Todo comenzó después de la pandemia el virus había acabado con más de la mitad de la población humana y básicamente había atacado a la población femenina la población femenina se había reducido a menos de la mitad por lo cual los gobiernos tomaron decisiones cuestionables y desesperadas tenían que reproducir a la raza humana para que no se extinguiera desde que lo nación genética hasta embriones artificiales sin embargo muchos fallaron



Hasta que un grupo de países desarrollaron una técnica para que de alguna forma hubieran más mujeres en la sociedad y así estaba asegurada la supervivencia de la humanidad
Pero lo que no sabía era que para esto tenían que cambiar de sexo a personas seleccionadas mediante genética por lo tanto los gobiernos de los países más poderosos empezaron a suministrar la tecnología a todos los países para que se ejecutara esta estrategia
Es así como en mi país se anunció que a los jóvenes que llegaban a los 18 años tenían que pasar por este proceso de selección algunos pasaban y otros no pues la genética tenía mucho que ver en esto
Es así como yo fui seleccionado varios chicos de mi generación fueron rechazados sin embargo yo y un par de conocidos fuimos aceptados el proceso de transmutación corporal fue largo casi un año de estudios en laboratorio me inyectaron múltiples vacunas y estuve en cápsulas con un líquido raro por un largo periodo ni siquiera recuerdo cómo fue que mi pene desapareció simplemente se atrofió y cuando me di cuenta tenía una vagina mis senos empezaron a crecer al principio me incomodaban cómo es que rebotaban pero el traje que nos habían dado eran traje especial de tecnomita con aleación de carbono qué era absolutamente cómodo en cierta medida servía para suministrar al cuerpo hormonas femeninas pero también sirve como un molde para que tu cuerpo quedara estéticamente correcto mis pechos se mantuvieron rígidos y el traje mantenía los pechos y mis caderas en su lugar mientras se desarrollaban




Meses después nos dieron de alta y nos dieron una nueva identidad como era una nueva identidad con un nuevo nombre y apellido básicamente ya no tenía parentesco con mis padres o mis familiares aún así ellos fueron los que fueron a recogerme
Algo que nos dijeron los científicos antes de que nos dejaran ir es que éramos fértiles y podíamos tener hijos toda la vida básicamente era nuestra misión además que nuestros pechos en estos momentos ya estaba lactando pues la leche materna es sumamente nutritiva y muy valiosa en estos momentos y por eso nuestros pechos nunca dejarían de dejar de lactar
Cuando llegué a casa mi madre y yo nos encerramos en su habitación y me mostró su ropa había mucho para elegir mientras elegía ropa escuché mucho ruido abajo y mi madre dijo que toda la familia había venido para celebrar mi cambio así que elegí un vestido para nada escotado sin embargo estas enormes tetas que ahora tenía no las podía esconder y rápidamente se veía que era tetona
Cuando fui con mi familia rápidamente fui al centro de atención mis tías me saludaron mis primas se alegraron de verme después de un año pero algo que noté fue que mis primos y mis tíos me veían con morbo sobre todo mis tíos que miraban mis tetas y no me miraban a los ojos cuando me saludaban


En el transcurso de la fiesta todo iba de maravilla y a la hora de la comida mis tías me pidieron que les ayudara a servir los platos así que se imaginarán la mirada de los hombres sobre mi cuerpocuando me inclinaba y les dejaba sus platos cuando terminé fui a servirme yo a la cocina mi plato sin embargo en ese lapso ya que todos estaban sentados y comiendo no vi venir que uno de mis tíos se acercó detrás de mí y me dio una nalgada yo me asusté pero en eso él me dijo que tenía un enorme culo y que estaba bien bueno luego procedió a tocarme las tetas y dijo que habían rumores de que nosotras como mujeres estábamos lactando y lo quería comprobar así que me bajó los tirantes del vestido dejando mis tetas expuestas y las empezó a chupar y succionar la leche que tenía adentro se sentía tan rico como un cosquilleo interno además que sentía como la leche recorría las glándulas mamarias antes de salir por el pezón mientras las chupaba me manoseaba las caderas y el culo no dije nada porque me estaba gustando sin embargo le dije que se estaba tardando y alguien podía entrar a la cocina así que después de eso él me soltó y regresó a comer





Yo me limpié los pechos con una servilleta me subí el vestido y fui a comer sin decir nada
Mientras estaba comiendo notaba la mirada de mis familiares como mis tíos y primos sobre mis pechos pues tenía un prominente escote que rebotaba demasiado con el mínimo movimiento
Tardé mucho en acostumbrarme a mi nuevo cuerpo sobre todo por la forma en la que los hombres me miraban y como estaba lactando mucho mi mamá me compro parches para que me los colocará en los pezones y evitan un escurrimiento no deseado desde entonces empecé a usarlos debajo del mismo brasieres
Días después fui al centro comercial con mis primas y una tía compramos ropa ya que necesitaba me sentí raro cuando buscaba la talla exacta para mis bra y modelaba frente todas y ella decidían si me quedaba o no mis senos rebotaban todo el tiempo y todos los bra siempre dejaban la mitad de mis pechos afuera pensé que no me quedaba pero mi tía dijo que así era, mis primas como todas las chicas se la pasaban tienda en tienda,así si que mi tía termino por acompañarme a terminar mis compras tenía que comprar mi uniforme para regresar ala escuela y sería un uniforme femenino solo que como tenía pechos grandes las camisas me apretaban así que tuve que agregar al outfit un suéter encima
Pero aún así se notaba que mis tetas estaban grandes y paraditas ni como hacerle más tarde fuimos al supermercado para comprar la despensa y cuando mi tía fue ala zona de carnes me pidió de favor que fuera por bolillos y lleve el carrito con migo ,había una gran fila cabe recalcar que la ropa que usaba era solamente una blusa blanca común sin escote pero que levantaba mis pechos hacia arriba unos jeans azules que me hacían ver muy caderona




En el supermercado, la fila para los bolillos era eterna. Sentía las miradas clavadas en mí desde todos lados: hombres de mediana edad, adolescentes, incluso algunos abuelitos que fingían ver el pan mientras sus ojos recorrían el contorno de mis pechos elevados por esa blusa blanca que parecía a punto de reventar los botones. Mi tía seguía en la carnicería, así que empujé el carrito sola, intentando no moverme demasiado para que no se notara tanto el rebote constante.
De pronto, un hombre de unos 40 años, alto, con barba de varios días y camiseta ajustada, se colocó justo detrás de mí en la fila. Demasiado cerca. Sentí su aliento en mi nuca cuando murmuró:
—Perdón, pero… ¿es verdad lo que dicen de las chicas como tú? ¿Que siguen produciendo leche todo el tiempo?
No alcancé a responder. Su mano ya estaba en mi cintura, disimuladamente, como si me ayudara a mantener el carrito quieto. Luego bajó, apretó mi cadera y deslizó los dedos hasta el borde de mi culo. Me quedé helada, pero mi cuerpo —este cuerpo nuevo, traicionero— respondió con un calor inmediato entre las piernas.
Minutos después, cuando por fin pagué y salí al estacionamiento con las bolsas, él me seguía. No dijo nada más. Solo me tomó del brazo con firmeza y me llevó hacia una camioneta vieja al fondo del lote, donde no había cámaras. Me empujó contra la puerta trasera, me levantó la blusa sin pedir permiso y bajó mi brasier de un tirón. Mis pechos saltaron libres, pesados, con los pezones ya duros y perlados de leche.
—Joder… sí es cierto —gruñó.



Me giró de golpe, me bajó los jeans hasta las rodillas y me puso en cuatro sobre el capó aún caliente del auto. No hubo preámbulos. Entró de una embestida profunda, gruñendo como animal. Yo ahogué un grito mordiéndome el labio. Era grueso, duro, y empujaba con rabia, como si quisiera marcar territorio. Mis tetas se bamboleaban violentamente con cada golpe, goteando leche que caía al metal del capó. Él las agarró desde atrás, las estrujó con fuerza y siguió follando hasta que se corrió dentro, sin condón, sin preguntar. Se subió los pantalones, me dio una palmada en el culo y se fue sin decir adiós.
Caminé temblando de regreso al auto de mi tía con la entrepierna húmeda y caliente, la leche goteándome por el abdomen y los jeans manchados. No le conté nada.
Esa misma noche mi padre entró a mi habitación cuando todos dormían. Cerró la puerta con llave. No dijo una palabra. Solo me quitó la pijama, me puso boca abajo y me abrió las piernas. Desde la primera embestida supe que no iba a ser suave. Me follaba con furia contenida, como si hubiera estado esperando ese momento todo el año que estuve en el laboratorio. Me tapaba la boca para que no gritara demasiado fuerte, pero igual se me escapaban gemidos roncos cada vez que llegaba hasta el fondo. Me hacía correrme una y otra vez hasta que mis piernas temblaban. Todas las noches fue igual. Me cogía hasta dejarme exhausta, con la vagina hinchada y la leche saliendo a chorros de mis pezones cada vez que me apretaba los senos con demasiada fuerza.
Una tarde, aburrida y cachonda, creé una cuenta de OnlyFans. Subí fotos primero: primeros planos de mis tetas lactando, gotas cayendo sobre mis dedos, planos de mi culo en tanga, videos cortos exprimiéndome los pezones hasta que salían chorros blancos. En semanas explotó. Miles de suscriptores. Hombres pagando fortunas solo por verme ordeñarme en vivo, por oírme gemir mientras me metía dedos y hablaba sucio sobre cómo me habían cogido en la cocina, en el estacionamiento, en mi propia cama.








El abuelo fue el siguiente en caer. Una tarde que mis padres salieron, entró a mi cuarto con la excusa de “ayudarme a escoger ropa”. Me miró fijamente los pechos, se le hizo agua la boca. Me pidió —casi suplicó— que lo dejara probar. Le quité la camisa, me senté a horcajadas sobre él en la silla y le metí un pezón en la boca. Chupó como desesperado, gimiendo contra mi piel, tragando leche como si fuera lo único que importara en el mundo. Se obsesionó. Desde ese día cada vez que podía me buscaba para “tomar su medicina”. A veces me ponía de rodillas y me ordeñaba directamente en su boca mientras se masturbaba.
Luego un día estaba en la cocina de la casa de campo, lavando los platos después de la comida familiar. Llevaba una blusa ligera de algodón blanco que ya estaba húmeda en dos círculos perfectos bajo mis pezones hinchados. La leche se me escapaba sin permiso mis caderas se sentían más anchas que nunca, pesadas, llenas, como si mi cuerpo gritara que estaba en la etapa más fértil y obscena de mi vida.
Mi tío Raúl entró sin hacer ruido. Siempre había sido el más alto de la familia, el más callado, el que miraba fijo cuando nadie más se atrevía. Cerró la puerta despacio. El clic del cerrojo me puso la piel de gallina.
—¿Todavía goteas, mija? —preguntó con esa voz grave que parecía salirle del pecho.
No contesté. Solo seguí lavando el plato, pero mis manos temblaban. Sentí que se acercaba por detrás. Su aliento caliente me rozó la nuca.
—Déjame ver cuánto has crecido desde la última vez que te vi…
No me dio tiempo a reaccionar. Su mano grande aterrizó abierta y fuerte en mi nalga derecha. El sonido fue seco, carnoso. Gemí sin querer. Volvió a pegar, más fuerte, en la otra nalga. La tela del short corto se me metió entre las nalgas y sentí cómo se me humedecía todo al instante.
—Así se porta una niña mala que anda enseñando esas tetas mojadas por toda la casa —susurró pegado a mi oreja mientras me daba otra nalgada que me hizo arquear la espalda.
Me giró con rudeza. Me levantó la blusa sin pedir permiso. Mis pechos grandes, pesados, venosos, saltaron libres. Los pezones estaban oscuros, erectos, con gotas blancas colgando en las puntas. Los miró como si fueran un tesoro.
—Dios santo… mira nada más estas ubres —dijo casi con devoción.





Bajó la boca y atrapó un pezón entero. Chupó fuerte. La leche salió a chorros y él tragó sin asco, gimiendo contra mi piel. Yo me agarré del borde del fregadero para no caerme. Sentía la succión hasta el útero.
Me besó después, con lengua, con sabor a mí misma. Me comió la boca como si quisiera devorarme entera. Sus manos grandes me apretaban las nalgas, las abrían, las juntaban, las volvían a azotar. Cada golpe me hacía jadear contra su boca.
—Quítate todo —ordenó.
Obedecí temblando. El short y la tanga cayeron al piso. Quedé desnuda de cintura para abajo, con la blusa subida y los pechos al aire. Me levantó como si no pesara nada y me sentó en la encimera de granito frío. El contraste con mi piel ardiente me hizo gemir.
Abrió su pantalón.
Cuando vi su verga se me cortó el aliento.
Era enorme. Gruesa. Venosa. La cabeza brillante y morada. Más grande de lo que había visto en mi vida. Se la agarró con la mano y la sacudió dos veces frente a mi cara.
—¿Quieres sentirte mujer de verdad, sobrina?
Solo pude asentir.
Me abrió las piernas de un tirón. Me miró el coño depilado, hinchado, empapado. Pasó dos dedos por mis labios mayores y los llevó a mi boca.
—Prueba lo mojada que estás por tu tío.
Chupé mis propios jugos mientras él empujaba la cabeza gorda contra mi entrada.
Entró de un solo empujón brutal.
Grité. Dolor y placer al mismo tiempo. Me sentí partir en dos. Era demasiado grande, me llenaba hasta el fondo, me llegaba al cérvix con cada embestida. Me agarró de las caderas y empezó a follarme contra la encimera. Los platos temblaban. La leche me chorreaba por el estómago con cada golpe.
—¡Papi, me estás rompiendo! —grité sin darme cuenta.
—Grita más fuerte, zorrita. Que se enteren todos cómo te cojo tu tío.







Me levantó en vilo sin sacarla. Caminó conmigo empalada hasta el baño. Me puso contra el lavabo, de espaldas al espejo. Me obligó a verme: cara desencajada, boca abierta, pechos bamboleándose, leche goteando, su verga enorme entrando y saliendo de mí, brillante de mis jugos.
—Mírate —me dijo al oído mientras me daba nalgadas—. Mira cómo te conviertes en mi puta.
Me corrí así, mirándome en el espejo, gritando su nombre. Él no paró. Me llevó a la sala todavía dentro de mí.
Me tiró boca abajo en el sillón grande. Me abrió las nalgas con las dos manos.
—Ahora te voy a llenar hasta que te chorree.
Volvió a entrar, esta vez más profundo. Me follaba con furia, con golpes secos que hacían temblar todo mi cuerpo. Mis tetas se aplastaban contra el cojín, la leche salpicaba el tapizado. Yo solo podía gemir y decir incoherencias.
—¡Cógeme más duro, tío! ¡Rómpeme el coño! ¡Quiero tu leche dentro! ¡Hazme tu puta, por favor!
Él gruñó como animal. Me agarró del pelo, me arqueó la espalda y se corrió con un rugido. Sentí chorro tras chorro caliente golpeándome el fondo. Era tanta cantidad que se me salió y me escurrió por los muslos.
Cuando terminó se quedó dentro de mí, respirando pesado contra mi nuca.
—Buena niña —susurró mientras me daba una última nalgada suave—. Ahora sí te sientes mujer, ¿verdad?
Solo pude asentir, temblando, con su semen todavía goteándome y la leche manchándome el pecho.
Y supe que esto no iba a ser la última vez.








Meses después me enteré de que estaba embarazada. No tenía idea de quién era el padre. Podía ser el desconocido del estacionamiento, mi padre, algún suscriptor que había pagado extra por una cita privada, mi tío que me había cogido varias veces en el baño de la casa durante las reuniones familiares… No importaba. Di a luz a un niño sano. La leche aumentó aún más. Mi cuerpo se volvió más curvilíneo, más deseado.
Cuando el dinero empezó a escasear y OnlyFans ya no rendía lo mismo, comencé a pararme en la esquina cerca del mercado central. Ropa corta, escote imposible, labios rojos. Los hombres sabían exactamente qué ofrecía: una chica fértil, lactante, dispuesta a todo por el precio correcto. Me cogían en moteles baratos, en callejones, en sus autos. Siempre pagaban bien por la leche.
Un día mi padre me buscó de nuevo. Me dijo que me extrañaba, que quería tenerme solo para él. Me llevó a vivir a su nueva casa en las afueras. A los tres días entendí por qué: el abuelo y el tío también vivían ahí. Los tres me compartían sin disimulo. Por las mañanas el abuelo me ordeñaba en la cocina mientras preparaba café. Por las tardes mi tío me cogía en el sofá viendo televisión. Por las noches mi padre me follaba hasta hacerme gritar su nombre, me llenaba y luego se quedaba dentro hasta que me quedaba dormida.
Quedé embarazada otra vez. Y otra. Tres hijos en total. Ya no salgo casi. Mi vida se reduce a amamantar, ser follada y esperar el próximo embarazo. Los científicos tenían razón: esa es mi función ahora. Mi cuerpo existe para eso. Para producir leche, para abrir las piernas, para recibir semen y gestar.
Y cada vez que uno de ellos me penetra hasta el fondo, cada vez que siento la leche salir a chorros mientras me aprietan los pechos, cada vez que mi vientre vuelve a crecer… sonrío.
Porque en el fondo, muy en el fondo, me encanta.



Hasta que un grupo de países desarrollaron una técnica para que de alguna forma hubieran más mujeres en la sociedad y así estaba asegurada la supervivencia de la humanidad
Pero lo que no sabía era que para esto tenían que cambiar de sexo a personas seleccionadas mediante genética por lo tanto los gobiernos de los países más poderosos empezaron a suministrar la tecnología a todos los países para que se ejecutara esta estrategia
Es así como en mi país se anunció que a los jóvenes que llegaban a los 18 años tenían que pasar por este proceso de selección algunos pasaban y otros no pues la genética tenía mucho que ver en esto
Es así como yo fui seleccionado varios chicos de mi generación fueron rechazados sin embargo yo y un par de conocidos fuimos aceptados el proceso de transmutación corporal fue largo casi un año de estudios en laboratorio me inyectaron múltiples vacunas y estuve en cápsulas con un líquido raro por un largo periodo ni siquiera recuerdo cómo fue que mi pene desapareció simplemente se atrofió y cuando me di cuenta tenía una vagina mis senos empezaron a crecer al principio me incomodaban cómo es que rebotaban pero el traje que nos habían dado eran traje especial de tecnomita con aleación de carbono qué era absolutamente cómodo en cierta medida servía para suministrar al cuerpo hormonas femeninas pero también sirve como un molde para que tu cuerpo quedara estéticamente correcto mis pechos se mantuvieron rígidos y el traje mantenía los pechos y mis caderas en su lugar mientras se desarrollaban




Meses después nos dieron de alta y nos dieron una nueva identidad como era una nueva identidad con un nuevo nombre y apellido básicamente ya no tenía parentesco con mis padres o mis familiares aún así ellos fueron los que fueron a recogerme
Algo que nos dijeron los científicos antes de que nos dejaran ir es que éramos fértiles y podíamos tener hijos toda la vida básicamente era nuestra misión además que nuestros pechos en estos momentos ya estaba lactando pues la leche materna es sumamente nutritiva y muy valiosa en estos momentos y por eso nuestros pechos nunca dejarían de dejar de lactar
Cuando llegué a casa mi madre y yo nos encerramos en su habitación y me mostró su ropa había mucho para elegir mientras elegía ropa escuché mucho ruido abajo y mi madre dijo que toda la familia había venido para celebrar mi cambio así que elegí un vestido para nada escotado sin embargo estas enormes tetas que ahora tenía no las podía esconder y rápidamente se veía que era tetona
Cuando fui con mi familia rápidamente fui al centro de atención mis tías me saludaron mis primas se alegraron de verme después de un año pero algo que noté fue que mis primos y mis tíos me veían con morbo sobre todo mis tíos que miraban mis tetas y no me miraban a los ojos cuando me saludaban


En el transcurso de la fiesta todo iba de maravilla y a la hora de la comida mis tías me pidieron que les ayudara a servir los platos así que se imaginarán la mirada de los hombres sobre mi cuerpocuando me inclinaba y les dejaba sus platos cuando terminé fui a servirme yo a la cocina mi plato sin embargo en ese lapso ya que todos estaban sentados y comiendo no vi venir que uno de mis tíos se acercó detrás de mí y me dio una nalgada yo me asusté pero en eso él me dijo que tenía un enorme culo y que estaba bien bueno luego procedió a tocarme las tetas y dijo que habían rumores de que nosotras como mujeres estábamos lactando y lo quería comprobar así que me bajó los tirantes del vestido dejando mis tetas expuestas y las empezó a chupar y succionar la leche que tenía adentro se sentía tan rico como un cosquilleo interno además que sentía como la leche recorría las glándulas mamarias antes de salir por el pezón mientras las chupaba me manoseaba las caderas y el culo no dije nada porque me estaba gustando sin embargo le dije que se estaba tardando y alguien podía entrar a la cocina así que después de eso él me soltó y regresó a comer





Yo me limpié los pechos con una servilleta me subí el vestido y fui a comer sin decir nada
Mientras estaba comiendo notaba la mirada de mis familiares como mis tíos y primos sobre mis pechos pues tenía un prominente escote que rebotaba demasiado con el mínimo movimiento
Tardé mucho en acostumbrarme a mi nuevo cuerpo sobre todo por la forma en la que los hombres me miraban y como estaba lactando mucho mi mamá me compro parches para que me los colocará en los pezones y evitan un escurrimiento no deseado desde entonces empecé a usarlos debajo del mismo brasieres
Días después fui al centro comercial con mis primas y una tía compramos ropa ya que necesitaba me sentí raro cuando buscaba la talla exacta para mis bra y modelaba frente todas y ella decidían si me quedaba o no mis senos rebotaban todo el tiempo y todos los bra siempre dejaban la mitad de mis pechos afuera pensé que no me quedaba pero mi tía dijo que así era, mis primas como todas las chicas se la pasaban tienda en tienda,así si que mi tía termino por acompañarme a terminar mis compras tenía que comprar mi uniforme para regresar ala escuela y sería un uniforme femenino solo que como tenía pechos grandes las camisas me apretaban así que tuve que agregar al outfit un suéter encima
Pero aún así se notaba que mis tetas estaban grandes y paraditas ni como hacerle más tarde fuimos al supermercado para comprar la despensa y cuando mi tía fue ala zona de carnes me pidió de favor que fuera por bolillos y lleve el carrito con migo ,había una gran fila cabe recalcar que la ropa que usaba era solamente una blusa blanca común sin escote pero que levantaba mis pechos hacia arriba unos jeans azules que me hacían ver muy caderona




En el supermercado, la fila para los bolillos era eterna. Sentía las miradas clavadas en mí desde todos lados: hombres de mediana edad, adolescentes, incluso algunos abuelitos que fingían ver el pan mientras sus ojos recorrían el contorno de mis pechos elevados por esa blusa blanca que parecía a punto de reventar los botones. Mi tía seguía en la carnicería, así que empujé el carrito sola, intentando no moverme demasiado para que no se notara tanto el rebote constante.
De pronto, un hombre de unos 40 años, alto, con barba de varios días y camiseta ajustada, se colocó justo detrás de mí en la fila. Demasiado cerca. Sentí su aliento en mi nuca cuando murmuró:
—Perdón, pero… ¿es verdad lo que dicen de las chicas como tú? ¿Que siguen produciendo leche todo el tiempo?
No alcancé a responder. Su mano ya estaba en mi cintura, disimuladamente, como si me ayudara a mantener el carrito quieto. Luego bajó, apretó mi cadera y deslizó los dedos hasta el borde de mi culo. Me quedé helada, pero mi cuerpo —este cuerpo nuevo, traicionero— respondió con un calor inmediato entre las piernas.
Minutos después, cuando por fin pagué y salí al estacionamiento con las bolsas, él me seguía. No dijo nada más. Solo me tomó del brazo con firmeza y me llevó hacia una camioneta vieja al fondo del lote, donde no había cámaras. Me empujó contra la puerta trasera, me levantó la blusa sin pedir permiso y bajó mi brasier de un tirón. Mis pechos saltaron libres, pesados, con los pezones ya duros y perlados de leche.
—Joder… sí es cierto —gruñó.



Me giró de golpe, me bajó los jeans hasta las rodillas y me puso en cuatro sobre el capó aún caliente del auto. No hubo preámbulos. Entró de una embestida profunda, gruñendo como animal. Yo ahogué un grito mordiéndome el labio. Era grueso, duro, y empujaba con rabia, como si quisiera marcar territorio. Mis tetas se bamboleaban violentamente con cada golpe, goteando leche que caía al metal del capó. Él las agarró desde atrás, las estrujó con fuerza y siguió follando hasta que se corrió dentro, sin condón, sin preguntar. Se subió los pantalones, me dio una palmada en el culo y se fue sin decir adiós.
Caminé temblando de regreso al auto de mi tía con la entrepierna húmeda y caliente, la leche goteándome por el abdomen y los jeans manchados. No le conté nada.
Esa misma noche mi padre entró a mi habitación cuando todos dormían. Cerró la puerta con llave. No dijo una palabra. Solo me quitó la pijama, me puso boca abajo y me abrió las piernas. Desde la primera embestida supe que no iba a ser suave. Me follaba con furia contenida, como si hubiera estado esperando ese momento todo el año que estuve en el laboratorio. Me tapaba la boca para que no gritara demasiado fuerte, pero igual se me escapaban gemidos roncos cada vez que llegaba hasta el fondo. Me hacía correrme una y otra vez hasta que mis piernas temblaban. Todas las noches fue igual. Me cogía hasta dejarme exhausta, con la vagina hinchada y la leche saliendo a chorros de mis pezones cada vez que me apretaba los senos con demasiada fuerza.
Una tarde, aburrida y cachonda, creé una cuenta de OnlyFans. Subí fotos primero: primeros planos de mis tetas lactando, gotas cayendo sobre mis dedos, planos de mi culo en tanga, videos cortos exprimiéndome los pezones hasta que salían chorros blancos. En semanas explotó. Miles de suscriptores. Hombres pagando fortunas solo por verme ordeñarme en vivo, por oírme gemir mientras me metía dedos y hablaba sucio sobre cómo me habían cogido en la cocina, en el estacionamiento, en mi propia cama.








El abuelo fue el siguiente en caer. Una tarde que mis padres salieron, entró a mi cuarto con la excusa de “ayudarme a escoger ropa”. Me miró fijamente los pechos, se le hizo agua la boca. Me pidió —casi suplicó— que lo dejara probar. Le quité la camisa, me senté a horcajadas sobre él en la silla y le metí un pezón en la boca. Chupó como desesperado, gimiendo contra mi piel, tragando leche como si fuera lo único que importara en el mundo. Se obsesionó. Desde ese día cada vez que podía me buscaba para “tomar su medicina”. A veces me ponía de rodillas y me ordeñaba directamente en su boca mientras se masturbaba.
Luego un día estaba en la cocina de la casa de campo, lavando los platos después de la comida familiar. Llevaba una blusa ligera de algodón blanco que ya estaba húmeda en dos círculos perfectos bajo mis pezones hinchados. La leche se me escapaba sin permiso mis caderas se sentían más anchas que nunca, pesadas, llenas, como si mi cuerpo gritara que estaba en la etapa más fértil y obscena de mi vida.
Mi tío Raúl entró sin hacer ruido. Siempre había sido el más alto de la familia, el más callado, el que miraba fijo cuando nadie más se atrevía. Cerró la puerta despacio. El clic del cerrojo me puso la piel de gallina.
—¿Todavía goteas, mija? —preguntó con esa voz grave que parecía salirle del pecho.
No contesté. Solo seguí lavando el plato, pero mis manos temblaban. Sentí que se acercaba por detrás. Su aliento caliente me rozó la nuca.
—Déjame ver cuánto has crecido desde la última vez que te vi…
No me dio tiempo a reaccionar. Su mano grande aterrizó abierta y fuerte en mi nalga derecha. El sonido fue seco, carnoso. Gemí sin querer. Volvió a pegar, más fuerte, en la otra nalga. La tela del short corto se me metió entre las nalgas y sentí cómo se me humedecía todo al instante.
—Así se porta una niña mala que anda enseñando esas tetas mojadas por toda la casa —susurró pegado a mi oreja mientras me daba otra nalgada que me hizo arquear la espalda.
Me giró con rudeza. Me levantó la blusa sin pedir permiso. Mis pechos grandes, pesados, venosos, saltaron libres. Los pezones estaban oscuros, erectos, con gotas blancas colgando en las puntas. Los miró como si fueran un tesoro.
—Dios santo… mira nada más estas ubres —dijo casi con devoción.





Bajó la boca y atrapó un pezón entero. Chupó fuerte. La leche salió a chorros y él tragó sin asco, gimiendo contra mi piel. Yo me agarré del borde del fregadero para no caerme. Sentía la succión hasta el útero.
Me besó después, con lengua, con sabor a mí misma. Me comió la boca como si quisiera devorarme entera. Sus manos grandes me apretaban las nalgas, las abrían, las juntaban, las volvían a azotar. Cada golpe me hacía jadear contra su boca.
—Quítate todo —ordenó.
Obedecí temblando. El short y la tanga cayeron al piso. Quedé desnuda de cintura para abajo, con la blusa subida y los pechos al aire. Me levantó como si no pesara nada y me sentó en la encimera de granito frío. El contraste con mi piel ardiente me hizo gemir.
Abrió su pantalón.
Cuando vi su verga se me cortó el aliento.
Era enorme. Gruesa. Venosa. La cabeza brillante y morada. Más grande de lo que había visto en mi vida. Se la agarró con la mano y la sacudió dos veces frente a mi cara.
—¿Quieres sentirte mujer de verdad, sobrina?
Solo pude asentir.
Me abrió las piernas de un tirón. Me miró el coño depilado, hinchado, empapado. Pasó dos dedos por mis labios mayores y los llevó a mi boca.
—Prueba lo mojada que estás por tu tío.
Chupé mis propios jugos mientras él empujaba la cabeza gorda contra mi entrada.
Entró de un solo empujón brutal.
Grité. Dolor y placer al mismo tiempo. Me sentí partir en dos. Era demasiado grande, me llenaba hasta el fondo, me llegaba al cérvix con cada embestida. Me agarró de las caderas y empezó a follarme contra la encimera. Los platos temblaban. La leche me chorreaba por el estómago con cada golpe.
—¡Papi, me estás rompiendo! —grité sin darme cuenta.
—Grita más fuerte, zorrita. Que se enteren todos cómo te cojo tu tío.







Me levantó en vilo sin sacarla. Caminó conmigo empalada hasta el baño. Me puso contra el lavabo, de espaldas al espejo. Me obligó a verme: cara desencajada, boca abierta, pechos bamboleándose, leche goteando, su verga enorme entrando y saliendo de mí, brillante de mis jugos.
—Mírate —me dijo al oído mientras me daba nalgadas—. Mira cómo te conviertes en mi puta.
Me corrí así, mirándome en el espejo, gritando su nombre. Él no paró. Me llevó a la sala todavía dentro de mí.
Me tiró boca abajo en el sillón grande. Me abrió las nalgas con las dos manos.
—Ahora te voy a llenar hasta que te chorree.
Volvió a entrar, esta vez más profundo. Me follaba con furia, con golpes secos que hacían temblar todo mi cuerpo. Mis tetas se aplastaban contra el cojín, la leche salpicaba el tapizado. Yo solo podía gemir y decir incoherencias.
—¡Cógeme más duro, tío! ¡Rómpeme el coño! ¡Quiero tu leche dentro! ¡Hazme tu puta, por favor!
Él gruñó como animal. Me agarró del pelo, me arqueó la espalda y se corrió con un rugido. Sentí chorro tras chorro caliente golpeándome el fondo. Era tanta cantidad que se me salió y me escurrió por los muslos.
Cuando terminó se quedó dentro de mí, respirando pesado contra mi nuca.
—Buena niña —susurró mientras me daba una última nalgada suave—. Ahora sí te sientes mujer, ¿verdad?
Solo pude asentir, temblando, con su semen todavía goteándome y la leche manchándome el pecho.
Y supe que esto no iba a ser la última vez.








Meses después me enteré de que estaba embarazada. No tenía idea de quién era el padre. Podía ser el desconocido del estacionamiento, mi padre, algún suscriptor que había pagado extra por una cita privada, mi tío que me había cogido varias veces en el baño de la casa durante las reuniones familiares… No importaba. Di a luz a un niño sano. La leche aumentó aún más. Mi cuerpo se volvió más curvilíneo, más deseado.
Cuando el dinero empezó a escasear y OnlyFans ya no rendía lo mismo, comencé a pararme en la esquina cerca del mercado central. Ropa corta, escote imposible, labios rojos. Los hombres sabían exactamente qué ofrecía: una chica fértil, lactante, dispuesta a todo por el precio correcto. Me cogían en moteles baratos, en callejones, en sus autos. Siempre pagaban bien por la leche.
Un día mi padre me buscó de nuevo. Me dijo que me extrañaba, que quería tenerme solo para él. Me llevó a vivir a su nueva casa en las afueras. A los tres días entendí por qué: el abuelo y el tío también vivían ahí. Los tres me compartían sin disimulo. Por las mañanas el abuelo me ordeñaba en la cocina mientras preparaba café. Por las tardes mi tío me cogía en el sofá viendo televisión. Por las noches mi padre me follaba hasta hacerme gritar su nombre, me llenaba y luego se quedaba dentro hasta que me quedaba dormida.
Quedé embarazada otra vez. Y otra. Tres hijos en total. Ya no salgo casi. Mi vida se reduce a amamantar, ser follada y esperar el próximo embarazo. Los científicos tenían razón: esa es mi función ahora. Mi cuerpo existe para eso. Para producir leche, para abrir las piernas, para recibir semen y gestar.
Y cada vez que uno de ellos me penetra hasta el fondo, cada vez que siento la leche salir a chorros mientras me aprietan los pechos, cada vez que mi vientre vuelve a crecer… sonrío.
Porque en el fondo, muy en el fondo, me encanta.
0 comentarios - Soy la puta tetona de mi papá mi tío y mi abuelo 🍒🍑