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La Mudanza... Dados... (parte 12)

Alfredo despertó con el sol de la tarde pegándole directamente en la cara a través de las persianas mal cerradas. El calor era denso, casi sólido, y un martilleo constante le recorría las sienes. Resaca de campeonato. Se incorporó despacio, con la boca como si hubiera lamido arena, y miró alrededor: el dormitorio estaba patas arriba, ropa por todas partes, vasos con restos de cubata en la mesilla, un cenicero volcado en la alfombra. Abajo, el salón debía de ser un campo de minas.

—¿Qué hostias pasó anoche? —murmuró, frotándose los ojos.

Cogió el móvil: 15:42. Las cuatro menos cuarto. Los recuerdos empezaron a llegar a trompicones: la cena improvisada en el patio con los vecinos nuevos, las botellas que no paraban de abrirse, las risas cada vez más altas, la conversación que se fue desmadrando con Antonio… y esa frase que se le escapó, borracho hasta las cejas: «Venga, si tanto te gusta, fóllatela. Te la presto esta noche». Lo había soltado delante de todos, señalando a Ana con la botella en la mano. Antonio se había reído con esa risa grave suya, le había dado una palmada en el hombro y había subido las escaleras diciendo: «Voy a ver qué tal está tu mujer, Alfredo. Tú quédate ahí tranquilo en el sofá».

Alfredo recordaba haberse levantado como pudo, tambaleándose, subiendo los peldaños de dos en dos, el pulso en la garganta. Abrió la puerta del dormitorio principal esperando… cualquier cosa. Gemidos, ropa tirada, Antonio encima de Ana. Pero nada. La habitación estaba perfecta: cama hecha, luces apagadas, silencio absoluto. Ni rastro de nadie.

Bajó corriendo, casi rodando por las escaleras, y la encontró en la cocina, preparando un café con cara de mala leche.

—¿Dónde coño estabas? —le soltó sin filtro.

Ana ni siquiera levantó la vista del todo.

—Mira qué hora es, Alfredo. El salón parece zona de guerra. Hay vómito pegado a la alfombra, copas rotas… No pienso limpiar yo tu mierda. Eso te toca.

—Vale, lo siento… pero dime qué pasó anoche. ¿Dónde estabas cuando subí?

Ella dejó la taza con un golpe seco.

—Fui al garaje a por hielo. Luego me senté un rato en el porche trasero porque necesitaba aire. ¿Contento?

—No me jodas, Ana. ¿Y Antonio? ¿Qué pasó con él?

Ana se cruzó de brazos, el tono helado.

—¿Quieres el resumen cronológico? ¿Te refieres a cuando me sobó el culo en el bar de la esquina delante de ti y tú seguiste pidiendo otra ronda? ¿O cuando empezaste a decir que te molaría vernos en la piscina sin nada puesto? ¿O tal vez cuando le dijiste literalmente que querías que nos follaran los dos? Porque no sé a cuál de tus brillantes ideas de anoche te refieres.

Alfredo sintió que el suelo se movía.

—Estaba borracho perdido… se me fue de las manos. Lo siento.

—Le dijiste que me follara, Alfredo. Delante de los vecinos. Nos pusiste a los dos como motos.

Tragó saliva.

—¿Quieres saber si pasó? —preguntó ella, mirándole fijo.

—Sí. Quiero saberlo.

Silencio largo. Luego Ana se acercó despacio, se plantó delante y le agarró la polla por encima del bóxer. Fuerte. Mirándole a los ojos.

—¿Tú qué crees que pasó?

Alfredo se endureció al instante.

—Que te lo tiraste —dijo con voz ronca.

En cuanto lo dijo, su erección se disparó bajo la mano de ella.

—Anoche me dejaste tan cachonda… —susurró Ana metiendo la mano dentro y empezando a pajearle despacio—. No te imaginas cómo llegué después de esa conversación en el bar.

—¿Te gustó?

—Tenía mano… pero lo que realmente me puso fue que tú nos diste luz verde delante de todos.

—Soy un imbécil…

Ana aceleró.

—¿Te lo vas a volver a tirar?

Estaba al límite.

—¿Tú quieres que lo haga? —preguntó ella, controlando el ritmo para torturarle.

—Más rápido… joder…

—Dime primero si quieres que me lo folle otra vez.

—Sí… sí, quiero que te lo folles otra vez…

Justo cuando iba a correrse, Ana soltó. Quedó ahí, tieso, palpitando en el aire.

—Castigo por lo de anoche —dijo con una sonrisa fría.

—¡Ana, por favor!

—Ayer tuve que decirle a Antonio que se largara a su casa. Estaba empapada, Alfredo. Me costó la vida decirle que no. Pero lo hice. Por nosotros. Así que ahora tú te quedas con las ganas, limpias todo el desastre, recoges la compra y haces la comida. Y ya veremos si después te dejo correrte… o no. Hoy desde luego no. Me voy al jardín a refrescarme.

Subió sin mirar atrás.

Alfredo se quedó frustrado, con la polla aún dura. Bajó, puso música y empezó a recoger. Cuando Ana volvió, con el pelo húmedo y una camiseta ancha, la comida ya estaba casi lista.

—¿Estaba Antonio por ahí? —preguntó intentando sonar casual.

—No —respondió seca—. Si es lo que te ronda.

No insistió. Pero las dudas le comían: ¿por qué no le había contado más? ¿Realmente había estado a punto con Antonio? ¿O era solo para castigarle?

Los días siguientes fueron tranquilos. Estaban estrenando casa en el nuevo vecindario, así que se dedicaron a instalarse: paseos por la urbanización, barbacoas solos en el patio, tardes en la piscina comunitaria. Sexo regular, pero sin la chispa de antes. Alfredo se excitaba viendo cómo los vecinos nuevos la miraban cuando salía con el bikini, o cuando se ponía el vestido corto para ir al súper. Ana también parecía echar de menos algo más intenso, aunque ninguno lo decía en voz alta.

Una noche, mientras ella le montaba en la cama, no aguantó.

—¿Te fijaste en el vecino del chalé de al lado hoy? El del perro. No te quitaba ojo en la piscina.

Ana aceleró los movimientos, gimiendo.

—Siii… me estuvo mirando todo el rato que estuve tomando el sol. ¿Te pone que me miren?

—Sabes que sí. Tienes unas tetas increíbles. Me flipa que las vean.

—¿A todos?

—A todos.

La tumbó boca arriba sin salir de ella, embistiéndola fuerte.

—Vale… menos a Antonio. Pero al resto sí.

—Mañana es viernes… igual organizan algo en la piscina comunitaria —dijo ella sujetándose los pechos con cada empujón.

Aquella imagen —ella abierta, apretándose las tetas, imaginándosela exhibiéndose delante de los vecinos— le hizo explotar. Sacó y se corrió sobre su estómago. No fue memorable, pero les sirvió para soltar algo de tensión.

El viernes por la tarde llegó un mensaje de Antonio al grupo del vecindario: «Partida de dados esta noche en mi casa. Apuestas bajas, cervezas ilimitadas. Última antes del puente. ¿Te animas, Alfredo?».

Se lo enseñó a Ana.

—Ve —dijo ella—. Son los vecinos. Hay que quedar bien ahora que nos acabamos de mudar. Han sido majos invitándonos a todo.

Alfredo no era un experto en dados, pero accedió. Era buena forma de integrarse.

Pasaron la tarde colocando cosas en el garaje, tomando unas cervezas en el patio, hablando de lo bien que pintaba el barrio. Cuando llegó la hora, Alfredo se duchó. Ana entró al baño.

—¿Qué vas a hacer tú?

—Llamaré a mi hermana un rato y me abriré un vino para esperarte.

Salió de la ducha, toalla en la cintura. Ana se acercó por detrás, metió la mano y empezó a pajearle.

—No tardes… quiero despedir bien la semana.

Alfredo se giró, le apartó las braguitas y la encontró chorreando. La puso contra el espejo y se la metió de golpe. La folló mirándose en el reflejo.

—Para… te tienes que ir —susurró ella.

Se separaron a duras penas. Alfredo se vistió con vaqueros cortos y camiseta, bajó, le dio un beso a Ana que estaba en el porche con el móvil y una copa de vino, y se fue.

Llegó a casa de Antonio. Ya estaban Marcos, Luis y Pablo. Le vacilaron por llegar el último, le dieron una cerveza fría y explicaron las reglas de su partida casera de dados. Cada uno puso 150 € en fichas. El que se lo llevara todo se llevaba 750 €.

La cosa empezó bien. Alfredo ganó varias tiradas, se reían, contaban anécdotas del barrio, bebían sin parar. A las 23:45 llegó un mensaje de Ana: «¿Falta mucho? Me aburro aquí sola».

Le contestó que ya terminaba. Pero la racha se había torcido y le quedaban pocas fichas.

Los demás se cachondearon cuando vieron el móvil.

—¿Ya te reclaman?

Antonio aprovechó:

—Dile a Ana que baje. A ver si le trae suerte a tu marido.

Alfredo dijo que mejor no, pero Antonio ya le había escrito. Ana no respondió.

Ocho minutos después, la puerta corredera del patio se abrió. Alfredo se giró. Ana entró: shorts vaqueros cortísimos y solo el top del bikini blanco —el que se transparentaba cuando se mojaba—. Llevaba un par de copas de más, se le notaba en los ojos brillantes y en el andar un poco suelto.

—Perdón por colarme… estaba aburrida en casa.

Todos la animaron: «¡Pasa, pasa! A ver si le das suerte, que le estamos desplumando».

Le pusieron una cerveza. Se sentó al lado de Alfredo, con la mano en su rodilla. Ganó dos tiradas seguidas. La suerte pareció volver.

Pero a la 1:10 llegó la mano decisiva.

Antonio tiraba. Alfredo tenía un trío de nueves de salida. Apostó fuerte. La puja subió rápido. Se quedó sin fichas suficientes.

—Retírate —le dijeron.

Ana intervino:

—No. Seguimos. Si pierde, yo pago lo que falte.

Se miraron. Antonio sonrió.

—Trato hecho. Si pierde, Ana cubre.

Dados boca arriba. Alfredo mostró su full. Creyó ganar.

Antonio tiró: póker de cincos. Explosión de risas y palmadas. Alfredo se tapó la cara. Ana le acarició la nuca.

—Solo es pasta, amor.

—¿Y ahora qué, Ana? ¿Cómo pagas? —preguntó Antonio con tono juguetón.

—Subo a casa y os traigo el dinero.

—No queremos tu dinero —dijo Antonio—. Antes hablábamos de lo bien que quedas en la piscina comunitaria con ese bikini… Para saldar la deuda, solo tienes que meterte bajo la ducha de fuera y mojarte un poco el bikini. ¿Qué dices?

Alfredo protestó:

—No, yo subo y pago.

—Tranquilo —dijo Ana—. Mejor un chapuzón de despedida de semana para todos.

Se levantaron hacia la piscina del patio. Nadie llevaba bañador. Alfredo se quedó atrás.

Ana intentó ganar tiempo:

—¿Y si mejor otra cerveza primero?

—Buena idea. Alfredo, trae rondas.

Bajó con las cervezas. Mientras bebían, empezaron a insistir en que Ana cumpliera.

—No quiero mojarme el pelo ahora…

Antonio levantó la mano:

—El dinero me lo debe a mí. Si te mojas solo el pecho bajo la ducha, deuda saldada. ¿Hecho?

Ana miró a Alfredo un instante. Asintió.

—Hecho.

Antonio abrió el grifo suave. Ana se acercó, dejó que el chorro le cayera primero en un pecho, luego en el otro. Se quedó unos segundos, empapándose el bikini deliberadamente.

—Cumplido —dijo Antonio cerrando.

Ana se giró despacio. El bikini blanco mojado se había vuelto casi invisible. Los pezones marcados, la forma perfecta de sus tetas a la vista de todos. Los demás intentaron disimular, pero fallaron estrepitosamente.

—Eres un hijo de puta —le dijo Ana a Antonio riéndose.

—Una apuesta es una apuesta.

—Pues mira qué bien quedo, ¿no? —dijo ella girando sobre sí misma, pavoneándose sin pudor.

Los comentarios salieron solos: «Joder, qué espectáculo…», «No me lo creo…».

Ana miró a Alfredo con una sonrisa desafiante.

—¿Entramos a tomar la última dentro? No sea que salga alguna vecina cotilla.

Entraron todos detrás. Antonio repartió cervezas. Ana seguía goteando.

—Oye, Antonio, ¿tienes una camiseta para quitarme esto mojado?

—Claro.

Volvió con una camiseta gris. Ana la cogió, pero en vez de ponérsela, se recogió el pelo y le dio la espalda a Alfredo.

—¿Me ayudas, cariño?

Alfredo dudó un segundo. El corazón le iba a mil. Pero eran vecinos nuevos, había que integrarse… y mañana nadie hablaría de esto.

Desató los nudos. El bikibi cayó. Las tetas de Ana quedaron al aire: firmes, morenas por el sol de las tardes en la piscina, pezones duros.

Los cuatro se quedaron congelados, mirando sin disimulo. Ana se rio, movió los hombros para que rebotaran un poco.

—¿La camiseta?

—¿Qué camiseta? —dijo Antonio escondiéndola, muerto de risa.

—Bah, da igual —dijo Ana encogiéndose de hombros—. Total, en el barrio ya me han visto casi todo este verano.

Levantó la cerveza.

—Por los nuevos vecinos y por las buenas noches que nos esperan. Salud.

Brindaron todos, sin quitarle ojo.

Charlaron un rato. Era imposible no mirar. Luis lo soltó:

—Perdona, pero es que… joder, no puedo evitarlo.

Ana se reía, disfrutando el poder.

Al final, despedidas. Abrazos, besos en la mejilla. Ana en topless, apretando pecho contra pecho con cada uno. Alfredo se ponía duro solo de verlo.

Cuando todos se fueron, Antonio le dijo a Alfredo que se largara, que él recogía.

Entró en casa. Ana le esperaba en el salón, aún sin top, colorada, respirando agitada, cachonda evidente.

Se miraron. Alfredo avanzó. Ella le agarró la polla por encima del pantalón. Dura como piedra.

—¿Contento? Todos me han visto las tetas y mira cómo estás.

—Joder, Ana… me has puesto a reventar.

—Ya te vi tocándote disimuladamente.

—A ti también te encantaba… no me quitabas ojo.

—¿Seguro que no me quitabas ojo a mí? —preguntó con sonrisa pícara.

—¿A qué te refieres?

—Cada vez que mirabais para otro lado… Antonio me rozaba las tetas “sin querer” con el brazo. No te cabrees… me gustó.

Alfredo la besó con hambre. Le sobó el culo, apretó contra ella.

—¿Te gustó que te tocara?

—Alfredo… no sigas…

—Contéstame.

—Sí… me gustó. Lo sabes.

Metió la mano en sus shorts. Empapada.

—¿Quieres que te las vuelva a tocar?

—Alfredo… por favor…

—Solo hay que mandarle un mensaje. Está a dos casas.

Ana soltó su polla, metió la mano en el bolsillo trasero de él, sacó el móvil y se lo tendió. Mientras, el dedo de Alfredo seguía dentro, atrapado por la tela ajustada.

—Toma. Escríbele si quieres.

Sus ojos brillaban. Desafío, deseo y algo más. La pelota estaba en su tejado.

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