Después de esa semana de chats morbosos, intercambiando videos porno y confesiones sucias, Lidia me tenía con la verga latiendo solo de pensar en ella. Ese video suyo follando con Franky –su culo gordo temblando con esas embestidas débiles– me hacía imaginar mi hongo enorme abriéndola como una flor. Y mi video con esa flaca , gritando mientras mi polla la estiraba, la dejó mojada y desesperada. “Quiero sentir eso, Tyson… pero despacito”, me escribió una noche, mientras se tocaba pensando en mí. Sabía que no aguantaría mucho más con solo palabras.
Entonces, el jueves por la noche, me mandó un mensaje en Facebook: “Tyson, amor… este sábado es nuestro aniversario. Franky me lleva al antro donde nos conocimos para ‘festejar’. ¿Vendrás? Quiero verte… aunque sea de lejos”. Joder, mi polla saltó en los boxers solo de leerlo. Le respondí: “Claro que voy, reina. Prepárate para bailar como nunca”. Tomé mi pastillita extra fuerte ese sábado temprano, para que estuviera lista como una barra de hierro toda la noche.
Llegué al antro antes que ellos, con mi playera negra ajustada marcando mis pectorales y mis jeans apretados que no escondían nada del bulto. El barman, mi cuate de siempre, me guiñó el ojo. Pedí la botella más cara de la casa –un whisky escocés de colección, de esos que cuestan una fortuna– y la mandé preparar en una mesa VIP cerca de la pista. También un ramo de rosas rojas enormes para ella, con una nota que decía “Para la señora casada mas hermosa ”, y para Franky, unos habanos cubanos auténticos, enrollados a mano, con una caja grabada. Quería ganármelo, que el se sintiera rey mientras yo me follaba a su mujer con los ojos.
Los vi entrar. Franky con su camiseta azul, sonriendo como un idiota feliz. Pero Lidia… puta madre. Llevaba una falda rosa muy corta, de esas que apenas cubren la mitad de los muslos, pegada como una segunda piel, dejando ver esas piernas gruesas y ese culo obsceno asomando por debajo cada vez que se movía. Arriba, una blusa blanca escotada que marcaba sus tetas pesadas, rebotando con cada paso. Pelo suelto, labios pintados de rojo puta, y ese tatuaje en el muslo brillando bajo las luces. Mi verga se endureció al instante, el glande hinchándose como un globo contra la tela.

Los saludé como viejos amigos. Franky me dio un abrazo borracho de antemano, agradeciéndome por la botella y los habanos –se encendió uno ahí mismo, aspirando como si fuera el mejor regalo de su vida–. Lidia me miró con ojos de perra en celo, mordiéndose el labio mientras olía las flores. “Gracias, Tyson… son hermosas”, murmuró, pero su mirada bajaba a mi paquete, recordando el video de mi polla follando a esa flaca.
Bebimos. Reímos. Franky contaba anécdotas de su matrimonio, de cómo Lidia era “la mejor esposa”. Yo asentía, pero mis ojos devoraban el culo de ella sentada en el taburete, la falda subiéndose poquito a poco, dejando ver el borde de sus bragas rosas a juego. La invité a bailar con más confianza esta vez –Franky ya iba entonado con el whisky, asintiendo con una sonrisa tonta–. En la pista, la pegué a mí sin disimulos. Mi mano en su cintura diminuta, bajando despacio hasta apretar ese culo gordo y tembloroso. Lo apreté fuerte, separando las nalgas con los dedos por encima de la falda, sintiendo la carne suave y caliente. Ella jadeó en mi oído: “Tyson… Franky podría ver…”. Pero se restregaba contra mi verga dura, sintiendo el hongo enorme marcándose en los jeans, latiendo contra su coño.


Cuando volvimos a la mesa, Franky estaba distraído con su habano, charlando con un mesero. Lidia se sentó a mi lado, cruzando las piernas, pero yo le susurré: “Ábrelas un poco, reina… quiero olerte”. Ella obedeció sutil, separando los muslos lo justo. Franky, el pobre, dejó caer su encendedor al piso.y yo me agache a recogerlo, y en ese momento, Lidia abrió más las piernas, dejando ver sus bragas rosas empapadas, con una mancha oscura en el centro donde su coño goteaba jugos calientes. levante la vista y lo vi–mis ojos se abrieron grandes, pero fingi no notar, franky no tenia idea de lo que pasaba y me agradecio que le pasara el encendedor–. Yo me reí por dentro: el cabrón ya olía algo, pero el alcohol y los habanos lo tenían manso.

Lidia me miró con fuego en los ojos. “Necesito ir al baño”, dijo alto para que Franky oyera, pero me guiñó. Franky, ya medio celoso, murmuró: “Yo te acompaño, amor”. Pero ella insistió: “No, quédate con tu habano en aquella area no permiten fumar . Tyson me hace el favor, ¿verdad?”. Lo miré: “Claro, hermano. No tardo te la cuido ”. La tomé de la mano y la llevé al pasillo oscuro, directo a la bodega. Mi cuate el barman abrió la puerta, sonriendo: “Disfruten, pero rápido”.
Adentro, la oscuridad olía a alcohol y deseo. La pegué contra las cajas, subí su falda rosa de un tirón, dejando al aire ese culo enorme y las bragas mojadas. , pero joder, qué rico. Le bajé las bragas despacio, sintiendo el calor de su coño depilado, los labios hinchados y goteando. Metí dos dedos gruesos adentro, curvos, frotando esa pared interna que la hace temblar. Ella gemía bajito: “Tyson… tu polla… quiero verla”.
Me bajé los jeans, sacando mi verga dura como roca, el glande hinchado como un puño morado, venas latiendo. Se arrodilló, la tomó con las dos manos –apenas cabía– y empezó a chupar. Primero el hongo, lamiendo alrededor como una puta experta, succionando fuerte hasta que hacía pop al salir. Luego bajó por el tronco, chupando las bolas, oliéndome como una perra. Yo le metía los dedos más profundo en el coño, tres ahora, frotando el clítoris con el pulgar, sintiendo cómo se contraía alrededor, goteando jugos por mis nudillos.

Estábamos en eso –ella chupando mi glande como si quisiera tragárselo entero, yo dedo-follando su coño hasta que jadeaba– cuando oímos pasos afuera.

Franky, el cabrón, venía buscándola, llamando: “Lidia? ¿Dónde estás?”. Casi nos caga la fiesta. Pero mi cuate el barman lo interceptó: “Ey, Franky, ven, te invito un shot especial en la barra. Tu mujer está en el baño de mujeres, no te preocupes”. Lo distrajo con charlas y más whisky, dándonos tiempo. Lidia se corrió en mis dedos, temblando entera, mordiéndose el labio para no gritar, su coño apretando como un puño alrededor de mí. Yo no me corrí –gracias a la pastilla–, solo dejé que chupara un rato más, sintiendo su lengua caliente en mi hongo.
Salimos librados, ella con la falda acomodada pero las bragas aún mojadas , ahora en mi bolsillo como trofeo. Volvimos a la mesa. Franky nos miró raro, celoso ya, notando cómo Lidia estaba sonrojada, animada, riendo con todo lo que yo decía, rozando mi pierna bajo la mesa. “Amor, vámonos ya”, dijo de pronto, con voz tensa. “Se hace tarde”. Ella protestó un poco, pero él insistió, tomándola del brazo. Me dio la mano fría: “Gracias por todo, Tyson”. Pero sus ojos decían “aléjate de mi mujer”.
Se fueron. Lidia me miró por última vez desde la puerta, con ojos de excitacion, prometiendo más. Franky desconfiando, celoso como un cornudo en potencia. Joder, eso solo me pone más caliente. Sé que pronto me escribirá, pidiendo un encuentro a solas. Las casadas como ella no pueden resistir. Y yo estaré listo, con mi polla dura .
Entonces, el jueves por la noche, me mandó un mensaje en Facebook: “Tyson, amor… este sábado es nuestro aniversario. Franky me lleva al antro donde nos conocimos para ‘festejar’. ¿Vendrás? Quiero verte… aunque sea de lejos”. Joder, mi polla saltó en los boxers solo de leerlo. Le respondí: “Claro que voy, reina. Prepárate para bailar como nunca”. Tomé mi pastillita extra fuerte ese sábado temprano, para que estuviera lista como una barra de hierro toda la noche.
Llegué al antro antes que ellos, con mi playera negra ajustada marcando mis pectorales y mis jeans apretados que no escondían nada del bulto. El barman, mi cuate de siempre, me guiñó el ojo. Pedí la botella más cara de la casa –un whisky escocés de colección, de esos que cuestan una fortuna– y la mandé preparar en una mesa VIP cerca de la pista. También un ramo de rosas rojas enormes para ella, con una nota que decía “Para la señora casada mas hermosa ”, y para Franky, unos habanos cubanos auténticos, enrollados a mano, con una caja grabada. Quería ganármelo, que el se sintiera rey mientras yo me follaba a su mujer con los ojos.
Los vi entrar. Franky con su camiseta azul, sonriendo como un idiota feliz. Pero Lidia… puta madre. Llevaba una falda rosa muy corta, de esas que apenas cubren la mitad de los muslos, pegada como una segunda piel, dejando ver esas piernas gruesas y ese culo obsceno asomando por debajo cada vez que se movía. Arriba, una blusa blanca escotada que marcaba sus tetas pesadas, rebotando con cada paso. Pelo suelto, labios pintados de rojo puta, y ese tatuaje en el muslo brillando bajo las luces. Mi verga se endureció al instante, el glande hinchándose como un globo contra la tela.

Los saludé como viejos amigos. Franky me dio un abrazo borracho de antemano, agradeciéndome por la botella y los habanos –se encendió uno ahí mismo, aspirando como si fuera el mejor regalo de su vida–. Lidia me miró con ojos de perra en celo, mordiéndose el labio mientras olía las flores. “Gracias, Tyson… son hermosas”, murmuró, pero su mirada bajaba a mi paquete, recordando el video de mi polla follando a esa flaca.
Bebimos. Reímos. Franky contaba anécdotas de su matrimonio, de cómo Lidia era “la mejor esposa”. Yo asentía, pero mis ojos devoraban el culo de ella sentada en el taburete, la falda subiéndose poquito a poco, dejando ver el borde de sus bragas rosas a juego. La invité a bailar con más confianza esta vez –Franky ya iba entonado con el whisky, asintiendo con una sonrisa tonta–. En la pista, la pegué a mí sin disimulos. Mi mano en su cintura diminuta, bajando despacio hasta apretar ese culo gordo y tembloroso. Lo apreté fuerte, separando las nalgas con los dedos por encima de la falda, sintiendo la carne suave y caliente. Ella jadeó en mi oído: “Tyson… Franky podría ver…”. Pero se restregaba contra mi verga dura, sintiendo el hongo enorme marcándose en los jeans, latiendo contra su coño.


Cuando volvimos a la mesa, Franky estaba distraído con su habano, charlando con un mesero. Lidia se sentó a mi lado, cruzando las piernas, pero yo le susurré: “Ábrelas un poco, reina… quiero olerte”. Ella obedeció sutil, separando los muslos lo justo. Franky, el pobre, dejó caer su encendedor al piso.y yo me agache a recogerlo, y en ese momento, Lidia abrió más las piernas, dejando ver sus bragas rosas empapadas, con una mancha oscura en el centro donde su coño goteaba jugos calientes. levante la vista y lo vi–mis ojos se abrieron grandes, pero fingi no notar, franky no tenia idea de lo que pasaba y me agradecio que le pasara el encendedor–. Yo me reí por dentro: el cabrón ya olía algo, pero el alcohol y los habanos lo tenían manso.

Lidia me miró con fuego en los ojos. “Necesito ir al baño”, dijo alto para que Franky oyera, pero me guiñó. Franky, ya medio celoso, murmuró: “Yo te acompaño, amor”. Pero ella insistió: “No, quédate con tu habano en aquella area no permiten fumar . Tyson me hace el favor, ¿verdad?”. Lo miré: “Claro, hermano. No tardo te la cuido ”. La tomé de la mano y la llevé al pasillo oscuro, directo a la bodega. Mi cuate el barman abrió la puerta, sonriendo: “Disfruten, pero rápido”.
Adentro, la oscuridad olía a alcohol y deseo. La pegué contra las cajas, subí su falda rosa de un tirón, dejando al aire ese culo enorme y las bragas mojadas. , pero joder, qué rico. Le bajé las bragas despacio, sintiendo el calor de su coño depilado, los labios hinchados y goteando. Metí dos dedos gruesos adentro, curvos, frotando esa pared interna que la hace temblar. Ella gemía bajito: “Tyson… tu polla… quiero verla”.
Me bajé los jeans, sacando mi verga dura como roca, el glande hinchado como un puño morado, venas latiendo. Se arrodilló, la tomó con las dos manos –apenas cabía– y empezó a chupar. Primero el hongo, lamiendo alrededor como una puta experta, succionando fuerte hasta que hacía pop al salir. Luego bajó por el tronco, chupando las bolas, oliéndome como una perra. Yo le metía los dedos más profundo en el coño, tres ahora, frotando el clítoris con el pulgar, sintiendo cómo se contraía alrededor, goteando jugos por mis nudillos.

Estábamos en eso –ella chupando mi glande como si quisiera tragárselo entero, yo dedo-follando su coño hasta que jadeaba– cuando oímos pasos afuera.

Franky, el cabrón, venía buscándola, llamando: “Lidia? ¿Dónde estás?”. Casi nos caga la fiesta. Pero mi cuate el barman lo interceptó: “Ey, Franky, ven, te invito un shot especial en la barra. Tu mujer está en el baño de mujeres, no te preocupes”. Lo distrajo con charlas y más whisky, dándonos tiempo. Lidia se corrió en mis dedos, temblando entera, mordiéndose el labio para no gritar, su coño apretando como un puño alrededor de mí. Yo no me corrí –gracias a la pastilla–, solo dejé que chupara un rato más, sintiendo su lengua caliente en mi hongo.
Salimos librados, ella con la falda acomodada pero las bragas aún mojadas , ahora en mi bolsillo como trofeo. Volvimos a la mesa. Franky nos miró raro, celoso ya, notando cómo Lidia estaba sonrojada, animada, riendo con todo lo que yo decía, rozando mi pierna bajo la mesa. “Amor, vámonos ya”, dijo de pronto, con voz tensa. “Se hace tarde”. Ella protestó un poco, pero él insistió, tomándola del brazo. Me dio la mano fría: “Gracias por todo, Tyson”. Pero sus ojos decían “aléjate de mi mujer”.
Se fueron. Lidia me miró por última vez desde la puerta, con ojos de excitacion, prometiendo más. Franky desconfiando, celoso como un cornudo en potencia. Joder, eso solo me pone más caliente. Sé que pronto me escribirá, pidiendo un encuentro a solas. Las casadas como ella no pueden resistir. Y yo estaré listo, con mi polla dura .
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