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El Hijo De Mi Amiga

Dios, ¿dónde empiezo con esto? Tengo 44 años, y si mi mejor amiga, Carla, supiera lo que pasó con su hijo, me mataría. O peor, me odiaría para siempre. Pero aquí estoy, escribiendo en este blog que nadie ve, porque si no lo saco de alguna manera, me voy a volver loca. Se llama Mateo. Veinte años, alto como un poste de luz, con ese cuerpo que parece esculpido por un dios griego después de meses en el gym. Y yo, Mónica, la "tía" honoraria que lo vio crecer, terminé follándomelo como una puta en un Airbnb que renté solo para eso. ¿Cómo carajos llegué aquí? Vamos por partes, porque esto no fue de un día para otro. Fue una lenta, jodida combustión que me consumió por dentro.

Todo empezó hace unos cuatro meses. Carla y yo hemos sido inseparables desde la universidad. Ella es divorciada, como yo, y nos conocimos en el gym local, ese antro de sudor y espejos donde las mujeres de nuestra edad vamos a fingir que aún somos invencibles. Mateo, su hijo único, acababa de cumplir veinte y decidió unirse a nosotras. "Para motivarme", dijo él con esa sonrisa inocente que ahora sé que esconde un demonio. Al principio, era solo el chico simpático: nos saludaba con un beso en la mejilla, nos ayudaba con las pesas si nos veía luchando, y charlaba de la universidad. Yo lo veía como un crío, nada más. Pero joder, cómo cambia todo cuando el cuerpo traiciona a la mente.

La primera vez que noté algo fue durante una clase de spinning. Yo llevaba un top ajustado y leggings que marcaban cada curva –nada nuevo, siempre me visto para sentirme sexy en el gym, aunque sea solo para mí–. Mateo estaba en la bici de al lado, sudando a chorros, y lo pillé mirándome de reojo. No a los ojos, no. A mis tetas rebotando con cada pedaleada, a mi culo cuando me ponía de pie. Me sentí... expuesta. Halagada. Y culpable al instante. "Es el hijo de Carla, por Dios", me dije mientras pedaleaba más fuerte, como si el ejercicio pudiera quemar esa chispa. Pero esa noche, en la cama, me masturbé pensando en él. En cómo olería su sudor fresco, en cómo se sentiría esa polla joven presionando contra mí. Me corrí rápido, y después lloré un poco. ¿Qué coño me pasaba? Era tabú. Prohibido. Pero eso solo lo hacía más caliente.

Poco a poco, empecé a jugar sin darme cuenta. O tal vez sí me daba cuenta, pero lo negaba. En el vestidor, después de entrenar, me cambiaba más despacio cuando sabía que él estaba cerca. Dejaba la puerta de mi casillero entreabierta, fingiendo buscar algo, para que viera un atisbo de mis tetas mientras me ponía el sostén. Una vez, lo vi reflejado en el espejo: se quedó congelado, con la toalla alrededor de la cintura, y juraría que vi un bulto creciendo debajo. Me mojé al instante. "Solo es curiosidad", me repetía. "Es un chico hormonal, no significa nada". Pero yo lo alentaba. Empecé a tocarlo más: un roce en el brazo cuando le decía "buen trabajo", una palmada en la espalda que bajaba un poco demasiado cerca del culo. Carla no notaba nada; estaba ocupada con sus propias rutinas.
Los conflictos me comían viva. Cada vez que salíamos las tres a tomar un café post-gym, me sentía como una traidora. Carla hablaba de lo orgullosa que estaba de Mateo, de cómo era un "buen chico" que no salía con cualquiera. Y yo asentía, sonriendo, mientras por dentro fantaseaba con chuparle la polla en el baño del café. Una noche, sola en casa, me miré al espejo y me pregunté si era una depredadora. ¿Estaba usando mi experiencia para manipular a un crío? Tenía el doble de su edad, por Dios. Podría ser su madre. Pero eso... eso me ponía más. El morbo de lo prohibido, de corromper a alguien tan joven e inocente. Me masturbé de nuevo, esta vez con un dildo, imaginando que era él follándome mientras Carla dormía en la habitación de al lado.

La seducción se volvió más intencional. Empecé a mandarle mensajes. Inocentes al principio: "Hey, Mateo, ¿vienes mañana al gym? Tu mamá y yo te esperamos ;)". Luego, más coquetos: fotos mías en leggings nuevos, con captions como "Probando equipo nuevo, ¿qué te parece?". Él respondía rápido, con emojis de fuego o músculos. Una vez, me mandó una selfie suya sin camisa después de entrenar: "Mira lo que logré hoy, tía Mónica". Joder, ese "tía" me mataba. Era como si supiera el juego. Lo llamé por video esa noche, fingiendo que necesitaba consejo sobre una rutina. Hablamos una hora, y en un momento, me incliné hacia la cámara para que viera mi escote. Vi cómo se ajustaba los pantalones. "Estás creciendo tanto", le dije con doble sentido. Él se rio nervioso, pero no colgó.
El punto de quiebre fue hace dos semanas. En el gym, durante una sesión de pesas, me acerqué a ayudarlo con una barra. Me puse detrás de él, mis tetas rozando su espalda, y le corregí la postura con las manos en sus caderas. Sentí su culo tenso contra mí, y él se endureció al instante. Lo noté. Lo olió. "Perdón", murmuró rojo como tomate. Yo sonreí y le susurré al oído: "No hay nada que perdonar, guapo. Es natural". Esa noche, le mandé un mensaje: "Si quieres practicar más... solo, avísame". Él tardó en responder, pero lo hizo: "No sé si deberíamos". Ahí estaba el conflicto en él también. Sabía que era la amiga de su mamá. Pero el deseo ganó.

Renté el Airbnb el fin de semana pasado. Le dije a Carla que iba a un retiro de yoga sola, y a él le mandé la dirección con un "Ven si te atreves. Nadie lo sabrá". Llegó nervioso, con jeans ajustados y una camiseta que marcaba sus pectorales. Cerré la puerta y lo besé sin decir nada. Al principio fue torpe, como si no supiera qué hacer con una mujer como yo. Pero lo guie. Le quité la camiseta, lamí su pecho sudoroso –olía a jabón y juventud–, y bajé la mano a su bragueta. Su polla era gruesa, venosa, dura como piedra. "Joder, Mónica, esto está mal", gimió mientras lo masturbaba despacio. "Lo sé", respondí, arrodillándome. "Y por eso lo quieres tanto".

Se la chupé ahí mismo, en la entrada. Lamí la cabeza, saboreando el precum salado que goteaba como miel. Él me agarró el pelo, empujando más profundo, follando mi boca como un animal. Me atraganté un poco, pero lo dejé. Quería que se sintiera poderoso. "Eres una puta", murmuró, y eso me encendió. Me levantó, me llevó al sofá y me quitó los pantalones. Mis bragas estaban empapadas. Me olió ahí abajo, inhalando profundo como si fuera droga. "Hueles a sexo", dijo, y metió la lengua. Lamía mi clítoris con hambre, torpe pero entusiasta. Me corrí en su cara, chorreando jugos que él lamió como perrito.

Lo follé en la cama después. Me subí encima, guiando su polla dentro de mí. Estaba tan apretada para él; hacía meses que no tenía sexo real. Gritó cuando entró todo, y empecé a cabalgarlo despacio, luego más rápido. Mis tetas rebotaban en su cara; él las chupaba, mordía los pezones hasta que dolía delicioso. "Fóllame como a tu mamá nunca", le dije en un momento de morbo puro. Él se tensó, pero luego me volteó y me penetró por detrás, embistiendo como loco. Sentí sus huevos golpeando mi culo, su polla rozando ese punto que me hace ver estrellas. "Eres mía", gruñó, y me corrí de nuevo, apretándolo con mi coño hasta que él explotó dentro. Semen caliente, abundante, chorreando por mis muslos cuando se salió.

Nos quedamos ahí, jadeando, cubiertos de sudor y fluidos. Él me miró con culpa: "Mamá no puede saber". Yo lo besé: "Nuestro secreto". Pero por dentro, el conflicto volvía. ¿Qué había hecho? Era el hijo de mi mejor amiga. Podía arruinar todo. Pero el morbo... joder, el morbo de repetirlo me tenía ya pensando en la próxima vez.

No sé si pararé. Solo sé que ahora soy adicta a esa polla joven y a la culpa que viene con ella.

1 comentarios - El Hijo De Mi Amiga

Kaos566 +1
Buena experiencia y seria bueno que subiera alguna foto suya