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Daniela la bomba sexual y su marido cornudo.

Daniela la bomba sexual y su marido cornudo.
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Daniela era una bomba sexual de 29 años, una mujer ardiente que había invertido una fortuna en cirugías para transformar su cuerpo en una máquina de deseo. Sus tetas eran dos melones enormes, operados para llegar a una talla 38DD, siempre rebotando bajo tops ajustados que apenas contenían su escote profundo y provocador. Su culo era legendario: redondo, firme y gigantesco gracias a implantes y liposucciones, un monumento al vicio que hacía que los hombres babearan solo con mirarla caminar. Su cintura era estrecha, sus caderas anchas, y su piel clara, brillaba como si estuviera aceitada permanentemente. Llevaba el pelo negro largo y liso, con flequillo recto que le daba un aire de muñeca perversa, y sus labios carnosos siempre pintados de rojo intenso, listos para chupar.
Ella Estaba casada con Alberto, un ingeniero nerd de 32 años que ganaba una fortuna en su oficina, pero era un debilucho patético: flaco, con gafas gruesas, siempre absorto en códigos y computadoras. Su polla era una vergüenza, apenas 8 centímetros en erección, delgada y rápida en eyacular, dejando a Daniela insatisfecha noche tras noche. Él la amaba, pero era torpe en la cama, no sabía cómo hacerla gemir de verdad.
Don Braulio, en cambio, era todo lo contrario. Un viejo rudo de 65 años, ex pandillero de los barrios bajos, con el cuerpo marcado por tatuajes de dragones, calaveras y rosas marchitas que contaban historias de violencia y sexo salvaje. Su cabeza rapada brillaba bajo las luces, su piel oscura y arrugada por años de sol y cárcel, pero aún conservaba músculos duros de gimnasio callejero. Siempre olía a cerveza y tabaco, vestía camisetas sin mangas que mostraban sus brazos tatuados y shorts holgados que ocultaban (o no tanto) su polla legendaria: un monstruo de 25 centímetros, grueso como una lata de refresco, venoso y siempre listo para destrozar culos jóvenes y enormes. Era morboso hasta la médula, un pervertido que adoraba humillar a hombres débiles mientras se follaba a sus esposas. Con Alberto era cruel: lo llamaba “nerdito” o “vecinito” en las reuniones de la comunidad, riéndose de su debilidad física y su falta de hombría. Pero con Daniela era un cazador incansable: le tiraba piropos sucios como “Ese culo tuyo me tiene loco, mamita, quiero acariciarlo” o “Deja a ese maricón y ven con un hombre de verdad”. Ella, al principio, lo rechazaba con asco: “Eres un viejo grosero, Braulio, no me interesas”, decía con una mueca, sintiendo repulsión por su edad y su rudeza. Pero en el fondo, la curiosidad ardía: Alberto la ignoraba por su trabajo, follándola de forma rutinaria una vez al mes, y Daniela fantaseaba con pollas enormes que la llenaran de verdad.
La fiesta de vecinos en la comunidad era el escenario perfecto para el desastre. Era una noche calurosa de enero de 2025, en el salón comunal decorado con cortinas beige y un letrero garabateado que decía “Fiesta Vecinal”. La música latina retumbaba, la gente bailaba y bebía, y Daniela llegó vestida para matar: top de encaje negro semitransparente que dejaba ver sus pezones endurecidos bajo la tela, jeans azules ajustados que moldeaban su culo operado como una escultura erótica, y tacones altos que la hacían contonearse como una puta en celo. Alberto estaba allí, pero como siempre, aburrido en una esquina, charlando de tecnología con otros hombres, ignorando a su esposa que brillaba en el centro de las miradas.
Don Braulio apareció con su cerveza en la mano, su camiseta gráfica de una banda de rock pesada que apenas cubría su pecho tatuado, y shorts negros con estampados blancos que dejaban entrever el bulto impresionante entre sus piernas. Vio a Daniela y se acercó como un lobo, ignorando a todos. “Mira quién está aquí, la reina del culo más grande del barrio”, le dijo con una sonrisa torcida, sus ojos devorando sus tetas. Daniela rodó los ojos: “Braulio, por favor, compórtate. Mi marido está aquí”. Pero él no se inmutó, se pegó a ella, su aliento cálido en su oído mientras le susurraba: “Ese nerdito no te da lo que necesitas, ¿verdad? Apuesto a que su pollita ni te roza las paredes. Yo te partiría en dos con mi monstruo, mamita, te haría chorrear como una fuente”. Daniela sintió un escalofrío, asco mezclado con excitación. Lo empujó levemente: “Eres un cerdo, viejo verde. Vete”. Pero Braulio miró de reojo a Alberto, que estaba distraído, y se rio: “Mira al cornudo, hablando de computadoras mientras yo te como con los ojos. ¿Quieres que le diga lo que desearia hacerte? Le dire ;voy a follar el culo de tu esposa hasta que llore de placer”.
La noche avanzó, y Daniela bebió más de la cuenta: margaritas que la pusieron caliente y desinhibida. Alberto seguía ignorándola, metido en su mundo, y cada vez que Braulio se acercaba, sus proposiciones se volvían más sucias. “Imagínate mi polla en tu boca, tragándotela toda mientras tu maridito duerme. O mejor, déjame meterte mano aquí mismo, detrás de la cortina”. Daniela rechazaba, pero su coño se humedecía: la falta de atención de Alberto la carcomía, y la idea de una polla enorme la obsesionaba. En una de las fotos capturadas esa noche, Braulio le susurraba al oído: “Te voy a reventar el coño , te lo voy a dejar goteando de mi leche”, mientras ella reía nerviosa, su mano en la mejilla de él, y ambos miraban de reojo a Alberto, riéndose de que era patetico oirla hablar de videojuegos . “Mira al debilucho, no tiene idea de que su mujer es una diosa morbosa”, murmuró Braulio, y Daniela, por primera vez, no lo negó: “dijo ; mi marido Es un bueno para nada en la cama”.
La curiosidad ganó. Hacia medianoche, cuando Alberto se excusó para ir al baño, Braulio arrastró a Daniela detrás de una cortina en un rincón oscuro del salón. “Ven, solo un beso, para que pruebes”, dijo, y ella, borracha y caliente, cedió. Sus labios se unieron en un beso sucio, la lengua del viejo entro a su boca como un invasor, sus manos rudas agarrando sus tetas enormes, pellizcando los pezones a través del encaje. “Joder, qué tetas tienes, dani”, gruñó él, y Daniela gimió: ella dijo; “No deberíamos… pero Alberto es tan patetico… y pequeño”. Braulio se rio: “Lo sé, princesa. Ahora vas a conocer una polla de verdad”. La jalo rapidamente a su apartamento , a solo unos pasos del festejo, mientras Alberto seguía platicando de juegos, ajeno.
En el departamento de Braulio, un lugar desordenado con posters de mujeres ,motos y olor a humo, la acción se desató. Él la empujó contra la pared, arrancándole el top de encaje con rudeza, liberando sus tetas operadas que rebotaron como globos llenos de gel. “Mira estas tetazas, perfectas para una paja rusa”, dijo, enterrando su cara entre ellas, lamiendo y mordiendo los pezones rosados hasta que se pusieron duros como piedras. Daniela jadeaba: “Eres un animal… pero no pares”. Él la giró, bajándole los jeans con fuerza, revelando su culo enorme, redondo y firme, con un tanga negro que se perdía entre las nalgas. “Este culo es mío, ahora. Lo he soñado desde que te vi”, gruñó, azotándolo con la palma abierta, haciendo que la carne tiemble y enrojezca. Daniela chilló de placer-dolor: “¡Ay, cabrón! Alberto nunca me trata así”.
Braulio se bajó los shorts, liberando su polla monstruosa: 25 centímetros de carne venosa, gruesa y curvada hacia arriba, con la cabeza hinchada y goteando precum. Daniela la miró con ojos desorbitados: “Dios, es enorme… la de Alberto es como un dedo comparada con esto”. Él se rio: “prueba, mi reina, y piensa en cómo humillamos a tu maridito”. Ella se arrodilló, su boca roja envolviendo la cabeza, chupando con avidez mientras sus manos masajeaban el tronco. No podía tragarla toda, pero lo intentaba, ahogándose, saliva goteando por su barbilla mientras Braulio le follaba la boca: “Traga, nena, como la puta que eres. Alberto nunca te ha visto así, ¿verdad?”. Daniela negaba con la cabeza, excitada por la humillación, su coño chorreando jugos por sus muslos.
La parte del sexo fue un festival de depravación . Braulio la levantó, la tiró en el sofá raído, y le abrió las piernas con rudeza. Su coño depilado brillaba, rosado y húmedo, y él hundió su lengua allí, lamiendo el clítoris hinchado ,mientras metía dos dedos gruesos, curvándolos para golpear su punto G. “Sabe a miel de casada insatisfecha”, murmuró, chupando con fuerza hasta que Daniela se corrió por primera vez, gritando: “¡Sí, hazme venir como Alberto nunca lo ha hecho!”. Él no paró, agregando un tercer dedo, estirándola, preparándola para su polla. Luego, la posicionó a cuatro patas, su culo enorme en alto, y escupió en su coño . “Ahora viene lo que más me gusta: follar culos jóvenes y grandes como el tuyo”.
Daniela protestó al principio: ponte condon y despacio, nunca he follado con un pene tan grande”. Pero la curiosidad y la lujuria la traicionaron: “Bueno… solo la punta y te corres afuera ”. Braulio se rio perversamente: “La punta y todo, puta. Vas a sentir cada centímetro”. Untó su polla con lubricante que sacó de un cajón (siempre preparado, el morboso), y presionó la cabeza contra su coñazo. Entró lento al inicio, los labios, resistiendo, pero él empujó con fuerza, estirándola centímetro a centímetro. Daniela gritó de dolor-placer: “¡Joder, me estás partiendo! Es como si me metieras un brazo”. Él la agarró por las caderas, clavando sus uñas en la carne operada, y siguió penetrando: 10 cm, 15 cm, hasta que los 25 estaban dentro, sus bolas peludas golpeando sus nalgas. “Mira cómo se la traga el coño, perra. Alberto ni sueña con esto”.
El follaje fue brutal : Braulio bombeaba con ritmo salvaje, saliendo casi por completo para volver a entrar de golpe, haciendo que el coño de Daniela se abriera y cerrara como una flor pervertida. Cada embestida hacía rebotar sus tetas, y él las agarraba, pellizcándolas mientras gruñía: “Siente mi verga destrozándote, zorra. Di que eres mi puta”. Daniela, perdida en el éxtasis, gemía: “¡Soy tu puta, Braulio! Folla mi culo operado, hazlo tuyo”. Él variaba: lento y profundo, sintiendo cada vena rozar las paredes internas; luego rápido y furioso, el sonido de carne contra carne llenando la habitación. Metió una mano debajo, frotando su clítoris mientras la sodomizaba, haciendo que se corriera de nuevo, su coño squirteando jugos en el sofá. “¡Me corro , cabrón! Alberto nunca me ha hecho esto”.
No satisfecho, la cambió de posición: la sentó en su polla, de espaldas, para que su culo rebotara sobre él. Daniela montaba como una vaquera en celo, su cuca tragando la polla entera, sus nalgas aplastándose contra sus muslos. Braulio la azotaba: “Rebota, puta, muéstrame cómo mueves ese culo para un viejo como yo”. Ella obedecía, girando las caderas, sintiendo la polla golpear su utero, ondas de placer irradiando por su cuerpo. Él le metió dedos en el culo al mismo tiempo, follándola en doble penetración manual, y Daniela explotó en un orgasmo múltiple: “¡Dios, me estás llenando todo! Eres un monstruo”.
La humillación alcanzó su pico cuando Braulio sacó su teléfono y grabó: “Di hola a la cámara, perra. Esto es para que lo veas cuando folles con tu cornudo”. Daniela, en trance, posó: “Hola, Alberto… mira cómo me folla un viejo de verdad”. Él se corrió al fin, después de 40 minutos de follada intensa: sacó la polla, la metió en su boca para que chupara los jugos vaginales, y luego eyaculó en su cara y tetas, chorros espesos y calientes que la cubrieron como pintura pervertida. “Traga mi leche, puta, y recuerda: esto es solo el principio”.
Daniela volvió a la fiesta, con el culo dolorido y goteando, el maquillaje corrido, pero satisfecha como nunca. Alberto la encontró: “¿Dónde estabas?”. Ella sonrió: “Charlando con vecinos”. Pero en su mente, planeaba la próxima cita con Braulio, su nuevo amo morboso. Y así empezó su vida de zorra adúltera, cediendo a la polla enorme que tanto anhelaba.

¡Si les gusto dejen sus ideas, comentarios y continuo.

5 comentarios - Daniela la bomba sexual y su marido cornudo.

Andrea99ss +1
Puedes hacer más pero con más vecinos y algún bully etc por favor eso me calienta mucho me moja como no tienen idea
Cornudomexico
Mandame mensaje de como te mojas 😉