You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

210/1📑Fornikeitor - Parte 1

210/1📑Fornikeitor - Parte 1

En la ciudad había héroes de todo tipo: el que atrapaba ladrones, el que salvaba gatitos, el que organizaba ferias solidarias. Pero había un héroe que no aparecía en los noticieros ni en los cómics. Un hombre misterioso, enmascarado, musculoso y… dotado.

Lo conocían como Fornikeitor, el superhéroe anónimo que no luchaba por la justicia ni por la paz mundial. Su misión era otra: satisfacer a las mujeres del barrio que no eran bien atendidas por sus maridos.

Su señal era simple y eficaz: si una mujer necesitaba de sus servicios, colgaba una tanga en la ventana. Rojo, negro, encaje o algodón; para él todas eran un llamado irresistible.

Esa noche, mientras rondaba en silencio por las calles oscuras, Fornikeitor vio la señal: un hilo dental color fucsia flameando en el tercer piso de un edificio.

—Otra alma en desgracia… —dijo con voz profunda, ajustándose la máscara y tocando su entrepierna como quien verifica el arma antes de la batalla.

Trepar paredes era su especialidad (aunque más de una vez los vecinos lo habían confundido con un ladrón). Cuando llegó al balcón, lo esperaba una rubia en bata, nerviosa, mordiendo un cigarro apagado.

—¿Usted es… él? —preguntó en un susurro, temblando de excitación.

—Soy Fornikeitor… —contestó él, abriendo la bata con un solo movimiento—. Y vengo a salvarte del abandono conyugal.

Ella lo miró, boquiabierta, cuando aquel “superpoder” salió a relucir, erecto y desafiante.

puta


—¡Dios mío! ¡Con razón las vecinas hablan tanto de vos!

Sin perder tiempo, Fornikeitor la cargó en brazos y la llevó hasta el sofá. Allí la desnudó como si quitara el envoltorio de un regalo urgente, la besó en el cuello y bajó hasta sus tetas, chupando con fuerza mientras ella gemía.

El héroe bajó todavía más, besándole la concha hasta que la mujer se retorcía como una gata en celo. Luego, sin más preámbulos, la penetró con una embestida tan profunda que ella gritó su nombre como si lo invocara.

Parodia


—¡Fornikeitor! ¡Sos mejor que el delivery!

Él sonrió bajo la máscara. La montó una y otra vez, variando posiciones como si fueran técnicas secretas: El Vuelo del Murciélago, El Tornado del Dragón y su especialidad, El Martillazo Final.

Cuando ella pensaba que no podía más, él la giró y le metió la pija en el culo, haciéndola gritar de placer descontrolado.

—¿Estás satisfecha, ciudadana? —preguntó con solemnidad, mientras acababa sobre sus tetas, marcando su sello heroico.

Ella apenas pudo asentir, agotada, con el cuerpo temblando y la sonrisa feliz de quien había recibido justicia carnal.

Fornikeitor se levantó, ajustó su máscara, y antes de irse dijo con voz grave:

—Cuando lo necesites otra vez… colgá la tanga. Yo siempre respondo al llamado.

Y desapareció en la noche, con la pija aún palpitante, dejando a su paso un barrio cada vez más feliz.

putita


La noche estaba húmeda, y Fornikeitor patrullaba como siempre, buscando tangas colgadas al viento. De pronto, vio una prenda diferente: un culote de encaje negro y elegante, flameando en el balcón de un departamento en la esquina.

—Mmm… eso huele a experiencia —dijo en voz grave, sonriendo debajo de la máscara.

Subió ágilmente y al asomarse encontró a Verónica, una mujer madura, de curvas generosas, que lo esperaba con una copa de vino en la mano.

—¿Usted es… el Fornikeitor? —dijo con voz ronca y sensual—. No sé si hago bien en llamarlo, pero me siento tan sola últimamente…

—La soledad es mi enemiga —contestó Fornikeitor, cerrando la puerta detrás de él—. Déjame luchar contra ella en tu cuerpo.

Ella se mordió el labio, bajó la copa, y se abrió la bata: un conjunto de lencería negra que resaltaba sus tetas firmes y el culo redondo que cualquier vecino soñaría ver.

Fornikeitor no esperó más. Se acercó, la besó con una pasión voraz, y con sus manos grandes la agarró fuerte de las nalgas. Verónica gimió, pegando su cuerpo maduro al de él, sintiendo cómo ese “superpoder” crecía entre sus muslos.

—¡Santo cielo…! —susurró, acariciándole la pija dura—. Con razón todas hablan de usted…

El héroe la cargó en brazos y la dejó sobre la mesa del comedor, apartando platos y copas sin piedad. Le bajó la tanga de encaje y comenzó a lamerle la concha con furia, haciéndola retorcerse y golpear la mesa con la palma abierta.

—¡Así, Fornikeitor! ¡Dame lo que me niegan!

pija grande


Con un gruñido, le metío la pija en la concha de golpe, hundiéndose hasta lo más hondo. Ella gritó, clavándole las uñas en la espalda. Él bombeaba con fuerza, marcando cada embestida como si estuviera escribiendo su nombre dentro de ella.

La puso en cuatro sobre la mesa, le dio nalgadas sonoras y la penetró todavía más profundo. Los gemidos de Verónica resonaban por todo el departamento, tanto que los vecinos bajaron el volumen de la tele para escuchar mejor.

—¡Sí, más! ¡Rómpeme entera! —suplicaba la milf, sudando, con el pelo revuelto y el maquillaje corrido.

Fornikeitor cambió de posición, se sentó en la silla y la hizo cabalgarlo. Ella subía y bajaba con fuerza, sus tetas rebotando en su cara, el se las chupaba, hasta que él la agarró de la cintura, la levantó y la dejó caer sobre su pija, metiendole en el culo.

—¡Ahhh! —gritó ella, con lágrimas de placer en los ojos—. ¡Nadie me lo había hecho así…!

Él la llenó de embestidas, hasta que con un gemido animal la bañó en su leche caliente, cubriéndole las tetas y el vientre.

Ella quedó jadeando, exhausta, con la bata en el suelo y la copa de vino aún intacta en la mesa.

Fornikeitor se levantó, acomodó su máscara y dijo solemne:

—Recuerda, Verónica… la soledad no existe cuando yo estoy cerca.

Y desapareció por la ventana, mientras ella sonreía satisfecha, pensando que esa había sido la mejor noche de su vida.

Relatos eroticos


Esa noche no fue una, ni dos, sino tres tangas colgadas en distintos balcones. Fornikeitor, enmascarado y con la pija palpitando bajo el traje, sonrió satisfecho.

—Parece que el barrio está hambriento hoy…

Pero había una que llamó más su atención: una tanga diminuta de leopardo, colgada en el balcón de una vecina que nunca había pedido sus servicios.

Subió ágil como siempre, y al entrar, se encontró con Sandra, una morena voluptuosa, ojos de fuego y una sonrisa pícara. No llevaba nada más que una bata abierta, dejando ver un cuerpo hecho para el pecado.

—Te esperaba, Fornikeitor —dijo con voz grave, arrodillándose frente a él—. Quiero probar si sos tan héroe como dicen.

Sin darle tiempo a hablar, le bajó el pantalón, sacó esa pija enorme y comenzó a mamarla con una ferocidad inhumana. La chupaba hasta la garganta, mirándolo con los ojos brillantes, mientras se pajeaba con la otra mano como una desesperada.

—¡Mierda! —gruñó Fornikeitor, tambaleándose por primera vez—. Esta mujer es un demonio…

Sandra no se detenía, lo tenía babeado, rojo y temblando, hasta que lo empujó contra el sofá y, sin preguntar, se montó encima de su pija, enterrándosela toda en su concha de un golpe.

relatos calientes


—¡Así, héroe! ¡Quiero que me partas en dos! —gritó cabalgando como una amazona salvaje, haciendo rebotar sus tetas enormes frente a su cara.

Él trató de dominarla, agarrándola de la cintura para marcar el ritmo, pero ella lo cabalgaba con una fuerza y un descontrol que lo dejaban sin aire. Gritaba, gemía, lo arañaba en el pecho y le mordía los labios mientras se lo cogía como si quisiera matarlo de placer.

Cuando sintió que estaba a punto de correrse, Sandra se bajó de golpe, lo puso de pie contra la pared y se agachó para volver a mamársela, tragándose la punta una y otra vez, hasta dejarlo temblando.

—Todavía no, Fornikeitor… —dijo relamiéndose—. Quiero más.

Se giró, se puso en cuatro en la alfombra, levantó ese culo perfecto y se lo ofreció. Él la penetró fuerte, bombeando con toda su potencia. Sandra gritaba, gozaba, se empujaba más hacia él.

Pero lo que realmente lo dejó impactado fue cuando, con voz ronca y desafiante, le dijo:

relatos porno


—Ahora dame por el culo, héroe… demostrá que podés con esta puta.

Fornikeitor tragó saliva, sudando bajo la máscara, pero obedeció. Le metió la pija en el culo y Sandra rugió de placer, moviéndose salvaje, apretando y soltando como si supiera exactamente cómo volverlo loco.

Él apenas podía sostenerse, jadeando, mientras ella lo cabalgaba al revés, empalada, gritando obscenidades y pidiendo más. Al final, explotó dentro de ella, derramando su semen como nunca antes, temblando de pies a cabeza.

Sandra, sudada, con el maquillaje corrido y una sonrisa diabólica, se tumbó encima de él, besándole la máscara.

—Ahora sí, Fornikeitor… me enamoraste. No quiero otro hombre en mi vida.

Y por primera vez en su carrera, el héroe sintió miedo: no de un villano, sino de una mujer tan insaciable que podía acabar con él.

—¿Qué me está pasando? —pensó jadeando—. Creo que encontré mi kriptonita…

superheroe


Desde aquella noche salvaje, Fornikeitor no podía dejar de pensar en Sandra. Era distinta a todas: feroz, insaciable, ardiente como el infierno. Cada vez que recordaba cómo lo había montado, su pija se ponía dura bajo el traje.

—Debo conquistarla también sin el disfraz… —se dijo frente al espejo—. Quiero que me desee como hombre, no solo como héroe.

Así que, durante el día, se presentó en la vida de Sandra como un simple vecino más. Con un jean, una remera sencilla y sin máscara, se ofreció a ayudarle con las bolsas del súper. Ella lo recibió amable, hasta lo invitó a tomar un café.

Él sonreía para sus adentros: si supieras que soy el mismo que te hizo gritar hace unas noches…

Pasaron los días y Fornikeitor —ya sin traje— se volvió cercano, atento, caballeroso. Le pidió una cita, la invitó al cine, le llevó flores.

Pero Sandra, cruzando las piernas con picardía, le dijo con voz firme:

—Mirá… sos simpático, me caés bien, pero mi corazón y mi cuerpo ya tienen dueño.

Él tragó saliva, fingiendo sorpresa.
—¿Dueño? ¿Quién?

Sandra se mordió el labio y con los ojos encendidos dijo:
—Mi superhéroe… Fornikeitor. Ese hombre enmascarado, con esa pija enorme… Solo pienso en él. A vos te puedo querer como amigo, pero solo él puede hacerme temblar.

El pobre héroe, detrás de su fachada de vecino, quedó mudo. Sintió un nudo en la garganta y salió de la casa con el alma en los pies.

—Soy un idiota… —murmuró caminando por la vereda, cabizbajo.

Pero de pronto se detuvo, miró al cielo y soltó una carcajada.

—¡Ja! Esta no sabe que somos la misma persona…

Y mientras en su pantalón crecía una erección solo de imaginarla, Fornikeitor entendió que con Sandra tendría que jugar un doble juego: el del vecino atento y el del héroe enmascarado.

Esa noche, mientras Sandra dejaba flamear otra tanga en el balcón, él se ajustó la máscara, sintió la sangre hervirle en las venas y dijo:

—Hora de darle lo que pide… Fornikeitor nunca falla.


Sandra había vuelto a colgar su tanga de leopardo en el balcón. Fornikeitor, en cuanto la vio, sintió el llamado en la sangre.

Entró por la ventana como siempre, imponente, con la máscara y la erección lista para la batalla. Ella lo esperaba con una sonrisa traviesa, en bata abierta y nada debajo.

—Te estaba esperando, héroe… —murmuró, arrodillándose para recibirlo.

Sin perder tiempo, le bajó el traje de golpe y envolvió su pija con su boca. Su lengua lo recorría de arriba abajo, mientras lo tragaba profundo hasta hacerlo gemir.

—¡Ahhh… Sandra! —gruñó él, agarrándole el pelo—. Sos una salvaje…

Ella lo empujó a una silla y se subió sobre él, clavándose su pija dura en la concha. Comenzó a cabalgarlo con fuerza, rebotando, gritando, moviendo las caderas con una energía brutal.

putas calientes


—¡Dámelo todo, Fornikeitor! —jadeaba, sudada y excitada.

Él, enceguecido de placer, la agarraba de las tetas y la mordía en el cuello, bombeando con ella.

Pero el destino jugó una mala pasada: la vieja silla de madera crujió bajo el vaivén salvaje y, de repente, ¡CRAC! se partió en dos.

Sandra cayó encima de él, y Fornikeitor soltó un grito ahogado.

—¡AAAAHHH! ¡La puta madre!

Se levantó a medias, sujetándose la entrepierna con dolor. La pija había quedado torcida en un ángulo nada heroico.

—¡Perdón, Fornikeitor! —exclamó Sandra, asustada, intentando ayudarlo—. ¡No pensé que la silla se iba a romper!

—Tranquila… necesito descansar… —dijo él con la voz tensa, sudando frío.

Ella, arrepentida y aún excitada, lo besó en el pecho antes de despedirse:
—Perdón, mi héroe… nos vemos pronto.

Él se quedó tendido, con la máscara puesta, maldiciendo la suerte.


Al día siguiente, en plena luz del sol, el “vecino” apareció en la calle caminando raro, con pasos cortos y un gesto de incomodidad evidente.

Sandra lo miró desde su ventana, arqueando una ceja.

—¿Y a este qué le pasó? —murmuró.

De pronto recordó el accidente de la noche anterior, la manera en que Fornikeitor se sujetaba la entrepierna con dolor… y la coincidencia la hizo sonreír de lado.

—Mmm… interesante… —susurró—. Creo que mi héroe y mi vecino tienen más en común de lo que él quiere que yo sepa.

Y así, por primera vez, Sandra empezó a sospechar la verdadera identidad de Fornikeitor.

210/1📑Fornikeitor - Parte 1

puta

Parodia

0 comentarios - 210/1📑Fornikeitor - Parte 1