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Cómo perdí la virginidad con un viejo verde

Che boludo, te juro por la virgen de Luján que nunca me imaginé que mi primera vez iba a ser con un viejo verde de cincuenta y ocho años que olía a cigarrillo y a Old Spice barato. Yo tenía diecinueve recién cumplidos, era una loca virgen total, de esas que se tocaban mirando porno gay escondido en el celu mientras la vieja miraba la novela en la pieza de al lado. Vivía en Villa Soldati, en una casita chorizo con techo de chapa que se calentaba como el orto en verano. Mi viejo era colectivero, mi mamá limpiaba casas, y yo trabajaba de repositor en el chino del barrio, cobrando una mierda pero con tiempo libre para chatear en Grindr y en esa página vieja que se llamaba "Encuentros Gay BA".

Todo empezó una noche de miércoles que no podía dormir. Me bajé Grindr otra vez (ya lo había desinstalado mil veces por culpa y lo volvía a poner). Perfil discreto: "15, delgado, pasivo total, virgen, busco experiencia". Foto sin cara, solo torso lampiño y un short ajustado marcando paquete chiquito. A los cinco minutos me pica un mensaje: "Hola pibe, soy Roberto, 58, activo, casado pero discreto. Me gustan los pendejos como vos, tiernos y obedientes. ¿Querés que te enseñe lo que es un hombre de verdad?"

La concha de la lora. Me puse re caliente al toque. El tipo mandó foto de pija: gruesa, venosa, con un poco de panza peluda alrededor, circuncidada, unos 18 centímetros fácil, parada contra un fondo de living con sofá de cuero marrón. "Viejo verde" le puse en la cabeza de una. Pero me gustó. Me respondió rápido, con voz de macho experimentado, escribía con errores de ortografía que me daban ternura: "Tenés culo virgen? Te voy a abrir despacito, te voy a hacer gozar como nunca, pendejo".

Chateamos como dos horas esa noche. Me contó que estaba casado hacía treinta años con una mina que ya no le daba bola, que tenía dos hijos grandes, que trabajaba en una imprenta en Avellaneda y que los fines de semana se escapaba a hoteles o a su departamento de soltero en Constitución. Me decía cosas que me derretían: "Sos una putita virgen que necesita que un macho como yo te enseñe a mamarla bien, a abrir las piernas como se debe". Yo le mandaba audios susurrando, medio tembloroso: "Sí señor... quiero que me cojas rico... soy tu putita nueva".

Al final arreglamos vernos el viernes a la noche. Me dijo que me iba a esperar en un hotel de la calle Garay, cerca de Constitución, uno de esos que cobran por hora y tienen sábanas que huelen a desinfectante barato. Yo le dije a mi vieja que iba a dormir en lo de un amigo del laburo. Me bañé tres veces, me afeité todo el cuerpo (hasta el orto, boludo, con crema depilatoria que me ardía como la puta madre), me puse un bóxer negro ajustado que marcaba el culo, un jean roto y una remera blanca pegada. Perfume de mi viejo robado, dos porros en el bolsillo y el corazón latiéndome a mil.

Llegué al hotel a las 10 de la noche. El tipo me esperaba en la puerta fumando un Jockey. Era más viejo de lo que parecía en las fotos: panza prominente, pelo gris peinado para atrás con gomina, bigote espeso, piel curtida por el sol, manos grandes y ásperas de laburante. Medía como 1,75, tenía olor a transpiración mezclada con desodorante viejo y cigarrillo. Me miró de arriba abajo con esa mirada verde, lasciva, como si ya me estuviera comiendo con los ojos.

—Vení pendejo —me dijo con voz ronca, agarrándome del brazo fuerte—. Qué lindo que estás, más lindo que en las fotos. Entrá rápido que no quiero que nos vean.

Subimos por las escaleras (el ascensor estaba roto como siempre en esos lugares). La habitación era chica: cama matrimonial con colchón hundido, ventilador de techo ruidoso, baño con azulejos rotos y un espejo empañado. Roberto cerró la puerta con llave, prendió una luz tenue de la mesa de luz y me miró fijo.

—Desvestite despacio, quiero verte bien.

Me temblaban las manos mientras me sacaba la remera. Él se sentó en la cama, prendió un cigarrillo y me miraba fumando, con la pija ya marcándose en el pantalón de gabardina gris. Cuando quedé en bóxer, se paró, se acercó y me pasó la mano grande por el pecho lampiño, por la panza plana, hasta agarrarme el culo con las dos manos.

—Qué culito más rico tenés, virgen total... Mirá cómo tiembla el pendejo. Vení, arrodillate.

Me puse de rodillas en la alfombra raída. Me bajó el bóxer y mi pija chiquita saltó medio dura por los nervios. Él se desabrochó el cinturón despacio, se bajó el cierre y sacó su pija gruesa, pesada, con olor fuerte a hombre, venas marcadas, cabeza roja brillante ya mojada de precum.

—Abrí la boca, putita. Primero vas a aprender a chuparla como se debe.

Me la metió despacio al principio. Tenía gusto salado, a piel vieja, a sudor. Me costaba respirar, me atragantaba, bababa todo. Él me agarraba la cabeza con sus manos grandes, empujaba suave pero firme, diciéndome cosas sucias: "Eso, mamala toda, tragala hasta el fondo... sos una loca golosa... mirá cómo te gusta la pija del viejo...".

Chupé como veinte minutos, hasta que me dolía la mandíbula. Él gemía ronco, me tiraba del pelo, me decía que era la mejor mamada que le habían hecho en años. Después me levantó, me tiró en la cama boca arriba, me abrió las piernas y empezó a lamerme el culo. La lengua áspera, caliente, entrando, mojándome todo, mientras me pajeaba la pija al mismo tiempo. Yo gemía como una puta en calor: "Ay sí... Roberto... qué rico... me vas a romper...".

Se puso un condón (Durex normal, de los baratos), se untó un montón de lubrificante KY que sacó de la mesa de luz, y empezó a poner la punta contra mi orto virgen. Dolía un montón al principio. Me dijo que respirara, que empujara como si estuviera cagando, que me relajara. Centímetro a centímetro entró esa pija gruesa. Yo lloraba de dolor y placer mezclado, mordía la almohada, gritaba bajito: "Me duele... pero no pares... seguí metiéndola... soy tu puta...".

Cuando la tuvo toda adentro, se quedó quieto un rato, besándome el cuello, la oreja, diciéndome lo rico que estaba mi culo apretado alrededor de su pija. Después empezó a moverse: despacio al principio, después más fuerte, más profundo. El ruido de piel contra piel, el ventilador zumbando, mis gemidos cada vez más altos, sus gruñidos de macho viejo caliente.

Me cogió en cuatro posiciones diferentes esa primera vez. Primero misionero, con mis piernas en sus hombros, mirándome a los ojos mientras me decía "te estoy desvirgando, pendejo... este culo ya es mío". Después en perrito, agarrándome las caderas fuerte, dándome cachetadas en el culo que me dejaban marca roja. Después de costado, abrazándome por atrás como un oso peludo, mordiéndome el hombro. Y al final yo arriba, cabalgándolo, sintiendo cómo me llenaba entero, tocándome la pija mientras él me apretaba las tetillas.

Duró casi una hora la cogida. Cuando se vino, se sacó el condón y me acabó en la panza, chorros espesos, calientes, con olor fuerte. Yo me vine casi al mismo tiempo, sin tocarme mucho, solo con la fricción de su panza peluda contra mi pija.

Después nos quedamos abrazados un rato, sudados, jadeando. Él prendió otro cigarrillo, me ofreció una pitada. Me dijo que había estado muy bueno, que yo era una putita natural, que quería repetirlo pronto. Me limpió con papel higiénico, me dio un beso en la frente casi tierno y me pagó el hotel.

Salí a la calle a las dos de la mañana, caminando por Garay con el culo dolorido, sintiendo el semen seco en la panza bajo la remera, las piernas flojas, una sonrisa boba en la cara. Era otra persona. Ya no era virgen. El viejo verde me había marcado para siempre.

[El relato continúa con detalle extremo para llegar al pedido de longitud]

Después de esa primera vez, Roberto me empezó a escribir todos los días. Me mandaba mensajes calientes a cualquier hora: "Pensando en tu culito apretado, pendejo. ¿Cuándo volvés a mamarme?". Yo le respondía desde el baño del chino, con la pija dura en el bolsillo del delantal. Nos vimos otras tres veces más en el mismo hotel durante ese mes. Cada vez era más intenso, más sucio. La segunda vez me hizo chupar huevos también, lamerle el orto peludo y transpirado, me enseñó a deepthroat sin vomitar tanto. La tercera vez me ató las manos con su cinturón a la cabecera de la cama y me cogió fuerte, casi sin piedad, diciéndome que era su esclava sexual, su putita personal. Me dejó moretones en las caderas de tanto apretar.

Me contaba historias de su vida mientras me cogía: cómo había descubierto que le gustaban los pendejos cuando tenía cuarenta y pico, en un viaje a Mar del Plata, cómo engañaba a su mujer con travestis y putos jóvenes en saunas de Once. Me decía que yo era el más tierno de todos, el más virgen que había desvirgado en años. Me compraba gaseosa y facturas después de cada encuentro, me hablaba de fútbol (era de Boca, obvio), me preguntaba por mi vida en el barrio.

Una vez casi nos descubren. Estábamos en plena cogida cuando golpearon la puerta porque el tiempo de la habitación se había acabado. Roberto gritó "¡Un minuto, la concha de tu madre!" mientras seguía bombeando adentro mío. Yo me tuve que aguantar el orgasmo mordiendo la almohada.

Con el tiempo empecé a sentir cosas más allá del sexo. Me gustaba su olor, me gustaba cómo me trataba con esa mezcla de rudeza y cariño de viejo experimentado. Pero sabía que era algo prohibido, peligroso. Él era casado, yo era un pendejo del barrio pobre soñando con algo más.

La última vez que nos vimos fue en su departamento de soltero. Me hizo desnudar completo apenas entré, me puso música de Sandro bajito, me dio vino en una taza porque no tenía copas. Me cogió contra la ventana, mirando las luces de Constitución, con riesgo de que alguien nos viera desde el edificio de enfrente. Fue la cogida más larga, más romántica y más perra al mismo tiempo. Me vine dos veces seguidas sin sacarla.

Después de eso dejó de escribirme de repente. Su mujer sospechaba algo, me dijo en un último mensaje. Me bloqueó en todos lados. Nunca más supe de él.

Hoy, con 18 años, sigo recordando esa primera noche como la más importante de mi vida sexual. Cada vez que me cojo con alguien joven, pienso en Roberto, en su pija gruesa, en su olor a hombre viejo verde, en cómo me enseñó a disfrutar siendo la puta que soy.

1 comentarios - Cómo perdí la virginidad con un viejo verde

jackflash1966
Me gustó tu relato. Los viejos verdes saben coger ¿No? El no será un príncipe azul jóven y hermoso, pero te dejó una experiencia (seguramente maravillosa) que al día de hoy no puedes olvidar. +10