“El gusto dulce del pecado”
Rápidamente escuché como abría el cierre de mi bermuda, ayudé en el movimiento para facilitarle todo y sentí el frío del helado siendo untado en mi. El helado estaba frío, pero el clima dentro de la camioneta no. Apenas abrió el pote, el aroma dulce inundó el espacio. Mariela apoyó el codo en el asiento, me miró de costado y sonrió como si supiera exactamente lo que estaba por pasar.
M—“¿Sabés lo que más me gusta del helado?” —dijo despacio—. “Que se derrite rápido… como la gente cuando se tienta.”
No hizo falta que agregara nada más.
El tiempo se volvió espeso. Cada movimiento suyo era lento, calculado, provocador. El contraste del frío con su cálida boca me hacía perder la cabeza. Mis manos temblaban sobre el volante, mientras ella jugaba con ese gusto dulce que parecía quedarse pegado en la piel… y en la memoria. Memoria que me llevó a días atrás, cuando escuché de su boca las mismas palabras que las de su hija:
M—“Cuando estés por explotar, hacelo en mi boca, no quiero que ensuciemos más nada!” — Dijo sin sacar ni un centímetro de su boca
F—“Sos una hdp, toma ahí viene más heladito, tómalo todo” — Susurré de manera violenta entre dientes mientras mi cuerpo se estremecía de placer.
Sin ofrecer resistencia Mariela abrió la boca bien grande, envolviendo mi pija y tragó hasta la última gota. Se acomodó, limpió su boca y finalmente arrancamos de nuevo, ninguno habló. Yo manejaba en silencio, con el corazón acelerado. Al llegar a su casa, bajé primero. Necesitaba recomponerme, limpiarme un poco, borrar cualquier rastro visible de lo que no debía existir.
Desde afuera escuché su voz. El saludo cariñoso al marido, el beso suave, la escena perfecta. La vi entregarle el helado con una sonrisa tranquila, como si minutos antes no hubiera cruzado ningún límite. Ese contraste me dejó marcado.
Volví al bar con Martina, mi cuñado y mi concuñada. Nos reímos, tomamos algo, bailamos. Pero seguía ahí, atrapado en ese sabor dulce que no se iba.
Esa noche, al volver, Martina me buscó con ganas. Estaba distinta. Más intensa. Cuando bajó a chuparla, se detuvo apenas, como si algo la hubiera descolocado.
Marti—“Qué raro…” —dijo— “Siento un gusto dulce.”
Me reí, haciéndome el distraído.
F—“Jajaja seguro es el alcohol que te hace delirar gorda, o tal vez el perfume te puede haber quedado si recién me besaste el cuello”—Le respondió con seguridad pero con miedo interior.
El día siguiente pasó con una normalidad casi cruel. Playa, risas, charlas familiares, tejo. Pero cada vez que cruzaba la mirada con Mariela, algo ardía. Miradas robadas, cargadas, rápidas. Nada más. Cordialidad absoluta… por fuera.
A la tarde, al volver de la playa, todos decidieron ir al centro. Martina y yo nos quedamos. Apenas se cerró la puerta, nos miramos. No hizo falta hablar, el verano, la playa, los cuerpos hegemónicos que se veían, todo llevaba a un deseo irresistible. La ducha empezó como un juego, besos apurados, manos recorriendo nuestra piel todavía salada.
Entonces se abrió la puerta del baño.
M—¡Marti! ¡Soy yo, mamá!
El susto fue instantáneo. Mariela abrió la puerta y nos vio. Se quedó un segundo inmóvil, los ojos abiertos de par en par.
M—¡Perdón! ¡Perdón! Quería hacer pis rápido —dijo—. Nos olvidamos la billetera… ya nos vamos.
El silencio que quedó fue brutal. El miedo duró poco. La adrenalina, el morbo de haber sido vistos, pudo más. Seguimos. Martina excitada por la idea de que alguien hubiera presenciado lo nuestro pedía más y más, mientras yo apoyaba su cabeza contra la pared, ella levantaba su cola casi en puntas de pie y yo la cogia con cierta brusquedad. Aunque mi cabeza estaba en otro lado. En ella, Mariela.
Horas más tarde, mientras yo estaba preparando un trago, sentí su presencia detrás mío.
M—“Los escuché” —susurró al pasar— “Y entré a propósito.”
Tragué saliva.
F—“Que pasa? Te dio envidia suegrita?”
M—“No voy a negarlo, un poco me molesta que Marti pueda disfrutar ese cuerpo cuando quiera y yo tenga que esconderme, que siempre tenga que ser clandestino, fugaz” — Me confesó y se fue sin esperar respuesta alguna, dejándome con mil cosas por decir en la boca.
Después de esa noche, algo cambió para siempre. No volvió a pasar nada… y eso era lo peor.
Mariela se volvió impecable. Correcta. Distante. Demasiado. Me hablaba como siempre, pero ya no como antes. Y, sin embargo, cada tanto, cuando Martina no miraba, me sostenía la mirada un segundo más de lo necesario. Lo justo para recordarme que lo nuestro seguía ahí, intacto.
Martina estaba distinta. Más demandante. Más atenta a mi cuerpo, a mis reacciones. A veces me besaba como si buscara confirmar algo que no sabía formular. Yo le respondía, pero con culpa. Una culpa espesa, incómoda.
En la playa, Mariela caminaba con una seguridad que me desarmaba. No hacía nada provocador. Justamente eso era lo provocador. Saber que debajo de esa calma había deseo contenido, disciplina, frustración.
Una tarde, mientras todos dormían la siesta, quedamos solos en la cocina. El silencio era tan denso que se escuchaba el reloj.
M—“Esto no puede volver a pasar” —dijo, sin mirarme.
F—“Yo nunca dije que quería que pase ahora” —respondí.
Se giró despacio. Me miró fijo.
M—“Eso es lo que más me preocupa” —susurró—. “Que los dos sepamos esperar.”
No hubo contacto. Ni falta hizo.
Esa noche, Martina volvió a buscarme. Con ganas. Con urgencia. Mientras me recorría la piel, cerró los ojos y dijo, casi sin querer:
Marti—“No sé por qué… pero estos días estás distinto.”
F—“Como? Muy caliente?”— Respondí mientras la daba vuelta en la cama y recorría todo su cuerpo con mi boca
Marti—“No Fe, estás distinto gordi, ahhh, disperso como si pensaras en otra cosa” —Soltó entre gemidos disfrutando de como se la chupaba sin parar
F—“Te parece gor? Y vos a qué se debe tanta calentura estos dias”
Marti—“A nada, es que te deseo. Basta de pavadas, quiero que me hagas el amor”
No terminaron de salir las palabras de su boca que se puso de costado y mi pija entró con tanta facilidad gracias a lo mojada que estaba. Algo la estaba calentando demasiado. Pero no había tiempo para preocuparse por eso. Aunque si me dejó preocupado que me note distinto, yo también lo sentía. Cada caricia tenía doble fondo. Cada gemido me llevaba a otra imagen. A otro cuerpo. A otra voz.
Al día siguiente, Mariela me sorprendió mientras preparaba el desayuno para Marti y su hermana menor.
F—“Buen día suegriii, vos queres tomar algo?” — Dije guiñando el ojo con doble sentido
M—“No te equivoques” —me dijo en voz baja
F—“Perdón Mari, un chiste de mal gusto” —Contesté avergonzado
M—“No es que no te desee.”
Hizo una pausa.
M—“Es que si vuelvo a cruzar ese límite… no voy a saber frenar.”
Me dejó solo. Con el desayuno enfriándose. Con el corazón acelerado. Sabiendo que Pinamar todavía no había dicho su última palabra.

Rápidamente escuché como abría el cierre de mi bermuda, ayudé en el movimiento para facilitarle todo y sentí el frío del helado siendo untado en mi. El helado estaba frío, pero el clima dentro de la camioneta no. Apenas abrió el pote, el aroma dulce inundó el espacio. Mariela apoyó el codo en el asiento, me miró de costado y sonrió como si supiera exactamente lo que estaba por pasar.
M—“¿Sabés lo que más me gusta del helado?” —dijo despacio—. “Que se derrite rápido… como la gente cuando se tienta.”
No hizo falta que agregara nada más.
El tiempo se volvió espeso. Cada movimiento suyo era lento, calculado, provocador. El contraste del frío con su cálida boca me hacía perder la cabeza. Mis manos temblaban sobre el volante, mientras ella jugaba con ese gusto dulce que parecía quedarse pegado en la piel… y en la memoria. Memoria que me llevó a días atrás, cuando escuché de su boca las mismas palabras que las de su hija:
M—“Cuando estés por explotar, hacelo en mi boca, no quiero que ensuciemos más nada!” — Dijo sin sacar ni un centímetro de su boca
F—“Sos una hdp, toma ahí viene más heladito, tómalo todo” — Susurré de manera violenta entre dientes mientras mi cuerpo se estremecía de placer.
Sin ofrecer resistencia Mariela abrió la boca bien grande, envolviendo mi pija y tragó hasta la última gota. Se acomodó, limpió su boca y finalmente arrancamos de nuevo, ninguno habló. Yo manejaba en silencio, con el corazón acelerado. Al llegar a su casa, bajé primero. Necesitaba recomponerme, limpiarme un poco, borrar cualquier rastro visible de lo que no debía existir.
Desde afuera escuché su voz. El saludo cariñoso al marido, el beso suave, la escena perfecta. La vi entregarle el helado con una sonrisa tranquila, como si minutos antes no hubiera cruzado ningún límite. Ese contraste me dejó marcado.
Volví al bar con Martina, mi cuñado y mi concuñada. Nos reímos, tomamos algo, bailamos. Pero seguía ahí, atrapado en ese sabor dulce que no se iba.
Esa noche, al volver, Martina me buscó con ganas. Estaba distinta. Más intensa. Cuando bajó a chuparla, se detuvo apenas, como si algo la hubiera descolocado.
Marti—“Qué raro…” —dijo— “Siento un gusto dulce.”
Me reí, haciéndome el distraído.
F—“Jajaja seguro es el alcohol que te hace delirar gorda, o tal vez el perfume te puede haber quedado si recién me besaste el cuello”—Le respondió con seguridad pero con miedo interior.
El día siguiente pasó con una normalidad casi cruel. Playa, risas, charlas familiares, tejo. Pero cada vez que cruzaba la mirada con Mariela, algo ardía. Miradas robadas, cargadas, rápidas. Nada más. Cordialidad absoluta… por fuera.
A la tarde, al volver de la playa, todos decidieron ir al centro. Martina y yo nos quedamos. Apenas se cerró la puerta, nos miramos. No hizo falta hablar, el verano, la playa, los cuerpos hegemónicos que se veían, todo llevaba a un deseo irresistible. La ducha empezó como un juego, besos apurados, manos recorriendo nuestra piel todavía salada.
Entonces se abrió la puerta del baño.
M—¡Marti! ¡Soy yo, mamá!
El susto fue instantáneo. Mariela abrió la puerta y nos vio. Se quedó un segundo inmóvil, los ojos abiertos de par en par.
M—¡Perdón! ¡Perdón! Quería hacer pis rápido —dijo—. Nos olvidamos la billetera… ya nos vamos.
El silencio que quedó fue brutal. El miedo duró poco. La adrenalina, el morbo de haber sido vistos, pudo más. Seguimos. Martina excitada por la idea de que alguien hubiera presenciado lo nuestro pedía más y más, mientras yo apoyaba su cabeza contra la pared, ella levantaba su cola casi en puntas de pie y yo la cogia con cierta brusquedad. Aunque mi cabeza estaba en otro lado. En ella, Mariela.
Horas más tarde, mientras yo estaba preparando un trago, sentí su presencia detrás mío.
M—“Los escuché” —susurró al pasar— “Y entré a propósito.”
Tragué saliva.
F—“Que pasa? Te dio envidia suegrita?”
M—“No voy a negarlo, un poco me molesta que Marti pueda disfrutar ese cuerpo cuando quiera y yo tenga que esconderme, que siempre tenga que ser clandestino, fugaz” — Me confesó y se fue sin esperar respuesta alguna, dejándome con mil cosas por decir en la boca.
Después de esa noche, algo cambió para siempre. No volvió a pasar nada… y eso era lo peor.
Mariela se volvió impecable. Correcta. Distante. Demasiado. Me hablaba como siempre, pero ya no como antes. Y, sin embargo, cada tanto, cuando Martina no miraba, me sostenía la mirada un segundo más de lo necesario. Lo justo para recordarme que lo nuestro seguía ahí, intacto.
Martina estaba distinta. Más demandante. Más atenta a mi cuerpo, a mis reacciones. A veces me besaba como si buscara confirmar algo que no sabía formular. Yo le respondía, pero con culpa. Una culpa espesa, incómoda.
En la playa, Mariela caminaba con una seguridad que me desarmaba. No hacía nada provocador. Justamente eso era lo provocador. Saber que debajo de esa calma había deseo contenido, disciplina, frustración.
Una tarde, mientras todos dormían la siesta, quedamos solos en la cocina. El silencio era tan denso que se escuchaba el reloj.
M—“Esto no puede volver a pasar” —dijo, sin mirarme.
F—“Yo nunca dije que quería que pase ahora” —respondí.
Se giró despacio. Me miró fijo.
M—“Eso es lo que más me preocupa” —susurró—. “Que los dos sepamos esperar.”
No hubo contacto. Ni falta hizo.
Esa noche, Martina volvió a buscarme. Con ganas. Con urgencia. Mientras me recorría la piel, cerró los ojos y dijo, casi sin querer:
Marti—“No sé por qué… pero estos días estás distinto.”
F—“Como? Muy caliente?”— Respondí mientras la daba vuelta en la cama y recorría todo su cuerpo con mi boca
Marti—“No Fe, estás distinto gordi, ahhh, disperso como si pensaras en otra cosa” —Soltó entre gemidos disfrutando de como se la chupaba sin parar
F—“Te parece gor? Y vos a qué se debe tanta calentura estos dias”
Marti—“A nada, es que te deseo. Basta de pavadas, quiero que me hagas el amor”
No terminaron de salir las palabras de su boca que se puso de costado y mi pija entró con tanta facilidad gracias a lo mojada que estaba. Algo la estaba calentando demasiado. Pero no había tiempo para preocuparse por eso. Aunque si me dejó preocupado que me note distinto, yo también lo sentía. Cada caricia tenía doble fondo. Cada gemido me llevaba a otra imagen. A otro cuerpo. A otra voz.
Al día siguiente, Mariela me sorprendió mientras preparaba el desayuno para Marti y su hermana menor.
F—“Buen día suegriii, vos queres tomar algo?” — Dije guiñando el ojo con doble sentido
M—“No te equivoques” —me dijo en voz baja
F—“Perdón Mari, un chiste de mal gusto” —Contesté avergonzado
M—“No es que no te desee.”
Hizo una pausa.
M—“Es que si vuelvo a cruzar ese límite… no voy a saber frenar.”
Me dejó solo. Con el desayuno enfriándose. Con el corazón acelerado. Sabiendo que Pinamar todavía no había dicho su última palabra.

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