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Una Muy Culona Noche de Navidad Familiar Parte 1

Una Muy Culona Noche de Navidad Familiar Parte 1

La residencia de los Rodríguez se erguía imponente en las afueras de la Ciudad de México, en una zona residencial tranquila del Pedregal, rodeada por altos muros cubiertos de buganvilias florecidas y árboles frondosos que filtraban la luz de la luna. Era una construcción amplia de dos pisos con fachada de cantera rosa, ventanales altos que reflejaban las luces navideñas exteriores y un garaje espacioso para varios vehículos. El jardín posterior, visible desde la sala a través de puertas corredizas de cristal, contaba con una fuente de piedra que murmuraba suavemente y bancas de herrería bajo un techo de enredaderas. Era el 24 de diciembre de 2025, y la noche caía con una serenidad absoluta, el cielo despejado salpicado de estrellas y una brisa fresca que hacía susurrar las hojas de las jacarandas. Ese contraste entre la calma exterior y el bullicio interior acentuaba la calidez del hogar.

El árbol navideño, un pino natural de más de tres metros traído de un vivero especializado, dominaba la sala principal con su presencia majestuosa. Sus ramas cargadas sostenían esferas rojas brillantes, doradas mate y plateadas relucientes, mientras las luces intermitentes proyectaban reflejos danzantes sobre las paredes blancas impecables y el piso de madera pulida de encino que brillaba con un lustre profundo. La chimenea de piedra natural crepitaba con leños gruesos de ocote, difundiendo un calor acogedor que envolvía toda la planta baja y se mezclaba con los aromas intensos que impregnaban el aire: el frescor resinoso del pino, la canela picante y el tejocote dulce del ponche caliente que burbujeaba en una olla grande de barro, la vainilla cremosa de los postres enfriándose en la cocina y el toque picante de los tamales oaxaqueños envueltos en hoja de plátano junto a los romeritos con mole que Laura había preparado con esmero durante todo el día, siguiendo recetas transmitidas de generación en generación.

La familia completa se había reunido, como cada año en esa fecha tradicional, pero esta vez había una electricidad sutil en el aire, una tensión palpable que nadie nombraba abiertamente, pero que todos percibían con claridad en las miradas prolongadas que se sostenían un instante de más, en los roces accidentales al pasar los platos o las copas que parecían prolongarse deliberadamente, y en las risas que estallaban con una intensidad inusual y duraban un segundo extra, como cargadas de un significado oculto. Javier Rodríguez, el patriarca de cincuenta años recién cumplidos, era un hombre de complexión robusta y presencia sólida, con manos callosas marcadas por décadas en la construcción, cabello entrecano corto que acentuaba sus facciones fuertes y una barba bien recortada que le confería un aire autoritario pero atractivo. Sentado a la cabecera de la larga mesa del comedor, con su mantel rojo bordado y centros de nochebuenas frescas, observaba a su esposa Laura con una intensidad que iba mucho más allá del afecto conyugal habitual, sus ojos recorriendo lentamente las curvas que el vestido rojo ceñido resaltaba con generosidad.

Laura, de cuarenta y ocho años, era una mujer que el tiempo había tratado con una generosidad casi injusta. Su rostro conservaba una belleza madura y serena, con pómulos altos, labios carnosos naturalmente rojos y ojos cafés profundos que parecían guardar secretos. Pero era su cuerpo el que provocaba un impacto inmediato: pechos pesados, llenos y firmes que desafiaban la gravedad, marcándose con claridad bajo la blusa escotada del vestido, los pezones endurecidos apenas visibles cuando la tela rozaba la piel sensible. Su cintura se cinchaba con facilidad, creando un contraste dramático con las caderas anchas y, sobre todo, con unas nalgas monumentales, carnosas, redondas y elevadas que constituían el rasgo más hipnótico de su figura. Aquellos dos hemisferios eran abundantes, suaves al tacto, pero con una firmeza que los hacía rebotar con cada movimiento, separados por una hendidura profunda que invitaba a la imaginación. El vestido rojo de tela elástica, elegido con intención esa noche, se adhería como una segunda piel, delineando cada curva con precisión obscena: la forma perfecta de cada glúteo, la tensión de la tela al estirarse cuando se inclinaba, casi transparentando la silueta de una tanga mínima que apenas contenía tanta carne. Cada vez que Laura se levantaba para servir más comida o recoger platos, sus nalgas se mecían con un ritmo lento y sensual, rebotando ligeramente con cada paso sobre los tacones altos, la carne temblando de manera que hacía difícil apartar la vista. Javier sentía cómo su miembro se endurecía dolorosamente bajo la mesa, latiendo con cada contoneo, imaginando ya el calor y la suavidad de esa carne contra su piel.

A la derecha de Javier estaba Sofía, la hija mayor, de veintiocho años. Sofía había heredado directamente las formas exuberantes de su madre, pero realzadas por la juventud: su trasero era amplio, prominente, con una curva pronunciada que partía de la cintura estrecha y explotaba en dos masas redondas y altas, firmes como frutos maduros. La piel era pálida y tersa, sin una sola imperfección, y cuando llevaba la falda corta negra de esa noche, al sentarse, la tela subía lo suficiente para exponer la parte inferior de sus glúteos, esa zona suave y redondeada donde la nalga se une al muslo, invitando a tocar. Caminaba con una confianza natural y provocadora, haciendo que cada glúteo se moviera independientemente, un balanceo cadencioso que sus familiares habían observado en secreto durante años, generando pensamientos prohibidos que ahora flotaban más cerca de la superficie. Sofía era alta, con piernas largas y torneadas, cabello largo castaño que caía en ondas sedosas sobre sus hombros, ojos verdes intensos heredados de su padre que brillaban con malicia contenida, y labios pintados de rojo oscuro, carnosos y ligeramente entreabiertos, como si siempre estuvieran a punto de soltar un suspiro.

Camila, de veintiséis años, sentada frente a Sofía, poseía unas nalgas en forma de corazón perfecto, altas y llenas, que se elevaban con arrogancia incluso cuando estaba sentada, aplastándose contra la silla de modo que la carne abundante se desbordaba suavemente por los lados, creando una visión irresistible. Sus pantalones ajustados de mezclilla oscura marcaban cada detalle con crueldad: la separación profunda y oscura entre los glúteos, la redondez impecable que hacía que la tela se tensara al máximo, la tersura de la piel que se intuía cálida y suave debajo. Camila era más pequeña en estatura, pero su figura era compacta y voluptuosa, con pechos firmes que se marcaban bajo la blusa, cintura delgada y caderas anchas que acentuaban aún más la prominencia de su trasero. Su cabello negro ondulado caía en cascada hasta la mitad de la espalda, enmarcando un rostro delicado con sonrisa pícara, ojos cafés traviesos y una expresión que esa noche parecía cargada de intenciones ocultas, como si supiera exactamente el efecto que causaba.

Marco, el hijo mayor de treinta años, estaba al lado de su esposa Valeria, de veintinueve. Marco era alto y atlético, con hombros anchos, brazos definidos y el mismo porte fuerte y viril de su padre, una presencia que llenaba el espacio. Valeria era una mujer despampanante, de belleza impactante: glúteos grandes y redondos, perfectamente simétricos, con una piel tersa y ligeramente bronceada que brillaba bajo las luces del candelabro como si estuviera untada en aceite. Su vestido verde esmeralda era corto y ceñido, subiendo apenas lo suficiente para insinuar la curva inferior de sus pompas cuando se movía, contoneándose con una elasticidad natural que hacía que la carne temblara de forma deliciosa, invitando a manos ansiosas. Cada paso provocaba un rebote sutil pero evidente, una ondulación que hacía salivar en silencio. Valeria tenía piernas largas y tonificadas, cintura estrecha, pechos altos y firmes, rostro angelical con labios carnosos y ojos oscuros profundos que transmitían una sensualidad abierta, descarada, como si disfrutara siendo el centro de las miradas.

Finalmente, Diego, el menor de veinticuatro años, había traído a su novia Isabella, de veintitrés. Diego era el más delgado de los hermanos, con un cuerpo ágil y energía juvenil inagotable, una sonrisa permanente que ocultaba la intensidad de su deseo. Isabella era la sorpresa absoluta de la noche, una visión que eclipsaba al resto: su trasero era, sin discusión, el más impresionante de todos, un par de nalgas inmensas, voluptuosas, que explotaban desde una cintura estrecha en una curva dramática y exagerada, dos masas carnosas y pesadas que parecían desafiar toda proporción. Llevaba leggings negros brillantes que se estiraban al límite absoluto, marcando cada contorno con precisión erótica: la hendidura profunda que se hundía entre los glúteos, los hemisferios separados y temblorosos, la carne que se movía con vida propia. Cuando caminaba, aquellas nalgas ondulaban como olas suaves y lentas, un movimiento hipnótico que hacía que el aire se cargara de tensión, atrayendo todas las miradas sin excepción, provocando erecciones contenidas y respiraciones aceleradas en la mesa. Isabella tenía piernas largas, cintura diminuta, pechos generosos y un rostro hermoso con labios gruesos y ojos que prometían placer sin límites.

La cena comenzó con una aparente normalidad, aunque el aire ya estaba cargado de una electricidad densa y cálida. Los platos se sucedían lentamente: el bacalao a la vizcaína humeante, con su aroma intenso a tomate y aceituna; la ensalada de manzana fría y crujiente, con nueces troceadas que contrastaban con la suavidad de la crema; los tamales desenvueltos con cuidado, dejando escapar vapor perfumado; y, sobre todo, el ponche caliente que Laura servía en jarritos de barro, generosamente coronado con piquete de tequila reposado. Cada vez que llenaba una copa, su cuerpo se inclinaba ligeramente hacia adelante, los pechos pesados presionando contra la tela del vestido rojo, y sus nalgas monumentales se elevaban apenas, tensando la tela hasta hacerla casi translúcida, revelando la sombra sutil de la tanga que se hundía entre tanta carne suave. El calor del ponche subía por las gargantas, extendiéndose por los pechos y bajando hasta el vientre, aflojando músculos y despertando sensaciones más profundas.

Las conversaciones fluían al principio sobre temas inocentes: el nuevo proyecto de Javier, las clases de Sofía, los viajes de Camila, el trabajo de Marco. Pero poco a poco, el alcohol hacía su trabajo. Las voces se volvían más roncas, las risas más prolongadas, las pausas entre palabras se llenaban de miradas que duraban demasiado. Javier no podía evitar que sus ojos se deslizaran una y otra vez hacia las nalgas de Laura cada vez que ella se movía alrededor de la mesa; sentía un calor creciente en la entrepierna, su miembro endureciéndose lentamente contra la tela de los pantalones, latiendo con cada contoneo de aquellas pompas maduras y abundantes.

De pronto, Javier habló, voz grave y cargada.

—Te queda increíble ese vestido, amor. Resalta todas tus… curvas —dijo, dejando que sus ojos bajaran descaradamente hasta las nalgas de Laura mientras ella se giraba para colocar un plato en la mesa, la tela estirándose al máximo y delineando la hendidura profunda con una precisión que hizo que varios tragaran saliva.

Laura sintió aquellas miradas como caricias físicas. Sonrió con lentitud, arqueando ligeramente la espalda de forma deliberada, haciendo que sus nalgas se elevaran aún más, la carne temblando apenas bajo la tela.

—¿Mis curvas? ¿Cuáles exactamente, Javier? —preguntó con tono juguetón, pero con una nota ronca que delataba que también ella sentía el calor subirle por el cuello y concentrarse entre las piernas, una humedad sutil comenzando a formarse.

Todos rieron, pero era una risa nerviosa, cargada. Las miradas se cruzaron como chispas: Marco mirando a Valeria con hambre contenida, Diego fijándose en el culo de su madre al pasar, Javier recorriendo a sus hijas con disimulo. Bajo la mesa, Marco apretó con más fuerza la mano de Valeria, su palma deslizándose por el muslo interno, subiendo centímetro a centímetro hasta rozar la curva inferior de sus nalgas redondas y firmes. Valeria sintió el calor de esa mano como una promesa, separó ligeramente las piernas para permitirle mayor acceso, su respiración acelerándose mientras la tela del vestido verde se arrugaba bajo los dedos de su esposo.

Sofía, consciente de las miradas, cruzaba y descruzaba las piernas con lentitud deliberada, dejando que la falda corta subiera más cada vez, exponiendo la piel suave y pálida de la parte superior de los muslos y la curva inferior de sus glúteos firmes, esa zona donde la carne se vuelve especialmente sensible al roce del aire. Sentía un cosquilleo cálido entre las piernas, los pezones endureciéndose contra la blusa.

—¿Hace calor aquí o soy yo? —preguntó con voz ligeramente entrecortada, abanicándose el escote, haciendo que sus pechos se movieran y atrayendo más ojos.

Camila soltó una carcajada baja y sensual, sus nalgas en forma de corazón presionándose contra la silla, sintiendo cómo la tela de los pantalones se hundía entre ellas.

—Definitivamente calor, hermana. Mira cómo todos estamos sudando… y no solo por el ponche —dijo, lamiéndose apenas los labios, consciente de que su culo se marcaba obscenamente al inclinarse hacia adelante.

Isabella, al levantarse una vez más para servir ponche, lo hizo con una lentitud casi provocativa. Se inclinó sobre la mesa más de lo necesario, sus leggings negros tensándose hasta el punto de casi rasgarse, delineando con cruel precisión la hendidura profunda y oscura entre sus nalgas colosales, la carne temblando visiblemente con el movimiento, como si tuviera vida propia. El aroma de su piel mezclada con el perfume dulce llegaba hasta los presentes, y varios sintieron un tirón inmediato en la entrepierna.

Diego no pudo resistir más. Se levantó rápidamente y la abrazó por detrás, sus manos posándose directamente sobre aquellas nalgas gigantes, apretando con fuerza la carne abundante que se desbordaba entre sus dedos, sintiendo el calor y la suavidad que lo volvían loco.

—Mi novia tiene el mejor regalo de Navidad —dijo en voz alta, voz ronca y sin disimulo, mientras sus dedos se hundían más en la carne, separando ligeramente los glúteos bajo la tela.

Isabella jadeó audiblemente, un sonido suave y húmedo que recorrió la mesa como una corriente eléctrica. Empujó hacia atrás contra las manos de Diego, sintiendo su erección presionando contra su culo, el calor de su miembro endurecido filtrándose a través de las telas.

—¿Aquí frente a tu familia, Diego? Qué atrevido estás esta noche —susurró, pero su cuerpo traicionaba sus palabras, arqueándose para ofrecer más.

Marco, con la respiración agitada, intervino sin quitar los ojos del espectáculo.

—Y qué rico se ve ese culo enorme temblando así. No te ofendas, Isabella, pero es absolutamente hipnótico… dan ganas de enterrar la cara ahí mismo.

Valeria, sintiendo los dedos de Marco rozando ya el borde de su tanga bajo el vestido, agregó con voz baja y cargada de deseo.

—Tiene toda la razón. Isabella, tus pompas son impresionantes… tan grandes, tan suaves. Me dan envidia… y otras cosas.

Laura rio, pero era una risa profunda, sensual, mientras sentía su propia humedad aumentar entre las piernas al ver cómo la familia entera se deshacía lentamente.

—No seas modesta, Valeria. Las tuyas son perfectas también… redondas, firmes, siempre las he admirado cuando te inclinas.

La conversación derivó rápidamente en cumplidos cada vez más directos, más crudos, sobre cuerpos, sobre formas específicas, sobre cómo ciertas partes se movían, se sentían al imaginarlas. Javier, con la erección palpitando dolorosamente, admitió por fin lo que todos sentían en silencio.

—Genética bendita —dijo con voz grave, mirando alternadamente a Laura, a sus hijas, a Valeria e Isabella, deteniéndose especialmente en los culos que se marcaban con tanta claridad bajo las prendas—. Siempre he admirado esas “formas”… en todas ustedes.

El silencio que siguió fue denso, cargado de respiraciones aceleradas, de manos que se movían bajo la mesa, de miradas que ya no se escondían. La tensión era casi palpable, como una caricia invisible que recorría pieles, endurecía pezones, humedecía entrepiernas y hacía latir miembros con fuerza contenida. La cena ya no era solo comida; era el preludio de algo mucho más intenso que todos, en el fondo, deseaban que ocurriera.

Después de la cena, con el postre de buñuelos crujientes espolvoreados de azúcar y canela, y el atole espeso y cálido que dejaba un rastro cremoso en los labios, todos se levantaron con una lentitud deliberada, como si el aire mismo se hubiera vuelto más denso. Pasaron a la sala principal, donde la chimenea ardía con fuerza, proyectando un resplandor anaranjado sobre los cuerpos. Se acomodaron en los sofás amplios de piel suave y en la alfombra gruesa de lana que invitaba a descalzarse, frente al fuego que crepitaba y lanzaba chispas ocasionales. Las luces del árbol parpadeaban en ciclos hipnóticos —rojo intenso, verde profundo, dorado cálido—, creando sombras danzantes que se deslizaban por las curvas de los cuerpos, resaltando pechos, caderas y, sobre todo, aquellos culos voluptuosos que ya dominaban la noche. El ambiente era íntimo, cargado de un calor que no provenía solo del fuego: respiraciones más pesadas, pieles ligeramente sudorosas, un aroma mezclado de perfume, tequila y deseo creciente.

Valeria, con los ojos brillantes por el alcohol y la excitación, propuso un juego de regalos con bromas picantes que todos aceptaron de inmediato, aunque nadie prestó demasiada atención a las reglas. Pronto, el juego quedó olvidado. Isabella se levantó con gracia felina para servir más ponche, consciente de cada mirada que la seguía. Al inclinarse sobre la mesa baja frente a la chimenea, su trasero colosal se convirtió en el centro absoluto del universo familiar: los leggings negros, estirados al límite, marcaban cada detalle con una precisión obscena. La costura central se hundía profundamente en la división oscura y húmeda entre los hemisferios; las nalgas le temblaban con cada pequeño movimiento, la carne pesada ondulando como olas lentas, suave y cálida, invitando a ser tocada, apretada, devorada. El fuego iluminaba la curva inferior donde la nalga se unía al muslo, mostrando la piel tersa que brillaba ligeramente por el sudor.

Diego, incapaz de contenerse más, se acercó por detrás y la tomó firmemente por la cintura, sus dedos clavándose en la carne blanda de las caderas.

—Ven aquí, mi amor. Todos quieren ver mejor este culo monstruoso que traes —susurró con voz ronca, mientras sus manos bajaban sin pudor, amasando abiertamente aquellas masas carnosas que se desbordaban entre sus dedos. Sentía el calor irradiando de la piel, la suavidad aterciopelada, el leve temblor que respondía a cada apretón.

Isabella gimió en voz baja, un sonido gutural que recorrió la sala como una corriente eléctrica, arqueando la espalda para ofrecer más, sintiendo cómo su propia humedad comenzaba a empapar la tela entre sus piernas.

—Diego… me estás poniendo tan caliente frente a todos… siento sus miradas quemándome el culo —jadeó, empujando hacia atrás contra las manos de su novio.

—Y nos estás poniendo duros a todos —agregó Marco con voz grave, ajustándose abiertamente los pantalones donde su erección ya era evidente, el bulto marcado contra la tela—. Este culo enorme temblando así… es imposible no imaginarlo rebotando sobre uno.

Valeria, excitada por la escena y por el calor que sentía entre sus propios muslos, se levantó y se colocó detrás de Laura, que estaba sentada en el sofá con las piernas ligeramente abiertas, el vestido rojo subido apenas.

—Suegra, después de tanto cocinar, merece un masaje —dijo con voz sedosa, colocando las manos primero en los hombros tensos de Laura, pero descendiendo rápidamente por la espalda curvada hasta posarse con decisión en las nalgas enormes y maduras. Sus dedos se hundieron en la carne abundante, sintiendo la suavidad cálida, la firmeza subyacente, el leve temblor que respondía a cada presión.

Laura suspiró profundamente, cerrando los ojos un instante mientras un escalofrío de placer le recorría la espina dorsal hasta concentrarse entre las piernas.

—Ahí… justo en mis pompas grandes. Amasa más fuerte, Valeria… —Gimió, arqueando la espalda para ofrecer más acceso, sintiendo cómo la tela del vestido se arrugaba y la tanga se hundía más entre sus glúteos.

Valeria obedeció con entusiasmo, separando los glúteos bajo el vestido con manos firmes, frotando en círculos lentos, haciendo que la carne pesada se moviera en ondas hipnóticas, el calor y la humedad creciente palpable incluso a través de la tela.

Javier observaba la escena con la respiración agitada y entrecortada, su erección palpitando dolorosamente contra los pantalones, la punta ya húmeda de anticipación.

—¿Te gusta ver cómo mi esposa manosea el culo gordo y carnoso de mamá, papá? —preguntó Marco con voz ronca y cargada de lujuria, sus ojos fijos en las manos de Valeria hundidas en la carne de Laura.

Javier solo pudo asentir, la garganta seca.

—Es… increíble. Laura, tu culo siempre me ha vuelto loco… tan grande, tan suave, tan perfecto para apretar y follar —confesó, acercándose más.

Sofía, completamente excitada por la escena, con los pezones duros marcándose bajo la blusa y una humedad caliente entre las piernas, se puso de pie lentamente. Se quitó el suéter con movimientos sensuales, dejando que la tela rozara sus pechos erectos antes de caer al suelo, quedando en una blusa ajustada que apenas contenía sus formas. Luego se acercó al sofá central, se colocó a cuatro patas con gracia felina, apoyando los codos en el respaldo y arqueando la espalda al máximo para ofrecer su culo amplio y juvenil en toda su gloria, la falda subiéndose hasta la cintura.

—¿Quieren tocar el mío también? Sepárenlo bien… vean lo que hay dentro, miren cómo está de mojado ya —invitó con voz temblorosa de deseo, moviendo ligeramente las caderas para que sus glúteos rebotaran suavemente.

Camila, incapaz de quedarse atrás, se paró frente al grupo con una sonrisa traviesa. Desabrochó sus pantalones con lentitud deliberada, bajándolos centímetro a centímetro, revelando poco a poco las bragas rojas diminutas que apenas contenían sus nalgas en forma de corazón perfecto. La tela se deslizaba por la piel suave, dejando al descubierto la curva inferior, la carne temblando al liberarse. Se giró lentamente, inclinándose hacia adelante con las piernas separadas.

—Miren mi culo… díganme si les gusta de verdad. ¿Qué quieren hacer con él? ¿Apretarlo? ¿Lamerlo? ¿Follarlo hasta que grite? —preguntó con voz ronca, separando ligeramente las piernas para que todos vieran cómo la tela de la tanga se hundía entre sus glúteos húmedos.

Laura, completamente entregada a las caricias de Valeria que ahora rozaban peligrosamente cerca de su coño, se levantó el vestido hasta la cintura con un movimiento fluido, exponiendo sus nalgas maduras y monumentales en una tanga negra que desaparecía por completo entre la carne abundante y cálida. Los glúteos brillaban ligeramente por el sudor, temblando con cada respiración acelerada.

Javier se acercó por detrás sin poder contenerse más, arrodillándose reverente, besando la piel cálida y suave, lamiendo con lengua ávida la curva donde la nalga se unía al muslo, saboreando el leve sabor salado del sudor mezclado con perfume.

—Tu culo es una obra maestra absoluta, Laura… tan carnoso, tan caliente… quiero devorarlo entero, meter la lengua hasta el fondo —gimió contra la piel, sus manos separando las nalgas para exponer todo.

Luego, atraído irresistiblemente por la invitación de Sofía, se movió hacia su hija mayor. Sus manos temblaban de deseo al posarse en aquellas nalgas jóvenes, firmes y perfectas, separándolas lentamente con reverencia, admirando el ano rosado y apretado que se contraía ligeramente, el coño depilado y brillante de humedad abundante que goteaba ya por los muslos internos.

—Papá… siempre supe que me mirabas el culo cuando me inclinaba… siempre quise que lo tocaras así —susurró Sofía con voz entrecortada, empujando hacia atrás contra las manos de su padre, sintiendo cómo su ano y su coño palpitaban de anticipación.

Marco, con la erección latiendo, posicionó a Valeria a cuatro patas junto a Laura, subiéndole el vestido verde hasta descubrir su culo redondo y perfecto.

—Papá, compara de verdad. El culo maduro, pesado y carnoso de mamá con el joven, firme y perfecto de mi esposa —dijo con voz grave, mientras ambos hombres acariciaban alternadamente, apretando con fuerza la carne que se desbordaba entre sus dedos, separando para ver los anos rosados y húmedos, comparando texturas: la suavidad aterciopelada y abundante de Laura contra la firmeza elástica y tensa de Valeria, ambas temblando bajo las manos.

—Este culo, nuera, es tan apretado al tacto… tan caliente, tan listo para ser abierto —gemía Javier, hundiendo los dedos en la carne de Valeria mientras su mirada volvía una y otra vez a las nalgas de su esposa y sus hijas, sabiendo que la noche apenas comenzaba.

Isabella, incapaz de quedarse atrás en el torbellino de deseo que ya envolvía la sala, se unió a la fila improvisada de mujeres que ofrecían sus culos como un altar prohibido. Diego, con los ojos oscurecidos por la lujuria y la respiración agitada, se colocó detrás de ella con urgencia animal. Sus manos temblorosas bajaron hasta los leggings negros, ya tensos al límite, y los arrastraron hacia abajo con un tirón impaciente. La tela se deslizó lentamente por las caderas anchas, revelando centímetro a centímetro la piel suave y ligeramente bronceada, hasta que los leggings cayeron al suelo alrededor de sus tobillos. Quedó solo en una tanga negra diminuta, una tira fina de encaje que desaparecía por completo entre las nalgas inmensas, incapaz de contener tanta carne voluptuosa. Su culo era una visión abrumadora: dos nalgas colosales, pesadas y redondas, que temblaban con cada respiración profunda, la carne suave y cálida desbordándose generosamente por los lados de la tanga, creando ondas hipnóticas que parecían moverse con vida propia. El fuego de la chimenea iluminaba la piel, haciendo que brillara con un leve sudor de excitación, y la profunda hendidura central guiñaba ligeramente con cada contracción involuntaria de sus músculos. Todos jadearon al unísono, un sonido colectivo de deseo crudo que llenó la sala: bocas entreabiertas, ojos fijos, erecciones palpitando con más fuerza.

Laura, con la humedad ya empapando su tanga y los pezones duros como piedras bajo el vestido levantado, extendió la mano temblorosa y apretó una de aquellas nalgas gigantes con avidez. Sus dedos se hundieron en la carne blanda y caliente, sintiendo cómo se desbordaba entre ellos, la suavidad aterciopelada que contrastaba con la firmeza profunda.

—Isabella… tu culo es monstruoso, absolutamente monstruoso —susurró Laura con voz ronca y cargada de admiración lasciva—. Tan grande, tan suave, tan carnoso… quiero hundir mi cara entera entre esas nalgas, lamer cada centímetro hasta perderme en ti.

Isabella sintió un escalofrío violento recorrerle la espina dorsal hasta concentrarse en su ano y su coño, que palpitaban húmedos. Separó las piernas lentamente, abriéndose más, arqueando la espalda para ofrecer todo.

—Tócalo todo, suegra… tócalo sin miedo. Méteme los dedos en el ano si quieres, ábrelo, prepáralo… estoy tan mojada ya —gimió, empujando hacia atrás contra la mano de Laura, haciendo que la nalga temblara con más intensidad.

Camila y Sofía, presas de la misma fiebre, se acercaron la una a la otra en el centro de la sala, frente a todos los ojos hambrientos. Sus cuerpos se pegaron con urgencia, pechos presionándose, caderas chocando. Se besaron con una pasión desenfrenada, lenguas entrelazándose húmedas y calientes, mordiéndose los labios, gimiendo dentro de la boca de la otra mientras saliva se escapaba por las comisuras. Sus manos, al mismo tiempo, bajaron con avidez a amasar los glúteos de la hermana: dedos clavándose en la carne firme, separando, frotando, sintiendo el calor y la suavidad heredada, la humedad que ya goteaba por los muslos internos.

—Siempre quise lamerte el culo, hermana… meter mi lengua profunda en tu ano mientras te retuerces —confesó Camila entre besos salvajes, mordiendo con fuerza el labio inferior de Sofía hasta hacerla jadear.

—Y yo quiero que me abras el ano con tu lengua mientras me follan duro, que me prepares para sus vergas —respondió Sofía gimiendo alto, sus nalgas temblando bajo las manos de Camila, su coño contrayéndose de anticipación.

Diego, completamente perdido en la lujuria, se desabrochó los pantalones con manos torpes por la excitación. Sacó su pene erecto, grueso y palpitante, la punta ya brillante de líquido preseminal. Lo presionó con fuerza contra las nalgas amplias y firmes de Sofía, deslizándolo entre la carne caliente, sintiendo cómo los glúteos lo envolvían parcialmente.

—¿Puedo follarte, hermana? Quiero sentir cómo tu culo me aprieta la verga hasta ordeñarme —preguntó con voz quebrada, embistiendo suavemente entre las nalgas sin penetrar aún.

Sofía empujó hacia atrás con fuerza desesperada, atrapando el pene entre sus glúteos, frotándose contra él.

—Fóllame ya, Diego… métemela toda en mi coño primero, hazme gritar, luego en el culo hasta que no pueda más —suplicó, su voz un gemido ronco mientras su ano se contraía visiblemente de deseo.

El punto de no retorno llegó como una ola inevitable. Las prendas restantes volaron en todas direcciones: vestidos arrancados con impaciencia, blusas tiradas al suelo, tangas deslizadas por muslos temblorosos, pantalones y boxers cayendo. Los cuerpos se desnudaron por completo bajo las luces parpadeantes del árbol navideño, piel brillando con un sudor fino de anticipación, pezones erectos, coños depilados y húmedos goteando, penes duros y venosos palpitando al aire. El aroma a sexo se mezclaba con el pino y la canela, un perfume denso y embriagador que hacía que todos respiraran más profundo, más rápido. Ya no había vuelta atrás: la familia entera, desnuda y expuesta, se entregaba al deseo prohibido que había estado creciendo durante años, lista para adorar, lamer, penetrar y ser penetrada en una noche que cambiaría todo para siempre.

Javier, con el pene grueso y venoso palpitando de deseo contenido durante toda la noche, no pudo aguantar más. Se posicionó detrás de Laura, que ya estaba a cuatro patas en la alfombra gruesa, las nalgas enormes y maduras abiertas ligeramente por sus propias manos temblorosas. La punta de su miembro rozó primero la entrada húmeda y caliente del coño de su esposa, deslizándose entre labios hinchados y brillantes de jugos, antes de hundirse de un solo empujón profundo con un gemido animal que salió desde lo más hondo de su pecho. Laura gritó de placer al sentirse llena por completo, las paredes internas contrayéndose alrededor de la verga dura como hierro. Javier comenzó a embestir con fuerza salvaje, retirándose casi por completo para volver a clavarse hasta el fondo, viendo hipnotizado cómo las nalgas monumentales de Laura ondulaban en ondas perfectas y carnosas, la carne pesada temblando violentamente con cada impacto, chocando contra su pelvis con sonidos húmedos y obscenos que resonaban en la sala junto al crepitar de la chimenea. Cada golpe hacía que los glúteos se separaran y volvieran a unirse, la piel enrojecida por el roce, el sudor haciendo que brillaran bajo las luces parpadeantes del árbol.

—Así… más duro, Javier, por favor —suplicaba Laura con voz rota por los gemidos, arqueando la espalda al máximo, empujando hacia atrás para recibir cada embestida más profundo—. Haz que mis pompas enormes reboten contra tu verga gruesa… fóllame como a una perra en celo, destroza mi coño hasta que no pueda caminar.

Al lado, apenas a un metro, Marco había colocado a Valeria en la misma posición, sus nalgas redondas y perfectas elevadas como una ofrenda. Su pene, erecto y brillante de líquido preseminal, se hundió primero en el coño apretado y empapado de su esposa, pero pronto pasó al ano, dilatado ya por dedeos previos. Las manos de Marco se clavaban con fuerza en aquellas nalgas firmes y elásticas, dejando marcas rojas en la piel tersa mientras embestía sin piedad, viendo cómo la carne se deformaba y rebotaba con cada choque.

—Mira cómo tu culo gordo y perfecto se traga mi verga entera hasta la base… rebota más, mi puta cachonda, apriétame con ese ano caliente —gruñía Marco, acelerando el ritmo hasta que los sonidos de carne contra carne llenaban el aire.

Valeria giraba la cabeza por encima del hombro, ojos lujuriosos y vidriosos por el placer, el cabello pegado a la frente por el sudor.

—¿Te gusta follarme el culo así, marido? ¿Sentir cómo te ordeño con mis nalgas, cómo mi ano te aprieta y te succiona hasta sacarte toda la leche? —jadeaba, contrayendo deliberadamente los músculos para intensificar la sensación.

Diego, perdido en su propia lujuria, alternaba con frenesí entre Isabella y Camila. Primero se hundía en el coño de su novia, embistiendo vaginalmente con fuerza brutal, viendo cómo su trasero colosal absorbía cada golpe: la carne inmensa temblando violentamente en ondas que recorrían desde la cintura hasta los muslos, los glúteos separándose y chocando con sonidos húmedos, el sudor y los jugos salpicando ligeramente. Isabella gritaba con cada penetración profunda, su ano contrayéndose visiblemente de deseo.

—Tu culo inmenso es una maravilla absoluta… me aprieta tanto la verga, Isabella, siento cómo me succionas… voy a correrme dentro pronto, llenarte hasta que rebose —gemía Diego, clavando los dedos en la carne abundante.

Luego, sin pausa, pasaba a Camila, penetrándola analmente de inmediato: la punta de su pene, lubricada por los jugos de Isabella, empujaba contra el ano rosado y apretado de su hermana hasta abrirlo lentamente, centímetro a centímetro, hasta hundirse por completo en esa calidez estrecha y palpitante.

—Hermana, tu culo en forma de corazón me vuelve completamente loco… gime como puta que mientras te abro el ano, mientras te estiro hasta el límite —gruñía Diego, embistiendo con ritmo creciente.

Camila gritaba de placer puro, lágrimas de éxtasis en los ojos, empujando hacia atrás para recibir más.

—Fóllame el culo más profundo, Diego… estírame como nunca, rómpeme el ano con tu verga gruesa.

Sofía se convirtió en el centro absoluto de la vorágine, el foco irresistible de todos los deseos prohibidos que ardían en la sala. Su trasero amplio y juvenil, esa carne firme pero increíblemente suave que temblaba con cada roce, cada palmada, cada aliento caliente, era adorado por manos, lenguas y miradas que no podían apartarse. Todos querían tocarla, lamerla, penetrarla, poseer aunque fuera un instante esa curva perfecta que heredaba lo mejor de su madre, pero con la elasticidad y lozanía de sus veintiocho años.

Laura, aún temblando por los orgasmos intensos que Javier le había arrancado momentos antes —sus muslos internos brillando de jugos, el ano y el coño palpitando aún—, gateó con dificultad sobre la alfombra, el cuerpo pesado por el placer que la había dejado casi sin fuerzas. Se deslizó lentamente debajo de su hija mayor hasta colocarse boca arriba, con la cabeza entre las piernas abiertas de Sofía y su propio cuerpo extendido en dirección opuesta, formando una perfecta posición de 69 invertida: los rostros de madre e hija alineados frente a los sexos del otro, los cuerpos superpuestos en paralelo pero en sentidos contrarios, pechos rozando vientres, muslos enmarcando cabezas. Laura alzó ligeramente la barbilla y su boca ascendió con avidez hasta el coño depilado y completamente empapado de Sofía, los labios mayores hinchados y separados, brillantes de una humedad abundante que goteaba en hilos finos. Su lengua se abrió paso entre los pliegues calientes, lamiendo de abajo hacia arriba con movimientos largos y lentos al principio, saboreando el sabor dulce y salado de su propia hija, succionando luego el clítoris endurecido y prominente como si fuera un pequeño fruto maduro, alternando chupadas fuertes con círculos rápidos que hacían que Sofía se estremeciera entera.

Al mismo tiempo, desde atrás, Javier se arrodillaba con las piernas separadas sobre la cabeza de Laura, su pene grueso y cubierto de venas latiendo de excitación. Apuntó la punta brillante de líquido preseminal directamente al coño de Sofía, que se abría invitante justo encima del rostro de su esposa. Con un gruñido profundo, empujó hacia adelante y penetró vaginalmente a su hija con embestidas salvajes y profundas desde el primer momento: la verga entrando y saliendo a un ritmo feroz, cubierta cada vez más de jugos cremosos y brillantes que salpicaban ligeramente el rostro de Laura debajo. Cada choque de la pelvis de Javier contra las nalgas amplias de Sofía hacía que todo el cuerpo de la joven se sacudiera hacia adelante, presionando su coño con más fuerza contra la boca de su madre, permitiendo que Laura lamiera no solo los labios y el clítoris, sino también el punto donde la verga de su esposo entraba y salía, probando ocasionalmente el sabor mezclado de ambos en su lengua.

Sofía, atrapada en esta doble estimulación prohibida —la lengua experta y amorosa de su madre devorándola por debajo, la verga gruesa de su padre abriéndola y golpeando su punto más sensible por detrás—, gritaba de placer sin control, las nalgas temblando violentamente con cada embestida, los muslos internos temblando alrededor de la cabeza de Laura.

—Mamá… lame más hondo, méteme la lengua entera mientras papá me destroza… chúpame el clítoris fuerte, bébelo todo mientras él me folla como a una zorra —suplicaba entre jadeos, bajando las caderas para presionar más contra la boca de Laura, mientras empujaba hacia atrás para recibir cada golpe de Javier hasta el fondo.

Valeria, gateando hasta ellas, frotaba sus propias nalgas redondas y sudorosas contra las de Sofía, creando una fricción resbaladiza y deliciosa entre glúteos aceitados por el sudor y los fluidos, piel contra piel caliente, carne temblando en contacto constante.

—Siente mis pompas contra las tuyas, Sofía… estamos tan mojadas, tan cachondas, tan listas para que nos follen toda la noche —gemía Valeria, moviendo las caderas en círculos para intensificar el roce.

Isabella, consumida por un deseo ardiente de tomar el control absoluto, se posicionó con lentitud deliberada sobre Marco, que yacía boca arriba en la alfombra, el rostro vuelto hacia arriba y los ojos fijos en la visión que descendía sobre él. Con las rodillas flexionadas a ambos lados de su cabeza, bajó las caderas poco a poco, dejando que sus nalgas monumentales —esas dos masas carnosas, pesadas y redondas— se acercaran cada vez más hasta posarse por completo sobre su cara. La carne suave, caliente y abundante lo envolvió de inmediato: las nalgas inmensas se extendieron sobre sus mejillas, cubriendo desde la frente hasta la barbilla, presionando con un peso delicioso y asfixiante que lo sumergió en una oscuridad cálida y perfumada a sudor, deseo y piel femenina. La profunda hendidura central se acomodó perfectamente sobre su nariz y boca, el ano rosado y húmedo rozando directamente sus labios, mientras la carne temblorosa de los glúteos se aplastaba contra sus orejas y sienes, bloqueando casi todo el sonido exterior y dejando solo el latido acelerado de su propio corazón y los gemidos ahogados de Isabella arriba.

Marco jadeaba bajo aquel peso exquisito, el aire escaso llegando en bocanadas cortas y calientes entre la carne que lo aprisionaba. Su lengua salió instintivamente, buscando con avidez, penetrando vorazmente el ano apretado y húmedo de Isabella que se contraía ligeramente ante cada contacto. Lamía profundo, con movimientos largos y ansiosos, saboreando cada pliegue, cada textura interna caliente y resbaladiza, mientras sus manos subían para separar aún más aquellos hemisferios colosales, abriendo apenas un espacio mínimo que le permitía respirar entre lamidas desesperadas, inhalando el aroma intenso y embriagador de su excitación. Isabella se mecía lentamente arriba, bajando y subiendo las caderas en círculos suaves para frotar su ano y su coño empapado contra la boca y la nariz de Marco, controlando el ritmo, decidiendo cuándo permitirle aire y cuándo hundirlo de nuevo en la carne abundante.

—Así, cuñado… lame más adentro, méteme la lengua hasta el fondo mientras mis nalgas te aplastan la cara —gemía Isabella con voz autoritaria y temblorosa de placer, apretando deliberadamente los glúteos para intensificar la presión, haciendo que la carne se cerrara aún más alrededor de él, ahogándolo en una suavidad absoluta mientras su propio placer crecía con cada movimiento.

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