
Sandra no podía quitarse la duda de la cabeza. La imagen del vecino caminando raro era demasiado sospechosa.
—Necesito salir de esta intriga… —se dijo al espejo, pintándose los labios de rojo pasión—. Hoy voy a visitarlo, como amiga… y voy a descubrir la verdad.
Tocó la puerta y él, sorprendido, abrió con gesto incómodo, todavía resentido de su “accidente heroico”.
—Hola vecino —dijo ella con una sonrisa pícara—. Vine a ver cómo estabas… se te veía raro ayer.
Él tragó saliva, tratando de mantener la compostura.
—Estoy bien… solo me lastimé un poco entrenando en el gimnasio.
Sandra se sentó en el sofá, cruzó las piernas despacio, dejando ver un poco de encaje negro bajo su falda.
—Mirá… yo pensaba que entre nosotros podía pasar algo. Quiero darte una oportunidad.
Los ojos de él se abrieron como platos; su pija reaccionó de inmediato bajo el pantalón.
—Me encantaría, Sandra, pero… ahora no puedo. Estoy lesionado.
Ella, en lugar de decepcionarse, sonrió más aún. Abrió su cartera y sacó un pequeño frasco de aceite.
—Justo traje algo para eso. Aceite caliente. Relaja, alivia… y sirve para otras cositas.
Él no pudo resistir más. Se bajó el pantalón, revelando su pene semi-erecto, marcado todavía por la torcedura de la noche anterior. Sandra lo miró, abrió la boca con un gemido excitado y dijo:
—¡Lo sabía! Ese tamaño… esa forma… ¡Eres Fornikeitor!
Él suspiró, bajando la cabeza.
—Sí, Sandra… soy yo. Pero tenés que prometer que nadie sabrá mi secreto.
Ella lo acarició con suavidad, untando el aceite en sus manos calientes, masajeando su pija con ternura y picardía.
—Tranquilo, héroe… tu identidad está segura conmigo. Pero tenemos que ver si tu herramienta sigue lista para la acción.
Se levantó, dejó caer la falda y la blusa al suelo, mostrando un cuerpo salvaje en lencería. Luego se desnudó completamente, lo empujó hacia el sofá y comenzó a chuparlo, lenta y suavemente, como si el aceite y su lengua fueran el mejor remedio.
Él gemía, sintiendo cómo su erección volvía a la vida con cada lamida.
—Ya está duro otra vez… —murmuró Sandra, lamiéndose los labios—. Te lo voy a montar con cuidado.

Se subió encima de él despacio, clavándose la pija en la concha con un gemido profundo. Movía las caderas con ritmo sensual, sin violencia, acariciando su pecho y besandolo.
—Así… despacito, para que no te lastimes… pero igual vas a gozar como nunca.
Él la agarraba de las caderas, jadeando, le chupaba las tetas, mientras ella lo cabalgaba suave, húmeda, salvaje en sus ojos pero tierna en sus movimientos.
—Sandra… eres única… —murmuró él, entregado, dejando que el placer lo curara más rápido que cualquier medicina.
La mañana entraba tibia por la ventana cuando Fornikeitor abrió los ojos. A su lado, desnuda bajo las sábanas, estaba Sandra, con una sonrisa traviesa. Su mano ya jugaba con su pija, acariciándolo hasta endurecerlo.
—Buen día, héroe… —susurró con voz ronca—. Parece que ya sanaste por completo.
Él dejó escapar un gruñido, cerrando los ojos por un segundo al sentir cómo la sangre llenaba su pija.
—Ya no siento dolor… parece que sí, Sandra. Pero debo comprobarlo.
La tomó con fuerza, la puso debajo de él y la penetró de golpe. Sandra gritó de placer, enroscando las piernas en su cintura mientras él bombeaba su concha con potencia renovada.

—¡Ahhh, sí! ¡Ese es mi héroe! —jadeaba, arañándole la espalda.
Fornikeitor la giró, la puso en cuatro y, con un empujón certero, la penetró por el culo. Ella lanzó un grito ahogado, apretando los dientes, pero enseguida comenzó a mover las caderas, recibiéndolo con lujuria.
—¡Dios, Fornikeitor! ¡Así…! —gritaba con lágrimas de placer en los ojos.
Él la embistió sin piedad hasta que, con un rugido, salió y le acabó en las tetas, cubriéndola con su leche caliente. Cayó sobre la cama jadeando, con una sonrisa de triunfo.

—He vuelto —dijo feliz, acomodándose a su lado.
Sandra, con los dedos mojados en semen, se los llevó a la boca lentamente, lamiéndolos con deseo. Lo miró con los ojos encendidos y, por primera vez, con cierta ternura.
—Quedate conmigo… —le pidió en un susurro—. Ya no quiero que seas el héroe del barrio. Quiero que seas mi héroe, solo mío.
Él la besó despacio, sintiendo la dulzura de la petición, pero al separarse habló con voz grave y firme:
—Sandra… mi deber no termina aquí. Hay otras mujeres, abandonadas como vos, que me necesitan. Yo debo estar para todas.
Ella lo miró con furia y deseo mezclados, consciente de que compartirlo con otras la volvería loca. Pero en su interior sabía que Fornikeitor no era un hombre común: era un héroe con una misión… y eso la excitaba todavía más.
Sandra había aceptado la verdad: Fornikeitor era un héroe para todas. Antes de irse aquella mañana, lo besó y le dijo al oído:
—Está bien… sé que es tu deber. Yo seré una más.
Esa noche, el llamado fue doble. Dos tangas iguales colgando del mismo balcón, señal de que las dueñas eran hermanas. Fornikeitor no se hizo esperar. Subió por el edificio y, al entrar, lo recibieron dos mujeres con cuerpos ardientes, ansiosas y húmedas.

—Queremos comprobar si de verdad sos un superhéroe… —dijo una.
—Pero para las dos al mismo tiempo —agregó la otra, bajándole el traje.
Y él cumplió su deber: primero a una en la cama, lamiéndola y cogiendola hasta hacerla gritar, mientras la otra se sentaba en su cara. Después intercambiaron posiciones, y finalmente las tuvo a las dos desnudas, sudadas y satisfechas.
—Misión cumplida —dijo, besándolas, mientras acomodaba su máscara para marcharse.

Pero antes de llegar a la ventana, un silbido metálico llenó la habitación. ¡ZAS! Una red cayó sobre él, atrapándolo.
—¿Qué carajos…?
De la sombra aparecieron dos hombres fornidos, con los puños apretados y mirada asesina.
—¡Por fin te tenemos, desgraciado! —rugió uno de ellos.
—Nos cogiste a las esposas, ¡y ahora pagarás! —añadió el otro.
Lo amarraron a una silla, apretando cuerdas sobre sus brazos y piernas. Fornikeitor forcejeó, pero no podía liberarse.
—Te vamos a quitar la máscara y entregarte a la policía. Nadie se burla de nosotros…
Cuando uno de ellos estiró la mano hacia la máscara, la puerta se abrió de golpe. Una silueta femenina irrumpió en la habitación: Sandra, con un antifaz dorado, botas altas y ropa de cuero ajustada que marcaba cada curva de su cuerpo.
—¡Alto ahí! —gritó con voz firme—. Si quieren a Fornikeitor… tendrán que pasar por mí.
—¿Y vos quién carajos sos? —escupió uno de los maridos.
Sandra sonrió, sacando un látigo de su cinturón.
—Soy La Fornikadora, su ayudante.
Se arrodilló frente a ellos sin previo aviso, y antes de que pudieran reaccionar, se bajó los pantalones. Con la boca comenzó a chupar la pija de uno, mientras con la mano pajeaba al otro. Los dos quedaron tensos, temblando, incapaces de resistirse.

—¿Qué haces? —jadeó uno, pero su cuerpo lo traicionaba.
Sandra se giró, levantó el culo y los dejó penetrarla a la vez: uno por la concha, el otro por el culo. Gemía salvaje, retorciéndose de placer, mientras los maridos creían que la dominaban, sin notar que era ella la que los estaba devorando con su sexo insaciable.
Los embistió sin piedad, haciéndolos acabar rápido, agotados, desplomándose en el suelo como muñecos.
—Patéticos… —dijo Sandra, subiendo la cremallera de su traje de cuero—. Son débiles, no pueden con una Fornikadora.
Corrió hacia Fornikeitor, cortó las cuerdas y lo liberó. Él, todavía impactado, la miró de arriba abajo, excitado por esa faceta nueva.
—Sandra… ¿qué hiciste?
Ella lo besó con furia, apretando su cuerpo contra el de él.
—Te salvé. Porque sos mi héroe… y ahora yo soy tu heroína.
Fornikeitor sonrió bajo la máscara, tocando el látigo que ella llevaba colgado.
—Bienvenida a la liga, Fornikadora.
Y juntos desaparecieron en la noche, dejando atrás a dos maridos humillados y a dos hermanas jadeando todavía en la cama.

De regreso al escondite secreto, Sandra todavía tenía la adrenalina corriéndole por las venas. Se quitó el antifaz y lo miró con esos ojos ardientes que no dejaban dudas.
—¿Qué tal, héroe? —le susurró, rozándole el pecho—. ¿Te gustaría que fuera tu secuaz, tu ayudante…? Podría cubrirte la espalda con los maridos celosos, y hasta compartir contigo algunos tríos.
Fornikeitor la observó en silencio unos segundos. La idea lo calentaba más de lo que quería admitir, pero frunció el ceño con fingida seriedad.
—Me encanta la idea… —dijo al fin—. Pero no te emociones, Fornikadora, tuviste suerte con esos dos… eran pijas cortas, fáciles de agotar. Para ser mi ayudante de verdad, vas a tener que pasar la prueba de resistencia.
Ella arqueó una ceja, mordiéndose el labio.
—¿Y en qué consiste?
Él se quitó la máscara y el disfraz, mostrando su cuerpo desnudo y la pija erecta.
—En aguantarme a mí.
Sandra se desvistió sin miedo, quedando con el cuero brillando en el suelo, y se arrodilló frente a él.
—Entonces dame esa prueba ya mismo.
Le tomó la pija con las dos manos y comenzó a mamarlo con ansias, profunda y húmeda, haciéndolo gruñir. Fornikeitor le sostuvo la cabeza y se lo metió más, probando su resistencia.
—Bien… veo que tenés pulmones para esto… —jadeó, mientras la hacía tragárselo entero.
Cuando ya estaba bien duro, la levantó y la montó de espaldas contra la pared. La penetró con fuerza, entrando y saliendo hasta arrancarle gemidos que retumbaban en la habitación.
—¡Sí, así…! —gritaba ella, arqueando la espalda.
Pero la prueba no había terminado. Fornikeitor la inclinó, escupiéndose en la mano y guiando su pija hacia su culo.
—Veamos si podés con esto, Fornikadora…
Ella abrió los labios, jadeante, y se dejó invadir. Soltó un grito que se volvió un gemido ronco, mientras él la embestía salvaje.
—¡Aguanta… demuéstrame que sos mi secuaz!
Sandra resistió, sudando, mordiéndose los labios y moviendo las caderas para empalarse más hondo. Cuando él la soltó, fue ella la que se subió encima, cabalgándo su pija con una mezcla de furia y placer, hasta que los dos estaban a punto de estallar.

Fornikeitor la sujetó fuerte, descargandosd en sus tetas mientras ella gemía con los ojos brillantes.
Él la miró, jadeando, con una sonrisa satisfecha.
—Fornikadora… ahora sí. Sos mi ayudante… y mi refugio.
Ella se lamió los dedos manchados, con una sonrisa pícara.
—Entonces, héroe… que empiece la verdadera misión.

Esa noche, una señal distinta ondeaba en el barrio: no una, sino dos tangas cruzadas en el mismo balcón. Fornikeitor y Fornikadora se miraron, sabían que era un llamado especial.
—Parece que alguien necesita un milagro doble —dijo él ajustándose la máscara.
—O una buena sacudida matrimonial —rió Sandra, ya convertida oficialmente en Fornikadora.
Al llegar, encontraron a un matrimonio en la cama, desnudos pero aburridos, cada uno mirando para un lado. La rutina los había apagado.
—Tranquilos, ciudadanos —dijo Fornikeitor con voz solemne—, hemos venido a devolverles el fuego.
Él tomó a la esposa y la besó, haciéndola gemir al instante, mientras Fornikadora se subía al marido, cabalgándolo con movimientos salvajes que lo hicieron recordar lo que era gritar de placer. En cuestión de minutos, la habitación era un concierto de gemidos, jadeos y sudor.
—¡Esto… esto es lo que faltaba! —gimió la esposa, montando a Fornikeitor con desenfreno.
—¡Dios mío, Fornikadora! ¡Así nunca lo había sentido! —rugía el marido, embistiéndola por atrás.

Era un caos delicioso: intercambios, risas, clímax uno tras otro. Cuando terminaron, los cuatro cayeron agotados en la cama, los esposos abrazados y agradecidos, rejuvenecidos como si tuvieran años menos.
Fornikeitor y Fornikadora se vistieron en silencio y regresaron al escondite. Esta vez, al quitarse las máscaras, ya no había secretos. El deseo los consumía sin disfraces, solo ellos dos. Se besaron con locura, se desnudaron de golpe y se tomaron como animales sobre la mesa, en el suelo, contra la pared.
Ella gemía su nombre real, él la poseía sin reservas. Orgasmos encadenados, sudor, piel contra piel… ya no eran héroes, eran amantes desatados.
Al final, exhaustos y abrazados, Fornikeitor levantó la vista al techo, jadeando todavía, y murmuró con ironía solemne:
—Por fin… la justicia, la paz y la igualdad… prevalecen en el barrio.
Forikadora rió entre sus brazos, dándole un beso.
—Y en nuestra cama también.


0 comentarios - 210/2📑Fornikeitor - Parte 2