Pronto, impulsados por una sincronía instintiva y animal que parecía haber estado esperando años para liberarse, todos se movieron al mismo tiempo sobre la alfombra mullida, formando una cadena extensa, circular y profundamente pervertida que ocupaba casi todo el centro de la sala. Los cuerpos se alinearon en un círculo perfecto, cada uno conectado al siguiente por boca, dedos o verga, uniendo placer y tabú en un flujo continuo de gemidos, fluidos y carne temblorosa bajo las luces parpadeantes del árbol navideño.
Javier, de rodillas detrás de Laura, había cambiado al ano de su esposa: su pene grueso y lubricado por los jugos previos empujó con decisión contra el anillo rosado y ya dilatado, abriéndolo lentamente hasta hundirse por completo en esa calidez apretada y madura. Embistió con brutalidad creciente, retirándose casi hasta la punta para volver a clavarse hasta la base, haciendo que las nalgas enormes y pesadas de Laura temblaran en ondas interminables, la carne ondulando como olas de gelatina caliente, enrojecida por los impactos, separándose y chocando con sonidos húmedos y resonantes que se mezclaban con sus propios gritos ahogados. Cada penetración profunda hacía que el cuerpo entero de Laura se sacudiera hacia adelante, presionando su rostro con más fuerza contra el sexo de Valeria.
Laura tenía la boca completamente pegada al coño y ano de Valeria, los labios mayores hinchados y brillantes de excitación abierta frente a ella. Su lengua se hundía con avidez desesperada, lamiendo de abajo hacia arriba en trazos largos que recogían los jugos abundantes que goteaban sin parar, succionando el clítoris endurecido con fuerza rítmica mientras introducía dos dedos en el ano de su nuera, abriéndolo y curvándolos para masajear las paredes internas. El sabor intenso y salado de Valeria llenaba su boca, mezclado con el aroma fuerte del deseo colectivo, y cada embestida que recibía por detrás la empujaba a lamer con más furia.
Valeria, a cuatro patas y temblando de placer doble, devoraba con lengua experta y hambrienta el coño y ano de Sofía. Su boca cubría toda la zona, alternando entre chupadas profundas al clítoris hinchado, lamidas largas que recorrían desde el perineo hasta el ano y penetraciones rápidas con la lengua dentro del orificio rosado y palpitante. Al mismo tiempo, introducía tres dedos en el coño empapado de Sofía, curvándolos para golpear el punto sensible mientras su pulgar frotaba el clítoris en círculos rápidos. Los jugos de Sofía corrían por su barbilla y cuello, y cada vez que Javier embestía a Laura, la cadena transmitía el impulso hasta hacer que Valeria presionara más contra su objetivo.
Sofía, con el rostro enterrado entre las nalgas en forma de corazón perfecto de Camila, tenía la lengua hundida hasta el fondo en el ano de su hermana menor. Lamía con pasión frenética, entrando y saliendo en movimientos rápidos mientras sus manos separaban los glúteos firmes para abrir más el acceso, saboreando la textura interna caliente y resbaladiza. Con una mano libre, masturbaba el coño de Camila: dedos deslizándose entre labios hinchados, frotando el clítoris con presión constante y penetrando alternadamente para recoger más jugos que luego lamía de sus propios dedos. Los gemidos de Camila vibraban contra su boca, y cada sacudida de la cadena hacía que Sofía se hundiera más profundo.
Camila, arqueada y temblorosa, lamía con pasión descontrolada el ano y coño de Isabella. Su lengua trazaba círculos amplios alrededor del anillo anal antes de penetrarlo con fuerza, abriéndolo más con cada embestida mientras dos dedos se hundían en el coño empapado de la novia de su hermano, curvándose para masajear las paredes internas. Los jugos de Isabella corrían abundantes por su rostro, goteando hasta su pecho, y sus manos separaban los glúteos colosales para permitir un acceso total, sintiendo cómo la carne pesada temblaba contra sus mejillas.
Diego cerró el círculo con una furia posesiva: se puso de rodillas detrás de Isabella, su verga gruesa empezó a entrar y salir del ano colosal con fuerza brutal y ritmo implacable. Cada embestida hacía que los glúteos inmensos temblaran violentamente, la carne ondulando en círculos concéntricos que parecían no terminar nunca, separándose para mostrar cómo el anillo anal se estiraba al máximo alrededor de su grosor antes de cerrarse de nuevo al retirarse. Los sonidos húmedos y obscenos —chops resonantes, squelches de lubricación natural y saliva— llenaban la sala junto con los gemidos de Isabella, que se transmitían a través de la cadena hasta volver al principio. Diego clavaba los dedos en la carne abundante, dejando marcas rojas, mientras sentía cómo el ano de Isabella lo apretaba y succionaba con cada movimiento.
Todos gemían en un coro continuo y descontrolado de placer prohibido: voces graves y roncas de los hombres mezcladas con los gritos agudos y jadeos femeninos, palabras sucias y suplicantes que se superponían, cuerpos sudorosos chocando, fluidos salpicando la alfombra. Las luces navideñas parpadeaban sobre pieles brillantes, proyectando sombras danzantes de nalgas temblorosas, lenguas hundidas y vergas entrando y saliendo, convirtiendo la sala en un altar vivo de incesto y lujuria absoluta donde nadie quería que la cadena se rompiera jamás.
—Fóllenme el culo todos esta noche… por favor, todos —gritaba Isabella con voz quebrada por el placer y la urgencia, el cuerpo entero temblando en espasmos incontrolables—. Quiero sentir vergas gruesas y lenguas calientes en mi ano una y otra vez; ábranme hasta el límite, llénenme, rómpanme, no paren nunca.
Sus palabras resonaron en la sala como un mandato irresistible, un eco que hizo que todos los penes palpitaran con más fuerza y los coños se contrajeran de anticipación. Isabella se arqueaba con violencia, empujando las caderas hacia atrás, sus nalgas colosales temblando en ondas que parecían no terminar, el ano dilatado guiñando húmedo y brillante bajo las luces navideñas.
Entonces, como obedeciendo una señal silenciosa, las cinco mujeres se alinearon en una fila perfecta sobre la alfombra mullida, todas a cuatro patas, rodillas separadas y espaldas arqueadas al máximo para ofrecer sus culos en una exposición gloriosa, variada y absolutamente obscena. La visión era abrumadora: cinco pares de nalgas distintas, cada una con su propia perfección, alineadas en orden descendente de edad, brillando de sudor, jugos y saliva bajo el resplandor cálido de la chimenea y las luces parpadeantes del árbol.
Laura encabezaba la fila, sus nalgas maduras, pesadas y voluptuosas temblando ligeramente incluso en reposo. La carne abundante se extendía hacia los lados, marcada por huellas rojas de manos y dientes, el ano dilatado y enrojecido por las embestidas previas de Javier, aún abierto y palpitante, goteando una mezcla de lubricación natural y semen que resbalaba lentamente por el perineo hasta el coño hinchado debajo.
A su lado, Valeria ofrecía glúteos perfectos, redondos y altos, la piel tersa brillando con una capa fina de jugos que corrían desde su coño depilado hasta la parte inferior de las nalgas. El ano rosado se contraía rítmicamente, invitando, mientras la carne firme pero elástica temblaba apenas con cada respiración profunda.
Sofía seguía, su culo amplio y juvenil separado deliberadamente por sus propias manos: los glúteos se abrían mostrando todo sin pudor, el ano rosado y húmedo guiñando con anticipación, el coño depilado completamente empapado y goteando hilos transparentes que caían sobre la alfombra. La piel pálida contrastaba con las marcas rojas de palmadas recientes, y cada pequeño movimiento hacía que la carne rebotara con una elasticidad envidiable.
Camila presentaba su forma de corazón perfecta, las nalgas altas y llenas elevándose con arrogancia, la hendidura profunda y oscura entre ellas brillando de saliva y jugos. Su ano rosado, pequeño y apretado aún, guiñaba nerviosamente, rodeado de piel suave que invitaba a ser lamida y abierta. La carne se desbordaba ligeramente por los lados cuando apoyaba más peso en las rodillas, creando una curva irresistible.
Isabella cerraba la fila, dominando completamente la vista: su culo colosal, inmenso y desproporcionado, ocupaba casi el doble de espacio que los demás. Los glúteos pesados y redondos temblaban constantemente; incluso en quietud, la carne desbordante caía hacia los lados y hacia abajo por su propio peso, marcada por huellas profundas de dedos. El ano dilatado por las penetraciones previas se abría y cerraba visiblemente, brillante de saliva y lubricación, rodeado de pliegues húmedos que prometían una calidez abrumadora.
Los tres hombres —Javier, Marco y Diego— se colocaron detrás de la fila, de rodillas, penes erectos y palpitantes apuntando hacia adelante, cubiertos de venas y brillantes de fluidos previos. Recorrieron la fila con una lentitud tortuosa, deliberada, como si quisieran grabar cada detalle en la memoria antes de actuar.
Javier empezó con Laura, su esposa, hundiendo su verga gruesa primero en el coño maduro y empapado de ella, sintiendo cómo las paredes internas lo acogían con calidez conocida, pero ahora intensificada por el tabú colectivo. Embistió varias veces vaginalmente, lento y profundo, viendo cómo las nalgas pesadas se separaban con cada entrada, la carne temblando en ondas lentas y pesadas. Luego, sin prisa, retiró su pene cubierto de jugos cremosos y lo posicionó contra el ano dilatado de Laura, empujando con firmeza hasta hundirse por completo en esa calidez apretada y experimentada, gimiendo al sentir cómo el anillo anal lo succionaba.
Marco y Diego seguían el mismo ritmo tortuoso, moviéndose en paralelo: primero penetrando vaginalmente a Valeria y Sofía, respectivamente, luego pasando al ano con empujones lentos que hacían gritar a las mujeres de placer anticipado.
Luego avanzaron un paso. Javier pasó a Valeria, penetrándola analmente de inmediato: su verga abriendo el ano perfecto y firme de su nuera, sintiendo la resistencia inicial seguida de una succión deliciosa, los glúteos redondos temblando con cada embestida profunda. Marco tomó a Laura analmente, gimiendo al hundirse en el ano maduro y abundante de su madre. Diego se colocó detrás de Sofía, penetrándola primero vaginalmente y luego pasando al ano juvenil y amplio con movimientos largos y tortuosos.
La fila entera gemía y se sacudía en sincronía: cada vez que un hombre embestía, la mujer correspondiente empujaba hacia adelante, transmitiendo el movimiento a la siguiente, haciendo que todas las nalgas temblaran en cadena, una ola de carne voluptuosa que recorría la línea de cinco culonas expuestas. Los sonidos —gemidos femeninos agudos, gruñidos masculinos graves, chops húmedos de carne contra carne, squelches obscenos de penetraciones anales— se mezclaban con el crepitar de la chimenea y el tintineo lejano de las luces del árbol, creando una sinfonía navideña pervertida y absoluta.
Los hombres continuaban avanzando lentamente, cambiando de mujer cada pocos minutos, probando cada ano y cada coño, comparando texturas, apreturas, temblores: la madurez suave de Laura, la perfección elástica de Valeria, la amplitud juvenil de Sofía, la forma de corazón apretada de Camila, y finalmente el colosal calor abrumador de Isabella, cuyo ano dilatado acogía cada verga como un guante caliente y succionante, haciendo que los hombres gimieran de placer puro al hundirse en tanta carne temblorosa.
La fila se mantenía firme, las mujeres arqueadas y ofreciendo todo sin reservas, anos y coños palpitando, nalgas temblando en anticipación constante, mientras los hombres recorrían una y otra vez la exposición gloriosa, penetrando, retirándose, cambiando, en un ritual lento y tortuoso que prometía durar hasta que ninguno pudiera sostenerse en pie.
—Tu culo, nuera, es tan apretado… tan caliente y resbaladizo… me ordeñas la verga como una puta profesional, Valeria —gruñía Javier con voz grave y entrecortada, los ojos fijos en cómo su pene grueso entraba y salía del ano perfecto de su nuera. Cada embestida hacía que los glúteos redondos y firmes de Valeria se separaran ligeramente, revelando el anillo rosado estirado al máximo alrededor de su grosor, succionando con fuerza cada vez que se retiraba. La piel tersa brillaba de sudor y jugos, temblando en ondas controladas pero intensas, la carne enrojecida por el roce constante y las palmadas previas.
Valeria empujaba hacia atrás con desesperación, arqueando la espalda hasta el límite, sintiendo cómo la verga de su suegro la llenaba por completo, golpeando profundidades que la hacían jadear. El placer era una mezcla ardiente de dolor y éxtasis, el ano palpitando alrededor del miembro invasor.
—Fólleme el ano más duro, suegro… más profundo, rómpame —suplicaba con voz ronca y temblorosa, los muslos internos brillando de humedad—. Llénelo de leche caliente, córrase dentro hasta que me rebose… quiero sentir cómo me inunda.
Marco, incapaz de resistir más la visión de su madre expuesta, se colocó detrás de Laura y probó su ano maduro y abundante. La punta de su pene rozó primero el anillo dilatado y húmedo, aún abierto por las penetraciones anteriores, antes de hundirse lentamente en esa calidez suave y experimentada. La carne pesada de las nalgas de Laura se separaba con cada empujón, envolviendo la base de su verga, temblando en ondas lentas y pesadas que hacían que todo su cuerpo se sacudiera.
—Mamá… follarte el culo es el tabú más delicioso que he sentido en mi vida… tan suave, tan carnoso, tan prohibido —gemía Marco, acelerando el ritmo hasta embestir con fuerza, viendo cómo las nalgas maduras rebotaban contra su pelvis con sonidos húmedos y resonantes.
Laura gritaba de placer puro, lágrimas de éxtasis rodando por sus mejillas, empujando hacia atrás para recibir cada golpe hasta el fondo, sintiendo cómo su hijo la abría de una forma que nunca había imaginado.
—Sí, hijo… fóllame el ano como nunca, más fuerte, más profundo… soy tu perra esta Navidad, tu puta personal… rómpeme el culo hasta que no pueda sentarme.
Diego, con la respiración agitada y el pene latiendo de excitación, llegó hasta Sofía y decidió penetrarla doble sin preámbulos. Primero hundió su verga gruesa en el coño empapado y palpitante de su hermana, sintiendo cómo las paredes internas lo apretaban con fuerza juvenil, jugos cremosos cubriendo cada centímetro al entrar y salir. Al mismo tiempo, introdujo dos dedos lubricados en el ano amplio y rosado de Sofía, curvándolos para masajear las paredes internas mientras su pene golpeaba el punto sensible vaginal con embestidas rápidas y profundas. Las nalgas de Sofía temblaban violentamente con la doble estimulación, la carne firme rebotando en ondas que hacían que todo su cuerpo se convulsionara.
—Hermana… tu culo amplio me aprieta perfecto con los dedos… y tu coño me succiona como loco —jadeaba Diego, acelerando ambos movimientos—. Voy a correrme en tu interior… te voy a llenar el coño de tus sobrinos.
Sofía gritaba sin control, el placer doble llevándola al borde del colapso, empujando hacia atrás para sentir más.
Cada penetración en la fila iba acompañada de un ritual de adoración intensa: palmadas fuertes y resonantes que enrojecían la carne suave, dejando huellas de dedos que contrastaban con la piel pálida o bronceada; mordidas apasionadas que hundían dientes en los gluteos temblorosos, marcando con medias lunas rojas que provocaban gemidos más altos; lamidas profundas y prolongadas en las hendiduras expuestas, lenguas trazando desde el perineo hasta el ano dilatado, saboreando jugos y sudor; dedos explorando anos ya abiertos, introduciéndose hasta tres o cuatro a la vez, estirando, masajeando, preparando para la siguiente verga o simplemente provocando orgasmos que hacían que las mujeres se sacudieran en cadena.
Los hombres rotaban constantemente, probando cada ano y cada coño con avidez comparativa, comentando en gruñidos roncos las diferencias: la suavidad madura y acogedora de Laura, la firmeza elástica y succionante de Valeria, la amplitud juvenil y palpitante de Sofía, el corazón apretado y guiñante de Camila y, finalmente, el colosal calor abrumador de Isabella. Las mujeres, por su parte, gemían, suplicaban y empujaban hacia atrás, anos y coños palpitando en sincronía, fluidos corriendo por muslos, la alfombra empapada, el aire denso de aroma a sexo, sudor y placer prohibido que nadie quería que terminara jamás.
Valeria, siempre la más creativa y audaz del grupo, alzó la voz con una sonrisa pícara mientras su cuerpo aún temblaba por las penetraciones recientes, el ano palpitante y los glúteos brillando de sudor.
—Traigan el aceite de oliva virgen de la cocina… y también la crema batida que sobró del postre —propuso con voz ronca y cargada de anticipación—. Vamos a lubricar estos culos hasta que brillen como esculturas eróticas vivientes. Quiero que resbalen tanto que ninguna verga encuentre resistencia.
Marco y Diego corrieron casi tropezando hacia la cocina abierta, regresando en segundos con dos botellas grandes de aceite de oliva dorado y frío, y varios envases de crema batida espesa y blanca. El grupo entero se arrodilló alrededor de la fila de mujeres, que seguían a cuatro patas, nalgas elevadas y temblando de expectativa. Comenzaron a verter el aceite con generosidad: chorros gruesos y lentos que caían directamente sobre las hendiduras profundas, resbalando por los glúteos, empapando anos y coños, goteando hasta los muslos internos y formando charcos brillantes en la alfombra. Las manos se hundieron en la carne lubricada, masajeando con movimientos largos y circulares: dedos separando hemisferios, pulgares frotando los anillos anales dilatados, palmas deslizándose por la piel ahora resbaladiza y caliente. La crema batida se añadió después, untada en capas gruesas y blancas sobre las nalgas, mezclándose con el aceite dorado para crear un brillo cremoso y obsceno que reflejaba las luces navideñas en destellos hipnóticos. Cada trasero relucía ahora como una escultura erótica viva: la carne pesada de Laura cubierta de una capa brillante que acentuaba cada onda; los glúteos perfectos de Valeria resbalando bajo los dedos como seda aceitada; el amplio juvenil de Sofía temblando con cada masaje profundo; el corazón apretado de Camila guiñando bajo la crema; y el colosal de Isabella, una masa deslumbrante que parecía infinita, la crema y el aceite corriendo por los pliegues y goteando abundantemente.
El aceite hacía que cada nuevo golpe sonara más obsceno: palmadas resonantes que producían chasquidos húmedos y salpicaduras; vergas entrando en anos con un squelch profundo y resbaladizo, sin resistencia, deslizándose hasta el fondo en un solo movimiento suave y brutal. Los cuerpos se movían con mayor facilidad, la fricción convertida en un deslizamiento continuo y caliente que intensificaba cada sensación.
Isabella, la más grande y deseada en ese momento, fue levantada con cuidado y lujuria por Javier y Diego juntos. Los dos hombres, con las manos ya resbaladizas por el aceite y la crema, la tomaron firmemente por las caderas anchas y los muslos gruesos, sintiendo cómo la piel lubricada se deslizaba bajo sus dedos mientras alzaban con esfuerzo el peso delicioso y abundante de tanta carne voluptuosa. Javier se recostó boca arriba sobre la alfombra mullida, las piernas ligeramente separadas, su verga gruesa y venosa apuntando hacia el techo, completamente erecta y brillante por la mezcla de aceite, crema batida y jugos previos que la cubrían de la punta hasta la base.
Isabella se colocó de rodillas a horcajadas sobre él, pero de espaldas a su rostro: sus rodillas se abrieron ampliamente a ambos lados de las caderas de Javier, los muslos internos rozando los costados del hombre mientras su trasero colosal quedaba suspendido justo encima de la pelvis de él. Diego, desde atrás, guio con manos firmes el descenso lento y controlado: primero, la punta hinchada y lubricada del pene de Javier rozó el ano dilatado y resbaladizo de Isabella, que palpitaba caliente y abierto por todo lo anterior. Luego, centímetro a centímetro, Isabella bajó las caderas con deliberada lentitud, dejando que la verga se hundiera en su interior con una facilidad obscena gracias al aceite abundante que todo lo hacía deslizarse sin resistencia. El anillo anal, rosado y brillante, se estiró al máximo alrededor del grosor invasor, tragando la verga entera en un movimiento continuo y profundo hasta que la base quedó completamente sepultada.
Las nalgas colosales de Isabella descendieron por fin hasta aplastarse con todo su peso contra la pelvis y el vientre de Javier: la carne pesada y caliente se extendió sobre él como una manta viva, cubriendo sus caderas por completo, desbordándose hacia los lados y hacia abajo, envolviendo sus muslos en una presión suave y asfixiante. Javier quedó literalmente sepultado bajo aquel trasero inmenso, la cara apenas visible por los lados, respirando el aroma intenso de piel lubricada, crema y deseo mientras sentía el calor abrumador y el temblor constante de la carne que lo cubría.
Isabella comenzó a moverse entonces con un ritmo creciente y dominante: alzaba las caderas lentamente hasta que solo la punta del pene quedaba dentro, el ano estirado guiñando alrededor de ella, para luego bajar con fuerza controlada, tragando la verga entera de nuevo en un solo golpe profundo. Cada descenso hacía que los glúteos colosales chocaran contra la pelvis de Javier con sonidos húmedos y resonantes —chap, chap, chap—, la crema batida y el aceite salpicando ligeramente hacia los lados, las nalgas temblando en ondas violentas que parecían no terminar nunca, la carne pesada rebotando y ondulando en círculos hipnóticos. Javier gemía ahogado bajo el peso, las manos clavadas en los costados de aquellas nalgas para intentar controlar el ritmo, sintiendo cómo el ano de Isabella lo apretaba y succionaba con cada movimiento ascendente y descendente, ordeñándolo sin piedad mientras ella controlaba completamente la profundidad y la velocidad.
—Siente cómo mi culo enorme te envuelve todo, suegro… cómo te traga hasta el fondo —gemía Isabella con voz profunda y dominante, acelerando el rebote hasta que las nalgas temblaban violentamente en ondas circulares—. Rebotaré hasta que explotes dentro de mi ano… Quiero que me inundes, que me llenes hasta que rebose tu leche caliente.
Diego, de rodillas junto a ellos, lamía con avidez los glúteos colosales de Isabella mientras ella subía y bajaba: lengua trazando las curvas lubricadas, lamiendo la crema batida mezclada con aceite y sudor, hundiendo la cara entre los hemisferios cuando se separaban ligeramente en el ascenso, succionando el perineo y rozando con la lengua la base del pene de Javier cada vez que entraba profundo. Sus manos separaban más la carne para abrir paso a su boca, saboreando cada pliegue resbaladizo mientras Isabella gritaba de placer, el ano contrayéndose alrededor de la verga de Javier con cada lamida de Diego.
El resto observaba hipnotizado, manos masturbándose lentamente o frotando sus propios sexos, esperando su turno para unirse al festín lubricado que prometía prolongarse hasta el amanecer.
Valeria y Sofía, impulsadas por una excitación compartida y febril, se apilaron una encima de la otra con movimientos coordinados y temblorosos. Sofía se colocó primero a cuatro patas en la alfombra, las rodillas separadas y la espalda arqueada al máximo para elevar su trasero amplio y juvenil. Valeria se subió sobre ella con cuidado, apoyando sus propias rodillas a ambos lados de la cintura de Sofía y bajando el torso hasta que sus pechos rozaban la espalda de la cuñada; de esta forma, los glúteos de ambas quedaron superpuestos en capas perfectas: las nalgas redondas y firmes de Valeria descansando directamente sobre las amplias y temblorosas de Sofía, la carne aceitada deslizándose una contra la otra con cada respiración, creando una fricción resbaladiza y caliente que hacía gemir a ambas antes siquiera de ser tocadas.
Marco y Diego se arrodillaron detrás de la pila humana, penes palpitantes y cubiertos de aceite. Penetraban alternadamente con un ritmo sincronizado y tortuoso: Marco hundía primero su verga gruesa en el ano lubricado de Valeria, sintiendo cómo el anillo apretado y elástico lo succionaba hasta la base mientras los glúteos superiores temblaban; luego se retiraba lentamente y pasaba al coño empapado de Sofía debajo, deslizándose con facilidad entre los labios hinchados y golpeando profundo. Diego hacía lo contrario: empezaba en el coño de Sofía, embistiendo con fuerza para hacer que todo el montón se sacudiera; luego subía al ano de Valeria, abriéndolo con empujones largos que provocaban gemidos simultáneos. Cada cambio de nivel hacía que la carne superpuesta rebotara en ondas dobles, aceite y crema salpicando, los anos y coños contrayéndose visiblemente alrededor de las vergas alternas.
—Follen nuestros culos al mismo tiempo… comparen quién es más puta, quién aprieta más, quién se corre primero —suplicaban al unísono Valeria y Sofía con voces entrecortadas y roncas, moviendo las caderas en círculos opuestos para intensificar la fricción entre sus propios glúteos y la doble penetración que las atravesaba.
Camila, dominada por un deseo voraz, se acercó a Javier, que yacía boca arriba recuperando el aliento. Se arrodilló a horcajadas sobre su rostro, las rodillas a ambos lados de su cabeza, y bajó las caderas hasta sentarse por completo sobre él: sus nalgas en forma de corazón se extendieron sobre la cara de su padre, cubriéndolo desde la frente hasta la barbilla, la carne suave y aceitada aplastándose contra sus mejillas y nariz, el ano rosado y húmedo presionando directamente contra su boca mientras el coño empapado rozaba su barbilla. Marco, desde atrás, se posicionó de rodillas y penetró analmente a Camila con un solo empujón profundo, la verga abriendo su ano apretado mientras sus glúteos temblaban sobre el rostro de Javier.
—Papá… lame mi coño y mi ano mientras tu hijo me destroza el culo con su verga gruesa —gemía Camila, moviéndose en círculos lentos para frotar ambas zonas contra la boca ansiosa de Javier.
Javier obedecía con devoción absoluta: su lengua se hundía alternadamente en el coño y el ano de su hija, penetrando profundo, succionando los jugos prohibidos que goteaban abundantes, saboreando la mezcla intensa de aceite, crema y excitación familiar mientras sentía cómo cada embestida de Marco hacía que el cuerpo de Camila se presionara más contra su rostro.
Más tarde, hacia la medianoche, cuando el reloj marcó las doce con un leve tintineo lejano, Valeria organizó un ritual de adoración pura. Las mujeres, una por una, caminaban lentamente por el centro de la sala como en un desfile erótico, contoneándose con cadencia hipnótica, las caderas balanceándose para hacer temblar los glúteos aceitados y brillantes que reflejaban las luces navideñas en destellos dorados y cremosos. Cada una separaba sus propios glúteos con las manos al pasar frente al grupo, abriendo completamente la vista a anos dilatados, rosados y palpitantes, coños hinchados goteando, dejando que todos admiraran, tocaran y lamieran al paso.
Al turno de Laura, todos aplaudían con entusiasmo, manos extendidas para tocar: dedos hundidos en el ano maduro, lenguas lamiendo rápidamente la hendidura, bocas succionando la carne pesada mientras ella gemía y seguía caminando.
Cuando le tocó a Isabella, el grupo entero se arrodilló detrás de ella en reverencia absoluta. Su trasero colosal dominaba la vista, temblando con cada paso lento, la crema y el aceite corriendo por los pliegues.
—Es el culo más grande, el más hermoso… una verdadera maravilla —dijo Laura con voz temblorosa de deseo, besando una nalga enorme, luego hundiendo la lengua en el ano dilatado.
Isabella separó sus propias nalgas al máximo con ambas manos, abriendo todo hasta el límite, el ano guiñando húmedo y brillante.
—Lámanme el ano todos ahora… prepárenlo para que me penetren sin piedad, métanme lenguas y dedos hasta que no aguante más —ordenó con voz autoritaria.
Uno por uno, y luego todos juntos: lenguas penetrando profundo en el ano colosal, dedos —hasta cuatro a la vez— estirando y masajeando las paredes internas, dilatándolo más mientras Isabella gemía y empujaba hacia atrás.
Sofía, excitada por la escena, pidió lo mismo con urgencia.
—Quiero que todos me follen el culo esta noche… doble si es posible, triple… llénenme hasta que no pueda más.
La noche se convirtió en un torbellino interminable de posiciones prohibidas. Comenzaron las dobles penetraciones anales en los traseros más grandes: Javier y Marco se colocaron detrás de Laura, uno empujando su verga en el ano ya dilatado mientras el otro, lubricado abundantemente, forzaba la entrada al lado, estirándola al límite absoluto. Dos vergas gruesas rozándose dentro del mismo ano maduro y carnoso, moviéndose en ritmo alterno, haciendo que las nalgas temblaran violentamente y Laura gritara de placer y dolor exquisito.
—Estoy tan llena… dos vergas en mi culo al mismo tiempo… fóllenme como a una puta incestuosa, rómpanme —gritaba Laura al alcanzar un orgasmo con abundantes fluidos que salpicaron la alfombra, su cuerpo convulsionando mientras los hombres seguían embistiendo.
Luego fue el turno de Isabella: Diego y Marco se posicionaron, penetrando su ano colosal al mismo tiempo. El anillo se estiró al máximo, acogiendo ambas vergas con dificultad inicial pero luego succionando con fuerza, la carne inmensa temblando alrededor mientras ellos empujaban en sincronía.
—Estírenme el culo… quiero sentirlos rozarse dentro de mí, que me llenen hasta reventar —suplicaba Isabella, empujando hacia atrás con fuerza.
Los intercambios constantes se producían sin el menor pudor, en un flujo continuo y obsceno que nadie quería interrumpir: una verga gruesa y palpitante salía directamente de un ano dilatado y resbaladizo, cubierta por completo de una capa cremosa y brillante de jugos anales que goteaban lentamente desde la punta hasta la base, con un aroma intenso y profundo que llenaba el aire cercano. Sin pausa, esa misma verga era introducida de inmediato en una boca ansiosa y abierta de par en par —la de una hermana, una madre, una nuera, una suegra— que la recibía con avidez absoluta. La lengua rodeaba el grosor desde el primer instante, lamiendo con movimientos largos y hambrientos cada centímetro, succionando con fuerza la cabeza hinchada para extraer los restos cremosos y salados del interior de otra mujer, saboreando sin reparos el gusto prohibido y terroso que quedaba impregnado en la piel. La boca se hundía hasta la base, garganta relajada para tragar todo, limpiando meticulosamente la verga con chupadas rítmicas y saliva abundante antes de liberarla brillante y húmeda, lista para volver a hundirse en otro ano dilatado y lubricado, repitiendo el ciclo una y otra vez entre gemidos ahogados y miradas de complicidad lujuriosa.
Besos profundos se daban entre todos sin distinción: lenguas que minutos antes habían estado hundidas hasta el fondo en anos dilatados y palpitantes, cubiertas de jugos cremosos y aceite, ahora se entrelazaban con pasión dentro de bocas familiares. Se exploraban con hambre, compartiendo abiertamente los sabores intensos y prohibidos que aún permanecían —saliva espesa mezclada con restos dulces de crema batida, aceite resbaladizo y la esencia profunda y terrosa de la excitación anal—. Las lenguas se enroscaban, se chupaban, se empujaban hasta el fondo de la garganta, pasando fluidos de una boca a otra mientras manos acariciaban pechos, nalgas y sexos, prolongando el beso hasta que el aire faltaba y los labios quedaban hinchados y brillantes, listos para volver a hundirse en otra parte del cuerpo.
Valeria organizó finalmente una torre humana impresionante: Isabella en la base, firme a cuatro patas con su trasero colosal como fundamento; Camila encima, apoyando rodillas y manos sobre la espalda de Isabella; Sofía sobre Camila; Valeria sobre Sofía; y Laura coronando arriba. Cinco niveles de traseros apilados, glúteos superpuestos temblando en cadena, anos y coños expuestos en altura escalonada. Los hombres subían y bajaban como en una escalera viva, penetrando cada nivel secuencialmente: vaginal en uno, anal en el siguiente, alternando ritmos y profundidades, haciendo que toda la torre se sacudiera y gimiera en sincronía.
—Fóllenme desde abajo hasta arriba… llenen todos estos culos de semen caliente, uno por uno hasta que rebosemos —suplicaban las mujeres al unísono, empujando hacia atrás en cada nivel mientras los hombres ascendían y descendían sin pausa, la noche convirtiéndose en un éxtasis colectivo e interminable.
Los clímax llegaban en oleadas interminables, como un mar de placer que subía y bajaba sin pausa, inundando la sala con gemidos, gritos y el sonido constante de carne chocando contra carne. El aire estaba denso, cargado de sudor, aceite, crema batida derretida y el aroma intenso de sexo colectivo; las luces navideñas parpadeaban sobre cuerpos brillantes, proyectando sombras danzantes de nalgas temblorosas, vergas entrando y saliendo, lenguas hundidas y manos explorando sin descanso.
Isabella, la más grande y deseada, se convirtió en el epicentro absoluto de esa tormenta de lujuria. El grupo entero se concentró exclusivamente en su trasero monumental, esa masa colosal de carne suave, pesada y lubricada que dominaba toda la vista. La colocaron en el centro de la alfombra, a cuatro patas, pero con las rodillas muy separadas y la espalda arqueada al máximo, las manos de Diego y Marco separando sus glúteos al límite para exponer completamente el ano dilatado y palpitante, brillante de aceite y jugos, abierto como una invitación obscena. Javier, Marco y Diego se turnaban con una coordinación instintiva y feroz: tres vergas gruesas y venosas alternando sin pausa en su ano. Primero, Javier empujaba hasta el fondo, sintiendo cómo el anillo anal lo succionaba con fuerza mientras las nalgas temblaban violentamente en ondas que parecían no terminar; se retiraba lentamente, la verga cubierta de crema anal brillante, y Marco tomaba su lugar, embistiendo con más velocidad, haciendo que la carne pesada rebotara con sonidos húmedos y resonantes. Diego cerraba el ciclo, penetrando con ángulos diferentes para golpear puntos nuevos, la verga deslizándose con facilidad gracias al aceite, pero apretada por la calidez abrumadora del interior.
Al mismo tiempo, lenguas y dedos atacaban el resto: Valeria y Laura lamían con avidez los glúteos colosales, lenguas trazando las curvas inferiores donde la carne se unía a los muslos, succionando la crema batida mezclada con sudor; Sofía y Camila introducían dedos en el coño empapado de Isabella —tres, cuatro a la vez—, curvándolos para masajear las paredes internas mientras el pulgar frotaba el clítoris hinchado con presión constante. Isabella temblaba entera, el cuerpo convulsionando en espasmos incontrolables, las nalgas inmensas ondulando como un terremoto de carne, el ano contrayéndose alrededor de cada verga que entraba y salía.
—Córranse en mi culo todos… por favor, llénenme, háganme parte de la familia —suplicaba con voz quebrada y desesperada, lágrimas de placer rodando por sus mejillas mientras alcanzaba un orgasmo tras otro, chorros de fluidos que salpicaban la alfombra y las piernas de quienes la rodeaban—. Quiero sentir cómo me inundan, cómo el semen gotea de mi ano estirado… No paren, más, más…
Cada corrida era celebrada: Javier fue el primero en explotar dentro, embistiendo hasta el fondo y quedándose quieto mientras su verga palpitaba, descargando chorros espesos y calientes que llenaban el interior hasta rebosar, semen blanco mezclándose con aceite y crema, goteando lentamente por el perineo. Marco siguió, añadiendo su propia carga con gruñidos animales; Diego cerró, corriéndose con fuerza mientras Isabella gritaba en otro clímax múltiple, el ano contrayéndose para ordeñar hasta la última gota.
Luego, Camila, no menos deseada, lloraba abiertamente de placer al recibir una atención triple que la llevaba al borde de la locura. La habían colocado boca arriba sobre un sofá, las piernas abiertas al máximo y sujetas por manos ansiosas. Marco penetraba su culo en forma de corazón con embestidas profundas y constantes, la verga abriendo el anillo rosado y apretado hasta el límite, haciendo que las nalgas temblaran en ondas controladas pero intensas. Al mismo tiempo, Diego hundía su pene en el coño empapado de Camila, golpeando el punto sensible con ritmo opuesto al de su hermano, creando una fricción interna que la hacía gritar sin control. Javier, de rodillas junto a su cabeza, introducía su verga en la boca de su hija: Camila la succionaba con avidez, garganta relajada para tragar hasta la base, lengua rodeando el grosor mientras lágrimas de éxtasis corrían por sus mejillas. Tres penetraciones simultáneas —ano, coño y boca— la llenaban por completo, el cuerpo convulsionando en orgasmos continuos, fluidos salpicando, gemidos ahogados alrededor de la verga de su padre.
—Más… no paren… rómpanme toda —sollozaba entre chupadas, el placer tan intenso que apenas podía hablar.
Sofía alcanzó el éxtasis absoluto cuando la apilaron y penetraron colectivamente. La colocaron en el centro, a cuatro patas, y todos se turnaron para penetrarla al mismo tiempo: Javier y Marco en doble anal, sus vergas rozándose dentro del ano amplio y juvenil, estirándolo al límite mientras las nalgas temblaban violentamente; Diego en el coño desde abajo o por delante, embistiendo con fuerza para golpear el punto G; Valeria y Laura lamiendo pechos, clítoris y perineo, dedos en todos los lugares posibles. Sofía gritaba nombres prohibidos —“papá”, “hermano”, “mamá”— mientras orgasmos la sacudían uno tras otro, néctar que empapaba a quienes la rodeaban, el cuerpo convulsionando hasta casi colapsar.
Posteriormente, Laura, como matriarca experimentada, dirigió escenas madre-hija con autoridad sensual. Se colocaba debajo de Sofía o Camila mientras eran folladas, lamiendo sus anos dilatados justo cuando una verga salía, saboreando la mezcla de semen y jugos anales, succionando el anillo estirado antes de que la siguiente penetración entrara. Luego guiaba a sus hijas a lamer el ano de la otra mientras eran tomadas, creando círculos incestuosos de lenguas y vergas. “Lame a tu hermana mientras tu hermano la folla… siente cómo palpita su ano alrededor de él”, ordenaba con voz ronca, ella misma recibiendo penetraciones dobles mientras sus hijas lamían sus nalgas maduras.
Marco y Diego intercambiaron parejas constantemente, follando madre, hermanas y cuñada con una energía inagotable. Pasaban de penetrar el ano maduro y carnoso de Laura a los glúteos perfectos de Valeria, luego al amplio juvenil de Sofía, al corazón apretado de Camila y finalmente al colosal de Isabella, comparando en voz alta las sensaciones: “El de mamá es tan suave y acogedor… el de Valeria aprieta como un guante… Sofía succiona con fuerza… Camila es tan estrecha que duele de rico… e Isabella… Dios, Isabella te traga entero”. Cada cambio era celebrado con palmadas, mordidas y lamidas colectivas.
Javier, el patriarca, probó cada culo con reverencia y detalle, comparando sensaciones como un conocedor: se hundió lentamente en el ano de Laura, su esposa, sintiendo la familiaridad cálida y abundante; pasaba al de Valeria, notando la firmeza elástica y la succión joven; exploraba el de Sofía con embestidas profundas, admirando cómo el ano juvenil se adaptaba y contraía; probaba el de Camila, disfrutando la estrechez que lo hacía gemir; y finalmente se perdía en el de Isabella, donde la inmensidad lo envolvía por completo, el calor y la profundidad haciéndolo correrse una y otra vez. “Cada uno es perfecto a su manera… pero todos son míos esta noche”, declaraba con voz grave mientras comparaba texturas, temperaturas, contracciones y temblores.
Los clímax seguían llegando en oleadas interminables: orgasmos múltiples que hacían chorrear néctar a las mujeres, eyaculaciones que llenaban anos y coños hasta rebosar, semen goteando por muslos y alfombra, cuerpos temblando en sincronía. Nadie quería parar; la noche se extendía hacia la madrugada con la promesa de más, mucho más, hasta que el agotamiento los venciera o el amanecer los encontrara aún entrelazados en su nueva tradición navideña.
La madrugada llegó lentamente, filtrándose por las cortinas entreabiertas con una luz grisácea que contrastaba con el resplandor cálido de la chimenea y las luces navideñas que aún parpadeaban. Sin embargo, la energía del grupo no decaía en absoluto; al contrario, parecía alimentarse del agotamiento mismo, convirtiendo el cansancio en una excitación más profunda y salvaje. Los cuerpos seguían brillando de sudor, aceite y fluidos, los glúteos marcados por huellas rojas de manos, dientes y palmadas, los anos dilatados palpitando con cada movimiento mínimo. Pausas breves surgían de forma natural: alguien alcanzaba un jarrito de ponche frío para hidratar gargantas roncas, el líquido dulce y alcohólico bajando por pechos y vientres mientras se besaban con bocas aún cubiertas de restos cremosos. Otros tomaban porciones de postre directamente de la fuente más erótica: crema batida espesa untada generosamente en las hendiduras profundas de los traseros, lamida con lenguas ansiosas que se hundían entre los glúteos separados, succionando la dulzura mezclada con sudor salado y jugos anales; buñuelos triturados espolvoreados sobre nalgas temblorosas, las migas pegándose a la piel lubricada antes de ser devoradas a mordidas y lamidas lentas, dientes rozando carne suave, lenguas recogiendo cada partícula mientras las mujeres gemían al sentir bocas calientes explorando sus partes más íntimas.
Nuevas posiciones surgían de la creatividad colectiva, impulsadas por el deseo insaciable. Formaron un círculo amplio sobre la alfombra, todos a cuatro patas con las cabezas bajas y las caderas elevadas, cuerpos conectados en una cadena cerrada. Cada participante tenía el rostro hundido entre las nalgas del siguiente: lenguas extendidas lamiendo con devoción los anos dilatados y brillantes, penetrando profundo en los orificios abiertos por horas de penetraciones, saboreando la mezcla cremosa de semen, aceite, crema batida y jugos naturales que aún goteaba de los interiores. La lengua entraba y salía en movimientos rítmicos y largos, rodeando primero el anillo rosado y estirado, succionando suavemente los pliegues internos, luego hundiendo hasta el fondo para masajear las paredes calientes y palpitantes, recogiendo cada resto viscoso con chupadas hambrientas. Al mismo tiempo, cada persona era penetrada por detrás: vergas gruesas entrando en anos o coños según el turno, embistiendo con fuerza que hacía que la cadena entera se sacudiera en sincronía, empujando rostros más profundo entre glúteos, intensificando las lamidas. Los gemidos vibraban directamente contra los anos lamidos, lenguas temblando dentro mientras cuerpos se convulsionaban, el círculo convirtiéndose en un torbellino de placer oral-anal donde nadie sabía dónde terminaba una sensación y comenzaba la siguiente.
Pausas para duchas colectivas improvisadas surgían cuando los cuerpos se volvían demasiado pegajosos: botellas grandes de agua mineral traídas de la cocina eran vertidas con generosidad sobre cabezas y espaldas, chorros fríos corriendo por pechos, vientres y especialmente entre nalgas, limpiando temporalmente semen seco, crema derretida y jugos acumulados. El agua fría provocaba jadeos y pezones endurecidos, pero era solo un preludio: manos y lenguas volvían inmediatamente a ensuciar, untando más aceite, introduciendo dedos y vergas de nuevo en anos recién lavados, el contraste entre frío y calor intensificando cada penetración posterior.
Al amanecer del 25 de diciembre, cuando los primeros rayos de sol se filtraban por las ventanas y el cielo se teñía de rosa, la energía finalmente comenzó a ceder. Exhaustos, pero completamente insaciables, con músculos temblando y respiraciones pesadas, se derrumbaron en un enredo masivo de cuerpos sudorosos y entrelazados sobre la alfombra y los sofás. Brazos y piernas se cruzaban sin orden, pechos presionados contra espaldas, vergas semierectas rozando muslos internos, coños y anos aún palpitantes descansando contra rostros o manos. Estaban cubiertos de semen seco y fresco que formaba costras brillantes en pieles, jugos femeninos que goteaban lentamente por muslos y barbillas, marcas rojas profundas en nalgas —huellas de dedos, mordidas, palmadas— que palpitaban con cada latido. Los culos, protagonistas absolutos de la noche, seguían temblando levemente incluso en reposo: enormes y pesados los de Laura e Isabella, firmes y redondos los de Valeria, amplios y juveniles los de Sofía, en forma de corazón los de Camila; todos marcados, dilatados, brillantes de restos de aceite y fluidos, palpitando con una sensibilidad extrema que provocaba pequeños jadeos al menor roce.
Sofía, con la voz ronca y quebrada por horas de gritos y gemidos, alzó apenas la cabeza desde donde yacía entre las nalgas de su madre, el rostro aún brillante de jugos.
—¿Repetimos esto el próximo año? ¿Y todos los años de ahora en adelante? —preguntó con una sonrisa exhausta pero llena de promesas.
Todos respondieron al unísono, jadeantes y entre risas débiles, voces entrecortadas por el cansancio, pero firmes en su convicción:
—Claro que sí… esta es nuestra Navidad de ahora en adelante… todos los años, sin falta.
La adoración absoluta de aquellos traseros grandes, carnosos, voluptuosos e irresistibles —cada uno único en su forma, textura y respuesta— había transformado a la familia para siempre. Lo que comenzó como una cena navideña tradicional se había convertido en un lazo eterno de lujuria prohibida, uniendo sangre y placer en un ritual que ninguno olvidaría ni querría abandonar jamás, prometiendo noches futuras aún más intensas bajo las mismas luces parpadeantes del árbol.
Javier, de rodillas detrás de Laura, había cambiado al ano de su esposa: su pene grueso y lubricado por los jugos previos empujó con decisión contra el anillo rosado y ya dilatado, abriéndolo lentamente hasta hundirse por completo en esa calidez apretada y madura. Embistió con brutalidad creciente, retirándose casi hasta la punta para volver a clavarse hasta la base, haciendo que las nalgas enormes y pesadas de Laura temblaran en ondas interminables, la carne ondulando como olas de gelatina caliente, enrojecida por los impactos, separándose y chocando con sonidos húmedos y resonantes que se mezclaban con sus propios gritos ahogados. Cada penetración profunda hacía que el cuerpo entero de Laura se sacudiera hacia adelante, presionando su rostro con más fuerza contra el sexo de Valeria.
Laura tenía la boca completamente pegada al coño y ano de Valeria, los labios mayores hinchados y brillantes de excitación abierta frente a ella. Su lengua se hundía con avidez desesperada, lamiendo de abajo hacia arriba en trazos largos que recogían los jugos abundantes que goteaban sin parar, succionando el clítoris endurecido con fuerza rítmica mientras introducía dos dedos en el ano de su nuera, abriéndolo y curvándolos para masajear las paredes internas. El sabor intenso y salado de Valeria llenaba su boca, mezclado con el aroma fuerte del deseo colectivo, y cada embestida que recibía por detrás la empujaba a lamer con más furia.
Valeria, a cuatro patas y temblando de placer doble, devoraba con lengua experta y hambrienta el coño y ano de Sofía. Su boca cubría toda la zona, alternando entre chupadas profundas al clítoris hinchado, lamidas largas que recorrían desde el perineo hasta el ano y penetraciones rápidas con la lengua dentro del orificio rosado y palpitante. Al mismo tiempo, introducía tres dedos en el coño empapado de Sofía, curvándolos para golpear el punto sensible mientras su pulgar frotaba el clítoris en círculos rápidos. Los jugos de Sofía corrían por su barbilla y cuello, y cada vez que Javier embestía a Laura, la cadena transmitía el impulso hasta hacer que Valeria presionara más contra su objetivo.
Sofía, con el rostro enterrado entre las nalgas en forma de corazón perfecto de Camila, tenía la lengua hundida hasta el fondo en el ano de su hermana menor. Lamía con pasión frenética, entrando y saliendo en movimientos rápidos mientras sus manos separaban los glúteos firmes para abrir más el acceso, saboreando la textura interna caliente y resbaladiza. Con una mano libre, masturbaba el coño de Camila: dedos deslizándose entre labios hinchados, frotando el clítoris con presión constante y penetrando alternadamente para recoger más jugos que luego lamía de sus propios dedos. Los gemidos de Camila vibraban contra su boca, y cada sacudida de la cadena hacía que Sofía se hundiera más profundo.
Camila, arqueada y temblorosa, lamía con pasión descontrolada el ano y coño de Isabella. Su lengua trazaba círculos amplios alrededor del anillo anal antes de penetrarlo con fuerza, abriéndolo más con cada embestida mientras dos dedos se hundían en el coño empapado de la novia de su hermano, curvándose para masajear las paredes internas. Los jugos de Isabella corrían abundantes por su rostro, goteando hasta su pecho, y sus manos separaban los glúteos colosales para permitir un acceso total, sintiendo cómo la carne pesada temblaba contra sus mejillas.
Diego cerró el círculo con una furia posesiva: se puso de rodillas detrás de Isabella, su verga gruesa empezó a entrar y salir del ano colosal con fuerza brutal y ritmo implacable. Cada embestida hacía que los glúteos inmensos temblaran violentamente, la carne ondulando en círculos concéntricos que parecían no terminar nunca, separándose para mostrar cómo el anillo anal se estiraba al máximo alrededor de su grosor antes de cerrarse de nuevo al retirarse. Los sonidos húmedos y obscenos —chops resonantes, squelches de lubricación natural y saliva— llenaban la sala junto con los gemidos de Isabella, que se transmitían a través de la cadena hasta volver al principio. Diego clavaba los dedos en la carne abundante, dejando marcas rojas, mientras sentía cómo el ano de Isabella lo apretaba y succionaba con cada movimiento.
Todos gemían en un coro continuo y descontrolado de placer prohibido: voces graves y roncas de los hombres mezcladas con los gritos agudos y jadeos femeninos, palabras sucias y suplicantes que se superponían, cuerpos sudorosos chocando, fluidos salpicando la alfombra. Las luces navideñas parpadeaban sobre pieles brillantes, proyectando sombras danzantes de nalgas temblorosas, lenguas hundidas y vergas entrando y saliendo, convirtiendo la sala en un altar vivo de incesto y lujuria absoluta donde nadie quería que la cadena se rompiera jamás.
—Fóllenme el culo todos esta noche… por favor, todos —gritaba Isabella con voz quebrada por el placer y la urgencia, el cuerpo entero temblando en espasmos incontrolables—. Quiero sentir vergas gruesas y lenguas calientes en mi ano una y otra vez; ábranme hasta el límite, llénenme, rómpanme, no paren nunca.
Sus palabras resonaron en la sala como un mandato irresistible, un eco que hizo que todos los penes palpitaran con más fuerza y los coños se contrajeran de anticipación. Isabella se arqueaba con violencia, empujando las caderas hacia atrás, sus nalgas colosales temblando en ondas que parecían no terminar, el ano dilatado guiñando húmedo y brillante bajo las luces navideñas.
Entonces, como obedeciendo una señal silenciosa, las cinco mujeres se alinearon en una fila perfecta sobre la alfombra mullida, todas a cuatro patas, rodillas separadas y espaldas arqueadas al máximo para ofrecer sus culos en una exposición gloriosa, variada y absolutamente obscena. La visión era abrumadora: cinco pares de nalgas distintas, cada una con su propia perfección, alineadas en orden descendente de edad, brillando de sudor, jugos y saliva bajo el resplandor cálido de la chimenea y las luces parpadeantes del árbol.
Laura encabezaba la fila, sus nalgas maduras, pesadas y voluptuosas temblando ligeramente incluso en reposo. La carne abundante se extendía hacia los lados, marcada por huellas rojas de manos y dientes, el ano dilatado y enrojecido por las embestidas previas de Javier, aún abierto y palpitante, goteando una mezcla de lubricación natural y semen que resbalaba lentamente por el perineo hasta el coño hinchado debajo.
A su lado, Valeria ofrecía glúteos perfectos, redondos y altos, la piel tersa brillando con una capa fina de jugos que corrían desde su coño depilado hasta la parte inferior de las nalgas. El ano rosado se contraía rítmicamente, invitando, mientras la carne firme pero elástica temblaba apenas con cada respiración profunda.
Sofía seguía, su culo amplio y juvenil separado deliberadamente por sus propias manos: los glúteos se abrían mostrando todo sin pudor, el ano rosado y húmedo guiñando con anticipación, el coño depilado completamente empapado y goteando hilos transparentes que caían sobre la alfombra. La piel pálida contrastaba con las marcas rojas de palmadas recientes, y cada pequeño movimiento hacía que la carne rebotara con una elasticidad envidiable.
Camila presentaba su forma de corazón perfecta, las nalgas altas y llenas elevándose con arrogancia, la hendidura profunda y oscura entre ellas brillando de saliva y jugos. Su ano rosado, pequeño y apretado aún, guiñaba nerviosamente, rodeado de piel suave que invitaba a ser lamida y abierta. La carne se desbordaba ligeramente por los lados cuando apoyaba más peso en las rodillas, creando una curva irresistible.
Isabella cerraba la fila, dominando completamente la vista: su culo colosal, inmenso y desproporcionado, ocupaba casi el doble de espacio que los demás. Los glúteos pesados y redondos temblaban constantemente; incluso en quietud, la carne desbordante caía hacia los lados y hacia abajo por su propio peso, marcada por huellas profundas de dedos. El ano dilatado por las penetraciones previas se abría y cerraba visiblemente, brillante de saliva y lubricación, rodeado de pliegues húmedos que prometían una calidez abrumadora.
Los tres hombres —Javier, Marco y Diego— se colocaron detrás de la fila, de rodillas, penes erectos y palpitantes apuntando hacia adelante, cubiertos de venas y brillantes de fluidos previos. Recorrieron la fila con una lentitud tortuosa, deliberada, como si quisieran grabar cada detalle en la memoria antes de actuar.
Javier empezó con Laura, su esposa, hundiendo su verga gruesa primero en el coño maduro y empapado de ella, sintiendo cómo las paredes internas lo acogían con calidez conocida, pero ahora intensificada por el tabú colectivo. Embistió varias veces vaginalmente, lento y profundo, viendo cómo las nalgas pesadas se separaban con cada entrada, la carne temblando en ondas lentas y pesadas. Luego, sin prisa, retiró su pene cubierto de jugos cremosos y lo posicionó contra el ano dilatado de Laura, empujando con firmeza hasta hundirse por completo en esa calidez apretada y experimentada, gimiendo al sentir cómo el anillo anal lo succionaba.
Marco y Diego seguían el mismo ritmo tortuoso, moviéndose en paralelo: primero penetrando vaginalmente a Valeria y Sofía, respectivamente, luego pasando al ano con empujones lentos que hacían gritar a las mujeres de placer anticipado.
Luego avanzaron un paso. Javier pasó a Valeria, penetrándola analmente de inmediato: su verga abriendo el ano perfecto y firme de su nuera, sintiendo la resistencia inicial seguida de una succión deliciosa, los glúteos redondos temblando con cada embestida profunda. Marco tomó a Laura analmente, gimiendo al hundirse en el ano maduro y abundante de su madre. Diego se colocó detrás de Sofía, penetrándola primero vaginalmente y luego pasando al ano juvenil y amplio con movimientos largos y tortuosos.
La fila entera gemía y se sacudía en sincronía: cada vez que un hombre embestía, la mujer correspondiente empujaba hacia adelante, transmitiendo el movimiento a la siguiente, haciendo que todas las nalgas temblaran en cadena, una ola de carne voluptuosa que recorría la línea de cinco culonas expuestas. Los sonidos —gemidos femeninos agudos, gruñidos masculinos graves, chops húmedos de carne contra carne, squelches obscenos de penetraciones anales— se mezclaban con el crepitar de la chimenea y el tintineo lejano de las luces del árbol, creando una sinfonía navideña pervertida y absoluta.
Los hombres continuaban avanzando lentamente, cambiando de mujer cada pocos minutos, probando cada ano y cada coño, comparando texturas, apreturas, temblores: la madurez suave de Laura, la perfección elástica de Valeria, la amplitud juvenil de Sofía, la forma de corazón apretada de Camila, y finalmente el colosal calor abrumador de Isabella, cuyo ano dilatado acogía cada verga como un guante caliente y succionante, haciendo que los hombres gimieran de placer puro al hundirse en tanta carne temblorosa.
La fila se mantenía firme, las mujeres arqueadas y ofreciendo todo sin reservas, anos y coños palpitando, nalgas temblando en anticipación constante, mientras los hombres recorrían una y otra vez la exposición gloriosa, penetrando, retirándose, cambiando, en un ritual lento y tortuoso que prometía durar hasta que ninguno pudiera sostenerse en pie.
—Tu culo, nuera, es tan apretado… tan caliente y resbaladizo… me ordeñas la verga como una puta profesional, Valeria —gruñía Javier con voz grave y entrecortada, los ojos fijos en cómo su pene grueso entraba y salía del ano perfecto de su nuera. Cada embestida hacía que los glúteos redondos y firmes de Valeria se separaran ligeramente, revelando el anillo rosado estirado al máximo alrededor de su grosor, succionando con fuerza cada vez que se retiraba. La piel tersa brillaba de sudor y jugos, temblando en ondas controladas pero intensas, la carne enrojecida por el roce constante y las palmadas previas.
Valeria empujaba hacia atrás con desesperación, arqueando la espalda hasta el límite, sintiendo cómo la verga de su suegro la llenaba por completo, golpeando profundidades que la hacían jadear. El placer era una mezcla ardiente de dolor y éxtasis, el ano palpitando alrededor del miembro invasor.
—Fólleme el ano más duro, suegro… más profundo, rómpame —suplicaba con voz ronca y temblorosa, los muslos internos brillando de humedad—. Llénelo de leche caliente, córrase dentro hasta que me rebose… quiero sentir cómo me inunda.
Marco, incapaz de resistir más la visión de su madre expuesta, se colocó detrás de Laura y probó su ano maduro y abundante. La punta de su pene rozó primero el anillo dilatado y húmedo, aún abierto por las penetraciones anteriores, antes de hundirse lentamente en esa calidez suave y experimentada. La carne pesada de las nalgas de Laura se separaba con cada empujón, envolviendo la base de su verga, temblando en ondas lentas y pesadas que hacían que todo su cuerpo se sacudiera.
—Mamá… follarte el culo es el tabú más delicioso que he sentido en mi vida… tan suave, tan carnoso, tan prohibido —gemía Marco, acelerando el ritmo hasta embestir con fuerza, viendo cómo las nalgas maduras rebotaban contra su pelvis con sonidos húmedos y resonantes.
Laura gritaba de placer puro, lágrimas de éxtasis rodando por sus mejillas, empujando hacia atrás para recibir cada golpe hasta el fondo, sintiendo cómo su hijo la abría de una forma que nunca había imaginado.
—Sí, hijo… fóllame el ano como nunca, más fuerte, más profundo… soy tu perra esta Navidad, tu puta personal… rómpeme el culo hasta que no pueda sentarme.
Diego, con la respiración agitada y el pene latiendo de excitación, llegó hasta Sofía y decidió penetrarla doble sin preámbulos. Primero hundió su verga gruesa en el coño empapado y palpitante de su hermana, sintiendo cómo las paredes internas lo apretaban con fuerza juvenil, jugos cremosos cubriendo cada centímetro al entrar y salir. Al mismo tiempo, introdujo dos dedos lubricados en el ano amplio y rosado de Sofía, curvándolos para masajear las paredes internas mientras su pene golpeaba el punto sensible vaginal con embestidas rápidas y profundas. Las nalgas de Sofía temblaban violentamente con la doble estimulación, la carne firme rebotando en ondas que hacían que todo su cuerpo se convulsionara.
—Hermana… tu culo amplio me aprieta perfecto con los dedos… y tu coño me succiona como loco —jadeaba Diego, acelerando ambos movimientos—. Voy a correrme en tu interior… te voy a llenar el coño de tus sobrinos.
Sofía gritaba sin control, el placer doble llevándola al borde del colapso, empujando hacia atrás para sentir más.
Cada penetración en la fila iba acompañada de un ritual de adoración intensa: palmadas fuertes y resonantes que enrojecían la carne suave, dejando huellas de dedos que contrastaban con la piel pálida o bronceada; mordidas apasionadas que hundían dientes en los gluteos temblorosos, marcando con medias lunas rojas que provocaban gemidos más altos; lamidas profundas y prolongadas en las hendiduras expuestas, lenguas trazando desde el perineo hasta el ano dilatado, saboreando jugos y sudor; dedos explorando anos ya abiertos, introduciéndose hasta tres o cuatro a la vez, estirando, masajeando, preparando para la siguiente verga o simplemente provocando orgasmos que hacían que las mujeres se sacudieran en cadena.
Los hombres rotaban constantemente, probando cada ano y cada coño con avidez comparativa, comentando en gruñidos roncos las diferencias: la suavidad madura y acogedora de Laura, la firmeza elástica y succionante de Valeria, la amplitud juvenil y palpitante de Sofía, el corazón apretado y guiñante de Camila y, finalmente, el colosal calor abrumador de Isabella. Las mujeres, por su parte, gemían, suplicaban y empujaban hacia atrás, anos y coños palpitando en sincronía, fluidos corriendo por muslos, la alfombra empapada, el aire denso de aroma a sexo, sudor y placer prohibido que nadie quería que terminara jamás.
Valeria, siempre la más creativa y audaz del grupo, alzó la voz con una sonrisa pícara mientras su cuerpo aún temblaba por las penetraciones recientes, el ano palpitante y los glúteos brillando de sudor.
—Traigan el aceite de oliva virgen de la cocina… y también la crema batida que sobró del postre —propuso con voz ronca y cargada de anticipación—. Vamos a lubricar estos culos hasta que brillen como esculturas eróticas vivientes. Quiero que resbalen tanto que ninguna verga encuentre resistencia.
Marco y Diego corrieron casi tropezando hacia la cocina abierta, regresando en segundos con dos botellas grandes de aceite de oliva dorado y frío, y varios envases de crema batida espesa y blanca. El grupo entero se arrodilló alrededor de la fila de mujeres, que seguían a cuatro patas, nalgas elevadas y temblando de expectativa. Comenzaron a verter el aceite con generosidad: chorros gruesos y lentos que caían directamente sobre las hendiduras profundas, resbalando por los glúteos, empapando anos y coños, goteando hasta los muslos internos y formando charcos brillantes en la alfombra. Las manos se hundieron en la carne lubricada, masajeando con movimientos largos y circulares: dedos separando hemisferios, pulgares frotando los anillos anales dilatados, palmas deslizándose por la piel ahora resbaladiza y caliente. La crema batida se añadió después, untada en capas gruesas y blancas sobre las nalgas, mezclándose con el aceite dorado para crear un brillo cremoso y obsceno que reflejaba las luces navideñas en destellos hipnóticos. Cada trasero relucía ahora como una escultura erótica viva: la carne pesada de Laura cubierta de una capa brillante que acentuaba cada onda; los glúteos perfectos de Valeria resbalando bajo los dedos como seda aceitada; el amplio juvenil de Sofía temblando con cada masaje profundo; el corazón apretado de Camila guiñando bajo la crema; y el colosal de Isabella, una masa deslumbrante que parecía infinita, la crema y el aceite corriendo por los pliegues y goteando abundantemente.
El aceite hacía que cada nuevo golpe sonara más obsceno: palmadas resonantes que producían chasquidos húmedos y salpicaduras; vergas entrando en anos con un squelch profundo y resbaladizo, sin resistencia, deslizándose hasta el fondo en un solo movimiento suave y brutal. Los cuerpos se movían con mayor facilidad, la fricción convertida en un deslizamiento continuo y caliente que intensificaba cada sensación.
Isabella, la más grande y deseada en ese momento, fue levantada con cuidado y lujuria por Javier y Diego juntos. Los dos hombres, con las manos ya resbaladizas por el aceite y la crema, la tomaron firmemente por las caderas anchas y los muslos gruesos, sintiendo cómo la piel lubricada se deslizaba bajo sus dedos mientras alzaban con esfuerzo el peso delicioso y abundante de tanta carne voluptuosa. Javier se recostó boca arriba sobre la alfombra mullida, las piernas ligeramente separadas, su verga gruesa y venosa apuntando hacia el techo, completamente erecta y brillante por la mezcla de aceite, crema batida y jugos previos que la cubrían de la punta hasta la base.
Isabella se colocó de rodillas a horcajadas sobre él, pero de espaldas a su rostro: sus rodillas se abrieron ampliamente a ambos lados de las caderas de Javier, los muslos internos rozando los costados del hombre mientras su trasero colosal quedaba suspendido justo encima de la pelvis de él. Diego, desde atrás, guio con manos firmes el descenso lento y controlado: primero, la punta hinchada y lubricada del pene de Javier rozó el ano dilatado y resbaladizo de Isabella, que palpitaba caliente y abierto por todo lo anterior. Luego, centímetro a centímetro, Isabella bajó las caderas con deliberada lentitud, dejando que la verga se hundiera en su interior con una facilidad obscena gracias al aceite abundante que todo lo hacía deslizarse sin resistencia. El anillo anal, rosado y brillante, se estiró al máximo alrededor del grosor invasor, tragando la verga entera en un movimiento continuo y profundo hasta que la base quedó completamente sepultada.
Las nalgas colosales de Isabella descendieron por fin hasta aplastarse con todo su peso contra la pelvis y el vientre de Javier: la carne pesada y caliente se extendió sobre él como una manta viva, cubriendo sus caderas por completo, desbordándose hacia los lados y hacia abajo, envolviendo sus muslos en una presión suave y asfixiante. Javier quedó literalmente sepultado bajo aquel trasero inmenso, la cara apenas visible por los lados, respirando el aroma intenso de piel lubricada, crema y deseo mientras sentía el calor abrumador y el temblor constante de la carne que lo cubría.
Isabella comenzó a moverse entonces con un ritmo creciente y dominante: alzaba las caderas lentamente hasta que solo la punta del pene quedaba dentro, el ano estirado guiñando alrededor de ella, para luego bajar con fuerza controlada, tragando la verga entera de nuevo en un solo golpe profundo. Cada descenso hacía que los glúteos colosales chocaran contra la pelvis de Javier con sonidos húmedos y resonantes —chap, chap, chap—, la crema batida y el aceite salpicando ligeramente hacia los lados, las nalgas temblando en ondas violentas que parecían no terminar nunca, la carne pesada rebotando y ondulando en círculos hipnóticos. Javier gemía ahogado bajo el peso, las manos clavadas en los costados de aquellas nalgas para intentar controlar el ritmo, sintiendo cómo el ano de Isabella lo apretaba y succionaba con cada movimiento ascendente y descendente, ordeñándolo sin piedad mientras ella controlaba completamente la profundidad y la velocidad.
—Siente cómo mi culo enorme te envuelve todo, suegro… cómo te traga hasta el fondo —gemía Isabella con voz profunda y dominante, acelerando el rebote hasta que las nalgas temblaban violentamente en ondas circulares—. Rebotaré hasta que explotes dentro de mi ano… Quiero que me inundes, que me llenes hasta que rebose tu leche caliente.
Diego, de rodillas junto a ellos, lamía con avidez los glúteos colosales de Isabella mientras ella subía y bajaba: lengua trazando las curvas lubricadas, lamiendo la crema batida mezclada con aceite y sudor, hundiendo la cara entre los hemisferios cuando se separaban ligeramente en el ascenso, succionando el perineo y rozando con la lengua la base del pene de Javier cada vez que entraba profundo. Sus manos separaban más la carne para abrir paso a su boca, saboreando cada pliegue resbaladizo mientras Isabella gritaba de placer, el ano contrayéndose alrededor de la verga de Javier con cada lamida de Diego.
El resto observaba hipnotizado, manos masturbándose lentamente o frotando sus propios sexos, esperando su turno para unirse al festín lubricado que prometía prolongarse hasta el amanecer.
Valeria y Sofía, impulsadas por una excitación compartida y febril, se apilaron una encima de la otra con movimientos coordinados y temblorosos. Sofía se colocó primero a cuatro patas en la alfombra, las rodillas separadas y la espalda arqueada al máximo para elevar su trasero amplio y juvenil. Valeria se subió sobre ella con cuidado, apoyando sus propias rodillas a ambos lados de la cintura de Sofía y bajando el torso hasta que sus pechos rozaban la espalda de la cuñada; de esta forma, los glúteos de ambas quedaron superpuestos en capas perfectas: las nalgas redondas y firmes de Valeria descansando directamente sobre las amplias y temblorosas de Sofía, la carne aceitada deslizándose una contra la otra con cada respiración, creando una fricción resbaladiza y caliente que hacía gemir a ambas antes siquiera de ser tocadas.
Marco y Diego se arrodillaron detrás de la pila humana, penes palpitantes y cubiertos de aceite. Penetraban alternadamente con un ritmo sincronizado y tortuoso: Marco hundía primero su verga gruesa en el ano lubricado de Valeria, sintiendo cómo el anillo apretado y elástico lo succionaba hasta la base mientras los glúteos superiores temblaban; luego se retiraba lentamente y pasaba al coño empapado de Sofía debajo, deslizándose con facilidad entre los labios hinchados y golpeando profundo. Diego hacía lo contrario: empezaba en el coño de Sofía, embistiendo con fuerza para hacer que todo el montón se sacudiera; luego subía al ano de Valeria, abriéndolo con empujones largos que provocaban gemidos simultáneos. Cada cambio de nivel hacía que la carne superpuesta rebotara en ondas dobles, aceite y crema salpicando, los anos y coños contrayéndose visiblemente alrededor de las vergas alternas.
—Follen nuestros culos al mismo tiempo… comparen quién es más puta, quién aprieta más, quién se corre primero —suplicaban al unísono Valeria y Sofía con voces entrecortadas y roncas, moviendo las caderas en círculos opuestos para intensificar la fricción entre sus propios glúteos y la doble penetración que las atravesaba.
Camila, dominada por un deseo voraz, se acercó a Javier, que yacía boca arriba recuperando el aliento. Se arrodilló a horcajadas sobre su rostro, las rodillas a ambos lados de su cabeza, y bajó las caderas hasta sentarse por completo sobre él: sus nalgas en forma de corazón se extendieron sobre la cara de su padre, cubriéndolo desde la frente hasta la barbilla, la carne suave y aceitada aplastándose contra sus mejillas y nariz, el ano rosado y húmedo presionando directamente contra su boca mientras el coño empapado rozaba su barbilla. Marco, desde atrás, se posicionó de rodillas y penetró analmente a Camila con un solo empujón profundo, la verga abriendo su ano apretado mientras sus glúteos temblaban sobre el rostro de Javier.
—Papá… lame mi coño y mi ano mientras tu hijo me destroza el culo con su verga gruesa —gemía Camila, moviéndose en círculos lentos para frotar ambas zonas contra la boca ansiosa de Javier.
Javier obedecía con devoción absoluta: su lengua se hundía alternadamente en el coño y el ano de su hija, penetrando profundo, succionando los jugos prohibidos que goteaban abundantes, saboreando la mezcla intensa de aceite, crema y excitación familiar mientras sentía cómo cada embestida de Marco hacía que el cuerpo de Camila se presionara más contra su rostro.
Más tarde, hacia la medianoche, cuando el reloj marcó las doce con un leve tintineo lejano, Valeria organizó un ritual de adoración pura. Las mujeres, una por una, caminaban lentamente por el centro de la sala como en un desfile erótico, contoneándose con cadencia hipnótica, las caderas balanceándose para hacer temblar los glúteos aceitados y brillantes que reflejaban las luces navideñas en destellos dorados y cremosos. Cada una separaba sus propios glúteos con las manos al pasar frente al grupo, abriendo completamente la vista a anos dilatados, rosados y palpitantes, coños hinchados goteando, dejando que todos admiraran, tocaran y lamieran al paso.
Al turno de Laura, todos aplaudían con entusiasmo, manos extendidas para tocar: dedos hundidos en el ano maduro, lenguas lamiendo rápidamente la hendidura, bocas succionando la carne pesada mientras ella gemía y seguía caminando.
Cuando le tocó a Isabella, el grupo entero se arrodilló detrás de ella en reverencia absoluta. Su trasero colosal dominaba la vista, temblando con cada paso lento, la crema y el aceite corriendo por los pliegues.
—Es el culo más grande, el más hermoso… una verdadera maravilla —dijo Laura con voz temblorosa de deseo, besando una nalga enorme, luego hundiendo la lengua en el ano dilatado.
Isabella separó sus propias nalgas al máximo con ambas manos, abriendo todo hasta el límite, el ano guiñando húmedo y brillante.
—Lámanme el ano todos ahora… prepárenlo para que me penetren sin piedad, métanme lenguas y dedos hasta que no aguante más —ordenó con voz autoritaria.
Uno por uno, y luego todos juntos: lenguas penetrando profundo en el ano colosal, dedos —hasta cuatro a la vez— estirando y masajeando las paredes internas, dilatándolo más mientras Isabella gemía y empujaba hacia atrás.
Sofía, excitada por la escena, pidió lo mismo con urgencia.
—Quiero que todos me follen el culo esta noche… doble si es posible, triple… llénenme hasta que no pueda más.
La noche se convirtió en un torbellino interminable de posiciones prohibidas. Comenzaron las dobles penetraciones anales en los traseros más grandes: Javier y Marco se colocaron detrás de Laura, uno empujando su verga en el ano ya dilatado mientras el otro, lubricado abundantemente, forzaba la entrada al lado, estirándola al límite absoluto. Dos vergas gruesas rozándose dentro del mismo ano maduro y carnoso, moviéndose en ritmo alterno, haciendo que las nalgas temblaran violentamente y Laura gritara de placer y dolor exquisito.
—Estoy tan llena… dos vergas en mi culo al mismo tiempo… fóllenme como a una puta incestuosa, rómpanme —gritaba Laura al alcanzar un orgasmo con abundantes fluidos que salpicaron la alfombra, su cuerpo convulsionando mientras los hombres seguían embistiendo.
Luego fue el turno de Isabella: Diego y Marco se posicionaron, penetrando su ano colosal al mismo tiempo. El anillo se estiró al máximo, acogiendo ambas vergas con dificultad inicial pero luego succionando con fuerza, la carne inmensa temblando alrededor mientras ellos empujaban en sincronía.
—Estírenme el culo… quiero sentirlos rozarse dentro de mí, que me llenen hasta reventar —suplicaba Isabella, empujando hacia atrás con fuerza.
Los intercambios constantes se producían sin el menor pudor, en un flujo continuo y obsceno que nadie quería interrumpir: una verga gruesa y palpitante salía directamente de un ano dilatado y resbaladizo, cubierta por completo de una capa cremosa y brillante de jugos anales que goteaban lentamente desde la punta hasta la base, con un aroma intenso y profundo que llenaba el aire cercano. Sin pausa, esa misma verga era introducida de inmediato en una boca ansiosa y abierta de par en par —la de una hermana, una madre, una nuera, una suegra— que la recibía con avidez absoluta. La lengua rodeaba el grosor desde el primer instante, lamiendo con movimientos largos y hambrientos cada centímetro, succionando con fuerza la cabeza hinchada para extraer los restos cremosos y salados del interior de otra mujer, saboreando sin reparos el gusto prohibido y terroso que quedaba impregnado en la piel. La boca se hundía hasta la base, garganta relajada para tragar todo, limpiando meticulosamente la verga con chupadas rítmicas y saliva abundante antes de liberarla brillante y húmeda, lista para volver a hundirse en otro ano dilatado y lubricado, repitiendo el ciclo una y otra vez entre gemidos ahogados y miradas de complicidad lujuriosa.
Besos profundos se daban entre todos sin distinción: lenguas que minutos antes habían estado hundidas hasta el fondo en anos dilatados y palpitantes, cubiertas de jugos cremosos y aceite, ahora se entrelazaban con pasión dentro de bocas familiares. Se exploraban con hambre, compartiendo abiertamente los sabores intensos y prohibidos que aún permanecían —saliva espesa mezclada con restos dulces de crema batida, aceite resbaladizo y la esencia profunda y terrosa de la excitación anal—. Las lenguas se enroscaban, se chupaban, se empujaban hasta el fondo de la garganta, pasando fluidos de una boca a otra mientras manos acariciaban pechos, nalgas y sexos, prolongando el beso hasta que el aire faltaba y los labios quedaban hinchados y brillantes, listos para volver a hundirse en otra parte del cuerpo.
Valeria organizó finalmente una torre humana impresionante: Isabella en la base, firme a cuatro patas con su trasero colosal como fundamento; Camila encima, apoyando rodillas y manos sobre la espalda de Isabella; Sofía sobre Camila; Valeria sobre Sofía; y Laura coronando arriba. Cinco niveles de traseros apilados, glúteos superpuestos temblando en cadena, anos y coños expuestos en altura escalonada. Los hombres subían y bajaban como en una escalera viva, penetrando cada nivel secuencialmente: vaginal en uno, anal en el siguiente, alternando ritmos y profundidades, haciendo que toda la torre se sacudiera y gimiera en sincronía.
—Fóllenme desde abajo hasta arriba… llenen todos estos culos de semen caliente, uno por uno hasta que rebosemos —suplicaban las mujeres al unísono, empujando hacia atrás en cada nivel mientras los hombres ascendían y descendían sin pausa, la noche convirtiéndose en un éxtasis colectivo e interminable.
Los clímax llegaban en oleadas interminables, como un mar de placer que subía y bajaba sin pausa, inundando la sala con gemidos, gritos y el sonido constante de carne chocando contra carne. El aire estaba denso, cargado de sudor, aceite, crema batida derretida y el aroma intenso de sexo colectivo; las luces navideñas parpadeaban sobre cuerpos brillantes, proyectando sombras danzantes de nalgas temblorosas, vergas entrando y saliendo, lenguas hundidas y manos explorando sin descanso.
Isabella, la más grande y deseada, se convirtió en el epicentro absoluto de esa tormenta de lujuria. El grupo entero se concentró exclusivamente en su trasero monumental, esa masa colosal de carne suave, pesada y lubricada que dominaba toda la vista. La colocaron en el centro de la alfombra, a cuatro patas, pero con las rodillas muy separadas y la espalda arqueada al máximo, las manos de Diego y Marco separando sus glúteos al límite para exponer completamente el ano dilatado y palpitante, brillante de aceite y jugos, abierto como una invitación obscena. Javier, Marco y Diego se turnaban con una coordinación instintiva y feroz: tres vergas gruesas y venosas alternando sin pausa en su ano. Primero, Javier empujaba hasta el fondo, sintiendo cómo el anillo anal lo succionaba con fuerza mientras las nalgas temblaban violentamente en ondas que parecían no terminar; se retiraba lentamente, la verga cubierta de crema anal brillante, y Marco tomaba su lugar, embistiendo con más velocidad, haciendo que la carne pesada rebotara con sonidos húmedos y resonantes. Diego cerraba el ciclo, penetrando con ángulos diferentes para golpear puntos nuevos, la verga deslizándose con facilidad gracias al aceite, pero apretada por la calidez abrumadora del interior.
Al mismo tiempo, lenguas y dedos atacaban el resto: Valeria y Laura lamían con avidez los glúteos colosales, lenguas trazando las curvas inferiores donde la carne se unía a los muslos, succionando la crema batida mezclada con sudor; Sofía y Camila introducían dedos en el coño empapado de Isabella —tres, cuatro a la vez—, curvándolos para masajear las paredes internas mientras el pulgar frotaba el clítoris hinchado con presión constante. Isabella temblaba entera, el cuerpo convulsionando en espasmos incontrolables, las nalgas inmensas ondulando como un terremoto de carne, el ano contrayéndose alrededor de cada verga que entraba y salía.
—Córranse en mi culo todos… por favor, llénenme, háganme parte de la familia —suplicaba con voz quebrada y desesperada, lágrimas de placer rodando por sus mejillas mientras alcanzaba un orgasmo tras otro, chorros de fluidos que salpicaban la alfombra y las piernas de quienes la rodeaban—. Quiero sentir cómo me inundan, cómo el semen gotea de mi ano estirado… No paren, más, más…
Cada corrida era celebrada: Javier fue el primero en explotar dentro, embistiendo hasta el fondo y quedándose quieto mientras su verga palpitaba, descargando chorros espesos y calientes que llenaban el interior hasta rebosar, semen blanco mezclándose con aceite y crema, goteando lentamente por el perineo. Marco siguió, añadiendo su propia carga con gruñidos animales; Diego cerró, corriéndose con fuerza mientras Isabella gritaba en otro clímax múltiple, el ano contrayéndose para ordeñar hasta la última gota.
Luego, Camila, no menos deseada, lloraba abiertamente de placer al recibir una atención triple que la llevaba al borde de la locura. La habían colocado boca arriba sobre un sofá, las piernas abiertas al máximo y sujetas por manos ansiosas. Marco penetraba su culo en forma de corazón con embestidas profundas y constantes, la verga abriendo el anillo rosado y apretado hasta el límite, haciendo que las nalgas temblaran en ondas controladas pero intensas. Al mismo tiempo, Diego hundía su pene en el coño empapado de Camila, golpeando el punto sensible con ritmo opuesto al de su hermano, creando una fricción interna que la hacía gritar sin control. Javier, de rodillas junto a su cabeza, introducía su verga en la boca de su hija: Camila la succionaba con avidez, garganta relajada para tragar hasta la base, lengua rodeando el grosor mientras lágrimas de éxtasis corrían por sus mejillas. Tres penetraciones simultáneas —ano, coño y boca— la llenaban por completo, el cuerpo convulsionando en orgasmos continuos, fluidos salpicando, gemidos ahogados alrededor de la verga de su padre.
—Más… no paren… rómpanme toda —sollozaba entre chupadas, el placer tan intenso que apenas podía hablar.
Sofía alcanzó el éxtasis absoluto cuando la apilaron y penetraron colectivamente. La colocaron en el centro, a cuatro patas, y todos se turnaron para penetrarla al mismo tiempo: Javier y Marco en doble anal, sus vergas rozándose dentro del ano amplio y juvenil, estirándolo al límite mientras las nalgas temblaban violentamente; Diego en el coño desde abajo o por delante, embistiendo con fuerza para golpear el punto G; Valeria y Laura lamiendo pechos, clítoris y perineo, dedos en todos los lugares posibles. Sofía gritaba nombres prohibidos —“papá”, “hermano”, “mamá”— mientras orgasmos la sacudían uno tras otro, néctar que empapaba a quienes la rodeaban, el cuerpo convulsionando hasta casi colapsar.
Posteriormente, Laura, como matriarca experimentada, dirigió escenas madre-hija con autoridad sensual. Se colocaba debajo de Sofía o Camila mientras eran folladas, lamiendo sus anos dilatados justo cuando una verga salía, saboreando la mezcla de semen y jugos anales, succionando el anillo estirado antes de que la siguiente penetración entrara. Luego guiaba a sus hijas a lamer el ano de la otra mientras eran tomadas, creando círculos incestuosos de lenguas y vergas. “Lame a tu hermana mientras tu hermano la folla… siente cómo palpita su ano alrededor de él”, ordenaba con voz ronca, ella misma recibiendo penetraciones dobles mientras sus hijas lamían sus nalgas maduras.
Marco y Diego intercambiaron parejas constantemente, follando madre, hermanas y cuñada con una energía inagotable. Pasaban de penetrar el ano maduro y carnoso de Laura a los glúteos perfectos de Valeria, luego al amplio juvenil de Sofía, al corazón apretado de Camila y finalmente al colosal de Isabella, comparando en voz alta las sensaciones: “El de mamá es tan suave y acogedor… el de Valeria aprieta como un guante… Sofía succiona con fuerza… Camila es tan estrecha que duele de rico… e Isabella… Dios, Isabella te traga entero”. Cada cambio era celebrado con palmadas, mordidas y lamidas colectivas.
Javier, el patriarca, probó cada culo con reverencia y detalle, comparando sensaciones como un conocedor: se hundió lentamente en el ano de Laura, su esposa, sintiendo la familiaridad cálida y abundante; pasaba al de Valeria, notando la firmeza elástica y la succión joven; exploraba el de Sofía con embestidas profundas, admirando cómo el ano juvenil se adaptaba y contraía; probaba el de Camila, disfrutando la estrechez que lo hacía gemir; y finalmente se perdía en el de Isabella, donde la inmensidad lo envolvía por completo, el calor y la profundidad haciéndolo correrse una y otra vez. “Cada uno es perfecto a su manera… pero todos son míos esta noche”, declaraba con voz grave mientras comparaba texturas, temperaturas, contracciones y temblores.
Los clímax seguían llegando en oleadas interminables: orgasmos múltiples que hacían chorrear néctar a las mujeres, eyaculaciones que llenaban anos y coños hasta rebosar, semen goteando por muslos y alfombra, cuerpos temblando en sincronía. Nadie quería parar; la noche se extendía hacia la madrugada con la promesa de más, mucho más, hasta que el agotamiento los venciera o el amanecer los encontrara aún entrelazados en su nueva tradición navideña.
La madrugada llegó lentamente, filtrándose por las cortinas entreabiertas con una luz grisácea que contrastaba con el resplandor cálido de la chimenea y las luces navideñas que aún parpadeaban. Sin embargo, la energía del grupo no decaía en absoluto; al contrario, parecía alimentarse del agotamiento mismo, convirtiendo el cansancio en una excitación más profunda y salvaje. Los cuerpos seguían brillando de sudor, aceite y fluidos, los glúteos marcados por huellas rojas de manos, dientes y palmadas, los anos dilatados palpitando con cada movimiento mínimo. Pausas breves surgían de forma natural: alguien alcanzaba un jarrito de ponche frío para hidratar gargantas roncas, el líquido dulce y alcohólico bajando por pechos y vientres mientras se besaban con bocas aún cubiertas de restos cremosos. Otros tomaban porciones de postre directamente de la fuente más erótica: crema batida espesa untada generosamente en las hendiduras profundas de los traseros, lamida con lenguas ansiosas que se hundían entre los glúteos separados, succionando la dulzura mezclada con sudor salado y jugos anales; buñuelos triturados espolvoreados sobre nalgas temblorosas, las migas pegándose a la piel lubricada antes de ser devoradas a mordidas y lamidas lentas, dientes rozando carne suave, lenguas recogiendo cada partícula mientras las mujeres gemían al sentir bocas calientes explorando sus partes más íntimas.
Nuevas posiciones surgían de la creatividad colectiva, impulsadas por el deseo insaciable. Formaron un círculo amplio sobre la alfombra, todos a cuatro patas con las cabezas bajas y las caderas elevadas, cuerpos conectados en una cadena cerrada. Cada participante tenía el rostro hundido entre las nalgas del siguiente: lenguas extendidas lamiendo con devoción los anos dilatados y brillantes, penetrando profundo en los orificios abiertos por horas de penetraciones, saboreando la mezcla cremosa de semen, aceite, crema batida y jugos naturales que aún goteaba de los interiores. La lengua entraba y salía en movimientos rítmicos y largos, rodeando primero el anillo rosado y estirado, succionando suavemente los pliegues internos, luego hundiendo hasta el fondo para masajear las paredes calientes y palpitantes, recogiendo cada resto viscoso con chupadas hambrientas. Al mismo tiempo, cada persona era penetrada por detrás: vergas gruesas entrando en anos o coños según el turno, embistiendo con fuerza que hacía que la cadena entera se sacudiera en sincronía, empujando rostros más profundo entre glúteos, intensificando las lamidas. Los gemidos vibraban directamente contra los anos lamidos, lenguas temblando dentro mientras cuerpos se convulsionaban, el círculo convirtiéndose en un torbellino de placer oral-anal donde nadie sabía dónde terminaba una sensación y comenzaba la siguiente.
Pausas para duchas colectivas improvisadas surgían cuando los cuerpos se volvían demasiado pegajosos: botellas grandes de agua mineral traídas de la cocina eran vertidas con generosidad sobre cabezas y espaldas, chorros fríos corriendo por pechos, vientres y especialmente entre nalgas, limpiando temporalmente semen seco, crema derretida y jugos acumulados. El agua fría provocaba jadeos y pezones endurecidos, pero era solo un preludio: manos y lenguas volvían inmediatamente a ensuciar, untando más aceite, introduciendo dedos y vergas de nuevo en anos recién lavados, el contraste entre frío y calor intensificando cada penetración posterior.
Al amanecer del 25 de diciembre, cuando los primeros rayos de sol se filtraban por las ventanas y el cielo se teñía de rosa, la energía finalmente comenzó a ceder. Exhaustos, pero completamente insaciables, con músculos temblando y respiraciones pesadas, se derrumbaron en un enredo masivo de cuerpos sudorosos y entrelazados sobre la alfombra y los sofás. Brazos y piernas se cruzaban sin orden, pechos presionados contra espaldas, vergas semierectas rozando muslos internos, coños y anos aún palpitantes descansando contra rostros o manos. Estaban cubiertos de semen seco y fresco que formaba costras brillantes en pieles, jugos femeninos que goteaban lentamente por muslos y barbillas, marcas rojas profundas en nalgas —huellas de dedos, mordidas, palmadas— que palpitaban con cada latido. Los culos, protagonistas absolutos de la noche, seguían temblando levemente incluso en reposo: enormes y pesados los de Laura e Isabella, firmes y redondos los de Valeria, amplios y juveniles los de Sofía, en forma de corazón los de Camila; todos marcados, dilatados, brillantes de restos de aceite y fluidos, palpitando con una sensibilidad extrema que provocaba pequeños jadeos al menor roce.
Sofía, con la voz ronca y quebrada por horas de gritos y gemidos, alzó apenas la cabeza desde donde yacía entre las nalgas de su madre, el rostro aún brillante de jugos.
—¿Repetimos esto el próximo año? ¿Y todos los años de ahora en adelante? —preguntó con una sonrisa exhausta pero llena de promesas.
Todos respondieron al unísono, jadeantes y entre risas débiles, voces entrecortadas por el cansancio, pero firmes en su convicción:
—Claro que sí… esta es nuestra Navidad de ahora en adelante… todos los años, sin falta.
La adoración absoluta de aquellos traseros grandes, carnosos, voluptuosos e irresistibles —cada uno único en su forma, textura y respuesta— había transformado a la familia para siempre. Lo que comenzó como una cena navideña tradicional se había convertido en un lazo eterno de lujuria prohibida, uniendo sangre y placer en un ritual que ninguno olvidaría ni querría abandonar jamás, prometiendo noches futuras aún más intensas bajo las mismas luces parpadeantes del árbol.
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