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Andrea la puta tetona del tío Miguel 🍒🍑

En una soleada tarde de verano, la familia de Antonio se reunió en la lujosa casa de playa del tío Miguel, ubicada en una exclusiva costa del Pacífico. Antonio, un joven de 24 años, vivía una vida normal y unida con sus dos padres y su hermano menor de 18 años.
Eran una familia cercana, y esta reunión anual era el momento perfecto para fortalecer lazos con los parientes: el tío Julio y su esposa, la tía María, junto a su hijo, el primo Francisco; el tío Luis con su esposa Alexandra y sus dos hijos pequeños; el abuelo, un hombre sabio y cariñoso; y, por supuesto, el tío Miguel, un solterón adinerado que vivía rodeado de lujos y mujeres. Miguel, con su fortuna acumulada en negocios inmobiliarios, siempre era el centro de atención, y esta vez no fue la excepción: llegó acompañado de su novia Sandra, una mujer de 35 años con pechos grandes y caderas anchas que captaban todas las miradas masculinas.
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La reunión incluía no solo a la familia cercana, sino también a invitados especiales: amigos de toda la vida y primos y tíos lejanos que venían de ciudades distantes. La playa era el escenario ideal, con barbacoas, risas y juegos en la arena. Sandra, para deleite (y envidia) de muchos, lució un bikini muy revelador que dejaba poco a la imaginación, acentuando sus curvas mientras chapoteaba en el mar o tomaba el sol. Todo transcurrió con normalidad: charlas animadas, fotos familiares y anécdotas compartidas bajo el sol poniente.
Pero el destino intervino de manera inesperada. Al atardecer, una extraña onda expansiva surgió del océano, como una marea invisible que chocó contra la costa. No fue un tsunami, sino algo más sutil y perturbador: una alteración de la realidad que afectó a algunas personas al azar, mutando su genética. Los científicos, en reportes posteriores, lo explicaron como una alteración hormonal masiva que modificaba la morfología de los individuos. Algunos hombres se convirtieron en mujeres, y viceversa, en un fenómeno inexplicable que sembró el caos en la zona costera.
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Antonio fue uno de los afectados. A la mañana siguiente, al despertar en su habitación de huéspedes, sintió un peso extra en su pecho. Su centro de gravedad había cambiado; se tambaleó al levantarse de la cama. Corrió al baño y se miró en el espejo: su cuerpo ahora era el de una mujer curvilínea, con pechos firmes y caderas pronunciadas. El pánico lo invadió. "¡Mamá!", gritó, con una voz más aguda y femenina que lo desconcertó aún más.
Su madre entró corriendo, y al verlo, se cubrió la boca con las manos. "¡Dios mío, Antonio! ¿Qué te pasó?" Intentó calmarlo, abrazándolo mientras él sollozaba. No sabían qué ocurría, pero en la sala de abajo, el resto de la familia tomaba café y veía las noticias en la televisión. El noticiero hablaba de la "onda mutante" del océano, reportando casos similares en la costa. Cuando la madre bajó y les contó, todos se alteraron: el padre palideció, el hermano menor miró incrédulo, y los tíos murmuraron preocupados. Pero trataron de mantener la calma.
La madre llevó a Antonio a una habitación privada y le dio ropa de su maleta: brasieres, blusas y vestidos que le quedaban ajustados pero decentes. Cuando Antonio salió, ahora con un cuerpo que hacía rebotar sus nuevos pechos al caminar y contonear sus caderas, los hombres de la familia se quedaron boquiabiertos. Era hermosa, con rasgos delicados y una figura envidiable. Las tías, María y Alexandra, fruncieron el ceño y dijeron: "Tenemos que hacer algo". El tío Julio sugirió llevarlo al hospital, pero las noticias anunciaron una cuarentena impuesta por el ejército: nadie podía salir para evitar accidentes relacionados con el evento. Pasarían casa por casa inspeccionando a los afectados.
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Sandra, la novia de Miguel, se había retirado unas horas antes para ver a su propia familia, ajena al caos. Antonio se sentía incómodo en su nuevo cuerpo: todo se movía, se sentía expuesto, y notaba las miradas de los hombres fijas en él. Pasaron las horas, y poco a poco se adaptó. Su madre y las tías le pidieron ayuda en la cocina para preparar la comida, mientras los hombres charlaban en la sala. Era una división tradicional, pero Antonio accedió, sintiéndose parte de un rol nuevo.
En un momento, subió al baño y, en el pasillo, vio salir al tío Miguel de su habitación. Sin previo aviso, Miguel le dio una nalgada juguetona. Antonio se desconcertó, pero una chispa de placer inesperado lo recorrió. Al día siguiente, notó que Miguel no dejaba de mirarle el trasero. Toda la semana fue así: miradas intensas de los hombres, incluido su tío Luis y hasta el primo Francisco, que disimulaban pero fallaban. Antonio, o lo que quedaba de él, se sentía el centro de atención, y una parte de su mente comenzaba a disfrutar el poder que eso le daba.
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Finalmente, un par de militares tocaron a la puerta. Atendieron a Antonio en privado, confirmando que no había reversión posible. Le ofrecieron nuevos papeles de identidad: ahora se llamaría Andrea. La cuarentena terminaría en una semana, una vez atendidos todos los afectados. Así que pasaron siete días más encerrados en la casa de playa, con tensiones crecientes.
Un día, mientras Andrea servía la comida en el comedor, inclinándose para colocar los platos, varios hombres —incluidos su padre y tíos— miraban su escote con disimulo. Miguel, el patriarca autoproclamado de la familia por su riqueza y edad, se levantó de golpe. "Ya no lo soporto", dijo en voz alta. "Esta mujer me está provocando cosas que no puedo ignorar. Como el mayor de la familia, tengo derecho a hacer lo que sea necesario". Se dirigió a los padres de Andrea: "¿Entienden lo que digo?". Ellos, en un silencio cómplice y resignado, asintieron.
Miguel tomó a Andrea por la cintura. "Ahora sí, mamacita, te voy a hacer mía". Ella trató de zafarse, pero él la cargó sobre sus hombros como si fuera una pluma y la llevó escaleras arriba a su cuarto. En la habitación, la aventó sobre la cama y se quitó la ropa con urgencia. Andrea vio su pene: enorme, grande y grueso. Nunca había visto algo así, y en vez de disgustarle, una oleada de deseo la invadió. Todo lo que estaba a punto de suceder le gustaba.
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Cinco minutos después, abajo en el comedor, la familia comía en silencio cuando comenzaron a oírlo: la cama del segundo piso chocaba contra la pared con fuerza rítmica. Gemidos de Andrea subían de volumen, primero suaves, luego intensos. "¡Sí, más fuerte!", gritaba ella, sumergida en placer. "¡Dámelo todo!".
Regresando a la escena en la habitación: Andrea tenía las piernas rodeando la cintura de Miguel mientras él la penetraba con fuerza, embistiéndola como un animal. Sus enormes tetas botaban con cada movimiento, y ella le suplicaba: "Métemela más adentro, por favor". Miguel la giró, poniéndola en cuatro, y siguió cogiéndola sin piedad, sus manos apretando sus caderas. Finalmente, se vino adentro de ella con un gruñido, llenándola.
Media hora después, bajaron sudorosos. Toda la familia los vio: Andrea, ahora completamente una mujer, con el cabello revuelto, los pechos asomando por fuera de la blusa desabotonada y un líquido blanco escurriendo por sus piernas. Nadie dijo nada; solo miradas cómplices y el eco de lo inevitable. La familia, unida como siempre, había cruzado un umbral nuevo en esa casa de playa.
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Después de aquella intensa tarde en la casa de playa, la vida de Andrea cambió para siempre, pero no de la manera que nadie esperaba: se convirtió en un torbellino de deseo, placer y sumisión voluptuosa que la familia entera abrazó sin reservas.
La cuarentena terminó una semana después, pero Andrea no quiso irse. Su nuevo cuerpo —curvas exuberantes, pechos grandes y firmes que se mecían con cada paso, caderas anchas que invitaban a ser agarradas, y una piel suave que se erizaba al menor roce— la había transformado en una diosa del sexo. Miguel, su tío rico y dominante, la reclamó como suya desde ese primer encuentro, y ella, en el fondo, lo anhelaba con una lujuria que la consumía.
Al principio, Andrea pasaba los días en la casa de playa, sirviendo como la "mujer de la casa". Por las mañanas, se despertaba en la cama king size de Miguel, con el cuerpo dolorido y satisfecho de la noche anterior. Él la follaba despiadadamente cada amanecer: la ponía boca abajo, le separaba las nalgas con manos fuertes y le metía su verga gruesa y venosa hasta el fondo, embistiéndola con un ritmo salvaje que hacía rebotar sus tetas contra las sábanas. "Gime para mí, puta mía", le gruñía al oído, mientras ella arqueaba la espalda y gritaba: "¡Sí, papi, rómpeme el coño! ¡Más profundo, lléname!". Sus jugos chorreaban por los muslos, y cuando Miguel se corría dentro, el semen caliente la inundaba, escurriendo lento cuando él se retiraba, dejando su pussy rojo e hinchado palpitando de placer.
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Pero Miguel no era celoso; al contrario, le excitaba compartirla. Como patriarca, decidía quién podía tocarla. Los hombres de la familia —su padre, el tío Julio, el tío Luis, incluso el primo Francisco y el hermano menor que ahora la miraba con ojos hambrientos— recibían "turnos". Andrea se convirtió en el centro de sus fantasías. En las tardes, mientras las mujeres cocinaban o charlaban, ella era llevada al salón. Se arrodillaba desnuda, con los pechos enormes balanceándose, y chupaba una verga tras otra. Su boca era experta ya: lamía las bolas pesadas, tragaba hasta la garganta, saliva escurriendo por su barbilla mientras gemía como una perra en celo. "Mira qué rica succiona tu sobrina", decía Miguel a su padre, quien gemía empujando en su boca. Andrea adoraba el sabor salado, el pulso de las venas en su lengua, y cuando se corrían, tragaba todo, lamiendo los restos con una sonrisa lasciva.
Una noche memorable, organizaron una "fiesta familiar". Andrea fue el plato principal. La ataron suavemente a la mesa del comedor, piernas abiertas exponiendo su coño depilado y húmedo, pechos untados en aceite brillando bajo la luz. Uno a uno, los hombres la penetraban: su padre primero, follándola lento y profundo, sus tetas botando con cada embestida mientras ella suplicaba "¡Papito, dame más leche!". Luego el tío Luis, que la cogía por detrás, azotando sus nalgas hasta dejarlas rojas, metiéndole dedos en el culo mientras su verga la estiraba. Francisco, joven y ansioso, la montaba como un animal, chupando sus pezones duros hasta hacerla gritar de orgasmo. Miguel supervisaba, masturbándose, y al final la llenaba de nuevo, corriéndose en sus tetas para que todos lamieran el semen caliente de su piel.
Andrea descubrió que le encantaba ser usada. Su cuerpo respondía con squirting explosivos: chorros de placer mojando las sábanas cuando la doble penetraban —una verga en el coño, otra en la boca, o incluso en el culo, que Miguel le había estrenado con lubricante y paciencia, hasta que ella rogaba por más anal. "¡Fóllenme el culo duro, quiero sentirlos romperme!", gritaba, el placer anal mezclándose con el vaginal en olas interminables.
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Con el tiempo, se mudó permanentemente con Miguel a su mansión en la ciudad. Allí, su vida era puro éxtasis: mañanas de sexo matutino, tardes de orgías con invitados selectos (amigos ricos de Miguel que pagaban por probarla), y noches donde él la vestía con lencería reveladora —tangas que se hundían en sus nalgas, bras que apenas contenían sus tetas— para follarla contra las ventanas, exponiéndola a la vista de los vecinos.
Sandra nunca volvió; Miguel la reemplazó con Andrea, su "sobrina-puta" perfecta. La familia seguía unida, con reuniones mensuales donde Andrea era el entretenimiento estelar: gangbangs familiares que duraban horas, con ella cubierta de semen, el cuerpo temblando de múltiples orgasmos, la voz ronca de tanto gritar obscenidades.
Andrea nunca miró atrás. Su antiguo yo, Antonio, era un recuerdo borroso. Ahora era una mujer insaciable, adicta al placer carnal, viviendo en un paraíso de lujuria donde cada día era una follada interminable, cada mirada un preludio a ser tomada con fuerza. Y lo amaba todo: el dolor placentero de ser estirada, el calor del semen llenándola, el sabor en su boca, los gemidos colectivos. Era suya, de ellos, y eso la hacía correrse una y otra vez, en un ciclo eterno de éxtasis puro.

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