos pegajosos entrelazados en un nudo de carne caliente y temblorosa, respiraciones agitadas mezclándose en jadeos irregulares que llenaban la habitación con un sonido crudo y primal. David sentía aún el calor residual de su coño alrededor de su pene que se ablandaba lentamente dentro de ella, los restos de semen y flujo mezclados goteando por sus muslos en hilos lentos y pegajosos. Karla tenía las piernas abiertas alrededor de él, tetas aplastadas contra su pecho delgado, pezones sensibles rozando su piel con cada respiración profunda. Se quedaron así, abrazados en silencio, sintiendo los latidos del otro contra su piel, mientras la habitación se llenaba del aroma persistente de su unión: sudor, semen, esencia femenina y el leve perfume floral que aún se aferraba a la piel de Karla. Ninguno dijo nada más; no hacía falta. Lo que acababa de pasar era solo el comienzo.
Al día siguiente, la intimidad se extendió a momentos cotidianos, impregnando la rutina con un deseo constante que hacía que cada espacio de la casa pareciera cargado de electricidad contenida. En la cocina, mientras Karla preparaba la cena con sus shorts azules tensos contra el culo enorme y redondo, la tela elástica marcando cada curva y hundiéndose en la división profunda entre sus nalgas, David se acercó por detrás en silencio, abrazándola con firmeza por la cintura. Sus manos delgadas se deslizaron bajo la blusa azul, subiendo con lentitud deliberada hasta encontrar sus tetas pesadas y calientes, envolviéndolas con las palmas abiertas, sintiendo la carne suave ceder bajo sus dedos, los pezones rosados endureciéndose al instante contra sus yemas mientras los pellizcaba con delicadeza creciente. Karla dejó escapar un suspiro ronco, recargándose contra él, su espalda ancha presionando su pecho delgado, moviendo las caderas en círculos lentos y provocadores para sentir la erección dura de David presionando entre sus nalgas, el pene palpitante rozando la tela fina que apenas contenía su calor, el contacto enviando ondas de placer que la hacían apretar los muslos y humedecer su coño en pulsos suaves.
—No aquí… o sí —rio ella bajito, un sonido ronco y entrecortado que vibró contra su oído mientras giraba la cabeza para besarlo, sus labios carnosos presionando los de él con hambre inmediata, la lengua explorando su boca en un beso profundo y húmedo que sabía a sal y anticipación.
Lo arrastró a la mesa con una fuerza suave pero decidida, sentándose en el borde con las piernas abiertas, los shorts azules bajados hasta los tobillos, exponiendo su coño rosado y empapado que brillaba con humedad abundante, los pliegues hinchados separándose ligeramente para revelar el interior reluciente. David se arrodilló frente a ella sin dudar, el suelo frío contra sus rodillas contrastando con el calor que emanaba de su entrepierna. Hundió la cara entre sus muslos gruesos, lamiendo su coño con hambre cruda, la lengua plana recorriendo los labios mayores en trazos largos y lentos que recogían su esencia salada y dulce, succionando los pliegues con labios que los envolvían en un agarre húmedo y pulsante, sintiendo cómo se abrían más bajo su boca mientras el clítoris hinchado palpitaba contra su lengua. Karla agarró su cabello con fuerza, tirando ligeramente para guiarlo, sus caderas moviéndose en círculos contra su rostro, empapándolo con un flujo cálido que goteaba por su barbilla y cuello, el sabor almizclado inundando su paladar mientras ella temblaba, el orgasmo construyéndose en ondas que la hacían arquear la espalda y gemir su nombre en voz baja y ronca, corriéndose en su boca con contracciones profundas que expulsaban esencia caliente y viscosa, un baño abundante que lo dejaba marcado con su placer crudo.
Luego, ella lo levantó con manos ansiosas, sentándolo en una silla cercana. Se arrodilló entre sus muslos delgados, el suelo duro contra sus rodillas contrastando con la suavidad de su cuerpo voluptuoso. Tomó su pene en la boca con devoción, envolviendo la cabeza hinchada con labios carnosos y cálidos, succionando con movimientos profundos que lo hundían en el calor apretado de su garganta, lamiendo el tallo venoso en círculos amplios mientras sus tetas pesadas rozaban sus rodillas en un contacto suave y caliente que enviaba chispas por sus piernas. El sabor salado del líquido preseminal se extendía por su lengua, un néctar cálido y viscoso que la hacía gemir contra su carne, el sonido vibrando a lo largo de su pene.
—Tu pene sabe tan bien… quiero tragarte todo —susurró ella, succionando más fuerte, acelerando el ritmo con una urgencia que hacía que sus mejillas se hundieran y sus tetas rebotaran con cada movimiento de cabeza.
David jadeó, agarrando su cabello oscuro y desordenado con dedos temblorosos, guiándola mientras su cuerpo se tensaba, el placer acumulándose en la base de su pene hasta estallar en chorros calientes y espesos que llenaron su boca, pulsos abundantes que ella tragó con devoción, algunos resbalando por las comisuras de sus labios hinchados antes de que los recogiera con la lengua, dejando un rastro brillante sobre su barbilla mientras lo miraba con ojos oscuros y satisfechos.
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