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El Entrenador... (parte 1/4)

Hola, queridos lectores.
Les presento una nueva serie compuesta por cuatro capítulos.
Espero sinceramente que la disfruten tanto como yo al escribirla.
Gracias por acompañarme una vez más.


Después de nueve años de matrimonio, la rutina nos había atrapado como una red invisible. A los 37, yo seguía siendo el gerente que llegaba tarde a casa con la cabeza llena de números y reuniones interminables. Mido alrededor de 1.75, ni alto ni bajo, con un cuerpo normal que el estrés del trabajo ha mantenido en forma básica, nada espectacular. Mi peinado es natural y llevo una barba arreglada, recortada cada semana para dar esa imagen profesional y confiable. Mariana, mi esposa, es la misma mujer hermosa y dedicada que siempre ha sido: ama de casa, cocinera excepcional, devota en su fe católica, con sus amigas del grupo de oración y sus cenas perfectas los domingos. Externamente, todo era impecable: su piel blanca como porcelana, cabello ondulado y negro que le cae hasta los hombros en ondas suaves, ojos grandes y expresivos que parecen leer tu alma, un buen cuerpo curvilíneo con tetas firmes y redondas que siempre me han vuelto loco, y un culo espectacular, redondo y alto, de esos que hacen que los hombres giren la cabeza sin disimulo. Pero en la intimidad… el sexo se había vuelto mecánico. Besos rápidos, misionero sin variaciones, orgasmos silenciosos y luego cada uno a su lado de la cama. No había pasión, no había fuego. Ninguno lo decía en voz alta, pero ambos lo sentíamos: la chispa se estaba apagando.

Una noche, después de una cena ligera que Mariana preparó con su habitual cariño —pollo al horno con hierbas frescas, que solo ella sabe equilibrar tan bien—, me miró con esos ojos grandes y tímidos que siempre me han derretido. Estábamos en la sala, donde solemos sentarnos después de comer, bajo la luz cálida de la lámpara de pie.

—Alfredo, ¿y si hacemos algo para cambiar? —dijo mientras recogía los platos, su voz suave pero con un toque de preocupación—. Algo juntos. No sé… salir más, movernos. Me siento… estancada.

Yo asentí, sintiendo un nudo en el estómago. Sabía que no era solo físico. Era la monotonía de los años, el estrés del trabajo, las responsabilidades. Y en el fondo, una parte de mí se preguntaba si aún la deseaba como antes. O si ella me deseaba a mí.

Al día siguiente, buscando en internet desde mi oficina —con el aroma a café negro de la máquina aún en el aire—, encontramos un gimnasio: un lugar premium, con máquinas de última generación en colores plateados y negros, piscina climatizada de agua azul turquesa, y entrenadores personales que prometían resultados rápidos. Clase media alta, justo nuestro estilo. Nos inscribimos esa misma semana. “Será bueno para los dos”, dijimos. “Reviviremos la energía”.

La primera visita fue un sábado por la mañana. El lugar olía a limpio, a desinfectante con toques cítricos mezclado con goma nueva y sudor fresco de las primeras clases. Nos recibió una chica en recepción, vestida con un top deportivo negro y leggings grises, que nos dio un tour rápido: las máquinas de cardio alineadas como soldados plateados, las pesas libres en un área con espejos del piso al techo que multiplicaban todo, y la zona de clases grupales con colchonetas azules apiladas.

Luego apareció él: Carlos, nuestro entrenador asignado para la evaluación inicial.

Carlos tenía unos 25 años, máximo 27. Alto como de 1.85, hombros anchos y musculosos que se marcaban bajo la camiseta ajustada negra del gym con el logo blanco, brazos definidos con venas visibles y tatuajes discretos en los antebrazos. Pelo corto y negro, barba bien recortada que le daba un aire rudo pero cuidado, ojos cafés oscuros que te miran directo, con una sonrisa de esas que saben que funcionan, dientes blancos y perfectos. El típico fuckboy de gimnasio: confiado, coqueto sin esfuerzo, con esa energía que hace que las mujeres giren la cabeza.

—Bienvenidos —dijo extendiendo la mano, su voz grave y segura—. Soy Carlos, voy a ser su entrenador. Vamos a evaluar su nivel y armar un plan personalizado.

Mariana le dio la mano con timidez, sonrojándose un poco. Yo noté cómo sus ojos bajaron rápido a su pecho ancho y luego volvieron a su cara. Carlos la miró un segundo más de lo necesario, sus ojos deteniéndose en su figura: el top holgado gris que cubría sus tetas firmes pero dejaba ver el escote sutil, y los leggings negros que abrazaban su culo espectacular, redondo y alto.

—Mariana, ¿verdad? Tienes muy buena base —dijo él, su voz con un toque juguetón—. Se nota que cuidas tu alimentación. Y tú, Alfredo, se ve que estás fuerte, pero hay que trabajar algo de movilidad.

La evaluación fue profesional, pero con chispas sutiles. Carlos nos midió en una sala privada con paredes blancas y un espejo grande. Nos puso en la cinta de correr, y luego nos hizo sentadillas básicas en el área de pesas libres, con el olor a metal y sudor leve flotando alrededor.

Cuando corrigió la postura de Mariana —sus manos grandes y callosas en sus caderas para que bajara más el culo—, sentí un pinchazo extraño en el estómago. Sus dedos se hundieron ligeramente en la tela de los leggings, ajustando su posición, y el culo de Mariana se arqueó perfecto, redondo y firme, como dos melones maduros bajo la tela negra ajustada. No era rabia. Era… algo más. Celos mezclados con una erección sutil que me tomó por sorpresa, mi verga endureciéndose un poco en mis shorts grises.

—Así, empuja las caderas hacia atrás —le dijo él, su voz grave y calmada, sus manos firmes en su piel blanca expuesta por el top subido un poco—. Siente cómo se activa el glúteo. Muy bien… tienes un cuerpo perfecto para squats, Mariana.

Mariana se puso roja como tomate. “Gracias”, murmuró, su voz suave y tímida, como siempre cuando alguien la elogia. Yo me quedé mirando desde el espejo, viendo cómo sus tetas firmes subían y bajaban con la respiración acelerada, el escote del top gris dejando ver la curva superior, rosada por el esfuerzo.

Terminamos la sesión con un plan básico: tres días por semana, cardio en las máquinas y fuerza con pesas libres. Carlos nos dio su WhatsApp “por si necesitan ajustar horarios o dudas”, su número apareciendo en la pantalla de mi teléfono como un contacto nuevo. Mariana lo guardó con dedos temblorosos en su celular, mordiéndose el labio inferior.

En el auto de regreso, el silencio era pesado, el olor a sudor fresco nuestro mezclado con el ambientador de vainilla del carro. Finalmente, ella habló, su voz suave.

—Parecía buena persona… muy profesional. Me hizo sentir cómoda, aunque un poco nerviosa con las correcciones.

—Sí —respondí, mi mano en el volante, sintiendo aún la erección latente—. Y sabe lo que hace. Te vio bien… ese culo tuyo es espectacular.
Ella rio tímida, cruzando las piernas en el asiento de cuero.

Llegamos a casa, Mariana se fue directo a la ducha. Yo me quedé en la sala, el sillón de cuero oscuro donde solemos sentarnos, con la alfombra suave bajo mis pies descalzos. Mi verga media dura recordando las manos de Carlos en las caderas de mi esposa, el modo en que su culo se arqueaba, redondo y alto, la tela negra tensándose sobre él.

Cuando salió de la ducha, envuelta en una toalla blanca, su cabello goteando agua sobre sus hombros, la besé con más hambre de la habitual. Ella se sorprendió, sus ojos grandes abriéndose, pero respondió, sus labios suaves y húmedos contra los míos. La llevé al sofá, el cuero crujiendo bajo nuestro peso, y le quité la toalla despacio, revelando su cuerpo: tetas firmes y redondas, pezones rosados endureciéndose al aire fresco de la sala, vientre plano con una ligera curva femenina, y ese culo espectacular que se veía perfecto cuando la giré.

—Mariana… estás tan rica hoy —murmuré, con mis manos en sus tetas, amasándolas suave, sintiendo su peso pesado y cálido.

Ella gimió bajito, su voz tímida: “Alfredo… ¿qué te pasa? Estás… diferente”.

La puse a cuatro patas en el sofá, su culo apuntando al techo, redondo y blanco, las nalgas separadas ligeramente mostrando el pliegue rosado de su concha. El olor a jabón de vainilla de su ducha se mezclaba con el aroma natural de su excitación, dulce y almizclado. Le bajé las manos por la espalda, sintiendo su piel suave, y posicioné mi polla en su entrada, frotándola despacio contra sus labios mojados.

—Ufff… Alfredo… métela ya… —suplicó ella, arqueando más el culo, sus tetas colgando y rebotando con el movimiento, sus pezones rozando el cuero del sofá.

La penetré despacio al principio, sintiendo cómo su concha caliente y húmeda me envolvía, resbaladiza por los jugos que empezaban a chorrear. El chapoteo suave llenaba la sala, mezclado con nuestros gemidos. Embistí con fuerza, agarrando sus caderas como Carlos lo había hecho, mis dedos hundiéndose en su carne blanca, dejando marcas rosadas.

—Así… cógeme duro… —gimió ella, su cabello cayendo sobre su cara y sus ojos cerrados de placer.

La cogí más rápido, mis huevos golpeando contra su concha, el olor a sexo subiendo fuerte, sudor mezclado con jabón. Su culo rebotaba con cada embestida, redondo y perfecto, las nalgas temblando. Le di una nalgada ligera, el sonido seco resonando, y ella gritó de placer: “¡Sí… más!”. Sus tetas se mecían adelante y atrás, sus pezones duros rozando el sofá.

—Estás tan mojada… ¿fue por Carlos? ¿Por cómo te tocó? —pregunté, mi voz ronca, fantaseando.

Ella dudó, pero gimió: “Tal vez… se sintió… intenso. Pero eres tú quien me coge ahora… ¡más profundo!”.

La volteé, poniéndola boca arriba en el sofá, sus tetas extendidas sobre su pecho, sus pezones apuntando al techo blanco. Le abrí las piernas, su concha rosada y abierta chorreando jugos transparentes sobre la alfombra. Me metí de nuevo, embistiendo profundo, el chapoteo más fuerte, oliendo su excitación dulce. Sus ojos grandes me miraban, vidriosos: “¡Dios… me vas a hacer correrme!”. Aceleré, sintiendo su concha apretarme, y me corrí dentro de ella con un gruñido, chorros calientes llenándola, mientras ella temblaba, corriéndose también, sus uñas en mi espalda, el sudor perlando su piel.

Fue el mejor polvo en meses. Quedamos jadeando en el sofá, el cuero pegajoso por el sudor, el olor a sexo colgando en el aire.

Después, acostados en la cama de la recámara —con el espejo del clóset reflejando nuestros cuerpos desnudos—, Mariana revisó su teléfono y soltó una risita nerviosa.

—Es Génesis… mi mejor amiga de siempre. Me mandó un audio. Es la que siempre anda en aventuras locas, ya sabes, la que no tiene filtro.

Puso el altavoz. La voz alegre y sin vergüenza de Génesis llenó la habitación, con ese acento juguetón que siempre tiene.

“¡Mari! Ayer me cogí a un colombiano que conocí en el bar del centro. Alto como de 1.90, musculoso, una verga así de gruesa y larga… me la metió por detrás en el baño del lugar, me dejó el culo rojo y temblando toda la noche. Te juro que nunca había sentido algo tan salvaje, con un extranjero dotado así. ¿Cuándo te animas a venir conmigo? Hay unos tipos espectaculares por aquí, te harían olvidar la rutina…”

Mariana apagó rápido, sonrojada, sus ojos grandes mirando al techo.

—Ay, Dios… siempre con sus locuras. Génesis es así desde la universidad, no para.

Yo sonreí, sintiendo la verga moverse de nuevo bajo las sábanas.

—Suena intenso… deberías ir con ella un día. A ver qué pasa.

Mariana me miró, entre divertida y nerviosa, su cabello extendido en la almohada.

—Tal vez lo haga… pero no sé. Suena demasiado salvaje para mí… aunque, no miento, me pone un poco pensarlo.

La besé, y esa noche volvimos a coger. Más lento, más profundo, en la recámara, el espejo reflejando su culo espectacular cuando la puse de lado, sus tetas rebotando con cada embestida, el olor a vainilla de su crema corporal mezclado con nuestro sudor. Pensando en Carlos. Pensando en lo que Génesis contaba.

Al día siguiente, Mariana fue sola al gym por primera vez. Regresó con las mejillas coloradas y una sonrisa tímida, su top gris pegado por el sudor, sus tetas marcadas y su culo espectacular tensando los leggings.

—Carlos me ayudó con las sentadillas. Dijo que tengo potencial… que mi cuerpo responde muy bien. Me corrigió la postura un par de veces.
Yo sentí el pinchazo otra vez. Pero esta vez, también sentí la excitación crecer, mi verga endureciéndose solo con imaginarlo.

—Qué bien —dije, abrazándola, oliendo su sudor fresco —. Sigue yendo. Me gusta verte motivada… y excitada.

Y en el fondo, sabía que esto apenas empezaba.

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