Tengo 44 años y llevo meses viviendo con un secreto que me quema por dentro cada vez que lo pienso. Se llama Lucas. Mi sobrino. Diecinueve años recién cumplidos, metro ochenta y pico, hombros anchos de gimnasio y esa cara de niño malo que todavía no sabe lo peligroso que puede llegar a ser.
Cuando se mudó conmigo porque la universidad le quedaba a quince minutos en coche, pensé que sería algo temporal, práctico, familiar. Error.
Al principio fueron detalles pequeños. Mis tangas aparecían ligeramente desplazadas en el cajón. Luego empezaron a oler raro. No a sudor mío. A otra cosa. Más espesa. Más… masculina. Me decía a mí misma que eran imaginaciones mías, que estaba proyectando. Hasta que una tarde, al llegar del trabajo, abrí el cajón y ahí estaba: mi tanga negra, la que uso cuando quiero sentirme puta aunque solo vaya al súper, hecha una bola, húmeda y pegajosa. Y el olor… Dios. Era inconfundible. Semen. Mucho semen. Todavía tibio en algunas partes.
Me quedé mirando la prenda como idiota durante casi un minuto. El corazón me latía en la garganta. Y entonces, sin pensarlo demasiado, me la acerqué a la nariz. Aspiré profundo. Cerré los ojos. Olía a él. A adolescente cachondo, a huevos llenos, a polla joven que todavía no ha aprendido a controlarse. Me senté en la cama con las piernas abiertas, me bajé los leggings hasta los tobillos y me metí esa tanga sucia directamente contra la cara mientras me frotaba el clítoris con dos dedos. Me corrí en menos de tres minutos oliendo y lamiendo lo que quedaba de su leche en la tela. Me sentí sucia, enferma y jodidamente viva.
Después de eso algo se rompió dentro de mí. O se despertó. No sé.
Decidí jugar.
El jueves pasado me puse mi tanga verde. Me la puse a las siete de la mañana y no me la quité en todo el día. Gym. Sudor. Sentadillas. Elíptica. Caminata rápida por el parque. Regresé a casa empapada, no solo de sudor. La tela estaba adherida, oscura de humedad entre mis piernas.
Entré al baño, me quité la ropa deportiva despacio, sintiendo cómo la tanga se despegaba de mis labios hinchados con un leve sonido húmedo. La dejé caer al suelo justo al lado del lavabo, bien a la vista, como ofrenda. Me puse ropa cómoda, una camiseta larga y nada debajo, y salí del baño como si nada.
Unos minutos después escuché el ruido de la ducha en el baño de arriba. Lucas se había metido a bañar.
El corazón se me aceleró. Bajé la mirada hacia el pasillo vacío, contuve la respiración y volví al baño principal en silencio, casi de puntillas.
La tanga verde ya no estaba en el suelo.
La busqué. No con prisa. Con una calma enfermiza. Abrí el armarito bajo el lavabo. Nada. Moví la papelera. Nada. Hasta que miré dentro del cesto de ropa sucia y ahí estaba, doblada con cuidado, como si alguien hubiera querido guardarla como recuerdo.
La desplegué.
Joder.
Estaba… inundada. Gruesos hilos blancos todavía húmedos cubrían toda la parte delantera. Había tanto que goteaba cuando la levanté. Algunos hilos se habían secado en los bordes del encaje, formando costras transparentes. El olor era más fuerte que la vez anterior. Más fresco. Más… abundante.
Me senté en el borde de la bañera con las piernas abiertas. El espejo me devolvía la imagen de una mujer madura con las mejillas rojas, los pezones duros contra la camiseta y una tanga empapada de la leche de su sobrino en la mano.
La acerqué a la nariz. Luego saqué la lengua y lamí. Primero despacio. El sabor salado, ligeramente amargo, todavía caliente en el centro. Cerré los ojos y metí más lengua, recogiendo los hilos gruesos que colgaban. Me metí los dedos dentro mientras lamía. Tres dedos. Sin delicadeza. Me follaba la mano pensando en que esa misma polla que había eyaculado tanto dentro de mi ropa interior estaba a solo unos metros, probablemente todavía medio dura, todavía oliendo a mí indirectamente.
Me corrí mordiéndome el labio para no gritar. El orgasmo me dobló en dos. Sentí cómo me chorreaba por los muslos mientras seguía oliendo y lamiendo su semen como perra en celo.
Después me quedé ahí sentada un buen rato, respirando agitada, con la tanga verde todavía pegada a la boca y la cara empapada de sudor y vergüenza.
No sé qué va a pasar después.
Solo sé que ya no quiero que pare.
Y eso me asusta tanto como me pone.
Algunas Fotos De Las Tangas.

Cuando se mudó conmigo porque la universidad le quedaba a quince minutos en coche, pensé que sería algo temporal, práctico, familiar. Error.
Al principio fueron detalles pequeños. Mis tangas aparecían ligeramente desplazadas en el cajón. Luego empezaron a oler raro. No a sudor mío. A otra cosa. Más espesa. Más… masculina. Me decía a mí misma que eran imaginaciones mías, que estaba proyectando. Hasta que una tarde, al llegar del trabajo, abrí el cajón y ahí estaba: mi tanga negra, la que uso cuando quiero sentirme puta aunque solo vaya al súper, hecha una bola, húmeda y pegajosa. Y el olor… Dios. Era inconfundible. Semen. Mucho semen. Todavía tibio en algunas partes.
Me quedé mirando la prenda como idiota durante casi un minuto. El corazón me latía en la garganta. Y entonces, sin pensarlo demasiado, me la acerqué a la nariz. Aspiré profundo. Cerré los ojos. Olía a él. A adolescente cachondo, a huevos llenos, a polla joven que todavía no ha aprendido a controlarse. Me senté en la cama con las piernas abiertas, me bajé los leggings hasta los tobillos y me metí esa tanga sucia directamente contra la cara mientras me frotaba el clítoris con dos dedos. Me corrí en menos de tres minutos oliendo y lamiendo lo que quedaba de su leche en la tela. Me sentí sucia, enferma y jodidamente viva.
Después de eso algo se rompió dentro de mí. O se despertó. No sé.
Decidí jugar.
El jueves pasado me puse mi tanga verde. Me la puse a las siete de la mañana y no me la quité en todo el día. Gym. Sudor. Sentadillas. Elíptica. Caminata rápida por el parque. Regresé a casa empapada, no solo de sudor. La tela estaba adherida, oscura de humedad entre mis piernas.
Entré al baño, me quité la ropa deportiva despacio, sintiendo cómo la tanga se despegaba de mis labios hinchados con un leve sonido húmedo. La dejé caer al suelo justo al lado del lavabo, bien a la vista, como ofrenda. Me puse ropa cómoda, una camiseta larga y nada debajo, y salí del baño como si nada.
Unos minutos después escuché el ruido de la ducha en el baño de arriba. Lucas se había metido a bañar.
El corazón se me aceleró. Bajé la mirada hacia el pasillo vacío, contuve la respiración y volví al baño principal en silencio, casi de puntillas.
La tanga verde ya no estaba en el suelo.
La busqué. No con prisa. Con una calma enfermiza. Abrí el armarito bajo el lavabo. Nada. Moví la papelera. Nada. Hasta que miré dentro del cesto de ropa sucia y ahí estaba, doblada con cuidado, como si alguien hubiera querido guardarla como recuerdo.
La desplegué.
Joder.
Estaba… inundada. Gruesos hilos blancos todavía húmedos cubrían toda la parte delantera. Había tanto que goteaba cuando la levanté. Algunos hilos se habían secado en los bordes del encaje, formando costras transparentes. El olor era más fuerte que la vez anterior. Más fresco. Más… abundante.
Me senté en el borde de la bañera con las piernas abiertas. El espejo me devolvía la imagen de una mujer madura con las mejillas rojas, los pezones duros contra la camiseta y una tanga empapada de la leche de su sobrino en la mano.
La acerqué a la nariz. Luego saqué la lengua y lamí. Primero despacio. El sabor salado, ligeramente amargo, todavía caliente en el centro. Cerré los ojos y metí más lengua, recogiendo los hilos gruesos que colgaban. Me metí los dedos dentro mientras lamía. Tres dedos. Sin delicadeza. Me follaba la mano pensando en que esa misma polla que había eyaculado tanto dentro de mi ropa interior estaba a solo unos metros, probablemente todavía medio dura, todavía oliendo a mí indirectamente.
Me corrí mordiéndome el labio para no gritar. El orgasmo me dobló en dos. Sentí cómo me chorreaba por los muslos mientras seguía oliendo y lamiendo su semen como perra en celo.
Después me quedé ahí sentada un buen rato, respirando agitada, con la tanga verde todavía pegada a la boca y la cara empapada de sudor y vergüenza.
No sé qué va a pasar después.
Solo sé que ya no quiero que pare.
Y eso me asusta tanto como me pone.
Algunas Fotos De Las Tangas.

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