Me encontré ante la decisión que podría redefinir nuestro matrimonio por completo. Mi esposa me extendía mi móvil con esa mirada que era puro fuego líquido: desafío mezclado con una sumisión que nunca le había visto, mientras mi dedo índice seguía clavado en su coño, aprisionado por la tela empapada de sus shorts y braguitas. Hacía solo unas semanas que nos habíamos mudado a este barrio residencial exclusivo, con sus chalets impecables, piscinas comunitarias relucientes y esas barbacoas de fin de semana donde los vecinos se desinhibían bajo el pretexto de "integrarse". Las tensiones habían escalado sutilmente: las miradas lascivas de Antonio en las fiestas del vecindario, sus comentarios velados sobre cómo el bikini de Ana "iluminaba" la piscina, las noches en que volvíamos a casa con el pulso acelerado, recordando cómo él le "rozaba" el muslo o la espalda en medio de las risas colectivas. Yo lo había alimentado todo con mis fantasías susurradas en la oscuridad de nuestra nueva cama, pero ahora era tangible, crudo. Si enviaba ese mensaje, cruzábamos un umbral irreversible en este barrio donde apenas empezábamos a plantar raíces.
Dudé, el corazón martilleándome el pecho como un tambor de guerra. En lo más profundo, lo ansiaba: presenciar cómo Antonio reclamaba lo que era mío, esa vorágine de celos ardientes y excitación que me tenía la polla dura como el acero, palpitando dolorosamente contra la cremallera. Pero sabía que esto podría fracturar algo en nosotros, en esta nueva vida vecinal donde las apariencias lo eran todo. Ana rompió mi trance agarrando mi muñeca con firmeza. Sacó mi dedo de su interior con un sonido obsceno, un chapoteo viscoso que resonó en el salón silencioso, y lo elevó entre nuestras caras. El olor invadió todo: su esencia íntima, almizclada y dulce, el aroma crudo de un coño en llamas por el morbo reprimido durante semanas.
—Alfredo, decide ya... haz lo que tu polla te dicte —susurró con voz ronca, y sin parpadear, se metió mi dedo en la boca hasta la base. Lo succionó con avidez, su lengua enrollándose alrededor como una serpiente, lamiendo cada gota de sus jugos con una lentitud torturadora que me hizo gemir. Nunca lo había hecho así, con esa hambre animal; era como si me estuviera suplicando que la empujara al abismo, pero que yo cargara con la culpa.
La cordura se evaporó. Ese calor húmedo, esa succión obscena, me recordó todas las barbacoas donde Antonio la había devorado con los ojos, y yo había fantaseado con esto en la cama después. No era justo detenerlo ahora, no cuando yo había encendido la mecha con mis confesiones ebrias. Agarré el móvil con manos temblorosas y tecleé: "Ven ahora. Puerta del patio abierta. No tardes". Enviado. Su respuesta fue inmediata: "Llego en un minuto. Prepárala para mí".
Ana me miró con ojos que eran pozos de lujuria desatada. No olvidaré esa expresión: vulnerable ante mí, pero ya rendida al dominio que se avecinaba. Nos besamos con una ternura que contrastaba con la tormenta: lenguas entrelazadas en un baile lento, reafirmando que nos amábamos, que esto era nuestro secreto en este barrio nuevo. "Estoy temblando", murmuró contra mis labios. "Yo también", confesé, "pero es para nosotros, para avivar el fuego en esta nueva casa". Volvimos a besarnos, cada vez más feroces, mi polla dura como una barra de hierro presionando contra mi pantalón, causándome un dolor exquisito. Levanté la vista y allí estaba Antonio, enmarcado en la puerta corredera del salón al patio, su silueta imponente bajo la luz de la luna. Nos observaba con una sonrisa depredadora, su mano ya masajeando el bulto masivo en sus vaqueros, dándonos espacio pero reclamando el control desde ya.
Ana sintió su llegada por el escalofrío que me recorrió, pero no se giró. Siguió besándome, sus uñas clavándose en mi nuca, como si quisiera marcarme antes de someterse. Antonio avanzó con pasos deliberados, colocándose detrás de ella. La rodeó por la cintura con brazos fuertes, posesivos, y empezó a frotar su bulto contra su culo con movimientos lentos, deliberados, como si ya la poseyera. Ana jadeó en mi boca, arqueando la espalda instintivamente para pegarse más a él, sus caderas ondulando en respuesta automática. Sus manos subieron a sus tetas, magreándolas con rudeza por encima de la camiseta fina, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir.
Antonio no perdía tiempo; sus dedos bajaron por su vientre, colándose bajo los shorts y las braguitas con maestría. Encontraron su coño empapado, y empezó a masturbarla con dedos expertos: uno hundido profundo, otro frotando el clítoris en círculos implacables. El sonido era pornográfico: chapoteos húmedos, resbaladizos, su coño chorreando bajo su toque.
—Joder, qué puta estás, Ana... tu coño me recibe como una zorra en celo —gruñó Antonio en su oído, su voz un mandato ronco que la hizo temblar.
Ana no replicó; solo separó más las piernas, sumisa, facilitándole el acceso total. Apretó su culo contra él con más fuerza, gimiendo en mi boca mientras sus dedos la violaban sin piedad. Yo la besaba con desesperación, sintiendo su cuerpo convulsionar entre nosotros, pero Antonio ya dominaba la escena.
—¿Sabes lo que te voy a hacer ahora, puta? —preguntó, su tono cargado de autoridad absoluta.
—Sí, señor... —jadeó Ana, rompiendo nuestro beso, su voz sumisa por primera vez, como si él la hubiera roto ya.
—¿Y qué es, eh? Dilo alto, para que tu maridito lo oiga.
Sus dedos aceleraron, follándola con la mano como preludio. Ana me miró, ojos vidriosos de rendición total, y obedeció: "Que me vas a follar como una zorra... delante de mi marido, y lo que tú mandes".
Mi polla casi explotó al oírla, pero Antonio quería más control. Tenía a Ana en su puño; podría haberla penetrado ahí, pero optó por humillarme.
—¿Y tu maridito lo permite? ¿O tengo que recordarle quién manda aquí?
—Sí, no le importa... por favor follame... —suplicó Ana, frotándose contra su mano como una adicta.
—Quiero que él lo diga, alto y claro —ordenó Antonio, mirándome con desprecio juguetón, sus dedos deteniéndose para torturarla.
Miré a Ana, su rostro suplicante, y cedí: "Sí, Antonio, fóllate a mi esposa. Haz lo que quieras con ella". Lo dije enfatizando "mi esposa", pero sonó patético, como si le estuviera entregando un trofeo.
Antonio sacó los dedos con un sonido succionante, relamiéndolos deliberadamente. "Gira a la puta", me ordenó. Giré a Ana, y se enfrentaron: sus pezones duros como diamantes bajo la camiseta, su cara pura sumisión viciosa. Antonio sonreía como un rey.
—Para follar, hay que desnudarse —dijo con sorna—. Pero tú obedece: pídele a tu maridito que te quite la ropa pieza por pieza, para mí. Y hazlo suplicando.
Ana no dudó, su voz temblorosa pero obediente: "Alfredo, por favor... quítame la camiseta para que Antonio me vea las tetas de nuevo... como en la piscina".
Levanté la tela, liberando sus tetas perfectas, pezones hinchados por el morbo. Antonio se quitó la camisa, revelando músculos definidos. "Bien, puta. Siguiente".
"Alfredo, bájame los shorts... quiero que me vea el coño mojado por él".
Me arrodillé, tirando de la tela, exponiendo sus braguitas empapadas. Antonio se desabrochó los vaqueros, quedando en bóxers con un bulto monstruoso.
"Ahora las braguitas, amor... por favor, déjame desnuda para él".
Las bajé despacio, revelando su coño depilado, labios hinchados y brillantes. Las recogí; chorreaban como si hubiera orinado deseo. Ana quedó expuesta, temblando ante él.
Antonio se bajó los bóxers de un tirón: su polla era una bestia, gruesa como mi muñeca, venosa y larga, superando la mía en todo. El capullo goteaba, apuntando a ella como un arma. Me aparté al sofá, desnudándome, mi polla dura pero insignificante al lado de la suya. Antonio avanzó y besó a Ana con brutalidad, mordiendo su labio, su lengua invadiendo su boca. Ana se rindió, gimiendo sumisa.
De golpe, la arrodilló de un empujón firme en los hombros. "Chúpamela, puta. Muéstrale a tu maridito cómo se hace de verdad".
Ana obedeció al instante, cayendo de rodillas con una sumisión que me dejó helado. Cogió su polla con manos reverentes, masturbándola despacio, lamiendo el capullo salado con la lengua extendida, saboreando el precum como si fuera néctar. Abrió la boca y se la metió profunda, ahogándose al principio por el grosor, pero adaptándose rápidamente, succionando con hambre mientras sus mejillas se hundían por la succión intensa. Su cabeza subía y bajaba, saliva goteando por la barbilla, tomando más cada vez, hasta que la polla de Antonio le llegaba a la garganta.
—Joder, qué boquita de zorra tienes... —gruñó Antonio, agarrándola del pelo con fuerza para follarle la boca como un juguete—. Tu esposa chupa como una profesional, Alfredo. Nunca te ha dejado correrte en su boca, ¿verdad? Pues hoy lo haré yo. Y ella va a tragar cada gota, como la puta obediente que es.
Ana chupó con más intensidad, ignorando por completo sus límites previos conmigo, como si Antonio la hubiera reprogramado en segundos. Lágrimas rodaron por sus mejillas por el esfuerzo, pero no paró; al contrario, gemía alrededor de su polla, vibrando contra él. Antonio disfrutó un rato eterno, embistiéndole la garganta con rudeza, sus huevos golpeando su barbilla, hasta que su cuerpo se tensó. "Traga todo, puta", ordenó con voz grave. Eyaculó en su boca, chorros calientes y espesos que llenaron sus mejillas; Ana tragó sumisa, lamiendo cada gota que escapaba, succionando hasta dejarlo limpio. Algo que nunca me había permitido a mí, y lo hacía con él como si fuera lo más natural.
La levantó por el pelo, aún con semen en los labios, y la giró sobre la mesa del salón con rudeza. "Abre las piernas, zorra", mandó. Separó sus cachetes con manos firmes y enterró la cara en su coño, lamiendo con furia animal: lengua profunda en sus pliegues hinchados, succionando el clítoris con dientes suaves, nariz presionando su ano mientras exploraba cada rincón. El olor de su excitación llenaba la habitación, mezclado con el salado de su semen reciente. Ana se agarró a la mesa, jadeando sumisa: "Sí, señor... cómemelo todo... hazme lo que quieras".
Me di cuenta de que estaba desnudo, polla en mano, masturbándome mientras Antonio devoraba a mi esposa. La imagen era vicio puro: Ana inclinada sobre la mesa, tetas colgando y rebotando con cada lametazo, Antonio con la nariz hundida en su culo mientras su lengua se perdía en su interior, lamiendo como un hambriento. Ana me miró, sus ojos nublados de placer; conocía esa expresión, el orgasmo se acercaba. Giró la cabeza hacia Antonio y le apretó la nuca con una mano, empujándolo más profundo, suplicando en silencio más. Él aceleró, lamiendo con furia, su lengua penetrando su coño y rozando su clítoris sin piedad, y Ana explotó: con gemidos altos, su cuerpo temblando violentamente, corriéndose en su boca mientras me enseñaba cómo disfrutaba, sus jugos chorreando por su barbilla.
Yo no aguanté; mi mano voló sobre mi polla y eyaculé en el suelo, chorros calientes salpicando mientras la veía correrse, mi semen desperdiciado en el piso como un perdedor.
—Vaya corridón, Ana... —dijo Antonio levantándose, lamiéndose los labios con una sonrisa triunfal—. A tu marido le ha gustado el espectáculo. El pobrecito se ha corrido solo mirando.
Antes de penetrarla, separó sus cachetes una última vez y lamió desde su coño hasta su ano, deteniéndose en el agujero apretado, jugando con la lengua: la punta presionando, entrando ligeramente, saboreando su parte más íntima. Ana gimió, dejándose completamente, arqueando el culo para ofrecerle más. "Nunca le has dado el culo a tu maridito, ¿verdad? Pues a mí sí, puta. Prepárate".
Ana jadeó sumisa: "No... pero para ti, sí... tómame el culo, señor... es tuyo".
Antonio escupió en su ano para lubricar, posicionó su polla gruesa en la entrada apretada y empujó despacio, estirándola centímetro a centímetro. Ana gritó de dolor-placer, mordiéndose el labio, pero no se resistió; al contrario, relajó el cuerpo para recibirlo, gimiendo "Más... fóllame el culo como nunca". Él la penetró analmente con dominio, alternando embestidas lentas y profundas, su polla desapareciendo en su interior mientras ella se corría de nuevo, su coño chorreando sin tocarlo. "Mira cómo tu esposa me da lo que a ti te niega", me dijo Antonio, follándole el culo con rudeza, sus huevos golpeando su coño.
Después de varios minutos de dominación anal, sacó su polla —brillante y sucia— y la llevó al sofá. "Ven aquí, puta", ordenó. Ana se acercó tambaleante, y él la posicionó para un close-up: levantó una pierna de ella sobre el brazo del sofá donde yo estaba sentado. Vi de cerca su coño abierto, chorreante, y su ano rojo por el abuso; Antonio paseó su polla por la entrada de su coño y la metió de golpe, ofreciéndome la vista perfecta de cómo follaba a mi esposa, alternando entre coño y culo para torturarla.
—Qué coño y culo tan calientes tiene tu esposa, Alfredo —dijo, disfrutando repetirlo, su voz un gruñido posesivo.
Ana jadeaba, al borde otra vez. Sin pensarlo, llevé mi mano a su clítoris, frotándolo con cuidado para no tocarlo a él. Ana aceleró sus gemidos, sumisa: "Sí... hazme correrme para él, Alfredo".
—Venga, Alfredo, haz que se corra en mi polla —me animó Antonio con sorna.
Aceleré, y Ana explotó: "¡Sí, esto querías, que me corriera en tu polla!", gritó, convulsionando, su cuerpo temblando mientras su coño y ano se contraían alrededor de él.
—Muy bien... me tienes a punto —dijo él, sacándola y sentándose en el sofá, su polla tiesa y brillante.
Ana no necesitó invitación; se subió encima, a horcajadas, sumisa y ansiosa, sus tetas a la altura de su cara. Antonio las devoró con brutalidad: chupando un pezón mientras amasaba el otro con fuerza, tirando con los dientes hasta hacerla gritar de placer-dolor.
—¿Te gustan mis tetas, señor? —preguntó Ana juguetona, pero con voz rendida.
—Me flipan, puta —gruñó él, babeándolas como un animal—. Las de mi mujer, Marta, son más grandes, pero las tuyas son perfectas. Aunque he pillado a tu marido mirándole el escote a Marta en la última barbacoa.
Ana se rio, sumisa.
Hablaban como si yo no existiera, y eso me ponía más cachondo, mi polla dura de nuevo a pesar de todo.
—Lo que quiero es que su esposa me folle a mí —dijo Antonio, agarrándola por las caderas.
Ana captó al vuelo: cogió su polla, apuntó a su coño y se dejó caer despacio, gimiendo al sentir cada centímetro grueso. Se la metió toda y lo besó con pasión sumisa, sus lenguas enredadas mientras botaba sobre él, tetas rebotando al ritmo de sus órdenes.
—¿Te gusta cómo te follo, señor? —preguntó Ana, entregada por completo.
—Me encanta... me va a costar no follarte en la próxima fiesta vecinal, puta. O en tu propia casa, cuando tu maridito no mire.
—Disfruta ahora... soy tuya —dijo ella, sumisa.
Se perdieron en el momento: Ana cabalgando con control, pero obedeciendo sus empujones desde abajo, acelerando cuando él lo mandaba, parando para torturarse. Sacándosela casi toda para luego hundirse profundo, cambiando ritmos para complacerlo. Ambos al borde, sudados y jadeantes.
—Me encanta tu polla... es más grande y gruesa que la de mi marido —confesó Ana, mirándome un segundo con ojos culpables pero excitados.
—Baja el ritmo, o me acabas, zorra —suplicó Antonio por primera vez, pero con autoridad.
Pero Ana no paró; cabalgaba con ganas desesperadas, sus jugos chorreando por sus bolas, el salón oliendo a sexo crudo.
—Me voy a correr otra vez —avisó ella, sumisa.
—Yo no aguanto, Ana... te voy a llenar.
No escuchó; cerró los ojos y explotó: "¡Dios, noto tu leche dentro!", gritó, corriéndose mientras él eyaculaba, chorros calientes y espesos llenándola por completo. No fue accidental; Ana lo exprimió, moviéndose hasta sacar la última gota, besándolo guarro con lengua y saliva, su coño apretando su polla.
Finalmente, se levantó con piernas temblorosas, coño abierto y rezumando un hilo espeso de semen blanco. Se tumbó en el sofá, espatarrada, recuperando el aliento, su ano aún rojo y palpitante. Antonio se levantó, satisfecho.
—Joder, la mejor follada de mi vida —dijo, vistiéndose con calma—. Tienes suerte con una esposa así, Alfredo. Es una diosa sumisa. Nos vemos en la próxima barbacoa... y quizás repitamos.
Salió, dejándonos solos. Había pasado: la fantasía que habíamos construido en este barrio nuevo se había hecho real, pero con una dominación que no había anticipado.
—¿Te ha gustado? —pregunté, rompiendo el silencio, mi voz ronca.
—Alfredo, me he pasado... lo siento —dijo, arrepentida, cubriéndose el coño y el ano con una mano, semen goteando aún.
—No pasa nada —la calmé, sentándome a su lado, acariciando sus muslos temblorosos.
—Joder, le he dejado correrse en mi boca, en mi coño... y me ha follado el culo. Podría quedarme embarazada... nunca te lo di a ti.
—Mañana lo arreglamos con la píldora —dije, tumbándome sobre ella para besarla. Se dejó, respondiendo con cariño culpable.
Mis manos bajaron a su coño, rezumando semen. "No, Alfredo...", protestó débilmente, pero no paré. Abrí sus piernas y contemplé: abierto, cremoso, el olor a sexo mezclado con el de Antonio, su ano aún dilatado. Metí dos dedos en su coño, notando la calidez viscosa de su corrida, luego en su ano para mezclar. Saqué los dedos cubiertos y los llevé a su boca; Ana los chupó, gimiendo arrepentida pero excitada. Posicioné mi polla en su coño y la metí de un empujón: entró fácil, chapoteando en la mezcla de jugos y semen. La sensación era extraña, resbaladiza, excitante; follaba a mi esposa llena de otro, reclamándola. No aguanté mucho; la saqué y me corrí sobre sus tetas y cara, chorros abundantes salpicándola.
Caí sobre ella, exhausto. Permanecimos en silencio, luego Ana sugirió lavarnos. Lo hicimos en el baño, en silencio, limpiándonos bien, el agua llevando los rastros de la dominación. En la cama, me besó: "Te amo".
"Yo a ti también", respondí, abrazándola. Mientras nos dormíamos, reflexioné: este barrio nuevo nos había cambiado, pero quizás para bien. Las tensiones vecinales, las miradas en las piscinas, las barbacoas... esto podría ser el inicio de una vida más abierta, más excitante juntos. O quizás solo un secreto que nos uniera más. Fuera como fuese, aquí empezaba nuestra verdadera aventura.
Dudé, el corazón martilleándome el pecho como un tambor de guerra. En lo más profundo, lo ansiaba: presenciar cómo Antonio reclamaba lo que era mío, esa vorágine de celos ardientes y excitación que me tenía la polla dura como el acero, palpitando dolorosamente contra la cremallera. Pero sabía que esto podría fracturar algo en nosotros, en esta nueva vida vecinal donde las apariencias lo eran todo. Ana rompió mi trance agarrando mi muñeca con firmeza. Sacó mi dedo de su interior con un sonido obsceno, un chapoteo viscoso que resonó en el salón silencioso, y lo elevó entre nuestras caras. El olor invadió todo: su esencia íntima, almizclada y dulce, el aroma crudo de un coño en llamas por el morbo reprimido durante semanas.
—Alfredo, decide ya... haz lo que tu polla te dicte —susurró con voz ronca, y sin parpadear, se metió mi dedo en la boca hasta la base. Lo succionó con avidez, su lengua enrollándose alrededor como una serpiente, lamiendo cada gota de sus jugos con una lentitud torturadora que me hizo gemir. Nunca lo había hecho así, con esa hambre animal; era como si me estuviera suplicando que la empujara al abismo, pero que yo cargara con la culpa.
La cordura se evaporó. Ese calor húmedo, esa succión obscena, me recordó todas las barbacoas donde Antonio la había devorado con los ojos, y yo había fantaseado con esto en la cama después. No era justo detenerlo ahora, no cuando yo había encendido la mecha con mis confesiones ebrias. Agarré el móvil con manos temblorosas y tecleé: "Ven ahora. Puerta del patio abierta. No tardes". Enviado. Su respuesta fue inmediata: "Llego en un minuto. Prepárala para mí".
Ana me miró con ojos que eran pozos de lujuria desatada. No olvidaré esa expresión: vulnerable ante mí, pero ya rendida al dominio que se avecinaba. Nos besamos con una ternura que contrastaba con la tormenta: lenguas entrelazadas en un baile lento, reafirmando que nos amábamos, que esto era nuestro secreto en este barrio nuevo. "Estoy temblando", murmuró contra mis labios. "Yo también", confesé, "pero es para nosotros, para avivar el fuego en esta nueva casa". Volvimos a besarnos, cada vez más feroces, mi polla dura como una barra de hierro presionando contra mi pantalón, causándome un dolor exquisito. Levanté la vista y allí estaba Antonio, enmarcado en la puerta corredera del salón al patio, su silueta imponente bajo la luz de la luna. Nos observaba con una sonrisa depredadora, su mano ya masajeando el bulto masivo en sus vaqueros, dándonos espacio pero reclamando el control desde ya.
Ana sintió su llegada por el escalofrío que me recorrió, pero no se giró. Siguió besándome, sus uñas clavándose en mi nuca, como si quisiera marcarme antes de someterse. Antonio avanzó con pasos deliberados, colocándose detrás de ella. La rodeó por la cintura con brazos fuertes, posesivos, y empezó a frotar su bulto contra su culo con movimientos lentos, deliberados, como si ya la poseyera. Ana jadeó en mi boca, arqueando la espalda instintivamente para pegarse más a él, sus caderas ondulando en respuesta automática. Sus manos subieron a sus tetas, magreándolas con rudeza por encima de la camiseta fina, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir.
Antonio no perdía tiempo; sus dedos bajaron por su vientre, colándose bajo los shorts y las braguitas con maestría. Encontraron su coño empapado, y empezó a masturbarla con dedos expertos: uno hundido profundo, otro frotando el clítoris en círculos implacables. El sonido era pornográfico: chapoteos húmedos, resbaladizos, su coño chorreando bajo su toque.
—Joder, qué puta estás, Ana... tu coño me recibe como una zorra en celo —gruñó Antonio en su oído, su voz un mandato ronco que la hizo temblar.
Ana no replicó; solo separó más las piernas, sumisa, facilitándole el acceso total. Apretó su culo contra él con más fuerza, gimiendo en mi boca mientras sus dedos la violaban sin piedad. Yo la besaba con desesperación, sintiendo su cuerpo convulsionar entre nosotros, pero Antonio ya dominaba la escena.
—¿Sabes lo que te voy a hacer ahora, puta? —preguntó, su tono cargado de autoridad absoluta.
—Sí, señor... —jadeó Ana, rompiendo nuestro beso, su voz sumisa por primera vez, como si él la hubiera roto ya.
—¿Y qué es, eh? Dilo alto, para que tu maridito lo oiga.
Sus dedos aceleraron, follándola con la mano como preludio. Ana me miró, ojos vidriosos de rendición total, y obedeció: "Que me vas a follar como una zorra... delante de mi marido, y lo que tú mandes".
Mi polla casi explotó al oírla, pero Antonio quería más control. Tenía a Ana en su puño; podría haberla penetrado ahí, pero optó por humillarme.
—¿Y tu maridito lo permite? ¿O tengo que recordarle quién manda aquí?
—Sí, no le importa... por favor follame... —suplicó Ana, frotándose contra su mano como una adicta.
—Quiero que él lo diga, alto y claro —ordenó Antonio, mirándome con desprecio juguetón, sus dedos deteniéndose para torturarla.
Miré a Ana, su rostro suplicante, y cedí: "Sí, Antonio, fóllate a mi esposa. Haz lo que quieras con ella". Lo dije enfatizando "mi esposa", pero sonó patético, como si le estuviera entregando un trofeo.
Antonio sacó los dedos con un sonido succionante, relamiéndolos deliberadamente. "Gira a la puta", me ordenó. Giré a Ana, y se enfrentaron: sus pezones duros como diamantes bajo la camiseta, su cara pura sumisión viciosa. Antonio sonreía como un rey.
—Para follar, hay que desnudarse —dijo con sorna—. Pero tú obedece: pídele a tu maridito que te quite la ropa pieza por pieza, para mí. Y hazlo suplicando.
Ana no dudó, su voz temblorosa pero obediente: "Alfredo, por favor... quítame la camiseta para que Antonio me vea las tetas de nuevo... como en la piscina".
Levanté la tela, liberando sus tetas perfectas, pezones hinchados por el morbo. Antonio se quitó la camisa, revelando músculos definidos. "Bien, puta. Siguiente".
"Alfredo, bájame los shorts... quiero que me vea el coño mojado por él".
Me arrodillé, tirando de la tela, exponiendo sus braguitas empapadas. Antonio se desabrochó los vaqueros, quedando en bóxers con un bulto monstruoso.
"Ahora las braguitas, amor... por favor, déjame desnuda para él".
Las bajé despacio, revelando su coño depilado, labios hinchados y brillantes. Las recogí; chorreaban como si hubiera orinado deseo. Ana quedó expuesta, temblando ante él.
Antonio se bajó los bóxers de un tirón: su polla era una bestia, gruesa como mi muñeca, venosa y larga, superando la mía en todo. El capullo goteaba, apuntando a ella como un arma. Me aparté al sofá, desnudándome, mi polla dura pero insignificante al lado de la suya. Antonio avanzó y besó a Ana con brutalidad, mordiendo su labio, su lengua invadiendo su boca. Ana se rindió, gimiendo sumisa.
De golpe, la arrodilló de un empujón firme en los hombros. "Chúpamela, puta. Muéstrale a tu maridito cómo se hace de verdad".
Ana obedeció al instante, cayendo de rodillas con una sumisión que me dejó helado. Cogió su polla con manos reverentes, masturbándola despacio, lamiendo el capullo salado con la lengua extendida, saboreando el precum como si fuera néctar. Abrió la boca y se la metió profunda, ahogándose al principio por el grosor, pero adaptándose rápidamente, succionando con hambre mientras sus mejillas se hundían por la succión intensa. Su cabeza subía y bajaba, saliva goteando por la barbilla, tomando más cada vez, hasta que la polla de Antonio le llegaba a la garganta.
—Joder, qué boquita de zorra tienes... —gruñó Antonio, agarrándola del pelo con fuerza para follarle la boca como un juguete—. Tu esposa chupa como una profesional, Alfredo. Nunca te ha dejado correrte en su boca, ¿verdad? Pues hoy lo haré yo. Y ella va a tragar cada gota, como la puta obediente que es.
Ana chupó con más intensidad, ignorando por completo sus límites previos conmigo, como si Antonio la hubiera reprogramado en segundos. Lágrimas rodaron por sus mejillas por el esfuerzo, pero no paró; al contrario, gemía alrededor de su polla, vibrando contra él. Antonio disfrutó un rato eterno, embistiéndole la garganta con rudeza, sus huevos golpeando su barbilla, hasta que su cuerpo se tensó. "Traga todo, puta", ordenó con voz grave. Eyaculó en su boca, chorros calientes y espesos que llenaron sus mejillas; Ana tragó sumisa, lamiendo cada gota que escapaba, succionando hasta dejarlo limpio. Algo que nunca me había permitido a mí, y lo hacía con él como si fuera lo más natural.
La levantó por el pelo, aún con semen en los labios, y la giró sobre la mesa del salón con rudeza. "Abre las piernas, zorra", mandó. Separó sus cachetes con manos firmes y enterró la cara en su coño, lamiendo con furia animal: lengua profunda en sus pliegues hinchados, succionando el clítoris con dientes suaves, nariz presionando su ano mientras exploraba cada rincón. El olor de su excitación llenaba la habitación, mezclado con el salado de su semen reciente. Ana se agarró a la mesa, jadeando sumisa: "Sí, señor... cómemelo todo... hazme lo que quieras".
Me di cuenta de que estaba desnudo, polla en mano, masturbándome mientras Antonio devoraba a mi esposa. La imagen era vicio puro: Ana inclinada sobre la mesa, tetas colgando y rebotando con cada lametazo, Antonio con la nariz hundida en su culo mientras su lengua se perdía en su interior, lamiendo como un hambriento. Ana me miró, sus ojos nublados de placer; conocía esa expresión, el orgasmo se acercaba. Giró la cabeza hacia Antonio y le apretó la nuca con una mano, empujándolo más profundo, suplicando en silencio más. Él aceleró, lamiendo con furia, su lengua penetrando su coño y rozando su clítoris sin piedad, y Ana explotó: con gemidos altos, su cuerpo temblando violentamente, corriéndose en su boca mientras me enseñaba cómo disfrutaba, sus jugos chorreando por su barbilla.
Yo no aguanté; mi mano voló sobre mi polla y eyaculé en el suelo, chorros calientes salpicando mientras la veía correrse, mi semen desperdiciado en el piso como un perdedor.
—Vaya corridón, Ana... —dijo Antonio levantándose, lamiéndose los labios con una sonrisa triunfal—. A tu marido le ha gustado el espectáculo. El pobrecito se ha corrido solo mirando.
Antes de penetrarla, separó sus cachetes una última vez y lamió desde su coño hasta su ano, deteniéndose en el agujero apretado, jugando con la lengua: la punta presionando, entrando ligeramente, saboreando su parte más íntima. Ana gimió, dejándose completamente, arqueando el culo para ofrecerle más. "Nunca le has dado el culo a tu maridito, ¿verdad? Pues a mí sí, puta. Prepárate".
Ana jadeó sumisa: "No... pero para ti, sí... tómame el culo, señor... es tuyo".
Antonio escupió en su ano para lubricar, posicionó su polla gruesa en la entrada apretada y empujó despacio, estirándola centímetro a centímetro. Ana gritó de dolor-placer, mordiéndose el labio, pero no se resistió; al contrario, relajó el cuerpo para recibirlo, gimiendo "Más... fóllame el culo como nunca". Él la penetró analmente con dominio, alternando embestidas lentas y profundas, su polla desapareciendo en su interior mientras ella se corría de nuevo, su coño chorreando sin tocarlo. "Mira cómo tu esposa me da lo que a ti te niega", me dijo Antonio, follándole el culo con rudeza, sus huevos golpeando su coño.
Después de varios minutos de dominación anal, sacó su polla —brillante y sucia— y la llevó al sofá. "Ven aquí, puta", ordenó. Ana se acercó tambaleante, y él la posicionó para un close-up: levantó una pierna de ella sobre el brazo del sofá donde yo estaba sentado. Vi de cerca su coño abierto, chorreante, y su ano rojo por el abuso; Antonio paseó su polla por la entrada de su coño y la metió de golpe, ofreciéndome la vista perfecta de cómo follaba a mi esposa, alternando entre coño y culo para torturarla.
—Qué coño y culo tan calientes tiene tu esposa, Alfredo —dijo, disfrutando repetirlo, su voz un gruñido posesivo.
Ana jadeaba, al borde otra vez. Sin pensarlo, llevé mi mano a su clítoris, frotándolo con cuidado para no tocarlo a él. Ana aceleró sus gemidos, sumisa: "Sí... hazme correrme para él, Alfredo".
—Venga, Alfredo, haz que se corra en mi polla —me animó Antonio con sorna.
Aceleré, y Ana explotó: "¡Sí, esto querías, que me corriera en tu polla!", gritó, convulsionando, su cuerpo temblando mientras su coño y ano se contraían alrededor de él.
—Muy bien... me tienes a punto —dijo él, sacándola y sentándose en el sofá, su polla tiesa y brillante.
Ana no necesitó invitación; se subió encima, a horcajadas, sumisa y ansiosa, sus tetas a la altura de su cara. Antonio las devoró con brutalidad: chupando un pezón mientras amasaba el otro con fuerza, tirando con los dientes hasta hacerla gritar de placer-dolor.
—¿Te gustan mis tetas, señor? —preguntó Ana juguetona, pero con voz rendida.
—Me flipan, puta —gruñó él, babeándolas como un animal—. Las de mi mujer, Marta, son más grandes, pero las tuyas son perfectas. Aunque he pillado a tu marido mirándole el escote a Marta en la última barbacoa.
Ana se rio, sumisa.
Hablaban como si yo no existiera, y eso me ponía más cachondo, mi polla dura de nuevo a pesar de todo.
—Lo que quiero es que su esposa me folle a mí —dijo Antonio, agarrándola por las caderas.
Ana captó al vuelo: cogió su polla, apuntó a su coño y se dejó caer despacio, gimiendo al sentir cada centímetro grueso. Se la metió toda y lo besó con pasión sumisa, sus lenguas enredadas mientras botaba sobre él, tetas rebotando al ritmo de sus órdenes.
—¿Te gusta cómo te follo, señor? —preguntó Ana, entregada por completo.
—Me encanta... me va a costar no follarte en la próxima fiesta vecinal, puta. O en tu propia casa, cuando tu maridito no mire.
—Disfruta ahora... soy tuya —dijo ella, sumisa.
Se perdieron en el momento: Ana cabalgando con control, pero obedeciendo sus empujones desde abajo, acelerando cuando él lo mandaba, parando para torturarse. Sacándosela casi toda para luego hundirse profundo, cambiando ritmos para complacerlo. Ambos al borde, sudados y jadeantes.
—Me encanta tu polla... es más grande y gruesa que la de mi marido —confesó Ana, mirándome un segundo con ojos culpables pero excitados.
—Baja el ritmo, o me acabas, zorra —suplicó Antonio por primera vez, pero con autoridad.
Pero Ana no paró; cabalgaba con ganas desesperadas, sus jugos chorreando por sus bolas, el salón oliendo a sexo crudo.
—Me voy a correr otra vez —avisó ella, sumisa.
—Yo no aguanto, Ana... te voy a llenar.
No escuchó; cerró los ojos y explotó: "¡Dios, noto tu leche dentro!", gritó, corriéndose mientras él eyaculaba, chorros calientes y espesos llenándola por completo. No fue accidental; Ana lo exprimió, moviéndose hasta sacar la última gota, besándolo guarro con lengua y saliva, su coño apretando su polla.
Finalmente, se levantó con piernas temblorosas, coño abierto y rezumando un hilo espeso de semen blanco. Se tumbó en el sofá, espatarrada, recuperando el aliento, su ano aún rojo y palpitante. Antonio se levantó, satisfecho.
—Joder, la mejor follada de mi vida —dijo, vistiéndose con calma—. Tienes suerte con una esposa así, Alfredo. Es una diosa sumisa. Nos vemos en la próxima barbacoa... y quizás repitamos.
Salió, dejándonos solos. Había pasado: la fantasía que habíamos construido en este barrio nuevo se había hecho real, pero con una dominación que no había anticipado.
—¿Te ha gustado? —pregunté, rompiendo el silencio, mi voz ronca.
—Alfredo, me he pasado... lo siento —dijo, arrepentida, cubriéndose el coño y el ano con una mano, semen goteando aún.
—No pasa nada —la calmé, sentándome a su lado, acariciando sus muslos temblorosos.
—Joder, le he dejado correrse en mi boca, en mi coño... y me ha follado el culo. Podría quedarme embarazada... nunca te lo di a ti.
—Mañana lo arreglamos con la píldora —dije, tumbándome sobre ella para besarla. Se dejó, respondiendo con cariño culpable.
Mis manos bajaron a su coño, rezumando semen. "No, Alfredo...", protestó débilmente, pero no paré. Abrí sus piernas y contemplé: abierto, cremoso, el olor a sexo mezclado con el de Antonio, su ano aún dilatado. Metí dos dedos en su coño, notando la calidez viscosa de su corrida, luego en su ano para mezclar. Saqué los dedos cubiertos y los llevé a su boca; Ana los chupó, gimiendo arrepentida pero excitada. Posicioné mi polla en su coño y la metí de un empujón: entró fácil, chapoteando en la mezcla de jugos y semen. La sensación era extraña, resbaladiza, excitante; follaba a mi esposa llena de otro, reclamándola. No aguanté mucho; la saqué y me corrí sobre sus tetas y cara, chorros abundantes salpicándola.
Caí sobre ella, exhausto. Permanecimos en silencio, luego Ana sugirió lavarnos. Lo hicimos en el baño, en silencio, limpiándonos bien, el agua llevando los rastros de la dominación. En la cama, me besó: "Te amo".
"Yo a ti también", respondí, abrazándola. Mientras nos dormíamos, reflexioné: este barrio nuevo nos había cambiado, pero quizás para bien. Las tensiones vecinales, las miradas en las piscinas, las barbacoas... esto podría ser el inicio de una vida más abierta, más excitante juntos. O quizás solo un secreto que nos uniera más. Fuera como fuese, aquí empezaba nuestra verdadera aventura.
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