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Relato Cornudo : Dalila vestida de novia 01

Liborio siempre había sido un hombre de fantasías ocultas, de esas que se revuelven en la mente como un veneno dulce, imposible de ignorar. Casado con Dalila desde hace tres años, tenían un bebé de dos añitos que llenaba la casa de risas y caos, pero entre ellos, la chispa se había apagado en un mar de rutinas y resentimientos. Dalila, una mujer alta y voluptuosa, con curvas que se habían acentuado después del embarazo –esos kilos extras que la hacían aún más imponente, con tetas grandes y pesadas que se balanceaban bajo cualquier blusa, y un culo redondo y carnoso que parecía desafiar la gravedad–, estaba molesta con él. Molesta de verdad. Liborio se negaba a casarse por la iglesia, a vestirla de blanco como ella soñaba desde niña. “Eso es para princesas, no para nosotros”, le decía él, pero en el fondo, era su propia inseguridad la que hablaba. Ahora, con una lesión en la rodilla que lo tenía incapacitado del trabajo, pasaba los días en el departamento, cojeando de la cama al sofá, con la mente vagando en pensamientos prohibidos. Fantaseaba con ser cornudo, con ver a su esposa entregada a otro hombre, pero nunca se lo había dicho. La comunicación entre ellos era un desierto árido.

Relato Cornudo : Dalila vestida de novia 01

Un día soleado, mientras Liborio espiaba por la ventana del departamento –una costumbre que había desarrollado en su encierro–, vio algo que le aceleró el pulso. Abajo, en la entrada del edificio, un tipo bajito, negro, con bigote recortado y ropa deportiva ajustada que marcaba sus músculos compactos, se acercó a Dalila. Era “el Tronco”, como lo apodaban en el barrio. Un hombrecillo de no más de 1.60 metros, pero con una confianza que lo hacía parecer un gigante. Se dedicaba a reparar celulares en un local improvisado en la planta baja del edificio, un tugurio lleno de cables y pantallas rotas donde los vecinos iban por arreglos rápidos. Liborio lo conocía de vista, pero más que eso: tiempo atrás, en un baño público del edificio, había compartido un urinario con él. Y allí, sin querer, había visto su pene. Un monstruo negro, grueso y largo, desproporcional a su estatura baja, colgando como un tronco pesado entre sus piernas. Aquella imagen se le había grabado en la mente, y ahora, viéndolo acercarse a su esposa, la fantasía explotó.
Dalila llevaba una bolsa de supermercado en una mano, su figura imponente destacando en jeans ajustados que abrazaban sus muslos gruesos y su culo protuberante. El Tronco se le plantó enfrente, con esa sonrisa ladina y ojos hambrientos que devoraban su cuerpo. Le dijo algo al oído, algo sucio probablemente, porque Dalila frunció el ceño, sus labios carnosos pintados de rojo se torcieron en ira, y lo empujó con fuerza. “¡Quítate, chaparro insolente!”, le gritó ella, su voz resonando en el patio. El Tronco no se inmutó; rio, se ajustó la camiseta de tirantes que dejaba ver sus tatuajes en los brazos, y se alejó con paso tranquilo, como si supiera que había plantado una semilla. Liborio, desde la ventana, sintió un calor intenso en la entrepierna. Su polla se endureció al instante, imaginando a Dalila, su Dalila, sometida por ese enano arrogante. Imaginaba ese pene negro enorme abriéndola, estirándola, mientras ella gemía de placer y dolor. Se masturbó allí mismo, jadeando, con la rodilla dolorida olvidada.

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Esa noche, en la cama, Liborio no pudo dormir. La idea lo obsesionaba. Quería ver a su esposa caer en las manos de ese hombre, quería ser testigo de su propia humillación morbosa. Pero ¿cómo? Dalila era fiel, o al menos eso creía él, aunque su enfado reciente la hacía distante, fría en la cama. Decidió un plan perverso. Al día siguiente, mientras Dalila estaba en la cocina preparando el desayuno –sus tetas rebotando bajo una blusa holgada, su culo moviéndose como una invitación silenciosa–, Liborio tomó su celular y lo “descompuso” a propósito. Golpeó la pantalla contra el borde de la mesa, fingiendo un accidente. “¡Mierda, se me cayó!”, exclamó. Dalila rodó los ojos, molesta. “Eres un torpe, Liborio. ¿Y ahora cómo vas a usarlo con tu rodilla jodida?” Él, con voz lastimera, le pidió: “Llévalo al chaparro de abajo, el que arregla celulares. Yo no puedo bajar las escaleras”. Dalila bufó, recordando el incidente del día anterior, pero accedió. Antes de dárselo, Liborio dejó a propósito fotos comprometedoras en la galería: imágenes de las tetas de Dalila, grandes y cremosas, con pezones oscuros erectos; ella en bikini, el tejido apretado contra su coño abultado; y una especialmente morbosa, Dalila empinada en tanga negra, el hilo desapareciendo entre sus nalgas carnosas, mostrando todo su esplendor voluptuoso.

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Dalila bajó al local de El Tronco, el celular en mano. El lugar olía a soldadura y sudor masculino. El Tronco la vio entrar y sus ojos se iluminaron, recorriendo su cuerpo alto y curvilíneo como un depredador. “Hola, mamacita. ¿En qué te ayudo?”, dijo con esa voz ronca, llena de doble sentido. Dalila, tiesa, le extendió el teléfono. “Es de mi esposo, Liborio. Arréglalo y avísame cuando esté listo. Aquí mi número”. Escribió su celular en un papel y se lo dio, ignorando cómo él la miraba fijamente a las tetas, que se asomaban por el escote. Se dio la vuelta, su culo meneándose, y salió.
El Tronco, solo en su taller, encendió el celular. Arregló la pantalla rota con facilidad, pero al probarlo, abrió la galería por “accidente”. Allí estaban las fotos. Sus ojos se abrieron grandes. Dalila desnuda, sus tetas enormes invitando a ser chupadas, mordidas; en bikini negro, el coño marcado como una promesa húmeda; empinada, ese culo gordo pidiendo ser azotado. Su polla se endureció al instante, ese tronco negro monstruoso presionando contra sus pantalones deportivos. No pudo resistir. Se bajó el zipper, sacó su verga gruesa y venosa, y se masturbó furiosamente mirando las fotos. Imaginaba enterrándose en ese culo, follando a esa mujer alta y voluptuosa hasta hacerla gritar. El semen salió a chorros, caliente y espeso, salpicando la pantalla recién arreglada. Limpió lo que pudo, pero dejó un rastro sutil, un olor tenue a macho que Dalila no notaría de inmediato. Luego, con su número en mano, usó su propio teléfono para mandarle mensajes cargados de insinuaciones. “Oye, reina, tu celular está casi listo. Pero dime, ¿ese bikini negro te queda tan bien como imagino? 😉” Dalila vio el mensaje y frunció el ceño, pero no respondió.
Al día siguiente, El Tronco le marcó. “Ven a recogerlo, preciosa”. Dalila bajó, enfadada por el tono familiar. Entró al local, y él le entregó el teléfono con una sonrisa lasciva. “Aquí está, como nuevo. Y oye, te ves muy bien en bikini negro, eh. Me encantó verte así”. Dalila se quedó helada. ¿Cómo sabía? El Tronco, atrevido como siempre, extendió la mano y la posó sobre su culo, apretando esa nalga carnosa con firmeza, sintiendo la suavidad bajo la tela. “¡Qué rico estás, mamita!”. Ella, roja de ira, le dio una cachetada sonora. “¡Pervertido chaparro! ¡No te atrevas!”, gritó, arrancando el celular y subiendo las escaleras a toda prisa.
Arriba, en el departamento, Dalila irrumpió furiosa. “¡Liborio, ese chaparro se pasó de la raya! Me tocó el culo y dijo algo de un bikini negro. ¡Ve y dale su merecido!”. Liborio, sentado en el sofá con la rodilla elevada, sintió una erección inmediata. La idea de El Tronco tocando a su esposa, viendo sus fotos, lo ponía al borde. Pero en lugar de enojarse, fingió calma. “Tranquila, amor. Hablaré con él”. Esperó a que Dalila saliera a atender al bebé, y entonces, cojeando, bajó al local. El Tronco lo vio llegar y sonrió, sabiendo que algo tramaba. Liborio, con voz temblorosa de excitación, le confesó todo: su fantasía de cornudo, cómo quería ver a Dalila con él, ese pene enorme destrozándola. “Te ayudo a conquistarla. Le gustan los hombres confiados, que la hagan reír. Le encanta la comida picante, las películas de terror. Invítala a algo, yo te cubro”. El Tronco, intrigado y excitado, aceptó. “Hecho, carnal. Esa hembra va a ser mía”.
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Días después, Liborio invitó a El Tronco a comer en casa, bajo pretexto de “agradecerle el arreglo”. Dalila protestó al principio: “¿Al chaparro ese? ¿Después de lo que hizo?”. Pero Liborio insistió: “Es vecino, amor. Dale una oportunidad”. La cena fue tensa al inicio. Dalila, vestida con una blusa ajustada que marcaba sus tetas pesadas y una falda corta que dejaba ver sus muslos gruesos, se sentó con recelo. El Tronco, con su ropa deportiva ceñida que insinuaba el bulto entre sus piernas, charló con confianza. Contó chistes morbosos, pero sutiles, sobre “troncos grandes que arreglan todo”. Liborio observaba, su polla dura bajo la mesa, imaginando lo que vendría. Dalila, al principio fría, empezó a reír. El Tronco era carismático, atrevido, y su baja estatura contrastaba con su aura dominante. Tocó su mano “por accidente”, rozó su pierna bajo la mesa. Nada pasó esa noche –solo risas y miradas cargadas–, pero Dalila sintió un cosquilleo extraño, un calor en su coño que no esperaba. Y sospechó de Liborio: ¿por qué lo defendía tanto? ¿Por qué sus ojos brillaban cuando El Tronco la miraba?
La confianza crecía. El Tronco mandaba mensajes a Dalila ahora con permiso, “le enviaba reels, inocentes “videos graciosos y platicas interesantes .
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Liborio, desde su sofá, se masturbaba pensando en el pene de El Tronco invadiendo a su esposa, en sus gemidos, en su propia humillación deliciosa. Dalila, molesta aún por la boda que nuncs fue , empezaba a ver en El Tronco una distracción peligrosa, un hombre que la hacía sentir deseada de nuevo. Pero aún no caía. La tensión se acumulaba, morbosa, pervertida, como un volcán a punto de erupción. Liborio sabía que era cuestión de tiempo.
CONTINUARA!
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