Tengo 48 años y el sol de esta hacienda me ha curtido la piel y el alma. Después de que mi esposa murió, me retiré a este rincón del mundo buscando silencio, sin tocar a una mujer en años. Hasta que llegó mi hijo con ella. Elena tiene 23 años, y desde el primer día, supe que era mi perdición. Se veía recatada, pura, una visión de mármol que no encajaba con la tosquedad de mi vida.
La primera grieta en mi voluntad apareció esa noche que salí por agua. Me la crucé en el pasillo: llevaba un blusón que apenas cubría su ropa interior. El contraste de su culo blanco y firme y la forma en que la tela se tensaba sobre sus pechos me volvió loco. No pude quitarle la mirada.
A los días mi hijo se tuvo que ir a la ciudad por dos días para resolcer asuntos del trabajo, el destino nos dejó solos. Esa tarde que nos avisó, la vi en la alberca. Noté que Pedro, mi empleado más leal, tampoco podía dejar de mirarla. Tuvimos una charla breve; Pedro estaba nervioso, reconociendo la belleza insultante de la mujer que no nos pertenecía.
La tormenta llegó esa noche. Fui a su cuarto, espiando por la rendija, y la vi: estaba tirada en la cama, con la luz del celular iluminando su rostro de porcelana, entregada a su propio deseo mientras veía porno. Yo jugué conmigo mismo viéndola. Lo que hice no tiene justificación, soy su suegro, el hombre que debería haber protegido la integridad de su hogar. Pero cuando miro hacia atrás, a esas semanas de calor sofocante en la hacienda, me doy cuenta de que mi voluntad se deshizo desde el momento en que ella entró en mi casa.
Mi hijo siempre tuvo buen gusto, pero no sabía lo que tenía. La trataba como un adorno, una mujer blanca, delicada y etérea que parecía fuera de lugar en este entorno rústico. Yo, en cambio, la observaba con el hambre de quien conoce la tierra. Veía cómo sus dedos recorrian su piel pálida, volviéndola rosada, y cómo ella se volvía loca con esos hombres en su pantalla.
Hasta que un trueno cayó cerca de la hacienda haciendo temblar los ventanales y cortando la luz.
Salimos al pasillo, fingí que debía ir al antiguo granero para revisar los generadores y ella, por miedo a la oscuridad, me acompañó. Allí, rodeados de herramientas y sombras, la madurez de mis manos callosas se encontró con la frescura de su piel blanca.
Cuando la encontré en el pasillo, con la luz de mi vela temblando entre nosotros, no vi a mi nuera. Vi a una mujer que me devolvía una mirada cargada de un desafío silencioso. La seda de su camisón apenas ocultaba la perfección de sus formas; era una visión de marfil en medio de la oscuridad.
Sentí el pulso en mis sienes. Acerqué la vela a su rostro, buscando una señal de rechazo que nunca llegó. Al contrario, Elena se humedeció los labios y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, permitiendo que el calor de su cuerpo se mezclara con el mío.
— "Él no volverá hasta el lunes", susurró, y en ese instante, el último vestigio de mi moral se derrumbó.
Extendí la mano, con los dedos todavía callosos por el trabajo, y los deslicé por la suavidad de su mejilla hasta enredarlos en su cabello. El contraste era casi violento: mi piel curtida contra su blancura absoluta. No hubo culpa, solo una necesidad eléctrica que me quemaba las entrañas. La atraje hacia mí, sintiendo la suavidad de sus pechos contra mi pecho firme, y supe que esa noche, el secreto nos uniría para siempre.
Esta es la parte que más me atormenta y, a la vez, la que más nítida conservo en la memoria. Como hombre que ha pasado su vida bajo el sol, acostumbrado a la aspereza del cuero, la madera y la piedra, verla a ella sin las barreras de la ropa fue como descubrir un tesoro que no estaba destinado a mis ojos.
La luz de la vela, moribunda sobre la mesa, bañaba su cuerpo con un tono ámbar que solo resaltaba esa blancura casi irreal. No era solo que fuera blanca; era una transparencia de porcelana, una piel que parecía no haber sido tocada jamás por la rudeza del mundo.
Mis manos, oscuras por el sol y llenas de callosidades, se veían brutales sobre su vientre. Cuando la acaricié, mi piel parecía carbón sobre nieve. Esa diferencia de colores me encendía la sangre; ver mis dedos gruesos hundiéndose apenas en la suavidad de sus caderas me recordaba a cada segundo la magnitud de mi transgresión.
Me detuve a observarla. Tenía unos hombros finos y delicados que temblaban bajo mi mirada. Sus pechos eran firmes, con una redondez perfecta que culminaba en puntas rosadas, un contraste tan tierno con el resto de su piel pálida que me obligaba a contener el aliento. Sus piernas eran largas y tersas. Al moverlas, el juego de sombras en la parte interna de sus muslos era una invitación al desastre. Todo en ella era una curva suave, una invitación a la perdición que contrastaba con las líneas rectas y duras de mi propio cuerpo envejecido pero fuerte.
En ese momento, vi cada detalle: una pequeña marca de nacimiento cerca de su cadera, la suavidad de su espalda cuando se arqueó buscando mi contacto, y la forma en que su piel blanca se enrojecía allí donde mis manos la presionaban con demasiada fuerza. Era una belleza insultante, una que me hacía sentir joven y condenado al mismo tiempo.Verla así, despojada de las capas de civilidad que mantenía frente a mi hijo, fue lo que terminó de condenarme.
Cuando finalmente acorté la distancia, el primer contacto fue casi violento por la necesidad acumulada. Puse mi mano sobre la curva de su culo, sintiendo el calor que emanaba de su piel.
La sujeté con fuerza, mis dedos hundiéndose en su carne, marcando el territorio que mi hijo nunca supo apreciar de verdad. La cargué, sintiendo el peso sólido y delicioso de sus caderas en mis brazos. Al dejarla sobre un monton de paja que había, me deshice de lo que me quedaba de ropa con una urgencia animal. Cuando me posicioné sobre ella, el contraste era total: yo era una masa de músculo curtido, piel oscura y vello áspero; ella era una extensión de seda, curvas pálidas y una suavidad que me hacía sentir como un invasor en un templo. Recorrí con mis palmas callosas la curva de su culo, apretando esa carne firme que había imaginado tantas veces. Ella se arqueó, ofreciéndome más, y sus uñas se clavaron en mis hombros, exigiendo la rudeza que sus ojos prometían. Bajé mi rostro a sus pechos, devorando la suavidad de su piel con una voracidad que la hizo soltar un gemido ronco, uno que nunca habría dejado escapar frente a mi hijo. El aroma de su piel, una mezcla de vainilla y el sudor incipiente de la excitación, me nubló el juicio. Cuando finalmente me abrí paso entre sus muslos, sentí que estaba reclamando algo que la naturaleza misma me había prohibido. La entrada fue lenta, tortuosa, disfrutando de la fricción de su estrechez contra mi madurez. Ella me rodeó con sus piernas, anclándome a su cuerpo, fundiendo su palidez con mi bronceado en un vaivén que hacía crujir la madera de la cama.
El clímax no fue un momento de paz, fue una explosión de rabia y placer acumulado. La sujeté de las muñecas mientras mis embestidas se volvían más violentas y profundas. La vi cerrar los ojos, con el rostro transfigurado por el goce, y en ese último instante, cuando sentí que estaba por terminar dentro de ella, supe que le había arrebatado a mi hijo lo más sagrado. Me desplomé sobre su pecho, escuchando nuestros corazones latir como tambores de guerra en el silencio de la noche, mientras el sudor pegaba nuestros cuerpos en una sola mancha de carne blanca y oscura. Habíamos cruzado el punto de no retorno.
No podía saciarme de su blancura marcada por mis dedos oscuros. La obligué a ponerse de rodillas sobre la paja; quería ver su silueta desde atrás, ese arco perfecto de su culo resaltando en la penumbra. La sujeté del cabello, hundiendo mis dedos en su carne mientras mis embestidas se volvían más crudas.
Ella buscaba mi aspereza, entregándose a una energía que mi hijo jamás sabría darle.
Al final, la giré y la obligué a sentarse frente a mí. Mi clímax no fue privado; descargué todo directamente sobre su rostro. Vi cómo el líquido caliente recorría su mejilla y sus labios. Ella, en lugar de limpiarse, lo ingirió con una devoción que me heló la sangre.
— "Quiero más", susurró ella. "Pero esta vez... átame."
La subí a la vieja mesa de madera del granero. Usé mis cinturones de trabajo para amarrar sus muñecas a los soportes de hierro, extendiendo su cuerpo blanco como una ofrenda. Le vendé los ojos con mi pañuelo para que solo pudiera sentir mi peso y mi voluntad. La oscuridad de la venda la hizo arquearse ante el más mínimo roce.
Me posicioné entre sus piernas, disfrutando de su vulnerabilidad total. Mis manos exploraban cada curva de su vientre y sus pechos, que se erguían buscando mi contacto. La penetración fue lenta, una tortura deliberada de placer. Sus caderas se alzaban frenéticas para encontrar mi ritmo, mientras yo le susurraba al oído las verdades más oscuras de nuestra traición.
Estaba a punto de llegar al clímax por tercera vez, sintiendo que mi cuerpo estallaría dentro de ella, cuando la puerta pesada del granero rechinó. Pedro entró sin aviso, buscando herramientas por la urgencia de la tormenta. Se quedó petrificado en el umbral, la luz de su linterna recorriendo la espalda desnuda de su patrón y la blancura inmaculada de la mujer atada y vendada que gemía bajo mi mando.
No me detuve. No la cubrí. En lugar de eso, la perversidad que me había poseído me dictó el siguiente paso. Elena no sabía que no estábamos solos; solo sentía el aire frío de la puerta abierta.
Era Pedro a quien con señas le indiqué que entrara sin dejar de moverme, con una voz cargada de una autoridad enferma y susurrando le dije. "Acércate. Mira lo que mi hijo dejó desprotegido."
Pedro soltó un suspiro trémulo. Su deseo, que ya había nacido en la alberca, estalló al verla así de expuesta. Me aparté solo lo suficiente, sin desatarla, y le hice una señal. Quería ser testigo de mi propia ruina. Quería ver la piel ruda de Pedro chocar contra la seda de Elena.
— "¿Julián? ¿Qué pasa?", preguntó ella bajo la venda, sintiendo que el peso sobre ella cambiaba, sin saber que ahora eran cuatro manos las que recorrían su piel de marfil mientras yo me sentaba a observar, consumido por la imagen de su cuerpo siendo compartido en la penumbra del granero.
Pedro se acercó a la mesa con una mezcla de pavor y hambre salvaje. Ver sus manos, aún más negras por la grasa de los tractores y la tierra del campo, posarse sobre las caderas de Elena fue un choque visual que me hizo vibrar. Elena, bajo la venda, soltó un jadeo de sorpresa; el tacto era distinto, más rudo, más desesperado. Pero lejos de detenerse, ella empujó su cuerpo hacia atrás, buscando ese contacto nuevo sin saber que pertenecía a un extraño.
Me senté en un fardo de heno, a pocos metros, y saqué de nuevo mi miembro, que ya palpitaba con una fuerza renovada. Mientras veía a Pedro hundirse en la blancura de mi nuera, comencé a jugar conmigo mismo. Era una visión enferma: el empleado poseyendo a la mujer del hijo del patrón, bajo la mirada del propio padre.
Admití en ese instante que mi mente estaba ardiendo por el calor de la lujuria acumulada. Sé que fue un impulso de mi mente retorcida, una falta de moral que no tiene nombre, pero la imagen me fascinaba. Ver cómo la piel de ella se estiraba y se marcaba bajo el peso de Pedro me producía un placer que la acción directa no podía igualar.
Pedro no tenía técnica, solo instinto. Sus embestidas hacían que la mesa crujiera y que Elena gritara mi nombre, creyendo que era yo quien la llevaba al límite. Yo lo observaba todo, mi mano moviéndose con un ritmo frenético, alimentándome de la humillación silenciosa y de la belleza de ese cuerpo blanco siendo reclamado por la rudeza del campo.
Pedro estaba llegando a su límite; su respiración era un gruñido y sus músculos se tensaron, anunciando el final. En ese momento, la envidia y el sentido de propiedad regresaron a mí como un latigazo. No podía permitir que él dejara su marca donde solo yo debía estar.
Antes de que Pedro pudiera coronar su audacia, me levanté de un salto y lo sujeté por el hombro con una fuerza que lo hizo tambalear.
— "Basta. Apártate", le ordené al oído con una frialdad que lo dejó helado.
Él se retiró jadeando, tembloroso, mirando el cuerpo de Elena que aún se arqueaba buscando el calor que le habían arrebatado. Pedro me miró con ojos de súplica y miedo, dándose cuenta de la magnitud de lo que yo le había permitido hacer.
— "Vete de aquí ahora mismo", le dije mientras me acomodaba la ropa y me acercaba a la cabecera de la mesa. "Y si alguna vez sale una palabra de esto de tu boca, desearás nunca haber nacido. Olvida lo que viste. Olvida lo que tocaste."
Pedro asintió torpemente, recogió sus cosas y salió corriendo hacia la tormenta, dejándome a solas con la mujer que aún estaba amarrada, vendada y esperando el toque final del verdadero dueño de su secreto.
El granero volvió a ser mío en cuanto la silueta de Pedro se perdió entre las sombras y el estruendo de la lluvia. Me acerqué a la mesa, donde Elena permanecía con las muñecas atadas y los ojos vendados, ajena a la presencia del intruso que acababa de marcharse. Sus piernas, de esa blancura que me había obsesionado desde el primer día, temblaban violentamente; se abrían y se cerraban espasmódicamente, buscando desesperadamente el alivio que había quedado suspendido en el aire.
Verla en ese estado de vulnerabilidad absoluta, con los músculos de sus muslos tensos y vibrando, terminó de romper el poco control que me quedaba. No pude esperar ni un segundo más.
La sujeté con firmeza de la cintura, clavando mis dedos en su carne suave para anclarla a la madera, y volví a unir mi cuerpo al suyo con una embestida que la hizo soltar un grito que se perdió entre los truenos. Elena se arqueó bajo mi peso, rodeándome con sus piernas temblorosas, apretándome con una fuerza nacida de la urgencia. En su mente, yo nunca me había ido; en la mía, el hecho de haberla visto bajo otro hombre solo había servido para marcar mi territorio con más ferocidad.
Mis movimientos se volvieron rítmicos, pesados y profundos, impulsados por la visión de su piel de marfil brillando bajo la luz de los relámpagos que entraban por las rendijas. Podía sentir cómo su interior me envolvía, cada vez más estrecho, más caliente, arrastrándome hacia el precipicio. Ella comenzó a sacudir la cabeza de un lado a otro, con la venda húmeda por las lágrimas de placer, mientras susurraba mi nombre como si fuera un rezo pecaminoso.
— "Ahora, Julián... ¡ahora!", gimió, con la voz quebrada.
En ese punto culminante, cuando sus piernas dejaron de temblar para tensarse en una rigidez absoluta, yo también me entregué. La explosión fue violenta, vaciándome por completo dentro de ella, sellando nuestra traición bajo el techo del granero.
Mientras la desataba con manos todavía temblorosas, no hubo reproches ni explicaciones. Nos miramos a los ojos bajo la luz mortecina del granero y, sin decir una palabra, sellamos el pacto: lo que había ocurrido allí moriría entre esas paredes de madera vieja.
Caminamos de regreso a la casa principal bajo una lluvia que se negaba a cesar, limpiando el rastro de la paja y el lodo de nuestras pieles. Al entrar, cada uno se dirigió a su cuarto, buscando el refugio de las sábanas para intentar procesar la magnitud de la traición.
Yo estaba allí, tumbado en la oscuridad, con el aroma de su piel de marfil todavía impregnado en mis sentidos, cuando escuché el leve crujir de la puerta. Elena entró en mi habitación. Apenas llevaba un blusón de seda negro que, con el movimiento, dejaba ver que solo vestía una pequeña tanga debajo. Sin decir nada, se deslizó en mi cama y se pegó a mi espalda, buscando el calor del hombre que la había poseído con una rudeza que su marido jamás conocería.
Después de aquella noche, nada volvió a ser igual en la hacienda.
La relación con mi hijo se desmoronó. Él nunca supo el porqué; solo veía cómo Elena se volvía cada vez más distante, más fría, hasta que finalmente terminaron. Él regresó a la ciudad, pero ella... ella nunca se fue del todo.
Elena comenzó a visitarme periódicamente en la hacienda. Lo que empezó como una noche de tormenta se transformó en una obsesión sistemática. Ya no había límites: practicábamos de todo, explorando cada rincón de su juventud y mi madurez, buscando nuevas formas de saciar un hambre que parecía crecer con cada encuentro. Ella se entregó por completo a mi voluntad, y yo me convertí en el guardián de su perversidad.
Pero la puerta que se abrió en mi mente aquella noche con Pedro no pudo cerrarse. Una nueva oscuridad se instaló en mi pecho, una necesidad de dominio que no se limitaba solo a poseer Elena sino a ver como otros lo hacen. Además mis ojos ya se han posado sobre nuevas presas: La esposa de mi sobrino, una mujer que me mira con el mismo miedo y fascinación que Elena la primera vez, y la hija de una trabajadora, una mujer joven e inocente, que camina por mis tierras sin saber que la observo desde la sombra.
La primera grieta en mi voluntad apareció esa noche que salí por agua. Me la crucé en el pasillo: llevaba un blusón que apenas cubría su ropa interior. El contraste de su culo blanco y firme y la forma en que la tela se tensaba sobre sus pechos me volvió loco. No pude quitarle la mirada.
A los días mi hijo se tuvo que ir a la ciudad por dos días para resolcer asuntos del trabajo, el destino nos dejó solos. Esa tarde que nos avisó, la vi en la alberca. Noté que Pedro, mi empleado más leal, tampoco podía dejar de mirarla. Tuvimos una charla breve; Pedro estaba nervioso, reconociendo la belleza insultante de la mujer que no nos pertenecía.
La tormenta llegó esa noche. Fui a su cuarto, espiando por la rendija, y la vi: estaba tirada en la cama, con la luz del celular iluminando su rostro de porcelana, entregada a su propio deseo mientras veía porno. Yo jugué conmigo mismo viéndola. Lo que hice no tiene justificación, soy su suegro, el hombre que debería haber protegido la integridad de su hogar. Pero cuando miro hacia atrás, a esas semanas de calor sofocante en la hacienda, me doy cuenta de que mi voluntad se deshizo desde el momento en que ella entró en mi casa.
Mi hijo siempre tuvo buen gusto, pero no sabía lo que tenía. La trataba como un adorno, una mujer blanca, delicada y etérea que parecía fuera de lugar en este entorno rústico. Yo, en cambio, la observaba con el hambre de quien conoce la tierra. Veía cómo sus dedos recorrian su piel pálida, volviéndola rosada, y cómo ella se volvía loca con esos hombres en su pantalla.
Hasta que un trueno cayó cerca de la hacienda haciendo temblar los ventanales y cortando la luz.
Salimos al pasillo, fingí que debía ir al antiguo granero para revisar los generadores y ella, por miedo a la oscuridad, me acompañó. Allí, rodeados de herramientas y sombras, la madurez de mis manos callosas se encontró con la frescura de su piel blanca.
Cuando la encontré en el pasillo, con la luz de mi vela temblando entre nosotros, no vi a mi nuera. Vi a una mujer que me devolvía una mirada cargada de un desafío silencioso. La seda de su camisón apenas ocultaba la perfección de sus formas; era una visión de marfil en medio de la oscuridad.
Sentí el pulso en mis sienes. Acerqué la vela a su rostro, buscando una señal de rechazo que nunca llegó. Al contrario, Elena se humedeció los labios y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, permitiendo que el calor de su cuerpo se mezclara con el mío.
— "Él no volverá hasta el lunes", susurró, y en ese instante, el último vestigio de mi moral se derrumbó.
Extendí la mano, con los dedos todavía callosos por el trabajo, y los deslicé por la suavidad de su mejilla hasta enredarlos en su cabello. El contraste era casi violento: mi piel curtida contra su blancura absoluta. No hubo culpa, solo una necesidad eléctrica que me quemaba las entrañas. La atraje hacia mí, sintiendo la suavidad de sus pechos contra mi pecho firme, y supe que esa noche, el secreto nos uniría para siempre.
Esta es la parte que más me atormenta y, a la vez, la que más nítida conservo en la memoria. Como hombre que ha pasado su vida bajo el sol, acostumbrado a la aspereza del cuero, la madera y la piedra, verla a ella sin las barreras de la ropa fue como descubrir un tesoro que no estaba destinado a mis ojos.
La luz de la vela, moribunda sobre la mesa, bañaba su cuerpo con un tono ámbar que solo resaltaba esa blancura casi irreal. No era solo que fuera blanca; era una transparencia de porcelana, una piel que parecía no haber sido tocada jamás por la rudeza del mundo.
Mis manos, oscuras por el sol y llenas de callosidades, se veían brutales sobre su vientre. Cuando la acaricié, mi piel parecía carbón sobre nieve. Esa diferencia de colores me encendía la sangre; ver mis dedos gruesos hundiéndose apenas en la suavidad de sus caderas me recordaba a cada segundo la magnitud de mi transgresión.
Me detuve a observarla. Tenía unos hombros finos y delicados que temblaban bajo mi mirada. Sus pechos eran firmes, con una redondez perfecta que culminaba en puntas rosadas, un contraste tan tierno con el resto de su piel pálida que me obligaba a contener el aliento. Sus piernas eran largas y tersas. Al moverlas, el juego de sombras en la parte interna de sus muslos era una invitación al desastre. Todo en ella era una curva suave, una invitación a la perdición que contrastaba con las líneas rectas y duras de mi propio cuerpo envejecido pero fuerte.
En ese momento, vi cada detalle: una pequeña marca de nacimiento cerca de su cadera, la suavidad de su espalda cuando se arqueó buscando mi contacto, y la forma en que su piel blanca se enrojecía allí donde mis manos la presionaban con demasiada fuerza. Era una belleza insultante, una que me hacía sentir joven y condenado al mismo tiempo.Verla así, despojada de las capas de civilidad que mantenía frente a mi hijo, fue lo que terminó de condenarme.
Cuando finalmente acorté la distancia, el primer contacto fue casi violento por la necesidad acumulada. Puse mi mano sobre la curva de su culo, sintiendo el calor que emanaba de su piel.
La sujeté con fuerza, mis dedos hundiéndose en su carne, marcando el territorio que mi hijo nunca supo apreciar de verdad. La cargué, sintiendo el peso sólido y delicioso de sus caderas en mis brazos. Al dejarla sobre un monton de paja que había, me deshice de lo que me quedaba de ropa con una urgencia animal. Cuando me posicioné sobre ella, el contraste era total: yo era una masa de músculo curtido, piel oscura y vello áspero; ella era una extensión de seda, curvas pálidas y una suavidad que me hacía sentir como un invasor en un templo. Recorrí con mis palmas callosas la curva de su culo, apretando esa carne firme que había imaginado tantas veces. Ella se arqueó, ofreciéndome más, y sus uñas se clavaron en mis hombros, exigiendo la rudeza que sus ojos prometían. Bajé mi rostro a sus pechos, devorando la suavidad de su piel con una voracidad que la hizo soltar un gemido ronco, uno que nunca habría dejado escapar frente a mi hijo. El aroma de su piel, una mezcla de vainilla y el sudor incipiente de la excitación, me nubló el juicio. Cuando finalmente me abrí paso entre sus muslos, sentí que estaba reclamando algo que la naturaleza misma me había prohibido. La entrada fue lenta, tortuosa, disfrutando de la fricción de su estrechez contra mi madurez. Ella me rodeó con sus piernas, anclándome a su cuerpo, fundiendo su palidez con mi bronceado en un vaivén que hacía crujir la madera de la cama.
El clímax no fue un momento de paz, fue una explosión de rabia y placer acumulado. La sujeté de las muñecas mientras mis embestidas se volvían más violentas y profundas. La vi cerrar los ojos, con el rostro transfigurado por el goce, y en ese último instante, cuando sentí que estaba por terminar dentro de ella, supe que le había arrebatado a mi hijo lo más sagrado. Me desplomé sobre su pecho, escuchando nuestros corazones latir como tambores de guerra en el silencio de la noche, mientras el sudor pegaba nuestros cuerpos en una sola mancha de carne blanca y oscura. Habíamos cruzado el punto de no retorno.
No podía saciarme de su blancura marcada por mis dedos oscuros. La obligué a ponerse de rodillas sobre la paja; quería ver su silueta desde atrás, ese arco perfecto de su culo resaltando en la penumbra. La sujeté del cabello, hundiendo mis dedos en su carne mientras mis embestidas se volvían más crudas.
Ella buscaba mi aspereza, entregándose a una energía que mi hijo jamás sabría darle.
Al final, la giré y la obligué a sentarse frente a mí. Mi clímax no fue privado; descargué todo directamente sobre su rostro. Vi cómo el líquido caliente recorría su mejilla y sus labios. Ella, en lugar de limpiarse, lo ingirió con una devoción que me heló la sangre.
— "Quiero más", susurró ella. "Pero esta vez... átame."
La subí a la vieja mesa de madera del granero. Usé mis cinturones de trabajo para amarrar sus muñecas a los soportes de hierro, extendiendo su cuerpo blanco como una ofrenda. Le vendé los ojos con mi pañuelo para que solo pudiera sentir mi peso y mi voluntad. La oscuridad de la venda la hizo arquearse ante el más mínimo roce.
Me posicioné entre sus piernas, disfrutando de su vulnerabilidad total. Mis manos exploraban cada curva de su vientre y sus pechos, que se erguían buscando mi contacto. La penetración fue lenta, una tortura deliberada de placer. Sus caderas se alzaban frenéticas para encontrar mi ritmo, mientras yo le susurraba al oído las verdades más oscuras de nuestra traición.
Estaba a punto de llegar al clímax por tercera vez, sintiendo que mi cuerpo estallaría dentro de ella, cuando la puerta pesada del granero rechinó. Pedro entró sin aviso, buscando herramientas por la urgencia de la tormenta. Se quedó petrificado en el umbral, la luz de su linterna recorriendo la espalda desnuda de su patrón y la blancura inmaculada de la mujer atada y vendada que gemía bajo mi mando.
No me detuve. No la cubrí. En lugar de eso, la perversidad que me había poseído me dictó el siguiente paso. Elena no sabía que no estábamos solos; solo sentía el aire frío de la puerta abierta.
Era Pedro a quien con señas le indiqué que entrara sin dejar de moverme, con una voz cargada de una autoridad enferma y susurrando le dije. "Acércate. Mira lo que mi hijo dejó desprotegido."
Pedro soltó un suspiro trémulo. Su deseo, que ya había nacido en la alberca, estalló al verla así de expuesta. Me aparté solo lo suficiente, sin desatarla, y le hice una señal. Quería ser testigo de mi propia ruina. Quería ver la piel ruda de Pedro chocar contra la seda de Elena.
— "¿Julián? ¿Qué pasa?", preguntó ella bajo la venda, sintiendo que el peso sobre ella cambiaba, sin saber que ahora eran cuatro manos las que recorrían su piel de marfil mientras yo me sentaba a observar, consumido por la imagen de su cuerpo siendo compartido en la penumbra del granero.
Pedro se acercó a la mesa con una mezcla de pavor y hambre salvaje. Ver sus manos, aún más negras por la grasa de los tractores y la tierra del campo, posarse sobre las caderas de Elena fue un choque visual que me hizo vibrar. Elena, bajo la venda, soltó un jadeo de sorpresa; el tacto era distinto, más rudo, más desesperado. Pero lejos de detenerse, ella empujó su cuerpo hacia atrás, buscando ese contacto nuevo sin saber que pertenecía a un extraño.
Me senté en un fardo de heno, a pocos metros, y saqué de nuevo mi miembro, que ya palpitaba con una fuerza renovada. Mientras veía a Pedro hundirse en la blancura de mi nuera, comencé a jugar conmigo mismo. Era una visión enferma: el empleado poseyendo a la mujer del hijo del patrón, bajo la mirada del propio padre.
Admití en ese instante que mi mente estaba ardiendo por el calor de la lujuria acumulada. Sé que fue un impulso de mi mente retorcida, una falta de moral que no tiene nombre, pero la imagen me fascinaba. Ver cómo la piel de ella se estiraba y se marcaba bajo el peso de Pedro me producía un placer que la acción directa no podía igualar.
Pedro no tenía técnica, solo instinto. Sus embestidas hacían que la mesa crujiera y que Elena gritara mi nombre, creyendo que era yo quien la llevaba al límite. Yo lo observaba todo, mi mano moviéndose con un ritmo frenético, alimentándome de la humillación silenciosa y de la belleza de ese cuerpo blanco siendo reclamado por la rudeza del campo.
Pedro estaba llegando a su límite; su respiración era un gruñido y sus músculos se tensaron, anunciando el final. En ese momento, la envidia y el sentido de propiedad regresaron a mí como un latigazo. No podía permitir que él dejara su marca donde solo yo debía estar.
Antes de que Pedro pudiera coronar su audacia, me levanté de un salto y lo sujeté por el hombro con una fuerza que lo hizo tambalear.
— "Basta. Apártate", le ordené al oído con una frialdad que lo dejó helado.
Él se retiró jadeando, tembloroso, mirando el cuerpo de Elena que aún se arqueaba buscando el calor que le habían arrebatado. Pedro me miró con ojos de súplica y miedo, dándose cuenta de la magnitud de lo que yo le había permitido hacer.
— "Vete de aquí ahora mismo", le dije mientras me acomodaba la ropa y me acercaba a la cabecera de la mesa. "Y si alguna vez sale una palabra de esto de tu boca, desearás nunca haber nacido. Olvida lo que viste. Olvida lo que tocaste."
Pedro asintió torpemente, recogió sus cosas y salió corriendo hacia la tormenta, dejándome a solas con la mujer que aún estaba amarrada, vendada y esperando el toque final del verdadero dueño de su secreto.
El granero volvió a ser mío en cuanto la silueta de Pedro se perdió entre las sombras y el estruendo de la lluvia. Me acerqué a la mesa, donde Elena permanecía con las muñecas atadas y los ojos vendados, ajena a la presencia del intruso que acababa de marcharse. Sus piernas, de esa blancura que me había obsesionado desde el primer día, temblaban violentamente; se abrían y se cerraban espasmódicamente, buscando desesperadamente el alivio que había quedado suspendido en el aire.
Verla en ese estado de vulnerabilidad absoluta, con los músculos de sus muslos tensos y vibrando, terminó de romper el poco control que me quedaba. No pude esperar ni un segundo más.
La sujeté con firmeza de la cintura, clavando mis dedos en su carne suave para anclarla a la madera, y volví a unir mi cuerpo al suyo con una embestida que la hizo soltar un grito que se perdió entre los truenos. Elena se arqueó bajo mi peso, rodeándome con sus piernas temblorosas, apretándome con una fuerza nacida de la urgencia. En su mente, yo nunca me había ido; en la mía, el hecho de haberla visto bajo otro hombre solo había servido para marcar mi territorio con más ferocidad.
Mis movimientos se volvieron rítmicos, pesados y profundos, impulsados por la visión de su piel de marfil brillando bajo la luz de los relámpagos que entraban por las rendijas. Podía sentir cómo su interior me envolvía, cada vez más estrecho, más caliente, arrastrándome hacia el precipicio. Ella comenzó a sacudir la cabeza de un lado a otro, con la venda húmeda por las lágrimas de placer, mientras susurraba mi nombre como si fuera un rezo pecaminoso.
— "Ahora, Julián... ¡ahora!", gimió, con la voz quebrada.
En ese punto culminante, cuando sus piernas dejaron de temblar para tensarse en una rigidez absoluta, yo también me entregué. La explosión fue violenta, vaciándome por completo dentro de ella, sellando nuestra traición bajo el techo del granero.
Mientras la desataba con manos todavía temblorosas, no hubo reproches ni explicaciones. Nos miramos a los ojos bajo la luz mortecina del granero y, sin decir una palabra, sellamos el pacto: lo que había ocurrido allí moriría entre esas paredes de madera vieja.
Caminamos de regreso a la casa principal bajo una lluvia que se negaba a cesar, limpiando el rastro de la paja y el lodo de nuestras pieles. Al entrar, cada uno se dirigió a su cuarto, buscando el refugio de las sábanas para intentar procesar la magnitud de la traición.
Yo estaba allí, tumbado en la oscuridad, con el aroma de su piel de marfil todavía impregnado en mis sentidos, cuando escuché el leve crujir de la puerta. Elena entró en mi habitación. Apenas llevaba un blusón de seda negro que, con el movimiento, dejaba ver que solo vestía una pequeña tanga debajo. Sin decir nada, se deslizó en mi cama y se pegó a mi espalda, buscando el calor del hombre que la había poseído con una rudeza que su marido jamás conocería.
Después de aquella noche, nada volvió a ser igual en la hacienda.
La relación con mi hijo se desmoronó. Él nunca supo el porqué; solo veía cómo Elena se volvía cada vez más distante, más fría, hasta que finalmente terminaron. Él regresó a la ciudad, pero ella... ella nunca se fue del todo.
Elena comenzó a visitarme periódicamente en la hacienda. Lo que empezó como una noche de tormenta se transformó en una obsesión sistemática. Ya no había límites: practicábamos de todo, explorando cada rincón de su juventud y mi madurez, buscando nuevas formas de saciar un hambre que parecía crecer con cada encuentro. Ella se entregó por completo a mi voluntad, y yo me convertí en el guardián de su perversidad.
Pero la puerta que se abrió en mi mente aquella noche con Pedro no pudo cerrarse. Una nueva oscuridad se instaló en mi pecho, una necesidad de dominio que no se limitaba solo a poseer Elena sino a ver como otros lo hacen. Además mis ojos ya se han posado sobre nuevas presas: La esposa de mi sobrino, una mujer que me mira con el mismo miedo y fascinación que Elena la primera vez, y la hija de una trabajadora, una mujer joven e inocente, que camina por mis tierras sin saber que la observo desde la sombra.
3 comentarios - Lo prohibido. Me cogi a la esposa de mi hijo pt1