Después de esa noche en el antro, me fui a casa con la verga todavía latiendo en los jeans, recordando el calor de ese culo de Lidia aplastado contra mí en la bodega. No la penetré, no, pero la dejé temblando como una hoja, con el short empapado y los ojos pidiendo más. Sabía que volvería. Las casadas siempre vuelven.
Al día siguiente, domingo por la tarde, estaba en mi sofá, con una cerveza en la mano y el celular en la otra, revisando mi Facebook como un viejo pendejo. De repente, una notificación: solicitud de amistad de “Lidia Ramirez”. Joder, la reconocí al instante por la foto de perfil –ella con ese mismo short blanco, sonriendo inocente, pero con ese culo asomando sutil en el fondo como una invitación al pecado. Acepté de inmediato. Pensé: “Aquí viene la diversión”.

Empezamos charlando inocente, como buenos amigos que se acaban de conocer en un bar. Me preguntó cómo estaba, si había llegado bien a casa. Le dije que sí, pero que no podía dejar de pensar en lo bien que bailamos. Ella respondió con un emoji sonrojado y un “fue divertido”. Hablamos de tonterías: el antro, la música, hasta de Franky –“mi marido es un amor, pero anoche se pasó con los tragos”–. Yo le seguí el juego, actuando como el caballero maduro, contándole anécdotas de mis viajes como marine, de playas exóticas donde vi culos que no se comparaban con el suyo. Poco a poco, fui calentando el terreno. Le dije que me encantaba su estilo, esa blusa corta que dejaba ver su ombligo perfecto, y cómo contrastaba con sus curvas de diosa latina.
Para el lunes, ya estábamos en modo confidencial. Ella me contaba de su vida: casada hace cinco años con Franky, un tipo decente pero predecible, trabaja en una oficina, rutinas aburridas. Yo le conté de mi divorcio, de cómo me gusta la libertad para “explorar” sin ataduras. Ahí empecé a meterle morbo sutil. Le pregunté si le gustaba bailar pegado, si sentía esa electricidad cuando un hombre fuerte la toma por la cintura. Ella tardaba en responder, pero siempre lo hacía: “Sí, a veces… me hace sentir viva”. Le mandé un meme picante de una pareja bailando en un club, con la mano de él bajando peligrosamente. Ella rió y dijo: “Eres travieso, Tyson”.


Para mitad de semana, la cosa se puso caliente de verdad. Empezamos a hablar de fantasías. Yo abrí el fuego: “Dime, Lidia, ¿qué te excita en secreto? A mí me vuelven loco las mujeres con culos grandes como el tuyo, imaginándolas en posiciones donde pueda admirarlos todo el tiempo”. Ella se soltó despacio: “Me gusta cuando un hombre es dominante, pero suave… como en las películas porno donde el tipo es mayor y experimentado”. Joder, eso fue mi señal. Le compartí un video porno corto que tenía guardado –uno de un negro fornido como yo, besando y manoseando a una blanca curvilínea en una cocina, sin penetrar aún, solo roces, lamidas, apretones en ese culo gordo hasta que ella gime desesperada–. “Algo así?”, le escribí. Ella lo vio (vi el “visto” en el chat) y respondió después de diez minutos: “Dios, Tyson… eso me puso caliente. En esa escena, el culo de ella es como el mío, ¿verdad? Me imagino siendo yo”.

De ahí, fue una cascada de morbo. Nos mandábamos videos porno todo el día, comentándolos como críticos pervertidos. Ella me envió uno de una casada infiel con un vecino musculoso, donde él la pone contra la pared y le come el coño por horas, sin meterla. “Esto me excita porque es prohibido”, me confesó. Yo le mandé otro de un tipo con una verga enorme restregándola contra las nalgas de una chica delgada, solo frotando hasta que ella se corre de la fricción. “Imagínate mi glande gordo como hongo rozando tu short blanco esa noche”, le escribí. Ella respondía con detalles: “Me sudaba todo, Tyson… sentía tu dureza y quería más, pero Franky estaba ahí”. Hablábamos de fantasías: yo le describía cómo la pondría de rodillas en mi cama, solo para que sintiera mi verga latiendo contra su cara, oliéndola, lamiendo el glande hinchado sin tragarla entera. Ella me contaba cómo soñaba con un hombre mayor agarrándole el culo en público, apretando fuerte hasta dejar marcas, mientras su marido no se entera.
El viernes por la noche, la cosa escaló a lo personal. Estábamos calientes después de un video de una pareja interracial donde el negro masajea las tetas y el culo de la blanca por horas, solo con aceite y manos. Le dije: “Muéstrame algo tuyo, reina. Quiero ver cómo eres de verdad”. Ella dudó, pero mandó una foto primero: ella en el baño, con un tanga naranja sin nada arriba pero tapando sus tetas , se veian pesadas con esa cintura pequeña y grandes caderas. “Para ti”, escribió. Yo le mandé una mía: con camisa, mostrando mis músculos duros y el bulto evidente en los boxers, con el glande asomando un poco por el borde, hinchado como un puño. “Esto es lo que me provocas”.



Entonces, llegó el intercambio de videos íntimos. Ella fue primero, nerviosa: “No se lo muestres a nadie, Tyson… es de Franky y yo”. Era un video casero, corto pero morboso: Lidia a cuatro patas en la cama, con Franky detrás, follando lento. Se veía su culo enorme temblando con cada embestida, gordo y redondo, la carne ondulando como olas. Franky era delgado, su verga normalita, entrando y saliendo de ese coño rosado y depilado. Lidia gemía suave, pero se notaba que no era suficiente –sus ojos cerrados, mordiéndose el labio como queriendo más fuerza, más grosor. “Mira cómo mi culo se mueve… pero imagíname contigo”, me escribió después. Joder, me puse duro al instante, frotándome la verga mientras lo veía en loop, imaginando mi glande enorme abriéndola en vez de esa cosita flaca.
Le respondí con el mío: un video viejo de mí follando a una flaca que conocí en un bar, una blanca delgada como un palo, con tetas pequeñas pero un coño apretado. La tenía de espaldas, mi verga gruesa –esa bestia con el hongo morado hinchado– entrando despacio en ella, estirándola al máximo. Se veía cómo el glande la abría, cómo ella gritaba de placer y dolor, su cuerpo delgado contrastando con mi musculatura oscura y mi polla monstruosa. No era largo, solo unos minutos de embestidas lentas, mostrando cómo la hacía temblar sin correrme, gracias a mi pastillita. “Esto es lo que te espera, Lidia… mi hongo gordo rompiendo tu culo grande, pero despacito, para que lo sientas todo”.
Ella lo vio tres veces (el chat lo marca). Respondió: “Tyson… es enorme. No sé si podría… pero quiero intentarlo. Me mojé solo viéndolo”. Hablamos horas después, describiendo cómo nos masturbaríamos pensando en eso: yo frotando mi verga dura imaginando su culo aplastado contra mí, ella metiéndose dedos en el coño recordando mi olor en la bodega.
Aún no nos hemos visto en vivo. Solo chats, videos, promesas morbosas. Pero sé que pronto me escribirá pidiendo un encuentro rápido, solo para “probar” mi dureza contra su carne. Las casadas como Lidia no aguantan mucho tiempo solo con fantasías. Quieren sentirlo de verdad. Y yo estaré listo, con mi pastilla tomada y mi verga lista para torturarla sin piedad.
Al día siguiente, domingo por la tarde, estaba en mi sofá, con una cerveza en la mano y el celular en la otra, revisando mi Facebook como un viejo pendejo. De repente, una notificación: solicitud de amistad de “Lidia Ramirez”. Joder, la reconocí al instante por la foto de perfil –ella con ese mismo short blanco, sonriendo inocente, pero con ese culo asomando sutil en el fondo como una invitación al pecado. Acepté de inmediato. Pensé: “Aquí viene la diversión”.

Empezamos charlando inocente, como buenos amigos que se acaban de conocer en un bar. Me preguntó cómo estaba, si había llegado bien a casa. Le dije que sí, pero que no podía dejar de pensar en lo bien que bailamos. Ella respondió con un emoji sonrojado y un “fue divertido”. Hablamos de tonterías: el antro, la música, hasta de Franky –“mi marido es un amor, pero anoche se pasó con los tragos”–. Yo le seguí el juego, actuando como el caballero maduro, contándole anécdotas de mis viajes como marine, de playas exóticas donde vi culos que no se comparaban con el suyo. Poco a poco, fui calentando el terreno. Le dije que me encantaba su estilo, esa blusa corta que dejaba ver su ombligo perfecto, y cómo contrastaba con sus curvas de diosa latina.
Para el lunes, ya estábamos en modo confidencial. Ella me contaba de su vida: casada hace cinco años con Franky, un tipo decente pero predecible, trabaja en una oficina, rutinas aburridas. Yo le conté de mi divorcio, de cómo me gusta la libertad para “explorar” sin ataduras. Ahí empecé a meterle morbo sutil. Le pregunté si le gustaba bailar pegado, si sentía esa electricidad cuando un hombre fuerte la toma por la cintura. Ella tardaba en responder, pero siempre lo hacía: “Sí, a veces… me hace sentir viva”. Le mandé un meme picante de una pareja bailando en un club, con la mano de él bajando peligrosamente. Ella rió y dijo: “Eres travieso, Tyson”.


Para mitad de semana, la cosa se puso caliente de verdad. Empezamos a hablar de fantasías. Yo abrí el fuego: “Dime, Lidia, ¿qué te excita en secreto? A mí me vuelven loco las mujeres con culos grandes como el tuyo, imaginándolas en posiciones donde pueda admirarlos todo el tiempo”. Ella se soltó despacio: “Me gusta cuando un hombre es dominante, pero suave… como en las películas porno donde el tipo es mayor y experimentado”. Joder, eso fue mi señal. Le compartí un video porno corto que tenía guardado –uno de un negro fornido como yo, besando y manoseando a una blanca curvilínea en una cocina, sin penetrar aún, solo roces, lamidas, apretones en ese culo gordo hasta que ella gime desesperada–. “Algo así?”, le escribí. Ella lo vio (vi el “visto” en el chat) y respondió después de diez minutos: “Dios, Tyson… eso me puso caliente. En esa escena, el culo de ella es como el mío, ¿verdad? Me imagino siendo yo”.

De ahí, fue una cascada de morbo. Nos mandábamos videos porno todo el día, comentándolos como críticos pervertidos. Ella me envió uno de una casada infiel con un vecino musculoso, donde él la pone contra la pared y le come el coño por horas, sin meterla. “Esto me excita porque es prohibido”, me confesó. Yo le mandé otro de un tipo con una verga enorme restregándola contra las nalgas de una chica delgada, solo frotando hasta que ella se corre de la fricción. “Imagínate mi glande gordo como hongo rozando tu short blanco esa noche”, le escribí. Ella respondía con detalles: “Me sudaba todo, Tyson… sentía tu dureza y quería más, pero Franky estaba ahí”. Hablábamos de fantasías: yo le describía cómo la pondría de rodillas en mi cama, solo para que sintiera mi verga latiendo contra su cara, oliéndola, lamiendo el glande hinchado sin tragarla entera. Ella me contaba cómo soñaba con un hombre mayor agarrándole el culo en público, apretando fuerte hasta dejar marcas, mientras su marido no se entera.
El viernes por la noche, la cosa escaló a lo personal. Estábamos calientes después de un video de una pareja interracial donde el negro masajea las tetas y el culo de la blanca por horas, solo con aceite y manos. Le dije: “Muéstrame algo tuyo, reina. Quiero ver cómo eres de verdad”. Ella dudó, pero mandó una foto primero: ella en el baño, con un tanga naranja sin nada arriba pero tapando sus tetas , se veian pesadas con esa cintura pequeña y grandes caderas. “Para ti”, escribió. Yo le mandé una mía: con camisa, mostrando mis músculos duros y el bulto evidente en los boxers, con el glande asomando un poco por el borde, hinchado como un puño. “Esto es lo que me provocas”.



Entonces, llegó el intercambio de videos íntimos. Ella fue primero, nerviosa: “No se lo muestres a nadie, Tyson… es de Franky y yo”. Era un video casero, corto pero morboso: Lidia a cuatro patas en la cama, con Franky detrás, follando lento. Se veía su culo enorme temblando con cada embestida, gordo y redondo, la carne ondulando como olas. Franky era delgado, su verga normalita, entrando y saliendo de ese coño rosado y depilado. Lidia gemía suave, pero se notaba que no era suficiente –sus ojos cerrados, mordiéndose el labio como queriendo más fuerza, más grosor. “Mira cómo mi culo se mueve… pero imagíname contigo”, me escribió después. Joder, me puse duro al instante, frotándome la verga mientras lo veía en loop, imaginando mi glande enorme abriéndola en vez de esa cosita flaca.
Le respondí con el mío: un video viejo de mí follando a una flaca que conocí en un bar, una blanca delgada como un palo, con tetas pequeñas pero un coño apretado. La tenía de espaldas, mi verga gruesa –esa bestia con el hongo morado hinchado– entrando despacio en ella, estirándola al máximo. Se veía cómo el glande la abría, cómo ella gritaba de placer y dolor, su cuerpo delgado contrastando con mi musculatura oscura y mi polla monstruosa. No era largo, solo unos minutos de embestidas lentas, mostrando cómo la hacía temblar sin correrme, gracias a mi pastillita. “Esto es lo que te espera, Lidia… mi hongo gordo rompiendo tu culo grande, pero despacito, para que lo sientas todo”.
Ella lo vio tres veces (el chat lo marca). Respondió: “Tyson… es enorme. No sé si podría… pero quiero intentarlo. Me mojé solo viéndolo”. Hablamos horas después, describiendo cómo nos masturbaríamos pensando en eso: yo frotando mi verga dura imaginando su culo aplastado contra mí, ella metiéndose dedos en el coño recordando mi olor en la bodega.
Aún no nos hemos visto en vivo. Solo chats, videos, promesas morbosas. Pero sé que pronto me escribirá pidiendo un encuentro rápido, solo para “probar” mi dureza contra su carne. Las casadas como Lidia no aguantan mucho tiempo solo con fantasías. Quieren sentirlo de verdad. Y yo estaré listo, con mi pastilla tomada y mi verga lista para torturarla sin piedad.
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