Aquella tarde Mariana me mandó un mensaje desde el gimnasio: "Ven a las 10:30". No pregunté por qué. No hacía falta. Sabía que algo iba a pasar. O al menos creía saberlo. Pero cuando llegué, cuando vi la luz del gimnasio apagada y solo la puerta lateral entreabierta, sentí un nudo en el estómago que no se deshacía.
Entré. El pasillo estaba oscuro. Solo la luz de emergencia azul tenue. Escuché voces bajas en el vestidor de hombres. La de Carlos, grave, segura. La de Mariana, suave, temblorosa, pero con un tono de deseo que me cortó la respiración. Me acerqué. No entré. Me quedé en la puerta.
Carlos estaba de pie en medio del vestidor. Camiseta ajustada, pants negros. Mariana estaba frente a él, todavía con el conjunto del gimnasio: leggings negros pegados, top corto gris empapado. El pelo suelto, húmedo.
Carlos le levantó la barbilla con dos dedos.
—Desde el primer día que te vi en mi gimnasio, supe que te cogería —dijo, voz baja, casi un gruñido—. Supe que tu marido no te daba lo que necesitas.
Mariana no respondió. Solo lo miró. Con los ojos brillantes, los labios entreabiertos.
Carlos sonrió. Una sonrisa fría, segura.
—Dime, ¿quieres que te coja?
Mariana tragó saliva. La voz le salió temblorosa. —Quiero que me cojas, Carlos. Que me folles igual que a una puta. Que me detones.
Él le dio una nalgada fuerte en el culo. El sonido seco resonó en el vestidor vacío. Ella jadeó, pero no se movió.
—Más fuerte —suplicó—. Quiero que me marques. Que me hagas tuya.
Otra nalgada. Más fuerte. Sus nalgas se pusieron rojas al instante. Ella gimió alto, apoyando las manos en el suelo para no caer.
Carlos la agarró del pelo. La levantó con fuerza. Me vieron los dos, en su cara se dibujó una sonrisa de complicidad.
—Vamos a tu casa —dijo—. Quiero follarte en la cama de tu marido. Quiero que él mire desde la puerta mientras te parto en dos.
Mariana asintió. Sin dejar de sonreír.
—Vamos, cornudo —dijo—. Que esta noche me follarán.
Salimos del gimnasio en silencio. Yo conducía. Carlos y Mariana en el asiento de atrás. Apenas arranqué, escuché el sonido de besos. Gemidos bajos. Mariana se subió encima de él. Le bajó los pantalones. Sacó su verga. La miró un segundo. Luego bajó la cabeza. Se la metió en la boca. Chupó despacio al principio. Lamiendo la punta, saboreando cada gota que salía. Carlos le agarró el pelo. La guió. Ella gemía con la boca llena, moviendo la cabeza arriba y abajo, tragándosela más profundo cada vez.
Yo miraba por el retrovisor. Veía su cabeza subir y bajar. Veía cómo Carlos la controlaba. Veía cómo ella se entregaba. Ella levantó la vista un segundo. Me vio mirando. Sonrió con la boca llena.
—Más profundo, zorra —gruñó Carlos—. Quiero que tu marido escuche cómo te la metes hasta la garganta. Que vea lo puta que eres.
Mariana obedeció. Gemía. Tosió un poco. Pero no paró. La verga de Carlos entraba y salía de su boca, brillante de saliva. Él le apretó las nalgas. Ella gimió más alto, chupando con furia, lamiendo las bolas cuando bajaba del todo.
—Escúchala, cornudo —dijo Carlos, mirándome por el retrovisor—. Escucha cómo tu esposa me la mama. Siempre supe que era una puta.
No dije nada. Solo conduje. Escuchando los sonidos húmedos, los gemidos de Mariana, los gruñidos de Carlos.
Llegamos a casa. Aparqué en el garaje. Ellos no esperaron. Salieron del coche todavía fajando. Carlos la cargó en brazos. La llevó directo al dormitorio. A nuestra cama matrimonial.
Yo los seguí. Me quedé en la puerta. Mirando.
Carlos la tiró en la cama. Le quitó el top. Le bajó los leggings. Le arrancó la tanga. Le abrió las piernas. Se quitó la ropa. Su verga salió rebotando dura, gorda, venosa. Mucho más grande que la mía. Mariana la miró. Tragó saliva. Se mordió los labios.
Carlos se subió encima de ella. La besó con fuerza. Le agarró las tetas. Las apretó. Ella gimió alto.
—Pídelo —ordenó él.
—Metémela ya, Carlos —suplicó ella—. Sin condón. Quiero sentirte dentro. Quiero que me llenes.
Carlos sonrió. La penetró de golpe. Ella gritó. Un grito de placer y dolor al mismo tiempo. Embestió fuerte, sin piedad. La cama temblaba con cada golpe. Ella se agarraba a las sábanas, las uñas clavadas en la tela.
—Dime que eres mi puta —gruñó él.
—Soy tu puta, Carlos —gimió ella—. Fóllame como una zorra. Hazme tuya.
Él la giró, le dio una nalgada. Luego otra y otra. Sus nalgas se pusieron rojas. Ella empujaba hacia atrás, desesperada por más.
Mariana miró hacia la puerta. Me vio.
—Cornudo —dijo, sin dejar de gemir—. Ven aquí. Pídele por favor que me detone más duro.
El estómago se me contrajo. La vergüenza me quemó la cara. Pero la verga me latía tan fuerte que dolía.
Me acerqué. Me puse al lado de la cama.
—Por favor, Carlos —susurré—. Fóllate a mi esposa. Fóllala duro. Sin piedad.
Carlos sonrió. Embestió más fuerte. Mariana gritó de placer.
—Ahora esta puta es mía, cornudo —dijo Carlos—. Mientras le acomodaba el útero con su verga.
Él aceleró. Los golpes eran brutales. Ella se corrió gritando y gimiendo. No aguanté más. Saqué la verga y me corrí sobre su culo. Salpicando sus nalgas rojas.
Carlos salió despacio. Su leche goteó por las piernas de Mariana. Ella se quedó tendida en la cama, temblando, respirando agitada.
Carlos me miró.
—Buen chico —dijo—. Se notaba que eras un cornudo. Y aquí estás, mirando cómo lleno a tu esposa.
Mariana me miró. Con sus ojos llorosos.
—Alfredo… —susurró—. Gracias por dejar que me cogiera.
No dije nada. Solo me senté al borde de la cama. La abracé. Ella apoyó la cabeza en mi hombro.
—Alfredo… —exclamó—. ¿Puedes dormir esta noche en la sala?, quiero estar con él.
Y pensé: esto ya no tiene vuelta atrás. Carlos se la follará siempre que quiera. Y yo… yo lo dejaré.
Entré. El pasillo estaba oscuro. Solo la luz de emergencia azul tenue. Escuché voces bajas en el vestidor de hombres. La de Carlos, grave, segura. La de Mariana, suave, temblorosa, pero con un tono de deseo que me cortó la respiración. Me acerqué. No entré. Me quedé en la puerta.
Carlos estaba de pie en medio del vestidor. Camiseta ajustada, pants negros. Mariana estaba frente a él, todavía con el conjunto del gimnasio: leggings negros pegados, top corto gris empapado. El pelo suelto, húmedo.
Carlos le levantó la barbilla con dos dedos.
—Desde el primer día que te vi en mi gimnasio, supe que te cogería —dijo, voz baja, casi un gruñido—. Supe que tu marido no te daba lo que necesitas.
Mariana no respondió. Solo lo miró. Con los ojos brillantes, los labios entreabiertos.
Carlos sonrió. Una sonrisa fría, segura.
—Dime, ¿quieres que te coja?
Mariana tragó saliva. La voz le salió temblorosa. —Quiero que me cojas, Carlos. Que me folles igual que a una puta. Que me detones.
Él le dio una nalgada fuerte en el culo. El sonido seco resonó en el vestidor vacío. Ella jadeó, pero no se movió.
—Más fuerte —suplicó—. Quiero que me marques. Que me hagas tuya.
Otra nalgada. Más fuerte. Sus nalgas se pusieron rojas al instante. Ella gimió alto, apoyando las manos en el suelo para no caer.
Carlos la agarró del pelo. La levantó con fuerza. Me vieron los dos, en su cara se dibujó una sonrisa de complicidad.
—Vamos a tu casa —dijo—. Quiero follarte en la cama de tu marido. Quiero que él mire desde la puerta mientras te parto en dos.
Mariana asintió. Sin dejar de sonreír.
—Vamos, cornudo —dijo—. Que esta noche me follarán.
Salimos del gimnasio en silencio. Yo conducía. Carlos y Mariana en el asiento de atrás. Apenas arranqué, escuché el sonido de besos. Gemidos bajos. Mariana se subió encima de él. Le bajó los pantalones. Sacó su verga. La miró un segundo. Luego bajó la cabeza. Se la metió en la boca. Chupó despacio al principio. Lamiendo la punta, saboreando cada gota que salía. Carlos le agarró el pelo. La guió. Ella gemía con la boca llena, moviendo la cabeza arriba y abajo, tragándosela más profundo cada vez.
Yo miraba por el retrovisor. Veía su cabeza subir y bajar. Veía cómo Carlos la controlaba. Veía cómo ella se entregaba. Ella levantó la vista un segundo. Me vio mirando. Sonrió con la boca llena.
—Más profundo, zorra —gruñó Carlos—. Quiero que tu marido escuche cómo te la metes hasta la garganta. Que vea lo puta que eres.
Mariana obedeció. Gemía. Tosió un poco. Pero no paró. La verga de Carlos entraba y salía de su boca, brillante de saliva. Él le apretó las nalgas. Ella gimió más alto, chupando con furia, lamiendo las bolas cuando bajaba del todo.
—Escúchala, cornudo —dijo Carlos, mirándome por el retrovisor—. Escucha cómo tu esposa me la mama. Siempre supe que era una puta.
No dije nada. Solo conduje. Escuchando los sonidos húmedos, los gemidos de Mariana, los gruñidos de Carlos.
Llegamos a casa. Aparqué en el garaje. Ellos no esperaron. Salieron del coche todavía fajando. Carlos la cargó en brazos. La llevó directo al dormitorio. A nuestra cama matrimonial.
Yo los seguí. Me quedé en la puerta. Mirando.
Carlos la tiró en la cama. Le quitó el top. Le bajó los leggings. Le arrancó la tanga. Le abrió las piernas. Se quitó la ropa. Su verga salió rebotando dura, gorda, venosa. Mucho más grande que la mía. Mariana la miró. Tragó saliva. Se mordió los labios.
Carlos se subió encima de ella. La besó con fuerza. Le agarró las tetas. Las apretó. Ella gimió alto.
—Pídelo —ordenó él.
—Metémela ya, Carlos —suplicó ella—. Sin condón. Quiero sentirte dentro. Quiero que me llenes.
Carlos sonrió. La penetró de golpe. Ella gritó. Un grito de placer y dolor al mismo tiempo. Embestió fuerte, sin piedad. La cama temblaba con cada golpe. Ella se agarraba a las sábanas, las uñas clavadas en la tela.
—Dime que eres mi puta —gruñó él.
—Soy tu puta, Carlos —gimió ella—. Fóllame como una zorra. Hazme tuya.
Él la giró, le dio una nalgada. Luego otra y otra. Sus nalgas se pusieron rojas. Ella empujaba hacia atrás, desesperada por más.
Mariana miró hacia la puerta. Me vio.
—Cornudo —dijo, sin dejar de gemir—. Ven aquí. Pídele por favor que me detone más duro.
El estómago se me contrajo. La vergüenza me quemó la cara. Pero la verga me latía tan fuerte que dolía.
Me acerqué. Me puse al lado de la cama.
—Por favor, Carlos —susurré—. Fóllate a mi esposa. Fóllala duro. Sin piedad.
Carlos sonrió. Embestió más fuerte. Mariana gritó de placer.
—Ahora esta puta es mía, cornudo —dijo Carlos—. Mientras le acomodaba el útero con su verga.
Él aceleró. Los golpes eran brutales. Ella se corrió gritando y gimiendo. No aguanté más. Saqué la verga y me corrí sobre su culo. Salpicando sus nalgas rojas.
Carlos salió despacio. Su leche goteó por las piernas de Mariana. Ella se quedó tendida en la cama, temblando, respirando agitada.
Carlos me miró.
—Buen chico —dijo—. Se notaba que eras un cornudo. Y aquí estás, mirando cómo lleno a tu esposa.
Mariana me miró. Con sus ojos llorosos.
—Alfredo… —susurró—. Gracias por dejar que me cogiera.
No dije nada. Solo me senté al borde de la cama. La abracé. Ella apoyó la cabeza en mi hombro.
—Alfredo… —exclamó—. ¿Puedes dormir esta noche en la sala?, quiero estar con él.
Y pensé: esto ya no tiene vuelta atrás. Carlos se la follará siempre que quiera. Y yo… yo lo dejaré.
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