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El perro de mi vecino 🏳️‍🌈

Me llamo Lucas, acabo de cumplir 18 hace dos meses. Vivo con mis viejos en una casa adosada de esas en las que las traseras dan directamente unas con otras. El vecino de atrás, un tipo de unos 45 que todos llaman "el Ruso" aunque no es ruso, tiene un Gran Danés negro enorme que se llama Sombra. El perro debe medir fácil 90 cm a la cruz, es una mole de músculo y pelaje negro brillante. Siempre me ha dado cosa mirarlo mucho rato… pero la verdad es que también me ponía.

Todo empezó porque me tocaba sacar la basura a la noche. La puerta trasera de mi casa y la suya están a menos de tres metros, solo nos separa una valla baja de madera que se cae a pedazos. Una noche de verano, como a las 2 de la mañana, salí en chanclas y un bóxer viejo porque hacía un calor de la hostia. El Ruso estaba fuera fumando, en calzoncillos él también, con Sombra echado a sus pies. Me saludó con esa voz grave de siempre:

—Qué pasa chaval, ¿no duermes?

—Demasiado calor —respondí, intentando no mirar mucho al perro que ya me estaba observando fijo.

El Ruso se rió bajito, dio una calada y dijo algo que me dejó clavado:

—Dicen que los perros grandes huelen muy bien a macho cuando están calientes… ¿nunca te ha picado la curiosidad?

Me puse rojo hasta las orejas pero no dije nada. Solo tiré la bolsa y volví adentro con el corazón a mil. Esa noche me hice una paja pensando en el olor que supuestamente tenía Sombra entre las patas traseras. Me corrí en menos de un minuto.

Pasaron los días y empecé a buscar excusas para salir al patio más tarde, cuando sabía que el Ruso solía estar fumando. Una noche me pilló mirando demasiado rato al perro, que estaba tumbado boca arriba con todo colgando. El Ruso no se enfadó. Solo sonrió con esa media sonrisa de hijo de puta que sabe que te tiene.

—¿Quieres verlo de cerca? —me soltó sin más—. No muerde… bueno, no muerde a los que le caen bien.

No sé qué me pasó. Creo que fue el morbo acumulado, la vergüenza, el verano, que no había follado con nadie en meses… pero asentí. El Ruso abrió la puertecita de la valla y me hizo un gesto con la cabeza.

Entré. Sombra se levantó, me olió la entrepierna y empezó a mover la cola despacio. El Ruso se sentó en una silla de plástico vieja y encendió otro cigarro.

—No te voy a obligar a nada, chaval. Pero si te arrodillas y le rascas la barriga bien abajo… verás cómo se pone contento.

Me temblaban las piernas. Me puse de rodillas en el césped húmedo. El perro se tumbó boca arriba otra vez, enorme, negro, con esos huevos del tamaño de mandarinas y la verga rosada ya empezando a salir del prepucio. Olía fuerte. A sudor de animal, a pelo caliente, a macho puro. Me acerqué la cara y respiré. Se me fue la cabeza.

El Ruso soltó una risita ronca.

—Más cerca. No seas marica ahora.

Puse las manos en el vientre caliente del Gran Danés, le rasqué despacito hacia abajo. La verga siguió saliendo, gruesa, húmeda, con ese nudo que parecía imposible de meter en ningún sitio. Empecé a jadear yo solo. Tenía la boca seca y a la vez se me hacía agua.

—Dale un besito —susurró el Ruso—. Solo uno. A ver qué tal.

No sé cuánto tiempo estuve dudando. Quizás diez segundos, quizás un minuto. Pero al final bajé la cabeza y puse los labios en la punta. Estaba caliente, resbaladiza, sabía salado y un poco metálico. Sombra dio un pequeño empujón con las caderas y me metió como tres o cuatro centímetros en la boca sin avisar.

Gemí como puta alrededor de la polla del perro. El Ruso se estaba tocando por encima del calzoncillo, respirando fuerte.

—Joder sí… así… chupa al grandullón, campeón…

Empecé a mover la cabeza despacio. Era demasiado grande para metérmela entera, pero intentaba bajar lo que podía. La lengua me dolía de lo ancha que era. Cada vez que pasaba por el nudo se me llenaba la boca de líquido preseminal caliente. Tragué varias veces sin querer. Sombra jadeaba fuerte, movía las caderas a pequeños golpes.

No tardó mucho.

De repente puso las patas delanteras sobre mis hombros, me clavó en el sitio y empezó a bombear. Sentí los chorros calientes golpeando el fondo de la garganta, uno tras otro. Muchísimos. No podía tragar todo, se me salía por las comisuras, me caía por la barbilla, por el pecho. Tosí, me atraganté un poco, pero no me aparté.

Cuando terminó se quedó quieto un rato, todavía dentro, jadeando. Yo estaba empapado de baba y semen de perro, con la cara ardiendo de vergüenza y excitación. El Ruso se levantó, se acercó y me puso una mano en la nuca.

—Buen chico —me dijo—. La semana que viene te espero a la misma hora. Y esta vez traes el móvil, que quiero grabar cómo te lo comes entero.

No dije nada. Solo asentí, con la boca todavía llena del sabor de Sombra.

Y sí. Volví la semana siguiente.

El perro de mi vecino 🏳️‍🌈

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