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Cuando el deseo espera...

No fue planeado. O al menos eso es lo que me repetí mientras me miraba al espejo del baño, acomodándome el pelo con dedos que todavía temblaban un poco.
Había llegado tarde, cansada, con ese cansancio raro que no es del cuerpo sino de la cabeza. El ascensor subía lento y yo solo pensaba en sacarme los zapatos. Cuando se abrieron las puertas, él estaba ahí. Apoyado contra la pared, el celular en la mano, como si me estuviera esperando sin querer admitirlo.
—¿Todo bien? —me dijo, levantando apenas la vista.
Ese “todo bien” tuvo algo distinto. No fue la frase, fue el tono. Familiar, cercano. Como si ya supiera la respuesta.
Caminamos juntos hasta mi puerta. La conversación fue trivial, pavadas del día, pero había silencios largos, densos. De esos que se sienten en el cuerpo. Yo buscaba las llaves y sentía su presencia atrás, demasiado cerca para ser casual. El perfume. El calor.
—¿Querés pasar un segundo? —me salió sin pensar.
Ni dudó.
Adentro no prendí la luz. No hizo falta. La ciudad entraba por la ventana y alcanzaba para vernos apenas. Me apoyé en la mesada de la cocina, más para sostenerme que por comodidad. Él se quedó frente a mí, sin tocarme, y eso fue lo peor… o lo mejor.
—Hace rato que te miro distinto —dijo, casi en un susurro.
No respondió mi boca. Respondió mi piel. Sentí cómo se me erizaban los brazos, cómo algo se me apretaba en el pecho y más abajo también. Me mordí el labio, como si así pudiera frenar lo que ya estaba pasando.
Se acercó despacio. Demasiado despacio. Su mano no fue directa a donde yo esperaba. Pasó por mi cintura, lenta, como probando. Yo cerré los ojos. No porque no quisiera verlo, sino porque así se sentía más.
El tiempo se estiró. Cada segundo pesaba. Cada roce parecía una promesa.
—Decime que pare —me dijo.
No pude. No quise.
En vez de eso, lo agarré de la camisa y lo acerqué más. Sentí su respiración en mi cuello. Mi cabeza ya estaba perdida, el cuerpo mandaba. Todo era calor, expectativa, una tensión deliciosa que me recorría entera.
Cuando finalmente sus labios me rozaron, fue apenas eso: un roce. Insoportablemente breve.
—No ahora —dijo, separándose de golpe.
Lo miré, confundida, con el pulso desbocado.
—Esto… —continuó— no quiero que termine así nomás.
Agarró su campera, abrió la puerta y antes de irse se dio vuelta.
—Mañana —dijo— vas a pensar en esto todo el día.
La puerta se cerró. Yo me quedé ahí, apoyada contra la mesada, con el cuerpo encendido, la cabeza llena de imágenes… y la certeza de que tenía razón.

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