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Mi Adicción Secreta

Me llamo Vivi, tengo 45 años, soy rubia natural (aunque ahora me ayudo un poco con el tinte para mantener ese tono dorado que vuelve locos a los hombres), estoy casada desde hace veinte años con Marcelo y tenemos un hijo adolescente que ya casi no necesita que lo cuidemos. Desde afuera, soy la esposa perfecta: voy al gimnasio tres veces por semana, organizo las cenas familiares, sonrío en las fotos de Instagram y hasta ayudo en el colegio de mi hijo cuando hace falta. Pero nadie, absolutamente nadie, sabe que soy una adicta al sexo con desconocidos. Y no es que “me haya pasado alguna vez”; es que lo busco, lo planeo, lo disfruto como si fuera oxígeno.

Empecé a los 38, después de un viaje de trabajo al que fui sola. Marcelo nunca se enteró de que en el hotel de Rosario me acosté con un vendedor de Capital que conocí en el bar. Fue tan fácil: una mirada, dos copas de vino, un “¿subís a tomar la última?” y ya estaba en su habitación con la falda subida y sus manos apretándome las tetas como si tuviera hambre de años. Me corrí tres veces esa noche, algo que con mi marido no me pasaba desde la luna de miel. Cuando volví a casa, me sentía tan viva, tan poderosa, mojada solo de recordar. Ahí entendí que no podía parar.

Ahora tengo un ritual. Los martes y jueves, cuando mi hijo tiene fútbol y Marcelo se queda hasta tarde en la oficina, salgo “a hacer pilates”. Me pongo un vestido ajustado negro que me marca el culo (sí, todavía lo tengo firme gracias a las sentadillas), tacos altos, tanga de encaje y nada de soutien. Me maquillo un poco más fuerte de lo habitual, me echo perfume en el cuello y entre las piernas, y voy a bares de hoteles del centro o a apps que borran los chats después de usarlas. No busco amor, ni romance, ni alguien que me mantenga. Busco polla dura, rápida y sin nombre.

La semana pasada, por ejemplo, conocí a uno en el bar del Hilton. Tendría unos 35 años, trajeado, casado (vi el anillo), con esa cara de ejecutivo estresado que se muere por descargar. Me senté al lado, crucé las piernas para que viera que no tenía medias, y le sonreí. Cinco minutos después ya me estaba diciendo que nunca había visto una mujer como yo. Diez minutos después estábamos en el ascensor, besándonos como adolescentes, con su mano metida debajo de mi vestido tocándome el culo. En la habitación ni encendimos todas las luces. Me arrodillé, le bajé el cierre y me lo metí entero en la boca mientras él gemía “la puta madre”. Me encantó sentir cómo se ponía duro en mi lengua, cómo me agarraba el pelo y me empujaba la cabeza. Después me levantó, me apoyó contra la ventana (se veía toda la ciudad) y me la metió de atrás sin sacar la tanga, solo corriendo la tela a un costado. Me corrió adentro sin preguntar, y yo me vine tan fuerte que tuve que morderle el hombro para no gritar. Nos vestimos, nos dimos un beso rápido y chau. Ni nombres, ni números, ni culpas.

Eso es lo que más me gusta: la impunidad total. Marcelo llega a casa, me besa en la frente y me pregunta cómo estuvo pilates. Yo le digo “re cansador, pero valió la pena” y me río por dentro mientras siento todavía el semen del otro secándose entre mis piernas. A veces hasta cenamos los tres juntos y yo estoy sentada a la mesa con la concha hinchada de haber cogido dos veces esa misma tarde.

Tuve uno que me llevó al baño de un bar en Palermo y me cogió parada contra la puerta, con la música tan alta que nadie escuchó cuando me vine. Otro, un pibe de veintipocos que conocí en Tinder, me pidió que lo que quisiera y terminó lamiéndome una hora entera en su auto estacionado en un garaje oscuro. Me corrí tanto que le empapé toda la cara. Y hace dos meses, en un viaje “de chicas” a Punta, me acosté con tres diferentes en cuatro días: un turista brasilero que me dejó el orto rojo de tanto azotarme, un argentino que me hizo tragar todo y un colombiano que me grabó mientras me cogía y todavía miro el video cuando me masturbo sola.

¿Me siento mal? Ni un poquito. Marcelo es buen hombre, buen padre, buen proveedor. En la cama es… correcto. Cinco minutos en misionero, un beso en la teta y a dormir. Yo necesito más. Necesito que me usen, que me digan puta, que me llenen de leche, que me dejen temblando. Necesito sentirme deseada como si tuviera 25 otra vez. Y mientras nadie se entere, mientras mi vida “normal” siga perfecta, voy a seguir siéndolo.

A veces pienso que si algún día me descubren, diré la verdad: soy una esposa infiel, una madre que se coge desconocidos en baños y hoteles, una mujer que se moja solo de pensar en la próxima verga que va a probar. Y no me arrepiento de nada. Al contrario: cada aventura me hace sentir más viva que nunca.

Así que sí, soy Vivi, 45 años, rubia, casada, madre… y la puta más feliz que nadie conoce.

6 comentarios - Mi Adicción Secreta

hoyasaxa94 +1
A mediados de Diciembre estoy en BA. Tengo 54 pero con fisico entrenado y muy garchador,
Corneta81 +2
Los ascensores del Hilton son vidriados y transparentes, la historia está buena pero tiene algunos detallitos
Savea2016
seee muy buenoo ojala seas viviii
CuloteTragaSemen
Jaja yo soy gay y también soy así solo q más puta y alzada sin condon siempre adicta a q me acaben adentro y cualquier desconocido nome importa como sea o como se vea el solo le uso su verga de biberon 🍼 para saciar mi culo tragaleche y chau