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Residencia Con Honores

Hola de nuevo, mis queridos lectores invisibles (o no tan invisibles, ¿quién sabe?). Soy Carolina, la misma de 26 años que les contó ayer sobre ese viaje familiar loco en Playa del Carmen y mi primo Alexander. Si no lo leyeron, vayan y háganlo, porque esto es como una secuela: más secretos, más calor, más de esa vida que parece perfecta por fuera pero que por dentro es un volcán. Hoy les voy a soltar otro capítulo de mi pasado que nadie en mi familia sabe, y que solo sale aquí porque... bueno, porque necesito desahogarme. Y porque escribirlo me pone cachonda de nuevo, para qué mentir.

Esto pasó hace unos años, cuando tenía 22, justo al final de mi carrera en comunicación. Estaba haciendo mi residencia profesional – esa práctica obligatoria para graduarte – en una agencia de marketing digital en el centro de CDMX, cerca de Reforma. Era mi primer "trabajo real": reuniones con clientes, campañas en redes, análisis de datos... todo eso que estudié durante cuatro años. Mi jefe directo era Rodrigo, un tipo de unos 40 años, divorciado, con esa vibe de ejecutivo exitoso: alto, bien vestido, barba cuidada, ojos verdes que te miraban como si te desnudaran. Desde el primer día, noté cómo sus ojos se desviaban a mi escote o a mis piernas cuando llevaba falda. Yo, en esa época, ya había dejado de vender contenido +18 (como les conté ayer), pero el dinero de eso me había dado confianza: me operé los pechos a los 21, pasando de una B natural a una D redonda y firme que hacía que cualquier blusa se viera espectacular. Sabía que era atractiva, y en la agencia, con mis curvas y mi sonrisa, me sentía en control.

Al principio, era solo coqueteo sutil: comentarios sobre lo "talentosa" que era, roces "accidentales" en la sala de juntas, invitaciones a cafés después del horario. Yo respondía juguetona, porque me halagaba, pero no pensaba en nada más. Hasta que llegó el final de la residencia. Faltaban dos semanas para entregar mi informe final, y Rodrigo era quien firmaba mi evaluación. Una tarde, me llamó a su oficina privada – un espacio moderno con vistas a la ciudad, sofá de cuero y un escritorio enorme. Cerró la puerta y se sentó en el borde del escritorio, cruzado de brazos.
"Carolina, eres una de las mejores residentes que hemos tenido", empezó, su voz grave y confiada. "Pero para que tu nota sea perfecta... necesito ver más de tu 'compromiso' con el equipo".
Yo tragué saliva, sentada frente a él con mi falda lápiz y blusa ajustada. Sabía a qué se refería. "Rodrigo, ¿qué quieres decir exactamente?".

Se acercó, su mano rozando mi hombro. "Eres hermosa, inteligente... y sé que te gusto. Déjame tenerte, solo una vez. A cambio, tu residencia será impecable. Graduación con honores, recomendaciones para cualquier trabajo. Nadie se enterará".

Mi mente corrió: era riesgoso, inmoral, pero también excitante. Mi coño ya palpitaba solo con la idea. Había fantaseado con él en la ducha más de una vez, imaginando sus manos fuertes en mi cuerpo. Y necesitaba esa nota perfecta para mi currículum. "Ok", susurré, poniéndome de pie. "Pero solo esta vez, y discreto".

Sonrió victorioso y me besó ahí mismo, sus labios devorando los míos con hambre acumulada. Su lengua invadió mi boca, sabor a café y menta, mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta apretar mi culo con fuerza. Gemí contra su boca, sintiendo su verga ya dura presionando contra mi vientre a través de los pantalones. Le quité la corbata y desabotoné su camisa, revelando un pecho peludo y tonificado – no era un gym rat, pero se cuidaba.

Mis dedos trazaron sus abdominales mientras él me subía la falda, descubriendo que no llevaba panties ese día (un hábito de mis tiempos de contenido +18).

"Joder, Carolina, estás empapada", gruñó al tocar mi coño depilado, sus dedos resbalando fácilmente por mis labios hinchados. Me frotó el clítoris en círculos lentos, haciendo que mis rodillas temblaran. "Sabía que eras una putita traviesa".

Me giró contra el escritorio, inclinándome sobre los papeles y el teclado. Bajó mi blusa y bra, liberando mis tetas operadas – firmes, redondas, con pezones rosados endurecidos por el aire acondicionado. Las masajeó con rudeza, pellizcando los pezones hasta que dolían de placer.

"Estas tetas son perfectas... ¿naturales?", preguntó, pero no esperó respuesta. Se arrodilló detrás de mí, separó mis nalgas y hundió su lengua en mi chocha desde atrás. Lamía como un animal, chupando mis jugos, su barba raspando mi piel sensible. Gemí fuerte, mordiéndome el labio para no gritar – la oficina estaba vacía, pero el riesgo me ponía más caliente. Metió dos dedos dentro de mí, curvándolos para golpear mi punto G, mientras su lengua circulaba mi clítoris.

Me corrí rápido, mi cuerpo convulsionando, chorros de jugo salpicando su cara.
Se levantó, jadeando, y se desabrochó los pantalones. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, unos 20 cm, con el glande morado e hinchado, goteando preseminal. Olía a hombre maduro, a deseo puro.

"Ahora tú, nena. Chúpamela".

Me arrodillé en la alfombra, envolviendo su polla con mis manos. Era caliente, pesada. Lamí la punta, saboreando el salado del precum, luego la metí en mi boca, chupando con fuerza mientras mi mano la pajeaba en la base. Él agarró mi pelo, guiándome más profundo, follándome la boca.

"Así, tragátela toda, puta". Tosí un poco, pero seguí, mis tetas rebotando con el movimiento, saliva resbalando por mi barbilla.

No aguantó mucho. Me levantó, me sentó en el escritorio y separó mis piernas. "Quiero cogerte ahora". Se puso un condón (gracias a Dios, responsable en eso) y me penetró de un empujón. Grité de placer – estaba tan mojada que entró fácil, llenándome por completo. Empezó a bombear, duro y profundo, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida. Mis tetas saltaban, y él las chupaba, mordiendo los pezones mientras me follaba. "Estás tan apretada... joder, Carolina, eres una diosa".

Cambiamos posiciones: me puso de espaldas en el sofá, levantando una pierna sobre su hombro para ir más profundo. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, golpeando mi cervix. Me frotaba el clítoris con el pulgar, y me corrí otra vez, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo.

"Voy a venirme", gruñó, acelerando. Sacó la polla, se quitó el condón y se pajeó rápido sobre mis tetas. Chorros calientes de lechita blanca y espesa salpicaron mi pecho, resbalando por mis curvas. Siguió bombeando hasta vaciarse, jadeando.

Nos limpiamos con toallitas que tenía en un cajón (claro, preparado). Me besó una última vez. "Tu nota será excelente. Bien hecho".

Salí de la oficina con las piernas temblando, el coño adolorido pero satisfecho. Me gradué con honores, conseguí mi primer trabajo real gracias a su recomendación. ¿Me arrepiento? A veces. Pero en noches solitarias, revivo ese momento y me toco recordándolo. El poder, el taboo, el placer... valió la pena.

¿Quieren más detalles o otra historia? Comenten abajo. Mientras, sigo guardando secretos.
Besos húmedos y calientes

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