Hola Soy Tyson. Cincuenta tacos bien llevados, ex marine, cuerpo que todavía asusta en el gimnasio y una polla que ha hecho llorar de gusto y de miedo a más de una. El glande parece un hongo morado bien gordo, de esos que cuando se hincha parece que va a reventar la piel. Tomo mi pastillita azul especial los fines de semana que quiero que se quede dura como fierro toda la maldita noche. No necesito eyacular rápido. Puedo jugar horas. Y créeme, me encanta jugar.
El sábado pasado llegué al antro como siempre, sin muchas expectativas. Solo quería ahogar la semana en whisky bueno y ver cómo se movían los culos bajo las luces estroboscópicas. El lugar ya me conoce: los meseros me sirven sin preguntar, el barman me guarda la botella cara detrás de la barra. Todo normal… hasta que la vi.
Betania.
Joder.

Treinta años como mucho. Pelo recogido en un moño alto que dejaba ver ese cuello finito que me dan ganas de morder. Blusa corta militar verde oliva, pegada, dejando el ombligo al aire y marcando unas tetas que se veían pesadas y perfectas. Pero lo que me dejó idiota fue de cintura para abajo: un short blanco ridículamente corto, de esos que parecen pintados sobre la piel. Y ese culo… Dios mío, ese culo era obsceno. Gordo, redondo, alto, con esa carne que se mueve como gelatina lenta cada vez que da un paso. La cintura tan pequeña que parecía imposible que sostuviera semejante monumento atrás. Y el tatuaje chiquito de un lobo asomando justo por el borde del short, como diciendo “aquí empieza lo peligroso”.
Iba tomada de la mano de su marido, Franky. Un blanco flaco, de cara amable, camisa de botones mal planchada, sonrisa de buen cuate. Treinta y tantos. Se veía buena gente. De esos que te caen bien en cinco minutos. Para cualquier otro pendejo eso hubiera sido señal de “no te metas”. Para mí fue gasolina.

Me acerqué despacio. Primero saludé al barman, pedí tres tragos fuertes, uno para cada uno y uno extra para mí. Me senté cerca, como quien no quiere la cosa. Comenté algo del grupo que sonaba, les pregunté si eran de por acá. Franky era platicador, se soltó rápido. Betania sonreía, pero me medía. Sabía que la estaba viendo. Sabía que yo sabía que ella sabía.
Fui invitando rondas. Les recomendé el whisky caro que me guardan. Les conté un par de anécdotas de mis tiempos en el cuerpo, de esas que hacen reír a los hombres y mojan un poco a las mujeres cuando las cuentas bien. Franky se reía a carcajadas. Betania me miraba fijo, los ojos brillosos bajo las luces neón.


Cuando Franky se fue al baño la primera vez, me acerqué más. Le hablé bajito al oído, le dije que tenía la cintura más pequeña que había visto en una mujer con un culo tan grande en mi vida. Que era criminal esconder algo así. Ella se rió nerviosa, se mordió el labio, pero no se alejó.
La invité a bailar.
Se resistió un poco. “Mi marido…” murmuró.
“Tu marido está feliz tomando y platicando pendejadas conmigo. Ven, solo una canción.”
Aceptó.

La primera vez bailamos separados. Pero yo ya sabía lo que hacía. Me movía lento, dejaba que viera el bulto que llevaba en los jeans. No era discreto. Era una declaración de guerra. Ella lo vio. Tragó saliva. Sus caderas empezaron a moverse diferente.
La segunda vez que Franky fue al baño (el alcohol ya le estaba pegando duro), la volví a sacar. Esta vez la pegué a mí. Sentí ese culo enorme aplastarse contra mi entrepierna. Mi verga ya estaba medio dura solo de mirarla toda la noche. Cuando la tuve pegada, creció más. Ella lo sintió. Soltó un gemidito que trató de disfrazar de risa. Le susurré al oído:

“¿Sientes lo que me provocas, reina? Eso no miente.”

Se puso roja. Sudaba. Los pezones se le marcaban duros en la blusa. Pero seguía bailando, restregándose poquito a poco, como si no quisiera admitir que lo estaba haciendo.
Ahí fue cuando decidí acelerar las cosas.
Tenía la pastillita en el bolsillo. No es burundanga, no es éxtasis. Es esa mierda que ahora venden como “femenino viagra”. Flibanserina disfrazada de caramelito rosa. La disolví en su siguiente trago mientras Franky hablaba con un cuate en la barra. Se lo di con una sonrisa. Ella se lo tomó sin preguntar. Diez minutos después ya estaba diferente. Respiraba agitada, se abanicaba el cuello, se le subía el color a las mejillas, se le iban los ojos a mi paquete cada dos segundos.
Franky ya iba bastante borracho. En un momento betania dijo que necesitaba ir al baño , Franky no se sentía muy bien para acompañarla . Miró a Betania y luego a mí, con esa confianza ciega del borracho bueno:
“Tyson, hermano… ¿me haces el favor de acompañarla a ella al baño? .”
No lo podía creer. El cabrón me estaba entregando a su mujer sin darse cuenta.
La tomé de la mano. Ella no se resistió. La llevé por el pasillo oscuro, pasamos el baño de mujeres y seguí derecho. Mi amigo el barman ya sabía el rollo. Me abrió la puerta de la bodeguita donde guardan las cajas de alcohol y las botellas caras. Cerró con llave por fuera. Nos dejó solos.
El lugar olía a cartón y cerveza vieja. Una sola bombilla amarilla colgando. Espacio chiquito. Perfecto.
La pegué contra la pared de cajas. No la besé todavía. Quería saborear el momento. Le levanté la blusa con las dos manos, despacio, dejando ver esa cintura imposible y el principio de sus tetas. Bajé la cara y le lamí el ombligo. Ella jadeó fuerte. Le mordí suave la piel justo arriba del short. Subí las manos por sus costados, apretándole los costados de las tetas sin llegar a tocar los pezones. Ella temblaba.
“Estás ardiendo, mami…” le dije mientras le lamía el cuello.
“Esto… esto no debería…” murmuró, pero sus manos ya estaban en mi nuca, jalándome más cerca.

Le di la vuelta. La puse de espaldas. Le bajé un poco el short, solo lo suficiente para que asomara la mitad de ese culo brutal. Lo acaricié con las dos manos abiertas, apretando fuerte, separando las nalgas, volviendo a juntarlas. Gemía bajito, como si se estuviera conteniendo.
Le metí la mano por delante, por encima del short. Solo por encima. Sentí el calor que salía de su coño. Estaba empapada. El short blanco ya tenía una mancha oscura en el centro. Le froté el clítoris despacio, en círculos, sin meter dedos. Solo presión. Ella empujaba el culo hacia atrás, buscando más.
“¿Quieres que pare, Betania?” le pregunté mordiéndole la oreja.
Negó con la cabeza rápido.
“No… no pares… por favor…”
Le subí el short de nuevo. La volví a dar vuelta. La besé por primera vez. Lengua profunda, lenta, posesiva. Ella me correspondió como desesperada. Le chupé el labio inferior mientras le apretaba ese culo con las dos manos, levantándolo, abriéndolo. Sentía cómo temblaba entera.
La senté en una caja de cervezas. Le abrí las piernas. Me arrodillé entre ellas. Le besé el interior de los muslos, subiendo despacio. Le lamí justo donde terminaba el short, en esa línea donde la carne se pone más suave y caliente. Ella se agarraba de mi cabeza calva, jadeando.
No le bajé el short. No le metí nada. Solo lamí, besé, mordí suave, soplé caliente sobre la tela empapada. Ella se retorcía. Me pedía en susurros que siguiera, que no parara, que la volvía loca.
Le subí la blusa hasta el cuello. Las tetas se desbordaron. Las chupé fuerte, alternando, dejando marcas rojas en los costados. Ella gemía mi nombre. “Tyson… Tyson… joder…”
La volví a poner de pie. La pegué contra mí. Dejé que sintiera toda mi verga dura como piedra restregándose contra su culo mientras le mordía el cuello y le susurraba:
“Imagínate esto dentro de ti… imagínate cómo te abriría ese culo tan rico que tienes… despacito… hasta el fondo…”
Ella se estremeció entera. Creo que se corrió así, de pie, sin que la penetrara. Solo con mis palabras, mi lengua en su cuello y mi verga restregándose contra sus nalgas como si quisiera romper el pantalón.
Después la abracé por detrás un rato. Los dos respirando agitados. Le acomodé la ropa. Le aprete el culo y Le di un beso suave en la boca

“Cuando quieras terminar lo que empezamos… ya sabes dónde encontrarme, reina.”
La saqué de la bodega. Franky ya estaba en la mesa, medio dormido con la cabeza apoyada en la mano.
Betania se sentó a su lado, todavía temblando, con las mejillas rojas y los ojos vidriosos. Me miró una última vez antes de que se fueran.
Y supe.
Supe que esto apenas empieza.
Porque las casadas como ella…
las casadas como ella siempre regresan por más.
CONTINUARA……
El sábado pasado llegué al antro como siempre, sin muchas expectativas. Solo quería ahogar la semana en whisky bueno y ver cómo se movían los culos bajo las luces estroboscópicas. El lugar ya me conoce: los meseros me sirven sin preguntar, el barman me guarda la botella cara detrás de la barra. Todo normal… hasta que la vi.
Betania.
Joder.

Treinta años como mucho. Pelo recogido en un moño alto que dejaba ver ese cuello finito que me dan ganas de morder. Blusa corta militar verde oliva, pegada, dejando el ombligo al aire y marcando unas tetas que se veían pesadas y perfectas. Pero lo que me dejó idiota fue de cintura para abajo: un short blanco ridículamente corto, de esos que parecen pintados sobre la piel. Y ese culo… Dios mío, ese culo era obsceno. Gordo, redondo, alto, con esa carne que se mueve como gelatina lenta cada vez que da un paso. La cintura tan pequeña que parecía imposible que sostuviera semejante monumento atrás. Y el tatuaje chiquito de un lobo asomando justo por el borde del short, como diciendo “aquí empieza lo peligroso”.
Iba tomada de la mano de su marido, Franky. Un blanco flaco, de cara amable, camisa de botones mal planchada, sonrisa de buen cuate. Treinta y tantos. Se veía buena gente. De esos que te caen bien en cinco minutos. Para cualquier otro pendejo eso hubiera sido señal de “no te metas”. Para mí fue gasolina.

Me acerqué despacio. Primero saludé al barman, pedí tres tragos fuertes, uno para cada uno y uno extra para mí. Me senté cerca, como quien no quiere la cosa. Comenté algo del grupo que sonaba, les pregunté si eran de por acá. Franky era platicador, se soltó rápido. Betania sonreía, pero me medía. Sabía que la estaba viendo. Sabía que yo sabía que ella sabía.
Fui invitando rondas. Les recomendé el whisky caro que me guardan. Les conté un par de anécdotas de mis tiempos en el cuerpo, de esas que hacen reír a los hombres y mojan un poco a las mujeres cuando las cuentas bien. Franky se reía a carcajadas. Betania me miraba fijo, los ojos brillosos bajo las luces neón.


Cuando Franky se fue al baño la primera vez, me acerqué más. Le hablé bajito al oído, le dije que tenía la cintura más pequeña que había visto en una mujer con un culo tan grande en mi vida. Que era criminal esconder algo así. Ella se rió nerviosa, se mordió el labio, pero no se alejó.
La invité a bailar.
Se resistió un poco. “Mi marido…” murmuró.
“Tu marido está feliz tomando y platicando pendejadas conmigo. Ven, solo una canción.”
Aceptó.

La primera vez bailamos separados. Pero yo ya sabía lo que hacía. Me movía lento, dejaba que viera el bulto que llevaba en los jeans. No era discreto. Era una declaración de guerra. Ella lo vio. Tragó saliva. Sus caderas empezaron a moverse diferente.
La segunda vez que Franky fue al baño (el alcohol ya le estaba pegando duro), la volví a sacar. Esta vez la pegué a mí. Sentí ese culo enorme aplastarse contra mi entrepierna. Mi verga ya estaba medio dura solo de mirarla toda la noche. Cuando la tuve pegada, creció más. Ella lo sintió. Soltó un gemidito que trató de disfrazar de risa. Le susurré al oído:

“¿Sientes lo que me provocas, reina? Eso no miente.”

Se puso roja. Sudaba. Los pezones se le marcaban duros en la blusa. Pero seguía bailando, restregándose poquito a poco, como si no quisiera admitir que lo estaba haciendo.
Ahí fue cuando decidí acelerar las cosas.
Tenía la pastillita en el bolsillo. No es burundanga, no es éxtasis. Es esa mierda que ahora venden como “femenino viagra”. Flibanserina disfrazada de caramelito rosa. La disolví en su siguiente trago mientras Franky hablaba con un cuate en la barra. Se lo di con una sonrisa. Ella se lo tomó sin preguntar. Diez minutos después ya estaba diferente. Respiraba agitada, se abanicaba el cuello, se le subía el color a las mejillas, se le iban los ojos a mi paquete cada dos segundos.
Franky ya iba bastante borracho. En un momento betania dijo que necesitaba ir al baño , Franky no se sentía muy bien para acompañarla . Miró a Betania y luego a mí, con esa confianza ciega del borracho bueno:
“Tyson, hermano… ¿me haces el favor de acompañarla a ella al baño? .”
No lo podía creer. El cabrón me estaba entregando a su mujer sin darse cuenta.
La tomé de la mano. Ella no se resistió. La llevé por el pasillo oscuro, pasamos el baño de mujeres y seguí derecho. Mi amigo el barman ya sabía el rollo. Me abrió la puerta de la bodeguita donde guardan las cajas de alcohol y las botellas caras. Cerró con llave por fuera. Nos dejó solos.
El lugar olía a cartón y cerveza vieja. Una sola bombilla amarilla colgando. Espacio chiquito. Perfecto.
La pegué contra la pared de cajas. No la besé todavía. Quería saborear el momento. Le levanté la blusa con las dos manos, despacio, dejando ver esa cintura imposible y el principio de sus tetas. Bajé la cara y le lamí el ombligo. Ella jadeó fuerte. Le mordí suave la piel justo arriba del short. Subí las manos por sus costados, apretándole los costados de las tetas sin llegar a tocar los pezones. Ella temblaba.
“Estás ardiendo, mami…” le dije mientras le lamía el cuello.
“Esto… esto no debería…” murmuró, pero sus manos ya estaban en mi nuca, jalándome más cerca.

Le di la vuelta. La puse de espaldas. Le bajé un poco el short, solo lo suficiente para que asomara la mitad de ese culo brutal. Lo acaricié con las dos manos abiertas, apretando fuerte, separando las nalgas, volviendo a juntarlas. Gemía bajito, como si se estuviera conteniendo.
Le metí la mano por delante, por encima del short. Solo por encima. Sentí el calor que salía de su coño. Estaba empapada. El short blanco ya tenía una mancha oscura en el centro. Le froté el clítoris despacio, en círculos, sin meter dedos. Solo presión. Ella empujaba el culo hacia atrás, buscando más.
“¿Quieres que pare, Betania?” le pregunté mordiéndole la oreja.
Negó con la cabeza rápido.
“No… no pares… por favor…”
Le subí el short de nuevo. La volví a dar vuelta. La besé por primera vez. Lengua profunda, lenta, posesiva. Ella me correspondió como desesperada. Le chupé el labio inferior mientras le apretaba ese culo con las dos manos, levantándolo, abriéndolo. Sentía cómo temblaba entera.
La senté en una caja de cervezas. Le abrí las piernas. Me arrodillé entre ellas. Le besé el interior de los muslos, subiendo despacio. Le lamí justo donde terminaba el short, en esa línea donde la carne se pone más suave y caliente. Ella se agarraba de mi cabeza calva, jadeando.
No le bajé el short. No le metí nada. Solo lamí, besé, mordí suave, soplé caliente sobre la tela empapada. Ella se retorcía. Me pedía en susurros que siguiera, que no parara, que la volvía loca.
Le subí la blusa hasta el cuello. Las tetas se desbordaron. Las chupé fuerte, alternando, dejando marcas rojas en los costados. Ella gemía mi nombre. “Tyson… Tyson… joder…”
La volví a poner de pie. La pegué contra mí. Dejé que sintiera toda mi verga dura como piedra restregándose contra su culo mientras le mordía el cuello y le susurraba:
“Imagínate esto dentro de ti… imagínate cómo te abriría ese culo tan rico que tienes… despacito… hasta el fondo…”
Ella se estremeció entera. Creo que se corrió así, de pie, sin que la penetrara. Solo con mis palabras, mi lengua en su cuello y mi verga restregándose contra sus nalgas como si quisiera romper el pantalón.
Después la abracé por detrás un rato. Los dos respirando agitados. Le acomodé la ropa. Le aprete el culo y Le di un beso suave en la boca

“Cuando quieras terminar lo que empezamos… ya sabes dónde encontrarme, reina.”
La saqué de la bodega. Franky ya estaba en la mesa, medio dormido con la cabeza apoyada en la mano.
Betania se sentó a su lado, todavía temblando, con las mejillas rojas y los ojos vidriosos. Me miró una última vez antes de que se fueran.
Y supe.
Supe que esto apenas empieza.
Porque las casadas como ella…
las casadas como ella siempre regresan por más.
CONTINUARA……
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