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Encuentro joven 2 cuckold

Candy ya estaba en la habitación, poniéndose esa tanga negra que tanto me gustaba, la que se mete entre sus nalgas y deja ver el plug que acabo de comprarle. Yo la miraba desde la puerta, el corazón me latía fuerte, mitad vergüenza, mitad ganas. Veintiséis años tenía mi mujer… y yo, treinta y dos, ya no doy la talla. Por eso lo hacemos así. Por eso lo quiero así.
Bajé al salón. Me senté en mi sitio, el sillón viejo de cuero que siempre uso para esto. Nervioso, sudaba. Escuché la puerta. Alex. Dieciocho recién cumplidos. Alto, delgado, con esa risa tonta de chiquillo. Candy bajó las escaleras y le sonrió como si fuera su amor perdido. Le plantó un beso… largo. Yo tragué saliva.
—Hola, Tony —me dijo el crío, sin malicia—. Gracias por dejarme… ya sabes.
Yo asentí. No hablo mucho en estas noches. Me gusta mirar. Ver cómo ella se le echa encima, cómo le saca la polla dura de esos vaqueros baratos, cómo la lame como si yo no existiera. Me gusta sentirme pequeño. Me gusta que me humille.
Arriba, en la cama, Candy empezó a gemir. Su voz… dios, su voz. Sabía que estaba de rodillas, con el culo en alto, que el plug brillaba bajo la luz. Sabía que Alex ya le había metido dos dedos, que la preparaba. Y yo ahí, con la verga tiesa, masturbándome despacio para no acabar antes de tiempo.
—Tony… ven a ver bien —gritó ella.
Subí. Me quedé al borde del colchón. Ella, con la cara contra la almohada, arqueada como gata, y él detrás, pegándose a ella. La vi abrirse. La vi jadear. La vi disfrutar. Y cuando Alex se la metió de un golpe… sentí como si me partieran por dentro. Pero qué rico duele.
Se movía rápido, como solo un chaval lo hace. Sin cansarse. Candy gritaba mi nombre, pero no para que la salvase. Gritaba para que viera. Para que supiera que hoy no soy suficiente.
—Se siente enorme… —suspiró ella, entre risas—. ¿Ves? Esto es lo que quiero.
Y yo veía. Veía cómo él le agarraba el babydoll, cómo le pellizcaba las tetas, cómo le clavaba. Veía cómo se corría ella primero, temblando, y cómo él seguía, sin piedad. Hasta que por fin, con un gemido largo, se le corrió dentro. Todo. Bien dentro.
Candy me miró, sudada, sonriente.
—Ven, Tony. A limpiar.
Me arrodillé. Lamí. Sabía a él, a ella, a vergüenza. Y cuando terminé, ella me besó la frente.
—Eres el mejor cornudo que he tenido.
Me acosté a su lado, mientras Alex se vestía. Me quedé oliendo a sexo ajeno, con el plug todavía en su culo, y pensé… joder, la quiero tanto. Y ya estaba pensando en quién vendría la semana que viene.

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