You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Un Mundo Donde Tu Mamá es tu Esposa PARTE 1

Daniel abrió los ojos lentamente, como si su cerebro, entrenado en las complejas tramas de universos paralelos y realidades alteradas, se resistiera con todas sus fuerzas a procesar la información que sus sentidos le enviaban. La luz del sol matutino se filtraba a través de las persianas entreabiertas, proyectando rayas doradas y polvorientas que bailaban sobre las paredes cubiertas de posters amarillentos: naves espaciales surcando dunas infinitas en las ediciones antiguas de Dune, fundaciones galácticas colapsando en las portadas desgastadas de Asimov, portales cuánticos abiertos en las ilustraciones de Philip K. Dick. Las pilas de libros de ciencia ficción se tambaleaban precariamente en la mesita de noche, algunos con lomos rotos por lecturas repetidas, otros con marcas de páginas dobladas que señalaban pasajes favoritos sobre deslizamientos temporales y realidades alternativas. El aire de la habitación estaba impregnado del olor familiar a papel viejo, tinta seca y un leve rastro de café que subía desde la cocina, mezclado con el aroma sutil de la humedad de la noche anterior. Era su refugio, su santuario ordenado en medio del caos del mundo exterior, el lugar donde pasaba horas —a veces días enteros— perdido en tramas donde un solo cambio podía alterar toda la existencia.

Pero algo estaba profundamente, irremediablemente mal. Una anomalía que ni siquiera las novelas más retorcidas de sus autores favoritos habían preparado para él.

Al girar la cabeza hacia el borde de la cama, con un movimiento lento y temeroso, el corazón le dio un vuelco tan violento que sintió un latido doloroso en las sienes, como si el órgano intentara escapar del pecho. Allí, sentada con una naturalidad absoluta, como si esa posición fuera parte de la rutina diaria desde siempre, completamente desnuda, estaba Ana. Su madre.

Tenía cuarenta y cinco años bien llevados, y su cuerpo era una oda viva a la abundancia femenina, una celebración carnal de curvas que el tiempo había moldeado con generosidad en lugar de restar. La piel era suave, ligeramente bronceada por paseos ocasionales al sol, con un brillo natural que captaba la luz matutina y la devolvía en reflejos cálidos. Las tetas eran grandes y pesadas, caídas apenas lo suficiente para acentuar su madurez, con pezones oscuros y gruesos, erectos y arrugados en la punta como si respondieran al mero hecho de ser observados, invitando a la boca o a las manos sin necesidad de palabras. El abdomen se redondeaba con suavidad, una curva blanda y acogedora marcada por estrías plateadas que serpenteaban como ríos antiguos, añadiendo una sensualidad cruda, real, lejos de la perfección artificial. Las caderas se ensanchaban en una invitación evidente, culminando en un culo amplio y carnoso, que se desbordaba con voluptuosidad sobre el colchón, creando pliegues suaves donde la carne se juntaba, prometiendo una suavidad infinita al tacto. Los muslos, gruesos y firmes a pesar de su volumen, se unían en un triángulo perfecto y oscuro donde el coño —depilado con cuidado, los labios mayores hinchados y ligeramente separados— relucía con una humedad sutil, un brillo viscoso que captaba la luz y delataba una excitación latente, como si su cuerpo estuviera siempre listo, siempre deseoso.

Lo miraba con una sonrisa serena, cariñosa, casi maternal en su calidez, pero teñida de algo más profundo, más íntimo, como si estar allí expuesta, vulnerable y poderosa al mismo tiempo, fuera lo más lógico y natural del universo entero.

—Buenos días, mi amor —dijo con esa voz ronca y cálida, un timbre grave que siempre usaba cuando estaba contenta o satisfecha, vibrando en el aire como una caricia audible—. ¿Dormiste bien? Te moviste mucho anoche… me tuviste despierta hasta tarde, agotada y feliz. Tus manos no paraban de recorrer mi cuerpo, y esa verga tuya… uf, me dejaste el coño adolorido de tanto placer.

Daniel se incorporó de golpe, las sábanas finas enredándose en sus piernas flacas y pálidas, revelando su cuerpo escuálido de veinte años: piel blanca por las horas interminables frente a libros y pantallas, músculos apenas esbozados bajo la delgadez, gafas deslizándose por la nariz sudorosa, cabello revuelto en mechones desordenados que caían sobre la frente. Su mente, tan ágil para desentrañar paradojas temporales, colapsos de funciones de onda cuánticas y realidades paralelas en las páginas de Dick o Heinlein, se negaba rotundamente a aceptar la evidencia sensorial. Esto no podía ser real. ¿Un sueño lúcido? ¿Una alucinación inducida por alguna lectura nocturna excesiva? ¿O peor: un verdadero deslizamiento a una dimensión alternativa donde las normas sociales se habían invertido por completo?

—Mamá… ¿Qué… qué haces aquí? ¿Por qué estás… desnuda? —balbuceó, la voz quebrada, las palabras saliendo atropelladas mientras intentaba cubrirse instintivamente con la sábana, aunque su mirada traicionera se desviaba una y otra vez hacia esas tetas pesadas, hacia el coño que parecía palpitar levemente con cada respiración de ella.

Ana ladeó la cabeza con una expresión divertida, casi juguetona, y se inclinó hacia él con lentitud deliberada. Sus tetas se balancearon con el movimiento, pesadas y suaves, rozando ligeramente el brazo desnudo de Daniel en un contacto eléctrico que le erizó la piel y envió una oleada de calor involuntario hacia su entrepierna. El olor de su piel lo invadió por completo: jabón de vainilla fresco mezclado con un aroma más íntimo, más animal —sudor ligero de la noche, fluidos secos, el almizcle natural de una mujer excitada que no se avergüenza de su deseo.

—¿Otra vez con eso, Dani? —susurró, posando una mano cálida y suave en su mejilla, los dedos acariciando la piel con ternura posesiva, bajando luego por el cuello hasta el pecho huesudo—. Soy tu esposa, mi amor. Tu mujer. Tú todo. Como siempre ha sido, desde que eras lo suficientemente grande para entenderme y desearme. ¿No lo recuerdas? Anoche mismo me lo demostrabas una y otra vez…

La palabra “esposa” resonó en la cabeza de Daniel como un eco distorsionado en un vacío cuántico, desestabilizando todo su mundo. Sintió un nudo en la garganta, una mezcla de incredulidad, vergüenza y —para su horror— una excitación creciente que endurecía su verga bajo la sábana. Intentó retroceder, pero el colchón lo limitaba, y la mano de Ana siguió su camino, deslizándose con confianza hacia la cintura, rozando la tela del bóxer donde ya se notaba el bulto traicionero.

—No seas tímido ahora —murmuró Ana, acercando los labios carnosos y húmedos a su cuello, rozando apenas la piel sensible justo debajo de la oreja. Su aliento cálido y cargado de deseo le erizó cada vello del cuerpo, enviando un escalofrío directo a su entrepierna, donde su verga ya empezaba a endurecerse contra su voluntad—. Anoche me follaste tan rico… tres veces seguidas, sin parar. Me tuviste abierta de piernas, embistiéndome profundo hasta que me corría gritando tu nombre. Sentí cómo me llenabas el coño con tu leche caliente, una y otra vez… ¿Ya quieres más, mi amor? Porque yo sí. Mi coño ya está mojado solo de pensarte.

Sus palabras cayeron como miel espesa y prohibida, cada sílaba vibrando contra su piel mientras una mano descendía con deliberada lentitud por su pecho, rozando el pezón endurecido de Daniel antes de bajar hasta la cintura del bóxer. Allí, sin prisa, los dedos trazaron el contorno de su erección creciente, presionando apenas lo suficiente para que él sintiera el pulso acelerado de su propia verga contra la palma experta de ella. El olor almizclado de su excitación —mezclado con el jabón de vainilla y el aroma residual de sexo de la noche que él no recordaba— lo envolvió por completo, haciendo que su respiración se entrecortara.

Daniel sintió que el mundo se inclinaba peligrosamente, como si la realidad misma hubiera sufrido un colapso cuántico. Recordaba perfectamente la noche anterior: había leído hasta las tres de la mañana una novela de Philip K. Dick sobre realidades paralelas, se había acostado solo en su cama estrecha, con la mano en la verga solo por un rato antes de dormir. No había nada de esto. No había tetas pesadas rozando su brazo, ni un coño húmedo reluciendo a centímetros de él, ni una madre convertida en esposa lujuriosa. Esto era… imposible. ¿Un sueño vívido inducido por demasiadas lecturas? ¿Un verdadero deslizamiento a un universo paralelo, como los que describían sus autores favoritos, donde una sola decisión —o mutación social— había cambiado todo?

El pánico y el deseo chocaron en su interior, haciendo que su verga palpitara con más fuerza bajo el toque de Ana. Intentó retroceder, pero ella lo tenía atrapado contra la cabecera, su cuerpo generoso presionando con suavidad insistente.

Se levantó tambaleante al fin, apartando la mano de Ana con torpeza, sintiendo el vacío caliente que dejaba su palma. Las piernas le temblaban mientras buscaba a tientas una camiseta vieja y unos jeans arrugados del piso. Se los puso a toda prisa, murmurando excusas atropelladas sobre la escuela, sobre el examen de física cuántica que tenía esa mañana, sobre cualquier cosa que le permitiera escapar de esa habitación cargada de erotismo imposible.

Ana solo sonrió con esa expresión satisfecha y depredadora, se levantó del borde de la cama con esa gracia pesada y sensual que tienen las mujeres gordibuenas que conocen perfectamente el poder devastador de sus curvas. Sus tetas grandes se balancearon con cada movimiento, pesadas y libres, los pezones oscuros aún erectos apuntando hacia él como una invitación silenciosa. El culo carnoso se movió en ondas hipnóticas al caminar hacia él, los muslos gruesos rozándose con un susurro suave que Daniel podía imaginar —y casi sentir— contra su piel. Se acercó hasta que sus tetas rozaron su pecho a través de la camiseta recién puesta, el calor de su cuerpo desnudo irradiando como una promesa.

Le dio un beso lento, profundo, en los labios. Su boca era suave, experta, la lengua invadiendo con confianza, rozando la de él por un segundo eterno, saboreando su confusión mientras una mano bajaba discretamente para acariciar el bulto endurecido en sus jeans. Daniel sintió el sabor dulce y salado de ella, el calor húmedo que lo envolvía, y por un instante su cuerpo traicionero respondió, empujando contra su palma antes de que la razón lo obligara a apartarse con un jadeo.

—Te espero para la cena, esposo mío —dijo con voz baja y ronca, cargada de promesas—. No tardes. Tengo ganas de ti otra vez… de sentirte adentro, de que me folles hasta que no pueda caminar derecho.

Daniel salió de la casa casi corriendo, el corazón latiéndole en los oídos como un tambor desbocado, la verga aún medio dura presionando incómodamente contra los jeans, el sabor de su madre-esposa todavía en los labios y el aroma de su coño excitado impregnado en su memoria.

La calle era la misma de siempre —el mismo asfalto agrietado por el sol, las mismas casas pintadas de colores desvaídos, los mismos perros callejeros olfateando las banquetas— y completamente distinta, como si hubiera despertado en una versión pervertida y lujuriosa de su propia realidad, donde el aire mismo parecía cargado de un aroma sutil a deseo y piel caliente.

Apenas había dado diez pasos, con las piernas aún temblorosas por el encuentro con Ana y la verga medio endurecida presionando contra los jeans, cuando vio a Javier, su compañero de clase, apoyado con descuido contra la reja oxidada de una casa vecina. Frente a él estaba su madre, una mujer de unos cuarenta años, gordibuena como Ana, con un vestido ajustado de tela delgada que se adhería a sus curvas generosas como una segunda piel. El escote profundo dejaba ver el borde de unas tetas enormes, apretadas en un sostén que luchaba por contenerlas, y la falda marcaba el contorno de un culo amplio y redondo que se movía con cada risa. Javier tenía las manos hundidas profundamente en esas nalgas carnosas, los dedos hundiéndose en la carne suave y abundante, apretando con fuerza rítmica mientras sus caderas se mecían contra las de ella en un simulacro sutil de follada. Se besaban con lengua, profundo y sin prisa, las bocas abiertas y húmedas chocando con sonidos obscenos —chupetones suaves, gemidos ahogados— mientras la saliva brillaba en sus labios. Ella reía contra su boca, una risa ronca y satisfecha que vibraba en el aire, y él le mordisqueaba el cuello expuesto, dejando marcas rojas en la piel suave mientras una mano subía por la espalda para desabrocharle el sostén bajo la tela. El vestido se aflojó, y una teta pesada se liberó parcialmente, el pezón oscuro asomando erecto, rozando el pecho de Javier mientras él gruñía de placer y empujaba su erección visible contra el vientre de ella.

Daniel se quedó paralizado un segundo, la mirada clavada en esa escena pública y descarada, sintiendo un calor traicionero subirle por el cuerpo. Su verga se endureció del todo, palpitando incómoda en los jeans, mientras imaginaba —contra su voluntad— las manos de Javier bajando más, metiéndose bajo la falda para acariciar un coño ya húmedo. Luego aceleró el paso, el rostro ardiendo, intentando borrar la imagen, pero llevándola grabada en la mente.

Dos cuadras más adelante, en la parada del autobús sombreada por un árbol raquítico, otro chico de su edad —un desconocido flaco como él, pero con una confianza que Daniel envidiaba— tenía a su madre sentada en su regazo en el banco metálico. Ella era una mujer voluptuosa, de unos cuarenta y cinco, con falda corta que se había subido hasta los muslos gruesos, revelando la piel suave y ligeramente celulítica que brillaba bajo el sol. Llevaba una blusa ligera, y las manos del chico estaban hundidas dentro de ella, masajeando las tetas grandes y pesadas sin ningún disimulo: los dedos amasando la carne blanda, pellizcando los pezones endurecidos hasta que se marcaban contra la tela fina. Se oían susurros húmedos —el roce de piel contra piel, gemidos bajos de ella— mientras la mujer le acariciaba el cabello con ternura maternal, como si lo calmara de una pesadilla, pero al mismo tiempo se apretaba más contra su entrepierna, frotando el culo carnoso contra la verga dura que se notaba abultada en los pantalones del chico. Él le susurraba algo al oído —palabras sucias, sin duda, porque ella reía bajito y arqueaba la espalda, empujando las tetas contra sus manos, el coño probablemente empapado bajo la falda, rozando la erección de su hijo con movimientos deliberados y lentos.

Daniel apartó la vista, pero no antes de notar cómo la mujer cerraba los ojos de placer, mordiéndose el labio inferior mientras una mano del chico bajaba discretamente por su muslo, acercándose al borde de la falda. El corazón de Daniel latía desbocado, una mezcla de horror y excitación haciendo que su propia verga doliera de necesidad.

En el camión hacia la universidad, abarrotado de gente que parecía ignorar todo, la escena se repitió con una intensidad que lo dejó sin aliento. Un joven de unos veintidós años, musculoso y confiado, tenía a su madre de pie frente a él en el pasillo, abrazándola por la cintura con posesión evidente. Ella era una belleza madura, curvilínea y tetona, con un top escotado que dejaba ver el valle profundo entre sus pechos abundantes. Él le besaba el cuello con avidez, la lengua trazando líneas húmedas por la piel perfumada, mordisqueando el lóbulo de la oreja mientras ella apoyaba la cabeza en su hombro, los ojos cerrados en éxtasis puro, un gemido suave escapando de sus labios pintados. La mano de él bajaba discretamente —pero no tanto— por la curva pronunciada del culo, metiéndose bajo la falda para apretar la carne desnuda, los dedos hundidos en las nalgas mientras sus caderas se mecían contra las de ella, simulando embestidas lentas. Se notaba la erección gruesa presionando contra el vientre de la madre, y ella respondía empujando hacia atrás, el coño caliente rozando a través de la tela, húmeda y ansiosa. Alrededor, los demás pasajeros miraban con indiferencia o sonrisas cómplices, como si fuera lo más normal del mundo ver a un hijo manosear así a su madre en público.

Daniel se sentó en la parte trasera, pegado a la ventana, mirando el paisaje borroso pasar mientras su mente giraba en espiral. ¿Era una alucinación colectiva inducida por algún gas tóxico? ¿Un experimento social masivo, como esos de los que leía en foros conspirativos? ¿Un virus que alteraba la percepción de la realidad, reescribiendo normas sociales en algo tan primitivo y lujurioso? Su mente nerd, acostumbrada a universos paralelos y distopías, buscaba explicaciones lógicas —colapsos cuánticos sociales, realidades alternativas deslizadas—, pero ninguna encajaba del todo. Lo único real era el pulso acelerado en su verga, endurecida por las imágenes grabadas: tetas masajeadas, culos apretados, besos húmedos, coños frotados en público. Intentaba pensar en ecuaciones, en libros, en cualquier cosa fría y racional, pero su cuerpo traicionero solo recordaba el calor de Ana, su coño reluciente, y ahora estas escenas que lo excitaban contra toda lógica.

Al llegar a la universidad, el campus era un reflejo ampliado y desinhibido de lo que había visto en la calle: un hervidero de deseo abierto y naturalizado, donde el aire parecía impregnado de un aroma sutil a sudor femenino, perfume barato y excitación contenida. Parejas de madres e hijos se dispersaban por los jardines y pasillos como si fueran novios comunes: una madre tetona de unos cincuenta años caminaba tomada de la mano de su hijo, él con la otra mano metida discretamente bajo su blusa, amasando una teta pesada mientras ella reía y le besaba el cuello; en un rincón sombreado, un chico tenía a su madre contra un árbol, la falda subida hasta la cintura, embistiéndola despacio por detrás mientras ella gemía bajito, el culo carnoso temblando con cada golpe sutil; en las bancas del patio, varias mujeres maduras y curvilíneas estaban sentadas en los regazos de sus hijos, frotándose contra erecciones evidentes, tetas desbordando escotes mientras se besaban con lengua sin importar las miradas.

En el patio central, varios grupos de chicos charlaban animadamente, las voces altas y cargadas de testosterona, riendo con esa complicidad cruda de quienes comparten los placeres más íntimos. Daniel se acercó a sus amigos de siempre —Marco, Luis y Carlos—, todos sentados en las bancas bajo los árboles frondosos, con botellas de agua y mochilas tiradas a sus pies. Marco era el más alto, moreno y confiado; Luis, gordito y risueño; Carlos, delgado, pero con una sonrisa pícara que siempre delataba sus pensamientos sucios.

—Ey, Dani, ¿qué pedo? Llegas tarde, cabrón —dijo Marco, sonriendo con esa mueca lasciva que ponía cuando hablaba de sexo—. ¿Tu vieja te tuvo ocupado esta mañana? ¿Te despertó chupándotela o te montó directo para sacarte la leche antes de clases?

Los demás soltaron carcajadas estruendosas, dándose codazos. Daniel se sentó con piernas temblorosas, confundido, el rostro aún caliente por las escenas del camino y por el recuerdo persistente del coño húmedo de Ana esa mañana.

—¿Mi… vieja? —balbuceó, la voz apenas audible.

Luis soltó una carcajada gutural, palmeando la espalda de Daniel con fuerza.

—Tu madre, cabrón. Ana. Todos sabemos que es una chulada total, una gordibuena de campeonato. La vi el otro día en el supermercado… uf, esas tetas enormes balanceándose bajo la blusa, el culo apretado en esos jeans que se le marcan todo. Me imaginé follándomela, pero claro, es tuya. ¿Ya la despertaste con la verga hoy o qué? ¿Le metiste profundo antes de salir, la dejaste gimiendo y con el coño chorreando?

Daniel sintió que el suelo se abría bajo sus pies, un vacío que lo succionaba hacia la incredulidad absoluta. Su verga, traicionera, empezó a endurecerse de nuevo en los pantalones, palpitando con cada palabra que evocaba imágenes prohibidas: Ana de rodillas, chupando con esa boca experta; Ana abierta de piernas, el coño reluciente aceptando su embestida.

—¿De qué están hablando? —preguntó, la voz quebrada, intentando sonar indignado, pero saliendo solo confundido y ronco.

Marco lo miró extrañado, frunciendo el ceño un segundo antes de reír de nuevo.

—¿Estás bien, wey? ¿Te dio un calambre en la verga o qué? Todos queremos a nuestras madres, Dani. Son nuestras esposas, nuestras mujeres, las que nos dan todo. La mía anoche me dejó seco, cabrones. Tres rondas seguidas, sin piedad. Me montó como una loca, esas tetas pesadas rebotando en mi cara mientras bajaba y subía por mi verga, apretándome con ese coño caliente y maduro. Gemía como puta en celo, diciéndome “más fuerte, hijo, rómpeme”. No paró hasta que le llené el coño tres veces; sentí cómo se corría alrededor de mí, ordeñándome hasta la última gota. Dice que le encanta sentirme adentro, que soy el único hombre que la hace correrse de verdad, que su coño es mío desde siempre.

Carlos asintió, orgulloso, los ojos brillando con el recuerdo mientras se ajustaba disimuladamente la entrepierna.

—La mía me despertó chupándomela esta mañana, despacito, como le gusta. Se metió entre mis piernas desnuda, esas tetas gordas aplastadas contra mis muslos mientras me lamía la punta; luego se la tragaba entera, garganta profunda hasta que me tenía al borde. Me tuvo así media hora, torturándome con la lengua en las bolas, chupando suave y luego fuerte, mirándome con esos ojos de madre enamorada. Al final me dejé correr en su boca, chorros calientes que ella tragó todo, lamiendo hasta dejarme limpio. La amo, cabrones. No cambiaría a mi madre por ninguna chava de la escuela; ninguna aprieta como ella, ninguna me mira como si yo fuera su mundo mientras me folla.

Luis agregó, relamiéndose los labios con una sonrisa sucia:

—Y lo rico que se siente cuando te aprieta con esas piernas gruesas… Mi vieja tiene un culo que te vuelve loco, redondo y carnoso, de esos que tiemblan cuando los azotas. Ayer en la cocina, la puse contra la mesa mientras preparaba la cena. Le subí la falda, le bajé las pantaletas y se la metí por detrás de un jalón, profundo hasta el fondo. Gemía tan rico, “sí, hijo, fóllame fuerte”, mientras movía el culo hacia atrás encontrándome. La tenía agarrada de las caderas, embistiendo mientras sus tetas se balanceaban contra la mesa, el coño chorreando por mis muslos. Casi no terminamos de comer porque me corrió dos veces, apretándome hasta sacarme la leche dentro.

Daniel los escuchaba en silencio, el estómago revuelto por la confusión y el horror moral, pero al mismo tiempo una erección incómoda e incontrolable creciendo en sus pantalones, dura y palpitante, presionando contra la tela cada vez que imaginaba a Ana en esas posiciones: montándolo con sus tetas rebotando, chupándolo con devoción maternal, gimiendo mientras él la follaba por detrás en la cocina. Su mente nerd intentaba procesarlo como una distopía erótica, un universo paralelo donde el incesto era la norma sagrada, pero su cuerpo solo respondía con deseo crudo, imaginando el calor húmedo del coño de Ana envolviéndolo, sus gemidos roncos llamándolo “esposo”.

Intentó cambiar de tema desesperadamente, hablar del examen de física cuántica, de las ecuaciones de Schrödinger, de cualquier cosa racional, pero ellos seguían, ignorando sus balbuceos, contando más detalles gráficos: cómo sus madres los ordeñaban con el culo, cómo gemían al sentir la leche caliente dentro, cómo las follaban en la ducha por las mañanas con el agua resbalando por tetas y culos abundantes.

—Es lo natural, Dani —concluyó Marco, encogiéndose de hombros mientras daba un trago a su botella—. Desde siempre. La madre es la primera mujer, la que te enseña todo: cómo chupar, cómo follar, cómo correrte dentro sin miedo. La que te ama sin condiciones, que te abre el coño porque eres su hijo y su hombre. ¿Quién más te va a querer así, con esa entrega total? Ninguna otra te va a mirar mientras te monta y te dice “te amo, mi vida, córrete en mamá”.

Durante las clases, Daniel apenas pudo concentrarse, su mente atrapada en un torbellino de confusión, deseo reprimido y horror ante esa realidad alternativa que lo envolvía como una niebla densa y caliente. Las palabras de los profesores llegaban distorsionadas, como ecos lejanos, mientras su mirada se perdía en detalles triviales —el polvo danzando en los rayos de sol que entraban por las ventanas, el tic-tac del reloj en la pared— y su cuerpo traicionero respondía con una erección persistente y dolorosa, recordándole constantemente el coño húmedo de Ana esa mañana, sus tetas pesadas balanceándose y las escenas obscenas que había presenciado en la calle y con sus amigos. Intentaba anotar fórmulas, resolver ecuaciones en su cabeza como refugio racional, pero cada pensamiento derivaba inevitablemente en imágenes prohibidas: Ana montándolo, gimiendo su nombre; madres voluptuosas folladas por sus hijos en público sin vergüenza.

En la sala de física cuántica, el aula grande y semicircular con pizarras llenas de ecuaciones ondulatorias y diagramas de partículas entrelazadas, la profesora —una mujer de unos cincuenta años, atractiva y curvilínea, con un cuerpo maduro y abundante que exudaba una sensualidad natural y desinhibida— explicaba con voz firme y apasionada las superposiciones cuánticas y los colapsos de funciones de onda. Se llamaba Laura, o al menos eso recordaba Daniel de semestres anteriores, y hoy llevaba una blusa ajustada que marcaba sus tetas grandes y pesadas, caídas con la gracia de la edad, pero aún firmes, los pezones ligeramente visibles bajo la tela fina como si no usara sostén; una falda lápiz que abrazaba sus caderas anchas y un culo carnoso que se movía con cada paso frente al pizarrón, los muslos gruesos rozándose con un susurro audible en el silencio de la clase. Su cabello grisáceo recogido en un moño suelto dejaba ver el cuello suave, perfumado con un aroma floral que flotaba hasta las primeras filas.

Mientras trazaba con tiza las ecuaciones de Schrödinger, explicando cómo una partícula podía existir en múltiples estados hasta ser observada, un estudiante de primera fila —un chico alto y confiado de unos veintidós años, con la mano izquierda apoyada casualmente en el escritorio— le masajeaba disimuladamente el muslo bajo el borde del pupitre. Sus dedos subían lentamente por la piel suave y cálida, hundidos en la carne blanda del muslo interno, acercándose cada vez más al calor entre sus piernas. Ella no se inmutaba en apariencia: seguía hablando con precisión académica, la voz solo ligeramente más ronca cuando la mano del chico presionaba con más fuerza, trazando círculos lentos que hacían que sus caderas se movieran imperceptiblemente, como respondiendo al toque. Daniel, sentado unas filas atrás, podía ver cómo la falda se arrugaba ligeramente con el movimiento, cómo ella separaba un poco más las piernas para facilitar el acceso, una sonrisa sutil y satisfecha curvando sus labios pintados de rojo mientras continuaba la lección sin interrumpir el ritmo.

El chico —que Daniel reconoció vagamente como su hijo, por la forma posesiva y familiar en que la tocaba— subió la mano más alto, los dedos rozando ahora el borde de las pantaletas o quizás directamente la piel desnuda del coño, porque la profesora dejó escapar un suspiro apenas audible, disfrazado como una pausa para enfatizar un punto teórico. Sus tetas se elevaban con una respiración más profunda, los pezones endureciéndose visiblemente contra la blusa, y ella sonrió directamente al chico —una sonrisa cargada de cariño maternal y lujuria cruda— sin detener la explicación sobre el entrelazamiento cuántico. Alrededor, los demás estudiantes tomaban notas como si nada, algunos con sonrisas cómplices, como si ver a una profesora siendo manoseada por su hijo durante la clase fuera parte del paisaje académico normal.

Daniel sintió un calor abrasador subirle por el cuerpo, la verga endureciéndose de nuevo en sus pantalones hasta doler, imaginando esas manos en el coño depilado y húmedo de la profesora, sus gemidos contenidos mientras explicaba probabilidades y amplitud. Su mente nerd intentaba aferrarse a los conceptos —superposiciones como esta realidad dual donde el incesto era norma—, pero solo lograba excitarse más, fantaseando con Ana en ese rol, abierta y receptiva en público. Sudaba, las gafas empañadas, y apenas pudo responder cuando lo llamaron para una pregunta, balbuceando algo incoherente mientras la escena continuaba: la mano del chico moviéndose con más insistencia, la profesora arqueando ligeramente la espalda, su voz temblando de placer disfrazado de entusiasmo académico.

En el recreo, con el sol del mediodía calentando el campus y el bullicio de voces y risas llenando el aire, Daniel salió al exterior como un sonámbulo, necesitando aire fresco para aclarar su mente revuelta. Pero en lugar de calma, encontró una inmersión total en esa realidad pervertida y sensual que lo rodeaba. Empezó a observar con más atención, deteniéndose en cada detalle como si fuera un explorador en un mundo alienígena descrito en sus novelas favoritas, pero esta vez la distopía era carnal, húmeda, imposible de ignorar.

En las bardas grafiteadas del campus, en los anuncios digitales parpadeantes de las paradas de camión cercanas, en las pantallas gigantes del centro estudiantil que proyectaban imágenes en alta definición: en todos lados se repetían fotos y videos elegantes, pero profundamente sugerentes, diseñados con una estética publicitaria pulcra que contrastaba con su contenido crudo y erótico. Madres voluptuosas, gordibuenas como Ana —cuerpos abundantes y maduros, tetas enormes y pesadas desbordando blusas abiertas o lencería fina, culos amplios y redondos marcados en pantaletas transparentes, coños depilados insinuados entre muslos gruesos separados— abrazando con posesión a hijos jóvenes y delgados como él. En una imagen recurrente, una madre de unos cuarenta y cinco años, con tetas desnudas y pezones oscuros erectos, presionaba a su hijo contra su pecho, sus manos entrelazadas mientras él chupaba un pezón con devoción, la cara hundida en esa carne suave y abundante; en otra, bocas unidas en besos apasionados y húmedos, lenguas visibles entrelazadas, saliva brillando en los labios mientras las manos del hijo bajaban por la curva del culo materno, apretando la carne carnosa con fuerza. Las frases aparecían en letras grandes, serenas y elegantes, con fondos suaves y colores cálidos:

“El amor más puro comienza en casa.”

“Tu madre: tu primera mujer, tu esposa eterna, tu todo. Déjale sentir tu verga dentro, como ella te sintió nacer.”

“La familia unida: madre e hijo, el vínculo perfecto. Fóllala todos los días, llénala de tu semen, hazla gemir tu nombre.”

Algunos anuncios eran videos cortos en loop: una madre culona montando despacio a su hijo en una cama matrimonial, las tetas rebotando con cada movimiento de caderas, él agarrándola por las nalgas mientras ella gemía “sí, hijo, más profundo”; otro mostraba a una madre de rodillas, chupando la verga gruesa de su hijo con mirada adoradora, tragando hasta la base mientras él le acariciaba el cabello con ternura.

En la cafetería abarrotada, donde el olor a café y comida rápida se mezclaba con el aroma sutil de cuerpos calientes y excitados, la televisión grande transmitía un anuncio gubernamental de alta producción: una madre joven y atractiva —de unos treinta y cinco, pero con curvas maduras y generosas, tetas enormes y llenas de leche aparente, pezones grandes y oscuros goteando ligeramente— desnuda de cintura para arriba, sentada en un sofá acogedor con su hijo adulto sobre su regazo. Él, un joven de veintitantos, chupaba con avidez un pezón, la boca abierta y succionando fuerte, la leche materna brotando en chorritos que resbalaban por su barbilla mientras sus manos la acariciaban con posesión: una amasando la otra teta pesada, pellizcando el pezón libre hasta hacerlo endurecerse más, la otra bajando por el abdomen redondeado hasta meterse entre sus piernas abiertas, dedos hundidos en un coño húmedo y reluciente que la cámara mostraba en close-up sutil pero explícito, los labios mayores hinchados envolviendo los dedos que entraban y salían despacio. Ella gemía bajito, arqueando la espalda, las caderas moviéndose contra la mano de él mientras le susurraba “te amo, mi hombre, mi hijo”. La voz en off, cálida y autoritaria, decía con tono sereno y convincente: “El amor maternal no tiene edad. Celebremos la unión que nos hace fuertes. Tu madre te dio la vida; devuélvele el placer cada día. Fóllala, ámala, llénala. Es tu deber, tu derecho, tu paraíso.”

Alrededor, los estudiantes miraban la pantalla con sonrisas aprobadoras, algunos comentando en voz baja “qué rico anuncio” o “mi vieja me hace eso los fines de semana”, mientras comían sin inmutarse, como si fuera un spot de salud pública normal.

Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, un frío que contrastaba con el calor abrasador que le subía por el cuerpo, endureciendo su verga de nuevo hasta doler contra los pantalones. Todo el mundo parecía aceptar esto como la norma absoluta, la verdad incuestionable: madres e hijos besándose con lengua en las bancas, manos metidas bajo faldas manoseando coños húmedos, tetas sacadas para ser chupadas en rincones semiocultos. Nadie se escandalizaba. Nadie cuestionaba. Las parejas pasaban riendo, follándose con la mirada o directamente con las manos, y el campus entero vibraba con una energía erótica naturalizada, como si el incesto fuera el pegamento social perfecto. Daniel se apoyó contra una pared, jadeando, la mente gritando que esto era una locura cuántica, un universo paralelo donde el tabú se había invertido… pero su cuerpo solo quería correr a casa, a los brazos de Ana, a hundirse en ese coño caliente que lo esperaba.

Al salir de clases, con el sol de la tarde derramándose como miel caliente sobre el campus y las calles adyacentes, Daniel caminó más despacio, casi arrastrando los pies, absorbiendo cada detalle como si intentara cartografiar esa realidad alternativa que lo había tragado entero. Su mente nerd, aún aferrada a conceptos de universos paralelos y deslizamientos dimensionales, registraba todo con una mezcla de horror analítico y excitación incontrolable: la verga seguía medio dura en sus pantalones, palpitando con cada imagen que sus ojos captaban, recordándole el calor húmedo del coño de Ana y las promesas roncas de esa mañana.

En un parque cercano, sombreado por árboles frondosos y con bancos ocupados por parejas que no disimulaban su intimidad, vio a una madre de unos cuarenta y cinco años —sorprendentemente parecida a Ana en complexión: gordibuena, con curvas abundantes y suaves, tetas enormes que desbordaban la blusa abierta hasta el ombligo, un culo amplio que se extendía sobre el banco como una invitación carnal—. Estaba sentada con las piernas abiertas, la falda subida hasta los muslos gruesos y celulíticos que brillaban ligeramente de sudor. Su hijo, un joven de unos veinte años como él, delgado y ansioso, estaba sentado sobre su regazo, la cabeza hundida entre esas tetas pesadas y desnudas que ella había sacado con naturalidad, ofreciéndoselas como un regalo cotidiano. Él le chupaba un pezón oscuro y grueso con avidez, la boca abierta succionando fuerte, la lengua girando alrededor del pezón endurecido mientras la leche —o quizás solo saliva— resbalaba por la curva de la teta y goteaba sobre su camisa. La madre gemía bajito, una mano en la nuca de él guiándolo con ternura maternal, la otra metida descaradamente en la entrepierna del chico, acariciándole la verga por encima del pantalón: los dedos trazando el contorno grueso y endurecido, apretando la punta con movimientos lentos y expertos, haciendo que él empujara las caderas contra su palma mientras gruñía contra la teta. Ella le susurraba palabras de amor roncas y sucias al oído —“mi hombre, chúpame más fuerte, mamá te quiere tanto… siente cómo te aprieto la verga, es toda tuya”— mientras sus muslos se abrían más, revelando el coño depilado y húmedo bajo la falda, reluciendo con excitación evidente. Alrededor, paseantes miraban con sonrisas aprobadoras o indiferencia total, como si esa mamada pública fuera tan normal como alimentar palomas.

Daniel se detuvo un momento, oculto tras un árbol, el corazón latiéndole fuerte y la verga endureciéndose del todo al imaginar a Ana así: sus tetas en su boca, su mano ordeñándolo mientras lo llamaba “esposo”. Tuvo que ajustar los pantalones para disimular el bulto doloroso antes de seguir caminando, jadeando.

En una tienda de ropa cercana, con vitrinas iluminadas y maniquíes posando con sensualidad descarada, el principal atraía todas las miradas: una figura femenina curvilínea, gordibuena y tetona como las madres que poblaban este mundo, vestida solo con lencería sexy y provocativa —un conjunto rojo translúcido que apenas contenía tetas enormes falsas pero realistas, con encaje que rodeaba pezones simulados erectos; tanga diminuta que se hundía entre nalgas amplias y redondas, dejando el coño marcado y sugerido; ligas que subían por muslos gruesos—. El eslogan, en letras grandes y elegantes sobre la vitrina, decía: “Para que tu madre se sienta deseada todas las noches. Vístela sexy, fóllala duro, hazla gemir tu nombre hasta el amanecer.” Dentro, se veían más conjuntos expuestos: babydolls con aberturas para fácil acceso al coño, sostenes que dejaban pezones al aire, pantaletas comestibles con sabores, todos con etiquetas como “Ideal para que tu hijo te monte toda la noche” o “Siente su verga mientras te corroes en mis encajes”.

En la farmacia de la esquina, con estantes brillantes y productos alineados como en cualquier otra, pero con un giro obsceno y celebratorio, los condones y lubricantes ocupaban secciones enteras con empaques diseñados explícitamente: cajas de preservativos ultra delgados con imágenes de madres voluptuosas abiertas de piernas, eslóganes como “Para el placer madre-hijo: siente cada vena de su verga dentro de ti sin barreras” o “Llénala de leche segura, hijo mío”; lubricantes en botellas con fotos de culos maternos untados y brillantes, textos que decían “Para follarle el culo a mamá sin dolor, solo placer puro” o “Deslízate fácil en su coño maduro y hazla chorrear”; incluso cremas estimulantes con promesas como “Haz que las tetas de tu madre se hinchen más para ti” o “Aumenta el flujo de su coño para que te ordeñe mejor”.

Todo encajaba en una lógica perversa, naturalizada, celebrada como el fundamento mismo de la sociedad: el incesto madre-hijo no solo aceptado, sino promovido, erotizado, convertido en publicidad cotidiana, en placer público, en norma incuestionable. Daniel sintió un vértigo final, la excitación ganando terreno sobre la confusión, la verga palpitando con urgencia mientras aceleraba el paso hacia casa, hacia Ana, hacia ese coño que lo esperaba desnudo y húmedo.

Cuando Daniel abrió la puerta de su casa esa tarde, el calor acogedor del interior lo golpeó como una caricia contrastante con la brisa fresca de la calle, y el olor intenso a comida casera lo envolvió de inmediato: enchiladas recién horneadas con queso derretido y salsa roja picante, arroz esponjoso perfumado con ajo y cebolla, frijoles refritos cremosos burbujeando en la estufa. Era el aroma de su infancia, reconfortante y familiar, pero ahora teñido de una capa erótica imposible de ignorar, porque significaba que Ana había estado allí todo el día, cocinando para él… su esposo.

Ana lo esperaba en la sala, de pie junto a la mesa del comedor ya puesta con platos humeantes.

Desnuda otra vez, completamente expuesta salvo por un delantal corto y coqueto de algodón blanco con volantes, que apenas cubría la parte delantera como una burla provocativa. La tela fina se adhería al abdomen redondeado y suave, marcando el ombligo profundo y dejando entrever el contorno del coño depilado debajo, pero por detrás no cubría nada: el culo amplio y carnoso estaba al aire, las nalgas grandes y redondas separadas ligeramente por la postura, con hoyuelos suaves en los costados y un brillo sutil de sudor que las hacía relucir bajo la luz cálida de la lámpara. Las tetas enormes desbordaban por los lados del delantal, pesadas y libres, balanceándose con cada respiración profunda, los pezones oscuros y gruesos ya erectos, arrugados y apuntando hacia adelante como si anticiparan el toque.

Se acercó despacio, con esa gracia pesada y sensual de las mujeres gordibuenas que saben exactamente cómo mover el cuerpo para hipnotizar: las caderas anchas balanceándose en un ritmo lento y deliberado, las tetas moviéndose con cada paso en ondas hipnóticas, rebotando suavemente contra el borde del delantal, los muslos gruesos rozándose con un susurro húmedo que delataba la excitación acumulada. El coño depilado, con labios mayores hinchados y separados, relucía ligeramente entre esos muslos, un brillo viscoso de flujo natural que captaba la luz y dejaba un rastro sutil de aroma almizclado —dulce, animal, invitador— que se mezclaba con el olor a comida y llenaba la sala.

—Llegaste, mi amor —dijo con voz baja y ronca, cargada de deseo puro, un timbre grave que vibraba en el aire como una promesa—. Te extrañé todo el día… Mi coño no dejó de palpitar pensando en ti, en cómo me follas, en cómo me llenas.

Daniel dejó caer la mochila al suelo con un impacto sordo, el sonido ecoando en la sala silenciosa. Ya no preguntó nada; la confusión seguía allí, un nudo en el estómago que le recordaba que este mundo no era el suyo, que esto era una anomalía cuántica viviente, pero el deseo había crecido durante horas como una fiebre incontrolable, alimentado por cada imagen obscena en la calle, cada conversación cruda con sus amigos, cada anuncio que celebraba el coño de una madre abierto para su hijo. Su verga ya estaba dura como piedra en los pantalones, palpitando con urgencia, traicionándolo por completo.

2 comentarios - Un Mundo Donde Tu Mamá es tu Esposa PARTE 1