




¡Imagina a Franchesca, esa diosa casada de 33 años, con su cuerpo escultural de modelo, curvas que provocan erecciones instantáneas en cualquier hombre viril, y un culo tan redondo y jugoso que parece esculpido por el diablo mismo para tentar a los pecadores. Casada con Luis, ese gordo millonario de 40 años, con su panza colgando como un saco de grasa, y una polla flácida que no se para ni con viagra, porque su obesidad lo ha convertido en un eunuco moderno. Ella se casó por el dinero, por las mansiones y los yates, pero ahora su coño arde de insatisfacción, goteando jugos de deseo reprimido cada noche mientras él ronca como un cerdo. Y ahí están, en la Laguna Dudu de República Dominicana, en unas vacaciones pagadas con la fortuna de Luis, bajo un cielo nublado que no hace más que aumentar el calor húmedo y pegajoso que impregna todo.
Llegaron a la laguna esa mañana, buscando un poco de paz tropical, pero el lugar bullía de vida. Franchesca lucía un bikini verde menta diminuto, que apenas cubría sus tetas firmes y redondas, con pezones que se marcaban como guijarros duros bajo la tela fina, y un tanga que se hundía entre sus nalgas carnosas, dejando expuesto ese culo monumental que hacía que los hombres babearan. Luis, en su short holgado y camisa hawaiana, sudaba profusamente, su barriga desbordanda , sentado en una silla plegable con una cerveza en la mano, tratando de ignorar cómo su esposa atraía miradas como un imán sexual. “Cariño, ¿no hace calor?”, le dijo ella, abanicándose el escote, sus ojos oscuros brillando con un hambre que él no podía saciar.
De repente, aparecieron ellos: un grupo de varios chicos negros locales, jóvenes y viriles, con cuerpos tallados por el sol y el trabajo duro, músculos definidos que relucían con sudor, abdómenes marcados como tablas de chocolate amargo, y shorts de baño que no ocultaban los bultos impresionantes entre sus piernas. Tenían entre 18 y 21 años, todos ellos vendedores ambulantes que rondaban la laguna ofreciendo collares hechos a mano, frutas frescas, refrescos helados y botellas de ron barato. “¡Señora, señor! ¿Quieren algo fresco? ¿Un masaje quizás?”, gritaban con sonrisas blancas y ojos depredadores, acercándose al muelle de madera donde la pareja se había instalado.
Luis, siempre generoso con su dinero, les hizo señas para que se acercaran. “Traigan unas cervezas y ron, muchachos”, dijo, sacando billetes de su billetera gorda. Franchesca sintió un cosquilleo inmediato en su entrepierna al verlos de cerca: piel oscura y suave, brazos fuertes, y esas miradas lujuriosas que devoraban su cuerpo semidesnudo. El calor del mediodía era asfixiante, el aire cargado de humedad que hacía que el sudor corriera por sus curvas, pegando la tela del bikini a su piel. Los chicos se sentaron alrededor, vendiéndoles mangos jugosos y piñas, pero pronto el ron empezó a fluir. Botellas pasaban de mano en mano, risas estruendosas llenaban el aire, y el alcohol calentaba la sangre de todos.
“¡Mira qué culazo tiene la señora!”, murmuró uno de los chicos en voz baja, pero lo suficientemente alto para que Franchesca lo oyera. Ella se sonrojó, pero no protestó; al contrario, arqueó la espalda un poco, exhibiendo ese trasero legendario que había hecho su fortuna como modelo. Luis, borracho y excitado por la idea perversa que rondaba su mente enferma –esa fantasía cuckold que lo hacía masturbarse en secreto–, no dijo nada. “Déjenla en paz”, murmuró débilmente, pero su voz era falsa, y sus ojos traicionaban un morbo oculto. El calor subía, el ron hacía que las inhibiciones se derritieran como hielo al sol.
Uno de los chicos, el más audaz, un tal Jamal con bíceps como troncos y un bulto en el short que prometía un monstruo negro, se acercó a Franchesca. “Señora, ¿quiere que le ponga crema solar? Ese culito se va a quemar”, dijo con una sonrisa lasciva, sus manos ya extendidas. Ella miró a Luis, quien asintió levemente, su polla flácida intentando moverse bajo la grasa. “Está bien, cariño, déjalos… es solo diversión”. Franchesca se puso de pie, girándose para mostrar su espalda, y los chicos la rodearon como lobos hambrientos. Manos negras y fuertes empezaron a tocarla: primero untando crema en sus hombros, pero pronto bajando a sus nalgas expuestas. “¡Qué suave!”, comento uno, untando crema esa carne jugosa, sus dedos tocando el culo de Franchesca mientras ella jadeaba, sintiendo cómo su coño se humedecía.
, allí estaba ella, de espaldas a la laguna, con esos seis sementales negros presionados contra su cuerpo. Uno le agarraba el culo con fuerza, sus dedos clavándose en la nalga izquierda, mientras otro posaba su mano en la derecha, sintiendo la calidez y la firmeza. Franchesca sonreía por encima del hombro, sus ojos llenos de lujuria, mientras Luis observaba desde su silla, su mano discretamente sobre su entrepierna flácida, excitado por la humillación. El alcohol había hecho su trabajo: los chicos insistían, rozando sus cuerpos contra ella, sus pollas endureciéndose bajo los shorts, presionando contra sus muslos. “¡Siente esto, señora!”, susurró uno, guiando la mano de Franchesca hacia su bulto. Ella lo apretó, cerro los ojos al sentir el tamaño, mucho más grande que el pene patético de su marido.
El morbo escalaba. Franchesca, insatisfecha por años, sentía su clítoris hinchado, sus jugos corriendo por sus piernas. Los chicos la giraron, y ahora tocaban sus tetas, pellizcando los pezones a través del bikini. Luis, el cornudo obeso, bebía más ron, su cara roja de excitación y celos mezclados. “Déjenla disfrutar, muchachos… yo no puedo”, balbuceó, admitiendo su impotencia. Los chicos rieron, y uno de ellos, el más joven y ansioso, deslizó sus dedos sobre el tanga de Franchesca, rozando su coño depilado y empapado. “¡Está mojada la señora!”, exclamó para todos, y ella se mordió el labio, empujando sus caderas hacia adelante.
el grupo se había apretado más. Franchesca estaba inclinada ligeramente, su culo prominente siendo manoseado por varias manos a la vez. Uno de los chicos tenía sus dedos casi dentro de su tanga, otro mas frotando por encima de su ano apretado, mientras uno le besaba el cuello, su lengua negra lamiendo el sudor salado. Los shorts de los chicos bajaban un poco, revelando las cabezas hinchadas de sus pollas negras, venosas y gruesas, goteando precum. Franchesca, perdida en la lujuria, extendió sus manos , saco sus pollas y empezó a masturbar a dos de ellos, sintiendo cómo palpitaban en sus palmas, mucho más vivos que la cosa muerta de Luis. “¡Chicos me estoy poniendo nuy caliente!”, dijo ella, su voz ronca de deseo. Luis, desde su posición, se bajó el short y trató de masturbarse, pero su polla seguía flácida, solo logrando una semi-erección al ver cómo su esposa era usada como una zorra.
El calor era insoportable, el alcohol nublaba las mentes, y la insistencia de los chicos –sus pollas duras presionando contra ella– hizo que cedieran por completo. Franchesca se arrodilló en el muelle de madera, rodeada por esos cuerpos atléticos. Los shorts ya estaban en el suelo, revelando vergas enormes, curvas y oscuras, listas para invadirla. Ella tomó una en su boca, chupando con avidez, su lengua girando alrededor de la cabeza gorda, mientras con las manos pajeaba a otros dos. “¡Mira, Luis, esto es lo que necesito!”, gritó entre bocanadas, saliva corriendo por su barbilla. Luis, el millonario impotente, gemía de placer morboso, tocándose su panza mientras observaba cómo su esposa era gangbangeada.
Uno de los chicos la levantó y movio su tanga revelandoles a todos el hermoso coño , enseguida coloco su enorme glande y la penetró de golpe por detrás, su polla negra estirando su coño apretado, que no había sentido algo así en años. “¡Ahhh, sí, más profundo!”, chilló Franchesca, su culo rebotando contra las caderas del chico. Otro se colocó frente a ella, follándole la boca, mientras los demás la manoseaban, pellizcando sus tetas, azotando su culo rojo. El olor a sexo llenaba el aire, mezclado con el sudor y el ron. Luis se acercó gateando, lamiendo los pies de su esposa mientras ella era follada, humillado pero excitado. “Soy un cornudo inútil”, murmuraba, besando los dedos de los pies de Franchesca mientras todos esos chicos follaban brutalmente a su mujer.
La orgía duró una hora bajo el cielo nublado. El coñazo de Franchesca fue pasado de uno a otro, hasta que comenzaron a dilatar su culo con los dedos y tambien por ahi la empalaron .su coño y culo ahora rellenos al mismo tiempo en una doble penetración brutal, sus gritos de placer hacian ruido sobre la laguna. Uno la follaba mientras ella cabalgaba a otro, sus tetas botando, cubiertas de sudor y semen. Los chicos eyaculaban dentro de ella, sobre ella, marcándola como su puta temporal. Luis, al final, solo pudo correrse débilmente al lamer el semen que goteaba del coño dilatado de su esposa, saboreando la derrota deliciosa de su impotencia.
Al atardecer, exhaustos y satisfechos, los chicos se fueron con billetes extras de Luis, dejando a Franchesca tumbada, su cuerpo pegajoso y marcado, sonriendo con una satisfacción que su marido nunca le daría. “Gracias, cariño… por dejarme ser yo”, le dijo ella, besándolo en la mejilla mientras él limpiaba el desastre con su lengua gorda. Desde ese día, las vacaciones en República Dominicana se convirtieron en su ritual anual secreto, donde el cornudo millonario pagaba por ver cómo su esposa era devorada por viriles extraños. ¡Qué vida pervertida y morbosa, eh! ¡Oh, qué delicia de escenario.
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