

Tenía 20 años y todavía me creía capaz de ganar cualquier discusión solo con argumentos. Lo conocí en Badoo, un tipo de 40 que ponía fotos de gimnasio y frases de “busco curvas reales”. Quedamos en cenar en un restaurante medio oscuro del centro. Apenas nos sentamos, después de pedir, me miró de arriba abajo y soltó sin filtro:
—Justo lo que me gusta: gordas culonas como vos. Con carne para agarrar, no esas flacas de Instagram.
Me ardió la cara. Le dije que no me dijera gorda, que era un comentario machista y degradante, que yo era feminista y no iba a permitir que me objetivara así. Él se rió bajito, como si le diera ternura mi enojo.
—Tranquila, reina, no te enojes. Solo digo lo que veo. Y veo un culo que pide mano.
Discutimos todo el plato principal. Yo le tiraba teoría de género, él me respondía con sonrisitas y comentarios del tipo “el feminismo está bueno, pero en la cama se te cae la careta”. Me molestaba tanto que me excitaba. No sé por qué carajo acepté cuando, al pagar la cuenta, me dijo:
—Vamos a un telo. A ver si sos tan combativa cuando te tengo en cuatro.
Subimos al auto en silencio. En el telo, apenas cerró la puerta, empezó de nuevo. Me agarró del culo con las dos manos y apretó fuerte.
—Mirá este culo gordo, parece que lo inflaron. Seguro te encanta que te lo digan, ¿no? Que te digan gorda culona mientras te abren las piernas.
Le dije que parara, que no iba a tolerar más humillaciones. Él se sacó la remera, se bajó el cierre y sacó la pija, ya medio dura.
—Dale, toma. A ver qué tan feminista sos ahora. Arrodillate y chupámela, si tanto defendés la igualdad, mostrame que podés igualar a una puta de verdad.
Me quedé mirándolo, furiosa, con el corazón latiéndome en la garganta. Y me arrodillé. La agarré con la mano, la miré un segundo y me la metí en la boca. Empezó a gemir mientras me agarraba del pelo.
—Así, gordita, tragátela entera. Mirá cómo te cabe, si sos una tragapijas profesional disfrazada de feminista. ¿Ves? Todo ese discurso y al final te ponés de rodillas como una buena puta.
La chupé profundo, con saliva chorreando, mientras él seguía hablando mierda. Me decía que mi boca estaba hecha para eso, que las gordas como yo siempre terminaban chupando verga porque era lo único en lo que servíamos bien. Yo le respondía entre chupadas, con la voz ahogada: “Callate, hijo de puta”, pero no paraba.
Después me tiró en la cama, me abrió las piernas y se tiró a chuparme la concha. La tenía sudada del día, un poco olor a pis porque no me había duchado después de la facultad. Él metió la lengua igual, profundo, y murmuraba contra mi piel:
—Qué concha sucia tenés, gorda. Huele a hembra en celo. Me encanta, así me gusta, sin lavarte para que se note lo puta que sos.
Después me dio vuelta, me separó las nalgas y me chupó el culo también, metiendo la lengua hasta donde podía mientras me decía que mi agujero era “un pozo de gordura listo para llenarse”.
Me penetró la concha de una, fuerte, sin aviso. Me agarró de las tetas, pellizcándome los pezones hasta que dolió rico.
—Tomá, gorda, sentila toda. Esto es lo que querés, ¿no? Que te cojan duro y te digan lo cerda que sos.
Me puse a tocarme el clítoris mientras él me embestía. Acabé la primera vez rápido, temblando, y él se rió: “Mirá cómo te corrés, puta barata”. Siguió, más fuerte, y me volvió a hacer acabar otra vez, esta vez gritando. Mientras yo todavía jadeaba, agarró mi tanga del piso —la que estaba húmeda y con olor a todo el día— y me la metió en la boca como un bozal.
—Chupate tu propia mugre mientras te cojo, así aprendés cuál es tu lugar.
Me pellizcaba los pezones sin parar, me llamaba cerda, gorda tragapijas, feminista de cartón. Al final salió, me sacó la tanga de la boca y me eyaculó directo adentro, en la lengua y la garganta. Me dijo:
—Tomá todo, no dejes ni una gota, que para eso servís.
Me tragué todo mientras él me miraba con esa sonrisa de ganador. Después se sentó en la cama, todavía jadeando, y siguió hablando mientras yo estaba tirada ahí, con la boca llena de sabor a él y el cuerpo temblando.
—Viste, al final sos igual que todas. Gritás igualdad en la calle y después te abrís de piernas por una pija. Gordita humillada y contenta. La próxima vez traé una amiga, así vemos si entre dos feministas pueden chuparme mejor.
Me quedé callada, mirando el techo, con la concha hinchada, los pezones rojos y el orgullo hecho mierda. Y lo peor era que, en el fondo, una parte de mí ya estaba pensando en volver a verlo.
8 comentarios - Me Humillaron en un telo, por ser Feminista
That dark-haired girl is a snack... I’d put her on a plane and do it all to her